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ESE ANCHO RíO ENTRE NOSOTROS

Gabriela Margall  

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Fragmento

Prólogo

Ciudad de la Santísima Trinidad

y Puerto de los Buenos Aires.

1801, mes de junio

Una niña mujer contempla el río. Está apoyada contra el suave tronco de un álamo y trata de esconderse de los ojos vigilantes de la ciudad. Mira el agua plateada que se muere despacio contra la costa de la ciudad. Hace frío pero ella no lo siente. Mira el río y más allá, hacia algún lugar que está lejos y no conoce.

Es una tarde fría. Tras cinco días de sudestada finalmente el cielo comienza a despejarse y llega el viento del suroeste, filoso y diáfano. La niña tiene frío pero no le importa. Importa el río que va y viene, lleva gente y trae recuerdos queridos.

A lo lejos, se ven en el río los enormes barcos grises que traen pasajeros y mercaderías al puerto. Un puerto que no existe porque la corona española aún no se decide a construirlo. La ciudad es un puerto sin puerto. Los barcos anclan a lo lejos y envían pasajeros y baúles en barquitos negros, como si fueran hormigas. Más cerca de la niña, se ven carretas y bueyes que acercarán a la costa esos baúles que son la riqueza de los comerciantes y esos viajeros que buscarán enriquecerse gracias al comercio.

Nada es más lucrativo en la ciudad que comerciar.

Nada ocupa más los pensamientos de sus habitantes.

Nada desvela y tortura más a los hombres porteños que comprar y vender.

Un hombre sentado en una de los barquitos negros siente el movimiento de río y lo maldice, despacito, en voz baja, para que el remero no lo escuche. El movimiento del río le hace sentir náuseas.

Es un río color marrón, espeso, al que por alguna razón alguna vez lo llamaron “de la Plata”. Un río que lo vio nacer pero que también lo vio marcharse cuando era muy pequeño. Un río que no conoce y del que sospecha mucho. Un río que lo mantuvo cinco días atascado en la ciudad de Montevideo por una tormenta intolerable de viento y lluvia ligera y finita. ¿Cómo se hacen negocios con esa lluvia ligera y finita que hiela y moja y es invisible?

Frunciendo el ceño, alza la vista hacia la ciudad. La silueta de Buenos Aires se dibuja y se recorta contra el cielo celeste blanco y gris. Algunas esclavas negras están machacando la ropa contra las toscas del río, se mueven, se ríen y hablan.

La ciudad es tan insignificante que apenas se puede ver desde la ribera. Es absolutamente chata y un feo fuerte aparece en primer lugar, casi cayéndose al río. Si soplara un viento un poco más fuerte quizá lograra hundirlo del todo en ese río que parece estar lleno de cosas hundidas.

El hombre trata de enfocar mejor los ojos y descubre otros edificios. Detrás del fuerte se ve la torre de un Cabildo. “Bien”, piensa, y ya se siente más a gusto. “Donde hay instituciones, hay funcionarios que comprar, hay negocios que hacer, hay leyes que cumplir y eludir cuando es necesario. Se siente más a gusto ahora que ve el Cabildo. Cádiz ya parece más lejos que antes. Ahora Buenos Aires se siente ese lugar de comercio que tanto le recomendaron.

El barquito se mueve con el viento pero él sigue observando la ciudad plana. Comparada con Madrid o Cádiz no es una ciudad. Es una pequeña aldea, con ínfulas de capital virreinal. Por lo que puede ver tiene cuatro iglesias con enormes torres. ¿Para que una aldea necesita cuatro enormes iglesias, un fuerte y un cabildo?

“Aldea pretenciosa”, pensó, “con gente igual de pretenciosa”.

Cada vez se sentía mejor: no había nada más fácil de tratar que la gente pretenciosa. Simplemente había que decir lo que ellos esperaban oír para luego hacer lo que le diera la gana. Nada más fácil. Algunos recordarían a su padre y buscarían hacer negocios con él de inmediato. Otros lo mirarían con sospecha hasta que se dieran cuenta de que solo quería comerciar. Comprar por uno y vender por cuatro. Y así la vida serena, para él y para su hermana, lejos de una Europa convulsionada.

Un ligero movimiento proveniente de un grupo de árboles un poco alejado del fuerte le llama la atención. Puede distinguir la figura de una mujer pequeña vestida de marrón oscuro apoyada contra uno de los árboles. Parece una niña. El viento hace que la mantilla negra que lleva en la cabeza se deslice hasta los hombros. Tiene la piel blanca y el pelo claro. No puede dejar de mirarla.

La joven tratando de acomodarse la mantilla, nota la mirada fija del hombre sentado en la pequeña barca, rodeado de baúles y petacas de cuero. Es un hombre moreno, de cabello muy oscuro. Parece muy grande porque las cosas se ven pequeñas a su alrededor. Tiene las manos apoyadas en las rodillas en un gesto cansado. Detrás de él hay una mujer que lleva las manos apoyadas en los costados de la barca. No puede distinguir si es una dama o una criada. La mirada del hombre la llama, la mantiene unida a través del río.

El ir y venir del agua acompasa las respiraciones de los dos. La joven incluso está ahora segura de que alguien la está meciendo entre sus brazos, abrigándola con suaves arrullos de viento diáfano del sur y olas plateadas que se deshacen en la ribera.

El hombre por un momento olvida todo, quién es, por qué esta allí, su pasado.

En ese momento no parece existir nada más que el balanceo del agua, el viento y una joven apoyada en un árbol.

La niña por un momento olvida todo, quién es, qué hace allí, su presente.

En ese momento no parece existir nada más que un río que ama, el viento que se lleva la lluvia y un hombre rodeado de baúles en una pequeña barca.

Pero todo es un instante.

Una negra sale de la nada y comienza a tirar del brazo de la joven, qui

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