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EN EL CORAZON DE LA ISLA DE FUEGO

Nicole C. Nicole C.  

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Fragmento

Título original: Das Herz der Feuerinsel

Traducción: Irene Saslavsky

1.ª edición: julio, 2015

© 2012 by Nicole C. Vosseler

© 2012 by Wilhelm Goldmann Verlag
Una división de Verlagsgruppe Random House GmbH, Múnich, Alemania
www.randomhouse.de
Este libro ha sido negociado a través de Ute Körner Literary Agent, S.L.U.,
Barcelona – www.uklitag.com

© Ediciones B, S. A., 2015

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 15875-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-134-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

I. TULIPÁN & ORQUÍDEA

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II. EN EL JARDÍN DEL EDÉN

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III. DANZAR AL BORDE DEL VOLCÁN

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IV. NOCHE SIN MAÑANA

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V. TEMPO DOELOE

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1895

Epílogo

Solo existe un mal, un delito, un pecado:
no tener corazón.

MULTATULI

Dedicado a la amistad
Y a Anne y Carina, que siempre están a mi lado.

Ninguna mujer es una isla para ningún hombre.

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I

TULIPÁN & ORQUÍDEA

Asam di goenoeng, garam di laoet bertemoe
dalam satoe belanga.

El tamarindo de la montaña y la sal del mar
finalmente se unen en una olla.

1

Eso debía ser el aroma de la libertad.

Salado como el aire marino que ella incluso notaba en la lengua. Era el aroma del viento, puro y claro como el agua de una fuente o como unas sábanas de hilo recién lavadas y almidonadas. Un aroma a sol y a algas marinas... como el de la cubierta de madera de color miel, aún parcialmente húmeda tras la limpieza matutina, vibrando bajo el zumbido de las máquinas, agitándose debido a la interacción entre la fuerza impulsiva del vapor y el oleaje.

No era un aroma suave y encantador sino uno que oscilaba entre lo agradable y lo picante. Humoso, casi ardiente como el hollín y la humareda que surgían de la chimenea del buque de vapor, como el olor del largo y esbelto casco de hierro que, en medio del aire húmedo, evocaba la tintura de yodo, igual de picante y agrio, igual de fresco. Igual que la libertad, siempre acompañada por lo desconocido y que alberga una audacia. Un salto a lo desconocido.

Jacobina cerró los ojos e inspiró profundamente ese aroma que, debido a su intensidad en alta mar, le resultaba nuevo y sin embargo no completamente desconocido, pues lo había identificado de inmediato. Era el olor que todos los años había invadido los días claros y despreocupados de las vacaciones estivales en el balneario de Zandvoort. El mismo que a veces surgía picante desde el puerto y se acumulaba entre las altas fachadas de las casas. El que, a veces, cuando el viento era favorable, se cernía sobre Ámsterdam como un hálito apenas perceptible y dejaba adivinar la cercanía del mar, prometedor y al mismo tiempo próximo. Pero solo tras haber subido a bordo con sus maletas y cuando cada hora transcurrida, cada milla marítima dejada atrás, la alejaba más y más de su antigua vida y la llevaba hacia la nueva, Jacobina logró identificar dicho aroma.

«No seas tonta, Bina —creyó oír que decía la voz de Henrik—, oler la libertad es imposible.» Entonces se le apareció la imagen de su hermano mayor enfundado en el traje y con chaleco, la corbata correctamente anudada en torno al cuello de la almidonada camisa, las cejas arqueadas bajo las prematuras entradas, contemplándola con una sonrisa indulgente. No era burlona, pues para ello hubiera requerido una ligereza de la cual carecían los Van der Beek. Una sangre espesa fluía por sus venas, una que casi nunca se agitaba, por no hablar de sucumbir a la pasión, una sangre sobria, sosegada y repleta de valores tradicionales. Aquellos dictados que habían circulado siempre en la familia estableciendo los límites que imponía el padre al hijo; la madre a la hija, y jamás habían dado lugar a la desilusión. A diferencia de Jacobina. Si bien nunca había sido terca o desobediente y siempre se había esforzado por hacer todo de manera correcta, con el tiempo, en ella surgió la amarga convicción de que había situaciones frente a las cuales todo esfuerzo resultaba inútil y que sin embargo nunca eran perdonadas.

«Soy libre», pensó Jacobina y se enderezó bajo el pálido sol matutino que le acariciaba las mejillas con rayos aún débiles; dejó que la brisa le rozara el rostro, una brisa acompasada con su propia respiración. Sintió un aleteo en el estómago, mitad alegría y excitación, mitad temor ante su propia audacia, que aceleró los latidos de su corazón y la llenó de orgullo por haber cobrado ese increíble valor. Y de un presentimiento de felicidad. No se cansaba de decírselo a sí misma: «Soy libre.»

Pero poco a poco una sensación incómoda invadió su alegría, viscosa y pesada como las gotas de aceite en el agua e igual de indisoluble, acompañada de un hormigueo entre los omóplatos que lentamente se extendió hasta la nuca erizando su piel. Jacobina no tuvo que volverse para asegurarse: años de experiencia le habían enseñado a reconocer las miradas curiosas, desdeñosas o incluso misericordiosas que se clavaban en su espalda. Sabía que alguien la observaba.

Hasta hacía unos instantes, Floortje había podido escrutar a aquella joven cuya actitud se relajaba cada vez más, como si se desprendiera de manera vacilante del manto de reserva y de autosuficiencia mediante el cual había mantenido a raya a todos sus compañeros de viaje, solo hasta el punto de no parecer descortés o antipática, pero que tampoco invitaba a establecer un contacto amistoso. Floortje ya la había visto de esa guisa por primera vez, de pie en la aún silenciosa y desierta cubierta superior, pero en dicha ocasión le había parecido menos inaccesible. Durante unos momentos muy breves —que Floortje no supo aprovechar— parecía aliviada, casi liberada, como si a la larga dicho manto le pesara demasiado. Los hombros bajo la sencilla chaqueta entallada de tela gris se tensaron de nuevo; por fin volvió la cabeza hacia Floortje y la contempló con el ceño fruncido bajo el ala del sombrero. «Quédate donde estás —expresaba esa mirada—, ¡déjame en paz!»

Floortje maldijo su titubeo en silencio, una vacilación nada común en ella. Arrepentirse de algo que uno había dicho o hecho... para eso siempre había tiempo, pero cuando se trataba de hablar con miembros de su propio sexo Floortje se había acostumbrado a proceder con cierta precaución. De momento, en los ojos de aquella mujer, grises como el cielo invernal de Frisia, Floortje aún no había vislumbrado ni una chispa de maldad: expresaban una espera controlada, una tolerancia que parecía fatigada. Y de vez en cuando Floortje creyó descubrir cierta inseguridad en esa mirada bajo los párpados o en un pequeño movimiento involuntario, aunque la joven una vez más volvía la cabeza y miraba al mar con la espalda recta y los hombros tensos, en actitud de rechazo.

La confortable sensación de estar sola y no observada desapareció; el pacífico estado de ánimo de esa hora temprana se había estropeado; sin embargo, Jacobina no tenía la menor intención de abandonar su sitio: no volvería a emprender la huida con las mejillas ardientes y la cabeza gacha como antes había hecho con tanta frecuencia, ocultándose en una oscura habitación anexa en la que recuperaba la capacidad de respirar, alejada de una sociedad burguesa que se celebraba a sí misma y para la cual el nombre de Jacobina van der Beek tenía la misma importancia que el dinero de su padre y nada más. Porque Jacobina no tenía qué ofrecer.

Como si debiese defender su derecho a permanecer allí, sus dedos enguantados se aferraron a la barandilla y aumentaron la presión al tiempo que se aproximaban unos pasos rápidos y ligeros.

—¡Buenos días!

La voz resultaba desconcertantemente profunda para una persona tan menuda y delicada, una voz pesada y suave, como el terciopelo que revestía el comedor durante las comidas cuando en la mesa ella no dejaba de hablar de naderías, a menudo acompañada por una risa a veces casi indecentemente áspera y que tal vez por eso invitaba a los demás comensales a unirse a ella. También entonces esa risa acompañó sus palabras y era como el oporto derramándose de una copa.

—¿No es un día precioso?

—Buenos días —dijo Jacobina sin desviar la vista del mar—. Sí, es un día precioso.

—¿También viajas hasta Batavia?

Jacobina la miró fijamente, más desconcertada que enfadada por el tuteo audaz. La otra le devolvió la mirada desde unos ojos ovalados que enmarcaban unas espesas pestañas oscuras. Ojos de gata, a veces verdes y otras tan azules o turquesas como las aguas del océano. Una mirada curiosa, encantadora e ingenua que albergaba una chispa de esperanza; Jacobina se apresuró a desviar la suya.

—¿Adónde más podría ir? —murmuró en un tono más intencionado que brusco.

—Taal veeez... aaaa... —respondió la otra en tono burlón y arrastrando las palabras como si fuera una adivinanza—... ¿A Alejandría? ¿A Colombo? ¿A Singapur?

El modo en el que se apretujaba contra la borda también era felino al tiempo que recitaba los puertos visitados por la compañía naviera y la manera en que sus dedos desnudos se deslizaban por la barandilla hacia Jacobina.

De pronto Jacobina bajó las manos y retrocedió un paso.

—No, permaneceré a bordo hasta Batavia.

—¡Yo también! Por cierto: me llamo Floortje, Floortje Dreessen.

Jacobina bajó la vista y contempló la mano que Floortje le tendía con gesto seguro, con la palma hacia arriba, como si insistiera en ofrecerle algo. No llevaba guantes ni sombrero, al parecer indiferente ante la posibilidad de que el sol le estropeara el cutis claro y delicado como la nata, casi translúcido, diferente a la palidez de Jacobina, cuya piel se volvía mortecina con tanta facilidad... A Floortje tampoco parecía importarle que el viento desordenara su abundante y oscura cabellera color café. Incluso lo había dejado hacer, solo llevaba un moño suelto mientras que el resto caía de sus hombros en ondas y rizos. Ninguna similitud con el pelo claro de Jacobina, que pronto se desgreñaba y se volvía pajizo bajo el sol y el viento si se descuidaba. Una vez más, Jacobina notó cuán joven era esa señorita Dreessen, aún casi una muchacha. Y era bonita, tan bonita que resultaba doloroso. Hubiera preferido dar media vuelta y marcharse sin pronunciar palabra, pero su buena educación se lo impidió; sabía cómo comportarse.

—Me llamo Jacobina van der Beek.

Entonces sintió una punzada al notar cuán diminuta y frágil parecía la mano de Floortje encajada en la suya, pese a la fuerza inesperada con la que se la estrechó, y Jacobina se apresuró a soltarla.

—En realidad iba en busca del capitán, que esta mañana me invitó a recorrer el barco y prometió mostrármelo todo. ¡Incluso la sala de máquinas! —dijo Floortje y sus ojos brillaban como las aguamarinas—. Tal vez te gustaría acompañarme...

—Muy amable... pero no, gracias —replicó Jacobina con una formalidad automática.

Floortje alzó las cejas: dos arcos de color sepia que parecían pintados con un pincel.

—Pero ¿por qué no? ¡Seguro que nada se te escapará en este vapor! ¡Acompáñame, seguro que será divertido!

—No, gracias, de verdad.

Jacobina parpadeó bajo el sol que se había elevado en el cielo y derramaba una luz mantecosa por encima de la cubierta: estaba harta de esa clase de invitaciones bienintencionadas, que después la obligaban a mostrarse agradecida.

—¡Por favor! —exclamó Floortje en un tono obstinado y a la vez suplicante dando una patadita en el suelo—. ¡Ven, no seas tan remilgada! ¡Acompañada es el doble de divertido!

—No, yo... —empezó a decir Jacobina, pero el resto de la oración se le atragantó porque Floortje la cogió de la mano y la arrastró tras ella a paso ligero.

2

—... veintidós, veintitrés... —canturreaba la pequeña Lijsje al ritmo de sus brincos—. Veinticuatro...

Entonces el tacón de sus botines acordonados se enganchó en la cuerda, ella la desenredó, comenzó desde el principio y sus trenzas rubias se balancearon hacia delante y hacia atrás.

—Y uno, y dos, y tres...

Después del desayuno, el día estupendo había atraído a todo el mundo a cubierta, donde los pasajeros pasarían las horas hasta que sirvieran el segundo desayuno disfrutando del ocio. Los señores Verbrugge y Ter Steege se sentaron frente a frente ante una mesita, dedicados a desplazar las fichas en el tablero de damas y haciendo prolongadas pausas entre una jugada y la siguiente. Protegida por una sombrilla, la señora Ter Steege paseaba junto a la borda en compañía de su madre, esforzándose por despertar su entusiasmo por la vista sobre el mar azul turquesa y la rocosa y soleada costa de Portugal mediante palabras agradables. Pero los únicos comentarios de la dama de cabellos blancos, cuyas prendas negras como el carbón parecían tan rígidas como una armadura, fueron unos cuantos gruñidos malhumorados. Entre tanto, la señora Ter Steege sabía que sus dos hijas estaban a buen recaudo: mientras bajo los dedos de la señora Verbrugge surgía la filigrana de una mantita tejida a ganchillo, su mirada reposaba ora en Lijsje, saltando a la comba, ora en Kaatje, sentada en la cubierta de madera junto a Tressje Verbrugge, de casi su misma edad. A veces con expresión seria y en voz baja, otras con una mímica dramática y gritos excitados, ambas pequeñas se habían abandonado completamente al mundo de sus muñecas, cuyos secretos permanecían ocultos ante la mirada de los adultos.

—... treinta y tres, treinta y... —Lijsje seguía contando al tiempo que transcurría la pacífica mañana en cubierta, una y otra vez interrumpida por un bufido y una breve pausa—. Y uno, y dos...

Jacobina no lograba concentrarse en su libro, su mirada no dejaba de deslizarse hacia Floortje, dormitando a su lado en la tumbona. En cuanto tomaron asiento tras el primer desayuno, Floortje se quitó los zapatos y encogió las rodillas, una vez más semejante a una gata que se acurruca entre los cojines. Parecía darle igual que entonces los volantes de los dobladillos de su vestido de verano color marfil estampado de margaritas azules y de sus enaguas se desplazaran hacia arriba y revelaran las medias blancas que cubrían sus piernas hasta por encima de los tobillos.

A los cuatro reclutas del Astillero Colonial de Harderwijk esa visión no les resultaba indiferente en absoluto. Tan jóvenes que en realidad aún no eran auténticos hombres pese al elegante uniforme y la barba cuidadosamente recortada, se apretujaban a cierta distancia junto a la borda, fumando, cuchicheando y observando sin el menor disimulo. De vez en cuando se oían risas apagadas, cómplices y tímidas, y a cada rato los reclutas estiraban el cuello y lanzaban disimuladas miradas en torno, temerosos de que uno de los oficiales bajo cuyo mando estaban durante el viaje desaprobara su conducta.

Sin embargo, el mayor Rosendaal, el oficial superior de los cuatro jóvenes durante la travesía, no parecía considerar que merecieran una reprimenda, ni siquiera una mirada severa. Con las manos cruzadas en la espalda y enfundado en su uniforme azul oscuro, recorría la cubierta con pasos mesurados y la vista dirigida sobre las maderas debajo de sus zapatos bien lustrados. Cada vez que pasaba junto a la tumbona en la que dormitaba la señorita Dreessen alzaba la vista y la deslizaba, visiblemente complacido, por encima de los tobillos, las pantorrillas y los pliegues de la falda hasta su esbelta cintura, y durante apenas un instante rozaba su tórax —que subía y bajaba bajo su escote bordeado de puntillas— y luego se detenía en su rostro. Hasta que su mirada se desviaba como si de pronto se le hubiese ocurrido algo y la dirigía por encima del pequeño sombrero de paja de Jacobina hacia su esposa, que se había retirado junto a su hermana bajo el alero. Entonces el mayor se acariciaba la barba y soltaba algo parecido a un carraspeo o un suspiro, o tal vez solo una inspiración más profunda, antes de proseguir su paseo por la cubierta.

Era como si Floortje se hubiera derramado en la tumbona, con una expresión soñadora en sus rasgos finos. La boca entreabierta solo parecía estar esperando que alguien la despertara con un beso, y cuando sus labios carnosos se fruncían ligeramente era casi como si estuviese enfadada porque, por el momento, nadie lo hubiera hecho. Bajo la delgada tela del vestido de verano se destacaban atractivas redondeces y en ese preciso momento, mientras dormía, la naricita respingada le proporcionaba un aspecto un tanto descarado y coqueto.

En presencia de muchachas y mujeres como Floortje, en las que todo era delicado, suave y dulce, Jacobina siempre se había sentido incómoda. A su lado se sentía aún más alta de lo que era, casi tosca pese a su delgadez. Demasiado delgada, pues ninguno de los corsés, por más refinados y tiesos que fueran, ninguno de los trucos astutos de la modista, jamás habían logrado proporcionarle apenas la ilusión de una figura femenina. En ella todo era exagerado: los rasgos del rostro eran demasiado ásperos, casi duros, la boca demasiado ancha y la nariz demasiado grande, la figura excesivamente alta, demasiado delgada, demasiado angulosa. Solo habría podido considerar que sus ojos grandes y claros eran bonitos si su color no fuese tan pálido, tan sobrio. Incluso un hoyuelo en el mentón, el mismo que en el caso de Henrik resultaba tan encantador, acentuaba la impresión de severidad que Jacobina van der Beek siempre transmitía, la de una cierta ausencia de alegría y una frialdad que parecían formar parte del núcleo de su ser.

—... por supuesto que no soy un experto... —El viento arrastraba los fragmentos de una oración pronunciada en alto por el teniente Teuniszen, quien había encontrado un interlocutor atento en el señor Aarens—... la tierra de la zona de Preanger es especialmente idónea para cultivar té...

El labio inferior de Floortje se agitó, sus párpados temblaron y Jacobina se apresuró a clavar la vista en el libro que sostenía en las manos, pero al mismo tiempo observaba a Floortje con el rabillo del ojo: esta estiró las piernas, se desperezó y por fin abrió la boca y bostezó con ganas. Solo en el último instante se la cubrió con la mano y, con mirada adormilada, dedicó una sonrisa de disculpa a Jacobina.

—La vida a bordo es realmente deliciosa —murmuró y deslizó las manos por encima de los apoyabrazos de la tumbona—. ¡Como la de los reyes! —añadió y agitó los dedos de los pies con expresión de deleite.

Jacobina no consideraba que el SS Prinses Amalia fuese principesco o lujoso, pero sí decididamente confortable. Tanto los camarotes como el comedor eran muy sencillos pero limpios como los chorros del oro; Jacobina había imaginado que la travesía sería bastante peor, porque a fin de cuentas no era un viaje de placer o de descanso el que la naviera ofrecía a Batavia dos veces al mes. Quienes montaban a bordo en un vapor de esta o de otra naviera holandesa no tenían tiempo que perder y querían llegar a destino lo antes posible. En la carrera por hacerse con tierras buenas y fértiles era importante llegar antes de que otros las arrendaran, las araran y ganaran dinero plantando café, té y quina, tal como se proponía el señor Aarens.

El trabajo en la administración colonial aguardaba la llegada de funcionarios como el señor Ter Steege, para llevar los libros de contabilidad en la agencia de una empresa; o el puesto en un regimiento, la de hombres como el teniente Teuniszen, el mayor Rosendaal y los cuatro reclutas. Regiones aún inexploradas de Java y Sumatra aguardaban la llegada de arquitectos e ingenieros como el señor Verbrugge, que construirían caminos, casas y tenderían líneas férreas. En dirección opuesta esperaban los días de vacaciones en la antigua patria, entre parientes y amigos que despidieron mucho tiempo atrás, vacaciones como las que habían pasado los Ter Steege y los Teuniszen. Y a los hijos de los cultivadores, de los funcionarios y de los oficiales les aguardaban los puestos en las escuelas y las universidades de los Países Bajos, antes de regresar junto a sus familias tras unos años.

—¿Vas a visitar a parientes en Batavia?

Era la primera pregunta personal que Floortje le dirigía desde su encuentro matutino en la cubierta.

Durante su recorrido a través del casco del vapor —un laberinto formado por estrechos pasillos aparentemente interminables, bodegas de carga y almacenes, el alojamiento y los lugares de trabajo de la tripulación—, que también incluía el corazón palpitante de la sala de máquinas, Floortje se dedicó a comentar las explicaciones del capitán Hissink con palabras de asombro, a reírle las bromas y a lanzarle ocasionales réplicas sagaces. Jacobina se limitó a seguirlos en silencio, como la personificación de la dama de compañía que veía y oía todo pero a la que nadie prestaba atención. No le importó; se conformó con observar y contemplar los detalles técnicos y mecánicos acerca de los cuales hasta entonces solo había leído. Y tampoco le molestó cuando después, tomando café, panecillos frescos con mantequilla, mermelada y miel, huevos y pescado al horno, Floortje se había dedicado a entretener a todos los ocupantes del comedor con sus vívidas descripciones. A lo largo de los años Jacobina había aprendido a apreciar su lugar en la sombra de cualquier acontecimiento, desde la que podía observar tranquilamente, escuchar y al mismo tiempo reflexionar.

—No, no visito a ningún pariente.

—¿Entonces tal vez a tu futuro esposo?

Sin despegar la vista del libro, Jacobina permaneció inmóvil en la tumbona. El tono burlón de Floortje y la mirada curiosa que percibía en su rostro la turbaron. Hacía mucho tiempo que alguien no la sometía a semejantes chanzas, como solían hacerlo las muchachas que antaño fueron sus amigas. Hasta que una tras otra se casó y tuvo hijos, y trocaron sus bromas por una preocupación cada vez mayor. Después llegaron el silencio, la distancia y la soledad.

—No —dijo y vaciló; entonces la venció el orgullo—. Me espera un empleo.

Extrajo un papel de entre las últimas páginas del libro y se lo tendió a Floortje, que se había incorporado con expresión curiosa, de repente despierta. Un rectángulo bien recortado de una hoja de periódico, el Standard de noviembre de 1881, que en los seis meses anteriores se había convertido en un desgastado pergamino siempre prolijamente alisado, las letras negras borrosas y el papel deshilachado. Su talismán, la llave que abría su nueva vida.

Familia de oficial bien situada en Batavia busca dama joven y culta de entre veinte y treinta años para un puesto fijo como profesora y gobernanta de un niño y una niña de cinco y dos años respectivamente. Requisitos: dominio perfecto de la lengua holandesa; francés, alemán e inglés fluidos. Se aprecian conocimientos musicales. Se ofrece un sueldo generoso y las costas del viaje, además de alojamiento y alimentación gratuitos. De preferencia, postulantes sin certificado de estudios.

Floortje dedicó más tiempo del necesario a leer las líneas, mientras contemplaba a Jacobina de soslayo. Sentada frente a ella con la perfecta postura de una dama, los pies juntos apoyados en el suelo, las piernas bajo la falda formando una elegante diagonal y el torso erguido, Floortje volvía a evocar el recuerdo de una heroína de las novelas que antaño solía devorar en secreto. Tenía algo de ermitaña, envuelta en un halo de tragedia y de profundidad que contradecían su aspecto insignificante. Como si ocultara un oscuro secreto. Un alma herida.

Nieblas fantasmales que envolvían el esqueleto de un árbol desnudo, un tormentoso arrecife asomado al mar bravío o la silueta de una lóbrega casa señorial hubieran supuesto un marco idóneo para esa señorita Van der Beek... pero a Floortje le pareció igual de romántica una travesía a Java con el fin de ocupar un puesto de gobernanta, e igual de excitante.

—Suena estupendo —dijo y le devolvió el recorte de periódico; a ambos lados de la nariz aparecieron pequeñas arrugas—. Lo único que me sorprende es que no le adjudiquen ningún valor a un certificado.

—Eso suele figurar a menudo en esa clase de anuncios —replicó Jacobina, mientras volvía a guardar el precioso papel entre las hojas del libro—. La señora De Jong me lo explicó en una de sus cartas. No desea que a sus hijos les inculquen materias lectivas fijas sino que aprendan las lenguas de manera natural a medida que se crían, y, de paso, que se familiaricen con las costumbres sociales.

—Vaya —dijo Floortje, encogió las piernas y tiró de los volantes de sus dobladillos—. ¿Es que no estabas satisfecha con tu puesto anterior o acaso te atrae la idea de vivir en el extranjero?

Un ligero rubor cubrió las mejillas de Jacobina.

—Este... este es mi primer empleo —dijo y apretó los labios, dispuesta a permanecer callada.

—Oh —dijo Floortje, parpadeando—. ¡Entonces debes de haber causado una impresión considerable, puesto que te pagan el viaje alrededor de medio mundo sin una carta de recomendación!

Jacobina dirigió la mirada por encima de la borda, hacia el resplandeciente cielo azul del estío sobre el Atlántico. Una vez más, no fueron sus dotes que le habían abierto esa puerta, sino solo el nombre de los Van der Beek. Un cliente de su padre, que mantenía relaciones comerciales con las Indias Orientales, conocía a alguien en ese lugar, que a su vez conocía a los De Jong y que se manifestó elogioso acerca del carácter, la vida, los modales y sobre todo el trasfondo familiar de la señorita Van der Beek. Por otra parte, de ese modo Julius y Bertha van der Beek podían asegurarse de que su hija se alojaría en una casa decente, habitada por ciudadanos de Batavia honorables y de buena posición económica.

Volvió a bajar la vista sobre el libro, lo cerró y lo depositó en su regazo. Puede que hubiera sufrido un engaño al creer que podría escapar de la mano tanto protectora como opresiva de sus padres y su hermano alejándose lo más posible de ellos. Sus dedos se clavaron en el lomo del libro, al igual que se aferraban a la esperanza de que en adelante su nombre y su aspecto carecerían de importancia, solo lo que hiciera y dijera y aquello de lo que fuera capaz.

—¿Y a ti qué te lleva a Batavia? —preguntó en voz baja.

Su curiosidad le parecía una descortesía pese a que era obvio que ella y Floortje eran las dos únicas damas jóvenes que viajaban sin un acompañante, algo inusual, puesto que iba en contra de todas las costumbres y lo que suponía la causa de un motivo bien fundado.

—Quiero casarme allí.

Jacobina se azoró.

—Enhorabuena —contestó en tono seco.

Floortje adoptó una expresión de sorpresa y luego soltó una carcajada tan sonora que todos los ocupantes de la soleada cubierta volvieron la cabeza hacia ella. Jacobina se ruborizó y se dispuso a ponerse de pie.

—¡Cielo santo! Discúlpame —exclamó Floortje y se cubrió la boca para acallar las risotadas que durante un momento siguieron surgiendo entre sus dedos y agitando sus hombros—. ¡Disculpa mi torpeza! —añadió, aún entre risitas y tendió la mano a Jacobina con la intención de apaciguarla, pero la retiró cuando Jacobina se apartó—. Lo que pasa es que aún me falta encontrar al hombre de mi corazón —dijo, y una sonrisa le iluminó el rostro—, ¡pero seguro que lo encontraré en Batavia!

Incrédula, Jacobina la miró fijamente e incluso olvidó el horroroso bochorno de esos instantes en los que creyó que todos se reían de ella.

—¡Pero si en tu ciudad natal debes de haber tenido docenas de admiradores! —soltó.

Floortje se encogió de hombros.

—Puede ser. Pero el adecuado —dijo, inspirando profundamente y recostándose en la tumbona— no se encontraba entre ellos —añadió, estiró las piernas y luego volvió a encogerlas de inmediato al tiempo que una sonrisa le asomaba a los labios—. Además, de todos modos no tengo intención de pasar el resto de mi vida precisamente en Frisia.

Antes de volver a cerrar los ojos lanzó una pícara mirada de soslayo a Jacobina y balanceó rítmicamente las rodillas de un lado a otro; un movimiento que hipnotizó a los cuatro reclutas, quienes, con miradas ansiosas, aguardaban que los pliegues y los volantes del vestido de la señorita Dreessen dejaran ver algo más que sus tobillos y sus medias.

Jacobina se preguntó cómo una comarca como Frisia podía haber engendrado una criatura como Floortje Dreessen; le costaba imaginarla entre los diques de las llanuras de marea, los brezales y los espesos bosques, en una de las pequeñas ciudades o aldeas e incluso en una de las solitarias granjas cubiertas de enredaderas en medio de los prados en los que pastaban vacas blancas y negras y rebaños de ovejas. Con sus cabellos oscuros, sus ojos irisados y sus rasgos nada característicos de Frisia debía de haber llamado la atención como el proverbial perro verde. Incluso en Ámsterdam, Floortje hubiese destacado como una exótica beldad, como una orquídea entre un montón de margaritas.

—¿Y por qué Batavia? —preguntó Jacobina en tono cauteloso—. ¿Por qué no Ámsterdam, sencillamente?

Floortje parpadeó y le lanzó una mirada de reojo. Tanto la chaqueta gris, que pese a los cálidos rayos del sol llevaba abotonada hasta el cuello, como también la falda del mismo color eran muy sencillas, menos elegantes que prácticas, al igual que los zapatos negros que asomaban por debajo del dobladillo. Como si con ello Jacobina van der Beek procurara dar a entender que no adjudicaba ningún valor a todos esos volados, las puntillas, los ribetes y los bordados, a los colores y los motivos estampados que deleitaban a Floortje. Sin embargo, a juzgar por lo que de momento había visto de la ropa de Jacobina, estaba confeccionada a medida con tejidos evidentemente costosos. Floortje pasó una infancia y una adolescencia sobreprotegida, en un hogar familiar pudiente, en el que un mobiliario exquisito, gruesas alfombras y cortinados apagaban voces y pasos; clases particulares de baile y otras materias, paseos en carruaje y bailes, reuniones para tomar café y té y veranos junto al mar. Una vida tan inmaculada como las almidonadas blusas blancas de Jacobina, una vida entre sus iguales.

—¿Y por qué no? —replicó y se acurrucó entre los cojines de la tumbona.

Jacobina la contempló atentamente; durante unos instantes le había parecido mayor, más adulta, casi madurada por el tiempo y sin embargo debía de tener la misma edad que Martin, el hermano menor de Jacobina, tal vez dieciocho o diecinueve años, en ningún caso más. Más joven de lo que Jacobina jamás había sido; no podía recordar que alguna vez ella misma hubiera recorrido la vida con tanta despreocupación y arrojo.

—¿Y tu familia te dejó marchar, así, sin más?

Floortje permaneció inmóvil; su rostro adoptó una expresión fría y se alisó como una máscara que en cualquier momento podía estallar. Pensó en los documentos que guardaba en su maleta, en los que figuraba como mayor de edad. En el fajo de billetes y en el pasaje a Batavia. Y en aquello que había hecho para obtenerlos, cuando en realidad solo era su derecho. Para dejar atrás el desgarro que vivió en su vida y que había arrojado una parte de sí misma a la oscuridad. En todas las lágrimas, las situaciones y las palabras horrendas. En el dolor, la vergüenza y la culpa. Cuando alzó la voz las palabras no brotaron suaves y blandas sino en un susurro duro y seco.

—Ya no tengo familia.

Soltando un salvaje alarido de indio que asustó a todos los que estaban en cubierta, el pequeño Joost Verbrugge se acercó corriendo, se abalanzó sobre su hermana y la amiguita de esta y les arrancó una de las muñecas agarrándola por los cabellos. La señora Verbrugge dejó caer la carpetita de ganchillo y logró agarrar a su hijo de la manga de la camisa. Entre reprimendas a voz en cuello, la sonora bofetada, los gritos del niño y los sollozos de ambas niñas, el sonido de la campana que convocaba a los pasajeros al segundo desayuno casi resultó inaudible.

Floortje abrió los ojos, volvió la cabeza y sonrió a Jacobina.

—Estoy muerta de hambre.

3

—¡Mira, allí! ¡Y también allá!

Floortje a duras penas lograba quedarse quieta. Aún más que los pequeños Verbrugge y Ter Steege, presionados contra la borda con los ojos muy abiertos, señalando allí y allá con sus deditos acompañados de gritos de entusiasmo y exigiendo explicaciones de sus padres, ella no lograba contener sus brincos de entusiasmo.

—Allá, ¿lo ves? ¡A que es absolutamente maravilloso!

Jacobina se limitó a asentir con la cabeza; no se cansaba de contemplar las maravillas que se extendían ante su vista y que no dejaban espacio para las palabras.

Si bien el día anterior el puerto de Génova y su animado muelle, además de las casitas de color ocre, pardo y terracota pegadas unas a las otras bajo el techo de tejas, habían ofrecido un panorama encantador, la vista sobre Nápoles poseía un encanto muy particular. De color crema, amarillo pálido, rojo carmín y rosa palo, los palazzi y sus ventanas idénticas se extendían a través de la ciudad; fachadas de sencilla elegancia meridional no afectadas por el deterioro, que más bien les proporcionaba un encanto embriagadoramente mórbido.

En todas las direcciones se apretujaban casas estrechas entre las que avanzaban sinuosas callejuelas, y en los tejados y las cúpulas de las iglesias brillaba el sol. Una fortaleza, en parte gris amarillenta por los años, en parte de un blanco deslumbrante, vigilaba la ciudad desde una colina ligeramente arbolada. Junto al puerto también se elevaban dos castillos de sólidas torres defensivas, desgastadas por el viento y la lluvia pero colosales, vigilando el ir y venir en la bahía. E incluso sin dirigir la mirada hacia ellas, Jacobina percibía el color de las aguas: un azul tan resplandeciente y penetrante que agitaba el aire y causaba un hormigueo en la piel.

Soltando un largo suspiro de deleite, Floortje observó como una docena de pequeñas barcas de pescadores se alejaban del muelle, surcaban las aguas y se acercaban al casco del buque de vapor. Hombres morenos de amplias camisas y pantalones cortos, mujeres de rizos oscuros envueltas en blusas sueltas que llevaban delantales por encima de sus faldas multicolores ofrecían racimos de uvas y cestas de albaricoques y melocotones, y el vello plateado de su piel aterciopelada brillaba bajo el sol; el dorado de naranjas y mandarinas, el rojo jugoso de las sandías abiertas y el delicado rosa y verde de los melones... Los gritos sonoros de Frutta! Frutta fresca! Frutta! se confundían con los de Fiori belli! Fiori! de los vendedores, que agitaban preciosos ramos por encima de su cabeza. Sus gritos chocaban con los de la tripulación, se confundían con los de los pasajeros apiñados junto a la borda y con el bullicio del puerto donde pululaba la multitud ajetreada. Un bastidor sonoro y temperamental de contagiosas ganas de vivir, de vez en cuando apagado por la ensordecedora sirena de un barco que zarpaba antes de volver a caer sobre el muelle.

De las barcas de pescadores surgía la música temblorosa de las cuerdas; los cálidos sonidos de las guitarras se derramaban, y también los de los laúdes y los trinos de las mandolinas se multiplicaban y se espesaban formando una melodía acompañada por las voces de los músicos.

—Io t’aggio amato tanto, si t’amo tu lo ssaje... —Una canción cuya melodía y cuyas palabras eran tan vigorosas y ardientes como melancólicas y nostálgicas—. Io te voglio bene assaje... e tu non pienze a me!

Cuando Floortje la cogió de la mano, Jacobina dio un respingo; retiró el brazo, quería desprenderse de los dedos extraños, del roce demasiado confianzudo, como si fuese un insecto molesto. Pero Floortje no la soltó y se aferró a Jacobina presa de la excitación con una expresión absorta y nostálgica en el rostro, un eco múltiple y demasiado sonoro de lo que sentía la propia Jacobina, profundamente oculto en su interior como para salir a la superficie y sin embargo convertido en titubeante resonancia. Los músculos entumecidos de sus dedos se aflojaron y se quedó quieta.

Un carraspeo a medias reprimido hizo que ambas se separaran y se volvieran. A sus espaldas se encontraba el señor Aarens procurando permanecer erguido y, enfundado en su traje que no le sentaba nada bien, se asemejaba más que nunca a un alumno de instituto que había crecido demasiado rápido.

—Per... perdone la molestia, apreciada señorita Dreessen —dijo, abochornado.

Por encima de su hirsuta barba destacaban manchas rojas, y con gesto torpe se acomodó el nudo de la corbata antes de quitarse el inevitable bombín con tanta violencia que algunos mechones de sus revueltos cabellos castaños se erizaron.

—Me he permitido —dijo e inclinó el desgarbado cuerpo en un torpe saludo—... me permite que le ofrezca este... —añadió y estiró la mano que antes había ocultado tras la espalda. En ella sostenía un pequeño ramito de flores y se lo tendió a Floortje.

—¡Oooh! —murmuró Floortje con mejillas sonrosadas y ojos brillantes—. ¡Muy amable de su parte! —añadió y con gesto casi ceremonioso cogió el ramito de rosas silvestres, amapolas y lirios, entretejido de ramas de lavanda y romero—. Adoro los lirios —susurró; sumergió la cara en los suaves pétalos y luego le lanzó una sonrisa deslumbrante al señor Aarens—. ¡Muchísimas gracias!

Aarens se ruborizó aún más al tiempo que, visiblemente, intentaba hallar una respuesta adecuada mientras se henchía de orgullo —por haber cobrado el valor de ofrecer ese obsequio a la señorita Dreessen, que encima fue recibido con semejante benevolencia—, hasta que los botones de su desgastada chaqueta se tensaron por encima de su flaco torso.

Jacobina se apartó bruscamente. Siempre eran las otras las que recibían flores, siempre había sido así; era curioso que todavía le diera tanta importancia. Enderezó los hombros y se alejó con pasos rígidos, procurando hacer oídos sordos a las palabras de Floortje, que la llamaba.

—¡Aguarda, Jacobina! ¡Aguarda! —La otra le dio alcance jadeando, la cogió del codo y la miró, preocupada—. ¿Qué pasa?

—Nada —contestó Jacobina, se soltó y quiso seguir andando.

Floortje se situó frente a ella.

—Espera. Toma, mira —dijo y desprendió una rosa blanca de delicadas estrías rojas del ramo y se la tendió—. Esta es para ti.

Muda, Jacobina clavó la mirada en la flor. Era como si fuera un símbolo de aquello con lo que debería haberse conformado: las migajas dejadas por otros.

—Quédatela —dijo por fin en tono áspero—, no la quiero.

Con el ceño y la boca fruncidos, la mirada de Floortje osciló entre la rosa y Jacobina; estaba más desconcertada que ofendida.

—¿Pero por qué no?

—¡Pues porque no!

Al ver que Floortje agachaba la cabeza, el estómago de Jacobina se encogió.

—¿No crees... no crees que podríamos ser amigas? —susurró Floortje con la vista clavada en el ramo que sostenía en las manos.

«Amigas.» Tras Betje y Johanna, Jette y Henny; ante todo tras Tine, esa palabra había adquirido un regusto agrio, casi rancio. Jacobina tragó saliva.

—Una amistad no se decide así, sin más —dijo en tono frío e instructivo.

—Pero se puede intentar, ¿verdad? —preguntó Floortje y alzó la mirada—. Al fin y al cabo todavía pasaremos tres semanas juntas en este vapor. Si después comprobamos que no nos soportamos, seguro que una vez llegadas a Batavia podremos evitarnos con mucha facilidad —añadió y las chispitas que hacía un momento brillaban en sus ojos se apagaron y dieron lugar a una silenciosa seriedad.

Jacobina esquivó la mirada de esos ojos azules que parecían tan vulnerables. «Ya no tengo familia.» Se sentía avergonzada por enfrentarse a Floortje con tanta aversión, cuando ella misma sabía demasiado bien lo que significaba ser juzgada solo por su aspecto.

—Pero si no tenemos nada en común —contestó.

—¡Oh, sí! —replicó Floortje soltando una carcajada—. Ambas viajamos solas y ambas partimos para hallar la felicidad en tierras lejanas. ¡Eso debería unirnos!

Con los ojos entrecerrados, Jacobina vio que Floortje le dedicaba una sonrisa radiante, con la cabeza ladeada, segura de sí misma, pero también tímida y absolutamente dulce y afectuosa. Del mismo modo que en los escasos días transcurridos a bordo había logrado hechizar a casi todos los pasajeros; incluso el permanente comentario de la severa madre de la señora Ter Steege: «descarada, sencillamente descarada», había enmudecido ante las sonrisas y los halagos de Floortje y se redujo a unas pocas miradas de desaprobación. Jacobina no quería dejarse enredar del mismo modo. No una vez más...

—Tal vez —dijo, encogiéndose de hombros.

Floortje dividió el ramo en dos partes y quitó el hilo que unía los tallos.

—Toma. Estas son para ti, de mi parte —dijo y el gesto con el que le tendió el ramito a la otra se volvió más insistente—. ¡Cógelas de una vez! ¡Tengo más que suficientes!

Como si la mano ya no la obedeciera, Jacobina cogió la mitad del ramo.

—Gracias —graznó.

—¡Las pondré en agua, regresaré de inmediato! —gritó Floortje en tono alegre y se alejó a toda prisa.

Jacobina no lograba despegar la vista de las flores que sostenía en la mano. De esos fragmentos multicolores de un jardín silvestre y meridional formados por sedosos pétalos blancos, rojo escarlata y rosados, rodeados de hojas verdes y diminutos cálices lilas de los que surgía un aroma embriagador, dulce y fresco, y al mismo tiempo picante y espeso que le hacía cosquillas en el estómago. Sus labios temblaron y también su pecho, al principio de manera vacilante y luego más intensa: como un polluelo que utiliza las alas por primera vez.

La señora Ter Steege alzó la vista de su plato de postre donde reposaban uvas, trozos de melón y mitades de melocotones, y sonrió a Floortje.

—Una vez que se haya instalado en Batavia, ¿vendrá a visitarnos de vez en cuando?

Su cordialidad hizo que su rostro redondeado pareciera aún más suave y sus ojos azules adoptaran un brillo mayor.

Su madre, la severa señora Junghuhn, se quedó de piedra y lanzó una mirada de consternación a su hija y luego una de advertencia a la señorita Dreessen, bajo la cual Floortje encogió la cabeza antes de contemplar primero a la señora Ter Steege y después a su esposo.

—No sé —contestó en tono inseguro—, si debo aceptar una invitación tan generosa... —añadió, manifestando su objeción con mirada interrogativa.

Una sonrisa afloró en el rostro barbudo del señor Ter Steege, mientras apoyaba la jarra de cerveza en la mesa.

—¡Por supuesto que puede aceptarla! En Java solemos escribir la palabra «hospitalidad» con mayúscula.

—Nos alegraría muchísimo recibirla en nuestra casa —insistió la señora Ter Steege y dio un golpecito en los dedos a Lijsje, que hacía un buen rato se dedicaba a formar diversos motivos con las pieles de las naranjas, los rabitos de las uvas y los huesos de los melocotones en su plato. La niña se puso de morros, se dejó caer hacia atrás en la silla y empezó a balancear las piernas con expresión aburrida; su madre la instó a enderezarse.

—También siempre será bienvenida en nuestro hogar —afirmó la señora Rosendaal desde la mesa vecina, haciendo caso omiso de los resoplidos malhumorados de su hermana menor.

—Nosotros los holandeses hemos de permanecer unidos en el extranjero —manifestó el mayor en tono cordial y guiñó un ojo a Floortje.

Esta los contempló a todos con mirada incrédula pero presa de la satisfacción, y antes de que una sonrisa le iluminara el rostro y presionara las manos contra el pecho comprobó que la expresión de la señora Junghuhn se tornaba aún más adusta hasta que sus labios solo formaron una estrecha línea.

—¡Es muy amable de su parte, muchas gracias! ¡Acepto su invitación con mucho gusto!

—Admiro su valor —dijo la señora Ter Steege y sentó a la pequeña Kaatje, que ya se frotaba los ojos con el dorso de la mano, en su regazo—. Un viaje tan largo hasta un país extranjero, así, al azar... ¡una muchacha tan joven como usted! A su edad jamás hubiera tenido tanto valor...

—Los tiempos cambian —afirmó el señor Ter Steege, contemplando la jarra de cerveza—. Es muy necesario que llegue sangre fresca a Java. Sangre holandesa. Los tiempos en los que resultaba aceptable que un funcionario o un cultivador y sus empleadas malasias...

—¡Calla, Hermann! —lo interrumpió su mujer visiblemente abochornada y lanzando una mirada de disculpa a los demás.

El señor Ter Steege carraspeó y se tragó el resto del comentario junto con el último sorbo de cerveza.

Durante un momento un silencio incómodo reinó en el comedor. El tictac del reloj parecía muy sonoro, aún más que el permanente retumbo de las máquinas, y también más acelerado, como si tratara de generar un tema de conversación menos conflictivo. Solo los cuatro reclutas sentados a otra mesa aguzaron los oídos y se removieron inquietos en sus sillas intercambiando miradas elocuentes, y Lijsje y Joost empezaron a sacarse mutuamente la lengua.

—¿Ya sabe dónde se alojará? —dijo la señora Ter Steege por fin de forma amable y dirigiéndose a la señora Verbrugge.

—Sí, mi marido ha alquilado una casa para nosotros. ¿Dónde se encuentra, Gerrit?

—A orillas del canal Molenvliet.

—¿En el extremo norte o en el sur?

—Lo principal es que esté lo más lejos posible de la benedesntaat, sucia, ruidosa y...

—Si requiere personal, estaría encantada de...

Jacobina solo escuchaba a medias. Al tiempo que quitaba las pieles blancas de los gajos de mandarina, pensaba en lo poco que sabía acerca de su nuevo hogar. Lo que había leído y oído al respecto, pues lo que había visto en las imágenes solo le proporcionó una imagen aproximada. La de una isla tropical de selvas impenetrables, campos de arroz y plantaciones de té en las colinas altas y desnudas. Una isla verde y frondosa entre muchas, innumerables, islas diseminadas en el océano por la mano del Creador como astillas de esmeralda. Una cámara del tesoro, donde abundaban el té, el café, la quinina y las especias. Un Jardín del Edén en el fin del mundo, domesticado y vuelto todavía más floreciente por los señores de los mares.

Su idea de cómo sería vivir allí era menos vaga y se sentía inquieta. Y su inquietud aumentaba con cada día que se aproximaba a la meta, pero no le había quedado otra opción, no si aún quería extraer algo más de su vida, algo distinto a la mera existencia, que no había sido mala pero tampoco buena, sino gris, desconsolada y carente de sentido.

Notó que la miraban y alzó la vista. Sin que los adultos —que intercambiaban recomendaciones, consejos y preguntas— lo notaran, el pequeño Joost aguzaba los oídos. Agitaba la cabeza al tiempo que ponía los ojos en blanco y sacaba la len­gua a Jacobina. Esta esbozó una sonrisa y se inclinó hacia atrás para alejarse del campo visual de sus vecinos de mesa y le devolvió la mirada retadora, bizqueando hasta que todo se volvió borroso. Joost la imitó: sus dedos se relajaron, bajó la barbilla, clavó la mirada en Jacobina y durante un instante dudó entre echarse a llorar o a correr soltando gritos. Entonces una risita se abrió paso en su garganta, que finalmente se convirtió en una sonora carcajada hasta que se retorció en la silla tratando de tomar aire.

—... en todo caso, hemos de... ¡Santo Cielo! ¿Y ahora qué sucede? —exclamó la señora Verbrugge dirigiéndose a su hijo y suspirando—. Discúlpeme un momento, debo acostar a los niños. Normalmente, a esta hora hace tiempo que están dormidos.

Se puso de pie, cogió en brazos a Tressje, que se había dormido en su silla, y tomó a Joost de la mano. El niño solo se alejó de mala gana sin dejar de lanzar una gran sonrisa a Jacobina, quien a su vez volvía a dedicarse a pelar la mandarina con la vista baja, al tiempo que un aleteo alegre y desconocido le agitaba el estómago.

Floortje mantenía la vista clavada en la oscuridad nocturna del camarote; no lograba conciliar el sueño pese al suave balanceo del barco y al monótono zumbido de las máquinas; tampoco la pesada respiración que surgía de la otra litera, que luego se convertía en profundos ronquidos: los latidos de su corazón eran demasiado intensos y una sonrisa no dejaba de iluminarle el rostro. Haber recibido las primeras invitaciones de familias respetables incluso durante la travesía era algo que no había imaginado ni en los sueños más audaces acerca de su nueva vida. Gracias a su relación con los Ter Steege y los Rosendaal, una vez llegada a Batavia ya habría puesto un pie en la puerta y, gracias a ello, pronto haría nuevas amistades y quizá también entablaría una amistad con Jacobina y la «familia de oficial bien situada» con la cual ella se hospedaría...

Al pensar en Jacobina, la sonrisa de Floortje se volvió aún más luminosa. El motivo de su repentina huida esa tarde en cubierta resultó fácil de adivinar: Floortje había visto el ansia asomada a su mirada. Esa ansia poderosa e insaciable por obtener afecto y atención que ella misma ya conocía demasiado bien. Y el dolor que causaba que otro resultara preferido y que era tan difícil de diferenciar de la envidia. El rechazo paralizó el rostro de Jacobina cuando ella le tendió las flores, pero el fulgor de sus ojos la delató y proporcionó a Floortje una alegría casi infantil.

Le hormigueaba el estómago, sentía una euforia infinita que le llegaba hasta la punta de los pies. Tenía tantas ganas de dar rienda suelta a su alegría, bailar dentro del camarote y cantar a voz en cuello, que permanecer quieta y tendida suponía una tortura. Sin embargo, la señorita Lambrechts, la hermana menor de la señora Rosendaal, tenía un sueño ligero y de todos modos no disimulaba cuán molesta le resultaba la presencia de Floortje en el camarote que ambas debían compartir durante la travesía.

Floortje era demasiado astuta para devolverle las pullas —que la otra soltaba como por casualidad— con la misma moneda: no quería estropear la relación con los Rosendaal, porque había demasiado en juego. Encogiéndose de hombros, dejaba pasar los mordaces comentarios acerca del tiempo que dedicaba ante el espejo y el tocador y la atención indecente que provocaba su aspecto, disfrutando secretamente de las miradas penetrantes que la señorita Lambrechts deparaba a la delicada ropa interior de Floortje, rica en volantes y puntillas, y a sus vestidos ligeros de colores frescos. Y dado que la señorita Lambrechts era incapaz de dormir con la lámpara encendida y siempre estaba dispuesta a quejarse de la desconsideración de la señorita Dreessen, antes de acostarse esta solía andar por allí por las noches hasta una hora que consideraba adecuada y luego se deslizaba bajo la sábana de su litera, apagaba la luz y soñaba con no volver a verse nunca más obligada a compartir un camarote para ahorrar dinero.

La inquietud de Floortje dio paso a un ardor insoportable y la oscuridad que la envolvía se tornó un tanto angustiante. El corazón le latía como un caballo desbocado y por fin adoptó un ritmo apresurado que le causó un dolor en el pecho y le impedía respirar. La noche la atemorizaba.

No del mismo modo que de pequeña, cuando sentía temor frente a los monstruos y los espantajos que merodeaban por las noches: lo que más la aterraba era la silenciosa negrura, la oscuridad y sus sombras invisibles, solo perceptibles. La misma que convocaba imágenes, voces y olores, que rozaba viejas heridas e impedía cualquier olvido.

Floortje se acurrucó y abrazó la almohada, la presionó contra su pecho y hundió la cara en ella. Algún día lograría olvidar, algún día el pasado ya no ejercería su poder sobre ella y tal vez un día incluso la noche dejaría de aterrarla.

La pequeña lámpara por encima de la litera solo emitía una luz tenue y dejaba la mayor parte del camarote —que Jacobina ocupaba a solas— a oscuras. Envuelta en su amplio camisón de manga larga, con los cabellos severamente trenzados y la cabeza apoyada en una mano, se había vuelto hacia la pared. Un pequeño nicho en el revestimiento de madera albergaba el vaso con el ramito de flores y la tablilla a media altura evitaba que se volcara en caso de que el suave balanceo que agitaba la superficie del agua en el vaso diera paso a una marejada más violenta. La luz tenue absorbía los colores de los pétalos y hacía que semejaran de cera, pero para Jacobina aún parecían resplandecer desde el interior y de vez en cuando percibía su delicado perfume.

Hacía mucho tiempo que no recibía un regalo que hubiese significado tanto para ella. No era lo mismo que recibir flores de un caballero, pero que Floortje hubiera notado cuánto lo ansiaba y que hubiese compartido esa atención del señor Aarens con ella le confería un valor especial. Educada desde niña a ser desinteresada, pero siempre atrapada en la sensación de quedarse con las ganas, Jacobina dudó que, en lugar de Floortje, ella hubiera actuado de la misma manera. Cada vez que pensaba en ello se avergonzaba un poco, pero sobre todo volvía a emocionarse.

Jacobina suspiró y se tendió de espaldas. «Ojalá pudiera estar segura de que la cordialidad y simpatía de Floortje son auténticas y que no ocultan compasión o malicia», pensó. Como antaño, en el caso de Tine. Apoyó el antebrazo en la frente como para protegerse de un golpe y clavó la vista en el techo.

Solo de mala gana había acompañado a su madre a tomar café en casa de los Haas. Desde que Betje, Johanna, Jette y Henny se habían alejado de ella, la vieja solterona incapaz de participar en la conversación cuando esta trataba del matrimonio y los niños, las ganas de asistir a dichas reuniones se habían reducido todavía más. Fue gracias a Tine que esas horas, en el salón de la Prinsengracht, se volvieron inesperadamente entretenidas. Tine Westerveldt, con sus rubios y sedosos cabellos, y la tez y la talla de una figurilla de Meissen, de ojos tan azules como la decoración de la porcelana de Delft en la casa de los Van der Beek dirigidos sobre ella brillando de curiosidad, mientras sonreía, conversaba y se las ingeniaba para sonsacarle algunas cosas acerca de ella misma. Ambas leían los mismos libros, a ambas les gustaba tanto Schubert como Beethoven y se reían de los mismos chistes. Entre los cortinados de terciopelo y las gruesas alfombras —que despedían un olor a indolente opulencia, como si el aroma del café y el cacao con los que comerciaban los Haas las hubieran impregnado y se hubiese vuelto rancio y polvoriento—, Tine había sido como un soplo de brisa fresca. Bertha van der Beek, aliviada porque su hija convertida en ermitaña osaba asomarse un poco fuera de su cascarón, no tuvo el menor reparo cuando ambas intercambiaron sus direcciones antes de despedirse y se escribieron, y que por fin Tine acabara por ser un huésped frecuente en la Nieuwe Herengracht. Aquel verano Jacobina floreció, feliz de haber encontrado una amiga con la cual compartía las mismas ideas y que no solo se llevaba bien con sus padres sino también con Henrik y Martin. Y se había alegrado de corazón cuando en el transcurso de aquel verano un delicado vínculo se creó entre su hermano mayor y Tine, y en otoño ambos se comprometieron con el beneplácito de sus padres.

Al recordar aquel día de otoño, Jacobina se apretujó contra la almohada y se cubrió con la sábana hasta la nariz.

«¿Acaso ha de acompañarnos a todas partes?» De pie en el umbral del salón, Tine solo había susurrado esas palabras, pero el vestíbulo alto y amplio las había transmitido escaleras arriba, donde Jacobina se había detenido en el descansillo con los guantes y el sombrero en la mano. Había accedido con mucho gusto a la propuesta de Henrik de acompañarlos a él y a Tine a visitar la casa que habían escogido como su futuro hogar. Antes de que su madre le encargara de modificar, ampliar y finalmente redactar de nuevo las listas de la boda en primavera. La respuesta de Henrik empezó siendo un gruñido y solo comprendió lo siguiente: «... pero si no tiene a nadie más». Jacobina se ruborizó y tragó saliva. «¿A fin de cuentas es tu amiga, no?» Entonces Tine murmuró unas palabras, disgustada; luego, cuando alzó la cabeza y contempló a Henrik, lo que añadió con un ronroneo cariñoso resultó aún más audible: «¡Tenía que hacer algo para llamar tu atención! Todos a quienes pregunté por ti decían que Henrik van der Beek solo se dedicaba a trabajar y no salía a divertirse. Si no me hubiera colgado de tu hermana, nunca habrías notado mi presencia.»

Henrik se limitó a reír sin malicia, como mucho con halago y, a diferencia de su habitual actitud formal, había dado un sonoro beso a su prometida.

Jacobina sintió náuseas. En aquel momento deseó que un abismo se abriera a sus pies y la devorara; cegada por el dolor y el bochorno, se había escurrido hasta su habitación y había llamado a la criada para que la disculpara: de pronto le dolía la cabeza. Cuando más adelante Jacobina se apartó de ella, Tine jamás mencionó el tema. Es más: parecía aliviada de haberse deshecho del peso que suponía mantener la fachada de esa amistad que nunca había existido, que se limitó a ser un medio para alcanzar un fin.

Jacobina volvió la cabeza y contempló las flores en el nicho. No era tan ingenua como para creer que todo cambiaría de un día para otro solo porque había hecho las maletas y daba la espalda a su vida anterior. No obstante, el ramito de flores era como un rayo de esperanza: que allí fuera, en el extranjero, lejos de la elegante sociedad de Ámsterdam, quizás existiesen una o dos personas que la apreciaran. Para quienes no sería como una jarra de leche aguada que ya empezaba a agriarse.

Como si la hubiesen descubierto deseando algo que no le correspondía, se incorporó con rapidez y apagó la luz antes de acurrucarse bajo la sábana con el corazón palpitante y un hormigueo en el estómago.

4

Nada de los matices cambiantes del azul del cielo y del mar indicaba que habían dejado atrás Europa; solo los rayos cada vez más potentes del sol atestiguaban que las máquinas del buque a vapor ya los habían transportado a Oriente.

Sin la variación que suponía el panorama de las rocosas costas y las áridas islas a veces semiocultas tras la bruma, Jacobina se sumió en un estado de agradable pereza. Se conformaba con contemplar el cielo desde su tumbona habitual y deslizar la mirada por encima de la superficie ligeramente rizada del mar; pasaba horas con el libro abierto en las rodillas sin echarle un vistazo, hacía varios días que no avanzaba más allá del primer párrafo leído. De vez en cuando vagas ideas cruzaban su mente como jirones de nubes flotando en el cielo, igual de deshilachadas e inasibles.

Durante unos momentos observó como Kaatje, Tressje y Lijsje jugaban con sus muñecas.

—Cuando lleguemos a Batavia seguro que podrá decorar su nueva casa con todas esas cosas —dijo Floortje en voz baja.

Jacobina echó una mirada con disimulo por encima del hombro: la señora Verbrugge estaba sentada bajo el alero, atareada en confeccionar más carpetitas a ganchillo; Jacobina calculó que ya iba por la octava desde el inicio del viaje hacía dos semanas y media. Con la vista dirigida sobre sus labores, escuchaba todos los consejos y recomendaciones que la señora Ter Steege no dejaba de darle, y de vez en cuando asentía. Con las manos gordezuelas plegadas en el vientre y la cabeza inclinada hacia atrás, la señora Junghuhn se había dormido en la tumbona junto a su hija. La señora Rosendaal leía y la mirada agria de la señorita Lambrechts se perdía en el vacío. La señora Teuniszen, de rasgos suaves, pálidos e infantiles en los que destacaban sus ojos ojerosos, rara vez las acompañaba; la marejada afectaba su estado de buena esperanza y pasaba mucho tiempo en su camarote.

Jacobina volvió la cabeza y Floortje también dirigió la vista al libro apoyado en su regazo, que había cogido del armario llamado, no sin exagerada ostentación, «biblioteca», repleto de ejemplares húmedos y mohosos. Con la rodilla plegada y sentada sobre ...