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EL TREN DE LOS HUéRFANOS

Christina Baker Kline  

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Fragmento

Contenido

Prólogo

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Nueva York, 1929

Nueva York, 1929

Tren central de Nueva York, 1929

Union Station, Chicago, 1929

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Tren de Milwaukee, 1929

Terminal de Milwaukee Minneapolis, 1929

Albans, Minnesota, 1929

Albans, Minnesota, 1929

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Albans, Minnesota, 1929

Albans, Minnesota, 1929-1930

Condado de Hemingford, Minnesota, 1930

Condado de Hemingford, Minnesota, 1930

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Condado de Hemingford, Minnesota, 1930

Condado de Hemingford, Minnesota, 1930

Condado de Hemingford, Minnesota, 1930

Hemingford, Minnesota, 1930

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Hemingford, Minnesota, 1930

Hemingford, Minnesota, 1930

Hemingford, Minnesota, 1930-1931

Hemingford, Minnesota, 1935-1939

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Minneapolis, Minnesota, 1939

Minneapolis, Minnesota, 1939

Hemingford, Minnesota, 1940-1943

Hemingford, Minnesota, 1943

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Spruce Harbor, Maine, 2011

Agradecimientos

Breve historia de los trenes de huérfanos reales

A Christina Looper Baker, que me pasó el hilo,
y a Carole Robertson Kline, que me dio la tela

Al trasladarse de un río a otro, los wabanakis tenían que acarrear sus canoas y el resto de sus posesiones. Todos conocían el valor de viajar ligero y comprendían que ello requería dejar atrás algunas cosas. El miedo, con frecuencia la carga más difícil de abandonar, era lo que más entorpecía el movimiento.

BUNNY MCBRIDE, Women of the Dawn

Prólogo

Creo en fantasmas. Son los que nos acechan, los que nos han dejado atrás. A lo largo de mi vida los he sentido muchas veces a mi alrededor, observando, siendo testigos cuando nadie del mundo de los vivos sabía lo que ocurría, cuando a nadie le importaba.

Tengo noventa y un años, y casi todos los que alguna vez formaron parte de mi vida son ahora fantasmas.

En ocasiones, estos espíritus me han resultado más reales que la gente, más reales que Dios. Llenan el silencio con su peso, denso y caliente, como la masa de pan que leuda bajo un trapo. Mi abuela, con sus ojos amables y piel como polvo de talco. Mi padre, sobrio, riendo. Mi madre, entonando una canción. Estas encarnaciones fantasmales se han despojado de la amargura, el alcohol y la depresión, y una vez muertos me consuelan y protegen como nunca lo hicieron en vida.

He llegado a pensar que eso es el cielo: un lugar en el recuerdo de otros donde pervive lo mejor de nosotros.

Quizá tengo suerte, porque a los nueve años me regalaron los fantasmas de lo mejor de mis padres y a los veintitrés el fantasma de lo mejor de mi amor verdadero. Y mi hermana Maisie, siempre presente, un ángel en mi hombro. Tenía dieciocho meses a mis nueve años, trece años a mis veinte. Ahora tiene ochenta y cuatro a mis noventa y uno, y sigue conmigo.

Tal vez no sustituyen a los vivos, pero a mí no me dieron elección. Podía consolarme con su presencia o podía derrumbarme, lamentando lo que había perdido.

Los fantasmas me susurraron, diciéndome que continuara.

Spruce Harbor, Maine, 2011

A través de la pared de su dormitorio, Molly oye a sus padres de acogida hablando de ella en el salón, justo al otro lado de la puerta.

—No es esto lo que pactamos —está diciendo Dina—. Si hubiera sabido que tenía tantos problemas, nunca habría accedido.

—Lo sé, lo sé. —La voz de Ralph denota cansancio.

Molly sabe que es él quien deseaba ser padre de acogida. Mucho tiempo atrás, en su juventud, cuando era un «adolescente con problemas», como le dijo a ella sin rodeos, un asistente social de su escuela lo había inscrito en el programa Big Brother, y siempre había sentido que su «hermano mayor» —su mentor, como él lo llama— lo llevaba por el buen camino. Dina, en cambio, receló de Molly desde el principio. No ayudó que antes de Molly tuvieran un chico que trató de prender fuego a la escuela primaria.

—Ya aguanto bastante tensión en el trabajo —dice Dina, levantando la voz—. No necesito llegar a casa y encontrarme con esta mierda.

Dina trabaja en la centralita de la comisaría de Spruce Harbor y, por lo que Molly sabe, allí no hay mucha tensión: algunos conductores borrachos, un ojo morado de vez en cuando, pequeños hurtos, accidentes. Si has de trabajar en la centralita de una comisaría en cualquier lugar del mundo, Spruce Harbor es probablemente el sitio menos estresante que quepa imaginar. Pero Dina está tensa por naturaleza, cualquier nimiedad la irrita. Es como si diera por sentado que todo irá bien, y cuando no es así —lo cual, por supuesto, ocurre con frecuencia— se sorprende y se siente afrentada.

Molly es todo lo contrario. Tantas cosas le han ido mal en sus diecisiete años que no espera nada bueno. Cuando algo va bien, apenas sabe qué pensar.

Y justo eso había ocurrido con Jack. Cuando Molly fue trasladada al instituto de Mount Desert Island el año anterior, en décimo grado, la mayoría de los chicos se obstinaban en evitarla. Tenían sus amigos, sus camarillas, y ella no encajaba en ninguna. Cierto es que no lo había puesto fácil; sabe por experiencia que ser dura y rara es preferible a ser infeliz y vulnerable, y utiliza su imagen gótica como una coraza. Jack era el único que había intentado atravesarla.

Fue a mediados de octubre, en clase de Ciencias Sociales. Cuando llegó el momento de formar equipos para un proyecto, Molly, como de costumbre, era el bicho raro. Jack le pidió que se uniera a él y su compañera, Jody, claramente menos entusiasmada. Durante toda la clase de cincuenta minutos, Molly fue un gato con el lomo erizado. ¿Por qué Jack estaba siendo tan amable? ¿Qué quería de ella? ¿Era uno de esos tipos aficionados a estar con la chica rara? Fuera cual fuese el motivo de Jack, Molly no estaba dispuesta a ceder ni un milímetro. Se quedó de pie atrás, los brazos cruzados, hombros caídos, pelo negro apelmazado tapándole los ojos. Se encogió de hombros y resopló cuando Jack planteó preguntas, pero cumplió con su parte del trabajo.

—Esa chica es muy rara —oyó Molly que murmuraba Jody cuando salían de clase después de que sonara el timbre—. Me da miedo.

Molly se volvió y se encontró con los ojos de Jack, y él la sorprendió con una sonrisa.

—Creo que es impresionante —dijo, sosteniéndole la mirada.

Por primera vez desde su llegada a ese instituto, Molly no pudo evitarlo: le devolvió la sonrisa.

En los últimos meses, Molly se ha enterado de algunos detalles de la historia de Jack. Su padre era un emigrante dominicano que conoció a su madre recogiendo arándanos en Cherryfield, la dejó embarazada, volvió a República Dominicana para liarse con una chica de allí, y jamás miró atrás. Su madre, que nunca se casó, trabaja par

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