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EL TANGO DE LA GUARDIA VIEJA

Arturo Pérez-Reverte  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Cita

Introducción

1. El bailarín mundano

2. Tangos para sufrir y tangos para matar

3. Los muchachos de antes

4. Guantes de mujer

5. Una partida aplazada

6. El Paseo de los Ingleses

7. Sobre ladrones y espías

8. La vie est brève

9. La variante Max

10. Sonido de marfil

11. Costumbres de lobo viejo

12. El Tren Azul

13. El guante y el collar

Agradecimientos

Sobre el autor

Arturo Pérez-Reverte en digital

Créditos

«Y sin embargo, una mujer como usted y un hombre como yo no coinciden a menudo sobre la tierra.»

JOSEPH CONRAD. Entre mareas

 

En noviembre de 1928, Armando de Troeye viajó a Buenos Aires para componer un tango. Podía permitírselo. A los cuarenta y tres años, el autor de Nocturnos y Pasodoble para don Quijote se encontraba en la cima de su carrera, y todas las revistas ilustradas españolas publicaron su fotografía, acodado junto a su bella esposa en la borda del transatlántico Cap Polonio, de la Hamburg-Südamerikanische. La mejor imagen apareció en las páginas de Gran Mundo de Blanco y Negro: los De Troeye en la cubierta de primera clase, él con trinchera inglesa sobre los hombros, una mano en un bolsillo de la chaqueta y un cigarrillo en la otra, sonriendo a quienes lo despedían desde tierra; y ella, Mecha Inzunza de Troeye, con abrigo de piel y elegante sombrero que enmarcaba sus ojos claros, que el entusiasmo del periodista que redactó el pie de foto calificaba como «deliciosamente profundos y dorados».

Aquella noche, con las luces de la costa visibles todavía en la distancia, Armando de Troeye se vistió para cenar. Lo hizo con retraso, retenido por una ligera jaqueca que tardó un poco en desaparecer. Insistió, mientras tanto, en que su esposa se adelantase al salón de baile y se entretuviera allí oyendo música. Como era hombre minucioso, empleó un buen rato en llenar con cigarrillos la pitillera de oro que guardó en el bolsillo interior de la chaqueta del smoking, y en distribuir por los otros bolsillos algunos objetos necesarios para la velada: un reloj de oro con leontina, un encendedor, dos pañuelos blancos bien doblados, un pastillero con píldoras digestivas, y una billetera de piel de cocodrilo con tarjetas de visita y billetes menudos para propinas. Después apagó la luz eléctrica, cerró a su espalda la puerta de la suite-camarote y caminó intentando ajustar sus movimientos al suave balanceo de la enorme nave, sobre la alfombra que amortiguaba la lejana trepidación de las máquinas que impulsaban el barco en la noche atlántica.

Antes de franquear la puerta del salón, mientras el maître de table acudía a su encuentro con la lista de reservas del restaurante en la mano, De Troeye contempló en el gran espejo del vestíbulo su pechera almidonada, los puños de la camisa y los zapatos negros bien lustrados. La ropa de etiqueta siempre acentuaba su aspecto elegante y frágil —la estatura era mediana y las facciones más regulares que atractivas, mejoradas por unos ojos inteligentes, un cuidado bigote y un cabello rizado y negro que salpicaban canas prematuras—. Por un instante, el oído adiestrado del compositor siguió los compases de la música que tocaba la orquesta: un vals melancólico y suave. De Troeye sonrió un poco, el aire tolerante. La ejecución sólo era correcta. Después metió la mano izquierda en el bolsillo del pantalón, y tras responder al saludo del maître lo siguió hasta la mesa que tenía reservada para todo el viaje en el mejor lugar de la sala. Algunas miradas se fijaban en él. Una mujer hermosa, con pendientes de esmeraldas, le dedicó un parpadeo de sorpresa admirada. Lo reconocían. La orquesta atacó otro vals lento cuando De Troeye tomaba asiento junto a la mesa donde había un combinado de champaña intacto, próximo a la falsa llama de una vela eléctrica en tulipa de cristal. Desde la pista, entre las parejas que se movían al compás de la música, le sonrió su joven esposa. Mercedes Inzunza, que había llegado al salón veinte minutos antes que él, danzaba en brazos de un joven delgado y apuesto, vestido de etiqueta: el bailarín profesional del barco, encargado de entretener a las señoras de primera clase que viajaban sin pareja o cuyos acompañantes no bailaban. Tras devolverle la sonrisa, De Troeye cruzó las piernas, eligió con cierta afectación un cigarrillo de la pitillera y se puso a fumar.

1. El bailarín mundano

En otro tiempo, cada uno de sus iguales tenía una sombra. Y él fue el mejor de todos. Mantuvo siempre el compás impecable en una pista, las manos serenas y ágiles fuera de ella, y en los labios la frase apropiada, la réplica oportuna, brillante. Eso lo hacía simpático a los hombres y admirado por las mujeres. En aquel entonces, además de los bailes de salón que le servían para ganarse la vida —tango, foxtrot, boston—, dominaba como nadie el arte de crear fuegos artificiales con las palabras y dibujar melancólicos paisajes con los silencios. Durante largos y fructíferos años, rara vez erró el tiro: resultaba difícil que una mujer de posición acomodada, de cualquier edad, se le resistiera en el té danzante de un Palace, un Ritz o un Excelsior, en una terraza de la Riviera o en el salón de primera clase de un transatlántico. Había pertenecido a la clase de hombre al que podía encontrarse por la mañana, en una chocolatería y vestido de frac, invitando a desayunar a los criados de la casa donde la noche anterior había asistido a un baile o una cena. Tenía ese don, o esa inteligencia. También, al menos una vez en su vida, fue capaz de poner cuanto tenía sobre el tapete de un casino y regresar en la plataforma de un tranvía, arruinado, silbando El hombre que desbancó Montecarlo con aparente indiferencia. Y era tal la elegancia con que sabía encender un cigarrillo, anudarse la corbata o lucir los puños bien planchados de una camisa, que la policía nunca se atrevió a detenerlo si no era con las manos en la masa.

—Max.

—¿Señor?

—Puede meter la maleta en el coche.

El sol de la bahía de Nápoles hiere los ojos al reflejarse en los cromados del Jaguar Mark X, como en los automóviles de antaño cuando eran conducidos por él mismo o por otros. Pero hasta eso ha cambiado desde entonces, y ni siquiera la vieja sombra aparece por ninguna parte. Max Costa echa un vistazo bajo sus pies; incluso se mueve ligeramente, sin resultado. Ignora el momento exacto en que ocurrió, pero eso es lo de menos. La sombra hizo mutis, quedándose atrás como tantas otras cosas.

Hace una mueca resignada, o quizá sólo se trate del sol que le molesta en los ojos, mientras procura pensar en algo concreto, inmediato —la presión de los neumáticos a media carga y a carga completa, la suavidad del cambio de marchas sincronizado, el nivel de aceite—, para alejar esa punzada agridulce que siempre aparece cuando la nostalgia o la soledad logran materializarse en exceso. Después respira hondo, suavemente, y tras frotar con una gamuza la estatuilla plateada del felino que corona el radiador, se pone la chaqueta del uniforme gris, que estaba doblada en el respaldo del asiento delantero. Sólo después de abotonarla cuidadosamente y ajustarse el nudo de la corbata sube despacio los peldaños que, flanqueados por mármoles decapitados y jarrones de piedra, conducen a la puerta principal.

—No olvide el maletín pequeño.

—Descuide, señor.

Al doctor Hugentobler no le gusta que en Italia sus empleados lo llamen doctor. Este país, suele decir, está infestado de dottori, cavalieri y commendatori. Y yo soy un médico suizo. Serio. No quiero que me tomen por uno de ellos, sobrino de un cardenal, industrial milanés o algo así. En cuanto a Max Costa, todos en la villa situada en las afueras de Sorrento se dirigen a él llamándolo Max a secas. Eso no deja de ser una paradoja, pues utilizó varios nombres y títulos a lo largo de su vida, aristocráticos o plebeyos según las circunstancias y las necesidades del momento. Pero hace ya algún tiempo, desde que su sombra agitó por última vez el pañuelo y dijo adiós —como una mujer que desaparece para siempre entre una nube de vapor, enmarcada en la ventanilla de un coche cama, y uno nunca sabe si se ha ido en ese momento o empezó a irse mucho antes—, que recobró el suyo, el auténtico. Una sombra a cambio del nombre que, hasta un retiro forzoso, reciente y en cierto modo natural, incluida una temporada en prisión, figuró con grueso expediente en los departamentos policiales de media Europa y América. De todas formas, piensa mientras coge el maletín de piel y la maleta Samsonite y los coloca en el portaequipajes del coche, nunca, ni siquiera en los peores momentos, imaginó que terminaría sus días respondiendo «¿señor?» al ser interpelado por su nombre de pila.

—Vámonos, Max. ¿Trajo los periódicos?

—Aquí detrás los tiene, señor.

Dos golpes de portezuela. Se ha puesto, quitado y vuelto a poner la gorra de chófer para acomodar al pasajero. Al sentarse al volante la deja en el asiento contiguo, y con ademán de antigua coquetería echa un vistazo por el retrovisor antes de alisarse el cabello gris, aún abundante. Nada como el detalle de la gorra, piensa, para resaltar lo irónico de la situación; la playa absurda donde la resaca de la vida lo arrojó tras el naufragio final. Y sin embargo, cuando está en su cuarto de la villa afeitándose ante el espejo y se cuenta las arrugas como quien cuenta cicatrices de amores y batallas, cada una con nombre propio —mujeres, ruletas de casino, mañanas inciertas, atardeceres de gloria o de fracaso—, siempre acaba por dirigirse a sí mismo un guiño de absolución; como si en aquel anciano alto, ya no tan flaco, de ojos oscuros y cansados, reconociera la imagen de un viejo cómplice con el que sobran explicaciones. Después de todo, insinúa el reflejo en tono familiar, suavemente cínico e incluso algo canalla, es forzoso reconocer que, a los sesenta y cuatro años y con los pésimos naipes que la vida le ha servido en los últimos tiempos, aún puede considerarse afortunado. En circunstancias parecidas, otros —Enrico Fossataro, el viejo Sándor Esterházy— tuvieron que elegir entre la beneficencia pública o un minuto de incómodas contorsiones colgados de la corbata, en el baño de una triste casa de huéspedes.

—¿Hay noticias de importancia? —inquiere Hugentobler.

Suena ruido de diarios en el asiento trasero del automóvil: pasar de páginas con desgana. Ha sido más un comentario que una pregunta. Por el retrovisor, Max ve los ojos de su patrón inclinados, con las gafas de lectura caídas al extremo de la nariz.

—¿Los rusos han tirado la bomba atómica, o algo así?

Hugentobler bromea, naturalmente. Humor suizo. Cuando está de buen talante suele dárselas de bromista con el servicio, quizá porque es soltero, sin familia que le ría las gracias. Max esboza una sonrisa profesional. Discreta y desde la distancia adecuada.

—Nada en especial, señor: Cassius Clay ganó otro combate y los astronautas de la Gemini XI han vuelto sanos y salvos... También se calienta la guerra de Indochina.

—Vietnam, querrá decir.

—Eso es. Vietnam... Y como noticia local, en Sorrento empieza a jugarse el Premio Campanella de ajedrez: Keller contra Sokolov.

—Cielo santo —dice Hugentobler, distraído y sarcástico—. Lo que voy a lamentar perdérmelo... La verdad es que hay gente para todo, Max.

—Y que lo diga, señor.

—¿Imagina? Toda la vida delante de un tablero. Así terminan esos jugadores. Alienados, como el tal Bobby Fischer.

—Desde luego.

—Vaya por la carretera de abajo. Tenemos tiempo.

La gravilla deja de crujir bajo los neumáticos cuando, tras cruzar la verja de hierro, el Jaguar empieza a rodar lentamente sobre la carretera asfaltada entre olivos, lentiscos e higueras. Max cambia de marcha con suavidad ante una pronunciada curva, a cuyo término el mar tranquilo y luminoso recorta en contraluz, como cristal esmerilado, las siluetas de los pinos y las casas escalonadas en la montaña, con el Vesubio al otro lado de la bahía. Por un instante olvida la presencia de su pasajero y acaricia el volante, concentrándose en el placer de conducir; el movimiento entre dos lugares cuya ubicación en tiempo y espacio lo tiene sin cuidado. El aire que entra por la ventanilla abierta huele a miel y resina, con los últimos aromas del verano, que, en estos parajes, siempre se resiste a morir y libra una ingenua y dulce batalla con las hojas del calendario.

—Magnífico día, Max.

Parpadea, tornando a la realidad, y alza de nuevo los ojos al espejo retrovisor. El doctor Hugentobler ha puesto a un lado los periódicos y tiene un cigarro habano en la boca.

—En efecto, señor.

—Cuando vuelva, me temo que el tiempo habrá cambiado.

—Confiemos en que no. Sólo son tres semanas.

Hugentobler emite un gruñido acompañado de una bocanada de humo. Es un hombre de aspecto apacible y tez rojiza, propietario de un sanatorio de reposo situado en las cercanías del lago de Garda. Hizo fortuna en los años siguientes a la guerra dispensando tratamiento psiquiátrico a judíos ricos traumatizados por los horrores nazis; de ésos que despertaban en plena noche y creían hallarse todavía en un barracón de Auschwitz, con los dóberman ladrando afuera y los SS indicando el camino de las duchas. Hugentobler y su socio italiano, un tal doctor Bacchelli, los ayudaban a combatir esos fantasma

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