Loading...

ENCUéNTRAME EN EL CUPCAKE CAFé

Jenny Colgan  

0


Fragmento

Título original: Meet me at the Cupcake Cafe

Traducción: F. Blasco

1.ª edición: noviembre 2012

© Jenny Colgan 2011

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.31137-2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-165-1

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para todos los que relamen la cucharilla

Recibe antes que nadie historias como ésta

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Agradecimientos

Un mensaje de Jenny

Nota de la autora

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

Epílogo

Tus primeros pasteles

La boda real británica de 1981, y qué hice yo ese día

Fiesta callejera para celebrar una boda real

Notas

Agradecimientos

Mi gratitud muy especial para Ali Gunn y Jo Dickinson. También para Ursula Mackenzie, David Shelley, Manpreet Grewal, Tamsin Kitson, Kate Webster, Rob Manser, Frances Doyle, Adrian Foxman, Andy Coles, Fabia Ma, Sara Talbot, Robert Mackenzie, Gill Midgley, Alan Scollan, Nick Hammick, Andrew Hally, Alison Emery, Richard Barker, Nigel Andrews, y todo el maravilloso equipo de Little, Brown, premiada como mejor editorial británica del año en 2010. Gracias a Deborah Adams por la corrección de estilo.

Y también: a las maravillosas Cruzadas de la Repostería (Caked Crusader), cuya verdadera identidad JAMÁS debe ser revelada, y que pueden ser visitadas en su página <www.thecakecrusader.blogspot.com>; a la gente de la Pâtisserie Zambetti, cuyo repertorio completo de recetas he estado llevando a la práctica, disfrutando de lo lindo con sus sabrosos resultados, y que siempre se ha mostrado amistosa, sonriente y generosa a la hora de ofrecer una taza de café y una porción de pastel de vainilla (¡perdón, quiero decir millefeuille!) cuando me acercaba allí una mañana lluviosa. Gracias a Geri y Marina, y su magnífico almuerzo, y a Lise, la mejor compañera de trabajo del mundo entero; como siempre, gracias también a las familias Waring, Dingle, Lee-Elliott y McCarthy, por su amistad y amabilidad. Y a Mr. B, y a los tres pequeños B.: os quiero a morir y estoy convencida de que todos y cada uno de vosotros sois absolutamente fenomenales. Pero eso sí que no; no podéis tomar otro pastel; estropearíais la cena. Nadie, ni siquiera tú, gran yin.

Un mensaje de Jenny

Marché de casa justo cuando iba a cumplir los diecisiete años. Antes de irme hubiese dicho ante la familia que pensaba aprender a cocinar o a hacer repostería, mis palabras habrían sido recibidas con un encogimiento generalizado de hombros y un notable desdén por mis ideas típicamente adolescentes. De pequeña yo era una cría de esas que se ponen pesadísimas a la hora de comer: ¡ni siquiera me gustaba la tarta de queso! Y como estudiante, ya de joven, vivía a base de la clásica dieta formada por patatas fritas, judías, chiles y unas buenas jarras de cerveza con limonada.

A los veintiún años, mi novio de entonces opinaba que era literalmente espantoso que yo fuese por completo incapaz de cocinar nada de nada, así que tuvo que ser él quien, de puro cabreado, me diera lecciones y me enseñara a hacer una salsa blanca para el pescado. A partir de ese momento di en cocina un paso adelante y dos hacia atrás. Preparaba una sopa de cebolla en la que no era capaz de comprender que había que hacer algo con las cebollas antes de echarlas al agua hirviendo; una tarta de limón en la que el exceso de bicarbonato sódico reaccionaba con el ácido de los limones de tal manera que el resultado se parecía a la composición química del yeso. Y, encima, y este problema sigue persiguiéndome incluso ahora, tengo unas nueve mil recetas de rosquillas que ya no utilizo porque, por mucho que emplee agua tónica, leche batida, temperatura ambiente y esto o lo de más allá, al final nunca consigo que en la fuente del horno haya nada que no sea un montón de porciones de una masa sin sabor y durísima. Mi mamá, que era una repostera de primera categoría y hacía unos bollos maravillosos, que permitía que me sentara en cualquier silla de la cocina y me pusiera a relamer el brazo de la batidora mientras ella preparaba sus maravillosos pasteles, tarteletas y cupcakes, siempre ha insistido en que deje de hacer bollos, que sería mejor que comprara la masa preparada que venden en el súper, cosa que hoy en día hace incluso ella. Pero yo sigo empeñada en intentarlo.

En fin. Después tuve hijos, y como sentía un deseo desesperado de asegurarme de que los pobrecitos no sufrieran la clase de horror que padecen los niños a los que no les gusta comer nada, quise ofrecerles el más amplio repertorio posible de sabores que estuviera a mi alcance. Lo cual, naturalmente, suponía que tenía que aprender a cocinar.

Hay personas que tienen el don innato de la cocina. Mi cuñada es una cocinera extraordinaria. Dale diez minutos en cualquier cocina y se las arreglará para, como si fuese por arte de magia, producir de la nada una comida maravillosa, y si la observas ves cómo va probando los sabores, cómo va cambiando y rectificando, todo de manera improvisada. Jamás seré una de esas personas. Todavía me pongo furiosa cuando mi marido sirve remolacha.[1]

Pero finalmente he acabado siendo capaz de preparar comida sana y sabrosa para mi familia (olvidemos de momento el terrible incidente de aquel pescado que cociné sin haberle quitado las tripas, por favor), y por aquello de que ya estaba metida en la cocina, y tras comprobar que teníamos robot, tampoco lleva tantísimo tiempo al fin y al cabo preparar un buen bizcocho de chocolate o unas galletas de mantequilla de cacahuete. Creo firmemente en el mantra de Jamie Oliver, que dice: «No importa lo que comas; basta con asegurarte de que lleve el menor número posible de ingredientes.» Por eso, aunque tengo la sensación de vivir a toda velocidad, he acabado comprendiendo que si dispones de media hora es más que suficiente para pillar un poco de harina, azúcar, mantequilla y un huevo, y preparar unos cuantos cupcakes empleando la más sencilla de todas las recetas del mundo, y tratando de parecer, mientras cocino, que soy tan guapa como esa cocinera de la BBC que se llama Nigella Lawson (aunque, por desgracia, sin esos rizos suyos tan relucientes ni esos pechos tan esplendorosos). Por supuesto, los niños están seguros de que van a disfrutar de la buena repostería y preguntan a voz en grito qué habrá hoy para cenar, y se pelean a ver a quién le toca hacer funcionar el robot, igual que nosotros de pequeños nos peleábamos por la batidora, pero no importa. Lo que importa es que me pongo a hacer repostería porque me gusta.

Hasta que de repente tuve la sensación de que yo no era la única. Empezaron a proliferar en Inglaterra unas cafeterías especializadas en acompañar la bebida con unos cupcakes, y cuando empezaron a poner en la tele ese fantástico programa sobre repostería que se llama The Great British Bake-Off, me quedé pegada a la pantalla. Ahora existe incluso un festival anual del cupcake: <www.cupcakecamplondon.co.uk>. La historia de Issy que cuento en esta novela me la inspiraron todos estos nuevos acontecimientos y, en especial, mi deseo de hacer cosas dulces para las personas a las que amo.

Confío en que a vosotras, mis lectoras, también os guste, tanto si ya sois aficionadas a usar el horno para hacer pasteles como si estáis empezando a pensar que un día de estos vais a probar de hacer el primero (al final del libro encontraréis una fantástica guía para principiantes), o incluso si me decís que: «Ah, no. Por ahí no pienso pasar. ¡En la vida!», que es lo que yo dije durante mucho tiempo, o si sois sencillamente consumidoras que no quieren complicarse la vida. Así que, acercaos todas, traed una silla...

Con mis mejores deseos,

Nota de la autora

He probado todas las recetas que salen en el libro (aunque, ojo, a la hora de aplicar los tiempos de cocción recordad que mi horno no es de esos nuevos que llevan ventilación incorporada), y todas están para chuparse los dedos. Menos un par de ellas, la Tarta Carolina de Salvado de Trigo, y el Cupcake Sorpresa de Zanahoria: ahí estáis solas ante el peligro. He convertido todas las medidas, incluso las del abuelo Joe (no se lo digáis, o se enfadaría conmigo), al sistema de pesos y medidas de los europeos. Carolina mide a base de «tazas». Ella es así.

J. C.

1

Scones con mermelada

200 g de harina con levadura incorporada

25 g de azúcar refinado

1 huevo. O cuatro huevos si tienes por ahí varios críos de menos de siete años.

Medio litro de leche entera. Reserva un vaso para mojar los bollos cuando ya los tengas horneados y listos.

Un pellizco de sal. ¡Issy, he dicho un pellizco! Un pellizquito de nada solamente, por favor. No tanto. ¡Menos! Uf, demasiada sal. En fin.

Pon todos los ingredientes en un cuenco, en seco, y revuélvelos bien.

Haz en el centro un pozo. Un pozo, sí, eso de donde se saca el agua. Exacto. Deja caer el huevo en medio del pozo. ¡Bravo! Y ahora echa dentro la leche.

Bátelo todo a fondo. La masa resultante debe adquirir una consistencia cremosa. Si ves que hace falta, añade un poco más de leche.

Unta profusamente con mantequilla el fondo de una fuente para el horno previamente precalentada. Espera a que llegue el abuelo, y él la cogerá sin quemarse. Bien. Con una cuchara, deja que vaya goteando la masa que has preparado, poquito a poco. No te precipites. Bueno, si se te cae un poco de masa por los costados, no importa. Ahora viene el abuelo y él lo agarra, ayúdale si te parece. Sácala, y, ¡ya está!

Sirve con el resto de la leche, mantequilla, mermelada, crema de leche, lo que tengas en la nevera, y con un superbesazo en la frente como premio por haber sido tan buena chica.

Issy Randall volvió a doblar la hoja de papel y sonrió.

—¿Estás completamente segura? —dijo mirando a la persona que estaba sentada en el balancín—. ¿Toda la receta es esto?

El anciano asintió con la cabeza. Y luego alzó un dedo, cosa que Issy sabía que era señal de que iban a darle una charla.

—La verdad es que... —empezó a decir el abuelo Joe— cocinar al horno es...

—La vida —completó Issy la frase con impaciencia. Había escuchado este mismo discurso en muchas ocasiones. Su abuelo había empezado barriendo la panadería familiar a los doce años; con el paso del tiempo acabó siendo el responsable del negocio y llegó a tener tres grandes panaderías y pastelerías en Manchester. Solo sabía una cosa en la vida: usar el horno.

—El horno es la vida. La base misma de la vida es el pan, nuestra comida esencial.

—Y muy poco apropiado para ciertas dietas —dijo Issy alisándose la falda de pana sobre los muslos y soltando un suspiro. Estaba muy bien que su abuelo dijera esas cosas. Había sido toda su vida un tipo flaco como una sardina, gracias a que siempre se había alimentado a base de larguísimas jornadas de trabajo físicamente muy exigente, que empezaba con la operación de encender el horno todos los días a las cinco de la madrugada. Pero no era en absoluto lo mismo si usar el horno para repostería constituía un hobby, una pasión o, en cambio, tenías que pagar las facturas de fin de mes sentada en una oficina el día entero. Era bastante más complicado controlarse... Issy se puso a soñar en la nueva receta de crema de piña que había probado esa mañana. El truco consistía en dejar la suficiente cantidad del corazón de la piña natural para que el sabor tuviese el mordiente de su acidez, y evitando así que quedara todo demasiado meloso y dulzón. Todavía tenía que probarlo más veces hasta encontrar el punto exacto. Issy se acarició la abundante melena morena. Hacía un efecto magnífico en contraste con el verde de sus ojos, pero cuando llovía le quedaba el cabello hecho un desastre.

—Por eso insisto en que al describir lo que haces recuerdes que estás hablando de la vida misma. ¿Entiendes? No se trata solo de recetas... Espero que no lo olvides, y ¡ay de ti como se te ocurra dar las medidas en el sistema decimal!

Issy se mordió el labio inferior y tomó nota mentalmente de que debía esconder su balanza en sistema decimal el día en que el abuelo la visitase. Como la viera, se iba a poner hecho una furia.

—¿Estás prestándome atención?

—Claro, abuelo.

Se volvieron los dos a mirar por la ventana de la residencia situada en un barrio del norte de Londres. Issy había instalado allí al abuelo en cuanto comprendió que se despistaba demasiado a menudo como para que siguiera viviendo solo. A Issy le dolió infinito arrancarle de Manchester y llevarle a vivir al sur de Inglaterra, tras una vida entera allá arriba. Pero necesitaba tenerle cerca para poder visitarle a menudo. Joe refunfuñó, faltaría más, pero en cualquier caso antes de eso ya era un viejo gruñón y se iba a quejar de todas formas si se le arrancaba de su casa y se le impedía seguir levantándose a las cinco para ponerse a hornear pan. De manera que daba lo mismo que estuviera malhumorado, si lo tenía cerca, pues al menos viviendo en Londres Issy podía ir de vez en cuando a echarle una ojeada. Nadie más, aparte de ella, estaba en situación de cuidar de él. Y, además, ya habían desaparecido las tres panaderías con sus ostentosos rótulos de bronce dorado que proclamaban que estaban provistas de hornos eléctricos. Fueron años atrás víctimas de los supermercados y de las cadenas de tiendas que preferían aquel nuevo pan barato y gomoso a las hogazas de pan antiguo amasado y horneado a mano, pero más caro.

Como de costumbre, el abuelo Joe se quedó mirando las gotas de la lluvia de enero que cruzaban el marco de la ventana, y al mismo tiempo fue capaz de leer los pensamientos de Issy.

—¿Has sabido algo de tu madre últimamente? —dijo.

Issy asintió con la cabeza, y notó una vez más lo muy duro que le resultaba al anciano mencionar el nombre de su hija en presencia de ella. A Marian no le gustó nunca verse como la hija del panadero. Y la abuela de Issy había fallecido tan joven que no tuvo tiempo de convertirse en una influencia tranquilizadora para ella. Y como el abuelo se pasaba el día trabajando, Marian se rebeló antes incluso de ser capaz de pronunciar esa palabra. Desde el comienzo de la adolescencia empezó a salir con chicos bastante mayores que ella, y se quedó prematuramente embarazada de un viajante de comercio del que Issy heredó el pelo muy negro, las cejas espesas... y absolutamente nada más. Marian tenía una mentalidad tan inquisitiva que no permitió que nada la atara a nadie, y muchas veces, cuando volvía a emprender su interminable viaje en busca de sí misma, dejaba atrás a su pequeña.

Por eso Issy se había pasado casi toda la infancia en la panadería, observando los golpes viriles que el abuelo le atizaba a la masa, o el modo en que daba forma, con extrema delicadeza, a los pasteles más ligeros, de aquellos que se te deshacían en la boca. Aunque se encargó personalmente de enseñar el oficio a todos los reposteros y panaderos que luego trabajaron en las demás tiendas, siempre le gustó meter sus propias manos en la harina, y esta era una de las razones por las cuales las tiendas de pan y pasteles Randall habían llegado a ser las más famosas de Manchester. Issy se había pasado incontables horas haciendo los deberes al lado de los grandes hornos de la panadería de Cable Street, absorbiendo a través de todos sus poros los ritmos y los secretos y los mimos con los que trabaja un gran repostero y panadero. Fue siempre mucho más convencional que su madre, adoraba al abuelo, y se sentía cómoda y a gusto en la cocina, aun a sabiendas de que en eso era muy diferente de sus compañeras del colegio, todas las cuales al llegar a casa se encontraban con sus mamás, y cuyos papás trabajaban para el municipio, y que tenían perritos, y hermanitos y que comían gofres de patata con kétchup mientras veían el capítulo de Vecinos y nunca tenían que levantarse, como ella, antes de la salida del sol, a una hora en la que el aroma del pan caliente subía desde el horno hasta su cuarto.

Con treinta y un años, Issy acababa de sentirse capaz de perdonar a su madre, aquella mujer de vida descontrolada y preocupante, y eso que si había alguien que debía ser capaz de entender lo que significa crecer sin una madre a tu lado, era ella, sin duda. No le interesaban ni los deportes escolares ni las excursiones; todo el mundo conocía a su abuelo, que se apuntaba a todas esas actividades; pero ella tenía muchas amigas y todos sabían que tarde o temprano el abuelo Joe se presentaría con una caja de bollos o de repostería francesa siempre que había alguna fiesta escolar, y, desde luego, sus pasteles de cumpleaños habían entrado a formar parte de la leyenda. A Issy le hubiera gustado tener en la familia algún miembro un poco enterado al menos de las tendencias de la moda, porque lo que era su abuelo le compraba por Navidades, cada año, dos vestidos de algodón y uno de lana, sin tener jamás en cuenta la edad, el diseño ni el color, y ella seguía teniendo que ponérselos incluso cuando todas sus compañeras de clase usaban calentadores de tobillos y camisetas a juego de color piña. Un problema que tampoco arreglaba especialmente la madre de Issy cuando comparecía ocasionalmente y le regalaba aquellas extrañas prendas de ropa hippy que ella se dedicaba a vender en las ferias, y que estaban invariablemente hechas de fibras naturales como el cáñamo o cosas peores, como una lana de llama que picaba horrores, o cosas igualmente poco prácticas.

Pero Issy se sintió siempre muy querida por el abuelo en aquel pisito tan coqueto situado encima de la panadería donde Joe y ella comían tarta de manzana mientras veían la tele. Incluso Marian, que en sus visitas relámpago no perdía la ocasión para alertarla de que no se fiara de los chicos, que no bebiera sidra y que siguiera siempre el camino que le marcara su arcoíris, era una madre cariñosa. De todos modos, había veces en las que, viendo a familias felices en los parques públicos, o padres que acunaban a sus bebés recién nacidos, Issy sentía en el fondo del estómago un deseo incontenible y hasta doloroso de tener una vida normal y segura.

Para todos los que conocían a la familia no fue una sorpresa que Issy Randall terminara siendo, cuando se fue haciendo mayor, la chica más convencional que pudiera imaginarse. Sobresalientes, buenos resultados en el instituto, y finalmente un buen empleo en una importante empresa inmobiliaria del centro de Londres. Cuando terminó los estudios e iba a empezar a trabajar, hubo que vender las tres tiendas del abuelo, convertidas en víctimas de los cambios y la llegada de la modernidad. Issy tenía estudios, decía el abuelo (a veces como si eso le pusiera triste, pensaba ella), y por lo tanto no estaba destinada a levantarse al alba ni tenía por qué verse condenada el resto de sus días a hacer un trabajo manual tan duro como el de los panaderos. Su vida debía ser mucho mejor.

Sin embargo, en el fondo de su alma a Issy le apasionaban los placeres culinarios: los pastelitos de crema, los hojaldres, tan ligeros y quebradizos, el centelleo de los cristales de azúcar, los bollos de Pascua y los panecillos de Cuaresma, que Joe preparaba en Cuaresma y solo en Cuaresma, y el aroma de las ralladuras de piel de naranja, y los de la canela y de las uvas pasas, que llenaba el aire de toda la manzana, los adornos de mantequilla perfectamente dibujados con la manga pastelera coronando unas tartas de limón altísimas y esponjosísimas y ligerísimas. Todas estas eran las cosas que Issy adoraba. Por eso decidió poner en marcha aquel proyecto con el abuelo: conseguir que pusiera por escrito el mayor número posible de sus recetas antes de que, aunque eso no lo decía nunca ninguno de los dos, a él se le empezaran a olvidar.

—Me ha llegado un correo electrónico de mamá —dijo Issy—. Está en Florida. Ha conocido a un hombre, se llama Brick. Sí, como «ladrillo». Se llama así.

—Bien, al menos esta vez se trata de un hombre —gimió el abuelo.

—Por favor... —dijo Issy—. Es probable que regrese para mi fiesta de cumpleaños. El verano que viene. Aunque, claro, también dijo que vendría en Navidad, y no vino.

Issy celebró las Navidades con el abuelo, en la residencia. El personal hizo un gran esfuerzo por crear ambiente festivo, pero sus esfuerzos no tuvieron mucho éxito.

—En cualquier caso, parece sentirse feliz —dijo Issy tratando de esbozar una sonrisa—. Dice que le encanta ese rincón del mundo. Dice que tendría que enviarte a ti allí, a que te diera un poco el sol.

Issy y el abuelo se miraron a los ojos y soltaron de repente una carcajada. Joe se cansaba solo con levantarse para cruzar la habitación.

—Eso estaba pensando —dijo Joe—, coger el primer avión e irme para Florida. ¡Taxi! ¡Al aeropuerto!

Issy guardó la hoja de papel en el bolso y se puso en pie.

—Tengo que irme —dijo—. Sigue anotando recetas. Pero puedes escribirlas en plan sencillo, ya sabes.

—Sencillo, sí.

—Te veré la semana que viene —dijo Issy dándole un beso en la frente.

Issy bajó del autobús. Hacía muchísimo frío, habían quedado restos de hielo sucio por todas partes después de la fuerte nevada de Año Nuevo. Al principio estaba todo muy bonito, pero a estas alturas la nieve se había ensuciado y había hielo embarrado en los rincones y, sobre todo, entre los postes de la verja de hierro forjado de las oficinas municipales de Stoke Newington, aquel edificio algo presuntuoso que se elevaba al final de la calle donde ella vivía. Era su casa, era Stoke Newington, el barrio bohemio al que había ido a parar cuando decidió irse al sur de Inglaterra.

Se mezclaban allí los aromas que salían de los pequeños cafés turcos de Stamford Road con el olor que emitían los bastones de incienso que humeaban en las tiendas de «todo a una libra», encajonadas al lado de las de ropa infantil donde se vendían botas de agua de marca y juguetes de madera de última moda. La gente que paseaba por la calle miraba todos los escaparates, tanto si se trataba de judíos fundamentalistas con sus largos rizos como de señoras con elegantes sombreros, de chicos con cabezas rapadas o rastas a la jamaicana, mamás jovencitas empujando el cochecito con el niño, o madres algo más maduras con cochecito doble para sus críos mayorcitos. Aunque su amigo Tobes dijo una vez que vivir allí era como habitar en el bar de La guerra de las galaxias, a Issy le encantaba toda esa mescolanza. Le encantaba el pan dulzón de los jamaicanos, las baklavas de miel que ponían en las tiendas de comestibles al lado de la caja registradora, los pequeños dulces de leche en polvo y azúcar que preparaban los hindúes, o las delicias turcas espolvoreadas de azúcar glas. Le gustaba que el aire del barrio, cuando volvía a casa después del trabajo, trajera consigo aquella combinación de extraños aromas culinarios, y también la disparidad de los diversos edificios; desde las preciosas plazas con casitas bajas de fachadas planas hasta los altos bloques de pisos municipales y las viejas fábricas rehabilitadas con su fachada de ladrillo rojo. En Albion Road había montones de tiendas peculiares, restaurantes de pollo frito, empresas de taxis y grandes casas de color gris. No era ni comercial ni residencial, sino que estaba a mitad de camino entre las dos cosas. Era una de las grandes calles serpenteantes que antiguamente permitían hacer la ronda del gran Londres y enlazaban entre sí a los pueblos periféricos que se habían ido sumando a la metrópoli, y que todavía ahora se conectaban entre sí gracias a esas calles no demasiado anchas.

Había también algunas casas señoriales de estilo victoriano, potencialmente muy caras. Algunas de ellas se habían reconvertido en una asombrosa cantidad de pequeños apartamentos, y en los jardines de la fachada se amontonaban de mala manera numerosas bicicletas y grandes cubos de basura con ruedas. En sus portales había gran cantidad de timbres, y cada uno tenía su pequeño rótulo escrito a mano con mala letra, y en la acera se apilaban cajas de reciclaje. Pero otras habían sido rehabilitadas: eran casas enormes habitadas por una sola familia, y acostumbraban a mostrar detalles que revelaban la posición económica de sus propietarios, como puertas de roble, arbolitos recortados con esmero a los lados de la pequeña escalinata de entrada, y, en el interior, gruesos cortinajes y suelos de reluciente madera y chimeneas y grandes espejos. Esta mezcla de lo viejo y lo nuevo, de lo tradicional y señorial con lo moderno y lo alternativo, le encantaba a Issy, lo mismo que las vistas de los rascacielos de la City que asomaban por el horizonte, y aquellas iglesias medio abandonadas con sus patios descuidados, y todas esas aceras siempre repletas de gente... En el barrio vivían personas de todas clases, y eso lo convertía en una especie de microcosmos de lo que era Londres; Stoke Newington era un pueblecito capaz de reflejar lo más auténtico de la esencia de la ciudad. Y no resultaba tan caro como Islington.

Issy llevaba viviendo en esa zona desde hacía cuatro años, cuando se mudó hasta allí tras una temporada en su primer piso en el sur de Londres, dando así un salto hacia arriba en la escala de los propietarios de viviendas. Lo único que había representado un paso atrás era no tener cerca ninguna estación del metro. En el momento de mudarse a este barrio se dijo a sí misma que eso no tenía mucha importancia, pero a veces, en tardes como esa, cuando el viento helado se colaba entre los edificios y hacía que cada una de las narices de los que caminaban por las calles se convirtiera en un grifo goteante y enrojecido, pensaba que seguramente sí era una desventaja. Una pequeña desventaja. A las mamás ricas de las grandes mansiones esta circunstancia les daba igual: todas ellas iban siempre en sus cuatro por cuatro. A veces, viéndolas pasar en aquellos coches enormes, escrutando sus cuerpos delgadísimos y pequeñísimos y carísimos al otro lado de los cristales tintados, Issy se preguntaba qué edad debían tener. ¿Eran más jóvenes que ella? Treinta y un años, su edad, no la convertían en una persona muy mayor, eso era antes. Pero aquellas mujeres con sus críos, con sus pisos con aquella decoración tan moderna, sus salones con una de las paredes adornada con papel pintado de diseño muy singular... le daban que pensar. Al menos a veces.

Detrás mismo de la parada del autobús había una calleja en la que se alineaban unas pocas tiendecitas, restos de la antigua aldea que había sido invadida por gente de fuera en la época victoriana. En el siglo xix, esas casitas albergaban seguramente las caballerizas y las viviendas de los criados y los carros donde los buhoneros vendían sus mercancías. Eran edificios diminutos y todos muy diferentes entre sí. Una casita albergaba una ferretería que exponía en la entrada anticuados cepillos para el polvo, tostadoras pasadas de moda a precios hinchados y una lavadora de aspecto lamentable que llevaba en el escaparate desde que Issy usó la parada de autobús por primera vez. En otra de las casitas funcionaba una tienda con cabinas de teléfono y ordenadores para conectarse a internet que permanecía abierta hasta altas horas y mostraba anuncios que te invitaban a enviar dinero a los sitios más raros, y un quiosco que era donde ella acostumbraba a comprarse las revistas y galletas recubiertas de chocolate para matar el hambre.

Al fondo de esa callecita, embutida en la esquina donde terminaba, había un edificio minúsculo que parecía llevar allí más de un siglo, mucho antes de que todo lo demás estuviera terminado. Como si el constructor se hubiese dado cuenta de que le sobraban materiales y hubiese decidido no desaprovecharlos. En uno de sus lados la fachada tenía un saliente, un triángulo acristalado que se proyectaba hacia afuera y que se iba ensanchando hasta llegar al portal. Delante mismo, la calleja terminaba en una diminuta placita adoquinada, con un árbol justo en medio. Parecía estar fuera de lugar, era un pequeño refugio para enanitos al fondo de la callecita, algo venido de otro tiempo y otro mundo, como si se tratara de una ilustración de un cuento de Beatrix Potter, pensó Issy una vez. Lo único que faltaba en aquel local del fondo eran cristales gruesos y verdosos, como de botella, en sus ventanas.

Una nueva ráfaga de viento que subía por la calle mayor alcanzó a Issy, que decidió caminar deprisa hacia su piso. Su hogar.

Issy se lo había comprado en el peor momento de la burbuja inmobiliaria. No había sido especialmente astuto de su parte, teniendo en cuenta que ella trabajaba en el sector inmobiliario. Issy tenía la sospecha de que los precios habían empezado a descender treinta minutos después de que cogiera sus llaves en la agencia. Eso fue antes de que comenzara a salir con su novio, Graeme, a quien había conocido en el trabajo (aunque de hecho se había fijado en él bastante antes, como todas las chicas de la oficina, claro). Y de no haber llegado esta circunstancia tan tarde, seguro que él le hubiese advertido de que era el peor momento para comprar.

Pero ni siquiera transcurrido todo ese tiempo estaba convencida de que le hubiese hecho caso si él le hubiera aconsejado abstenerse de comprar. Después de haber visitado todos los pisos que estaban en el nivel de precio que podía permitirse, y tras haber comprobado que todos ellos le resultaban detestables, había estado a punto de abandonar la búsqueda cuando llegó a Carmelite Avenue y lo que vio le gustó de inmediato. Ocupaba los dos pisos superiores de una de esas bonitas casas de ladrillo gris, con su entrada independiente a través de una escalera lateral, así que más que un apartamento parecía una casa. Una de las plantas era casi diáfana y tenía un espacio amplio que hacía las veces de cocina, comedor y sala de estar. Issy lo decoró para que fuese lo más confortable posible, con unos enormes sofás de terciopelo gris desteñido, una mesa rectangular de madera con bancos a los lados y su adorada cocina. Era un modelo que estaban rebajando muchísimo, seguramente porque era de un color rosa muy chillón.

—Hoy en día nadie quiere cocinas ni lavadoras de color rosa —dijo el vendedor de la tienda con el rostro cariacontecido—. Ahora están de moda las de acero inoxidable. O las de estilo rústico. O un extremo o el otro.

—Jamás en la vida había visto una lavadora de un rosa tan chillón —dijo Issy, tratando de animar al pobre hombre. Detestaba tratar con vendedores tristes.

—Ya lo sé. Al parecer, hay gente a la que este tono le da como mareos, sobre todo cuando ven la ropa dando vueltas ahí dentro.

—Claro, así es lógico que no quieran comprarlas.

—Hubo una señora que estuvo a punto de comprar todo el conjunto —dijo el vendedor, alzando la vista y el ánimo de golpe—. Pero luego vino y dijo que no, que era todo demasiado rosa.

—¿Que era todo demasiado rosa? —repitió Issy, que nunca había tenido la sensación de ser una chica de esas tan hiperfemeninas que siempre van de rosa. Pero la verdad era que el rosa de esos electrodomésticos era un maravilloso rosa Schiaparelli. Aquella cocina solo necesitaba que la adorasen.

—¿Y dice de verdad que tiene una rebaja del setenta por ciento? —volvió a preguntar—. ¿Instalada y todo?

El vendedor se quedó mirando a la cliente, aquella mujer tan bonita, con ojos verdes y rizos morenos. Le gustaban rellenitas. Cuando tenían ese aspecto, podía imaginar que compraban la cocina para utilizarla de verdad. En cambio, detestaba a esas mujeres de rasgos afilados que querían cocinas de ángulos afilados y que las usaban para guardar la botella de ginebra y los tarros de maquillaje. En su opinión, las cocinas estaban hechas para preparar manjares deliciosos y para servir vinos magníficos. A veces odiaba trabajar de vendedor de cocinas, pero a su mujer le encantaba que cada año hubiese aquellas superofertas de nuevas cocinas con tremendos descuentos, y luego le preparaba en ellas unas comidas maravillosas. Y los dos estaban engordando muchísimo.

—Exacto. Un descuento del setenta por ciento. Probablemente terminarán tirándolas. ¿Se las imagina en un desguace?

Issy podía imaginárselo perfectamente. Qué pena.

—Sería espantoso que terminaran así —dijo en un tono muy solemne.

El vendedor asintió con la cabeza mientras trataba de recordar dónde había dejado el talonario de pedidos.

—¿Setenta y cinco por ciento de descuento? —dijo Issy—. Sería lógico, es casi como hacer una donación a una oenegé. ¡Salvemos las cocinas rosas!

Y así fue cómo terminó instalando en su casa aquella cocina de color rosa. Después añadió un suelo de linóleo, un ajedrez de cuadros negros y blancos, y empleó esa misma combinación de colores para el resto de la decoración. Cuando sus invitados llegaban por vez primera a su casa, solían comenzar cerrando los ojos con mucha fuerza, después se los frotaban a conciencia, tratando de borrar las manchas que creían ver, y poco a poco los abrían de nuevo... y muchos de ellos se quedaban la mar de sorprendidos al comprobar que aquella cocina rosa les gustaba bastante, y sobre todo les gustaba mucho lo que se preparaba en ella.

Le gustó incluso al abuelo, que así lo manifestó en una de las visitas en las que caminaba por la sala siguiendo la pauta de un extraño ballet, y sobre todo le pareció fantástico que además de las placas tuviese un hornillo de gas (para caramelizar) y que el horno fuese eléctrico (para lograr una distribución más homogénea del calor). Al cabo del tiempo, la cocina rosa e Issy parecían estar hechas la una para la otra.

Allí se sentía verdaderamente en casa. Ponía la radio bien alta, y empezaba a moverse de un lado a otro preparando la vainilla, la mejor harina de fuerza, que compraba en una tiendecita diminuta de Smithfield, y el tamiz más fino, y eligiendo cuál de las cucharas de madera sería la más apropiada para dar forma a la masa esponjosísima y ligerisísima que quería preparar. Cogía los huevos, de dos en dos, los partía y sin necesidad de mirar echaba el contenido al gran bol de cerámica a rayas azules y blancas, y mientras controlaba con la vista la cantidad exacta de mantequilla de Guernsey, siempre tan cremosa y blanca como la nieve, y que jamás metía en la nevera. Solía emplear en sus pasteles mucha, mucha mantequilla.

Issy se contuvo para evitar la tentación de batir la masa con demasiada fuerza. Si se le colaba demasiado aire en la masa, acabaría derrumbándose cuando la metiera en el horno, y por eso controló un poco su brazo derecho y probó a ver si estaba suficientemente ligada. Lo estaba. Acababa de preparar un buen zumo de naranjas sevillanas y pensaba coronar la tarta con mermelada, a sabiendas de que iba a quedarle de maravilla. Si no le salía bien, al menos sería un poco especial.

Ya había metido los cupcakes en el horno, y estaba en su tercera prueba del relleno de mermelada cuando su compañera de apartamento, Helena, abrió la puerta. El truco consistía en encontrarle al sabor su punto de equilibrio, que no fuese demasiado ácido, pero tampoco demasiado dulce: que fuera, sencillamente, perfecto. Tomó nota de la cantidad exacta de ingredientes que debía usar para que estuviera dulce pero con un toquecito de acidez, y se volvió.

Helena no era de esas personas cuya llegada puede considerarse sutil. Era incapaz de no ser abrupta. Entraba en las habitaciones con los pechos por delante, cosa a la que no podía ponerle remedio, claro; no es que estuviera gorda, pero era muy alta y de proporciones verdaderamente generosas, al estilo de los años cincuenta, con unos pechos grandes, una cinturita muy estrecha, caderas anchas y muslos gruesos, y todo este notable conjunto coronado por una abundante cabellera pelirroja. Habría sido considerada una auténtica belleza en cualquier período histórico que no fuese el comienzo del siglo xxi, cuando la única forma aceptable que podía tener el cuerpo de una mujer era el de una niña de seis años que pasase mucha hambre y que, inexplicablemente, tuviese ya unos pechos del tamaño de manzanas justo debajo de unas clavículas muy salientes. Por culpa de eso Helena siempre trataba de adelgazar, como si aquellos anchos hombros suyos de alabastro y aquellos muslos tan notables pudieran convertirse de repente en otra cosa.

—He tenido un día horrible —anunció, dándole a su voz una entonación dramática y levantando la vista hacia la rejilla sobre la que se enfriaban los cupcakes.

—Ya termino —dijo Issy dejando a un lado la manga pastelera con la que había puesto la cobertura.

El horno hizo cling. A Issy le habría gustado la idea de poner un gran horno de hierro fundido, suponiendo que los hubiesen fabricado de color rosa intenso, y a pesar de que no habría cabido por la escalera, e incluso a pesar de que no había en la casa hueco donde encajarlo, y pese a que, suponiendo que hubiese logrado resolver todos esos inconvenientes, el suelo habría sido incapaz de soportar tanto peso, y aun cuando esa clase de hornos no sirvan para hacer pasteles debido a lo impredecible de su funcionamiento. Encima, ni siquiera se lo hubiese podido permitir, eran carísimos. Pero aún conservaba el catálogo en la estantería junto a los libros. En lugar de eso tenía un horno Bosch de fabricación alemana, muy eficiente, que siempre estaba a la temperatura que decía estar, y que lo cronometraba todo al segundo, pero que no inspiraba en ella una especial devoción.

Helena se quedó mirando fijamente las dos docenas de cupcakes, a cual más perfecto, que Issy había ido sacando del horno.

—¿A quién esperas? ¿Al Ejército Rojo en pleno? Dame uno.

—Aún están demasiado calientes.

—¡Que me lo des!

Issy puso los ojos en blanco y, con un experto giro de la muñeca, empezó a poner el relleno con la manga pastelera. En realidad, lo normal era esperar a que los cupcakes se enfriasen para evitar así que la mantequilla se derritiera, pero era evidente que Helena iba a ser incapaz de esperar tantísimo tiempo.

—Dime, ¿qué ha pasado? —preguntó.

Helena estaba confortablemente instalada en la chaise longue (una pieza de mobiliario que ella misma había incorporado el día de su llegada: le iba a la medida. A Helena no le gustaba emplear más energía que la absolutamente necesaria). Se había preparado una enorme tetera y, en la bandeja de topos que era su preferida, había dispuesto también un par de cupcakes. A Issy le parecía que le habían quedado bien. Ligeros y esponjosos como el aire, y con un relleno en el que la acidez de la naranja y el sabor dulce combinaban de maravilla. Deliciosos, y no iban a estropearle la cena. Por cierto, se dio cuenta de que había olvidado comprar algo para cenar. No importaba, los cupcakes serían la cena.

—Me han dado un buen porrazo —gimió Helena.

—¿Otra vez? —dijo Issy alarmada.

—El tipo debía de pensar que yo era un camión de bomberos o algo así.

—¿Desde cuándo entran los camiones de bomberos en las salas de urgencias de los hospitales? —se preguntó Issy.

—Es una buena pregunta —convino Helena—. En fin, ahí entra de todo.

A los ocho años de edad Helena ya sabía que quería ser enfermera. En ese momento agarró todas las almohadas que había en su casa y dispuso todos los peluches en aquellas improvisadas camas de hospital. A los diez años se empeñó en que toda la familia la llamase Florence, como la famosa enfermera británica del siglo xix. De hecho, sus tres hermanos pequeños todavía la llamaban así: le tenían pánico. A los dieciséis años abandonó la escuela y comenzó un aprendizaje a la antigua, trabajando en las salas de los hospitales bajo la supervisión de una enfermera veterana, y a pesar de que el gobierno no ha parado de meter las narices en todo eso con sus títulos y demás, había llegado a alcanzar la categoría de enfermera («para ustedes, soy como una enfermera jefe», les decía a los médicos, que decidieron no discutir y dirigirse a ella con ese apelativo), y prácticamente llevaba ella solita la dirección de las urgencias del hospital de Hemel Park, donde trataba a las ayudantes de enfermeras igual que si todavía estuviéramos en 1955. Una vez estuvo a punto de salir en los periódicos cuando una de ellas protestó porque Helena las obligó a aguantar que les pasara revista hasta de lo limpias que llevaban las uñas. Pero la mayor parte de las jovencitas la adoraban, y lo mismo podía decirse de los médicos internos, a los que acicateaba y reñía en los primeros meses de prácticas; y también le ocurría con los pacientes. Excepto cuando alguno de ellos perdía la cabeza y le daba un mamporrazo, claro.

Aunque Issy ganaba más dinero que ella, y trabajaba todo el día sentada, y no necesitaba hacer turnos absurdos en días festivos, a veces envidiaba a Helena. Seguro que era maravilloso dedicarse a una cosa que te apasionaba de verdad, algo en lo que sabías que eras realmente buena, aunque fuera por muy poco dinero y aunque a veces te dieran algún puñetazo.

—¿Qué tal se encuentra el señor Randall? —preguntó Helena, que quería mucho al abuelo de Issy.

Por cierto que Joe le correspondía, pues le gustaba mucho aquel pedazo de mujer, y la acusaba en broma de no dejar de crecer, y opinaba que tenía el tipo perfecto para ser empleada como mascarón de proa en un gran barco. Además, Issy le estaba enormemente agradecida porque Helena se recorrió todas y cada una de las residencias asistidas del barrio para ayudarla a seleccionar la mejor.

—Se encuentra bien —dijo Issy—. El único problema es que a veces se siente tan en forma que se empeña en levantarse y preparar un pastel, y si esa enfermera gorda se lo impide, se pone furioso y se enfada con ella.

Helena asintió con la cabeza, sabía de lo que le hablaba.

—¿Has ido ya algún día a verle con Graeme?

Issy frunció el ceño. Helena sabía muy bien que todavía no lo había hecho.

—Aún no —dijo Issy—. Un día de estos iremos, pero el pobre Graeme está siempre atareadísimo.

Lo cierto era que Helena solía provocar una atracción irresistible en ciertos hombres, y todos ellos adoraban el suelo que ella pisaba. Una circunstancia que a Helena le fastidiaba un montón, de manera que se pasaba la vida soñando en conquistar a uno de estos guaperas con un cerebro más pequeño que el de un perro miniatura. En cambio, sus admiradores eran verdaderamente apasionados y ninguna mujer que aspirase a tener una relación amorosa normal, o bastante normal, sabía que jamás podría competir con aquella corte de admiradores de su compañera de piso, gente capaz de escribir poesías amorosas y mandarle ramos de flores del tamaño de una habitación doble.

—Mmm —dijo Helena empleando el mismo tono con el que hablaba con los punkarras que llegaban a urgencias con una vértebra rota tras caerse del monopatín en pleno vuelo. Cogió un cupcake y se lo zampó—. Están exquisitos, Issy. Podrías dedicarte a esto profesionalmente. ¿Seguro que no tienen ningún ingrediente de esos que no puedo tomar?

—Segurísimo.

—En fin —suspiró Issy—. Todos necesitamos tener alguna clase de sueños. ¡Eh! ¡Corre! Pongamos la tele. Hoy echan el programa de Simon Cowell. Tengo ganas de oír uno de sus comentarios crueles a los concursantes...

2

Cupcakes de naranja con relleno de mermelada

para días horribles

Si quieres que sobren cupcakes para regalar, multiplica los ingredientes por cuatro.

2 naranjas enteras cortadas. No compres naranjas amargas. Las sanguinas pueden ir la mar de bien si tienes un día en el que te sientes especialmente frustrada.

250 g de mantequilla derretida. Utiliza el fuego de tu furia justificadísima contra el mundo para derretirla. Si no tienes un cazo a mano, funde la mantequilla incluso mejor.

3 huevos. Más otros tres que se emplean para romperlos de forma terapéutica lanzándolos contra la pared con todas tus fuerzas.

250 g de azúcar. Añade más azúcar en caso de que creas que tu vida necesita ser urgentemente endulzada.

250 g de harina con levadura (especialmente necesaria si necesitas levantar rápidamente los ánimos).

3 cucharadas de mermelada

3 cucharadas de ralladura de piel de naranja

Precalienta el horno al nivel 4 (180 ° C). Unta con mantequilla los moldes.

Corta una naranja a trozos (sin quitarle la piel) y mételos en la batidora con la mantequilla fundida, los huevos y el azúcar. Pon la batidora al máximo de potencia y espera a que quede todo bien mezclado. Comprobarás lo bien que te sientes cuando oigas el ruido que hace la batidora cuando ya está listo. Echas la mezcla en un bol junto con la harina, y con una cuchara lo revuelves con fuerza hasta que se mezcle bien, cosa que notarás porque se te pasa del todo la furia.

Mete los cupcakes en el horno durante 50 minutos. Deja que se enfríen cinco minutos en sus recipientes y después sácalos y ponlos a enfriar al aire. Coloca el relleno de mermelada con una cuchara o la manga pastelera. Recupera las ganas de vivir.

Issy dobló la carta y la guardó otra vez en el bolso mientras sacudía la cabeza, como si quisiera borrar algo que había ocurrido. No había querido darle un mal rato al abuelo. La culpa de todo era de la pelea que el abuelo había vuelto a tener con su madre. Ojalá... Se lo había dicho varias veces a Marian, que al abuelo le animaría recibir de vez en cuando una carta suya. Pero era evidente que no funcionaba. Y no podía hacer nada para remediarlo. Como mínimo, la tranquilizaba saber que en esa residencia se encargaban de cerrar el sobre y ponerle un sello a sus cartas. Los últimos meses antes de ingresarlo allí habían sido muy difíciles para todos. Era esa época en la que Joe se levantaba todas las mañanas a las cinco en punto, ponía el horno en marcha, y después se olvidaba de que lo había conectado. Encima, Issy tenía sus propios problemas, pensó, echándole una ojeada al reloj. «Hay días en que se te hace muy cuesta arriba ir a trabajar, y otros en los que, encima, el autobús llega con retraso», pensó Issy mientras se ponía de puntillas para mirar hacia el otro extremo de la cola, a ver si aparecía la enorme masa tambaleante del enorme autobús, un vehículo demasiado alargado para esa calle, bamboleante y peligroso, viniendo por Stoke Newington Road. Le costaba un montón trazar aquella curva tan cerrada debido a su gran tamaño, y a veces tenía que hacer varias maniobras hasta lograrlo, mientras por todos lados sonaban en protesta las bocinas de las furgonetas y los timbres de los asustados ciclistas. Era un modelo que iban a retirar muy pronto. Pero a Issy le daba pena que los llevaran al desguace.

Era el primer lunes después de las Navidades, y el tiempo se había vuelto espantoso. Soplaban las ráfagas de viento helado contra su rostro, amenazando con llevarse el gorro nuevo que se había comprado por Navidad, creyendo que el dibujo de listas le daría un aspecto juvenil. Pasados apenas unos días, Issy empezaba a pensar que más bien hacía que se pareciese a la anciana de las bolsas de plástico, aquella pordiosera que a veces se acercaba a la cola del autobús empujando un carrito de la compra repleto de cosas, pero que jamás tomaba ningún transporte público. Issy le solía dirigir una sonrisa. Esta mañana, agarrada a su caja metálica llena de cupcakes, se limitaba a impedir que el viento se la llevara por delante.

Se fijó en que ese día no se veía a la anciana por ningún lado. Miró los rostros de la cola, los mismos rostros que veía cada día bajo la lluvia, la nieve, el viento o, en pocas ocasiones, el sol. Era una mañana tan espantosa que ni siquiera aquella anciana se había levantado. Saludó con la cabeza a alguna de aquellas caras; otras, no le sonaban de nada. Por ejemplo, la del joven enfurecido que sostenía el móvil con una mano mientras se tapaba la otra oreja con la otra mano, o un hombre de edad que se rascaba tan fuerte la cabeza que le saltaban montones de caspa, y que actuaba como si el hecho de tener caspa lo convirtiese en un ser invisible. Unos y otros allí estaban, como cada día, de pie en el mismo orden, esperando que el autobús apareciera por la esquina, preguntándose si iba a llegar atestado de gente cuando finalmente llegase y les llevara a las tiendas y oficinas de la City y el West End, donde los iría esparciendo poco a poco en dirección a las principales calles de Islington o las de la zona de Oxford Street, para volver a recogerles por la noche, en medio del frío y la oscuridad. A esa hora, el vapor que despedían tantos cuerpos dentro del autobús dejaba los cristales cubiertos de una capa de vaho mientras los críos que salían de la escuela jugaban a hacerse muecas y los adolescentes dibujaban penes en las paredes.

—Hola —le dijo Issy a Linda, una señora que era dependienta de los almacenes John Lewis y con la que en ocasiones se detenía a charlar—. ¡Feliz año nuevo!

—¡Feliz año nuevo, Issy! —respondió Linda—. ¿Ya has hecho una lista de buenos propósitos?

Issy suspiró y deslizó sin darse cuenta los dedos por dentro del cinturón, que le apretaba un poco. Aquel tiempo horrible, aquellos días cortos y oscuros, le daban ganas de quedarse en casa a preparar pasteles en lugar de salir a hacer ejercicio y comer una ensalada. Aprovechando la Navidad, Issy estuvo preparando montones de pasteles para el hospital de Helena.

—Los mismos de siempre —dijo Issy—. Perder algún kilo...

—Olvídalo, Issy —dijo Linda—. ¡Estás perfecta de peso! —Linda era una mujer con el tipo normal en las mujeres de mediana edad, el pecho marcado como si tuviese un solo volumen, caderas generosas y calzada con el modelo de zapatos más cómodo que había encontrado, teniendo en cuenta que se pasaba el día entero de pie en unos grandes almacenes, en la sección de caballeros—. Estás preciosa. Y si no me crees, sácate hoy una foto y mírala dentro de diez años. No te vas a creer que estabas tan maravillosa.

Linda no pudo evitar que la mirada se le escapase hacia la caja metálica con la que cargaba Issy. Y esta suspiró.

—Cupcakes para la gente de la oficina —dijo.

—Claro —dijo Linda.

Se les estaban acercando algunas de las demás personas que formaban la cola, mirando a Issy, preguntándole qué tal habían ido las Navidades. Ella soltó un gruñido.

—De acuerdo. Me declaro vencida —dijo, abriendo la caja.

Todos aquellos rostros castigados por el viento esbozaron amplias sonrisas. Una joven se quitó los auriculares del iPod y sus manos se lanzaron a coger uno de los cupcakes de mermerlada. Como de costumbre, Issy había preparado una cantidad que era al menos el doble de lo necesario, para que hubiera tanto para la gente de la oficina como para los de la cola del autobús.

—¡Están buenísimos! —dijo uno de los hombres con la boca llena—. Se podría ganar usted la vida haciendo pasteles...

—A veces lo pienso, cuando les escucho decirme estos comentarios tan amables —dijo Issy, sonrojándose de orgullo al ver que todos se amontonaban a su alrededor—. ¡Feliz año nuevo a todos!

Toda la cola del autobús se convirtió en una animada conversación. Linda, como de costumbre, estaba muy preocupada por la boda de su hija Leanne. Trabajaba de callista y era la primera persona de la familia de Linda con estudios universitarios, e iba a casarse con un ingeniero químico. Linda, tan orgullosa que no cabía dentro de sí, había asumido la responsabilidad de organizarlo absolutamente todo. Y no entendía hasta qu ...