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ENCUéNTRAME EN EL CUPCAKE CAFé

Jenny Colgan  

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Fragmento

Título original: Meet me at the Cupcake Cafe

Traducción: F. Blasco

1.ª edición: noviembre 2012

© Jenny Colgan 2011

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.31137-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-165-1

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para todos los que relamen la cucharilla

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Agradecimientos

Un mensaje de Jenny

Nota de la autora

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Epílogo

Tus primeros pasteles

La boda real británica de 1981, y qué hice yo ese día

Fiesta callejera para celebrar una boda real

Notas

Agradecimientos

Mi gratitud muy especial para Ali Gunn y Jo Dickinson. También para Ursula Mackenzie, David Shelley, Manpreet Grewal, Tamsin Kitson, Kate Webster, Rob Manser, Frances Doyle, Adrian Foxman, Andy Coles, Fabia Ma, Sara Talbot, Robert Mackenzie, Gill Midgley, Alan Scollan, Nick Hammick, Andrew Hally, Alison Emery, Richard Barker, Nigel Andrews, y todo el maravilloso equipo de Little, Brown, premiada como mejor editorial británica del año en 2010. Gracias a Deborah Adams por la corrección de estilo.

Y también: a las maravillosas Cruzadas de la Repostería (Caked Crusader), cuya verdadera identidad JAMÁS debe ser revelada, y que pueden ser visitadas en su página <www.thecakecrusader.blogspot.com>; a la gente de la Pâtisserie Zambetti, cuyo repertorio completo de recetas he estado llevando a la práctica, disfrutando de lo lindo con sus sabrosos resultados, y que siempre se ha mostrado amistosa, sonriente y generosa a la hora de ofrecer una taza de café y una porción de pastel de vainilla (¡perdón, quiero decir millefeuille!) cuando me acercaba allí una mañana lluviosa. Gracias a Geri y Marina, y su magnífico almuerzo, y a Lise, la mejor compañera de trabajo del mundo entero; como siempre, gracias también a las familias Waring, Dingle, Lee-Elliott y McCarthy, por su amistad y amabilidad. Y a Mr. B, y a los tres pequeños B.: os quiero a morir y estoy convencida de que todos y cada uno de vosotros sois absolutamente fenomenales. Pero eso sí que no; no podéis tomar otro pastel; estropearíais la cena. Nadie, ni siquiera tú, gran yin.

Un mensaje de Jenny

Marché de casa justo cuando iba a cumplir los diecisiete años. Antes de irme hubiese dicho ante la familia que pensaba aprender a cocinar o a hacer repostería, mis palabras habrían sido recibidas con un encogimiento generalizado de hombros y un notable desdén por mis ideas típicamente adolescentes. De pequeña yo era una cría de esas que se ponen pesadísimas a la hora de comer: ¡ni siquiera me gustaba la tarta de queso! Y como estudiante, ya de joven, vivía a base de la clásica dieta formada por patatas fritas, judías, chiles y unas buenas jarras de cerveza con limonada.

A los veintiún años, mi novio de entonces opinaba que era literalmente espantoso que yo fuese por completo incapaz de cocinar nada de nada, así que tuvo que ser él quien, de puro cabreado, me diera lecciones y me enseñara a hacer una salsa blanca para el pescado. A partir de ese momento di en cocina un paso adelante y dos hacia atrás. Preparaba una sopa de cebolla en la que no era capaz de comprender que había que hacer algo con las cebollas antes de echarlas al agua hirviendo; una tarta de limón en la que el exceso de bicarbonato sódico reaccionaba con el ácido de los limones de tal manera que el resultado se parecía a la composición química del yeso. Y, encima, y este problema sigue persiguiéndome incluso ahora, tengo unas nueve mil recetas de rosquillas que ya no utilizo porque, por mucho que emplee agua tónica, leche batida, temperatura ambiente y esto o lo de más allá, al final nunca consigo que en la fuente del horno haya nada que no sea un montón de porciones de una masa sin sabor y durísima. Mi mamá, que era una repostera de primera categoría y hacía unos bollos maravillosos, que permitía que me sentara en cualquier silla de la cocina y me pusiera a relamer el brazo de la batidora mientras ella preparaba sus maravillosos pasteles, tarteletas y cupcakes, siempre ha insistido en que deje de hacer bollos, que sería mejor que comprara la masa preparada que venden en el súper, cosa que hoy en día hace incluso ella. Pero yo sigo empeñada en intentarlo.

En fin. Después tuve hijos, y como sentía un deseo desesperado de asegurarme de que los pobrecitos no sufrieran la clase de horror que padecen los niños a los que no les gusta comer nada, quise ofrecerles el más amplio repertorio posible de sabores que estuviera a mi alcance. Lo cual, naturalmente, suponía que tenía que aprender a cocinar.

Hay personas que tienen el don innato de la cocina. Mi cuñada es una cocinera extraordinaria. Dale diez minutos en cualquier cocina y se las arreglará para, como si fuese por arte de magia, producir de la nada una comida maravillosa, y si la observas ves cómo va probando los sabores, cómo va cambiando y rectificando, todo de manera improvisada. Jamás seré una de esas personas. Todavía me pongo furiosa cuando mi marido sirve remolacha.[1]

Pero finalmente he acabado siendo capaz de preparar comida sana y sabrosa para mi familia (olvidemos de momento el terrible incidente de aquel pescado que cociné sin haberle quitado las tripas, por favor), y por aquello de que ya estaba metida en la cocina, y tras comprobar que teníamos robot, tampoco lleva tantísimo tiempo al fin y al cabo preparar un buen bizcocho de chocolate o unas galletas de mantequilla de cacahuete. Creo firmemente en el mantra de Jamie Oliver, que dice: «No importa lo que comas; basta con asegurarte de que lleve el menor número posible de ingredientes.» Por eso, aunque tengo la sensación de vivir a toda velocidad, he acabado comprendiendo que si dispones de media hora es más que suficiente para pillar un poco de harina, azúcar, mantequilla y un huevo, y preparar unos cuantos cupcakes empleando la más sencilla de todas las recetas del mundo, y tratando de parecer, mientras cocino, que soy tan guapa como esa cocinera de la BBC que se llama Nigella Lawson (aunque, por desgracia, sin esos rizos suyos tan relucientes ni esos pechos tan esplendorosos). Por supuesto, los niños están seguros de que van a disfrutar de la buena repostería y preguntan a voz en grito qué habrá hoy para cenar, y se pelean a ver a quién le toca hacer funcionar el robot, igual que nosotros de pequeños nos peleábamos por la batidora, pero no importa. Lo que importa es que me pongo a hacer repostería porque me gusta.

Hasta que de repente tuve la sensación de que yo no era la única. Empezaron a proliferar en Inglaterra unas cafeterías especializadas en acompañar la bebida con unos cupcakes, y cuando empezaron a poner en la tele ese fantástico programa sobre repostería que se llama The Great British Bake-Off, me quedé pegada a la pantalla. Ahora existe incluso un festival anual del cupcake: <www.cupcakecamplondon.co.uk>. La historia de Issy que cuento en esta novela me la inspiraron todos estos nuevos acontecimientos y, en especial, mi deseo de hacer cosas dulces para las personas a las que amo.

Confío en que a vosotras, mis lectoras, también os guste, tanto si ya sois aficionadas a usar el horno para hacer pasteles como si estáis empezando a pensar que un día de estos vais a probar de hacer el primero (al final del libro encontraréis una fantástica guía para principiantes), o incluso si me decís que: «Ah, no. Por ahí no pienso pasar. ¡En la vida!», que es lo que yo dije durante mucho tiempo, o si sois sencillamente consumidoras que no quieren complicarse la vida. Así que, acercaos todas, traed una silla...

Con mis mejores deseos,

Nota de la autora

He probado todas las recetas que salen en el libro (aunque, ojo, a la hora de aplicar los tiempos de cocción recordad que mi horno no es de esos nuevos que llevan ventilación incorporada), y todas están para chuparse los dedos. Menos un par de ellas, la Tarta Carolina de Salvado de Trigo, y el Cupcake Sorpresa de Zanahoria: ahí estáis solas ante el peligro. He convertido todas las medidas, incluso las del abuelo Joe (no se lo digáis, o se enfadaría conmigo), al sistema de pesos y medidas de los europeos. Carolina mide a base de «tazas». Ella es así.

J. C.

1

Scones con mermelada

200 g de harina con levadura incorporada

25 g de azúcar refinado

1 huevo. O cuatro huevos si tienes por ahí varios críos de menos de siete años.

Medio litro de leche entera. Reserva un vaso para mojar los bollos cuando ya los tengas horneados y listos.

Un pellizco de sal. ¡Issy, he dicho un pellizco! Un pellizquito de nada solamente, por favor. No tanto. ¡Menos! Uf, demasiada sal. En fin.

Pon todos los ingredientes en un cuenco, en seco, y revuélvelos bien.

Haz en el centro un pozo. Un pozo, sí, eso de donde se saca el agua. Exacto. Deja caer el huevo en medio del pozo. ¡Bravo! Y ahora echa dentro la leche.

Bátelo todo a fondo. La masa resultante debe adquirir una consistencia cremosa. Si ves que hace falta, añade un poco más de leche.

Unta profusamente con mantequilla el fondo de una fuente para el horno previamente precalentada. Espera a que llegue el abuelo, y él la cogerá sin quemarse. Bien. Con una cuchara, deja que vaya goteando la masa que has preparado, poquito a poco. No te precipites. Bueno, si se te cae un poco de masa por los costados, no importa. Ahora viene el abuelo y él lo agarra, ayúdale si te parece. Sácala, y, ¡ya está!

Sirve con el resto de la leche, mantequilla, mermelada, crema de leche, lo que tengas en la nevera, y con un superbesazo en la frente como premio por haber sido tan buena chica.

Issy Randall volvió a doblar la hoja de papel y sonrió.

—¿Estás completamente segura? —dijo mirando a la persona que estaba sentada en el balancín—. ¿Toda la receta es esto?

El anciano asintió con la cabeza. Y luego alzó un dedo, cosa que Issy sabía que era señal de que iban a darle una charla.

—La verdad es que... —empezó a decir el abuelo Joe— cocinar al horno es...

—La vida —completó Issy la frase con impaciencia. Había escuchado este mismo discurso en muchas ocasiones. Su abuelo había empezado barriendo la panadería familiar a los doce años; con el paso del tiempo acabó siendo el responsable del negocio y llegó a tener tres grandes panaderías y pastelerías en Manchester. Solo sabía una cosa en la vida: usar el horno.

—El horno es la vida. La base misma de la vida es el pan, nuestra comida esencial.

—Y muy poco apropiado para ciertas dietas —dijo Issy alisándose la falda de pana sobre los muslos y soltando un suspiro. Estaba muy bien que su abuelo dijera esas cosas. Había sido toda su vida un tipo flaco como una sardina, gracias a que siempre se había alimentado a base de larguísimas jornadas de trabajo físicamente muy exigente, que empezaba con la operación de encender el horno todos los días a las cinco de la madrugada. Pero no era en absoluto lo mismo si usar el horno para repostería constituía un hobby, una pasión o, en cambio, tenías que pagar las facturas de fin de mes sentada en una oficina el día entero. Era bastante más complicado controlarse... Issy se puso a soñar en la nueva receta de crema de piña que había probado esa mañana. El truco consistía en dejar la suficiente cantidad del corazón de la piña natural para que el sabor tuviese el mordiente de su acidez, y evitando así que quedara todo demasiado meloso y dulzón. Todavía tenía que probarlo más veces hasta encontrar el punto exacto. Issy se acarició la abundante melena morena. Hacía un efecto magnífico en contraste con el verde de sus ojos, pero cuando llovía le quedaba el cabello hecho un desastre.

—Por eso insisto en que al describir lo que haces recuerdes que está

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