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EREBOS

Ursula Poznanski  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Agradecimientos

Notas

Notas de la conversión

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

Para Leon

 

Siempre comienza de noche. La oscuridad alimenta mis planes. Y, si algo me sobra, es oscuridad. Ella es el suelo donde únicamente florecerá lo que satisfaga mis deseos.

Si pudiera elegir, siempre preferiría la noche al día, el sótano al jardín. Solo después del atardecer, la esencia de mis ideas puede salir de su escondite para respirar el aire helado que le da una belleza grotesca a su cuerpo deforme. La carnada debe ser apetitosa para que la presa mire el anzuelo que se hundirá con fuerza en su carne. Mi presa. Aún no la conozco y casi deseo abrazarla. De alguna manera lo haré: ambos seremos uno en mi espíritu.

No necesito ir en busca de la oscuridad: siempre me rodea y yo la exhalo como si fuera mi aliento. Como si fuera el sudor de mi cuerpo. Mientras tanto, ella me esquiva, y eso es bueno. Todos me acechan y cuchichean, están incómodos, angustiados. Piensan que la peste los mantiene lejos, pero yo sé que es la oscuridad.

Capítulo 1

Son las tres y diez y no hay rastro de Colin. Nick botaba la pelota de baloncesto contra el suelo, la atrapaba con la mano derecha, luego con la izquierda y después volvía a su diestra. Un corto y sonoro golpe retumbaba con cada bote. Se esforzaba para mantener el ritmo. Veinte veces más la bola tendría que cambiar de mano. Si no llegaba Colin, le tocaría ir solo al entrenamiento.

«Cinco, seis». No podía comprender por qué no aparecía. Sabía de sobra que era muy fácil que te echaran del equipo de Betthany. Tampoco tenía encendido el móvil, seguro que se le olvidó cargar la batería. «Diez, once». A cualquiera se le olvida enchufar el teléfono, pero… ¿también se le habían olvidado el baloncesto, sus amigos, el equipo? «Dieciocho. Diecinueve. Veinte». Ni rastro de Colin. Nick suspiró y cogió la pelota bajo el brazo.

El entrenamiento fue extenuante. Después de dos horas, Nick estaba bañado en sudor. Con las rodillas doloridas caminó cojeando hacia la ducha, se puso bajo el chorro y cerró los ojos. Colin no había aparecido y Betthany —por no variar— estaba furioso. Había descargado toda su rabia contra Nick, como si él fuera culpable de la desaparición de Colin.

Nick se echó champú y lavó su larga cabellera (al menos así le parecía al entrenador Betthany), que después recogió en una coleta con una goma desgastada. Fue el último en irse del gimnasio.

Afuera ya era de noche. Mientras bajaba por las escaleras mecánicas para llegar al metro, sacó su móvil y presionó la tecla de marcación rápida con el número de Colin. Después de sonar dos veces saltó el buzón de voz y colgó sin dejar un mensaje.

Su madre estaba recostada en el sofá, leía una de sus revistas de peluquería y veía la televisión.

—Hoy cenaremos perritos calientes —le dijo a Nick en cuanto cerró la puerta—. Estoy muerta. ¿Me traes una aspirina de la cocina?

El chico dejó caer su mochila en el rincón y echó una aspirina efervescente con vitamina C en un vaso de agua. «Perritos, genial». Se moría de hambre.

—¿Y papá?

—No está, hoy llegará tarde… Es el cumpleaños de uno de sus compañeros.

Sin muchas esperanzas, Nick hurgó en la nevera en busca de algo sabroso: unas salchichas o el resto de la pizza de ayer, por ejemplo. No encontró nada.

—¿Cómo ves el asunto de Sam Lawrence? —gritó su madre desde el salón—. Qué locura, ¿no?

«¿Sam Lawrence?». El nombre le sonaba, pero no le ponía cara. Las confusas noticias de su madre siempre le sacaban de quicio cuando llegaba hecho polvo. Le sirvió el anhelado cóctel contra el dolor de cabeza y se preguntó si también él debería tomarse uno.

—¿Vosotros estabais ahí cuando se lo llevaron? Me lo ha contado hoy la señora Gillinger mientras le retocaba las mechas; trabaja en la misma empresa que la madre de Sam.

—¡No te entiendo! ¿Sam Lawrence va a mi instituto?

Su madre le observó con el ceño fruncido.

—¡Pues claro que sí! Va dos cursos por detrás de ti. Lo expulsaron. ¿No te has enterado del escándalo?

No, Nick no se había enterado, pero su madre le puso al corriente.

—¡Encontraron armas en su taquilla! ¡Armas! Se supone que eran una pistola y dos navajas de muelle. ¿De dónde sacó un muchacho de quince años una pistola? ¿Sabes dónde las consiguió?

—No —dijo Nick sin ganas de mentir.

A él le daba igual el escándalo (como lo llamaba su madre). Sin embargo, pensó en los estudiantes que cometían asesinatos en los institutos estadounidenses y se estremeció sin querer. ¿De verdad había tipos tan enfermos en su colegio? Tuvo ganas de hablar con Colin, quizá él supiese más acerca de lo que había pasado, pero el muy holgazán no contestaba al teléfono. Tal vez fuese lo mejor, seguramente su madre estaba exagerando, como siempre, y Sam Lawrence solo tenía una pistolita de agua y una navaja de boy scout.

—Es horrible la de cosas que pueden salir mal cuando los niños crecen —afirmó ella, y lo observó con una mirada que decía: «Mi precioso, mi pequeño, mi bebé, ¿verdad que tú no harías algo así?».

Esa era la expresión que le llevaba a plantearse si no debería mudarse con su hermano.

—¿Estabas enfermo? ¡Betthany nos dio caña como nunca!

—No. Todo va bien.

Los ojos de Colin, enrojecidos, se fijaron en la pared del pasillo del instituto.

—¿Estás seguro? Tienes una pinta espantosa.

—Seguro. Anoche casi no pegué ojo.

La mirada de Colin recorrió a toda prisa la cara de Nick y después volvió a clavarse en la pared. Nick reprimió un suspiro. A Colin nunca le había importado dormir poco.

—¿Saliste?

Su amigo negó con la cabeza y las rastas se balancearon de un lado al otro.

—Vale. Pero si fue tu padre el que…

—No fue mi padre, ¿de acuerdo?

Colin le apartó a un lado y se dirigió a clase. No se sentó en su sitio de siempre, sino que fue al lado de Dan y de Alex, que estaban de pie junto a la ventana, metidos en su charla.

¿Dan y Alex? Nick parpadeó con incredulidad. Esos dos eran tan aburridos que Colin siempre los llamaba «las abuelitas tejedoras». La abuelita tejedora uno (Dan) no había terminado de dar el estirón y se diría que intentaba compensarlo con un culo gordísimo, que le encantaba rascarse. A la abuelita tejedora 2 (Alex) el color de la cara le cambiaba a la velocidad de la luz en cuanto uno le dirigía la palabra: del blanco harina al rojo semáforo. ¿Colin quería convertirse en la tercera abuelita tejedora?

—Eso no me cabe en la cabeza —murmuró Nick.

—¿Hablando solo?

Jamie apareció detrás de Nick: le dio una palmada en el hombro y arrastró su estropeada mochila por toda la clase. Al sonreír, mostró la hilera de dientes más torcida que podía encontrarse en el instituto.

—Hablar solo es muy mala señal. Uno de los primeros síntomas de la esquizofrenia. ¿También oyes voces?

—No seas idiota —dijo Nick mientras le daba un amistoso empujón—. Pero, mira, Colin se está haciendo amigo de las abuelitas tejedoras.

Volvió a mirarlo y se quedó de piedra. Alto. Lo que ocurría no era el comienzo de una amistad sino un sometimiento. Colin tenía pinta de estar rogando. Sin pensarlo, Nick se acercó un poco más.

—No entiendo qué pasa, ¿me lo explicas? —escuchó decir a Colin.

—No se puede. Déjate de tonterías, ya sabes lo que está pasando —le dijo Dan y cruzó los brazos sobre su barriga gelatinosa. En la corbata de su uniforme tenía restos de yema de huevo del desayuno.

—¡No es nada del otro mundo! Y tampoco te voy a delatar.

Mientras Alex miraba algo escamado a Dan, este parecía feliz ante la escena.

—Olvídal

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