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EL REFUGIO

Jude Deveraux  

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Fragmento

Título original: The Summerhouse

Traducción: Victoria Morera

1.ª edición: noviembre, 2015

© 2015 by Deveraux, Inc.

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Publicado por acuerdo con el editor original, Pocket Books, una división de Simon & Schuster, Inc.

Diseño de portada: Estudio Ediciones B

Fotografía de portada: © Getty Images

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-263-9

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Quiero agradecer a la doctora Donna Twist su autorizada información sobre el tratamiento de lesiones como la que sufrió Roger. Paseamos, charlamos y nos reímos mucho juntas. Gracias.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Primera parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

Segunda parte

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

Tercera parte

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28

29

30

31

Epílogo

32

Primera parte

1

Leslie Headrick miró por la ventana de la cocina hacia el viejo cenador. En aquel momento, a principios de otoño, las parras y los retorcidos tallos de los rosales cubrían casi por completo la construcción. Sin embargo, en invierno, el porche acristalado quedaba al descubierto, al igual que la pintura desconchada de las paredes y el vidrio roto de la pequeña ventana circular que había sobre la puerta principal. Una de las puertas laterales colgaba de una bisagra, y Alan decía que era un peligro pasar por allí. De hecho, Alan opinaba que toda la estructura constituía un peligro y que debería echarse abajo.

Aquel pensamiento hizo que Leslie retirara la vista de la ventana y la dirigiera a la bonita y perfecta cocina. Precisamente el año anterior Alan había cambiado la antigua por aquélla.

—Es lo mejor que había en el mercado —había dicho, refiriéndose a los armarios de madera de arce y a las robustas encimeras.

Leslie estaba segura de que era lo mejor, pero echaba de menos el viejo y destartalado aparador galés y la pequeña mesa rinconera.

—Esta mesa y estas sillas parecen construidas por niños en una clase de manualidades —decía Alan, y Leslie estaba de acuerdo, pero su opinión sobre lo que era o no bonito difería de la de Alan.

Como siempre, dejó que su marido se saliera con la suya e instalara aquella cocina de anuncio. Sin embargo, cada vez que horneaba galletas o ensuciaba las perfectas encimeras que, por otra parte, se rayaban con facilidad, sentía que estaba estropeando una obra de arte.

Leslie se sirvió otra taza de té. Se trataba de un té inglés, comprado a granel, negro y fuerte, pues las bolsitas de té flojo no estaban hechas para ella. A continuación, se volvió para mirar de nuevo el cenador. Era un día para reflexionar, porque le faltaban tres días para cumplir cuarenta años. Además, lo iba a celebrar con dos mujeres a las que no había visto en diecinueve años.

Tras ella, en el recibidor, aguardaban sus dos maletas. Llevaba mucha ropa porque no sabía cómo iban a vestirse las otras dos mujeres y la carta de Ellie era muy imprecisa.

—Para ser una escritora famosa, no dice mucho —comentó Alan en un tono de voz áspero.

Lo cierto es que le molestó bastante descubrir que su mujer era amiga de una escritora de éxito.

—Pues yo no sabía que Ellie era Alexandria Farrell —dijo Leslie mientras contemplaba, asombrada, la carta—. La última vez que la vi quería ser pintora. Era...

Sin embargo, Alan no la escuchaba.

—Podrías haberle pedido que diera una conferencia en la empresa —comentó Alan—. Precisamente el año pasado uno de mis clientes me contó que su mujer era una fanática de Jordan Neale.

En Norteamérica, todo el mundo sabía que Jordan Neale era el personaje principal que Ellie, con el seudónimo de Alexandria Farrell, había creado. Jordan Neale era el tipo de mujer que las mujeres querían imitar y los hombres... En fin, que la serie de novelas románticas y de misterio era un éxito. Leslie las había leído todas sin saber que la autora era la bella joven que había conocido hacía tanto tiempo.

En la quietud de las primeras horas de la mañana, y antes de que Alan y los chicos bajaran del piso superior, Leslie reflexionaba sobre lo que le había ocurrido en los últimos diecinueve años. «No mucho», pensó. Literalmente se había casado con el vecino de al lado y había tenido dos hijos, Joe y Rebecca, que ya tenían catorce y quince años. «Ya no son unos niños», pensó mientras tomaba otro sorbo de té y seguía observando el cenador.

Quizá la carta y la invitación de Ellie, a quien no había visto durante tantos años, eran la causa de que Leslie reflexionara con tanta intensidad sobre el pasado. Según Ellie, el hecho de conocer a Leslie y a Madison fue algo que tuvo un impacto extraordinario en su vida; quería verlas de nuevo.

Lo cierto era que aquel encuentro también dejó una huella en su vida, reflexionó Leslie. Desde aquella tarde, diecinueve años atrás, pensaba con frecuencia en Ellie y en Madison y en aquel momento iba a tomar un vuelo, nada menos que desde Columbus, Ohio, a una pequeña ciudad de Maine para pasar un largo fin de semana con aquellas dos mujeres.

Pero, ¿qué ocurría con el cenador que llamaba tanto su atención aquella mañana? Durante la noche, Leslie se había sentido muy inquieta y no había podido dormir mucho, así que, a las cuatro de la madrugada se levantó, se vistió y bajó de puntillas la escalera para hacer crepes de manzana. Pero nadie se las comería, pensó mientras exhalaba un suspiro. Rebecca se sentiría horrorizada por las calorías, Joe bajaría la escalera y dispondría sólo de unos segundos antes de coger el autobús, y Alan sólo querría cereales o algún otro alimento alto en fibra y bajo en calorías, bajo en colesterol y bajo en... «Bajo en sabor», pensó Leslie. Preparar un plato elaborado era algo inútil en aquella familia.

Leslie exhaló otro suspiro, cogió una crep caliente, la dobló y se la comió con placer. La semana anterior, cuando recibió la carta de Ellie, deseó que hubiera llegado seis meses antes para tener tiempo de quitarse de encima los siete kilos de sobrepeso que había acumulado. En el Garden Club todos le decían que envidiaban su figura y sobre todo el hecho de que hubiera podido mantenerla durante tantos años. Sin embargo, Leslie conocía la verdad mejor que nadie. Diecinueve años antes era una bailarina y su cuerpo era ágil, musculoso y duro. En aquel momento, Leslie sabía que su cuerpo estaba blando. No se podía decir que estuviera gorda, pero sus músculos estaban fláccidos. No había colocado la pierna en una barra de ballet desde hacía muchos años.

Leslie oyó los pasos rápidos de Rebecca en el piso de arriba. Sería la primera en bajar, la primera en preguntarle por qué había preparado algo que, con toda seguridad, obstruiría sus arterias al primer bocado. Leslie suspiró. ¡Rebecca se parecía tanto a su padre!

Joe se parecía más a ella y, cuando conseguía separarlo de sus amigos el tiempo suficiente, solían sentarse, charlar y, como decía Leslie, «oler las rosas». «Igual que el papel de la pared», le dijo Joe en una ocasión cuando sólo tenía nueve años. Leslie necesitó unos instantes para averiguar de qué estaba hablando y, a continuación, sonrió con dulzura. Se refería al cenador. Leslie había forrado las paredes con un papel estampado con rosas.

Leslie se acordaba de que aquel día tan lejano observó con atención el rostro pecoso de su hijo mientras permanecían sentados uno frente al otro junto a la vieja chimenea de la soleada cocina. Joe siempre había sido un niño de trato fácil y, cuando sólo tenía unas semanas de vida, ya dormía la noche entera. A diferencia de Rebecca, la cual parecía generar el caos y la confusión allí donde fuera. Leslie dudaba de que Rebecca hubiera dormido una noche entera en toda su vida. Incluso en aquella época, con quince años, no dudaba en entrar en el dormitorio de sus padres a las tres de la madrugada para contarles que había oído un ruido extraño en el tejado. Leslie le respondía que volviera a la cama y durmiera un poco, pero Alan se tomaba los «ruidos extraños» muy en serio. Los vecinos estaban acostumbrados a ver a Alan y a su hija en el exterior con linternas.

Leslie miró de nuevo hacia el cenador. Después de quince años, todavía quedaban restos de la pintura rosa de las paredes.

Leslie sonrió mientras recordaba la expresión de Alan cuando vio la pintura.

—Puedo aceptar que quieras pintar el cenador de rosa, pero, querida, ¡has comprado cinco tonos distintos de este color! ¿Los dependientes de la droguería no te ayudaron?

Alan estaba convencido de que los hombres debían cuidar de las mujeres, tanto en su casa como en la droguería.

En aquella época, Leslie estaba embarazada de cinco meses de su hija Rebecca y ya se le notaba la barriga. Leslie no lo sabía, pero Rebecca sería una chica adelantada en todo, desde hacer saber a su madre que ya había llegado hasta... en fin, notificar su presencia al mundo.

Entre risas, Leslie le dijo a Alan que pensaba pintar el cenador con los cinco tonos de rosa. Quince años y medio más tarde seguía recordando la expresión del rostro de su marido. Su madre le había dicho que Alan no tenía ni un pelo de creatividad en el cuerpo, y a lo largo de los años ella había descubierto que era cierto. Sin embargo, en el pasado, cuando ambos eran jóvenes y se sentían felices de estar juntos y solos, los colores que Leslie había elegido para pintar el viejo y destartalado cenador los habían hecho reír.

De hecho, fue Leslie quien convenció a Alan de comprar la enorme casa victoriana que se encontraba en aquel barrio viejo y poco elegante. Alan quería algo nuevo, algo que fuera blanco por fuera y blanco por dentro, pero a Leslie no le gustó ninguna de las casas que él eligió. Todas eran como cubos perfectos en el interior de cubos perfectos de mayor tamaño.

—Pero eso es lo que me gusta de ellas —decía Alan sin comprender las objeciones de Leslie.

Al final, fue la madre de Leslie quien le dio fuerzas para hacer frente a su marido.

—La casa pertenece a la mujer —le dijo—. Es donde pasamos la mayor parte del tiempo y donde criamos a nuestros hijos. Bien merece una pelea.

En la familia de Leslie, su madre era la luchadora. Leslie era como su padre y prefería que las cosas se resolvieran por ellas mismas.

Más tarde, Leslie manifestó que había sido el enérgico espíritu de Rebecca el que, desde su interior, le había transmitido la fuerza necesaria para hacer valer su opinión. En cualquier caso, Leslie sacó su as de la manga:

—Alan, querido, vamos a comprar la casa con el dinero que mi padre me dejó.

Alan no respondió, pero la expresión de su rostro hizo que Leslie no volviera a decir nada parecido el resto de su vida.

Sin embargo, lo cierto era que nunca antes ni después Leslie había querido algo con tanta intensidad como quiso aquel viejo y laberíntico caserón que necesitaba tantos arreglos. Como su padre había sido contratista de obras, Leslie sabía con exactitud lo que debía hacerse y cómo conseguirlo.

—Este edificio habrá que derrumbarlo —dijo Alan cuando vio el viejo cenador oculto tras árboles de cincuenta años y glicinias.

—Pero si es lo mejor de la casa —respondió Leslie.

Alan abrió la boca para decir algo, pero Rebecca escogió aquel momento para dar su primera patada y la discusión sobre el destino del cenador quedó en suspenso. A partir de entonces, siempre que Alan hacía algún comentario sobre la casa, Leslie le respondía: «Confía en mí», y él lo dejaba todo en sus manos. Después de todo, Alan empezaba a vender seguros y era ambicioso, muy, muy ambicioso. Trabajaba desde muy temprano hasta muy tarde, era socio de varios clubs y asistía a múltiples reuniones. De todos modos, Alan se sintió muy feliz cuando descubrió que la iglesia más concurrida de la ciudad se encontraba a poca distancia del horrible caserón que Leslie le había convencido de comprar.

Y fue precisamente en la iglesia donde Alan descubrió que los vecinos lo admiraban por haber tenido la perspicacia de comprar el «viejo caserón Belville» y restaurarlo.

—Buena inversión —le dijo un hombre mayor mientras le daba palmaditas en el hombro—. No es habitual que un hombre tan joven como usted tenga tanta visión de futuro.

Más adelante, aquel hombre contrató por medio de Alan una elevada póliza de seguros, tras lo cual Alan se volcó en la casa tanto como Leslie. De este modo, cuando ella tuvo las manos ocupadas con dos niños menores de tres años, Alan se encargó de supervisar la restauración.

Al principio, discutían.

—¡No es un museo! —exclamó, exasperada, Leslie en una ocasión—. Es un hogar y debería parecerlo. Joe destrozará esa mesa tan cara con sus camiones y Rebecca hará dibujos sobre el forro de seda de las paredes.

—Entonces tendrás que vigilarlos —soltó Alan.

Leslie se rindió, como hacía siempre ante un enfrentamiento. Como su padre, prefería retirarse antes que pelear, razón por la que su madre había dirigido su hogar paterno y Alan lo hacía con el conyugal. De este modo, la vieja y maravillosa casa llegó a estar llena de antigüedades en las que nadie podía sentarse y tampoco era posible tocar. Tres habitaciones de la casa permanecían cerradas durante todo el año y sólo se abrían para limpiarlas y para la multitudinaria fiesta de Navidad que Alan celebraba para sus clientes.

La cocina era el último bastión, pero el año anterior Alan también logró salirse con la suya respecto a aquella habitación.

Leslie terminó el té, enjuagó la taza y miró de nuevo hacia el cenador. Tenía que haber sido suyo. Tenía que haber sido su refugio frente al mundo, un lugar donde bailar o recogerse a leer durante las tardes lluviosas.

Pero en aquel momento, mientras contemplaba aquella construcción, sonrió. Antes de tener hijos, las mujeres podían plantearse qué hacer durante las tardes lluviosas pero, después de tenerlos, las horas se llenaban con los «debo» en lugar de los «quiero». En su caso, tenía que lavar la ropa, hacer la compra y mantener a Rebecca alejada de la estufa.

De algún modo, Leslie había perdido el cenador. Había pasado de ser suyo a ser de ellos. Leslie sabía con exactitud cuándo empezó a ser así.

Cuando estaba embarazada de ocho meses, su barriga estaba tan abultada que tenía que moverse con una mano debajo de ella para soportar las constantes patadas y puñetazos de Rebecca.

En aquella época estaban arreglando la sala de estar porque había una gotera. Un día, Alan invitó a su hermano y a tres compañeros del trabajo a tomar cerveza y ver el partido de fútbol americano por televisión. Sin embargo, aquel día llovía y no tenían dónde reunirse. Cuando Alan sugirió a Leslie que, sólo en aquella ocasión, colocaran el televisor en el cenador, ella se sintió tan contenta de poder disfrutar de paz y tranquilidad en la casa que no protestó. La idea de tener la casa llena de hombres, humo y olor a cerveza le horrorizaba tanto que se sintió encantada cuando Alan le dijo que se los llevaba a otro lugar.

El fin de semana siguiente, Alan llevó a dos clientes al cenador para hablar sobre unas pólizas de vida nuevas. Su decisión tenía sentido, pues el salón todavía estaba en obras.

—Necesitamos un lugar donde sentarnos y hablar —le dijo Alan mientras la miraba como si ella fuera la culpable de que las tejas todavía no hubieran llegado.

Dos semanas más tarde, Rebecca nació y, durante el año siguiente, Leslie no tuvo ni un minuto de descanso. Rebecca reclamaba, de una forma insaciable, la atención de su agotada madre. Sólo cuando habían pasado tres meses del nacimiento, Leslie logró reunir las fuerzas necesarias para sacar a la ruidosa niña de paseo y, cuando Rebecca empezó a caminar, a los diez meses, Leslie se quedó, de nuevo, embarazada.

A los tres meses de su nuevo embarazo, Leslie decidió ir hasta el cenador. Desde que Alan instaló allí el televisor, Leslie casi había olvidado que su refugio existía. Sin embargo, el embarazo de Joe fue, desde el primer momento, más fácil que el de Rebecca y, además, la madre de Leslie había empezado a llevar a su nieta a dar pequeños paseos por la ciudad.

—No hay nada más aburrido que un bebé —solía decir su madre a su manera desenvuelta habitual—. Cuando empiece a caminar y a mirar otras cosas aparte del pecho de su madre, me interesaré más por ella.

De este modo, aquella primera tarde de libertad, pues era así como la sentía, Leslie se encaminó al cenador. Quizás en esta ocasión podría echarse en la butaca de mimbre que había comprado en un anticuario y leer un libro.

Sin embargo, cuando abrió la puerta se quedó paralizada. De un modo impreciso, siempre se había preguntado por qué Alan había utilizado el cenador sólo unas cuantas veces y, después, no había vuelto a comentar nada sobre él.

Lo cierto era que alguien había olvidado cerrar las puertas y la lluvia había caído sobre los muebles de Leslie. Antes de quedar encinta por primera vez, había confeccionado unas fundas para el pequeño sofá y las dos sillas. También había cosido unas cortinas a juego y las había colgado. Pero en aquel momento unos ratones habían anidado en el relleno del sofá y, por lo visto, un gato del vecindario se había afilado las uñas en las patas de las sillas.

Leslie se dio la vuelta y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Entonces, sin siquiera preocuparse de cerrar la puerta, volvió corriendo a la casa.

Más tarde, intentó hablar sobre aquella cuestión con Alan, pero él se mostró tan preocupado por el hecho de que el enfado de Leslie perjudicara al niño que ella se calmó.

—Lo arreglaremos cuando hayas tenido el niño —dijo Alan—. Te lo prometo. Palabra de scout.

A continuación la besó, la ayudó con Rebecca y, más tarde, le hizo el amor con dulzura..., pero no arregló el cenador.

Después de aquello, Leslie había estado tan ocupada con los niños y ayudando a Alan a establecerse en la comunidad que no habría tenido tiempo para recogerse aunque hubiera tenido un lugar para hacerlo. Y, con los años, el cenador se convirtió en un trastero.

—¿Cómo se encuentra mi viejecita esta mañana? —preguntó Alan detrás de ella.

Él era dos meses más joven y encontraba muy divertidas las bromas sobre su diferencia de edad. Ni que decir tiene que Leslie no les encontraba ninguna gracia.

—He hecho crepes —respondió Leslie mientras mantenía vuelta la cabeza para que él no viera que tenía el entrecejo fruncido. Aún no se había hecho a la idea de que iba a cumplir cuarenta años. ¿Acaso no había sido la semana anterior cuando tomó un autobús en dirección a la grande y terrible ciudad de Nueva York para ponerla a sus pies con su baile?

—Mmm —musitó Alan—. Ojalá dispusiera de tiempo, pero hoy tengo la agenda muy apretada.

Cuando Leslie se dio la vuelta, Alan estaba leyendo el periódico, absorto en la secc ...