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EMBRUJO GITANO

Andrea Milano  

5


Fragmento

CAPÍTULO 1

El 16 de septiembre de 1829 no fue un día más en la vida de don Estanislao De La Cruz. La tragedia se había desatado muy temprano esa mañana en la colonia Monte Grande, a tan sólo unas pocas leguas de su estancia. Unos cuantos nubarrones oscurecían el cielo y hasta el aire parecía enrarecido. Supo que algo andaba mal cuando Paulino, el capataz, le comunicó que las vacas del escocés, como era llamado por la peonada, andaban pastando cerca de la laguna. John McLaine jamás dejaba que su ganado se alejara más allá de los límites de sus tierras, por lo tanto, con un mal presentimiento rondándole por la cabeza, salió rumbo a la colonia para averiguar qué estaba ocurriendo. Ni bien puso un pie dentro de la humilde vivienda, tuvo que sujetarse con fuerza a la pared para no desmayarse. El olor nauseabundo de la carne podrida se mezclaba con el de la sangre seca. Se le revolvió el estómago y se vio obligado a retroceder. Se cubrió el rostro con la mano y tomando coraje avanzó un poco. El cuerpo de Davinia yacía a un lado de la mesa, tenía la falda levantada y los calzones desgarrados. Sus piernas se habían tornado violáceas a causa de las magulladuras. Ya no había nada que hacer por la pobre mujer; un corte profundo en la garganta había acabado con su vida. Se inclinó hacia ella y volvió a colocar la falda en su sitio. No había necesidad de que nadie más supiera de las vejaciones a las que había sido sometida Davinia McLaine antes de morir.

Estaba incorporándose cuando un gemido a su derecha lo alertó. Barrió la pequeña cocina con la mirada y entonces reparó en un bulto al otro lado de la habitación, junto a la chimenea. Se levantó rápidamente y corrió hacia él.

John McLaine se agarró con firmeza al brazo de su amigo y trató de decirle algo pero de su garganta sólo salió un sonido gutural. Estaba vivo, pero no duraría mucho: la herida en su abdomen era mortal. Lo sujetó de los hombros, acomodándolo encima de su regazo y acercó el oído a su rostro para tratar de escuchar mejor. Con un último esfuerzo, John McLaine balbuceó el nombre de su hija, al tiempo que señalaba con su mano la alfombra que estaba debajo de la mesa, y que sabía, llevaba al sótano.

Apenas unos segundos después, el cuerpo del escocés comenzó a sacudirse en violentos e interminables estertores hasta que finalmente ya no se movió más. Estanislao cerró sus ojos y rezó una plegaria encomendando su alma al Señor.

Sin perder más tiempo fue hasta la mesa, quitó la alfombra y levantó la pesada puerta de madera que conducía al sótano. Tomó el quinqué que colgaba de la pared y lo encendió. Bajó con cuidado, iluminando uno a uno los peldaños de la escalera. El lugar estaba atiborrado de bolsas de harina y frascos de conservas. Debajo de uno de los estantes había una caja de madera cubierta con una manta blanca. Apoyó el quinqué en una de las repisas y titubeó unos segundos antes de proceder. Cuando apartó la manta, la pequeña Rosemarie no se movía, y por un instante, el corazón de Estanislao De La Cruz se detuvo. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo. No podía estar muerta ella también… Como una respuesta a sus plegarias, la niña abrió los ojos.

Despacio, para no asustarla, la tomó entre sus brazos y la envolvió con la manta. Entonces vio en el fondo de la caja, el medallón que pertenecía a su madre; lo tomó y lo colocó alrededor del cuello de la pequeña. Ella se quedó quietecita, acurrucada contra su pecho, y don Estanislao no pudo evitar derramar una lágrima.

Cuidaría de la pequeña como si fuera suya, se lo debía a su amigo. La llevó a la estancia y, tras juntar a un par de peones, regresó a la colonia para enterrar a los McLaine.

La Matanza, verano de 1848

Enrique se llevó ambos brazos detrás de la cabeza y contempló el firmamento. Inspiró con fuerza, llenándose los pulmones de aire. La brisa mecía la hierba a su alrededor y los tibios rayos de sol le daban de lleno en la cara. Se llevó una paja seca a la boca y la mordisqueó. Como ocurría todos los años, la familia De La Cruz se había trasladado a la estancia para alejarse del calor sofocante de enero y del hedor que reinaba en la ciudad durante la época del verano.

Don Estanislao, su padre, después de una proba carrera militar abandonó el sable para dedicarse a la cría de ganado, convirtiéndose así en uno de los estancieros más prósperos de la región. Su nueva posición social lo había llevado a codearse con grandes figuras del ámbito político y era un habitué en las tertulias porteñas.

A él no le entusiasmaban los entuertos políticos. Lo suyo era el campo, y a pesar de no ser el primogénito, todos sabían que cuando don Estanislao abandonase este mundo él ocuparía su lugar al frente de los negocios de la familia. Su hermano Leandro, apenas un año mayor, sentía pasión por las letras y soñaba con escribir para algún periódico importante. Gracias a uno de sus tantos amigos intelectuales, había conseguido publicar un par de artículos en El Defensor de la Independencia Americana. Para evitar un disgusto con su padre, acérrimo partidario del gobierno de Rosas y federal hasta el tuétano, se escudaba detrás de un alias. El único que conocía la verdadera identidad de Libre Pensador, era él; para los demás, Leandro De La Cruz no era más que un simple empleado de imprenta, con ínfulas de escritor y poeta.

La poca diferencia de edad entre ambos había contribuido a forjar una estrecha relación de amistad, la cual sólo se resentía cuando uno de ellos miraba a la muchacha que le gustaba al otro.

—¡Enrique! ¿Dónde te metiste?

Sonrió cuando escuchó la voz chillona de Rosa María. El pastizal a su alrededor evitaba que alguien lo viera desde el casco de la estancia.

—¡Enrique, Asunción está cebando mate en la galería! ¡Si no venís, te vas a quedar sin probar las tortitas de leche que tanto te gustan!

Se le hizo agua la boca, no había nada que le gustara más que las tortitas de leche que preparaba la negra Asunción. Se apoyó sobre los codos y miró por encima de la hierba. Rosa María oteaba en dirección contraria, dándole la espalda al monte. Con una mano en la frente evitaba que los rayos de sol la obnubilaran. El cabello, rojo como el cielo al atardecer, caía en cascada sobre su espalda. En Buenos Aires no solía soltárselo muy a menudo porque según sus propias palabras, “una señorita de sociedad no puede andar quitándose las greñas de la cara a cada rato”. Por eso, armándose de infinita paciencia dejaba que su nana o algunas de las esclavas se lo peinaran a la moda, o simplemente se lo trenzaran en lo alto de la cabeza. En el campo, toda esa formalidad quedaba de lado; Rosa María se soltaba el cabello y se despojaba de cualquier remilgo de señorita de sociedad para convertirse en una chiquilla que corría libre por los rincones de El Capricho sin importarle nada más.

Rosa María McLaine había llegado a la vida de los De La Cruz una cálida mañana de primavera. Su cuerpecito envuelto en una manta de lana blanca, quizá presintiendo la tragedia que acababa de arrancarle a sus padres, se retorcía entre los fuertes brazos de don Estanislao. Mientras, todos a su alrededor apenas podían creer que algo tan frágil y pequeño hubiese sobrevivido al horror.

La odisea de los McLaine se había iniciado gracias a una propuesta colonizadora aprobada por Rivadavia y concretada por Barber Beaumont, oficial de la armada británica y entusiasta filántropo, quien solicitó la donación de tierras para poblarlas con familias inglesas. El primer contingente de colonos arribó a Buenos Aires en junio de 1825. Tras soportar varias vicisitudes, fueron recluidos en el convento de los recoletos mientras esperaban ser destinados a San Pedro. Cuando descubrieron que las tierras que les había prometido el gobierno en el contrato original no existían, algunos inmigrantes regresaron a Buenos Aires. Los menos valientes retornaron a su país de origen con las manos vacías. Fue entonces que los hermanos Parish Robertson, integrantes de la Comisión de Inmigración, lanzaron otra propuesta: traer colonos desde Escocia para que se establecieran en las estancias Santa Catalina, Monte Grande y La Laguna.

John y Davinia McLaine habían sido uno de los cuarenta y tres matrimonios provenientes de tierras escocesas que arribaron a Buenos Aires a bordo de la goleta Symmetry, en el mes de agosto de 1825. Ignorando el destino padecido por los colonos ingleses dos meses antes, cruzaron el océano hacia aquel territorio vasto y desconocido con la única ilusión de forjarse un futuro. Pero más allá del océano los esperaba la tragedia. Ese suelo que habían labrado con sus propias manos, terminó convirtiéndose en su peor pesadilla. La nación vivía convulsionada por la constante y encarnizada lucha entre unitarios y federales. El territorio que rodeaba a la estancia Monte Grande también se había convertido en suelo de batalla, y cuando parecía haberse recuperado la paz, surgió un mal peor: los vándalos, que sacando provecho de la situación, se habían emperrado en usurpar las tierras de la colonia. Una mañana a fines de agosto, una familia entera había sido masacrada mientras desayunaban en la cocina. Luego, sus cuerpos fueron colgados de un árbol para que los demás colonos supieran lo que les esperaba si no abandonaban sus tierras. Así, John y Davinia McLaine no tardaron en convertirse también en víctimas de tan aberrante barbarie. Sólo la pequeña Rosa María, fulgurando como un rayito de luz en medio de la oscuridad, había logrado sobrevivir.

Enrique dejó escapar un suspiro. Rosa María, esa criatura de enormes ojos azules y nariz respingada salpicada de pecas ya no era una niña… Había dejado de serlo hacía tiempo y él empezaba sentir por ella algo mucho más intenso que un inocente sentimiento fraternal. Lo que Rosa María le provocaba a su cuerpo cada vez que pensaba en ella se estaba tornando peligroso e insoportable. De un salto se puso de pie y empezó a sacudirse la hierba de los pantalones. Ella todavía no lo había visto, así que decidió acercarse por detrás para sorprenderla. Avanzó sigilosamente por la orilla de la acequia y cuando estaba a unos pocos metros de la muchacha se detuvo de repente.

Un jinete galopaba hacia ellos proveniente del monte. Su cuerpo se cimbreaba sobre el animal de manera tan majestuosa que parecía haber hechizado a la muchacha con sus gráciles movimientos. Enrique fue testigo, por enésima vez, de cómo Rosa María se quedaba embobada contemplando a su hermano mayor.

Leandro De La Cruz descendió de su caballo, un magnífico ejemplar de lustroso pelaje marrón oscuro al que había bautizado con el nombre de Bandido, y caminó en dirección a donde lo esperaba Rosa María.

Ella, como solía hacerlo cada vez que Leandro aparecía en la estancia tras varios días de ausencia, se levantó el ruedo de la falda y corrió hacia él hasta perderse entre sus brazos.

—¡Leandro! ¡Volviste! —exclamó echándose a reír.

Leandro, elevándola unos cuantos centímetros del suelo, la hizo girar hasta que Rosa María tuvo que rogarle que se detuviera porque se mareaba.

La depositó nuevamente sobre la hierba y la tomó de la barbilla para contemplarla a sus anchas. Poco quedaba de esa niña que prefería correr detrás de él a quedarse jugando con la muñeca de porcelana que su padre había mandado a traer de Francia especialmente para ella. Se encontró preguntándose en qué momento se había convertido en esa mujercita esbelta y hermosa que esperaba su llegada con tanto entusiasmo. Los últimos años no habían sido fáciles para nadie, mucho menos para él, quien intentaba labrarse un porvenir en el mundo de las letras. No comulgar con la causa federal lo había obligado a moverse entre las sombras, ocultándose incluso de su propio padre. Había conseguido publicar algunos artículos en el periódico de uno de sus tantos amigos intelectuales. Artículos que reflejaban los ideales unitarios que se habían gestado durante la época de Bernardino Rivadavia y Martín Rodríguez, y que hablaban de convertir a Buenos Aires en la cabeza de la nación. Leandro recordó las historias que le contaba su padre y que había vivido en carne propia durante esos meses turbulentos, en los cuales la disolución del congreso y la desaparición del poder ejecutivo nacional habían provocado que el temido fantasma de la anarquía sobrevolara sobre todo el territorio. Fue entonces que la Junta de Representantes de Buenos Aires proclamó gobernador a Manuel Dorrego, a quien su padre conocía muy bien, a raíz de haber peleado juntos en la batalla de Tucumán. Leandro sabía que don Estanislao sentía cierta predilección por él a pesar de su fama de bromista y temperamental, carácter que le había valido una discusión con el general Manuel Belgrano, quien en plena batalla de Salta lo había mandado a arrestar por su indisciplina. Siempre había sido propenso a ganarse enemigos y terminó fusilado en un corral, a espaldas de la iglesia de Navarro. La muerte de Dorrego había calado hondo en su padre y siempre que pronunciaba su nombre o relataba algunas de sus hazañas, lo hacía con un dejo de nostalgia. También había avivado la furia de los federales, quienes no dudaron en rebelarse en contra de Lavalle, saqueando pueblos y matando a todo aquel que consideraban unitario. Juan Manuel de Rosas, convertido en el líder federal, fue elegido gobernador y en sus manos cayó el peso de restaurar el orden en la provincia. Sin embargo, mientras Rosas se consolidaba en Buenos Aires, las huestes unitarias del general Paz empezaban a ganar terreno en el interior, derrotando en Córdoba al federal Bustos y enfrentando al caudillo con más poder en la región: Facundo Quiroga. Fue la época más gloriosa del partido unitario, ya que habían logrado remover los gobiernos federales de muchas provincias y conformar la liga del interior. Y era precisamente sobre esos grandes acontecimientos que Leandro escribía en El Defensor de la Independencia Americana.

Era durante las noches, cuando todos en la casa dormían, que dejaba de ser Leandro De La Cruz, para transformarse en Libre Pensador. Su madre, quien creía que se desvelaba hasta las tantas, leyendo libros poco recomendables, hacía la vista gorda y se conformaba con tenerlo cerca. Don Estanislao, en cambio, estaba convencido de que su hijo mayor despilfarraba horas de sueño escribiendo esos poemas cursis y demasiado románticos, que si un día llegasen a salir a la luz sólo lograrían atraer al público femenino. Muchas veces se había preguntado, incluso, si Leandro se habría valido de su trabajo en la imprenta para publicarlos bajo un seudónimo con el cual disfrazar su verdadera identidad.

—¿Me lo trajiste?

La pregunta de Rosa María lo apartó de sus pensamientos.

—Por supuesto, yo siempre cumplo mis promesas, señorita —respondió al tiempo que se mesaba el cabello hacia atrás. Lo llevaba un poco largo, a la altura de los hombros, quizá como otro acto más de rebeldía hacia su padre—. Lo he dejado en la biblioteca, en nuestro rincón secreto.

La muchacha dio un saltito de alegría. Leandro era el único de la familia que compartía su pasión por la lectura; con él podía quedarse hablando sobre libros durante horas y esos momentos eran los que más añoraba cuando él estaba lejos. Inés o su nana Felicia trataban de animarla durante sus largas ausencias con algún peinado nuevo o desplegando delante de sus ojos una variada colección de telas elegantes y pomposas que terminarían luego convirtiéndose en vestidos tras pasar por las hábiles manos de mamá Francisca, pero nada de eso lograba entusiasmarla. Ella prefería recluirse en algún rincón de la casa para leer a escondidas esos libros que, según el sermón del padre Carmelo, “no hacían más que perturbar el alma de una niña inocente como ella”.

—¿Ya terminaste el que te traje la última vez?

Rosa María asintió aunque no se atrevió a confesarle que había leído La fierecilla domada en tres ocasiones solamente porque el protagonista, Lucencio, le recordaba mucho a él.

—Estás cada día más hermosa, Rosa María —dijo de repente, sin saber exactamente por qué—. Apuesto a que más de uno ya empezó a revolotear alrededor tuyo.

Rosa María agachó la cabeza para evitar que Leandro notara el rubor en sus mejillas. Cuando volvió a toparse con los intensos ojos verdes del joven todo su cuerpo se estremeció; por un segundo tuvo la fuerte sensación de que su manera de

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