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EL SICILIANO

Mario Puzo  

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Fragmento

1

Michael Corleone se encontraba de pie en un largo muelle de madera de Palermo, contemplando el gran trasatlántico que acababa de zarpar rumbo a Estados Unidos. Hubiera tenido que embarcar en aquel buque, pero su padre le había enviado nuevas instrucciones.

Saludó con la mano a los hombres de la pequeña embarcación de pesca que le había trasladado hasta el muelle, los hombres que le habían protegido en los últimos dos años. La embarcación de vela navegaba en la blanca estela del trasatlántico como un patito valiente nadando en pos de su madre. Los tripulantes del pesquero le devolvieron el saludo. Jamás volvería a verles.

En el muelle, unos hombres tocados con gorros y metidos en unas prendas ensanchadas por el uso, corrían de un lado para otro, descargando otros barcos y cargando camiones estacionados en el largo muelle. Eran hombrecillos nervudos de aspecto más árabe que italiano, cuyos rostros quedaban oscurecidos por la sombra de los gorros de pico que llevaban. Entre ellos estarían los nuevos guardaespaldas, cuidando de que no sufriera ningún daño antes de su encuentro con Don Croce Malo, capo di capi de los «amigos de los amigos», tal como les llamaban allí, en Sicilia. Los periódicos y el mundo exterior les llamaban la Mafia, pero en Sicilia los ciudadanos corrientes jamás pronunciaban esa palabra, de la misma manera que nunca hubieran llamado a Don Croce Malo capo di capi sino tan sólo el «alma buena».

En sus años de exilio en Sicilia, Michael había oído muchos relatos acerca de Don Croce, algunos de ellos tan fantásticos que casi le hicieron dudar de la existencia de aquel hombre. Sin embargo, las instrucciones transmitidas por su padre eran muy explícitas: le había ordenado que almorzara aquel mismo día con Don Croce. Y juntos tenían que organizar la huida de Sicilia del mayor bandido del país, Salvatore Giuliano. Michael Corleone no podía abandonar Sicilia sin Salvatore Giuliano.

Hacia el fondo del muelle, a no más de unos cincuenta metros de distancia, un enorme automóvil oscuro se encontraba estacionado en la callejuela. De pie frente al mismo había tres hombres, oscuros rectángulos perfilados sobre la cegadora sábana de luz que caía como una muralla de oro desde el sol meridiano. Michael se acercó a ellos. Se detuvo un instante, para encender un cigarrillo y contemplar la ciudad.

Palermo se asentaba en el fondo de la cuenca de un volcán apagado, cercada de montañas por tres lados y escapando por el cuarto hacia el azul deslumbrador del Mediterráneo. La ciudad resplandecía bajo los rayos dorados del sol siciliano. Vetas de luz roja golpeaban la tierra como un reflejo de la sangre derramada sobre el suelo de Sicilia a lo largo de incontables siglos. Los rayos dorados bañaban las majestuosas columnas de mármol de los templos griegos, los afilados minaretes musulmanes y las enrevesadas fachadas de las iglesias españolas; en una lejana colina se levantaban las amenazadoras torres de un antiguo castillo normando. Eran las huellas de los distintos y fieros ejércitos que habían dominado Sicilia desde antes del nacimiento de Cristo. Más allá, unas montañas de configuración cónica estrechaban con abrazo de estrangulador la ciudad suavemente afeminada de Palermo, como si montañas y urbe hubieran caído de hinojos y una soga comprimiera con fuerza el cuello de ésta. Allá en lo alto, gran número de pequeños halcones rojos cruzaban raudos como saetas el brillante cielo azul.

Michael se dirigió hacia los tres hombres que le aguardaban al final del muelle. Los rectángulos oscuros adquirieron facciones y contornos. A cada paso les podía ver con más claridad y le pareció que se deslindaban, se separaban el uno del otro como para rodearle en su saludo.

Los tres conocían la historia de Michael. Que era el hijo menor del gran Don Corleone de América, el Padrino cuyo poder se extendía incluso a Sicilia. Que había asesinado a un alto funcionario de la policía de Nueva York al ejecutar a un enemigo del Imperio Corleone. Que había permanecido oculto y exiliado en Sicilia a causa de aquellos asesinatos y que ahora, por fin, una vez «arreglados» aquellos asuntos, volvía a su país para ocupar de nuevo su lugar de príncipe heredero de la Familia Corleone. Estudiaron a Michael, aquella manera suya de moverse rápidamente y sin esfuerzo, su vigilante cautela, las mejillas hundidas propias de un hombre que ha soportado el sufrimiento y el peligro. Era, de toda evidencia, un hombre de «respeto».

Cuando Michael abandonó el embarcadero, el primer hombre que se adelantó a saludarle fue un sacerdote de rechoncho cuerpo enfundado en una sotana y cabeza coronada por un sombrero en forma de murciélago. El blanco alzacuello aparecía salpicado de roja tierra siciliana y el rostro que lo dominaba era carnalmente mundano.

Se trataba del padre Benjamino Malo, hermano del gran Don Croce. De modales tímidos y gazmoños, era, sin embargo, muy fiel a su célebre pariente, y no le inquietaba lo más mínimo tener al diablo tan cerca. Los maliciosos murmuraban incluso que transmitía a Don Croce los secretos del confesionario.

El padre Benjamino sonrió nerviosamente mientras estrechaba la mano de Michael, y pareció sorprenderse y lanzar un suspiro de alivio al ver la asimétrica y amistosa sonrisa del joven, tan impropia de un famoso asesino.

El segundo hombre no era tan cordial, aunque sí muy correcto. Se trataba del inspector Federico Velardi, jefe de la Policía de Seguridad de toda Sicilia. Era el único de los tres que no esbozaba una sonrisa de bienvenida. Delgado y vestido con un traje a la medida demasiado elegante para podérselo costear con un sueldo del gobierno, sus fríos ojos azules parecían dos dardos genéticos disparados varios siglos atrás por los conquistadores normandos. El inspector Velardi no podía sentir ningún aprecio por un americano que mataba a altos funcionarios de la policía. Le creería capaz de repetir la hazaña en Sicilia. El apretón de manos de Velardi fue como un cruce de espadas.

El tercer hombre, más alto y fornido, parecía un gigante al lado de los otros dos. Aprisionó la mano de Michael y después, atrayéndole hacia sí, le estrechó en un afectuoso abrazo.

—Primo Michael —dijo—, bienvenido a Palermo —retrocedió un paso y estudió a Michael con simpatía no exenta de cautela—. Soy Stefan Andolini, tu padre y yo nos criamos juntos en Corleone. Te vi en América cuando eras un chiquillo. ¿Te acuerdas de mí?

Curiosamente, Michael se acordaba. Porque Stefan Andolini era el más insólito de los sicilianos: un pelirrojo. Lo cual resultaba su cruz puesto que los sicilianos creen que Judas era pelirrojo. También su rostro era inolvidable. La boca, grande e irregular, y los abultados labios sugerían una sanguinolenta masa de carne picada y, por encima de ellos, se abrían unas vellosas fosas nasales y unos ojos hundidos en profundas cuencas. A pesar de la sonrisa, era un semblante que evocaba imágenes de asesinato.

Michael comprendió inmediatamente la conexión del sacerdote. En cambio, el inspector Velardi era una sorpresa. Andolini, asumiendo toda la responsabilidad del parentesco, le explicó cuidadosamente a Michael el cometido oficial del inspector. Michael no las tenía todas consigo. ¿Qué hacía allí aquel hombre? A Velardi se le consideraba uno de los más implacables perseguidores de Salvatore Giuliano. Resultaba evidente, por otra parte, que el inspector y Stefan Andolini no se tenían la menor simpatía, y se comportaban con la mortífera cortesía de dos hombres que se disponen a batirse en un duelo a muerte.

El chófer mantenía abierta la portezuela del automóvil. El padre Benjamino y Stefan Andolini le indicaron a Michael el asiento de atrás, dándole unas deferentes palmadas. El padre Benjamino insistió con cristiana humildad en que Michael se acomodara junto a la ventanilla mientras él se sentaba en medio, porque Michael tenía que ver las bellezas de Palermo. Andolini ocupó el otro espacio libre. El inspector ya se había sentado al lado del chófer. Michael observó que el inspector Velardi mantenía la mano apoyada en al tirador de la portezuela, para poderla abrir con rapidez. Dio en pensar que, a lo mejor, el padre Benjamino se había sentado en medio para no resultar un blanco tan fácil.

El automóvil avanzó lentamente, como un enorme dragón negro, por las calles de Palermo. En una avenida había elegantes casas de estilo moruno, edificios públicos con impresionantes columnas griegas y varias iglesias españolas. Las casas particulares, pintadas de blanco, azul y amarillo, tenían balcones llenos de flores que formaban como otra calle en lo alto. Hubiera sido un espectáculo precioso sin la presencia de los carabinieri, la policía nacional italiana, que patrullaban por todas las esquinas con los rifles en posición de apresto. Los había incluso en los balcones.

El automóvil en el que viajaban empequeñecía a todos los vehículos de alrededor, sobre todo a los carros de los campesinos, tirados por mulas, que transportaban a la ciudad los productos frescos del campo. Los carros estaban enteramente pintados de alegres y brillantes colores, incluso los radios de las ruedas y los varales de las mulas. En los costados de muchos carros había pasquines que representaban a caballeros con yelmos y reyes coronados en dramáticas escenas de la leyenda de Carlomagno y Roldán, los antiguos héroes de la tradición europea. En algunos carros, sin embargo, Michael vio la figura de un apuesto joven con pantalones de pana y camisa blanca de manga corta, armas al cinto y otras colgadas del hombro, y debajo de la estampa un par de frases terminadas siempre en grandes letras en rojo que formaban el nombre de GIULIANO.

Durante su exilio en Sicilia, Michael había oído hablar mucho de Salvatore Giuliano. Su nombre se mencionaba a menudo en los periódicos. Todo el mundo hablaba de él. Appolonia, la novia de Michael, había confesado que todas las noches rezaba por la seguridad de Giuliano, tal como hacían casi todos los niños y jóvenes de Sicilia. Le adoraban porque era uno de ellos, el hombre que todos hubieran deseado ser. A los veintitantos años le aclamaron como a un gran general porque había logrado burlar a los ejércitos de carabinieri enviados contra él. Era apuesto y generoso y entregaba a los pobres casi todo el producto de sus actividades delictivas. Era virtuoso en extremo y jamás permitía que sus bandidos incomodaran a las mujeres ni a los religiosos. Cuando ejecutaba a un confidente o a un traidor, siempre concedía a la víctima tiempo para rezar y purificar su alma, de modo que pudiera estar en inmejorables relaciones con los amos del otro mundo. Todo eso Michael lo sabía sin que nadie se lo hubiera contado.

Al doblar la esquina, un enorme cartel de letras negras y fijado a la pared de una casa llamó la atención de Michael. Sólo le dio tiempo a leer el nombre de «Giuliano» en la primera línea. El padre Benjamino se inclinó hacia la ventanilla y dijo:

—Es una de las proclamas de Giuliano. A pesar de todo, aún manda en Palermo por la noche.

—¿Y qué es lo que dice?

—Autoriza a los habitantes de Palermo a volver a utilizar los tranvías —contestó el padre Benjamino.

—¿Que les autoriza? —preguntó Michael con una sonrisa—. ¿Un forajido autoriza?

Al otro lado del asiento, Stefan Andolini se echó a reír.

—Los carabinieri viajan en tranvía y por eso Giuliano los hace volar por los aires. Pero, antes, avisó al público para que no los utilizara. Ahora promete que ya no volará más tranvías.

—¿Y por qué razón Giuliano vuela tranvías llenos de guardias? —preguntó Michael en tono cortante.

El inspector Velardi volvió la cabeza y sus ojos azules

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