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EL VENGADOR DEL HAMPA

Ricardo Canaletti  

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Fragmento

Un recorte amarillento

A un estornudo le siguió otro y después otro. Había olor a humedad, a viejo, porque la cantidad de papel que se guardaba allí era incalculable. ¿Qué otra cosa se podía encontrar en el archivo de un diario? Hojas sueltas, sobres, recortes, tijeras, pegamento, abrochadoras, revistas, diarios del día y alguno del anterior, una mesa enorme, polvillo, ese que estaba pero no se veía, y oquedad, encierro, ni una maldita ventana por ningún lado. ¡Ventana! ¡Ja! Si el archivo se ubicaba en un subsuelo. Sin embargo, todo eso tenía un remedio: el tiempo. A poco de estar en ese extraño lugar el aire viciado se transformaba, mejor dicho, el olfato se acostumbraba y parecía que el aire impuro había desaparecido. Cosas de la cabeza, se diría. Ya no sentía ningún olor rancio o equívoco cuando agarré el primero de los recortes del sobre que había pedido: pertenecía a un hampón argentino de los años cincuenta. ¡La vida de ese hombre contenida en un sobre! El recorte era del diario La Razón. Lo tomé mecánicamente. Era el primero de un montón acumulado en desorden. Otros sobres contenían la información de otra manera, con un cartón como base, por ejemplo. Cada recorte pegado en una hoja que llevaba en su esquina superior derecha el sello con el logo del periódico y la fecha de la publicación. A cada hoja se le hacían dos agujeros y se la enganchaba cronológicamente a la base de cartón. Es decir que lo primero que se veía eran recortes recientes y a medida que se iban pasando las hojas se retrocedía en el tiempo. De este modo quedaba una carpetita y si había muchos recortes se hacía más de una carpeta; y si había muchos más aún, entonces el personaje o el hecho tendrían más de un sobre. Los de Juan Domingo Perón ocupaban dos filas de archivos. Pero este que tenía delante de mí era un embrollo. No disponía de tanta información y la que había era confusa y estaba metida en el sobre: una expresión clara de que ya nadie se interesaba por ese hombre, muerto hacía treinta y siete años, el mismo tiempo que los diarios llevaban sin hablar de él. ¿A quién le importaba? No saqué el pilón completo de publicaciones, sino la mitad; así, a ojo, y el que tenía en la mano era el primero de esa mitad. Estaba muy amarillento y al tacto me di cuenta de que era tan antiguo que tenía bien ganada su fragilidad. Era de 1964. Lo sostuve y lo acerqué a mis ojos para poder leer mejor y eso que tenía mis anteojos. Enfoqué letras y palabras, pero no leí. ¡Uf! La tipografía era mínima. Lo apoyé sobre el montón de recortes. Abrí los ojos y levanté las cejas, como preparándome para el esfuerzo que debía hacer para leer ese recorte. Diego Armando Maradona me miraba desde el póster en la pared. ¡Si por lo menos hubiera sabido qué estaba buscando! No lo sabía. Tal vez una línea discordante, una palabra clave. ¿Podría escribir una nota de esas tipo “historias del crimen” con lo que encontrara? ¿Descubriría el aniversario de un asalto importante o de una muerte ruidosa para su época o un nombre que aún sonara a pesar de la lejanía? Muertos, lo que tenían escrito esos papeles eran nombres de muertos. ¿Pero para qué me metía en el archivo del diario un sábado a la tarde? Me incliné sobre el recorte y leí la palabra “tumba”. Aunque mi atención se fue a otro lado. La edición de la sección “Policiales” estaba casi cocinada. Ya tenía el título de la nota principal: “El plan del gobierno para sacar de la calle las armas ilegales”. Solo faltaba esperar que ese sábado transcurriese sin sobresaltos, ninguna masacre, ninguna figura pública asesinada, ninguna pueblada ni toma de rehenes. Esto mismo le dije a Guitte, el editor encargado de confeccionar la tapa del diario con las noticias más importantes que le llevábamos los jefes de cada sección. Se lo comenté a eso de las dos de la tarde, durante la reunión de sumarios, tocándome los testículos, no fuera a ser que estallara la Tercera Guerra Mundial. El país había tenido su infierno, un presidente que pocos meses antes había impedido que los argentinos dispusieran de sus dineros depositados en plazos fijos, cuentas corrientes o cajas de ahorro. ¿Cómo no iba a haber bronca si a muchos se les depositaba el sueldo en el sistema bancario y el patrón no podía retirar el efectivo para pagarle al jornalero? El presidente Fernando de la Rúa se escapó de la Casa Rosada; la gente en la calle protestaba; la Policía Federal salió a matar ciudadanos el 20 de diciembre de 2001; cinco presidentes se sucedieron en un mes y uno de ellos declaró que el país no pagaría sus deudas. Había pasado poco tiempo de todas estas desmesuras cuando me enfrenté por propia voluntad a ese sobre con noticias antiguas de un viejo hampón. No me podía extrañar que en un recorte de diario de 1964 leyera la palabra “tumba”. Alfredo, el archivero, con su pulóver azul con cuello en V, me hablaba del inminente partido de la selección argentina de fútbol con Nigeria, la primera fecha del Mundial Corea-Japón, mientras se quitaba caspa de uno de sus hombros. “¡Qué sé yo, Alfredo, a mí Bielsa no me gusta, pero le vamos a ganar igual a los negros!”, expresé.

El fútbol, al revés de lo previsible, me llevó a mirar de nuevo aquel recorte de La Razón, el que tenía la palabra “tumba” en su texto. Decía que un ladrón, Agustín Caviglia, se había pegado un tiro arrodillado sobre la tumba de su mujer, asesinada un par de días antes. ¿Qué? Lo volví a leer. ¿Un delincuente que se suicidó sobre la tumba de su mujer? ¿La había matado él? Caviglia, Caviglia… A ver estos recortes. Y apareció otro dato que era el que esperaba encontrar porque el sobre que contenía todos estos artículos no era el de Caviglia. De hecho, él no tenía sobre alguno, es decir que para el periodismo de su época no había existido. La información que buscaba estaba en una noticia del diario Crónica y señalaba que Caviglia era uno de los integrantes de la pandilla que capitaneaba el hampón al cual pertenecía el sobre que yo revisaba, un tipo al que le decían el Loco. O sea que este hombre se había suicidado pegándose un tiro sobre la tumba de su esposa —porque no era una amante, era la esposa—, con la cual tenía cuatro hijos. Acá había algo más que los datos para escribir una nota del estilo “historias del crimen”.

Seguí revisando los recortes sobre el Loco hasta que apareció otro del diario La Razón que tenía un título a tres columnas. Me atrajo por su foto nítida, en blanco y negro. Justamente recordé que se había estudiado que ante una noticia publicada en el diario el lector observa el título e inmediatamente después, si la tuviera, se va a ver la fotografía y a leer su epígrafe. Le pedí a Alfredo que me prestara su lupa para observar mejor esa foto. Había ocho hombres de los cuales siete llevaban preso a uno, el delincuente cuyo sobre con antecedentes periodísticos estaba revisando, el Loco. Todos los protagonistas de la imagen estaban vestidos de civil y se notaba que habían sido fotografiados cuando terminaban de descender una larga y estrecha escalera de mármol, de esas que ya no se ven más, y que dos escalones antes de la vereda tenía enormes puertas de gruesa madera abiertas de par en par. Hacia arriba la escalera seguía interminable y apenas se divisaba un pequeño rellano. El delincuente estaba por pisar el primer escalón o el último, según cómo se mirara. Detrás de él se divisaban las cabezas o medias cabezas de cuatro hombres cuyos rasgos eran imposibles de distinguir porque estaban tapados por los cuatro que iban adelante. Del lado izquierdo del Loco, había un hombre de pelo enrulado que había adelantado su pie izquierdo. Como los demás que lo acompañaban podía adivinarse que era policía. Llevaba al Loco sujeto del brazo derecho, que estaba extendido, pero colocado hacia delante, no al costado. El matón tenía puesto un pulóver sobre una camisa abotonada hasta arriba; la frente amplia, flaco, más alto que todos los policías que lo rodeaban, desgarbado. Miré sus zapatos y parecían sucios, gastados. Los brazos iban por delante porque estaba esposado. La mano izquierda la había puesto sobre la muñeca derecha para disimular las esposas y entre los dedos de la mano derecha llevaba un cigarrillo, sin poder verse si estaba encendido o apagado. El Loco, con una calvicie que pronto iba a adueñarse de su cabeza, miraba hacia su izquierda, donde estaba otro policía que como los demás vestía un traje que se adivinaba oscuro, con un pañuelo blanco en el bolsillo. El fotógrafo lo captó justo en el momento en que ponía su pie izquierdo en la vereda. Este hombre tenía un cigarrillo en medio de los labios, no sobre uno de los costados, bien apretado y justo en el medio, las cejas enarcadas y los ojos muy abiertos como esperando que ocurriese algo o no. También lucía una calvicie profunda. Era corpulento u obeso, según los ojos del tiempo con los cuales se lo mirara. En su mano izquierda llevaba un portafolio. No miraba a la cámara del reportero gráfico, sino hacia su izquierda, como el Loco, pero más a la izquierda. Había otro hombre con traje oscuro y el saco abotonado. Estaba a la izquierda de la fotografía, con los dos pies en la acera, aunque de perfil. Miraba cómo sus compañeros sacaban al delincuente. Tenía una correa sobre el hombro izquierdo, que sostenía lo que parecía ser una pistola ametralladora PAM 1, utilizada en la década del cincuenta por la Policía Federal, inspirada en la M3A1 estadounidense, con la diferencia de que esta era calibre 45 (u 11,25 milímetros) y el calibre de la PAM 1 era 9 milímetros. Recordé que una de las primeras cosas que me habían enseñado cuando comencé a practicar periodismo de casos criminales era que el calibre de las municiones se refería al diámetro de la bala y se denominaba según el sistema de medición, en pulgadas o en milímetros. Por ejemplo, era 0,45 pulgadas u 11,43 milímetros.

El epígrafe de esa foto decía que el Loco estaba siendo trasladado desde una oficina de la Policía Federal hasta la cárcel de Olmos, en la provincia de Buenos Aires. ¡Cómo lo mostraron al Loco! Lo querían exhibir así, esposado. En aquel tiempo habrá sido una foto necesaria porque uno de los demonios más renombrados estaba bajo control policial, como debía ser. ¿A quién le podría interesar esta foto que —la verdad— era una flor de foto? No sabía qué iba a hacer, pero tenía que averiguar por qué Caviglia se mató sobre la tumba de su mujer y qué tenía que ver su jefe, el Loco, si era que tenía algo que ver. ¿A qué se dedicaba esta banda? ¿Cómo lo habían atrapado al Loco? Algunas notas hablaban de una misteriosa relación con un par de policías, nada menos que un subcomisario y un oficial de la División Robos y Hurtos de la Federal. ¡Pero a los nombres de estos policías los conocía! Alfredo me había dicho algo sobre Batistuta. Le sonreí mientras me imaginaba a Caviglia tirado sobre la tumba reciente de su mujer. Volví sobre el recorte del suicida. Entonces vi que a Caviglia le decían Pocholo o Paisano, y que se había matado antes que el Loco cayera preso. Ya no escuchaba los ruidos a mi alrededor. Nada. Alfredo había desaparecido y no advertí que un becario de Deportes había entrado. Ya no miraba cada tanto el póster de Maradona con esa franja amarilla teñida en su cabellera, la moda que lucía cuando volvió a Boca Juniors en 1995. La ansiedad me nublaba la vista por instantes. Movía papeles en busca de algo más sobre Caviglia, el Loco y esa banda extraña, que intuía terrorífica. Hasta que el terror se presentó de golpe, lo tenía ante mi vista, representado en nueve fotografías de la revista. No podía ser, pensé. ¿Toda la banda aniquilada? La fecha, ¿cuál era la fecha de esa publicación? Había un título de letras blancas sobre un fondo negro que cruzaba toda la página y decía: “La serie siniestra”. A lo largo de la parte superior estaban las fotografías de cinco integrantes de esa organización. Empezaba con Adolfo Alfredo Ocampo, alias Campito; después Agustín Caviglia. Al fin lo veía, pero no, no era el mismo Caviglia que se mató sobre la tumba de su mujer porque el de la foto de la serie siniestra tenía treinta años menos. Se trataba de una fotografía de cuando era un pibe, de unos veinte años, con la porra desordenada y un pañuelo alrededor del cuello. Le seguían primero Emilio el Turco Abud, después el Bebe Guido y finalmente Luis Alberto Bayo, Bayito, un boxeador, que de hecho en la foto aparecía en la pose típica alzando su guardia con sus manos enguantadas. Debajo de la página las imágenes de los cuerpos destrozados de Abud y de Guido, tirados en pajonales, apenas reconocibles y hasta una fotografía de un amasijo de miembros hu

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