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EL SECRETO DE MI MARIDO

Liane Moriarty  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Introducción

LUNES

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

6 de abril de 1986

MARTES

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo diecisiete

Capítulo dieciocho

Capítulo diecinueve

17 de abril de 1987

MIÉRCOLES

Capítulo veinte

Capítulo veintiuno

Capítulo veintidós

Capítulo veintitrés

Capítulo veinticuatro

Capítulo veinticinco

Capítulo veintiséis

Capítulo veintisiete

Capítulo veintiocho

Capítulo veintinueve

Capítulo treinta

Capítulo treinta y uno

Capítulo treinta y dos

6 de abril de 1984

JUEVES SANTO

Capítulo treinta y tres

Capítulo treinta y cuatro

Capítulo treinta y cinco

Capítulo treinta y seis

Capítulo treinta y siete

Capítulo treinta y ocho

Capítulo treinta y nueve

Capítulo cuarenta

Capítulo cuarenta y uno

Capítulo cuarenta y dos

6 de abril de 1984

VIERNES SANTO

Capítulo cuarenta y tres

Capítulo cuarenta y cuatro

Capítulo cuarenta y cinco

Capítulo cuarenta y seis

Capítulo cuarenta y siete

Capítulo cuarenta y ocho

SÁBADO DE PASCUA

Capítulo cuarenta y nueve

Capítulo cincuenta

Capítulo cincuenta y uno

Capítulo cincuenta y dos

Capítulo cincuenta y tres

DOMINGO DE PASCUA

Capítulo cincuenta y cuatro

Capítulo cincuenta y cinco

Capítulo cincuenta y seis

Epílogo

Agradecimientos

Notas

Sobre la autora

Si te ha gustado esta novela…

Créditos

 

 

Para Adam, George y Anna

Y para Amelia

 

 

«Errar es humano, perdonar es divino».

 

ALEXANDER POPE

 

 

Pobre, pobre Pandora. Zeus la envía a casarse con Epimeteo, un hombre no demasiado brillante a quien ni siquiera conoce, llevando como regalo nupcial un ánfora misteriosa herméticamente tapada. Nadie le ha explicado el contenido del ánfora. Nadie le ha advertido que no la destape. Pero, naturalmente, ella la abre. ¿Qué otra cosa puede hacer? ¿Cómo iba a saber que todas esas terribles calamidades iban a escapar del interior para atormentar para siempre al género humano y que lo único que quedaría dentro sería la esperanza? ¿Cómo no había una etiqueta de advertencia?

Y, luego, todo el mundo exclamaría: Oh, Pandora. ¿Dónde está tu fuerza de voluntad? Te dijeron que no abrieras esa caja, tú, chica fisgona, mujer de insaciable curiosidad, contempla ahora lo que has hecho. Y ella se defenderá. Para empezar era un ánfora, no una caja, y, además, cuántas veces tendrá que decirlo, ¡nadie le dijo que no la destapara!

LUNES

CAPÍTULO UNO

 

Todo empezó a causa del Muro de Berlín.

De no haber sido por el Muro, Cecilia no habría encontrado nunca la carta ni estaría ahora aquí sentada, a la mesa de la cocina, sin decidirse a abrirla.

El sobre de un tono grisáceo estaba cubierto de una fina capa de polvo. Las palabras, escritas con bolígrafo azul de punta fina, con una letra tan familiar como la suya propia. Le dio la vuelta. Estaba sellado con una tira amarillenta de cinta adhesiva. ¿Cuándo se habría escrito? Parecía antiguo, como si se hubiera escrito hacía muchos años, aunque no podría asegurarlo con certeza.

No iba a abrirlo. Estaba meridianamente claro que no debía abrirlo. Era la persona más resuelta que conocía y ya había decidido no abrir el sobre, de manera que no iba a darle más vueltas.

Aunque, bien mirado, ¿qué podía pasar si lo abría? Cualquier mujer lo abriría sin pensar. Hizo una lista mental de todas sus amigas y pensó cuál sería su respuesta si las llamara por teléfono ahora mismo y les pidiera su opinión.

Miriam Openheimer: Síí. Ábrelo.

Erica Edgecliff: Te estás quedando conmigo, ya estás abriéndolo.

Laura Marks: Debes abrirlo y luego leérmelo en voz alta.

Sarah Sacks: No tendría sentido preguntarle a Sarah, porque es incapaz de tomar una decisión. Si Cecilia le preguntaba si quería té o café, se quedaba un minuto con el ceño fruncido sopesando los pros y los contras de las respectivas bebidas antes de acabar diciendo: «¡Café! ¡No, espera, té!». Una decisión como la del sobre le costaría un derrame cerebral.

Mahalia Ramachandran: De ninguna manera. Sería una falta total de respeto a tu marido. No debes abrirlo.

Mahalia podía resultar un tanto tajante en ocasiones, con esos inmensos ojos castaños suyos tan moralistas.

Cecilia dejó la carta en la mesa de la cocina y fue a poner la tetera.

Maldito Muro de Berlín y la dichosa Guerra Fría y quienquiera que fuese el que, en el año mil novecientos cuarenta y tantos, se puso a meditar sobre el problema de qué hacer con aquellos ingratos alemanes; el mismo que, de pronto, chasqueó los dedos y dijo: «¡Ya lo tengo, qué diantre! ¡Levantaremos un puñetero muro enorme y mantendremos a esos desgraciados dentro!».

Aquellas no parecían las palabras de un brigada británico.

Esther sin duda sabría a quién se le había ocurrido la idea del Muro de Berlín. Era capaz incluso de ponerle fecha de nacimiento. Debió de ser un hombre, por supuesto. Solo un hombre podía concebir algo tan despiadado: tan intrínsecamente estúpido, a la vez que brutalmente efectivo.

¿Era eso sexista?

Llenó la tetera, la enchufó y quitó las gotas de agua del fregadero con papel de cocina para dejarlo reluciente.

Una de las madres del colegio, que tenía tres hijos prácticamente de la misma edad que las tres hijas de Cecilia, había dicho que cierto comentario de Cecilia era «un pelín sexista», justo antes de empezar la reunión de la Comisión de Festejos la semana pasada. Cecilia no podía recordar qué había dicho, pero no había pasado de ser una broma. Además, ¿no era hora de que las mujeres se pudieran permitir ser sexistas durante los próximos dos mil años o así, hasta empatar el partido?

Tal vez ella fuera sexista.

La tetera empezó a hervir. Introdujo una bolsa de té Earl Grey y contempló cómo se expandían por el agua las volutas oscuras como si fueran de tinta. Había cosas peores que ser sexista. Por ejemplo, podías ser de esas personas que juntan los dedos cuando quieren indicar «un pelín».

Miró el té y suspiró. Ahora mismo le vendría bien una copa de vino, pero se había prohibido el alcohol durante la Cuaresma. Ya solo quedaban seis días. Tenía una botella de Shiraz del bueno lista para abrir el Domingo de Pascua, cuando esperaba a comer a treinta y cinco adultos y veintitrés niños, y entonces sí que lo iba a necesitar. Solía ejercer de anfitriona en Pascua, así como el Día de la Madre, el Día del Padre y en Nochebuena. John-Paul era el mayor de seis hermanos, todos ellos casados y con hijos. Una auténtica multitud. Por eso, la clave residía en la planificación. Una meticulosa planificación.

Se sirvió una taza té y se la llevó a la mesa. ¿Por qué decidió dejar el vino durante la Cuaresma? Polly era más sensata. Se había quitado la mermelada de fresa. Cecilia nunca había visto a Polly manifestar poco más que un interés pasajero por la mermelada de fresa, si bien ahora solía encontrarla con la puerta del frigorífico abierta y mirándo el tarro con ansia. El poder de la renuncia.

—¡Esther! —llamó.

Esther estaba en la habitación contigua viendo con sus hermanas The Biggest Loser al tiempo que compartían una bolsa gigante de patatas fritas con sal y vinagre que había sobrado de la barbacoa del Día de Australia unos meses antes. Cecilia no entendía por qué a sus tres esbeltas hijas les encantaba ver sudar, llorar y pasar hambre a gente obesa. No parecía estar contagiándoles hábitos de alimentación saludables. Debería entrar y confiscarles la bolsa de patatas fritas, solo que habían cenado salmón y brócoli al vapor sin protestar y no se veía con fuerzas para empezar una discusión.

Oyó un grito procedente de la televisión: «¡No se consigue nada sin esfuerzo!». No le pareció mal que sus hijas escucharan una frase como esa. Nadie lo sabía mejor que ella. Pero, de todas formas, no le gustaban los gestos de repugnancia que se dibujaban en sus tersos rostros juveniles. Se cuidaba mucho de hacer comentarios negativos sobre el aspecto físico delante de sus hijas, aun cuando no podía decir lo mismo de sus amigas. El otro día, sin ir más lejos, Miriam Openheimer dijo lo suficientemente alto como para que todas sus impresionables hijas lo oyeran: «¡Dios, mirad qué tripa tengo!», y se pellizcó la carne con los dedos como si fuera algo asqueroso. Magnífico, Miriam, como si nuestras hijas no recibieran ya un millón de mensajes al día para odiar su cuerpo.

Aunque la verdad es que la tripa de Miriam estaba un poco fofa.

—¡Esther! —volvió a llamar.

—¿Qué pasa? —respondió Esther en un tono paciente y sufrido que Cecilia sospechó era una imitación inconsciente del suyo.

—¿De quién fue la idea de levantar el Muro de Berlín?

—Bueno, ¡lo más seguro es que fuera de Nikita Khrushchev! —respondió Esther inmediatamente, recreándose en la pronunciación del exótico nombre, con su peculiar interpretación de la fonética rusa—. Era algo así como el primer ministro de Rusia, solo que era el que mandaba en todo. Pero podía haber sido...

Sus hermanas saltaron al momento con su impecable cortesía habitual.

—¡Calla, Esther!

—¡Esther! ¡No puedo oír la televisión!

—¡Gracias, cariño! —Cecilia tomó un sorbo de té y se imaginó viajando hacia atrás en el tiempo y ajustándole las cuentas al tal Khrushchev.

No, señor Khrushchev, te vas a quedar sin muro. No va a ser la prueba de que el comunismo funciona. No va a funcionar de ninguna manera. Ahora, mira, estoy de acuerdo en que el capitalismo no es la maravilla de las maravillas. Si quieres te enseño la última factura de mi tarjeta de crédito. Pero lo que de verdad necesitas es volver a ponerte la gorra de pensar.

Y luego, cincuenta años después, Cecilia no habría encontrado está carta que le estaba haciendo sentirse tan..., ¿cómo decirlo?

Descentrada. Eso era.

Le gustaba sentirse centrada. Estaba orgullosa de su capacidad para centrarse. La vida cotidiana se componía de mil piezas diminutas —falta cilantro, cortar el pelo a Isabel, quién cuida de Polly el martes cuando lleve a Esther al logopeda—, como uno de esos enormes rompecabezas que Isabel solía pasarse horas haciendo. Y, sin embargo, Cecilia, que no tenía paciencia para los puzles, sabía a la perfección dónde encajaba cada diminuta pieza de su vida y dónde había que ponerla.

Bueno, de acuerdo, quizá la vida que llevaba no tuviera nada de insólito o impresionante. Era una madre metida en la junta del colegio y representante de Tupperware a tiempo parcial, no una actriz o una agente de seguros o... una poetisa residente en Vermont. (Cecilia había descubierto hacía poco que Liz Brogan, una chica del instituto, era ahora una laureada poetisa residente en Vermont. Liz, la que tomaba sándwiches de queso y Vegemite[1] y siempre perdía el abono de transporte. Cecilia tuvo que hacer de tripas corazón para no dejarse llevar por el disgusto. No es que ella quisiera escribir poesía. Lo que pasa es que si alguien parecía destinada a una vida anodina esa era Liz Brogan). Por supuesto, Cecilia nunca había aspirado más que a la normalidad. A veces se sorprendía a sí misma pensando: Aquí estoy, la típica madre de un barrio residencial, como si alguien la hubiera acusado de hacerse pasar por algo más, por alguien superior.

Otras madres hablaban de su sensación de agobio y las dificultades de centrarse en algo, y siempre estaban diciendo: «¿Cómo puedes con todo, Cecilia?», y ella no sabía qué responder. Lo cierto es que no comprendía qué era lo que les parecía tan difícil.

Pero ahora, inexplicablemente, salvo por su relación con aquella estúpida carta, todo parecía estar en peligro. No era lógico.

Quizá no tenía nada que ver con la carta. Quizá fuera hormonal. Según el doctor McArthur, podía estar entrando en la «premenopausia». («De eso, nada», había saltado Cecilia como un resorte, como si respondiera a un insulto amable y chistoso).

Tal vez fuera un caso de esa ansiedad indefinible que sabía que experimentaban algunas mujeres. Otras mujeres. Siempre había pensado que las personas con ansiedad molaban. Personas ansiosas entrañables como Sarah Sacks. Le entraban ganas de acariciar sus cabezas tan repletas de preocupaciones.

Tal vez, si abría la carta y veía que no era nada, volvería a centrarse. Tenía cosas que hacer. Dos lavadoras que tender. Tres llamadas telefónicas urgentes que hacer. Comprar pan sin gluten para los miembros con intolerancia al gluten del School Website Project (es decir, Janine Davidson) que se reunían al día siguiente.

Aparte de la carta, había otras cosas que le provocaban ansiedad.

El asunto del sexo, por ejemplo. Siempre estaba al fondo de su mente.

Frunció el ceño y pasó las manos por los costados a la altura de la cintura. Los «músculos oblicuos», según su profesor de Pilates. Oh, mira, el sexo no era nada. En realidad, no lo tenía en mente. Se negaba a pensar en ello. Carecía de importancia.

Era verdad, tal vez, que desde cierta mañana del año pasado se le había hecho palpable una sensación latente de fragilidad, una intuición de que aquella vida de cilantro y lavadoras podía venirse abajo en cualquier momento y la normalidad esfumarse, y de pronto te convertías en una mujer arrodillada, con el rostro vuelto al cielo, y algunas mujeres iban corriendo a ayudarte, mientras que otras apartaban la vista y pensaban, aun cuando no lo dijeran con palabras: Que no me toque a mí.

Cecilia volvió a ver por enésima vez al pequeño Spiderman volando. Ella era una de las mujeres que corrían. Bueno, por supuesto que sí, después de abrir de golpe la puerta del coche, aun sabiendo que nada de lo que ella hiciera cambiaría las cosas. No era su colegio, ni su barrio ni su distrito. Ninguna de sus hijas había jugado jamás con el pequeño Spiderman. Ella misma nunca había tomado café con la mujer arrodillada. Dio la casualidad de que estaba parada en el semáforo del cruce cuando ocurrió. Un niño de unos cinco años, vestido con el disfraz rojiazul completo de Spiderman aguardaba en la acera de la mano de su madre. Era la Semana del Libro. Por eso el niño iba disfrazado. Cecilia se quedó mirándolo y pensando: Mmm, en realidad Spiderman no es el personaje de un libro, cuando inexplicablemente, al menos para ella, el niño se soltó de la mano de su madre, bajó el bordillo y se adentró en el tráfico. Cecilia dio un grito. Además, según recordaba, después aporreó instintivamente el claxon con el puño.

Si Cecilia hubiera pasado unos momentos después no lo habría visto. Diez minutos después y la muerte del niño no habría significado para ella más que otro desvío del tráfico. Ahora era un recuerdo que probablemente haría que sus nietos le dijeran algún día: «No me aprietes tanto la mano, abuela».

Estaba claro que no existía relación alguna entre el pequeño Spiderman y la carta.

Pero la imagen le venía a la cabeza en los momentos más peregrinos.

Cecilia deslizó la carta con la punta de los dedos hasta el otro lado de la mesa y tomó un libro de la biblioteca de Esther: Auge y caída del Muro de Berlín.

Conque el Muro de Berlín. Maravilloso.

La primera noticia de que el Muro de Berlín estaba a punto de convertirse en parte importante de su vida la había tenido esa mañana durante el desayuno.

Cecilia y Esther estaban sentadas en la mesa de la cocina. John-Paul se encontraba de viaje en Chicago hasta el viernes, e Isabel y Polly seguían durmiendo.

Cecilia no solía sentarse allí por las mañanas. Por lo general desayunaba de pie junto a la encimera mientras preparaba los almuerzos, comprobaba los pedidos de Tupperware en el iPad, vaciaba el lavaplatos o enviaba mensajes a clientes sobre sus citas y demás, pero esta era una rara oportunidad para disponer de algún tiempo a solas con su peculiar y querida hija mediana, de modo que se sentó con su muesli Bircher, mientras Esther despachaba un cuenco de copos de arroz, y esperó.

Había aprendido eso con sus hijas. A no decir una palabra. A no hacer preguntas. A darles tiempo suficiente, hasta que ellas acababan contándole lo que tuvieran en la cabeza. Era como pescar. Exigía silencio y paciencia. (O eso había oído. Cecilia prefería clavarse clavos en la frente antes que ir de pesca).

El silencio no era algo espontáneo en ella. Cecilia era habladora. «En serio, ¿es que nunca cierras el pico?», le había dicho en cierta ocasión un antiguo novio. Hablaba mucho cuando estaba nerviosa. Aquel antiguo novio la debía de haber puesto nerviosa. Aunque también hablaba mucho cuando estaba contenta.

Pero esa mañana no dijo nada. Se limitó a desayunar y esperar hasta que, efectivamente, Esther se puso a hablar.

—Mamá —dijo con el leve ceceo de su vocecilla ronca y precisa—, ¿tú sabías que hay gente que escapó por encima del Muro de Berlín en globos fabricados por ellos mismos?

—No lo sabía —respondió Cecilia, aunque bien podría haberlo sabido.

Adiós, Titanic; hola, Muro de Berlín, pensó.

Habría preferido que Esther le hubiera contado qué tal se encontraba en ese momento, sus preocupaciones sobre el colegio, las amigas, cuestiones relacionadas con el sexo, pero no, ella quería hablar del Muro de Berlín.

Esther había cultivado ese tipo de aficiones o, mejor dicho, obsesiones, desde que tenía tres años. Primero fueron los dinosaurios. Es verdad que a muchos chicos les interesan los dinosaurios, pero el interés de Esther era, bueno, agotador, para ser sinceros, y un tanto peculiar. Era lo único que le interesaba. Dibujaba dinosaurios, jugaba con dinosaurios, se disfrazaba de dinosaurio. «No soy Esther», decía. «Soy T-Rex». Todos los cuentos antes de acostarse tenían que ser sobre dinosaurios. Todas las conversaciones debían guardar alguna relación con los dinosaurios. Menos mal que a John-Paul también le interesaban, porque Cecilia se aburría a los cinco minutos. (¡Ya se habían extinguido! ¡No había nada más que decir!). John-Paul llevó a Esther a visitar ex profeso el museo. Le llevó a casa algunos libros. Se sentaba con ella horas y horas mientras hablaban de herbívoros y carnívoros.

Posteriormente, los «intereses» de Esther habían abarcado desde las montañas rusas a los sapos de caña. Últimamente le había dado por el Titanic. Ahora que ya tenía diez años, era lo bastante mayor como para buscar por su cuenta en la biblioteca y en la red, y Cecilia estaba asombrada de la información que recogía. ¿Qué niña de diez años se echaba en la cama a leer libros de historia tan grandes y gruesos que apenas podía sujetarlos?

«¡Anímela!», decían sus profesores, pero a veces Cecilia se preocupaba. Le parecía que Esther podía tener algo de autista o, al menos, que se encontraba en algún punto del espectro del autismo. La madre de Cecilia se había reído cuando ella le contó sus preocupaciones. «¡Pero si Esther es exactamente igual que tú de pequeña!», dijo. (Eso no era verdad. No podía compararse con guardar en perfecto orden la colección de muñecas Barbie).

—Pues yo tengo un fragmento del Muro de Berlín —le había dicho Cecilia a Esther esa mañana, porque se había acordado de repente; y fue muy gratificante ver cómo a su hija se le iluminó la cara—. Estaba en Alemania cuando la caída del Muro.

—¿Puedo verlo? —preguntó Esther.

—Puedes quedártelo, cariño.

Joyas y ropas para Isabel y Polly. Un fragmento del Muro de Berlín para Esther.

Cecilia, que contaba entonces diecinueve años, había pasado seis semanas de vacaciones recorriendo Europa con su amiga Sarah Sacks en 1990, pocos meses después del anuncio de la caída del Muro. (La famosa indecisión de Sarah compensada con la famosa resolución de Cecilia las convertía en perfectas compañeras de viaje. Ni conflictos ni nada).

Al llegar a Berlín se encontraron con un montón de turistas a lo largo del Muro, tratando de llevarse fragmentos de recuerdo, valiéndose de llaves, piedras o lo primero que encontraban. El Muro era como la osamenta gigantesca de un dragón que hubiera aterrorizado a la ciudad en otro tiempo y los turistas eran los cuervos picoteando entre sus restos.

Sin las herramientas adecuadas era prácticamente imposible hacerse con un fragmento en condiciones, de manera que Cecilia y Sarah decidieron, bueno, más bien lo decidió Cecilia, comprárselo a los vecinos emprendedores que habían extendido alfombras donde exponían variadas ofertas. Efectivamente, había triunfado el capitalismo. Se podía comprar de todo, desde fragmentos grises del tamaño de canicas a bloques enormes con grafitis pintados con aerosoles.

Cecilia no podía recordar cuánto había pagado por la diminuta piedra gris, que podía haber salido de cualquier jardín. «Seguro que es así», había dicho Sarah la noche en que tomaron el tren para salir de Berlín y ambas se habían reído de su propia credulidad, pero al menos se habían sentido partícipes de un hecho histórico. Cecilia había guardado el fragmento en una bolsa de papel con la leyenda: MI FRAGMENTO DEL MURO DE BERLÍN y, al regresar a Australia, lo había tirado a una caja con el resto de recuerdos que había reunido: posavasos, billetes de tren, menús, monedas extranjeras, llaves de hotel.

Ahora lamentaba no haberse concentrado más en el Muro, haber sacado más fotos, haber recopilado más anécdotas que podría haberle contado a Esther. En realidad, lo que mejor recordaba del viaje a Berlín era haber besado a un guapo muchacho alemán de pelo castaño en una discoteca. El chico se había dedicado a sacar los cubitos de hielo de su bebida y pasárselos por la clavícula, pero lo que en su momento le pareció increíblemente erótico, ahora le parecía antihigiénico y pegajoso.

Ojalá hubiera sido una de esas chicas curiosas y con una fuerte conciencia política que entablaban conversación con la gente de allí sobre lo que significaba vivir a la sombra del Muro. En lugar de eso, ahora a su hija no podía contarle más que historias de besos y cubitos de hielo. Por supuesto, a Isabel y Polly les encantaría oír hablar de besos y cubitos de hielo. O tal vez solo a Polly. Isabel había llegado a esa edad en la que el solo pensamiento de su madre besando a alguien le parecía vergonzoso.

Cecilia puso «Encontrar fragmento del Muro de Berlín para E» en la lista de cosas por hacer ese día (ya tenía apuntadas veinticinco; se valía de una aplicación del iPhone para hacer la lista) y, a eso de las dos de la tarde, entró en el desván a buscarlo.

Quizá fuera mucho decir llamar desván a la zona de almacenamiento en el altillo. Se subía desplegando una escalera desde una trampilla del techo.

Una vez arriba, tuvo que agacharse para no darse un golpe en la cabeza. John-Paul se negaba en redondo a subir allí. Padecía una claustrofobia terrible y subía a diario seis tramos de escalera hasta su despacho con tal de no meterse en el ascensor. Una de sus pesadillas habituales era verse atrapado en una habitación cuyas paredes se encogían. «¡Las paredes!», gritaba nada más despertarse, sudoroso y con los ojos desorbitados. «¿Crees que estuviste encerrado en un armario de pequeño?», le había preguntado una vez Cecilia (hubiera sido muy propio de su suegra), y él contestó que estaba seguro de que no. «En realidad, John-Paul jamás tuvo pesadillas de pequeño», le aseguró su madre cuando ella se lo preguntó. «Era muy dormilón. ¿No será que les das mucho de comer por la noche?». Cecilia ya se había acostumbrado a las pesadillas.

El desván era pequeño y estaba atestado, aunque limpio y bien organizado, por supuesto. En los últimos años, «organizada» parecía haberse convertido en su rasgo más característico. Como si hubiera adquirido cierta notoriedad gracias a esta única cualidad. Tenía gracia que al principio hubiera sido objeto de comentarios y bromas de la familia y las amistades, para acabar perpetuándose, hasta el punto de que su vida ahora estaba extraordinariamente bien organizada, como si la maternidad fuera un de ...