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ERAGON

Christopher Paolini  

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Fragmento

eragon —Por ahora —contestó Eragon riendo—. Ya sé lo que quería saber y mucho más. —Se puso de pie y Brom lo imitó.

—Pues muy bien. —El cuentacuentos acompañó al muchacho hasta la puerta—. Adiós. Cuídate. Y no olvides decirme el nombre del mercader si lo recuerdas.

—Lo haré. Gracias.

Eragon entrecerró los ojos al salir a la deslumbrante luz invernal, y se alejó despacio reflexionando sobre todo lo que acababa de escuchar.

Un nombre poderoso —Hoy, en casa de Horst, había un desconocido de Therinsford —le contó Roran camino de casa.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó Eragon.

El muchacho esquivó un charco helado y siguió caminando a paso rápido. Le ardían los ojos y las mejillas a causa del frío.

—Dempton. Ha venido para que Horst le forjara unas piezas —respondió. Al pisar un montón de nieve con sus robustas piernas, Roran dejó el camino libre para que pasara Eragon.

—¿Y Therinsford no tiene herrero?
—Sí, pero no es tan bueno como Horst. —Roran echó una mirada a Eragon, y añadió—: Dempton necesita esas piezas para su molino porque está ampliándolo. Me ofreció trabajo, ¿sabes? Si acepto, me iré con él cuando venga a buscar las piezas.

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Los molineros trabajaban todo el año. Durante el invierno molían lo que la gente les llevaba, pero en épocas de cosecha, compraban trigo y vendían harina. Era un trabajo duro y peligroso, y los hombres a menudo perdían dedos o manos en las gigantescas muelas.

—¿Vas a decírselo a Garrow? —preguntó Eragon.
—Sí. —Una sonrisa forzada se dibujó en la cara de Roran.

—¿Y para qué? Ya sabes lo que piensa sobre el hecho de eragon que nos marchemos. Si le dices algo, sólo causarás malestar. Será mejor que te olvides, y así tendremos la cena en paz.

—No puedo; voy a aceptar el trabajo.

Eragon se detuvo.
—¿Por qué? —Se quedaron mirándose. El aliento de los dos muchachos formaba nubes de vapor—. Ya sé que es difícil ganar dinero, pero siempre nos las arreglamos para sobrevivir. No tienes por qué marcharte.

—No, ya lo sé. Pero necesito dinero. —Roran intentó reemprender la marcha, pero Eragon se negó a moverse.

—¿Y para qué lo quieres? —preguntó.
—Quiero casarme —respondió Roran, y tensó un poco los hombros.

El desconcierto y el asombro se apoderaron de Eragon. Recordaba haber visto que Katrina y Roran se besaban durante la visita de los mercaderes, pero... tanto como casarse...

—¿Katrina? —preguntó en voz baja, sólo para confirmarlo. Roran asintió—. ¿Ya se lo has pedido?

—Todavía no, pero lo haré la próxima primavera cuando construya una casa.

—Hay demasiado trabajo en la granja para que te vayas ahora —protestó Eragon—. Espera hasta que estemos preparados para la siembra.

—No —dijo Roran sonriendo—. Me necesitaréis más en primavera. La tierra estará lista para arar y sembrar. Y habrá que quitar las hierbas... por no mencionar todos los otros trabajos. No, ahora es el mejor momento para que me vaya mientras lo único que hacemos es esperar el cambio de estación. Garrow y tú podéis arreglaros sin mí. Si todo va bien, pronto estaré otra vez trabajando en la granja, pero con una esposa.

Eragon, de mala gana, reconoció que Roran tenía razón. Hizo un gesto con la cabeza, pero no sabía si de enfado o de asombro.

christopher paolini —Bueno, supongo que lo único que puedo hacer es desearte buena suerte, pero Garrow se lo tomará muy mal.

—Ya veremos.

Reemprendieron la marcha, aunque el silencio se alzaba como una barrera entre ellos. Eragon estaba confuso, y tardaría tiempo en mirar con buenos ojos ese cambio. Cuando llegaron a casa, Roran no le dijo nada a Garrow sobre sus planes, pero Eragon estaba seguro de que no tardaría en hacerlo.

Eragon fue a ver al dragón por primera vez desde que el animal le había hablado. Se acercó con aprensión, consciente de que trataba con alguien de su misma condición.

Eragon. —¿Es lo único que sabes decir? —le soltó.

Sí.

El muchacho abrió los ojos de par en par ante la inesperada respuesta, y se sentó bruscamente.

Bueno, tiene sentido del humor. ¿Y qué más?

Llevado por un impulso, rompió una rama seca con el pie. El anuncio de Roran lo había puesto de mal humor. Eragon sintió que el dragón lo interrogaba mentalmente, así que le contó lo que había pasado, pero a medida que hablaba, lo hacía cada vez más alto, y acabó gritando inútilmente al aire. Despotricó hasta desahogarse y al final dio un puñetazo inútil en el suelo.

—No quiero que se vaya, eso es todo —dijo, desanimado. El dragón lo observaba impasible, lo escuchaba y aprendía. Eragon soltó algunos insultos entre dientes y se frotó los ojos. Luego miró al dragón, pensativo.

—Necesitas un nombre. Hoy me han dado unos cuantos muy interesantes; a lo mejor te gusta alguno. —Repasó mentalmente la lista que le había recitado Brom hasta que se eragon detuvo en dos de ellos que lo impresionaron por heroicos, nobles y que sonaban bien—. ¿Qué te parece Vanilor, o su sucesor, Eridor? Los dos fueron grandes dragones.

No —contestó el dragón. Parecía divertirse con los esfuerzos que hacía el muchacho—. Eragon.

—Ése es mi nombre; no puedes tener el mismo —dijo frotándose la barbilla—. Bueno, si los que te he dicho no te gustan, hay otros. —Continuó recitando la lista, pero el dragón rechazaba todos los que le proponía. Parecía reírse de algo que Eragon no comprendía, pero el chico no le hizo caso y siguió dando nombres—. También estaba Ingothold, el que mató a...

De pronto, se le ocurió una cosa y se calló. ¡Ya sé dónde está el problema! ¡Te he estado diciendo nombres masculinos, y eres hembra!

Sí. —La dragona plegó las alas, satisfecha.

Ahora que sabía lo que buscaba, se le ocurrieron media docena de nombres. Barajó la idea de Miremel, pero no le pegaba, porque al fin y al cabo había pertenecido a una dragona de color pardo. Ofelia y Lenora también quedaron descartados. Estaba a punto de darse por vencido cuando recordó el último nombre que Brom había mencionado. A él le gustaba, pero ¿y a la dragona?

—¿Eres Saphira? —le preguntó.

Ella le dirigió una mirada inteligente, y Eragon sintió en lo más profundo de la mente que a la dragona le gustaba.

Sí.

Algo hizo clic en el cerebro del muchacho, y oyó el eco de la voz de la dragona, como si viniera de muy lejos. Eragon le sonrió y Saphira empezó a ronronear.

Un futuro molinero l sol ya se había puesto cuando se sirvió la cena. Un viento de borrasca silbaba fuera y azotaba la casa. Eragon miró a Roran con atención esperando lo inevitable.

—Me han ofrecido un trabajo en el molino de Therinsford —dijo Roran al fin—, que pienso aceptar.

Garrow terminó de masticar con deliberada lentitud y dejó con tranquilidad el tenedor en la mesa. Luego se reclinó en la silla al tiempo que cruzaba las manos sobre la nuca.

—¿Por qué? —preguntó escuetamente.

Roran se lo explicó mientras Eragon pinchaba la comida, distraído.

—Comprendo. —Fue el único comentario de Garrow. Y se quedó en silencio mirando el techo. Nadie se movió mientras esperaban su respuesta—. Bueno pues, ¿cuándo te vas?

—¿Qué? —preguntó Roran.

Garrow se echó hacia delante con ojos centellantes. —¿Creías que no te dejaría? Espero que puedas casarte pronto porque estaría bien ver cómo esta familia crece otra vez. Será una suerte para Katrina tenerte como marido.

El asombro que se dibujó en la cara de Roran se transformó pronto en una sonrisa de alivio.

—¿Cuándo te vas? —repitió Garrow.
—Cuando Dempton vuelva a buscar las piezas para su molino —respondió Roran que había recuperado la voz.

—¿Y eso será...?

E

eragon —Dentro de dos semanas.
—Bien, tendremos tiempo para prepararnos. No será lo mismo quedarnos solos en casa, pero si no ocurre nada malo, no será por demasiado tiempo. —Miró hacia el otro lado de la mesa y preguntó—: Eragon, ¿lo sabías?

—Me he enterado hoy... Es una locura —contestó el muchacho, incómodo.

Garrow se pasó una mano por la cara.
—Es el curso natural de la vida. —Se puso de pie—. Todo irá bien; el tiempo lo pone todo en su sitio. Pero ahora, será mejor que lavemos los platos.

Eragon y Roran lo ayudaron en silencio.

Los siguientes días fueron duros. Eragon estaba muy nervioso y no hablaba con nadie, salvo para contestar con sequedad alguna pregunta que le hacían directamente a él. Por todas partes había muestras evidentes de la partida de Roran: un petate que le había preparado Garrow, adornos que faltaban en las paredes y un extraño vacío que se palpaba en la casa. Al cabo de una semana se dio cuenta de que se había creado una extraña distancia entre su primo y él. Cuando hablaban, les costaba encontrar las palabras adecuadas, y las conversaciones eran incómodas.

Saphira era un bálsamo para la frustración de Eragon porque con ella podía hablar libremente. La mente de la dragona estaba abierta a las emociones del muchacho, y éste sentía que Saphira lo comprendía mejor que nadie. Durante las semanas anteriores a la partida de Roran, la dragona pegó otro estirón. Creció treinta centímetros más, y los hombros le llegaban a la altura de Eragon, quien se dio cuenta de que el pequeño hueco que tenía Saphira entre la nuca y los hombros era perfecto para sentarse. A menudo el muchacho descansaba allí durante el atardecer, y le rascaba christopher paolini el cuello mientras le explicaba el significado de las distintas palabras. Muy pronto Saphira empezó a entender todo lo que él le decía, y con frecuencia hacía comentarios.

Para Eragon, esta parte de la vida era maravillosa. Saphira era tan real y tan compleja como cualquier persona. Tenía una personalidad ecléctica y a veces completamente extraña, pero se entendían mutuamente en los aspectos más profundos. Las acciones y las ideas de la dragona ponían de manifiesto nuevos rasgos de su carácter. En una oportunidad, cazó un águila, y en lugar de comérsela, la soltó diciendo:

Ningún cazador del cielo debe acabar su vida como presa. Vale más morir volando que atrapado en tierra.

El plan que Eragon tenía para presentar a Saphira a su familia se desvaneció por el anuncio de Roran y por las palabras de advertencia de la dragona. Ella no quería que la viesen, y él, en parte por egoísmo, estuvo de acuerdo. En el momento en que se enteraran de su existencia, Eragon sabía que las protestas, las acusaciones y el miedo irían dirigidos contra él. Así que lo postergó y se dijo a sí mismo que esperaría hasta que fuera el momento oportuno.

La noche antes de la partida de Roran, Eragon fue a hablar con él, pero se detuvo en el pasillo, cerca de la puerta abierta de la habitación de su primo. Sobre la mesilla de noche había una lámpara de aceite que proyectaba una luz tibia y oscilante sobre las paredes mientras que las sombras alargadas de los soportes de la cama se reflejaban contra las estanterías vacías que llegaban hasta el techo. Roran, con los ojos bajos y con la nuca tensa, enrollaba su ropa y sus pertenencias en mantas. De pronto, se detuvo y recogió algo de la almohada que hizo rebotar entre las manos. Era una piedra pulida que le había regalado Eragon hacía años. Roran iba a embalarla con sus cosas, pero cambió de idea y la dejó en el estante. A Eragon se le hizo un nudo en la garganta y se marchó.

Forasteros en Carvahall l desayuno estaba frío, pero no así el té. La capa de hielo del interior de las ventanas se había derretido con el fuego que se había encendido por la mañana, pero había empapado la madera del suelo y había formado en ella unas manchas como oscuros charcos. Eragon vio a Garrow y a Roran junto a la cocina económica y pensó con tri ...