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EN ALAS DE LA SEDUCCIóN

Gloria V. Casañas  

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Fragmento

Casañas, Gloria

En alas de la seducción. - 1a ed. - Buenos Aires :

Plaza & Janés, 2011.

EBook. - (Narrativa femenina)

ISBN 978-950-644-207-1

1. Narrativa Argentina. I. Título

CDD A863

Edición en formato digital: abril de 2011

© 2011, Editorial Sudamericana S.A.®

Humberto I 555, Buenos Aires.

Todos los derechos reservados.

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ISBN 978-950-644-207-1

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En alas de la seducción Portadilla Portada Legales Dedicatoria PRÓLOGO CAPÍTULO I CAPÍTULO II CAPÍTULO III CAPÍTULO IV CAPÍTULO V CAPÍTULO VI CAPÍTULO VII CAPÍTULO VIII CAPÍTULO IX CAPÍTULO X CAPÍTULO XI CAPÍTULO XII CAPÍTULO XIII CAPÍTULO XIV CAPÍTULO XV CAPÍTULO XVI CAPÍTULO XVII CAPÍTULO XVIII CAPÍTULO XIX CAPÍTULO XX CAPÍTULO XXI CAPÍTULO XXII CAPÍTULO XXIII CAPÍTULO XXIV CAPÍTULO XXV CAPÍTULO XXVI CAPÍTULO XXVII CAPÍTULO XXVIII CAPÍTULO XXIX CAPÍTULO XXX CAPÍTULO XXXI CAPÍTULO XXXII CAPÍTULO XXXIII CAPÍTULO XXXIV EPÍLOGO AGRADECIMIENTOS

Dedico esta novela a mi hermana,
con quien comparto todo en la vida.
Para vos, Fabi.

PRÓLOGO

Estancia “Los Sauces”, enero de 1991, Entre Ríos

Apenas la vio, quedó prendado de ella. Era diferente. Tenía un cutis suave, como suelen tenerlo las muchachas de la ciudad, a fuerza de usar jabones finos y cosméticos. Su piel translúcida parecía de opalina, el negro cabello realzaba su blancura y un halo de sensualidad embriagadora la rodeaba, haciéndolo tambalear ante la profundidad de aquellos ojos azules, de mirada magnética y desafiante.

Él no era un romántico. En los pocos años que llevaba trabajando como peón en la finca de los Pereyra había alternado con casi todas las muchachas del lugar, las criollas y las pueblerinas, sólo para divertirse: bailaba con ellas en la romería o les echaba miraditas mientras daba rebencazos en el palenque, fingiendo espantarle las moscas al zaino.

Esta moza, sin embargo, era algo especial. Venía aureolada por el encanto de lo nuevo. Con su talle elástico, casi de muchacho, vestida siempre con ropa ajustada que denotaba una precoz seducción, eclipsaba a las demás mujeres del campo, más sencillas en sus modales discretos.

La joven aparentaba dieciocho años. Él contaba veintidós, aunque el rostro curtido de mocetón fuerte, acostumbrado a las rudezas del campo y a las solitarias vigilias en el monte, mentía veinticinco o más.

Ella lo había distinguido entre los mozos que acompañaron al patrón hasta la estación de ferrocarril a darle la bienvenida, porque tenía unos bellos ojos oscuros y un modo de mirar que petrificaba, no sabía si de agrado o de miedo. Quiso que fuera él quien la condujera al corral a elegir un caballo para recorrer la finca por las tardes. Él, loco de felicidad, le ofreció la hermosa yegua roana, “la Elisa”, que se dejó ensillar dócilmente.

“Qué bonitas piernas tiene”, pensó el joven mientras le ajustaba la cincha.

Ella reía divertida cuando lo aventajaba, sin darle tiempo a montar su propio potro.

Isabel cabalgaba con estilo. Sabía acompañar los movimientos del animal con suaves ondulaciones del cuerpo y su porte erguido completaba la armonía del conjunto. Él la contemplaba admirado sin sospechar que también su figura, firme aunque algo tosca, ofrecía un hermoso cuadro, mezcla de nobleza y salvajismo.

Galopaban hacia el monte y el joven se complacía en nombrarle las aves que se cruzaban en su camino y que ella apenas distinguía en el confuso trinar que poblaba los árboles.

La escena se repetía todas las tardes y, así, él se convirtió en un mozo de compañía de la joven a partir de las seis, cuando los trabajos de afuera terminaban y se podía gozar del fresco atardecer sin peligro de insolarse.

—A ver si estás picando demasiado alto —le decían los compañeros cuando se reunía con ellos para matear—. No vaya a ser que te caigas de espaldas.

Y reían. Porque tampoco ellos eran románticos. Y además no los encandilaban los aires aristocráticos de Isabel. La trataban con respeto, pero en su interior les disgustaban sus modales autoritarios y su condescendencia hacia los peones, como si les hiciera un favor al hablarles.

El mozo, en cambio, veía en ello un rasgo de superioridad que distinguía a esa muchacha de las mujeres recatadas que acostumbraba a ver.

El padre de Isabel era un viejo conocido de los dueños de la finca. Hasta se decía que el patrón pensaba iniciar con él un negocio de comercialización de yerba mate de los campos de Misiones. Se había esmerado en la educación de su única hija para que ella pudiese aspirar a casarse con alguien encumbrado, como el hijo de los Pereyra, que estudiaba en la Capital. Y era con la intención de encontrarse con el muchacho, que cursaba su último semestre, que Isabel y su padre pensaban quedarse unos días más en “Los Sauces”.

Mientras tanto el mozo, cada vez más hechizado por Isabel, la cortejaba abiertamente, llevándole flores arrancadas al atardecer cuando ella, vestida de blanco impecable, descendía al jardín para tomar el fresco, o bien alcanzándola hasta el pueblo cada vez que lo requería. La joven, halagada por tantas atenciones, encontraba atractivo a ese muchacho que no empleaba las cortesías habituales ni los piropos a los que estaba acostumbrada.

Los demás no veían bien tanta zalamería en público. Rumiaban algo nefasto detrás de aquello.

—Esa señorita —decían— lo tiene perdido y va a hacer una locura un día de estos.

Una tarde en que galopaban hacia el monte como siempre y el mozo se adelantaba para abrirle camino a “la Elisa” con su machete, evitando que se rasgara el cuero con los arbustos espinosos del sendero, Isabel, risueña y coqueta, elogió la destreza con que lo veía golpear a derecha y a izquierda, columpiándose sobre el zaino para esquivar las ramas bajas.

A un costado, corría el agua de la acequia, limpia y fresca.

—Bajemos —dijo imperiosamente la muchacha—. Quiero beber.

—No vaya a hacerlo, señorita. Puede enfermarse. Usted no está acostumbrada.

—¿Y tú sí? ¡Tonto! En la ciudad el agua es más turbia que ésta y sale de las cañerías —rió Isabel.

Así diciendo, desmontó y se agachó entre la hierba para sumergir sus manos finas en el agua. El rumor se deshacía a lo lejos, acallando los demás ruidos del monte. Todo el atardecer se concentraba en ese surco de agua que reflejaba las últimas luces del día.

—Se hace noche —advirtió el mozo.

—¿Y qué? Yo no tengo miedo. Papá y el señor Pereyra fueron hasta Montiel y van a volver tarde, así que hoy voy a cenar sola.

Isabel calló un momento y luego agregó, con suavidad:

—¿Me quieres acompañar?

El tono de la muchacha, dulzón y provocativo, oprimía al peón como una tenaza.

—No puedo, señorita. Usted sabe que nosotros comemos afuera, en los galpones.

—¿Y si yo ordenara que te sirvieran adentro? ¿No te gustaría hacer de patrón aunque fuera por una noche?

El mozo se sintió mosqueado. ¿Qué era eso de proponerle ocupar el lugar de otro, como si el suyo valiera poco? Herido su orgullo, la susceptibilidad de hombre de campo lo hizo reaccionar:

—¿Para qué? ¿Qué necesidad tengo de hacerme el patrón si yo soy lo que soy? Acá nadie vale si no es por ser hombre, señorita. Yo soy peón porque ése es mi trabajo.

Al tiempo que hablaba, se arrepentía de la celeridad de su despecho.

Isabel parecía divertida.

—Vamos, no te enojes. No lo dije para ofenderte. Si a mí me gusta como eres.

En la débil claridad del anochecer, los ojos azules de la joven se veían transparentes como el agua que corría, tumultuosa y sorda a las voces de ellos dos.

—¿Habla usted en serio? —dijo él bajando la voz, transportado por la felicidad del momento—. ¿De veras le gusto?

—Claro —respondió ella con cierto nerviosismo.

El lugar solitario, la mirada quemante del joven y los avances que ella hacía casi sin pensar, la alteraban de un modo agradable, causando una excitación desconocida en su vida de placeres mundanos ajenos a la sencillez del campo.

—Y yo, ¿te gusto también?

No lo miraba. Coqueteaba con él como lo habría hecho con cualquier muchachito de manos cuidadas y costumbres similares a las suyas.

El mozo no captaba el sentido, sino la melodía de aquella voz.

—¿Y lo pregunta? Claro que sí, señorita. Cómo no va a gustarme… si hasta creo que la quiero.

Asustada de su atrevimiento, Isabel rió con una carcajada quebrada que infundió malestar al muchacho. Él se había vuelto ciego para todo lo que no fuese ella, su cuerpo gracioso y su cara bonita, perfecta como un diamante pulido.

Se acercó, aprovechando la oscuridad creciente que ocultaba su audacia, y con tosquedad la tomó por la cintura. Al verse así apretada contra el cuerpo firme del hombre, la joven no supo cómo resolver esa situación jamás vivida con tanta nitidez. Y cuando él la besó con brusquedad, aplastando esos labios suaves bajo los suyos, forzándola a recibirlo, ella lo empujó con toda la fuerza de su dignidad ofendida y se limpió la boca con el dorso de la mano, escupiéndole a la cara sus palabras hirientes:

—¿Qué te has creído? ¡Bruto! ¡Animal! ¿Sólo porque te permito acompañarme te tomas confianza? No me vuelvas a tocar, ¿entendiste? ¡Una basura, eso es lo que eres, un lavacaballos!

Estaba histérica. La mirada de león herido del muchacho la aterrorizaba.

El instinto llevó la mano de él al machete que colgaba de su cintura. Al ver ese rápido movimiento, ella gritó aterrada y entonces él soltó el cuchillo para tomarla nuevamente en sus brazos, esta vez con brutalidad, y besarla con furia, manteniéndola tan apretada contra su cuerpo que parecían una sola figura en la oscuridad.

Poco a poco, los gemidos de ella cesaron y entonces él la dejó caer al suelo descalabrada y blanda, como un títere viejo que ya no divierte.

Se quedó mirándola, temblando de rabia, respirando con dificultad, como si el pecho le quedara chico para tanto dolor, y después musitó calmosamente, con deliberada claridad:

—Perra…

La luna había subido al monte y desde allí, pálida y sepulcral, daba forma a la escena de la joven tendida a los pies del hombre vejado y extrañamente inerte, como si también él estuviese muerto.

En la fantasmal claridad, el rostro de Isabel se veía ceniciento y sus labios, amoratados por el beso furioso, se habían tornado azules. El joven, toda

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