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ESCLAVOS DE UNA OBSESIóN (DETECTIVE WILLIAM MONK 11)

Anne Perry  

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Fragmento

1

—Estamos invitados a cenar con el señor y la señora Alberton —dijo Hester como respuesta a la mirada inquisitiva que Monk le lanzaba desde el otro lado de la mesa del desayuno—. Son amigos de Callandra. Ella también iba a ir, pero ha tenido que marcharse a Escocia de improviso.

—Me figuro que aun así querrás aceptar —dedujo él, observando la expresión de su cara. Solía desentrañar sus emociones a la primera, unas veces con precisión extraordinaria, otras malinterpretándola por completo. En esa ocasión estaba en lo cierto.

—Sí, me gustaría. Callandra me dijo que son encantadores e interesantes y que poseen una casa muy bonita. La señora Alberton es medio italiana y, según parece, el señor Alberton también ha viajado mucho.

—En tal caso, supongo que será mejor que vayamos. Aunque han avisado con muy poca antelación, ¿no? —concluyó él con poca gentileza.

Si bien era cierto que los habían invitado con poca antelación, Hester no estaba dispuesta a encontrar faltas en algo que prometía ser interesante y probablemente hasta el principio de una nueva amistad. No contaba con muchos amigos. La naturaleza de su trabajo como enfermera había hecho que a menudo sus amistades fueran pasajeras. Hacía ya un tiempo que no se veía ante un caso apasionante. Tampoco los casos de Monk durante los últimos cuatro meses de primavera y principios de verano habían resultado interesantes, y él no había reclamado su ayuda, ni, en la mayoría de ellos, siquiera su parecer. Eso la traía sin cuidado; los robos eran tediosos, mayormente motivados por la codicia, y no conocía a las personas implicadas.

—Estupendo —dijo con una sonrisa, dando el asunto por concluido—. Contestaré de inmediato diciendo que acudiremos encantados.

La mirada que recibió como respuesta fue irónica, sólo con un matiz sarcástico.

Llegaron a casa de los Alberton en Tavistock Square al filo de las siete y media. La mansión era hermosa, tal como Callandra había comentado, aunque no tanto como para que Hester lo considerase digno de mención. No obstante, cambió de parecer en cuanto puso un pie en el vestíbulo, dominado por una escalinata curva en cuyo recodo se abría un enorme ventanal de cristales emplomados con el sol del atardecer detrás. Era algo realmente bonito y Hester se quedó embobada en lugar de prestar atención al mayordomo que acababa de recibirlos y fijarse por donde iba.

El salón de recibo también se salía de lo común. Había menos mobiliario de lo habitual y los colores eran más pálidos y cálidos, produciendo una ilusión de luminosidad pese a que los altos ventanales que daban al jardín se abrían al cielo de levante. Las sombras ya se iban alargando, aunque no sería de noche hasta pasadas las diez, pues el verano había alcanzado su apogeo hacía sólo unos días.

La primera impresión que Hester se llevó de Judith Alberton fue que se trataba de una mujer extraordinariamente bella. Era más alta que la media, pero con un cuello y unos hombros esbeltos que realzaban las lozanas curvas de su figura, otorgándole una delicadeza que de otro modo quizá no hubiese poseído. Su rostro, si se contemplaba con detenimiento, se apartaba por completo de las convenciones en boga. Tenía la nariz recta y bastante prominente, los pómulos muy altos, la boca más bien grande y la barbilla decididamente roma. Los ojos eran sesgados y de un otoñal tono dorado. La impresión de conjunto era a un tiempo generosa y apasionada. Cuanto más se la miraba, más encantadora parecía. A Hester le gustó de inmediato.

—¿Qué tal está? —saludó calurosamente Judith—. Cuánto me alegro de que haya venido. Ha sido muy amable de su parte, habida cuenta de lo precipitado de la invitación. El caso es que Callandra me habló de usted con tanto afecto que no quise esperar más. —Sonrió a Monk. Sus ojos se iluminaron con un destello de interés al contemplar su rostro moreno y enjuto, en el que destacaba el prominente caballete de la nariz, aunque siguió dirigiendo sus atenciones a Hester—. Le presento a mi marido.

El hombre que se aproximó era más agradable que bien parecido, mucho más corriente que su esposa, aunque la regularidad de sus rasgos transmitía fuerza y encanto.

—¿Cómo está usted, señora Monk? —dijo sonriendo, y en cuanto hubo cumplido con la cortesía se volvió de inmediato hacia Monk, detrás de ella, escrutando su semblante fijamente unos instantes antes de tender la mano para saludarle y hacerse a un lado para que el resto de invitados fuera presentado a su vez.

Había otras tres personas en la estancia. Una era un hombre de cuarenta años cumplidos, con el pelo oscuro que empezaba a ralear. Hester reparó enseguida en su franca sonrisa y su espontáneo apretón de manos. Irradiaba una confianza innata, como si estuviera más que seguro de sí mismo y de sus convicciones y no precisara hacer partícipe de ellas al prójimo. Le gustaba escuchar a los demás. Aquella era una cualidad muy del agrado de Hester. Se llamaba Robert Casbolt y fue presentado no sólo como socio de Alberton en sus negocios y amigo de juventud, sino también como primo de Judith.

El otro hombre presente era oriundo de Estados Unidos. Como todo el mundo sabía, a lo largo de los últimos meses ese país se había ido sumiendo trágicamente en un estado de guerra civil. Hasta la fecha no había tenido lugar nada más grave que algunas inquietantes refriegas, pero el recrudecimiento de las hostilidades parecía más inminente tras cada nuevo boletín de noticias que llegaba del otro lado del Atlántico. La guerra no tardaría en estallar.

—El señor Breeland procede de la Unión —explicó Alberton en tono amable, aunque frío.

Hester miró a Breeland respondiendo a la presentación. Por su aspecto no tendría más de treinta años, era alto y esbelto, de anchas espaldas y con el porte erguido de un soldado. Sus rasgos eran regulares y su expresión cortés a la vez que severamente contenida, como si sintiera que debía estar constantemente en guardia contra cualquier desliz o relajo de la conciencia.

La última en ser presentada fue Merrit, la hija de los Alberton. Tenía unos dieciséis años y todo el encanto, la pasión y la vulnerabilidad propios de su edad. Era más rubia que su madre, de quien no había heredado la belleza, y si bien su rostro transmitía la misma fuerza de voluntad, parecía mucho menos capaz de ocultar las emociones. Respondió a las presentaciones con sobrada educación, pero sin hacer ningún esfuerzo por fingir más que lo exigido por la cortesía.

La conversación preliminar abordó asuntos tan anodinos como el tiempo, el aumento del tráfico en las calles y el multitudinario éxito de una exposición cercana.

Hester se preguntó por qué Callandra había supuesto que ella y Monk iban a hacer buenas migas con aquellas personas, aunque quizá sólo fuese que les tuviera cariño por ser conocedora de su bonhomía.

Breeland y Merrit se apartaron un poco, conversando muy serios. Monk, Casbolt y Judith Alberton comentaron un estreno reciente y Hester entabló conversación con Daniel Alberton.

—Lady Callandra me contó que pasó usted casi dos años en Crimea —dijo con sumo interés. Sonrió excusándose—. No voy a hacerle las preguntas de costumbre sobre miss Nightingale. Debe resultarle muy aburrido a estas alturas.

—Es una persona realmente excepcional —repuso Hester—. Sería incapaz de criticar a nadie por querer saber más sobre ella.

Alberton sonrió.

—Sin duda ha dicho eso un montón de veces. ¡Tenía la respuesta preparada!

Hester notó que se relajaba. Su interlocutor le resultó un conversador inesperadamente grato; la franqueza siempre era mucho más llevadera que la cortesía continuada.

—Sí, debo admitirlo. Es...

—Poco original —concluyó él por ella.

—Sí.

—Puede que lo que quería decirle también sea poco original pero se lo voy a decir de todos modos, puesto que realmente quiero saber. —Frunció un poco el ceño, juntando las cejas. Sus ojos eran de un azul muy claro—. Sin duda, cuando estuvo allí debió de hacer acopio de grandes dosis de coraje, tanto físico como moral, sobre todo cerca del frente. Se habrá visto obligada a tomar decisiones que alteraron la vida de otras personas, quizá salvándolas o perdiéndolas.

Era verdad. Recordó sobresaltada lo desesperante que había sido, lo remoto que quedaba todo de aquella plácida velada veraniega en un elegante salón de Londres, donde el color y el corte de un traje revestían tanta importancia. La guerra, la enfermedad, los cuerpos destrozados, el calor y las moscas o el frío terrible, todo podía haber sucedido en otro planeta sin ninguna conexión con aquel mundo excepto un idioma común cuyas palabras, no obstante, jamás bastarían para explicar uno al otro.

Hester asintió con la cabeza.

—¿No le resultó extraordinariamente difícil adaptarse de aquella vida a ésta? —preguntó Alberton. Aunque hablaba sin levantar la voz, imprimía una sorprendente intensidad a sus palabras.

¿Cuánto habría contado Callandra a Judith Alberton o a su marido? ¿Iba Hester a ponerla en una situación incómoda ante los Alberton en el futuro si se permitía ser sincera? Probablemente no. Callandra nunca había sido una mujer que huyera de la verdad.

—Bueno, regresé decidida a reformar todos los hospitales de la patria —dijo con una mueca de arrepentimiento—. Como es obvio, no lo conseguí, por razones muy diversas. La principal de ellas fue que nadie creyó que tuviera la menor idea sobre lo que decía. Las mujeres en

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