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EL SECRETO DE GRAY MOUNTAIN

John Grisham  

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Fragmento

1

El horror residía en la espera: lo desconocido, el insomnio, las úlceras. Los trabajadores del bufete se ignoraban y se escondían detrás de puertas cerradas. Secretarios y ayudantes hacían correr los rumores y evitaban mirarse a los ojos. Todo el mundo estaba de los nervios y se preguntaba quién sería el siguiente. Los socios, los peces gordos, parecían conmocionados y no querían tener ningún contacto con sus subordinados, porque bien podía ser que en breve recibieran órdenes de sacrificarlos.

El chismorreo era brutal. Diez asociados del departamento de Litigación y Juicios despedidos, lo que era cierto en parte: solo habían sido siete. Toda la división Estatal cerrada, también los socios: cierto. Ocho asociados más de Antimonopolios se habían pasado a otro bufete: falso, de momento.

La atmósfera estaba tan viciada que Samantha salía del edificio siempre que le era posible y trabajaba con el portátil en cafeterías de la zona sur de Manhattan. Hacía un tiempo espléndido, así que decidió sentarse en un banco del parque (diez días después del derrumbe de Lehman Brothers) y se quedó mirando el alto edificio calle abajo. Se llamaba 110 Broad y la mitad superior la tenía arrendada Scully & Pershing, el bufete más importante sobre la faz de la tierra. Su bufete, por ahora, aunque el futuro era cualquier cosa menos seguro. Dos mil abogados en veinte países, la mitad solo en Nueva York, un millar ahí mismo, apelotonados entre la planta treinta y la sesenta y cinco. ¿Cuántos sentían deseos de saltar? No alcanzaba a imaginarlo, pero no era la única. El bufete más grande del mundo se estaba viniendo abajo en medio del caos, igual que sus rivales. Los Grandes Bufetes, como se los conocía, estaban tan aterrorizados como los fondos de cobertura, los bancos de inversiones, los bancos de verdad, los conglomerados de entidades aseguradoras, Washington y todos los que formaban la cadena alimentaria que llegaba hasta los comerciantes de Main Street.

El décimo día transcurrió sin derramar sangre, igual que el siguiente. El duodécimo se advirtió un destello de optimismo cuando Ben, un colega de Samantha, apareció con el rumor de que el mercado de crédito de Londres estaba remontando ligeramente. Quizá los prestatarios encontraran algo de dinero en efectivo, después de todo. Pero a media tarde el rumor había perdido fuelle; no había nada de cierto. Solo quedaba esperar.

El departamento de Inversión Inmobiliaria de Scully & Pershing lo dirigían dos socios. A uno, como ya estaba próximo a la edad de jubilación, le habían dado puerta. El otro era Andy Grubman, un burócrata cuarentón que no había visto nunca una sala de justicia. Como socio, tenía un bonito despacho donde podía ver el Hudson a lo lejos, aguas en las que llevaba años sin reparar. En un estante detrás de la mesa, y justo en el centro de su Muro del Ego, había una colección de rascacielos en miniatura. Le gustaba llamarlos «mis edificios». Al terminarse uno de sus edificios, encargaba a un escultor una réplica a pequeña escala, y entregaba un trofeo aún más pequeño a cada uno de los miembros de «mi equipo». En los tres años que Samantha llevaba en S & P tenía una colección de seis edificios, y no iba a pasar de ahí.

—Siéntate —le ordenó al tiempo que cerraba la puerta.

Samantha se sentó junto a Ben, que estaba al lado de Izabelle. Los tres asociados se quedaron mirándose los pies, a la espera. Samantha sentía deseos de cogerle la mano a Ben, igual que una prisionera aterrada ante un pelotón de fusilamiento. Andy se hundió en su asiento y, evitando mirarles a los ojos pero desesperado por quitarse de encima el asunto, hizo recapitulación del lío en el que estaban metidos.

—Como sabéis, Lehman Brothers quebró hace catorce días.

«¡No me digas, Andy!» La crisis económica y la falta de crédito tenían al mundo entero al borde de la catástrofe y todos lo sabían. Pero también era verdad que Andy rara vez tenía alguna idea propia.

—Hay en marcha cinco proyectos, íntegramente financiados por Lehman. He hablado largo y tendido con los propietarios, y van a cerrar el grifo de los cinco. Teníamos tres más en perspectiva, dos con Lehman, uno con Lloyd’s y, bueno, el crédito está congelado. Los banqueros están en sus búnkeres, temerosos de prestar un solo centavo.

«Sí, Andy, eso también lo sabemos. Son noticias de primera plana. Termina de una vez antes de que saltemos al vacío.»

—El comité ejecutivo se reunió ayer e hizo algunos recortes. Van a prescindir de treinta asociados de primer año; unos serán despedidos y otros, suspendidos temporalmente. Todas las nuevas contrataciones se posponen de manera indefinida. El departamento de Validación Testamentaria ya no existe. Y, bueno, no hay una forma sencilla de decirlo, pero nuestra división va a desaparecer. Prescinden de ella. La eliminan. Quién sabe cuándo volverán a crearla los propietarios, si es que lo hacen alguna vez. El bufete no está dispuesto a seguir teniéndoos en nómina mientras el mundo espera a que vuelva a fluir el crédito. Mierda, igual vamos de cabeza a una crisis de las gordas. Lo más probable es que esta no sea más que la primera tanda de recortes. Lo siento, chicos, lo siento mucho.

Ben fue el primero en hablar:

—Así que ¿nos despiden con efecto inmediato?

—No. He dado la cara por vosotros, ¿vale? Al principio querían notificaros el despido sin más. No tengo que recordaros que el departamento de Inversión Inmobiliaria es el más modesto de la empresa y posiblemente el que por ahora se ha visto más afectado. Les convencí para que os concedieran lo que hemos llamado «permiso». Os vais de forma provisional y volveréis más adelante, quizá.

—¿Quizá? —preguntó Samantha.

Izabelle se enjugó una lágrima, pero mantuvo el tipo.

—Sí, un quizá bien grande. En estos momentos no hay nada seguro, ¿de acuerdo, Samantha? Le hemos dado muchas vueltas. Dentro de seis meses podríamos estar todos en un comedor de beneficencia. Ya habéis visto las viejas fotografías de 1929.

«Venga, Andy, ¿un comedor de beneficencia? Como socio, el año pasado te llevaste a casa dos millones ochocientos mil dólares, el sueldo medio en S & P, que, por cierto, ocupó el cuarto puesto en cuanto a salario neto por socio. Y el cuarto puesto no era suficiente, al menos hasta que Lehman se fue al cuerno y Bear Stearns se derrumbó y estalló la burbuja de las hipotecas de alto riesgo. De pronto un cuarto puesto parecía bastante bueno, al menos para algunos.»

—¿En qué consistiría ese permiso? —preguntó Ben.

—El acuerdo es el siguiente: la empresa os renueva el contrato durante los doce meses siguientes, pero no cobráis nada.

—Qué maravilla —murmuró Izabelle.

Andy pasó por alto el comentario y siguió adelante:

—Mantenéis el subsidio por enfermedad, pero solo en el caso de que colaboréis con una ONG reconocida. Recursos Humanos está elaborando una lista de organizaciones. Os vais, hacéis un poco el buen samaritano, salváis el mundo, cruzáis los dedos para que la economía vuelva a encarrilarse y dentro de un año o así regresáis al bufete sin haber perdido antigüedad. No estaréis en Inversión Inmobiliaria, pero la firma os buscará algún puesto.

—¿Tenemos el empleo garantizado cuando termine el permiso? —preguntó Samantha.

—No, no hay nada garantizado. A decir verdad, nadie es lo bastante listo para predecir dónde estaremos el año que viene. Nos encontramos en mitad de unas elecciones, Europa se está yendo al garete, los chinos están poniéndose nerviosos, los bancos están cerrando, los mercados se vienen abajo, nadie construye ni compra. Se avecina el fin del mundo.

Permanecieron un momento en el lúgubre silencio del despacho de Andy, los cuatro aplastados bajo el peso de la realidad apocalíptica. Finalmente, Ben preguntó:

—¿Tú también, Andy?

—No, a mí me transfieren a Impuestos. ¿No es increíble? Detesto Impuestos, pero era eso o conducir un taxi. Tengo un máster en Tributación, así que decidieron que podían perdonarme.

—Enhorabuena —dijo Ben.

—Lo siento, chicos.

—No, en serio, me alegro por ti.

—Podría estar en la calle dentro de un mes. ¿Quién sabe?

—¿Cuándo tenemos que irnos? —preguntó Izabelle.

—De inmediato. El procedimiento consiste en firmar un acuerdo de permiso, recoger las pertenencias, limpiar la mesa e irse. Recursos Humanos os enviará por correo electrónico una lista de ONG y todo el papeleo. Lo siento, chicos.

—Haz el favor de dejar de disculparte —dijo Samantha—. Nada de lo que digas va a solucionar la situación.

—Es verdad, pero podría ser peor. A la mayoría de los que están en vuestra situación no se les ofrece un permiso. Los despiden sin más.

—Lo siento, Andy —añadió Samantha—. Ahora mismo se desbordan las emociones.

—No pasa nada. Lo entiendo. Tenéis derecho a estar enfadados y disgustados. Hay que ver: los tres tenéis títulos de universidades de élite y vais a salir del edificio como ladrones, acompañados por los de seguridad. Despedidos igual que obreros. Es terrible, sencillamente terrible. Hay socios que se han ofrecido a cobrar la mitad para evitarlo.

—Apuesto a que no eran muchos —comentó Ben.

—Pues no. Me temo que muy pocos. Pero la decisión ya está tomada.

En el cubículo donde Samantha compartía un «espacio» con otras tres personas, incluida Izabelle, había plantada una mujer de traje negro y corbata del mismo color. Ben estaba pasillo adelante. La mujer intentó sonreír mientras decía:

—Soy Carmen. ¿Os puedo ayudar?

Sujetaba una caja de cartón, en blanco por los cuatro lados a fin de que nadie supiera que era el recipiente oficial de Scully & Pershing para los trastos de oficina de los trabajadores de permiso, despedidos o lo que fuera.

—No, gracias —respondió Samantha, y se las apañó para hacerlo con amabilidad. Podría haber soltado una grosería, pero Carmen solo estaba haciendo su trabajo.

Empezó a abrir cajones y a sacar todas sus pertenencias. En un cajón tenía unos documentos de S & P, así que preguntó:

—¿Qué pasa con esto?

—Se queda aquí —contestó Carmen, que no le quitaba ojo de encima, como si fuera a birlar algo valioso.

Lo cierto era que cuanto de valor había estaba guardado en los ordenadores: uno de sobremesa que usaba en su puesto y otro portátil que llevaba con ella prácticamente siempre. Un portátil de Scully & Pershing, que también se quedaría allí. Podía acceder a todo desde su portátil personal, pero sabía

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