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ENTRE LUJURIAS Y REPRESIóN

Mariano del Mazo  

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Fragmento

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Para Ale, mi hermano,

por esas noches extrañas

caminando por Republiquetas,

de Cabildo hacia Libertador,

llenos de preguntas.

“Solo aquellos que acepten su soledad y rechacen todo refugio, sea el nacionalismo tribal o algún hermético sistema intelectual, continuarán la herencia de la humanidad”.

BENJAMIN BRITTEN

“¿La mejor banda del rock nacional? Serú Girán”.

LUIS ALBERTO SPINETTA

“Serú Girán es un lugar paradisíaco, donde todo está bien, es como una utopía. Es un lugar donde pueden caber cuatro, cien mil o doscientos mil, pero donde no hay violencia, no hay injusticias, no hay AIDS. Es un lugar así, un poco utópico”.

CHARLY GARCÍA

Cosmigonón

Gisofanía

Serú Girán

Seminare

Paralía

Narcisolón

Solidaría

Serú Girán

Serú Girán

Paralía

Eiti Leda

Lumineria

Caracó

Ah… lirán marino

Ah… lirán ivino

Parastana nesari eri desi oia

Seminare narcisolesa desi oia

Serilerilán

Eiti Leda

Lumineria

Caracó.

“Serú Girán” (1978)

PRÓLOGO Y EPÍLOGO

Sonó el último bis del segundo River. Se abrazaron los cuatro de frente al público y saludaron. La gente deliraba. Cuando las luces se apagaron, con más torpeza tóxica que maldad, Charly García le tiró la batería al piso a Oscar Moro. “Te voy a matar, hijo de puta”, le dijo Moro y empezó a correrlo por el escenario a oscuras.1 De pronto encendieron nuevamente las luces y quedaron expuestos ante decenas de miles de personas. Se recompusieron y velozmente volvieron a abrazarse y a saludar. Nadie advirtió nada. Apenas las luces se apagaron de nuevo, Moro continuó la cacería.

El paso de comedia es un símbolo del sainete del regreso de Serú Girán en 1992. Poco quedaba del ensamble invencible del período original, entre 1978 y 1982. Esos conciertos, el disco en vivo editado en 1993, la irritante película Peperina, el buen disco en estudio y la parafernalia de furia y autoboicot que arrastraba a un García endemoniado configuran, en perspectiva, el bonus track prescindible de una historia de oro. El regreso fue como una de esas grabaciones encontradas que figuran en una reedición más por su valor anecdótico que por el musical.

El empresario Claudio Lisman pensó, a principios de los 90, que podía recrear aquella mística cuando propuso reunir a la banda. Creyó que lograría reavivar el fuego que abandonó Pedro Aznar cuando decidió ir a estudiar en Berklee. Serú Girán estaba a punto de dar el salto de la proyección internacional y quedó trunco en su apogeo. Marzo de 1982 fue el instante del parate, que no tardó en volverse definitivo. El impasse fue abducido por el agujero negro de una década alucinante, fértil y proteica, como fueron los 80 a partir de Malvinas. La cocaína marcó el ritmo de esa década: no había tiempo de parar.

Lo que volvió en 1992 no fue, en rigor, Serú Girán. Fue un ente sin alma, una maniobra artísticamente mezquina que apuntó a desbordar de emoción a la gente. Una foto rota pegada con cinta, una gran herida expuesta a miles de fans.

Ahora suena el bis final y Moro corre a Charly García por el escenario de River Plate. David Lebón es pura tensión: quiere que todo termine, quiere ir a su casa, quiere reventar en autos caros el dinero que cobró, quiere disfrutar. Aznar, como siempre: haciendo equilibrio, un poco ajeno. Termina 1992, son las últimas imágenes de Serú Girán: la banda más importante del rock hecho en Argentina, la banda más argentina del “rock nacional”, la catalizadora del terror entre 1978 y 1982.

La importancia que la eleva por sobre el resto de las bandas se apoya en la ecuación calidad más masividad. Si bien un aspecto es subjetivo y el otro incontrastable, Serú Girán desarrolló una obra de un nivel que enmarcó sin que nadie se escandalizara el rótulo resbaladizo de “Los Beatles argentinos”. El parangón tiene impacto de eslogan, e incita a un cruce de analogías más o menos forzadas. Pero esas analogías existen. La comparación contempla los cuidadosos arreglos vocales, la variedad rítmica y las incursiones irónicas o no en otros géneros —desde la música disco al tango—, el hecho de compartir y alternar la autoría de las composiciones y las voces líderes, la posición clave pero algo distante de Pedro Aznar como el tercero en cuestión —George Harrison— colando un tema propio por disco (temas que, por otra parte, rompen la estructura cancionística clásica de García & Lebón, un poco a la manera de las incursiones orientales de Harrison), la bonhomía de Oscar Moro como prenda de unión entre los egos y a la vez la percepción que genera su figura en cuanto a que hubiera sido el único reemplazable de la banda, pensamiento injusto y contrafáctico que también le cupo a Ringo Starr.

Los justificativos del mote “beatle” revelan, asimismo, cierta pereza reflexiva. La historia de la banda tuvo una singularidad propia ya desde el origen, desde la canción del primer disco que los bautizó, una audacia experimental que conspiró contra la aceptación de la gente, un juego con veleidades semánticas que provocó más perplejidad que otra cosa. Las especulaciones sobre los significados chocan contra el blindaje de un nombre que no quiere decir nada: Serú Girán. No fue —como algunos quisieron ver, cerca del cliché a destiempo— una metáfora para denunciar la censura de la dictadura, ni un anagrama imperfecto de “Sui Generis”. Nada. Apenas una invención dentro de los estados alterados de un viaje de ácido en la playa. O ni siquiera eso.

Por motivos diferentes, García y Lebón estaban cambiando la piel. No sabían que esa metamorfosis iba a traccionar el cambio de piel de todo el rock argentino. García sacudía las marcas del virtuosismo de La Máquina de Hacer Pájaros como quien saca las pelusas viejas de un querido sobretodo: elegía detener

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