Loading...

EL SUEñO DE LA CRISáLIDA

Vanessa Montfort  

0


Fragmento

La primera crisálida

Lo más increíble de los milagros es que suceden.

CHESTERTON

¿Cuántas horas pueden estar dos personas sentadas, una al lado de la otra, sin comunicarse? Yo he comprobado que entre ocho y trece.

¿Y dónde? En un avión y en un trabajo. Seguramente son más, pero ese, al menos, es mi récord.

En un pasado muy reciente, cuando nuestra atención aún no había sido secuestrada por el fulgor hipnótico de móviles y tablets, recuerdo haber disfrutado de conversaciones insólitas con mis compañeros de viaje: en trenes, en autobuses, vuelos transatlánticos, incluso en el metro. Viajeros anónimos que conocía durante un corto fragmento de su existencia y de los que me daba tristeza despedirme ya que, casi antes de sentarse, me confesaban su vida. Ese era mi superpoder. Uno muy útil cuando eres periodista: adulterios, ruinas económicas, enamoramientos, dramas cotidianos, incestos, dudas existenciales, fugas de agua… conocería de ellos sólo lo que estuvieran dispuestos a confesarme y que terminaba siendo más íntimo de lo que hubieran previsto, supongo, relajados ante el anonimato y la seguridad de no volver a vernos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Sin embargo, cuando conocí a Greta en ese Boeing 747 Nueva York-Madrid, hacía años que me había vuelto invisible para mis compañeros de viaje y ellos para mí. Era como si el mundo entero me hubiera retirado su confianza. Por eso nunca imaginé que esas siete horas de conversación se prolongarían a todo un año de confesiones y mucho menos que estas serían mutuas. Notas que termino hoy de revisar y que comencé a escribir también sin prever, ni por lo más remoto, su destino final.

De alguna manera, cruzar el océano Atlántico aquella primavera de 2017 rompió mi maleficio. El que ahora sé que arrastraba desde que dejé el periodismo. Me estremece pensar en lo distintas que serían nuestras vidas de no haber comenzado aquella conversación.

Por qué su historia me enganchó como un anzuelo desde su primera palabra, por qué empecé a escribirla y he luchado tanto por publicarla son preguntas que sólo he podido contestarme al finalizar este libro.

Sin embargo, sí tuve, desde el primer instante, una certeza: la historia de Greta nunca se había contado antes. No por lo que haya en ella de polémica, sino porque habla de esa mágica capacidad nuestra para reconstruirnos.

¿La capacidad de quién? De nosotros. Del ser humano. De nuestra necesidad de transformación. De algo que ahora mismo y por culpa de Leandro Mateos, experto en insectos voladores y en mi persona a partes iguales, me obsesiona: la crisálida. Nuestro único y gran cambio vital. Algo en lo que siempre creí, pero a lo que hasta ahora no he sabido dar nombre: la sospecha de que todos los seres humanos tenemos al menos una oportunidad de realizar un cambio de ciento ochenta grados para adquirir nuestra forma más auténtica; la ocasión de poner a prueba nuestra gran capacidad de transformación, propia y de nuestro entorno. Y la tenemos, aunque a veces nos creamos incapaces de ejercitarla o de creer en ella.

Pero la primera crisálida también tuvo que soñar sus alas.

En el fondo, creo que siempre he confiado en ese poder nuestro para obrar el milagro de un cambio. Uno importante: duelos, posguerras, rupturas, heridas, tsunamis, crisis, desilusiones, pandemias, catástrofes, esos procesos capaces de llevarnos al punto de deshacernos por completo como pobres orugas destinadas a arrastrarnos por la tierra pueden inducirnos, al mismo tiempo, a un fuerte renacer con una nueva capacidad: la de volar. Curiosamente, cuando conocí a Greta, había dejado de confiar en todo esto.

Empiezo a escribir el prólogo a esta historia también, no me importa decirlo, protegida por la ficción. Y es que tras mis años de carrera periodística he comprobado aquello que una vez me dijo Ernesto, mi primer mentor en el periódico, cuando me acogió bajo su ala y aún me daba apuro levantar la mano en las ruedas de prensa: que algunas veces la ficción nos permite aproximarnos más a la realidad o sentirnos más libres para contarla. Por eso, aprovecho estas líneas previas para advertir que los nombres y los lugares de este relato han sido modificados con el fin de preservar la privacidad de sus protagonistas.

Así lo han querido y así lo respeto.

Confieso que hoy, 18 de mayo de 2018, mientras escribo las líneas que cerrarán esta historia para por fin abrirla al mundo, ha dejado de preocuparme si va a compensarme el alboroto de esa polémica que no busco, las torpes y engorrosas amenazas sufridas, los ladridos de desconocidos que no profundizarán en mis razones, las susceptibilidades de algunos amigos, el barullo deslenguado de las redes… sólo por querer contar la que considero una gran historia. Una necesaria.

¿Por qué ha dejado de preocuparme todo esto? Porque ya la he contado. Su historia pero también la mía.

El sueño de una crisálida es un sueño lleno de cosas.

No es un sueño inactivo. Es un tiempo muerto en el que se opera un proceso solitario y milagroso, en el que es necesario detenerse… y el silencio.

Dos cosas que yo nunca me habría permitido antes.

Hoy, tras este inmenso viaje de un año, creo saber lo que piensa una crisálida durante su lento y traumático proceso:

Voy a rebelarme contra este cansancio. Voy a hacer real lo que ahora sueño. Voy a transformarme en lo que quiero ser. Voy a volar a donde me apetezca. Y nunca jamás volveré a arrastrarme.

Como escribió Chesterton: «Lo más increíble de los milagros es que suceden», y yo he sido testigo de uno y quiero contarlo.

Un milagro humano. Uno de nuestro tamaño.

Tan inmenso y cotidiano como lo es el milagro del amor o de la vida.

Una vez escuché que lo único que nos aparta de la felicidad es el miedo al cambio. Greta —como decidimos juntas que la llamaría para proteger su anonimato— también lo tuvo, pero lo está venciendo. Si ha roto o no la transparente crisálida en la que durante este año se ha ido transformando, lo descubriremos más adelante. Pero soy feliz de haber tenido la suerte de que me relatara, desde el interior de su infranqueable cápsula de seda, lo que un ser humano siente al deshacerse y volver a nacer, convertida en otra cosa.

En algo mejor y más libre.

Acompañarla en ese proceso me ha aportado una luz poderosa: saber que es posible.

PATRICIA MONTMANY

Madrid, 18 de mayo de 2018

En la naturaleza existe un proceso tan mágico como cotidiano que lleva a una oruga a transformarse en mariposa. Para ello, ese pequeño y rechoncho animal sorteará todo tipo de peligros con un solo objetivo: el de sobrevivir hasta el momento de su gran y definitivo cambio vital. Entonces, escogerá un lugar para construirse un resistente refugio de seda y dará comienzo un proceso extraordinario, pero también el más traumático que existe en la naturaleza: primero, tendrá que descomponerse por completo hasta licuarse en un caldo de proteínas, de su antiguo exoesqueleto sólo quedarán intactos su corazón y su cerebro; a partir de ellos, reconstruirá con esfuerzo una nueva estructura más resistente, unas largas extremidades que antes no poseía, unos nuevos ojos compuestos que le permitirán ver lo que antes no era capaz y unas alas poderosas y elásticas que le darán un nuevo poder: el de volar.

En esta primera fase, la oruga podría poseer ya los colores de la mariposa en la que, de completar su proceso con éxito, se convertirá más tarde, pero nada hace sospechar aún su forma final. De momento sólo será capaz de arrastrarse lentamente, haciéndola más vulnerable ante los depredadores. Por eso se ve obligada a crecer lo más rápido posible. En muy poco tiempo puede adquirir una longitud veinte veces mayor. Para protegerse, unas veces adquirirá un aspecto amenazador. Otras, intentará hacerse invisible, confundiéndose con el entorno para pasar desapercibida hasta encontrar un lugar seguro para realizar su metamorfosis.

LEANDRO MATEOS

El milagro biológico de las mariposas (2017, p. 23)

En una cápsula de aluminio

1

Madrid, primavera de 2017

Hoy, en algún día de primavera cuya fecha me es imposible calcular, mi alarma interna ha vuelto a despertarme antes de que lo hiciera la del móvil. Me sucede desde hace años. Soy como un bombero de guardia que todas las mañanas amanece con la mente preparada para sofocar un incendio. Me he sacado la férula de la boca que, por cierto, tengo triturada —nota a mí misma: llamar al maxilofacial—, y he vuelto a consultar el móvil antes de salir de la cama, algo que cuando aterricé en el aeropuerto de Barajas ayer me prometí no volver a hacer: de nuevo las llamadas perdidas, los asuntos de los emails que desfilaban por la pantalla como los créditos de una mala película desde las siete de la mañana. Me he llevado la mano al pecho y he tomado aire, todo el que me han permitido mis pulmones que han vuelto a encogerse hasta alcanzar el tamaño de dos ciruelas.

Empiezo a escribir estas notas aún convaleciente de mi colapso neoyorquino, con este sol primaveral quemándome la cara y los balcones del salón abiertos hacia esta plaza de Oriente que está absurdamente orientada a Occidente: todo en mi vida me parece hoy una gran contradicción. Desde hace un buen rato observo el salón con la necesidad de comprobar si todo sigue igual que antes de irme: las barras de las cortinas apoyadas en el rincón, dos de las lámparas aún en sus cajas, las paredes casi desnudas de no ser por ese póster de Alicia en el país de las maravillas que pegué con adhesivos cuando me mudé hace… ¿cuatro años ya?

Aún tengo todo este viaje a Nueva York en la nebulosa de un sueño, como si no hubiera sucedido del todo. Puede que sea producto de la fuerte medicación. Qué alivio que Santiago haya podido hacerme un hueco en su agenda esta tarde. Si no, no tendríamos terapia hasta el lunes, y necesito contarle punto por punto cómo empezó el ataque de ansiedad: que he sentido que me moría, real, físicamente, y que no quiero volver a estar así. Necesito contarle que ha sido el clímax de estos tres años de terapia claramente estéril para controlar mi estrés. De momento me sirve de placebo la frase que me ha dicho por teléfono: «Una crisis, Patricia, es una oportunidad de cambio». Lo más sorprendente es que sí, es verdad que un cambio, al menos, se ha producido ya: por primera vez en mucho tiempo siento la antigua pulsión de asimilar algo a través de una página en blanco. Supongo que necesito escribirlo por miedo a que se me disipen las últimas cuarenta y ocho horas de mi vida como una de esas estelas que dejan los aviones en el cielo y que parecen de tiza…

¿El qué?

Mi hospitalización en Long Island y, sobre todo, la curiosa promesa que le he hecho a esa desconocida en ese avión. Más bien, la promesa que me he hecho a mí misma. Ponerme a escribir quiere decir que he recogido el guante, supongo. Así de simple y así de absurdo.

Aeropuertos. Esos hormigueros por los que correteamos en ordenadas filas transportando las mercancías que creemos necesitar, tan atareados en nuestro feliz y fatigoso trayecto que no somos conscientes de que vamos a formar parte del mayor milagro: volar.

Tras seis días hospitalizada, llegué al JFK de Nueva York en cuya facturación me había desmayado una semana antes con el único propósito de atravesar el control rumbo a casa, pero con una novedad: la pequeña concha naranja que recogí en la playa de Long Island la tarde en que me dieron el alta y que viajaba como un polizón en el bolsillo de mi gabardina burlando todos los controles de seguridad.

Cuando dejé mis cosas metódicamente sobre la cinta del escáner —portátil, tablet, iPhone, líquidos, zapatos, documentación y concha—, recuerdo que deseé con una intensidad desconcertante que esta última no fuera detectada. También traté de disimular un bostezo grosero delante del oficial —culpa de la medicación— y luego caminé arrastrando los pies como un nazareno hasta la puerta de embarque.

Confieso que mientras esperaba para entrar en el avión estuve a punto de buscar la wifi del aeropuerto, pero mamá me hizo jurarle desde el hospital —y yo nunca juro en falso— no contestar a un solo correo de trabajo hasta aterrizar en Madrid.

Por primera vez le hice caso.

El colapso nos había asustado de verdad.

También sé que nadie comprende hasta qué punto no puedo permitirme desconectar unos días, ni siquiera horas, por mucho que el cuerpo me lo pida.

Santiago tampoco lo entiende. Por eso no me está haciendo efecto la terapia. Se limita a repetirme que tengo que bajar el ritmo como si eso fuera posible, alzando sus ojos azules de muñeco por encima de las gafas minúsculas y luego encaja su metro noventa en la butaca antes de extenderme una receta. Nadie conoce mi nivel de responsabilidad y de presión. Lo desestabilizante que puede llegar a ser un mensaje de Rosauro desde la agencia. Su forma pasivo-agresiva de darte un plazo: «Esto es para ayer» o «Ponte las pilas y pónselas a tu puto equipo». Me da grima imaginar cómo se peina con los dedos el pelo ondulado, cruzando una pierna y toqueteándose el calcetín con su dedo de manicura perfecta, mientras redacta uno de esos mensajes lacerantes que siempre escribe en mayúsculas y acentúa a destiempo.

Nunca creí que respondería ante un jefe así, esa es parte de mi frustración, supongo.

El caso es que un día de desconexión me supone encontrar en mi bandeja de entrada una tonelada de emails y de problemas a menudo irresolubles. Mi vida laboral se resume en un plazo que siempre roza el límite de lo imposible. Por qué me autoexilié del periodismo al mundo de la publicidad —misma velocidad, mismo sacerdocio, menos pasión y cero vocación— es algo que nadie entiende. Ni yo misma últimamente.

Pero antes de regresar mañana a la agencia y a sus desquiciadas carreras, y de la sesión de esta tarde con Santiago, quiero intentar explicarme qué me ha llevado a volver a escribir después de tanto tiempo. Hago un flashback de veinticuatro horas: vuelvo a entrar en el avión, vuelvo a alegrarme de que la fila lateral derecha tenga sólo dos asientos, a ilusionarme con la posibilidad de convivir siete horas con un viajero menos. Sólo quiero ocupar el asiento de la ventanilla, abrir mi portátil, ver una película, cenar, quedarme dormida.

De ese viaje de vuelta hay una cosa que sí recuerdo a la perfección.

El cansancio.

Uno vital. Uno que ya intuía que no iba a curarse con horas de sueño. Que venía de la mente y del cuerpo al mismo tiempo.

Lentamente y como si el aire pesara toneladas, saqué mi antifaz, los tapones de los oídos, una bolsa con cuatro botes de pastillas a los que habían pegado una etiqueta con mi nombre como en las películas, unos calcetines gordos con suela, dos bolis, un espray de agua termal, mis cascos y el portátil, y lo metí todo como pude en el bolsillo delantero. Ahora no me cabían las piernas. Las ladeé un poco invadiendo el asiento vecino hasta que una bolsa de deporte cayó sobre él.

Levanté la vista. Mi gozo en un pozo.

Pensé que al menos mi acompañante era pequeño de estatura por lo que no invadiría mi preciado territorio; había temido que fuera la madre de un bebé congestionado que amenazaba con un estallido nuclear de llantos en plena noche. Mi futuro compañero de viaje —pelo corto, negro y rizado, camisa azul sin gracia, chaleco gris de abuelo, vaqueros anticuados…— estaba aún de espaldas y la azafata se ofreció a subirle la bolsa al compartimento portaequipajes.

Se sentó como si temiera romper algo con un «buenas tardes» inesperadamente esférico y femenino. Le busqué los ojos.

Era una mujer: rasgos indígenas, rostro juvenil, edad en la mirada. Sus párpados rasgados se movían despacio como los de un pájaro que está a punto de dormirse. La boca grande de labios gruesos sostenía una sonrisa desarmada, fabricada con esfuerzo, que dejaba a la vista una fila de dientes perfectos. Una mirada de desconfianza india se asomó tras unas ojeras como las mías y sincronizamos un mismo suspiro antes de abrocharnos los cinturones. El agotamiento era lo que más podía solidarizarme con cualquiera en ese momento. Las azafatas desfilaron comprobando los asientos y el capitán nos dirigió las palabras de rigor, a las que añadió que sufriríamos cierto retraso al despegar, lo que provocó un caudaloso murmullo que recorrió el avión desde business hasta turista.

Nos esperaban siete horas por delante encadenadas la una al lado de la otra. Siete horas en las que probablemente no podría moverme porque mi compañera, a juzgar por su aspecto, iba a desmayarse en cualquier momento. Y sería mejor así.

Yo que siempre había presumido de que la gente me contaba su vida sin conocerme… lo cierto es que llegó a resultarme insufrible. Me sentía invadida. Hasta que un día dejó de ocurrirme. Sin más. Y luego lo eché de menos. Pero no en este viaje; en este vuelo sólo quería recuperar fuerzas. Iba a necesitarlas. Aún las necesito.

El avión despegó de Nueva York sobre un pomposo atardecer. No pude evitar abrir el portátil y estaba redactando una de mis interminables listas de tareas pendientes que me instalaron de nuevo esa pesa en el centro del pecho cuando, al volverme hacia ella, lo vi en sus ojos. El reflejo de las nubes naranjas en el espejo negro de sus pupilas. Y me hizo recordar ese otro atardecer en la playa, dos días atrás, cuando salí del hospital. Busqué la concha en el bolsillo de mi pantalón mientras miraba por la ventanilla. Ambas nos quedamos absortas contemplando esos colores irracionales hasta que la escuché arrastrar la voz:

—Hace catorce años que no veo un atardecer.

Una lágrima imprudente cruzó su rostro.

—¿Dónde has estado? ¿En la cárcel? —respondí bromeando, sin venir a cuento.

A lo que ella respondió muy seria:

—Más o menos.

Quise tragarme mis palabras. No supe reaccionar. El caso es que se recogió dentro de sí misma como un caracol al que hubieran echado tierra y yo me refugié en la pantalla de mi portátil.

Un rato después llegó la cena.

La azafata nos ofreció el clásico «¿Pollo o pasta?», a lo que respondimos al unísono cada una con una opción, como un salmo. Me fijé que sacaba del bolsillo delantero una bolsa ziploc con blísteres y botes; toda una colección de pastillas. Las reconocí. Y creo que ella reconoció las mías, aunque traté de disimularlas sin éxito bajo la servilleta. Las pequeñas verdiblancas sólo podían ser diazepam. Distinguí también los antidepresivos, somníferos… Nos lanzamos una mirada furtiva y ambas tragamos con prisa nuestros tratamientos de choque.

2

Tiempo restante para alcanzar el destino: seis horas.

El capitán prendió el aviso para que nos abrocháramos los cinturones porque llegábamos a una zona de turbulencias. Cuando se cumplió el vaticinio, un pasajero sudoroso, demasiado trajeado para un viaje tan largo, tuvo la ocurrencia de levantarse dando tumbos hacia el baño, lo que provocó la ira de una de las encantadoras azafatas, quien, transformándose en un orco infernal, le ordenó sentarse de nuevo.

Me había impresionado comprobar que a mi compañera se le escapaban las lágrimas mientras dormía, como si se hubiera dejado el grifo del dolor abierto. Me fijé también en que sujetaba unas cartas manuscritas como si fueran su chaleco salvavidas. La entendí. También yo necesitaba estar en contacto con mi pequeño souvenir marino. Tenía la absurda esperanza de que me ayudaría a recordar lo que me había pasado cuando pisase Madrid de nuevo. Y aquí la tengo ahora, junto a mí, mientras escribo estas líneas y recupero las fuerzas para el día que me espera mañana.

He llegado a la conclusión de que conservo algunos vicios de mi época como periodista. El principal: no puedo evitar escanear a las personas que me llaman la atención de una forma que a veces roza la descortesía. Tampoco puedo evitar especular sobre ellas. Sobre todo cuando recibo información tan contradictoria: ¿cómo era posible que mi compañera de asiento no hubiera visto un atardecer en catorce años si parecía tener treinta como mucho?, ¿por qué lloraba?, ¿qué contenían esas cartas manuscritas que agarraba como si le dieran la vida?, ¿por qué parecía vestida con ropa de cuatro personas diferentes?, ¿por qué su estilo, algo masculino, contrastaba con la femineidad de sus maneras? Y sobre todo… ¿por qué me había hablado?

La miré de nuevo. Su rostro estaba abrasado por las lágrimas. Cerré el ordenador. Tenía el ceño fruncido y se había echado la manta como un velo, por la cabeza. Había algo maternal en su forma de llorar. ¿De verdad había estado en la cárcel? Sus maneras eran educadas, su piel saludable no mostraba signos de drogadicción, las manos cuidadas de alguien acostumbrado a trabajar con la mente, su desenvoltura en el avión, como acostumbrada a viajar a menudo…

Se revolvió un poco en el asiento y las cartas se fueron al suelo. Abrió con esfuerzo los ojos y yo disimulé buscando el mando de la pantalla.

Se desperezó, recogió los papeles como pudo y, al incorporarse, se tocó el pelo buscando la manta, azorada, como si la hubiera avergonzado que la viera dormir o llorar o las dos cosas. Ambas buscamos una película en nuestras pantallas.

Tiempo restante para alcanzar el destino: cinco horas y quince minutos. En mi pantalla, los créditos finales de La vida de Pi, curiosamente la misma película que estaba viendo ella. A toro pasado pienso que no fue casualidad. Ella también llevaba un buen rato observándome con cierto impudor. Nos habíamos analizado mutuamente con curiosidad científica evitando que nuestras miradas se cruzaran. Hasta que, finalmente, cuando el bebé de la última fila por fin estalló en berridos, ocurrió:

—Siento haberte hablado antes —dijo—. Y siento volver a molestarte ahora.

—No hay problema. —Sonreí, cortés—. Con este recital de llantos ya sí que no hay forma de concentrarse.

Ella se llevó la mano a la cabeza con un gesto de desnudez.

Alargó la mano buscando a tientas el botón del aire acondicionado y añadió:

—Te dejo con lo que estuvieras haciendo; además, me prometí no volver a hablarle a nadie en un avión.

Ese es un gran propósito, pensé yo, pero sin embargo pregunté:

—¿Y eso?

Inspiró como si la voz se la hubiera dejado también en tierra, pero no contestó.

La ayudé a quitar el aire acondicionado. Era cierto: nos tenían conservados como trozos de carne en una cámara frigorífica. Y no, desde luego que no tienes por qué obligar a una persona a escucharte cuando está atada a tu lado durante siete horas.

—Puedes estar camino de una operación a vida o muerte —especulé— o abandonando tu país para siempre o yendo a un entierro…

Mi memoria voló involuntariamente hasta aquel viaje terrible, seis años atrás, para recoger los restos de mi padre.

—O puedes haberlo perdido todo e ir muerta —concluyó ella, cubriéndose de nuevo el pelo y el cuello con la manta.

—Sí… —asentí, pensativa—, a veces necesitas que respeten tu silencio.

—Perdona, te estoy interrumpiendo otra vez —se disculpó, y buscó algo con nerviosismo en el bolsillo delantero.

Por fin encontró sus auriculares. Reclinó más su asiento y apretó los párpados. Me pareció que la tristeza había dejado paso a algo que le hervía por dentro.

La almohada del pasajero de delante cayó en mis rodillas. La recogí. Un ojo irritado y agradecido se asomó entre los asientos.

No sé por qué me dio miedo que mi compañera volviera a recogerse en su guarida, así que tiré de ella hacia fuera:

—¿Te ha gustado la película?

Se quitó los cascos.

—¿Perdón?

—Si te ha gustado. Está basada en una novela que leí hace tiempo y…

—Sí, la leí —carraspeó—, el final es un poco distinto pero es bonito.

Me gustó que hubiera leído aquel libro.

—Me encanta la historia del chico con el tigre en la balsa —dije—. Cómo debe enfrentarse a él. Convivir con él. Es muy mágica.

—¿Tú crees? —Se quedó pensativa—. Qué curioso. Yo la veo muy realista.

El avión bajó un escalón de aire. El estómago se me pegó a las costillas. Ella se agarró a los reposabrazos.

—¿Te parece realista viajar con un tigre en una lancha cruzando el océano? —pregunté.

—Bueno —susurró relajando su cuerpo de nuevo—. Es que yo entendí que el tigre era él mismo. Viaja con su miedo.

—Vaya —me sorprendí, y apreté el botón de la azafata—, ¿y cómo llegaste a esa conclusión?

—Los indios creen que cada uno tiene un animal en que te conviertes para sobrevivir. —Dejó la mirada perdida en las líneas de sus manos.

—Pues es bonito…

Me sobresaltó la azafata, que se materializó ante nosotras como un fantasma. Le pedí un vaso de agua que me ofreció al instante como si me hubiera leído el pensamiento. Mi compañera le pidió otra manta.

—¿Y cuál sería el tuyo? —quise saber.

—¿Mi animal? —dijo ella, y asentí—. Creo que un pájaro. Aún no sé cuál. No he tenido mucho contacto con ellos.

—¿Con los pájaros?

—No. —Me miró con una chispa de diversión—. Con los indígenas.

Me recosté en el asiento.

—¿Y qué animal crees que sería yo?

Fijó su mirada en mí. Parecía esforzarse por darme una respuesta acertada.

—Tendría que conocerte más —dijo al fin—. Y tú tendrías que soñarlo.

Había demasiadas cosas que me preguntaba sobre mí misma, y en qué animal salvaje me convertiría para sobrevivir, desde luego, no encabezaba la lista. Me tapé la boca antes de obsequiarla con uno de mis irremediables bostezos.

—Es por la medicación —me disculpé—. No sé cómo seguimos despiertas después de todo lo que nos hemos tragado.

Ella asintió con un gesto de agotamiento y seguimos con la mirada a una anciana que pasó apoyándose con esfuerzo en los reposacabezas.

—No siempre me hacen efecto. —Se restregó los ojos—. Sólo me tranquilizan un rato.

—Ya, a mí también. —Y entonces me aventuré—. ¿Llevas mucho tiempo tomándolas?

Mi pregunta la inquietó y no quería eso, así que le lancé una confesión como muestra de paz:

—A mí sólo me han medicado dos veces. —Aproveché para buscar distraídamente algo en la pantalla—. Ahora, por exceso de trabajo, y hace años, cuando murió mi padre y me separé.

—Yo también estoy guardando un luto. —Me miró directa a los ojos por primera vez—. Me he divorciado de Dios.

Aquella afirmación abrió un silencio inmenso y un camino. No nos dijimos nada más hasta que unas turbulencias nos hicieron buscar precipitadamente los cinturones.

3

El avión nos agitaba como si fuéramos los ingredientes de un Dry Martini gigante. Cuando nos hicieron recoger las mesitas auxiliares, mi compañera, que había sacado dos carpetas, estaba concentrada en rellenar los papeles de inmigración y se le cayeron los documentos al suelo de nuevo. La ayudé a recogerlos y, al hacerlo, no pude evitar ver la foto de su pasaporte. Me dejó contrariada. Mi cerebro empezó a hacer un puzle de datos. Así que era eso…

Me los arrebató de las manos. Me dio las gracias muy seria. Guardó todo en un sobre de plástico blanco, intentó reclinar su asiento, pero fue reprendida por la orco-azafata. A los pocos segundos me pareció que volvía a llorar.

Le toqué el brazo.

—Oye… ¿puedo ayudarte en algo?

Ella volvió su rostro hacia mí y, como si no pudiese evitarlo, dijo:

—Tengo miedo. —Tenía el gesto de una niña perdida—. Y rabia. Tengo mucha rabia.

—Igual te sienta bien hablarlo.

Ella negó con la cabeza.

—Has visto mi foto… —Se secó las lágrimas.

Asentí.

—No quiero que nadie la vea. —Hizo una pausa—. Aunque yo también he visto tu pasaporte antes.

Me froté la nuca. Recordé haber estado ordenando mis documentos sobre la mesita unas horas antes.

—¿Eres periodista? —preguntó, interrumpiendo mis cavilaciones.

—No, lo pone en mis documentos pero ya no ejerzo.

No logré descifrar si aquella noticia la había alertado o desilusionado.

—Bueno… en eso estamos igual, mi pasaporte tampoco dice ya quién soy. Ni mi foto—aclaró. Se frotó las manos entre sí—. Da igual. Tampoco sé muy bien quién soy ahora mismo.

Intenté superponer sobre ella la imagen que acababa de ver en su pasaporte: le borré las ojeras negras que ahora enmascaraban sus ojos y cubrí su pelo corto y rizado con una toca negra. Sus labios gruesos y tristes se convirtieron en una sonrisa agradecida. En aquella foto no se veía su hábito, pero lo imaginé, y también las manos juntas delante del pecho y una cruz colgando en su centro. Qué distinta la veía ahora. Tengo que admitir mi fobia a las prendas que cubren la cara —da igual que sean burkas que tocados, mantillas para ir a misa o velos de novia—, y también a cualquier forma de sacerdocio. Pero traté de sacudirme aquel prejuicio.

El hombre-oso que teníamos detrás nos sobresaltó con sus ronquidos, sustituyendo al llanto del bebé.

—Antes has dicho que llevabas catorce años sin ver un atardecer —recordé.

—Coincidía con los horarios de rezo —contestó sin vacilar.

—¿Y ahora?

Fue a contestar algo pero se detuvo. Finalmente dijo:

—Ahora ya no rezo. Me lo han quitado todo. —Se mordió los labios.

Quise preguntarle «Qué te ha pasado», pero intuí que guardaba un silencio lleno de interrogantes y podría haberme respondido con otra pregunta, «¿Y a ti?», para la que yo tampoco no tenía respuesta.

Es curioso que fuera un rato después, cuando nos encontramos en la parte trasera del avión —ella había pedido agua y parecía en un estado de gran ansiedad y yo hacía mis estiramientos porque sentía de nuevo aquella zozobra previa a mis mareos—, cuando, no sé por qué, empezó a contarme por fin. Y yo empecé a entender por qué le costaba hablar de aquello. Era difícil de resumir, me advirtió, pero aun así, apoyada casi simbólicamente en la salida de emergencia como si aquella cortina fuera un improvisado confesionario, hizo un intento:

—Cuando cumplí la mayoría de edad, ingresé en una orden religiosa. Durante catorce años me he sentido una inadaptada, por muchas razones que son complicadas de explicar —bebió un sorbo de agua—, y a mis treinta y tres años justos, tras un calvario y una crucifixión, bueno… he sido expulsada, enferma y sin ningún recurso económico. Por eso he vuelto a Colombia con mi familia para recuperarme unos meses y ahora regreso a España, donde quiero reconstruir mi vida desde la nada más absoluta. No, no es una historia fácil de resumir.

Me dio la espalda. Su rostro apareció ahora en la oscuridad de la ventanilla de emergencia.

—¿Y por qué vuelves a España? —me sorprendí.

—Porque es donde se rompió mi vida, donde dejé mis pedazos —respondió abriendo mucho los ojos—. ¿En qué otro lugar podría recogerlos?

El silencio se alió con la imagen del abismo negro en el que estábamos suspendidas. En Colombia no tenía un horizonte, continuó; en su ciudad, Ibagué, se encontraría con sus exalumnas, con vecinos por la calle —«¿Y tú no eras monja?»— que no le permitirían ser alguien nuevo, y a su edad y con su experiencia laboral limitada a una orden religiosa sería difícil encontrar trabajo. Eso sí, dijo de pronto con un brillo de esperanza en la voz, en su bolsa de viaje traía artesanías y bisutería hecha de semillas que sólo se encuentran allá. Quería empezar un pequeño negocio en Madrid.

Observé que buscaba algo en su cuello, quizá una cadena, un recuerdo, algo que no pude ver. Y allí, de pie sobre el océano, desovilló algunos de sus temores a una desconocida. Uno de los peores: no saber cuándo volvería a ver a su madre. Se llamaba Felisa. Y le había escrito unas cartas para que las leyera cuando se sintiera sola. Su familia le había asegurado una y otra vez que todo saldría bien, sus hermanos le dejaron ropa, le dieron la idea de las artesanías, pero ella no podía quitarse de la cabeza que había fracasado después de dedicar catorce años a una congregación, de país en país.

—¿Eras misionera? —pregunté.

—¡Ni mucho menos!, ese es un estatus reservado para las mejores religiosas y yo no estaba entre ellas, te lo aseguro. Mi orden es muy poderosa y tiene casas, colegios y noviciados en distintos países. A mí me llevaron de uno a otro para ver si encajaba —respiró profundamente—, en realidad y si lo pienso, he imitado el camino de Cristo al pie de la letra.

Había estado en cuatro comunidades, me explicó. La primera en su Colombia natal, la que llamó la Comunidad del Bautismo para no dar el nombre, fue donde encontró a su mentora y tomó contacto al mismo tiempo con la fe y con el pecado; la segunda fue la Comunidad de los Pobres, en Venezuela, en la que pudo dedicarse a los más necesitados, «en la que amé y me amaron», dijo con ojos tristes; la tercera fue en México, la Comunidad de los Apóstoles, en la que halló a sus aliadas, en ella se reencontró con Dios pero también nació su rebeldía hacia la Iglesia, y la última, en una ciudad del norte de España, la llamó la Comunidad del Calvario, en la que apareció su judas y la castigaron.

—Soy una crucificada. —Sus ojos me buscaron en la semioscuridad—. Hablé de lo que no debía hablar, vi lo que no debía ver, cuestioné lo incuestionable, amé a quien no debía amar… y no sé cómo resucitar y vivir en el mundo exterior ahora. —Se tocó la cabeza como si se buscara el velo.

Sin saber los detalles de lo que le había ocurrido, sin conocerla de nada, temí por ella como había temido en el pasado por aquellos que me confiaban sus historias. Porque yo sabía que iba a llegar a un país del que los inmigrantes estaban huyendo y que no terminaba de recuperarse de la crisis. Con treinta y tres años era una mezcla desconcertante, tan culta como naif. Intenté ponerme en su situación. Pero no lo conseguí.

¿Quién podía pensar hoy en día que era buena idea vivir en un mundo cerrado al mundo? Un pequeño universo de mujeres regido por otras reglas totalmente desconocidas para mí. ¿Cómo sería haber vivido en distintos países pero siempre presa?

Interrumpió mis cavilaciones y sí, quizá mis prejuicios, con un nuevo dato: aún tenía un año de visado como religiosa para salir adelante y convertirse en una persona normal.

—¿Normal? —le pregunté—. Como si eso fuera tan fácil…

—Sí, como tú —asintió con ingenuidad.

Aquello sí que me hizo reír y a Santiago le habría provocado una de sus imprudentes carcajadas.

—Lo digo en serio —insistió mientras bajaba la voz—. No sé de lo que habla la gente, por ejemplo, no entiendo las bromas que gastan… Por eso, desde que he salido, no me atrevo a hablar con nadie. Salvo contigo… —se sorprendió—. No tengo de qué. Me da miedo. Pero me interesa todo de los demás.

Se quedó observando a una mujer que dormía al otro lado del pasillo con un antifaz de leopardo; a su lado un joven jugaba con una consola a matar guerrilleros. Ella parecía diseccionarlos como un forense, como haría yo.

—Voy a tener que vivir entre vosotros ahora. Y no sé cómo hacerlo.

¿A quién tengo delante?, pensé mientras observaba su aspecto andrógino, sus gestos atolondrados: a un recién nacido de treinta y tres años; a Cocodrilo Dundee llegando a Nueva York; a un alien que observaba nuestro mundo por primera vez, ese que sólo conocía por referencias pero que nunca había tenido que interactuar con él.

—¿Sabes una cosa? Si aún fuera periodista —dije en un impulso que no pretendía ser tomado en serio—, me habría encantado contar tu historia.

Greta me miró de forma indescifrable.

—¿Puedo preguntarte ahora yo algo? —Asentí con recelo—. ¿Por qué dejaste el periodismo?

Bingo. La peor pregunta que podría haberme hecho. Hice como que buscaba algo en mi bolso. Me di unos segundos.

—Fue más bien el periodismo el que me dejó a mí —respondí secamente.

Su interés creció proporcionalmente a mi incomodidad. No eran recuerdos que me apeteciera revisitar. De pronto me molestaba la ropa, el olor de los lavabos y, cuando la azafata exigió que nos sentáramos, me molestó su sola presencia.

—¿Te echaron?

—No, me fui, y no me apetece mucho hablar de ello.

Y me aventuré por el pasillo esquivando pies con calcetines y las cabezas que asomaban por los asientos.

—Oye, lo siento —la escuché susurrar mientras me seguía—. Es que me da pena, porque seguro que eres una buena periodista.

Me dejó pasar a mi sitio.

—Vaya… —Soné irónica—. ¿Y eso?

Escarbé entre las mantas buscando mis auriculares antes de sentarme.

—Porque da confianza contarte cosas. —Y reclinó su asiento—. Hasta ahora no he podido hablar con nadie de lo que me ha pasado. Es muy extraño, ¿no?

—Gracias —murmuré de mala gana—. Bueno, ahora soy publicista. Y cobro mucho más.

Se hizo el silencio.

—Pero tomas las mismas pastillas que yo —replicó.

Hubo otra larga pausa sólo rota por el hombre-oso y el bebé diabólico que ahora se aliaban en un insoportable dueto.

—Y si pudieras volver al periodismo, ¿lo harías? —dijo por fin.

—No. No lo sé. Sólo volvería por una muy buena razón. Me enfadé con la profesión y ella conmigo, supongo.

—Te entiendo. —¿Me entendía?—. Yo también estoy enfadada con Dios. Me parece muy injusto que a algunos les haya bendecido con una familia, felicidad, trabajo, amigos, amor… y a mí me lo haya quitado todo. —Tragó saliva—. Me ha fallado como amigo. Yo creía en él y me ha abandonado.

Me incorporé. Mentiría si dijera que mi olfato no había detectado lo que en periodismo llamábamos «una historia de interés humano». Me interesó, sí. Pero ¿por qué?, ¿qué podía interesarme de la historia de una monja expulsada por a saber qué? Entonces dije algo de lo que ya me arrepiento:

—¿Qué te ayudaría ahora mismo?

Lanzó su mirada lejos, como si quisiera atravesar la primera clase y la cabina del piloto, y volar sobre el océano, hacia el futuro.

—No lo sé… sacar lo que llevo dentro, quiero salir adelante, y curar este dolor y… —me miró anhelante—, y me gustaría que nadie más tuviera que pasar por lo que yo he pasado.

No entendí a qué se refería. Lo que sí entendí fue su último deseo.

—¿Cuánto tiempo te queda de tu visado como religiosa? —pregunté.

—Un año, más o menos.

—¿Y después?

—O consigo trabajo y un visado de persona normal o tendré que irme.

Apreté mi amuleto marino dentro de mi mano derecha hasta hacerme daño.

—Mira, no te conozco de nada y no sé lo que te ha pasado exactamente, tampoco sé por qué te voy a decir esto —mis palabras, veloces, se me escapaban de los labios—, puede que sea por efecto del dopaje que llevo encima, pero… ¿tú me contarías tu historia si yo te prometo tratar de publicarla?

Se quedó rígida como una estatua de sal.

—¿Dando mi nombre?

—No, si no quieres… De todas formas —recapacité—, qué digo, ya no estoy en activo. Quizá no se publique nunca. No, olvídalo. No sé por qué he dicho esa tontería.

Entonces ella pareció respirar a otro ritmo; hasta el avión pareció detenerse en el aire.

—Espera —dijo de pronto—. ¿Y si nos diéramos un año justo contando desde hoy?, para que yo consiga mis papeles de persona normal y tú consigas volver a publicar. Publicar mi historia.

En guardia:

—¿Por qué supones que quiero volver a publicar?

—Pero si lo has dicho tú… —se sorprendió.

—¿Lo he dicho? —pregunté, confundida—. Bueno, da igual. ¿Y si no lo conseguimos?

—Pues yo tendré que volver a Colombia y tú te olvidarás para siempre del periodismo. ¿Qué podemos perder?

El tiempo. Y no. Yo no tenía tiempo, pensé mientras me envolvía en la absurda manta que no abrigaba nada y me daba friegas en la nuca para relajar mi cabeza. Yo ya había tomado una decisión en el pasado, la de separarme de lo que me hacía daño, y el pasado nunca vuelve si no es en forma de espectro. Eso era. Supondría enfrentarme a mis fantasmas. Aunque la verdad es que sentí un chispazo, algo que había cargado un poco mis baterías.

—Eso sí —continuó—, tendría que contarte toda mi historia. Desde el principio.

Lo que faltaba, pensé. Pero tengo que admitir que me enterneció, tan aparentemente frágil e inocente. Yo también sabía lo que era que te arrebataran lo que amabas, aquello en lo que tanto habías trabajado. Y nunca lo había dicho. No fui capaz. Y si pudiera pedir un deseo también habría pedido que nadie, nunca, tuviera que pasar por lo mismo.

—Está bien. De primavera a primavera. Pero va a ser difícil —dije, por fin.

Ella se ajustó el cinturón como si se preparara para más turbulencias y susurró:

—¿Y qué no lo es?

Si nuestro propósito llega a buen puerto, siempre recordaré que todo empezó a bordo de ese Boeing 747 con destino Madrid en el que una desconocida decidió confiarme su historia. Una historia que ahora mismo no tiene hoja de ruta, ni posibilidades de publicarse, sólo un documento abierto en este ordenador que tecleo con una torpeza que me desespera antes de acudir a la cita con Santiago y cuyo único combustible es la necesidad de una desconocida de empezar de nuevo y mi curiosidad innata. Si me va a utilizar para hacer una denuncia o para instrumentalizar una venganza, lo sabré con el tiempo y cuando descubra todos los detalles.

Empezó su relato allí mismo. Como si tuviera que expulsarlo, creo que sorprendida de poder hacerlo, ni siquiera había podido hablarlo con su familia con tanto detalle, y, tras el primer y estremecedor episodio que me contó en ese avión y que extraeré de mi memoria esta noche si no caigo redonda víctima del diazepam, creo que intercambiamos una mirada cómplice. Hablamos sin descanso hasta el momento en que se encendieron las luces, como si nos avisaran del final de un show y el comienzo de otro: el rotundo desfilar de las azafatas por los pasillos, el olor a huevos revueltos, el canon de bostezos y los berridos del bebé diabólico, furioso de hambre y odio a la Humanidad.

Cuando el avión tomó tierra en Madrid, la ayudé a bajar su bolsa de viaje.

—Por cierto, me llamo Patricia —me presenté, tendiéndole una de mis tarjetas de visita.

Ella la leyó con atención desmedida y se la guardó en el bolsillo de los vaqueros. Luego me alargó su mano tímida y cuidada. La estreché.

—Y yo Estrella del amanecer.

—¿Es que no vas a decirme tu nombre? —me sorprendí.

—Es mi nombre —insistió—. Mi nombre indio.

—¿Cómo sabes que no he visto el otro en tu pasaporte? —Y tiró de mí la periodista—. De hecho, tengo que reconocerte que me sonó más alemán que colombiano…

Otra vez aquel gesto de desconfianza indígena.

—Seguro que tienes la capacidad de olvidarlo. —Su tono fue casi de súplica y aclaró—: El sacerdote que me bautizó era alemán, pero esa es otra historia…

Sonreí zanjando aquel pequeño tira y afloja. Y en ese momento, quizá por asociación de ideas, me vino a la mente el nombre de una de mis mejores amigas de la facultad, austriaca, el ser más libre y valiente que he conocido jamás.

—¿Qué te parece si te llamo Greta?

Supuse que no me había escuchado porque estaba ya alejándose por el pasillo del avión, empujada por el rebaño de zombis somnolientos, cargando su pesada bolsa llena de artesanías, pero sí, me había oído, y se dio la vuelta.

—Me gusta… —Se detuvo un momento—. Me gusta Greta.

Así nos despedimos. Y volví a sentir esa punzada de nostalgia que en el pasado me provocaba la despedida de un anónimo compañero de viaje. Aunque esta vez sospechaba —o deseé, en el fondo— que no fuera por mucho tiempo.

Burnout

4

Se ha abierto como si lo hiciera sola, pero no; detrás estaba el propio Santiago, como hecho a medida del alto y ancho de la propia puerta de su consulta, con su gesto habitual de hartazgo.

—Anda, ingresa…

No sé si su actitud es una forma meditada de que el paciente le quite importancia a lo que trae consigo o verdaderamente le aburrimos tanto. El caso es que he arrastrado mis pies hasta el sofá de cuero blando que me ha recibido con un ruido fofo. Él se ha sentado delante en su butaca. Llevaba un amplio blusón negro con cuello mao que le daba un aire de santón o líder de una peligrosa secta, ha suspirado levantando mucho las cejas y ha dicho:

—A ver… ¿qué te ha pasado?

—Pues todo parece indicar que mi carrera contrarreloj tras mi propia vida ha provocado que mi cuerpo cortocircuitara por fin.

—Uy… qué literario eso de la carrera contrarreloj…

—Santiago, vengo muy asustada, no estoy para bromas.

Él se incorpora apoyándose sobre sus rodillas y levanta sus ojillos por encima de las minúsculas gafas cuadradas.

—Es que no es una broma. Es algo a lo que tienes que poner freno.

—He sentido que me moría.

—Tranquila, es sólo la sensación. Pero de un ataque de ansiedad no se muere nadie. A no ser que tengas un problema coronario, claro…

—Entonces, te puedes morir.

—Sí, pero no del ataque de ansiedad, sino del ataque al corazón.

Levanto las manos como si le pidiera a Dios un poco de paciencia. No, de veras no estoy para batallas dialécticas con mi psiquiatra.

—Un «colapso» lo llamaron allí —especifico por si no me ha escuchado antes por teléfono.

A él parece que le hace gracia el término porque da una palmada.

—Uy, «colapso»… Los neoyorquinos siempre han sido tremendamente hiperbólicos, tanto para ponerle nombre a un huracán como a un proceso psicosomático.

Vuelve a recostarse en el sillón. Cruza una pierna. Se quita las gafas y las deja colgando de sus dedos.

—¿Y cómo te sientes ahora?

—Bueno… —cojo aire y velocidad—, después de parar por obligación diez días en ese hospital de Long Island, he vuelto y, sin esperar a que me recupere del jet lag, todo mi entorno se ha empeñado en sacarle una panorámica a lo que soy y a por qué he llegado a este límite y, claro, la conclusión es que se veía venir, que así no puedo seguir, bla, bla…, de modo que he llegado a Madrid, me he sentado en mi sillón con un té con limón en lugar de un café, que es lo que más me apetece en el mundo, intentando darle un sentido más profundo e íntimo a esa pequeña gran palabra que llamamos VIDA y preguntándome por qué todo el mundo coincide en que me la estoy jodiendo. Así me siento.

—Eso me pasa por preguntar… —dice él limpiando sus gafas con uno de esos pañitos que siempre tiene a mano—. ¿Has pensado en pedir una baja?

Suelto una carcajada cínica.

—Déjalo —prosigue—, era una pregunta retórica. Me aburro; llevo demasiados años diciéndote que tu cerebro lleva mal el silencio y el vacío.

Santiago me ha pedido que haga el esfuerzo de recordar, cronológicamente, cómo se dio esa escalada de angustia. Las cuarenta y ocho horas previas al viaje de vuelta: creo que empecé a sentirme mareada ya durante el cóctel después de la presentación. La verdad es que la campaña de Mascarade NY ha sido un infierno de cambios hasta última hora, aunque no fue hasta llegar al JFK cuando el cuerpo me empezó a arder. ¿Cómo iba a imaginarme que una crisis de ansiedad podía disfrazarse de un brote alérgico? Dicen que mi organismo, agotado como un ordenador que lleva meses sin apagarse, se fue colgando programa a programa; un catálogo de fallos en cadena con los que podría escribirse otro vademécum.

Recuerdo muy bien al médico con cara de actor secundario de series de la Fox que me dio el alta en el hospital de Long Island una semana después. Lo hizo a regañadientes tras advertirme que aún estaba débil y que, a pesar de que no había sido una crisis cardiaca, el cuadro de ansiedad que presentaba había vuelto del revés todos los niveles de mi cuerpo en los análisis. Un viaje de ocho horas era muy arriesgado en mis condiciones de agotamiento físico y mental, me previno.

A lo que yo respondí que el estado al que podía llevarme no atender mis asuntos en Madrid podía generarme, como mínimo, un ictus.

Me miró con una mezcla de desprecio y lástima colocándose las gafas sobre su tupé canoso, lo que le dio un aire extraño de surfero en sus horas bajas, y me preguntó: «¿Cuántos años tiene?». Yo estuve a punto de preguntarle lo mismo, pero le devolví un largo bostezo que no pude reprimir y luego respondí: «Cuarenta y uno». Él negó lentamente con la cabeza como si no lo aprobara, mientras se volvía a colocar las gafas y me firmaba el alta. «Pues si sigue así… no llegará a los cuarenta y dos», y luego, meneando la cabeza mientras se alejaba por el pasillo, como para sí mismo: «Pero ¿qué les pasa a todos? ¿Es que no aprecian su vida?». Y allí lo dejé, peleándose con la máquina de los expresos. El caso es que el hospital aquel me ha obligado a parar diez días que casi, casi, los considero mis primeras vacaciones en tres años. Esto último no se lo voy a decir a Santiago porque es capaz de insultarme. Aunque él, como buen sabueso de las mentes, olfatea el hueso por muy enterrado que esté.

—¿Recuerdas la última vez que estuviste una semana entera sin hacer nada? —Y apunta algo en su libreta.

Es muy cierto, no. Sólo descansando, no. Y le sigo relatando cómo la tarde en que Pete y Dana fueron a sacarme de mi cautiverio —no me merezco amigos así—, cuando pararon en Orient Point para que me diera el aire, cuando caminé sola por esa playa desierta entre semana, fui consciente de que tampoco recordaba la última puesta de sol que había visto. Lo primero, ahora que lo pienso, que me hizo conectar con Greta unos días más tarde cuando por fin pude coger ese avión. La puesta de sol. La respiré entera. Con ansia. Me la guardé dentro. Como un lobo que no sabe cuándo comerá de nuevo. Y me prometí que nunca volvería a estar así.

—Aún no sé cómo, Santiago, pero sé que no quiero. —Clavo la vista en mi terapeuta, que ha dejado de escribir y sujeta mis pupilas con las suyas.

Algo me dice que se prepara para soltar una frase apocalíptica.

—Patricia, ese día puede estar salvándote la vida. O al menos una vida mucho más bella de vivirse que no es la que ahora estás viviendo.

Me lo temía. Me quedo unos segundos noqueada. Me pregunta si hay algo más que recuerde reseñable de ese día y le respondo que sí: el momento en que me llamó la atención una pequeña concha en la playa. Estaba aislada en un montículo de arena. Puro y frágil nácar que podía quebrarse en cualquier momento.

—¿Por qué crees que te llamó la atención?

—No sé, creo que la recogí porque me recordó… a mí misma. Perdida en medio de una playa desierta, vacía y anaranjada.

Le cuento que me la guardé y que no volví a encontrarla hasta que metí las manos en los bolsillos de mi gabardina cuando estaba a punto de cruzar el control de vuelta y el terror irracional que sentí a que me la confiscaran por considerarla material orgánico. Pero pasó la prueba.

Santiago no escribe, pero parece menos aburrido que de costumbre. Diría que está hasta interesado, porque dice:

—Guárdala. Y, cuando la veas, recuerda aquello que le encargaste que te recordara: el momento en que la encontraste y lo que significa.

Recojo un poco mis piernas en el sofá que vuelve a ventosear molestamente. Es cierto que por algún motivo viajó encerrada en mi puño durante todo el vuelo de vuelta mientras esa mujer me contaba lo que le estaba pasando. Esa concha era un cadáver marino, algo sin vida y vacío, una piel de nácar, y ahora de pronto soy yo. Qué cosas. Claro que para eso pago una terapia.

Suena el teléfono. Santiago me pide que le dé un momento. Contesta con un sí protocolario y a continuación pone los ojos en blanco. «Sí, hija… no, hija… haced lo que os parezca mejor… vale, oye, luego os llamo.» Cuelga con el mismo gesto de fastidiosa paciencia. Se disculpa.

—Entonces… ¿por qué crees que te ha pasado esto en Nueva York, Patricia?

Cierro los ojos un momento. Trato de prever hacia dónde quiere llevarme, pero estoy demasiado agotada para defenderme.

—No voy a quitarme ningún mérito en las causas de mi derrumbe. Como llevas diciéndome hace tiempo, he estado «haciendo algo» y «angustiada por algo», durante años y a un ritmo frenético…

—Es decir —añade mientras comprueba su perfecta manicura— que sufres una especie de adicción a hacer «algo productivo» con tu tiempo. Sin paréntesis. ¿Quizá porque así te sientes más viva y alguien «de provecho», como decía mi santa abuela? De ese modo puedes alegar ante todo el mundo y con autoridad que «estás muy liada» —afirma sosteniendo su bolígrafo plateado con aires de espadachín—. Consecuencia: el aislamiento.

Aprieto los labios.

—¡Pero si yo puedo tener un plan al día si quiero! —le protesto.

A lo que él, con su mirada más sarcástica, me responde:

—Ya, pero no los tienes. Y cada vez tendrás menos. A nadie, a nadie le gusta sentir que tu amigo o pareja o hijo, alguien a quien quieres, en definitiva, te está haciendo un grandísimo favor prestándote un poquito de su preciosísimo y escaso tiempo.

A eso no le respondo. Me limito a odiarle. Yo me doy mucho a los demás y no creo que nadie sienta tal cosa conmigo.

Espero.

Entonces se cala las gafas de escribir y arranca la receta que estaba garabateando.

—Piensa, Patricia, ¿por qué esta gota que ha colmado ese vaso que llevaba tiempo llenándose ha rebosado en Nueva York? Precisamente en Nueva York. —Y sin dejar que responda ha continuado—: Hacer y hacer y necesitar la sensación de que te pasen cosas constantemente, Patricia, es una adicción idéntica a la del chocolate, al tabaco o al alcohol…

»Y no supieron a qué fue debido tu brote alérgico porque en realidad te has convertido en una alérgica a tu propia forma de vida.

—¡Ja! Maravilloso —exclamo levantándome—. ¿Y qué quieres que haga con una noticia así? ¿Cómo voy a evitar eso?

—Empezando a confiar en ti misma —me interrumpe.

Eso ya me parece indignante.

—¿Te parece que confío poco con los fregados de campañas en los que me meto?

Él me escucha boquiabierto.

—¿Todavía no te has enterado de que ahora no te estoy hablando de trabajo, Patricia? ¡Me refiero a ti!

Me hace un gesto castrense para que vuelva a sentarme. Apoya sus codos en las rodillas y me tiende la receta haciendo un esfuerzo por incorporarse en la blanda butaca desde la que siempre me escucha.

—Quiero decir que tú te vuelcas en el trabajo porque es lo único que puedes controlar.

Echo los ojos al cielo de nuevo, pero este no se apiada, y Santiago tampoco porque continúa: aparcar mi salud, defenderme de cualquier hombre que amenace con verme más de un día a la semana, todo ello son para él síntomas de una cosa. Y no la dice. Sólo suspira —odio cuando hace eso—, un mal asunto, profetiza, muy malo.

—A ver si lo entiendo. —Me revuelvo en ese sofá demasiado bajo—. ¿Me estás recetando que folle más para que me relaje? Porque, si es eso, no me hace efecto. Voy bastante bien servida de amantes.

—No —sentencia ahora muy serio—. Lo que te estoy diciendo, cabezota, es que reconocer que «sientes» hace que creas que eres vulnerable ante los demás y ante ti misma —hago un intento de decir algo pero me corta—, cuando cualquier persona inteligente, o sea yo, lo primero que ve en ti es un gato que se defiende panza arriba porque tiene miedo.

Se levanta y me da un toquecito paternal en el brazo que me molesta.

—Confía e invierte también en esto. —Y se toca el pecho—. Puedes estar perdiéndote lo más importante.

—Todo son buenas noticias —resoplo.

Lo que no he querido admitirle es que, si me pongo a pensar, fue ya en mi primer trabajo con responsabilidad en aquel apestoso pero vibrante gran cenicero que era la redacción del Canal 7, cuando empezaron las quejas de mi cuerpo en forma de taquicardias. Con el tiempo, mi trabajo en la agencia también se había convertido en una carrera sin meta, y ningún resultado, por bueno que sea, supone un alivio real. Una vorágine en la cual mi terapeuta insiste en que no he tenido tiempo para pensar qué quiero. Ni por qué «cojones» quiero lo que quiero —me hace gracia cuando enfatiza con un taco que no le pega—. No me ha dado tiempo a pensar. Punto.

¿Y qué? Quizá de eso se trata. En tiempos el problema fue que le daba demasiadas vueltas a todo.

—¿Por qué en Nueva York, Patricia? Piénsalo —insiste.

Vuelvo a sentir que se me cierran los pulmones y que la piel me arde…

—Allí las campañas son muy exigentes… —contesto, pero Santiago niega con la cabeza—. ¿Qué quieres que te diga?, ¡no puedo cambiar ahora! Me han programado desde que era niña una frase: «Lo más importante es el trabajo».

Entonces me interrumpe con una exclamación que me sobresalta:

—¡Ahí quería yo llegar! —Hace una pausa y me lanza una sonrisa cruel—: Querida Patricia, no podemos echarle la culpa a papá o al colegio o al Canal toda la vida de lo que nos pasa. Tienes cuarenta años. Tiempo de desactivar ciertas toxicidades y fabricar creencias propias, ¿no crees?

Este comentario me ha dolido y aliviado a partes iguales. No he querido ponerme triste, así que sí, centrémonos en mí, y en mi carrera hacia delante en una empresa de publicidad en la que me he recluido de forma voluntaria. Me ha parecido un buen momento para comentarle mi encuentro con la exmonja y mi compromiso de escribir un reportaje sobre su caso, algo que ahora no sé cómo quitarme de encima, a sabiendas de que Santiago me va a reprender por meterme aún en más cosas. Sin embargo, después de escucharme con atención, dice:

—Qué gran idea, Patricia… —y su tono no parece irónico por una vez—, creo que debes escribirlo.

—¿En serio?

—Llevo tres años insistiéndote en que deberías volver a escribir, ¿eres consciente?

—No, tú me decías que debería volver al periodismo. Y no tengo gratos recuerdos de él, precisamente.

—Es lo mismo —insiste—, a lo que me refería era a que creo que sería importante que volvieras a escribir.

—Esto no es para ningún medio —digo. «Mejor», responde él—. Es para mí, igual no consigo venderlo, ni siquiera sé si la historia merecerá la pena…

—¿Y por qué no empiezas a escribir lo que te ha contado esta misma noche y lo decides cuando lo leas mañana? —Junta las manos—. Y, si no merece la pena, lo tiras a la basura y borras su número.

Le he observado durante unos segundos, confundida. ¿Por qué tiene ese empeño desde siempre? Le prometo que al menos esta noche lo haré.

Los últimos minutos de terapia con Santiago podrían escribirse con la rotundidad de una profecía. Después de llamarme el ascensor —ya no sabía cómo echarme— ha dicho: «Siempre llega un momento en el que algo nos obliga a parar, y entonces… puede ser devastador chocarnos contra “nuestra realidad”. El sinsentido que hemos construido por estar sólo concentrados en el presente».

—Yo sólo espero no chocarme de bruces nunca contra nada —le he asegurado ya dentro del ascensor—. Y menos contra la realidad, que ya se sabe que es muy dura.

Antes de que se cerraran las puertas él ya caminaba con desinterés hacia su consulta mientras se despedía con su tradicional: «Sé mala…».

Ya estoy en casa, me he tragado mi cóctel de pastillas y me dispongo a hacer los deberes por una vez. Curiosamente yo nunca he pensado en mi vida como un buen material para escribir nada. Siempre me interesó más la vida de los otros. Ni siquiera con Santiago me acostumbro a ser yo la que contesta y no la que pregunta. No puedo enumerar las personas que a lo largo de mi carrera me han asegurado que si las entrevistara tendría la mejor historia jamás contada. Afortunadamente, no lo hacen. Sin embargo, Greta no, ella no empezó a contarme su historia para que la publicara, fui yo —y ya me estoy arrepintiendo— quien se lo propuso, saltándome también mis propias reglas, esas que me recitó Ramiro Coronel en mi primer día en Informativos, mientras dejaba caer la ceniza de su cigarrillo sobre mi teclado: he obviado lo peligroso que es escribir una historia mientras esta «sucede» y que voy a trabajar sin conocer su destino. La historia de Greta, por inusual e incómoda, podría desde encabezar el titular de un periódico hasta terminar en un cajón. Estoy oxidada yo y lo están aún más mis contactos. Mi última crónica tiene casi doce años —volver a publicar va a ser casi imposible—, en fin… qué absurdo. Como si me sobrara el tiempo.

Por asociación de ideas, tras la terapia de hoy, lo he buscado en una de las cajas que llevan un siglo sin abrir al lado de la estantería. Aquí está, ese trofeo a la Periodista Revelación de 2014. Parece mentira. Curiosamente hoy hace seis años. Papá murió el mismo día, a la misma hora, en que me subía al escenario del Teatro Victoria a recogerlo, abrumada por los aplausos insinceros de los colegas y los mensajes de orgullo de los amigos. Supe de su muerte tras recogerlo y él no supo de mi premio.

Lo he hablado con Santiago en diversas ocasiones. Sé que estaba muy enfermo, que no pude hacer más, que mis viajes a Houston eran constantes, mamá me lo ha repetido tantas veces, que fue él quien se empeñó en que volara de regreso a España cuando me llamaron para comunicarme el premio. Se encontraba mejor. O eso dijo. «Lo más importante es el trabajo», repetía como un mantra. Se lo escuché durante años. También aquel día. Fue una de sus últimas frases, la misma sentencia que lo mantuvo alejado de mi vida durante casi toda mi niñez —se perdió todas mis funciones de ballet, mi miedo al agua, mi alergia al clamoxil, mis episodios de sonambulismo—, por eso creo que en el fondo entendió mi reproche en forma de silencio hasta los dieciocho años. La realidad es que yo, digna hija de mi padre, volé hasta aquel acto separándome de su lecho de muerte. A los padres siempre se les hace caso, al menos cuando están moribundos.

Mi niñez no volverá, ni su último suspiro tampoco. Sin embargo, ese trofeo seguirá indiferente al paso del tiempo en mi estantería.

No sé por qué ha venido a mi mente este recuerdo cuando soy incapaz de recordar una efeméride. Puede que sea una secuela del estado mental al que me ha conducido ese «lo más importante es el trabajo» cincelado en mi cerebro desde que nací. Llevo días en que siento la memoria rota y escarbo en ella buscando cachitos de teléfonos, nombres sin apellidos, calles sin número. Pero, sin embargo, la tapicería de American Airlines del vuelo del otro día la visualizo al detalle, con sus manchas y sus roces, la misma que me hipnotizó durante aquel otro viaje hasta su entierro. Y no, tampoco quería que nadie me hablara, como dijo Greta. El caso es que, desde que me he despertado, estoy recordando obsesivamente el vía crucis que fue despedirle, porque llorarlo no me dejaron: luchar contra la administración Bush para arreglar todos los papeles, vender la casa, el entierro…

Mi padre era el estadounidense y se había ido, y yo, su hija, una extranjera. Me quedó todo muy clarito. Y allí estaba yo seis años después, incrustada en uno de esos incómodos asientos de American Airlines que le han declarado la guerra a los patilargos pero, esta vez, en un viaje de vuelta tras mi propio «colapso».

También acabo de darme cuenta de que prefiero dejar de escribir sobre mí y escribir sobre ella. Ese primer episodio revelado a seis mil pies de altura. Una historia que comenzó relatándome por el final como lo haría un buen thriller. Mientras enciendo el ordenador, vuelve a mi cabeza la última imagen que recuerdo de mi padre.

Su lápida tiene grabada la misma fecha que mi trofeo.

Prefiero guardar esa escultura que guardar su esquela.

El hábito roto

5

Bogotá, invierno de 2017

Cuatro meses atrás

Aeropuerto de Bogotá. A nadie le llamó la atención aquella joven monja que avanzaba por los pasillos tambaleándose: ni a los agentes de aduanas apostados a la salida del avión, tampoco a los dos que vigilaban de brazos cruzados la entrada de los baños, sólo el perro adrenalínico que paseaba un policía de dientes amontonados cerca de la cinta de recogida de equipajes ladró a la religiosa que se detenía a cada poco a descansar sobre su maleta. Y no por lo que percibió en su interior sino porque los perros tienen un olfato entrenado para detectar el sufrimiento.

El animal arrastró a su dueño hasta Greta, quien se incorporó alarmada.

—Perdone, hermana —se disculpó el hombre, tirando de aquella bestia confundida.

Se fijó en que su frente rezumaba sudor como si fuera de barro, las ojeras sobre los pómulos, el hábito arrugado, ...