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EN BRAZOS DE MI ENEMIGO

Andrea Milano  

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Fragmento

HUELLAS

Ciudad de Buenos Aires, año 1861.

En el enorme salón de la vieja casona ubicada en el barrio de Barracas, la silueta de un muchacho que yacía insolente sobre el sofá parecía desentonar con todo el lujo que lo rodeaba. Nadie diría que se trataba del hijo varón y futuro heredero de don Ulises Álvarez Arriaga. Sus largas y escuálidas piernas, enfundadas en el pantalón gris que formaba parte de su uniforme escolar, aparentaban perderse detrás de una mesita de caoba lustrada que había sido traída especialmente desde España para satisfacer uno de los caprichos de su abuela materna. Levantó la vista apenas un instante cuando escuchó que una de las puertas se abría. Ni siquiera se inmutó cuando Segundo, el mayordomo que servía a su padre desde hacía más de dos décadas, se acercó con su habitual rictus de soberbia y se plantó frente a él. El criado guardó silencio mientras esperaba una palabra suya, pero el joven prefirió depositar toda su atención en uno de los cuadros que engalanaban los muros del salón. Esa pintura en particular, había sido siempre su favorita. Representaba una escena campestre, en donde una mujer descansaba sobre la hierba mientras leía un libro. La tonalidad dorada de su cabello y su manera de sentarse lo hacían pensar en su madre. Muchas veces, incluso, se imaginaba que el artista había tenido el privilegio de conocerla durante sus años de juventud… Privilegio que a él nunca le había sido concedido, porque en el preciso momento en que sus primeros berridos se escucharon por toda la casa, doña Eloísa Bustos de Álvarez Arriaga, exhalaba su último aliento. Y desde ese fatídico instante, se ganó el desprecio de su padre. Don Ulises lo culpaba por haber provocado, con su llegada al mundo, la muerte prematura de su esposa. Todos esos años, el muchacho debió acostumbrarse a su falta de cariño y a las constantes miradas acusatorias que su padre le dedicaba cuando se cruzaba con él. Por eso, una mañana de verano, cuando don Ulises le anunció que lo internaría en uno de los mejores colegios de Buenos Aires, en vez de sentirse nuevamente desplazado de su vida, experimentó un gran alivio. Prefería pasar sus días confinado entre las cuatro paredes de un internado que seguir soportando el odio de su padre. Llevaban varios meses sin verse, por esa razón, se sorprendió cuando le avisaron que quería verlo. Las palabras exactas del rector del Colegio Eclesiástico habían sido “su señor padre exige que se presente de inmediato en su casa”. Y, por supuesto, si la orden venía, nada más y nada menos, que del ilustre don Ulises Álvarez Arriaga, debía ser obedecida a rajatabla.

—Su padre lo espera, niño Rafael —anunció el mayordomo, interrumpiendo sus pensamientos.

Rafael entonces lo miró. Segundo no solo era conocido por su excelente desempeño como mayordomo, durante los años que llevaba al servicio de su padre, se había caracterizado también por ser su perro más fiel, el que siempre salía en su defensa y el que procuraba que nada ni nadie lo perturbara.

—¿Sabe para qué mandó a llamarme?

Segundo no le respondió, se limitó a observarlo con cierto desdén.

Rafael abandonó el sofá y se ajustó el nudo del corbatín mientras seguía al mayordomo hasta la habitación de su padre. Que lo recibiera allí, y no en un ámbito más formal, como su despacho, era otro detalle que alimentaba la curiosidad del muchacho.

Segundo llamó a la puerta y ni siquiera esperó la respuesta de su patrón para ingresar a la habitación. Rafael se frenó de golpe cuando el mayordomo se hizo a un lado para que pudiese acercarse a la cama donde yacía su padre. Vaciló un momento antes de dar un paso más. El olor que reinaba allí era nauseabundo y fue entonces que supo cuál era la razón por la cual don Ulises Álvarez Arriaga permanecía todavía acostado y había reclamado su presencia con suma celeridad después de tanto tiempo de silencio y largas ausencias. Cuando su padre extendió el brazo hacia él, Rafael no se movió. Miró por encima de su hombro y descubrió que el mayordomo había desaparecido. Volvió a contemplar al hombre que lo engendró y que nunca le había brindado una muestra de cariño en sus casi dieciséis años de vida. Ocupaba el lado derecho de la cama y su delgada anatomía, tal vez carcomida por la enfermedad, se perdía debajo de las mantas.

—Vení, muchacho, acercate que quiero verte.

No fue una petición, más bien una orden, y como solía hacerlo en el pasado para evitar un enfrentamiento con él, Rafael obedeció. Se sentó en el borde de la cama y como no sabía qué hacer exactamente con las manos, las dejó caer a ambos lados de su cuerpo.

—Has cambiado… —balbuceó don Ulises mientras intentaba incorporarse para estar a su altura. Una tos repentina provocó que se doblara en dos. Las convulsiones se volvieron más intensas y mientras lanzaba un par de maldiciones al aire, se vio obligado a recostarse hasta que el ataque pasara. Bajo la atenta mirada del muchacho, bebió un poco de agua y se secó el sudor del rostro con la manga de su camisón. Estaba más enfermo de lo que se atrevía a reconocer, aun así no quería que su hijo fuese testigo de su vulnerabilidad. Cualquier cosa antes que mostrarse débil frente a él o los demás.

Rafael seguía sumido en el más desconcertante de los silencios, tratando de descubrir la razón por la cual se encontraba allí, en la habitación de su padre, junto a su lecho de enfermo. ¿Acaso pretendía congraciarse con él ahora que la parca le pisaba los talones? Si esa era su intención, no iba a lograr su perdón. ¿Cómo podía olvidar los años de abandono y desamor a los que lo había sometido mientras le echaba en cara que había sido el culpable de la muerte de su madre? Tuvo el impulso de salir corriendo. Apretó los puños cuando don Ulises le sonrió. No recordaba cuándo había sido la última vez que lo había mirado de esa manera, con los ojos entornados, como si estuviese estudiándolo o tratando de indagar qué pasaba por su mente en ese momento. Su boca, que apenas se asomaba por debajo de un abundante bigote blanco, se mantenía curvada hacia arriba, dibujando una sonrisa.

—¿No decís nada, muchacho?

Ni siquiera lo llamaba por su nombre. Para don Ulises, Rafael siempre había sido “muchacho”, “jovencito” o en el peor de los casos, “mocoso desgraciado”. Nunca se había dirigido a él en un término cariñoso y solo en muy pocas ocasiones, sobre todo cuando estaba enfadado, lo llamaba por su nombre.

—¿Qué hago aquí, padre? —retrucó sin amilanarse. El tiempo que había permanecido alejado de él le había valido para perderle el miedo. Ya no era ese niñito enclenque y asustadizo al que podía dominar con un grito o una mirada amenazante.

A don Ulises se le borró rápidamente la sonrisa cuando percibió el tono beligerante que había usado su hijo para responderle. Durante un segundo, se vio a sí mismo reflejado en Rafael. La relación con su propio padre tampoco había sido fácil y él también se había atrevido a desafiarlo. Aunque la soberbia le impidiera decirlo en voz alta, tenía que reconocer que no le desagradaba para nada el joven que ahora tenía sentado frente a él. La altivez reflejada en sus ojos claros, tan penetrantes como los de su amada esposa, o la manera en la que cuadraba los hombros para parecer más alto de lo que en realidad era le bastaron a don Ulises para darse cuenta de que, a pesar de haber estado recluido en un colegio durante casi la mitad de su vida, Rafael había forjado un gran carácter. Se convenció en ese preciso momento de que siempre había sido el digno heredero de todo su patrimonio. ¡Y pensar que, en su afán de fastidiar el futuro del muchacho, hacía un par de años, había incluido una cláusula en su testamento, nombrando albacea de todos sus bienes a su hermana Margarita solamente para evitar que él disfrutase a sus anchas de su fortuna! Por suerte, había recapacitado a tiempo, enmendando su error antes de entregar la pelleja.

—He mandado a llamarte porque necesitaba hablar contigo, hijo… —Rafael alzó una ceja al oír que lo llamaba “hijo”. Sin embargo, el más sorprendido parecía ser el propio don Ulises—. Como podrás ver, no me encuentro en mi mejor momento. Sin embargo, hay asuntos pendientes entre vos y yo que no pueden esperar… Y el tiempo corre en mi contra.

Rafael ni siquiera se inmutó. Estaba tan acostumbrado a los maltratos del viejo que sus sombrías palabras no lograron conmoverlo.

—Pensaba que usted y yo hacía mucho tiempo que no teníamos nada de qué hablar —rebatió el joven, incapaz de demostrar un poco de compasión por el hombre que se había encargado de convertir su vida en un infierno—. Jamás se interesó por mi bienestar, me encerró en ese maldito colegio y me apartó de su lado como si yo fuera un apestado. —Volvió a desafiarlo con la mirada—. Dígame, don Ulises, ¿de qué podríamos hablar usted y yo cuando durante todos estos años solo nos unió el desprecio?

El anciano tragó saliva y agachó la cabeza. No fue capaz de sostenerle la mirada a su hijo. Nunca antes había visto unos ojos cargados de tanto odio, y eso que a lo largo de su vida se había ganado el de mucha gente. La misma gente que lo tildaba de ser un hombre frío y severo, incapaz de abrigar algún sentimiento noble en su oscuro corazón.

Ninguno dijo nada. La habitación se sumió en un silencio abrumador; solo se escuchaba la pesada respiración del enfermo.

Rafael no quería permanecer en ese lugar ni un segundo más. Ya ni sentía como suya la casa donde había nacido. Aunque durante los últimos años, el colegio se había convertido en una especie de prisión para él, prefería regresar allí y no seguir soportando a su padre.

Un nuevo acceso de tos provocó que don Ulises se retorciera en la cama. Su cuerpo comenzó a convulsionar y cuando extendió su brazo tembloroso en dirección a la mesita de noche, Rafael no supo cómo actuar. Junto al vaso de agua vacío, había un frasco con un brebaje de color amarronado en una bandeja. Solo debía alcanzárselo, sin embargo, algo en su interior se lo impedía. Apretó los puños y cerró los ojos. Su mente se debatía entre prestarle ayuda al hombre que lo había engendrado o dejar que la muerte se lo llevara de una vez por todas. Finalmente, su lado racional venció la batalla y le acercó el remedio para que bebiera. Después de unos cuantos sorbos, la tos comenzó a remitir, aunque dejó al enfermo más débil que antes. Rafael lo ayudó a recostarse y antes de que se volviera a alejar de él, don Ulises lo sujetó del brazo con toda la fuerza de la que fue capaz.

—Perdoname, hijo… sé que no merezco tu piedad, pero no puedo irme de este mundo sin tu perdón. —Los dedos flacos y arrugados de Ulises Álvarez Arriaga se cerraron alrededor de la muñeca del joven como si fueran las garras de un animal—. No es de buen cristiano negarle una petición a alguien en su lecho de muerte —alegó en un último intento por conseguir su perdón.

Rafael lo fulminó con sus ojos acerados.

—Yo nunca he sido un buen cristiano, don Ulises —afirmó su hijo, al tiempo que conseguía soltarse—. ¿De qué le valdría mi perdón ahora si no estoy siendo sincero con usted?

Don Ulises dejó caer su mano huesuda sobre la cama.

—¿Qué tengo que hacer para que me perdones, hijo?

El joven esbozó una sonrisa irónica. Era la segunda vez que lo llamaba así desde que había entrado en la habitación.

—Las cosas que me hizo durante todos estos años no se pueden borrar tan fácilmente, “padre” —se burló—. Pero está bien, voy a seguirle el juego. Si quiere escuchar de mis labios que lo perdono por su abandono, su desprecio o por haberme negado la posibilidad de vivir a su lado como lo que soy, su único hijo, entonces estoy dispuesto a perdonarlo. —Seguía hablándole desde el rencor porque era el único sentimiento que asociaba al hombre que ahora lo miraba con el rostro desencajado por la desesperación—. ¿Puedo marcharme ya o es necesario continuar con esta farsa?

—Pensé que…

—¿Qué fue lo que pensó, don Ulises? —lo interrumpió. La sonrisa socarrona había desaparecido y en su lugar se vislumbraba el ceño fruncido y la boca apretada en señal de furia contenida. No iba a sentir lástima por él. No se la merecía. Ni siquiera ahora que se acercaba su final.

—Solamente necesitaba tu perdón para poder irme en paz. —Haciendo un gran esfuerzo, el anciano volvió a incorporarse. Respiraba con dificultad y parecía que, de un momento a otro, exhalaría su último suspiro, aun así, consiguió deshacerse de las pesadas mantas y permaneció sentado, con los pies desnudos colgando a un costado de la cama.

De inmediato, Rafael se apartó para evitar que lo tocase de nuevo. Retrocedió unos cuantos pasos hasta que su espalda chocó contra la pared. Observó atónito cómo su padre lograba levantarse y comenzaba a avanzar lentamente hacia el rincón donde él se había refugiado. Por un instante, el presente y el pasado se volvieron uno solo. Rafael evocó una de las tantas veces durante las cuales se había escondido, huyendo del odio de su padre y de los golpes que le propinaba cuando se ensañaba con él porque la pérdida de su esposa se había vuelto insoportable. Revivió un episodio en particular que todavía le provocaba pesadillas en las noches. Él tenía apenas cinco años y don Ulises lo había encerrado en el sótano de la casa durante todo el día para castigarlo después de que respondiera a una de sus reprimendas con una grosería. No era posible que todavía lo afectara de esa manera… Tuvo que desatarse el nudo del corbatín porque, de repente, le costaba respirar. Su padre estaba aproximándose a él. Apoyó ambas manos en la pared, entonces se dio cuenta de que había comenzado a temblar. Cerró los ojos, con la esperanza de que ese hombre al que tanto temió de niño, desapareciera y ya no pudiese hacerle más daño. Pero apenas los abrió, se topó con el rostro de su padre ensombrecido por la muerte. Después de mucho tiempo, el miedo lo paralizó, y nada pudo hacer cuando el anciano se aferró a sus hombros para evitar dar con los huesos en el suelo.

—¡Perdoname, hijo! ¡Tené piedad de mí! —suplicó mientras las fuerzas y la vida se le escapaban del cuerpo con la misma rapidez que el agua se escurría entre los dedos.

Rafael seguía sin poder moverse. Sus ojos claros se clavaron en las manos nudosas de su anciano padre. Esas manos que tantas veces se habían levantado en su contra y que jamás le habían prodigado una caricia. Intentó alejarse hacia la puerta y para lograrlo tuvo que deshacerse de él, propinándole un empujón.

Don Ulises cayó de rodillas sobre la alfombra. Con la cabeza hundida entre los hombros, derrotado por la falta de sensibilidad de su único hijo, se echó a llorar como un niño.

Ni siquiera las lágrimas del hombre que le había dado la vida pudieron ablandar el corazón del muchacho. Haciendo oídos sordos a los ruegos del anciano, Rafael abandonó la habitación azotando la puerta.

Barrio de San Nicolás, Buenos Aires, año 1862.

Atraída por el ruido, la niña atravesó el extenso pasillo de la planta alta con sigilo. Ni siquiera levantaba tres palmos del suelo, pero su larga cabellera, la que cada mañana era cepillada por su nana Jesusa hasta dejarla sedosa y brillante, se había enredado con la muñeca de porcelana que sostenía en la mano izquierda. Pilarcita nunca se despegaba de su muñeca. Dormía con ella y la llevaba a todas partes, incluso le habían permitido que tuviera su propio puesto en la mesa del comedor. A medida que avanzaba hacia una de las últimas habitaciones, sus pies desnudos se hundían en la mullida alfombra, amortiguando el eco de sus breves zancadas. Esos extraños lamentos que la habían despertado de su siesta parecían provenir del cuarto de su padre. Se restregó los ojos y su boca se abrió para emitir un sonoro bostezo. La pequeña miró por encima de sus hombros para cerciorarse de que nadie la sorprendiera caminando en medio de la penumbra, cuando se suponía que debía estar durmiendo. Se detuvo frente a la habitación de don Amancio y extendió su brazo hasta cerrar por completo su manito alrededor del pomo de la puerta. La abrió apenas unos pocos centímetros para evitar que la descubrieran. Los quejidos se hacían cada vez más intensos, pero desde su posición no alcanzaba a ver nada. Tuvo que avanzar unos pasos más para acabar por fin con el misterio. Lo primero que sus inocentes ojos distinguieron fue la espalda desnuda de una mujer, que arrodillada en la cama cimbreaba su cuerpo hacia atrás y hacia adelante como si estuviera montando un caballo. Luego, de repente, un hombre se incorporó hasta rodearla por la cintura con sus brazos y empezó a besarle la garganta.

Pilar permaneció inmóvil durante algunos minutos, observando la intimidad de los amantes con la boca abierta. Ni cuenta se dio de que la muñeca se había deslizado de su mano para terminar en la alfombra. Tampoco reparó en las lágrimas que empezaron a mojar sus mejillas. Supo que estaba llorando recién cuando se le nubló la vista. Estuvo a pu

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