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EL SICILIANO

Mario Puzo  

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Fragmento

1

Michael Corleone se encontraba de pie en un largo muelle de madera de Palermo, contemplando el gran trasatlántico que acababa de zarpar rumbo a Estados Unidos. Hubiera tenido que embarcar en aquel buque, pero su padre le había enviado nuevas instrucciones.

Saludó con la mano a los hombres de la pequeña embarcación de pesca que le había trasladado hasta el muelle, los hombres que le habían protegido en los últimos dos años. La embarcación de vela navegaba en la blanca estela del trasatlántico como un patito valiente nadando en pos de su madre. Los tripulantes del pesquero le devolvieron el saludo. Jamás volvería a verles.

En el muelle, unos hombres tocados con gorros y metidos en unas prendas ensanchadas por el uso, corrían de un lado para otro, descargando otros barcos y cargando camiones estacionados en el largo muelle. Eran hombrecillos nervudos de aspecto más árabe que italiano, cuyos rostros quedaban oscurecidos por la sombra de los gorros de pico que llevaban. Entre ellos estarían los nuevos guardaespaldas, cuidando de que no sufriera ningún daño antes de su encuentro con Don Croce Malo, capo di capi de los «amigos de los amigos», tal como les llamaban allí, en Sicilia. Los periódicos y el mundo exterior les llamaban la Mafia, pero en Sicilia los ciudadanos corrientes jamás pronunciaban esa palabra, de la misma manera que nunca hubieran llamado a Don Croce Malo capo di capi sino tan sólo el «alma buena».

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En sus años de exilio en Sicilia, Michael había oído muchos relatos acerca de Don Croce, algunos de ellos tan fantásticos que casi le hicieron dudar de la existencia de aquel hombre. Sin embargo, las instrucciones transmitidas por su padre eran muy explícitas: le había ordenado que almorzara aquel mismo día con Don Croce. Y juntos tenían que organizar la huida de Sicilia del mayor bandido del país, Salvatore Giuliano. Michael Corleone no podía abandonar Sicilia sin Salvatore Giuliano.

Hacia el fondo del muelle, a no más de unos cincuenta metros de distancia, un enorme automóvil oscuro se encontraba estacionado en la callejuela. De pie frente al mismo había tres hombres, oscuros rectángulos perfilados sobre la cegadora sábana de luz que caía como una muralla de oro desde el sol meridiano. Michael se acercó a ellos. Se detuvo un instante, para encender un cigarrillo y contemplar la ciudad.

Palermo se asentaba en el fondo de la cuenca de un volcán apagado, cercada de montañas por tres lados y escapando por el cuarto hacia el azul deslumbrador del Mediterráneo. La ciudad resplandecía bajo los rayos dorados del sol siciliano. Vetas de luz roja golpeaban la tierra como un reflejo de la sangre derramada sobre el suelo de Sicilia a lo largo de incontables siglos. Los rayos dorados bañaban las majestuosas columnas de mármol de los templos griegos, los afilados minaretes musulmanes y las enrevesadas fachadas de las iglesias españolas; en una lejana colina se levantaban las amenazadoras torres de un antiguo castillo normando. Eran las huellas de los distintos y fieros ejércitos que habían dominado Sicilia desde antes del nacimiento de Cristo. Más allá, unas montañas de configuración cónica estrechaban con abrazo de estrangulador la ciudad suavemente afeminada de Palermo, como si montañas y urbe hubieran caído de hinojos y una soga comprimiera con fuerza el cuello de ésta. Allá en lo alto, gran número de pequeños halcones rojos cruzaban raudos como saetas el brillante cielo azul.

Michael se dirigió hacia los tres hombres que le aguardaban al final del muelle. Los rectángulos oscuros adquirieron facciones y contornos. A cada paso les podía ver con más claridad y le pareció que se deslindaban, se separaban el uno del otro como para rodearle en su saludo.

Los tres conocían la historia de Michael. Que era el hijo menor del gran Don Corleone de América, el Padrino cuyo poder se extendía incluso a Sicilia. Que había asesinado a un alto funcionario de la policía de Nueva York al ejecutar a un enemigo del Imperio Corleone. Que había permanecido oculto y exiliado en Sicilia a causa de aquellos asesinatos y que ahora, por fin, una vez «arreglados» aquellos asuntos, volvía a su país para ocupar de nuevo su lugar de príncipe heredero de la Familia Corleone. Estudiaron a Michael, aquella manera suya de moverse rápidamente y sin esfuerzo, su vigilante cautela, las mejillas hundidas propias de un hombre que ha soportado el sufrimiento y el peligro. Era, de toda evidencia, un hombre de «respeto».

Cuando Michael abandonó el embarcadero, el primer hombre que se adelantó a saludarle fue un sacerdote de rechoncho cuerpo enfundado en una sotana y cabeza coronada por un sombrero en forma de murciélago. El blanco alzacuello aparecía salpicado de roja tierra siciliana y el rostro que lo dominaba era carnalmente mundano.

Se trataba del padre Benjamino Malo, hermano del gran Don Croce. De modales tímidos y gazmoños, era, sin embargo, muy fiel a su célebre pariente, y no le inquietaba lo más mínimo tener al diablo tan cerca. Los maliciosos murmuraban incluso que transmitía a Don Croce los secretos del confesionario.

El padre Benjamino sonrió nerviosamente mientras estrechaba la mano de Michael, y pareció sorprenderse y lanzar un suspiro de alivio al ver la asimétrica y amistosa sonrisa del joven, tan impropia de un famoso asesino.

El segundo hombre no era tan cordial, aunque sí muy correcto. Se trataba del inspector Federico Velardi, jefe de la Policía de Seguridad de toda Sicilia. Era el único de los tres que no esbozaba una sonrisa de bienvenida. Delgado y vestido con un traje a la medida demasiado elegante para podérselo costear con un sueldo del gobierno, sus fríos ojos azules parecían dos dardos genéticos disparados varios siglos atrás por los conquistadores normandos. El inspector Velardi no podía sentir ningún aprecio por un americano que mataba a altos funcionarios de la policía. Le creería capaz de repetir la hazaña en Sicilia. El apretón de manos de Velardi fue como un cruce de espadas.

El tercer hombre, más alto y fornido, parecía un gigante al lado de los otros dos. Aprisionó la mano de Michael y después, atrayéndole hacia sí, le estrechó en un afectuoso abrazo.

—Primo Michael —dijo—, bienvenido a Palermo —retrocedió un paso y estudió a Michael con simpatía no exenta de cautela—. Soy Stefan Andolini, tu padre y yo nos criamos juntos en Corleone. Te vi en América cuando eras un chiquillo. ¿Te acuerdas de mí?

Curiosamente, Michael se acordaba. Porque Stefan Andolini era el más insólito de los sicilianos: un pelirrojo. Lo cual resultaba su cruz puesto que los sicilianos creen que Judas era pelirrojo. También su rostro era inolvidable. La boca, grande e irregular, y los abultados labios sugerían una sanguinolenta masa de carne picada y, por encima de ellos, se abrían unas vellosas fosas nasales y unos ojos hundidos en profundas cuencas. A pesar de la sonrisa, era un semblante que evocaba imágenes de asesinato.

Michael comprendió inmediatamente la conexión del sacerdote. En cambio, el inspector Velardi era una sorpresa. Andolini, asumiendo toda la responsabilidad del parentesco, le explicó cuidadosamente a Michael el cometido oficial del inspector. Michael no las tenía todas consigo. ¿Qué hacía allí aquel hombre? A Velardi se le consideraba uno de los más implacables perseguidores de Salvatore Giuliano. Resultaba evidente, por otra parte, que el inspector y Stefan Andolini no se tenían la menor simpatía, y se comportaban con la mortífera cortesía de dos hombres que se disponen a batirse en un duelo a muerte.

El chófer mantenía abierta la portezuela del automóvil. El padre Benjamino y Stefan Andolini le indicaron a Michael el asiento de atrás, dándole unas deferentes palmadas. El padre Benjamino insistió con cristiana humildad en que Michael se acomodara junto a la ventanilla mientras él se sentaba en medio, porque Michael tenía que ver las bellezas de Palermo. Andolini ocupó el otro espacio libre. El inspector ya se había sentado al lado del chófer. Michael observó que el inspector Velardi mantenía la mano apoyada en al tirador de la portezuela, para poderla abrir con rapidez. Dio en pensar que, a lo mejor, el padre Benjamino se había sentado en medio para no resultar un blanco tan fácil.

El automóvil avanzó lentamente, como un enorme dragón negro, por las calles de Palermo. En una avenida había elegantes casas de estilo moruno, edificios públicos con impresionantes columnas griegas y varias iglesias españolas. Las casas particulares, pintadas de blanco, azul y amarillo, tenían balcones llenos de flores que formaban como otra calle en lo alto. Hubiera sido un espectáculo precioso sin la presencia de los carabinieri, la policía nacional italiana, que patrullaban por todas las esquinas con los rifles en posición de apresto. Los había incluso en los balcones.

El automóvil en el que viajaban empequeñecía a todos los vehículos de alrededor, sobre todo a los carros de los campesinos, tirados por mulas, que transportaban a la ciudad los productos frescos del campo. Los carros estaban enteramente pintados de alegres y brillantes colores, incluso los radios de las ruedas y los varales de las mulas. En los costados de muchos carros había pasquines que representaban a caballeros con yelmos y reyes coronados en dramáticas escenas de la leyenda de Carlomagno y Roldán, los antiguos héroes de la tradición europea. En algunos carros, sin embargo, Michael vio la figura de un apuesto joven con pantalones de pana y camisa blanca de manga corta, armas al cinto y otras colgadas del hombro, y debajo de la estampa un par de frases terminadas siempre en grandes letras en rojo que formaban el nombre de GIULIANO.

Durante su exilio en Sicilia, Michael había oído hablar mucho de Salvatore Giuliano. Su nombre se mencionaba a menudo en los periódicos. Todo el mundo hablaba de él. Appolonia, la novia de Michael, había confesado que todas las noches rezaba por la seguridad de Giuliano, tal como hacían casi todos los niños y jóvenes de Sicilia. Le adoraban porque era uno de ellos, el hombre que todos hubieran deseado ser. A los veintitantos años le aclamaron como a un gran general porque había logrado burlar a los ejércitos de carabinieri enviados contra él. Era apuesto y generoso y entregaba a los pobres casi todo el producto de sus actividades delictivas. Era virtuoso en extremo y jamás permitía que sus bandidos incomodaran a las mujeres ni a los religiosos. Cuando ejecutaba a un confidente o a un traidor, siempre concedía a la víctima tiempo para rezar y purificar su alma, de modo que pudiera estar en inmejorables relaciones con los amos del otro mundo. Todo eso Michael lo sabía sin que nadie se lo hubiera contado.

Al doblar la esquina, un enorme cartel de letras negras y fijado a la pared de una casa llamó la atención de Michael. Sólo le dio tiempo a leer el nombre de «Giuliano» en la primera línea. El padre Benjamino se inclinó hacia la ventanilla y dijo:

—Es una de las proclamas de Giuliano. A pesar de todo, aún manda en Palermo por la noche.

—¿Y qué es lo que dice?

—Autoriza a los habitantes de Palermo a volver a utilizar los tranvías —contestó el padre Benjamino.

—¿Que les autoriza? —preguntó Michael con una sonrisa—. ¿Un forajido autoriza?

Al otro lado del asiento, Stefan Andolini se echó a reír.

—Los carabinieri viajan en tranvía y por eso Giuliano los hace volar por los aires. Pero, antes, avisó al público para que no los utilizara. Ahora promete que ya no volará más tranvías.

—¿Y por qué razón Giuliano vuela tranvías llenos de guardias? —preguntó Michael en tono cortante.

El inspector Velardi volvió la cabeza y sus ojos azules miraron a Michael con furia.

—Porque Roma cometió la estupidez de detener a sus padres por complicidad con un delincuente notorio: su propio hijo. Una ley fascista todavía no derogada por la República.

—Mi hermano Don Croce consiguió que los liberasen —terció el padre Benjamino con sereno orgullo—. Oh, mi hermano se enojó muchísimo con Roma.

Santo Cielo, pensó Michael. ¿Que Don Croce se enojó con Roma? Pero, ¿quién demonios era el tal Don Croce, aparte de un pezzonovanta, un pez gordo de la Mafia?

El automóvil se detuvo frente a un edificio pintado de rosa que ocupaba toda la manzana. Junto a la entrada, protegida por un toldo extraordinariamente largo, a rayas verdes, en el que figuraban las palabras «Hotel Umberto», montaban guardia dos porteros vestidos con libreas de relucientes botones dorados. Pero a Michael no le distrajo todo aquel esplendor.

Su experta mirada fotografió la calle del hotel y descubrió por lo menos diez guardaespaldas, unos paseando en parejas, otros adosados a las verjas. Aquellos hombres no disimulaban su condición. Las chaquetas desabrochadas permitían ver las armas que llevaban sujetas con correas al torso. Dos de ellos, que fumaban panetelas, cerraron el paso a Michael un instante al descender éste del vehículo y le estudiaron detenidamente... como si le tomaran medidas para el ataúd. Hicieron caso omiso del inspector Velardi y de los demás.

Al penetrar el grupo en el hotel, los guardaespaldas cerraron con su cuerpo la entrada. En el vestíbulo aparecieron otros cuatro y les escoltaron a lo largo de un interminable pasillo. Tenían el orgulloso porte de mayordomos de un emperador.

Al final del pasillo había una puerta de roble macizo. Un hombre sentado en una alta silla que parecía un trono se levantó y la abrió con una llave de bronce. Después se inclinó en reverencia, dirigiendo al padre Benjamino una sonrisa de complicidad.

La puerta daba acceso a un soberbio apartamento en el cual una puerta vidriera abierta permitía ver un espléndido jardín y aspirar el perfume de sus limoneros. Al entrar, Michael vio a dos hombres en la estancia. Se preguntó por qué razón estaría Don Croce tan custodiado. Era amigo de Giuliano y el confidente del ministro del Interior en Roma, y por tanto estaba a salvo de los carabinieri que llenaban la ciudad de Palermo. Por consiguiente, ¿qué o a quién temía el gran Don? ¿Quién era su enemigo?

El mobiliario del salón, procedente de un palacio italiano, constaba de sillones gigantescos, sofás tan largos y anchos como pequeñas embarcaciones y mesas de mármol macizo que parecían robadas de algún museo. Todo ello constituía un marco perfecto para el hombre que a continuación llegó del jardín para saludarles.

El recién llegado extendió los brazos para abrazar a Michael Corleone. De pie, Don Croce era casi tan ancho como alto. Su abundante cabello gris, rizado como el de un negro y esmeradamente peinado, coronaba una poderosa cabeza leonina. Sus ojos, negros como los de un lagarto, parecían dos uvas pasas incrustadas por encima de las carnosas mejillas que semejaban dos costeros de caoba, el lado izquierdo suave y liso y el otro arrugado a causa de un exceso de carne. La boca era sorprendentemente delicada y, por encima de ella, crecía un fino bigotito de lechuguino. La gruesa y majestuosa escarpia que tenía por nariz mantenía ensamblado el conjunto.

Sin embargo, por debajo de aquella cabeza de emperador, era un campesino en toda regla. Unos anchos pantalones que le caían muy mal rodeaban su amplia cintura sostenidos por tirantes de color blanquecino. La enorme camisa blanca estaba recién lavada, pero sin planchar. No llevaba corbata ni chaqueta y sus pies avanzaban descalzos por el suelo de mármol.

No parecía un hombre que se «mojaba el pico», es decir que cobraba obligatoriamente un impuesto a todas las empresas comerciales de Palermo, sin descuidar siquiera los humildes tenderetes de la plaza del mercado. Resultaba increíble que fuera el responsable de miles de muertes. Que mandara en la Sicilia occidental mucho más que el gobierno de Roma. Y que fuera más rico que los duques y barones propietarios de las grandes haciendas sicilianas.

—Tu padre y yo nos conocimos de niños —le dijo a Michael, dándole un rápido y ligero abrazo—. Me alegro de que tenga un hijo tan estupendo.

Después le preguntó si había tenido buen viaje y si le apetecía tomar algo. Michael contestó con una sonrisa que le agradecería un trozo de pan y un poco de vino. Don Croce le acompañó inmediatamente al jardín porque, como todos los sicilianos, comía al aire libre siempre que le era posible.

Junto a un limonero había una mesa en la que brillaban unas copas de cristal y un blanco mantel de lino. Unos criados les apartaron las anchas sillas de mimbre. Don Croce atendió al acomodo de los invitados con la cortés agilidad de un hombre más joven; tenía en ese momento sesenta y tantos años. Sentó a Michael a su derecha y a su hermano el cura al lado contrario. Al inspector Velardi y a Stefan Andolini los colocó enfrente y les miró con cierta frialdad.

Los sicilianos son muy aficionados a la comida cuando tienen algo que comer, y uno de los pocos comentarios jocosos que la gente se permitía a propósito de Don Croce era el de que prefería comer bien a matar a un enemigo. El anfitrión tomó asiento con una sonrisa de benigno placer en el rostro, armándose de cuchillo y tenedor mientras los criados servían la comida. Michael contempló el jardín que le rodeaba. Estaba cercado por un alto muro de piedra y había en él por lo menos diez guardaespaldas diseminados alrededor de pequeñas mesas, pero no más de dos hombres a cada una de ellas, y bien apartados de la mesa principal, para que Don Croce y sus invitados pudieran disfrutar de intimidad. En el jardín flotaba la fragancia de los limoneros y del aceite de oliva.

Don Croce sirvió a Michael personalmente. Le puso en el plato pollo asado con patatas, vigiló al criado que espolvoreaba queso rallado sobre la pequeña fuente de espaguetis y llenó su copa con un turbio vino del país. Lo hizo todo con profundo interés y sincera preocupación, esmerándose en que su nuevo amigo comiera y bebiera bien. Michael estaba hambriento porque no había probado bocado desde el amanecer, y el Don tuvo que volver a servirle varias veces, sin dejar de vigilar los platos de los demás invitados y, en caso necesario, indicando por señas a un criado que volviera a llenar una copa o a servir una nueva ración en un plato.

Cuando terminaron, el Don se dispuso a hablar de negocios mientras tomaba unos sorbos de su taza de espresso.

—Conque tú vas a ayudar a nuestro amigo Giuliano a huir a América —le dijo a Michael.

—Ésas son mis instrucciones —contestó Michael—. Tengo que cuidar de que entre en los Estados Unidos sin contra tiempos.

Don Croce asintió, según en su mofletudo rostro de caoba aparecía la adormilada y plácida expresión propia de los obesos. Tenía una vibrante voz de tenor, muy poco acorde con su fisonomía y complexión.

—Todo se concertó entre tu padre y yo; yo tenía que entregarte a Salvatore Giuliano. Pero en la vida nada discurre con suavidad, siempre surge lo inesperado. Ahora me es difícil cumplir la parte del trato que me corresponde —levantó la mano, para indicar a Michael que no le interrumpiera—. Aunque no por culpa mía. Yo no he cambiado. Sin embargo, Giuliano ya no se fía de nadie, ni siquiera de mí. Durante años, casi desde el día en que se convirtió en forajido, yo le ayudé a sobrevivir; éramos socios. Con mi ayuda pasó a ser el hombre más grande de Sicilia, pese a que aun hoy es sólo un muchacho de veintisiete años. Pero se le ha acabado el tiempo. Cinco mil soldados y policías italianos están batiendo las montañas. Y él sigue negándose a ponerse en mis manos.

—En tal caso, nada puedo hacer por él —dijo Michael—. A mí me han ordenado que no espere más de siete días; después tendré que regresar a Norteamérica.

Mientras hablaba, se preguntó en su fuero interno por qué tenía su padre tanto empeño en que Giuliano escapara. Estaba deseando con toda el alma regresar a casa después de tantos años de exilio. Le preocupaba la salud de su padre. Cuando él huyó de los Estados Unidos, su padre yacía gravemente herido en el hospital. Después de su huida, asesinaron a Sonny, su hermano mayor. La Familia Corleone estaba librando una encarnizada batalla por la supervivencia contra las Cinco Familias de Nueva York. Una batalla que había rebasado los confines de Norteamérica, llegando al mismo corazón de Sicilia, para matar a la joven prometida de Michael. Los mensajeros de su padre le transmitieron la noticia de que el viejo Don se había recuperado de sus heridas, había hecho las paces con las Cinco Familias y había conseguido que fueran sobreseídas todas las causas incoadas contra él. Pero Michael sabía que su padre aguardaba su regreso para convertirle en su mano derecha. Y que toda su familia estaría deseando verle: su hermana Connie, su hermano Freddie, su hermano adoptivo Tom Hagen y su pobre madre, que aún debía de llorar la muerte de Sonny. Sin embargo, la cuestión crucial era: ¿por qué retrasaba su padre su regreso a Norteamérica? Seguramente ello se debía a algún asunto de la mayor importancia relacionado con Giuliano.

De repente se percató de que los fríos ojos del inspector Velardi le observaban. El fino rostro aristocrático mostraba una expresión despectiva, como si Michael fuera un cobarde.

—Ten paciencia—dijo Don Croce—. Nuestro amigo Andolini sigue actuando de contacto entre yo y Giuliano y su familia. Juntos, usaremos la cabeza. Cuando salgas de aquí, visitarás a los padres de Giuliano en Montelepre, te viene de paso, camino de Trapani —se detuvo un instante y esbozó una son risa que no quebró la solidez de sus mejillas—. Me han contado tus planes. Absolutamente todos.

Aunque esto último lo dijo con mucho énfasis, Michael pensó que no podía conocer todos los planes. El Padrino jamás le contaba nada a nadie en su totalidad.

Don Croce añadió con voz pausada:

—Todos los que estimamos a Giuliano estamos de acuerdo en dos cosas. Ya no puede permanecer en Sicilia, y tiene que emigrar a América. El inspector Velardi está conforme.

—Es muy extraño, aunque estemos en Sicilia —dijo Michael con una sonrisa—. El inspector Velardi es el jefe de las fuerzas de seguridad encargadas de capturar a Giuliano.

Don Croce soltó una breve carcajada maquinal.

—¿Quién puede entender Sicilia? No obstante, esto es muy sencillo. Roma prefiere a Giuliano feliz en América antes que gritando acusaciones desde la jaula de los testigos de una sala de justicia de Palermo. Es todo una cuestión política.

Michael estaba desconcertado y se sentía profundamente incómodo. Aquello no se ajustaba al plan.

—¿Por qué tiene el inspector Velardi interés en que escape? Giuliano muerto no constituye ningún peligro.

—Es como lo preferiría yo —contestó el inspector Velardi en tono desdeñoso—. Pero Don Croce le quiere como a un hijo.

Stefan Andolini miró al inspector con expresión malévola. El padre Benjamino agachó la cabeza, mientras tomaba un sorbo de su copa.

—Aquí somos todos amigos —le dijo severamente Don Croce al inspector—. Tenemos que decirle la verdad a Michael. Giuliano se guarda un triunfo. Tiene un diario que él llama su Testamento. En él demuestra que el gobierno de Roma, ciertos altos funcionarios estatales, le han ayudado, durante sus años de bandidaje, con propósitos de beneficio personal, propósitos políticos. Si se divulgara el contenido de ese documento, el gobierno de la Democracia Cristiana caería y los socialistas y comunistas gobernarían Italia. El inspector Velardi conviene conmigo en que hay que hacer lo que sea para evitar que eso ocurra. Por esa razón está dispuesto a ayudar a Giuliano a escapar con el Testamento, a condición de que no lo divulgue.

—¿Ha visto usted el Testamento? —preguntó Michael, ignorando si su padre sabría algo al respecto. En sus instrucciones no había mencionado para nada aquel documento.

—Conozco todo su contenido —contestó Don Croce.

—Si la decisión me correspondiera a mí —terció con aspereza el inspector Velardi—, yo optaría por matar a Giuliano, y al diablo su Testamento.

Stefan Andolini miró al inspector con una expresión de odio tan reconcentrado que, por primera vez, Michael se dio cuenta de que estaba en presencia de un hombre casi tan peligroso como el propio Don Croce.

—Giuliano jamás se rendirá —dijo Andolini— y usted carece de la habilidad necesaria para llevarle a la tumba. Sería mucho más prudente el que cuidara usted de sí mismo.

Don Croce levantó lentamente la mano, para imponer silencio en la mesa, y después dijo muy despacio, dirigiéndose a Michael y sin prestar atención a los demás:

—Quizá no pueda cumplir la promesa que le hice a tu padre de entregarte a Giuliano. No puedo decirte por qué razón Don Corleone está interesado en este asunto. Puedes estar seguro de que tiene sus motivos y de que esos motivos son buenos. Pero, ¿qué puedo hacer yo? Esta tarde irás a ver a los padres de Giuliano para convencerles de que su hijo debe confiar en mí y recordar a esa buena gente que fui yo quien les sacó de la cárcel —Don Croce se detuvo un instante—. Entonces tal vez podamos ayudar a su hijo.

Durante sus años de exilio y retiro Michael había adquirido un instinto animal del peligro. El inspector Velardi no le gustaba, el sanguinario Stefan Andolini le daba miedo y el padre Benjamino le infundía pavor. Pero el que más timbres de alarma disparaba en su cerebro era Don Croce. Todos los hombres sentados alrededor de la mesa bajaban la voz cuando se dirigían a Don Croce, incluso su hermano Benjamino. Se inclinaban hacia él con la cabeza gacha, esperando sus palabras, y hasta se interrumpían en el masticar la comida. Los criados le rodeaban como si fuera un sol, los guardaespaldas diseminados por el jardín mantenían los ojos constantemente clavados en él, dispuestos a adelantarse de un salto obedeciendo sus órdenes y despedazar a cualquiera.

—Don Croce —dijo Michael con extremo cuidado—, yo estoy aquí para cumplir todos sus deseos.

El Don asintió con su enorme cabeza como si le bendijera, cruzó las bien formadas manos sobre el estómago y dijo con su poderosa voz de tenor:

—Tenemos que ser absolutamente sinceros el uno con el otro. Dime, ¿cuáles son tus planes con vistas a la huida de Giuliano? Háblame como lo haría un hijo a su padre.

Michael dirigió una rápida mirada al inspector Velardi. Jamás podría hablar con sinceridad en presencia del jefe de la policía de seguridad de Sicilia. Don Croce lo comprendió inmediatamente .

—El inspector Velardi actúa completamente de acuerdo con mis consejos —dijo éste—. Puedes confiar en él tanto como en mí.

Michael levantó la copa de vino, para tomar un sorbo. Por encima de su borde vio a los guardaespaldas contemplándoles como espectadores de una representación teatral. Advirtió que el inspector Velardi hacía una mueca de disgusto porque, a pesar de su diplomacia, las palabras del Don encerraban el claro mensaje de que éste mandaba en él y la oficina. Vio el ceño que fruncía el perverso rostro de abultados labios de Stefan Andolini. Sólo el padre Benjamino se negó a mirarle a la cara e inclinó la cabeza. Michael apuró la copa de turbio vino y un criado se apresuró a volverla a llenar. De repente aquel jardín se le antojó un lugar peligroso.

Comprendió en lo más hondo de su ser que lo que Don Croce acababa de decir podía no ser cierto. ¿Por qué habían de fiarse del jefe de la policía de seguridad de Sicilia los reunidos en tomo a aquella mesa? ¿Se hubiera fiado acaso Giuliano? La historia de Sicilia estaba entreverada de traiciones, pensó Michael con amargura; recordó a su prometida muerta. Por consiguiente, ¿a qué venía la confianza de Don Croce? ¿Y a qué todas aquellas impresionantes medidas de seguridad a su alrededor? Don Croce era el principal hombre de la Mafia, tenía poderosísimos contactos en Roma y era de hecho el delegado extraoficial de éstos en Sicilia. ¿Qué temía por tanto Don Croce? El objeto de sus temores sólo podía ser Giuliano.

Al ver que el Don le estaba observando, Michael trató de hablar con la mayor sinceridad.

—Mis planes son muy sencillos, tengo que aguardar en Trapani a que Salvatore Giuliano me sea entregado. Por parte de usted y de su gente. Una embarcación rápida nos llevará al África. En África tomaremos un avión con destino a Norteamérica, donde todo está dispuesto ya para que entremos sin las habituales formalidades. Espero que todo resulte tan fácil como me han dado a entender —se detuvo un momento—. A no ser que tenga usted otro propósito.

El Don lanzó un suspiro y tomó un sorbo de vino. Después clavó sus ojos de lagarto en Michael y empezó a hablar en tono pausado y solemne.

—Sicilia es una tierra trágica —dijo—. No hay confianza. No hay orden. Sólo violencia y traición por doquier. Te veo muy cauteloso, mi joven amigo, y te sobran motivos. Igual que a nuestro Giuliano. Permíteme decirte una cosa: Turi Giuliano no hubiera podido sobrevivir sin mi protección; él y yo hemos sido uña y carne. Y ahora me considera su enemigo. Ah, no sabes la pena que eso me causa. Mi único sueño es que Turi Giuliano pueda regresar un día junto a su familia y ser aclamado como paladín de Sicilia. Es un verdadero cristiano y un hombre valiente. Y con un corazón tan tierno, que se ha ganado el afecto de todos los sicilianos —Don Croce se detuvo y apuró su copa—. Pero las tornas han cambiado. Está solo en las montañas, con apenas un puñado de hombres frente al ejército que Italia ha enviado contra él. Y le han traicionado continuamente. Por eso ya no se fía de nadie, ni siquiera de mí —el Don miró gélidamente a Michael por un instante—. Si yo fuera del todo sincero —añadió—, si no amara tanto a Giuliano, tal vez te daría un consejo que no te debo. Tal vez te diría con toda franqueza que regresaras a América sin él. Estamos llegando al final de una tragedia en la que tú no tienes ni arte ni parte —el Don lanzó un suspiro—. Pero, como es natural, tú eres nuestra última esperanza y debo rogarte que te quedes y prestes ayuda a nuestra causa. Yo daré mi respaldo en todos sentidos, jamás abandonaré a Giuliano —levantó su copa—. Que viva mil años.

Todos bebieron, y Michael reflexionó. ¿Quería el Don que se quedara o que abandonara a Giuliano? Habló Stefan Andolini:

—Recuerda que prometimos a los padres de Giuliano que Michael les visitaría en Montelepre.

—Por supuesto que sí —contestó Don Croce suavemente—. Tenemos que darles alguna esperanza.

El padre Benjamino dijo con humilde vehemencia:

—Y tal vez ellos sepan algo del Testamento.

—Sí, el Testamento de Giuliano —Don Croce suspiró—. Él piensa que eso le salvará la vida o, por lo menos, vengará su muerte. Recuerda bien esto —añadió, dirigiéndose a Michael—: Roma teme el Testamento, pero yo no. Y dile a sus padres que lo que está escrito en el papel afecta a la historia. Pero no a la vida. La vida es otra historia.

Montelepre distaba de Palermo no más de una hora por carretera. Pero, en el transcurso de aquella hora, Michael y Andolini pasaron de la civilización de una ciudad a la primitiva cultura de la campiña siciliana. Stefan Andolini iba sentado al volante de un pequeño Fiat y, bajo el sol de la tarde, en sus mejillas y su barbilla perfectamente afeitadas brillaban los innumerables poros de las raíces escarlata de su pelo. Conducía despacio y con grandes precauciones, tal como suelen hacer los hombres que aprenden a conducir tarde. El Fiat jadeaba como si le faltara el resuello según iba serpenteando colina arriba por entre la impresionante cordillera. En cinco lugares distintos tuvieron que detenerse en los puestos de vigilancia montados por la policía nacional, con sus pelotones de por lo menos doce hombres y un carro armado erizado de ametralladoras. Los documentos que portaba Andolini les permitieron continuar viaje.

A Michael le parecía extraño que el paisaje pudiera tornarse tan abrupto y primitivo a tan escasa distancia de la gran ciudad de Palermo. Cruzaron pequeñas aldeas de casas de piedra construidas en precario equilibrio sobre las escarpa das pendientes. Éstas descendían en angostos bancales cuidadosamente cultivados que mostraban pulcras hileras de espigadas plantas verdes. Los altozanos aparecían constelados de numerosas rocas blancas medio enterradas entre musgos y bambúes; a lo lejos semejaban vastos cementerios sin esculturas.

A intervalos en el camino había relicarios consistentes en cajas de bambú con imágenes de la Virgen María o de algún santo especialmente venerado. Junto a uno de ellos Michael vio a una mujer rezando de rodillas mientras su marido permanecía sentado en un carro tirado por un asno, bebiendo vino a pico de botella. La cabeza del asno aparecía inclinada como la de un mártir.

Stefan Andolini se volvió hacia Michael y le acarició el hombro mientras le decía:

—Se me alegra el corazón al verte, querido primo. ¿Sabías que los Giuliano están emparentados con nosotros?

Michael tuvo la seguridad de que aquello era una mentira; vio algo extraño en aquella sonrisa zorruna.

—No —contestó—, sólo sabía que sus padres trabajaron para el mío en los Estados Unidos.

—Igual que yo —dijo Andolini—. Nosotros ayudamos a construirle a tu padre la casa de Long Island. El viejo Giuliano era un magnífico albañil y, aunque tu padre le ofreció un puesto en la empresa de aceites, él prefirió seguir en su oficio. Se pasó dieciocho años trabajando como un negro y ahorró como un judío. Y después regresó a Sicilia para vivir como un inglés. Pero la guerra y Mussolini destruyeron el valor de sus liras y ahora sólo tiene su casa y un pequeño campo de labranza. Maldice el día en que abandonó América. Creyeron que su hijo se educaría como un príncipe y ahora es un bandido.

El Fiat levantaba una nube de polvo, y las chumberas y cañas del camino conferían al paisaje un aspecto fantasmagórico, donde las plantas arracimadas parecían manos humanas. En los valles se divisaban olivares y viñedos.

—Turi fue concebido en América —dijo Andolini de repente. Al ver la mirada inquisitiva de Michael, añadió: —Turi es el diminutivo de Salvatore. Sí, fue concebido en América, pero nació en Sicilia. Unos cuantos meses más, y Turi hubiera sido ciudadano norteamericano —se detuvo un instante—. Turi siempre lo comenta. ¿Crees de veras que podrás ayudarle a escapar?

—No lo sé —contestó Michael—. Después del almuerzo con el inspector y Don Croce, ya no entiendo nada. ¿Quieren que les ayude? Mi padre dijo que Don Croce lo quería. No me habló para nada del inspector.

Andolini se alisó hacia atrás el ralo cabello. Pisó involuntariamente el acelerador y el Fiat dio un respingo.

—Giuliano y Don Croce son ahora enemigos —dijo—. Pero nosotros hemos trazado planes sin la participación de Don Croce. Turi y sus padres cuentan contigo. Saben que tu padre jamás ha traicionado a un amigo.

—Y tú, ¿de qué lado estás? —preguntó Michael.

—Yo lucho por Giuliano —contestó Andolini—. Hemos sido compañeros durante estos últimos cinco años, y antes de eso me perdonó la vida. Sin embargo, vivo en Sicilia y no puedo desafiar abiertamente a Don Croce. Por eso ando en la cuerda floja entre los dos, aunque nunca traicionaré a Giuliano.

Michael se preguntó qué demonios estaba diciendo aquel tipo. ¿Por qué no podía obtener una respuesta sincera de ninguno de ellos? Porque estaba en Sicilia, pensó. Los sicilianos tenían horror a la verdad. Los tiranos y los inquisidores les habían torturado a lo largo de miles de años, exigiéndoles la verdad. El Gobierno de Roma, con sus disposiciones legales, pedía la verdad. El sacerdote en el confesionario, amenazándoles con las penas eternas del infierno, intentaba averiguar la verdad. Pero la verdad era una fuente de poder, un instrumento de dominación, ¿por qué iban a regalarla sin más?

Tendría que encontrar el camino por su cuenta, pensó Michael, o tal vez abandonar la misión y regresar apresuradamente a su patria. Estaba en terreno peligroso, se había establecido, de toda evidencia, una especie de vendetta entre Giuliano y Don Croce, y dejarse atrapar por el torbellino de una vendetta siciliana era un suicidio. Porque el siciliano cree que la venganza es la única justicia auténtica, siempre despiadada. En aquella isla tan católica, de hogares donde nunca falta una imagen del Jesucristo doliente, el perdón cristiano se considera el despreciable refugio de los cobardes.

—¿Por qué se enemistaron Giuliano y Don Croce? —preguntó Michael.

—A causa de la tragedia de Portella delle Ginestre —contestó Andolini—. Fue hace tres años. Después ya nada volvió a ser igual. Giuliano le echó la culpa a Don Croce.

De repente el vehículo pareció caer casi en vertical por la carretera que descendía de las montañas al valle. Pasaron junto a las ruinas de un castillo normando construido hacía mil doscientos años para sembrar el terror en la campiña y sólo habitado ya por inofensivas lagartijas y algunas cabras extraviadas. Lejos, abajo, Michael avistó la localidad de Montelepre.

Estaba hundida al pie de las montañas que la rodeaban como un cubo colgando en el fondo de un pozo. Formaba un círculo perfecto sin ninguna casa en las afueras, y el sol del atardecer teñía de escarlata las piedras de sus muros. El Fiat se deslizó finalmente por una angosta y tortuosa calleja, hasta que un puesto de vigilancia de los carabinieri le cerró el paso, obligando a Andolini a frenar y detenerse. Uno de los hombres les indicó, con un movimiento del fusil, que se apearan.

Michael observó la documentación que mostraba Andolini. Vio un pase especial orlado de rojo que sólo podía haber facilitado el Ministerio del Interior de Roma. Michael tenía otro igual, pero le habían ordenado no exhibirlo más que como último recurso. ¿Cómo habría conseguido un hombre como Andolini semejante documento?

Subieron de nuevo al automóvil y siguieron avanzando por las estrechas calles de Montelepre, tan estrechas que, si se hubiera acercado un vehículo en dirección contraria, ninguno de los dos hubiera podido pasar. Todas las casas poseían elegantes balcones y estaban pintadas de distintos colores. La mayoría eran azules, las blancas también abundaban y había algunas pintadas de rosa. Unas pocas eran amarillas. A aquella hora del día las mujeres estaban dentro, preparándole la cena al marido. Pero no había niños en las calles. En cada esquina se veían, en cambio, parejas de carabinieri. Montelepre parecía una ciudad en estado de sitio. Sólo algunos viejos de rostro impasible eran visibles en los balcones.

El Fiat se detuvo frente a una hilera de casas adosadas, una de las cuales, pintada de un azul intenso, tenía una verja cuyo enrejado formaba la letra «G». Abrió la verja un hombrecillo nervudo de unos sesenta años, vestido con un traje americano oscuro, a rayas, camisa blanca y corbata negra. Era el padre de Giuliano, que acogió a Andolini con un rápido, pero afectuoso abrazo. Después, y mientras les hacía pasar al interior de la casa, le dio a Michael en el hombro unas palmadas de casi gratitud.

El padre de Giuliano tenía la cara del hombre que espera con angustia la muerte inevitable de un ser querido aquejado de una dolencia incurable. Estaba claro que dominaba muy severamente sus emociones, pero aun así se llevó la mano al rostro como para imponer compostura a sus facciones. Rígido, como envarado el cuerpo, sin embargo se tambaleaba levemente al moverse.

Entraron en un salón muy lujoso para una casa siciliana de una pequeña localidad. Dominaba la estancia una enorme fotografía ampliada, demasiado borrosa para que pudieran verse los detalles, con un marco de madera color crema. Michael comprendió inmediatamente que debía de tratarse de Salvatore Giuliano. Debajo, sobre un velador negro, ardía una lámpara votiva. Sobre una segunda mesa había otra fotografía enmarcada, mucho más clara que la de la pared. Padre, madre e hijo aparecían de pie sobre el fondo de una cortina roja, el hijo rodeando posesivamente a su madre con el brazo. Salvatore Giuliano miraba de frente a la cámara como si la desafiara. El rostro era extraordinariamente hermoso, de estatua griega, con las facciones un poco gruesas y como esculpidas en mármol, unos carnosos labios sensuales y unos ojos rasgados y muy separados, de entornados párpados. Era el rostro de un hombre que confía plenamente en sí mismo y está resuelto a imponer su voluntad al mundo. Lo que, sin embargo, Michael jamás hubiera podido imaginar era la extraordinaria y jovial dulzura de aquel bello semblante.

Había otras fotografías, que le mostraban con sus hermanas y los maridos de éstas, pero reposaban casi ocultas en mesitas de rincones en sombras.

El padre de Giuliano les acompañó a la cocina. La madre se apartó del fuego, para saludarles. Maria Lombardo Giuliano parecía mucho más mayor que en la fotografía de la otra estancia, en realidad, parecía otra mujer. Su cortés sonrisa era como un rictus en un rostro agotado, de piel áspera y cuarteada. En el largo y espeso cabello que le llegaba hasta los hombros abundaban las hebras plateadas. Pero lo más impresionante eran sus ojos, casi negros y llenos de un odio impersonal hacia el mundo que les estaba aplastando tanto a su hijo como a ella.

Sin prestar atención ni a su marido ni a Stefan Andolini, se dirigió a Michael:

—¿Has venido para ayudar a mi hijo o no?

Los otros dos se quedaron turbados ante la brusquedad de su pregunta, pero Michael se limitó a esbozar una sonrisa muy seria.

—Sí, estoy con vosotros.

Parte de la tensión desapareció del rostro de la mujer, que hundió la cabeza entre las manos como si esperara un golpe. Andolini le dijo en tono tranquilizador:

—El padre Benjamino deseaba venir, pero yo le he dicho que tú te oponías.

Maria Lombardo levantó la cabeza, y a Michael le asombró que su rostro reflejara todas las emociones que sentía. El desprecio, el odio, el temor, la ironía de sus palabras alternando con la dureza de su sonrisa, las muecas que no podía reprimir.

—Ah, el padre Benjamino tiene sin duda muy buen corazón —contestó ella—. Y con ese buen corazón que tiene es como la peste que lleva la muerte a toda una aldea. Es como la planta de la pita: si te rozas con él, sangras. Y le lleva los secretos del confesionario a su hermano, vende al diablo las almas que tiene encomendadas.

El padre de Giuliano dijo con serena lógica, como si tratara de calmar a un loco:

—Don Croce es nuestro amigo. Nos sacó de la cárcel.

—Ah, Don Croce —estalló la madre de Giuliano— el «alma buena», tan cariñoso siempre. Permíteme decirte que Don Croce es una serpiente. Apunta con la pistola hacia adelante y asesina al amigo que tiene al lado. Él y nuestro hijo iban a mandar juntos en Sicilia, y ahora Turi se esconde solo en las montañas y el «alma buena» está libre como el aire en Palermo, junto a sus putas. A Don Croce le basta con soltar un silbido para que Roma le lama los pies. Y, sin embargo, ha cometido más crímenes que nuestro Turi. Él es malo y nuestro hijo es bueno. Ah, si yo fuera un hombre como tú, mataría a Don Croce. Enviaría al «alma buena» a descansar —hizo un gesto de repugnancia—. Vosotros los hombres no entendéis nada.

El padre de Giuliano dijo con impaciencia:

—Creo que nuestro huésped tiene que ponerse en camino dentro de unas horas, y necesita comer algo antes de que empecemos a hablar.

De repente la madre de Giuliano, cambiando de actitud, mostró solícita.

—Pobrecillo, has viajado todo el día para venir a vernos y has tenido que escuchar los embustes de Don Croce y mis desvaríos. ¿A dónde vas?

—Tengo que estar en Trapani mañana —contestó Michael. Me alojaré en casa de unos amigos de mi padre hasta que venga Giuliano.

Se hizo el silencio en la estancia. Michael intuyó que todos conocían su historia y vio que observaban la marca que tenía en la mejilla. La madre de Giuliano se le acercó y le dio un rápido abrazo.

—Toma un vaso de vino —le dijo—. Después sal a dar un paseo por la ciudad. La cena estará en la mesa dentro de una hora. Y entonces los amigos de Turi ya habrán llegado y podremos hablar con sensatez.

Andolini y el padre de Giuliano se situaron a ambos lados de Michael, y los tres salieron a recorrer las estrechas calles adoquinadas de Montelepre, cuyas piedras relucían negras con la puesta del sol. En la brumosa luz azulada que preludiaba el crepúsculo, sólo las siluetas de los carabinieri animaban el contorno. En cada cruce escapaba de la Via Bella una tortuosa callejuela. La ciudad parecía desierta. Incluso los balcones estaban vacíos, salvo por sus cuencos de colorinescas flores colocados sobre minúsculas mesitas.

—Esto fue en otros tiempos una ciudad muy animada —dijo el padre de Giuliano—. Siempre, siempre muy pobre, como toda Sicilia, con mucha miseria, pero animada. Ahora nada menos que setecientos de sus habitantes se encuentran en la cárcel, detenidos por complicidad con mi hijo. Son inocentes casi todos ellos, pero el Gobierno los detiene para asustar a los demás, para que faciliten información sobre Turi. Hay más de dos mil carabinieri en la ciudad, y varios miles más buscan a Turi por las montañas. Y por eso la gente ya no come al aire libre y los niños ya no pueden jugar afuera. La policía es tan cobarde que dispara contra un conejo que cruce la calle. Han establecido un toque de queda al anochecer, y si una mujer quiere visitar a una vecina y la sorprenden, la increpan y la cubren de improperios. A los hombres se los llevan para torturarlos en las mazmorras de Palermo —lanzó un suspiro—. Estas cosas jamás podrían ocurrir en América. Maldigo el día en que me fui de allí.

Stefan Andolini les obligó a detenerse al encender una panetela.

—Di la verdad —exclamó con una sonrisa, dando unas chupadas al cigarro—. A los sicilianos les gusta más oler la basura de sus aldeas que aspirar los mejores perfumes de París. ¿Qué estoy haciendo yo aquí? Hubiera podido escaparme al Brasil como hicieron algunos. Ah, pero los sicilianos amamos el lugar donde hemos nacido, aunque Sicilia no nos ame.

—Qué necio fui regresando —dijo el padre de Giuliano, encogiéndose de hombros—. Si hubiera esperado unos cuantos meses, mi Turi hubiera sido legalmente americano. Pero se ve que el aire del país penetró en el vientre de su madre —sacudió la cabeza perplejo—. ¿Por qué se preocuparía siempre mi hijo por los problemas de los demás, incluso de aquellos que no estaban emparentados con nosotros? ¿Por qué luchó por un hombre al que ni siquiera conocía, un hombre al que despidieron del trabajo por negarse a aceptar un salario de miseria? ¿Qué le importaba eso a él? Siempre tuvo ideas su ...