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EL TALLER DE LAS ILUSIONES

Valérie Tong Cuong  

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Fragmento

Millie

El olor acre, violento, se insinuaba en cada espacio libre de mi cuerpo, me picaba la nariz y la garganta, y sus ásperas ráfagas me asaltaban el cerebro, que se aferraba al sueño.

Me negaba a despertarme. Quería dormir hasta que acabara la noche y, ya puesta, hasta que hubiera pasado el fin de semana. Pasar directamente del viernes por la noche al lunes por la mañana, sin respirar, sin soñar, sin pensar, de un tirón, de una sola vez.

Como un niño travieso cruza la piscina por debajo del agua, espoleado por el monitor de natación y los abucheos de sus compañeros, agotando sus últimas reservas de aire para llegar al extremo opuesto, acariciando la muerte, admitiéndola ya. Y, de repente, agarrando la piedra porosa con los dedos extendidos, vuelve a hinchar los pulmones y sale resoplando, aturdido y a la vez agradecido por haber sobrevivido.

La irritante tos me arrancó de los brazos de la noche. Entreabrí los ojos. Frente a mí, una gran lengua de humo oscuro atravesaba en silencio la ventana entornada lamiendo el amarillento papel pintado hasta el techo.

¡Fuego! Mi cuerpo se sobresaltó con un espasmo, ya no estaba segura de estar despierta, mi mente se escindía en dos mitades, y una de ellas gritaba: «Bueno, Millie, ha llegado la hora de rendir cuentas, la hora de la verdad, de pagar y de reunirte con ellos, porque, al fin y al cabo, alguien tiene que expiar». La otra mitad se rebelaba y se negaba: «No sacar conclusiones precipitadas, huir de los indicios, de las concordancias y de la psicología de barra de bar, el incendio tiene que ser fruto del azar, un accidente, una pura coincidencia, así que debo concentrarme y actuar, porque el fuego mata».

Unas horas antes me había desplomado en el sofá-cama tambaleándome, vestida, sin desmaquillarme ni cepillarme los dientes. Incapaz de hacer un solo gesto más, al límite de mis fuerzas.

Sin embargo, era intransigente con las normas de cuidado y de higiene personal. Me lavaba las manos cien veces al día, y el pelo cada vez que me duchaba. Me frotaba con piedra pómez, me examinaba las uñas cada dos por tres, quitaba el polvo mañana y tarde, y fregaba todo el suelo con lejía una vez por semana. En la oficina —cuando tenía un empleo—, armada con toallitas desinfectantes que encargaba por cajas, limpiaba todo lo que estaba al alcance de mi mano. Hacía listas: limpiar los restos de mina de los botes de los lápices, ordenar los cajones, revisar las grapadoras cada vez que se hubieran utilizado y desenchufar las impresoras al final de la jornada. Un día en que terminé el trabajo antes de tiempo, llegué incluso a limpiar los cristales, iniciativa que no terminó de gustar a la directora de la agencia de trabajo temporal, que me advirtió secamente de que, si quería que siguieran contando conmigo, tendría que ceñirme a las funciones de secretaria que constaban en mi contrato. La agencia tenía limpiacristales y mujeres de la limpieza de sobra.

Aquella empresa me proporcionaba dos terceras partes de mis trabajos, así que me limité a pedir disculpas y reservé mis pulsiones purificadoras al ámbito estrictamente privado.

Pero aquel día, precisamente aquel día, el alcohol había dado al traste con mis principios. En cuanto crucé el umbral, con las piernas flojas y la mirada turbia, solo aspiraba a dormir.

Y qué, pensé. Nadie me esperaba para verme, mucho menos para abrazarme y acostarse a mi lado. Nadie a quien decepcionar, en definitiva. Era cosa solo mía. Así que, por una vez…

Dejé el bolso detrás de los cojines, me tumbé y me dormí enseguida, sin quitarme ni los zapatos.

Me precipité hacia la ventana. En el amanecer grisáceo, al pie del edificio, se hab

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