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ESTAMBUL

Orhan Pamuk  

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Fragmento

1.

EL OTRO ORHAN

Desde niño me he pasado largos años creyendo en un rincón de la mente que en algún lugar de las calles de Estambul, en una casa parecida a la nuestra, vivía otro Orhan que se me parecía en todo, que era mi gemelo, exactamente igual a mí. No recuerdo dónde ni cómo se me ocurrió semejante idea por primera vez. Muy probablemente se me grabara como consecuencia de un largo proceso tejido de malentendidos, coincidencias, juegos y miedos. Para poder explicar lo que sentía cuando aquel sueño empezaba a centellear en mi cabeza voy a contar uno de los primeros momentos en que lo noté de manera más clara.

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Cuando tenía cinco años me enviaron durante un tiempo a otra casa. Mis padres, después de una de sus peleas y separaciones, se habían reencontrado en París, y a mi hermano mayor y a mí, que nos quedamos en Estambul, nos separaron. Mientras mi hermano se quedaba en Nişantaşı, en el edificio Pamuk, con mi abuela paterna y el grueso de la familia, a mí me enviaron a casa de mi tía materna, a Cihangir. En una de las paredes de aquella casa, en la que siempre fui recibido con cariño y sonrisas, estaba colgado el retrato de un niño pequeño enmarcado en blanco. De vez en cuando mis tíos me señalaban el retrato de la pared y me decían sonriendo: «Mira, ese eres tú».

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Aquel niño tan mono de ojos enormes, sí, se me parecía un poco. Además llevaba en la cabeza una de esas gorras que yo me ponía cuando salía a la calle. Pero, no obstante, sabía que aquella no era exactamente mi imagen. (En realidad, era una reproducción kitsch procedente de Europa de un niño muy mono.) Siempre lo pensé: ¿podría ser ese otro Orhan que viviera en otra casa?

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Pero ahora yo mismo había empezado a vivir en otra casa. Era como si para que pudiera encontrarme con ese doble que vivía en otro lugar yo también hubiera tenido que mudarme, pero no me hacía en absoluto feliz aquel encuentro. Quería volver a mi auténtica casa, al edificio Pamuk. Cuando me decían que yo era el del retrato de la pared, me sentía un tanto confuso, todo se me mezclaba, yo, mi retrato, el retrato que se me parecía, aquel niño que se parecía a mí, los sueños de otra casa, y lo único que quería era regresar a la mía y quedarme allí para siempre con el resto de la familia.

Por fin se cumplieron mis deseos y poco después volví al edificio Pamuk. Pero la idea de que en otra casa de Estambul vivía otro Orhan nunca me abandonó. Aquella fascinante idea siempre estuvo a punto para cualquier eventualidad en un rincón de mi mente fácilmente accesible durante toda mi infancia y mi primera juventud. Las noches de invierno, mientras caminaba por las calles de Estambul, se me pasaba de repente por la cabeza con un escalofrío que el otro Orhan vivía en alguna de las casas cuya luz anaranjada podía ver, en las que me imaginaba que una gente feliz y contenta llevaba una existencia tranquila, y cuyo interior intentaba vislumbrar. Según crecía, aquella idea se fue convirtiendo en una fantasía, y la fantasía en la escena de un sueño. En alguna de las pesadillas de las que me despertaba gritando me encontraba con aquel otro Orhan –siempre en otra casa– o los dos Orhan nos mirábamos en silencio con una sangre fría sorprendente y despiadada. Entonces, entre dormido y despierto, me abrazaba con más fuerza a mi almohada, a mi casa, a mi calle, al lugar en que vivía. Pero cuando me sentía desdichado, comenzaba a imaginar que iría a otra casa, a otra vida, al lugar donde vivía el otro Orhan y, de repente, empezaba a creerme un poco que yo era ese otro Orhan y me entretenía con los sueños de su felicidad. Esos sueños me hacían tan feliz que ya no sentía la necesidad de irme a otra casa.

Y llegamos a la cuestión fundamental. Desde el día en que nací, nunca he dejado las casas, las calles y los barrios en que he vivido. Sé que el hecho de que cincuenta años después siga viviendo en el edificio Pamuk (a pesar de haber residido entretanto en otros lugares de Estambul), el mismo lugar en que mi madre me cogió en brazos y me mostró el mundo por primera vez y donde me hicieron las primeras fotos, tiene que ver con la idea del otro Orhan en otra parte de Estambul, con ese consuelo. Y también percibo que mi historia es la que me hace especial, y, por lo tanto, también a Estambul: el haber permanecido cincuenta años en el mismo lugar, incluso en la misma casa, en una época condicionada por la multitud de emigraciones y por la creatividad de los emigrantes. «Sal un poco a la calle, ve a otro sitio, viaja», me decía siempre mi madre, abatida.

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Hay autores, como Conrad, Nabokov o Naipaul, que han conseguido escribir con éxito cambiando de lengua, de nación, de cultura, de país, de continente e incluso de civilización. Y sé que, de la misma forma que su identidad creativa ha ganado fuerza con el destierro o la emigración, lo que a mí me ha determinado ha sido permanecer ligado a la misma casa, a la misma calle, al mismo paisaje, a la misma ciudad. Esa dependencia de Estambul significa que el destino de la ciudad era el mío porque es ella quien ha formado mi carácter.

Flaubert, que cuando vino a Estambul ciento dos años antes de que yo naciera se quedó muy impresionado por las multitudes que poblaban la ciudad y por su heterogeneidad, escribió en una carta que creía que Constantinopla sería la capital del mundo cien años más tarde. Al desplomarse y desaparecer el Imperio otomano, aquella profecía se cumplió justo al revés. Cuando nací, Estambul vivía los días más débiles, pobres, aislados y alejados del mundo de sus dos mil años de historia teniendo en cuenta su posición relativa en el mundo. La amargura que proporcionan la sensación de hundimiento que dejó el Imperio otomano, la pobreza y las ruinas que cubren la ciudad, han sido cosas que han definido Estambul a lo largo de toda mi vida. Toda mi vida ha transcurrido combatiendo dicha amargura o, por fin y como todos los demás estambulíes, asumiéndola.

Todo el que siente curiosidad por darle un significado a la vida se ha preguntado al menos una vez por el sentido del lugar y el momento en que ha nacido. ¿Qué significa que yo haya nacido en tal fecha en tal rincón del mundo? ¿Han sido una elección justa esta familia, este país y esta ciudad que se nos han otorgado como si nos hubieran tocado en la lotería, que esperan que los amemos y a los que por fin conseguimos amar de todo corazón? A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura. (Pero una voz interior me dice que en realidad eso ha sido una suerte.) En lo que respecta al dinero, ocasionalmente pienso que he sido afortunado por haber nacido en una familia de posibles. (Aunque también se ha dicho lo contrario.) Pero la mayor parte de las veces, de la misma manera que me he convencido de que no debo quejarme de mi cuerpo (ojalá fuera algo más apuesto y de constitución más robusta) ni de mi sexo (¿sería menor problema la sexualidad si fuera mujer?), comprendo que Estambul, donde nací y donde he pasado toda mi vida, es para mí un destino incuestionable. Este libro es sobre ese destino…

Nací en Estambul el 7 de junio de 1952, un poco después de medianoche, en un pequeño hospital privado de Moda. Tanto en los pasillos como en el mundo, la noche transcurría tranquila. No había nada que agitara nuestro planeta aparte de las llamas y las cenizas que el volcán Stromboli, en Italia, había empezado a vomitar hacía dos días. En los periódicos, algunas notas sobre las tropas turcas que combatían en Corea del Norte y ciertas sospechas, basadas en fuentes norteamericanas, de que los norcoreanos estaban dispuestos a utilizar armas biológicas, eran noticias de segunda fila. Las verdaderas noticias que mi madre leía atentamente, como la mayor parte de los estambulíes, horas antes de darme a luz, eran sobre «nuestra» ciudad. El empresario textil que identificó ayer el cadáver del ladrón, con antecedentes penales, al que hacía dos noches habían descubierto intentando entrar por la ventana del retrete en una casa de Langa llevando una terrible máscara, que había sido atrapado en un depósito de madera después de ser perseguido por las calles por los serenos y por los «valientes» estudiantes de la Residencia Estudiantil Konya y que se había suicidado tras insultar a la policía, aseguró que el mismo bandido había sido quien había atracado en pleno día su tienda de Harbiye el año anterior. Mi madre estaba sola leyendo aquellas noticias en el hospital porque, tal y como me contó años después con algo de rabia y de tristeza, como el parto se retrasó después de que la ingresaran, mi padre se aburrió y se fue con sus amigos. En la sala de partos, junto a mi madre, solo estaba mi tía, que había conseguido entrar en el hospital a aquellas horas de la noche saltando por el muro del jardín. Cuando mi madre me vio por fin por primera vez pensó que yo era más débil, más frágil y más delgado que mi hermano, dos años mayor.

En realidad, debería haber dicho «parece ser que pensó». El pasado inferencial, que a mí tanto me gusta y que en turco usamos para contar sueños, leyendas, y cosas que no hemos vivido directamente, es más apropiado para narrar nuestras vivencias en la cuna, en el cochecito, o la primera vez que anduvimos. Porque son nuestros padres quienes nos cuentan esas primeras experiencias vitales nuestras y nosotros obtenemos cierto escalofriante placer escuchando nuestra historia como si aquellas primeras palabras y aquellos primeros pasos fueran de otro. Esa dulce sensación, que nos recuerda el goce de vernos a nosotros mismos en un sueño, luego se instala en nuestra alma como una costumbre que nos emponzoñará a lo largo de toda nuestra vida. Nos acostumbramos a enterarnos del significado de todo lo que vivimos –incluso los placeres más profundos– por otros. Al igual que esos «recuerdos» de la primera infancia de los que nos hemos apropiado escuchándoselos a los demás hasta que por fin empezamos a pensar que realmente somos nosotros mismos quienes los recordamos obstinándonos en contárselos como tales a cualquiera, lo que opina el resto de la gente sobre todo tipo de cosas que hemos vivido acaba convirtiéndose no solo en lo que pensamos al respecto, sino en un recuerdo más importante aún que la propia experiencia vivida. Y, al igual que ocurre con nuestras vidas, la mayor parte de las veces es por otros por quienes nos enteramos del significado de la ciudad en la que vivimos.

Cuando asumo como si fueran recuerdos propios lo que otras personas cuentan sobre mí y sobre Estambul me apetece decir: «(Parece ser que) en tiempos pintaba, (que) nací y crecí en Estambul, (que) fui un niño curioso ni bueno ni malo, y (que) luego, a los veintidós años, no sé por qué, empecé a escribir novelas». Me habría gustado escribir así este libro porque cuenta toda una vida como si la hubiera vivido otro y porque se parecería a un sueño agradable que debilitaría la voz y la voluntad propias. Pero ese hermoso lenguaje de cuento de hadas no me resulta convincente porque muestra esta vida como una preparación para otra más real y luminosa en la que nos despertaremos más tarde como si nos despojáramos de un sueño. Porque, para la gente como yo, esa segunda vida que viviremos después no es sino el libro que tenemos en las manos. Queda a tu atención, lector. Yo te daré honestidad, tú muéstrame compasión.

2.

FOTOGRAFÍAS DE LA OSCURA CASA-MUSEO

Mis padres, mi hermano, mi abuela, mis tías, mis tíos maternos con sus esposas y yo vivíamos todos en distintos pisos de un edificio de cinco plantas. La familia abandonó la mansión de piedra que había al lado, en la que habían vivido todos juntos como una gran familia otomana en diversas habitaciones y alas hasta un año antes de que yo naciera arrendándola a una escuela primaria privada, y se mudó en 1951 al edificio «moderno», en cuyo cuarto piso vivíamos nosotros ahora, construido en el solar adyacente y en el que se había escrito orgullosamente sobre la puerta de la calle, siguiendo la moda de la época, «Edificio Pamuk». En cada uno de los pisos, a los que en los primeros años subí y bajé en brazos de mi madre, había uno o dos pianos. Mi tío, al que siempre recuerdo leyendo el periódico, fue el último en casarse y se instaló con mi tía y su piano en el primer piso, en el que viviría durante el medio siglo siguiente mirando por la ventana a los que pasaban por la calle. Aquellos pianos, que nunca tocaba nadie, despertaban en mí cierta amargura y melancolía.

Y no solo era que nadie tocara el piano, el hecho de que siempre estuvieran cerrados con llave los aparadores de puertas de cristal repletos de porcelanas chinas, tazas, juegos de plata, azucareros, cajas de rapé, vasos de cristal, frascos para agua de rosas, platos e incensarios (y un pequeño automóvil de juguete escondido un día entre ellos), el que no se usaran los atriles para leer el Corán con incrustaciones de nácar ni los percheros para los turbantes, el que tras los biombos con influencias japonesas y del art nouveau no se ocultara nada, que nunca se abrieran las puertas de cristal de la biblioteca en la que se alineaban bajo el polvo de veinte años los tomos encuadernados de los libros de medicina de mi tío el médico, que había emigrado a América, todo aquello que llenaba las salas de estar de cada uno de los pisos despertaba en mí la sensación de que se exponía no para la vida sino para la muerte. (Ocasionalmente, una mesita o un arcón tallado subían misteriosamente de un salón al de otro piso.)

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Cuando a veces nos sentábamos desmañadamente en los sillones con incrustaciones de nácar y la tapicería bordada con hilo de plata, mi abuela nos llamaba la atención: «Sentaos ahí como es debido». Por supuesto, tras el hecho de que las salas de estar estuvieran dispuestas no tanto como lugares en los que los habitantes de la casa pudieran pasar el tiempo cómodamente sino como pequeños museos creados para la visita de unos imaginarios huéspedes que nadie sabía cuándo vendrían, se ocultaba la devoción por Occidente. (Alguien que no ayuna en Ramadán sufre menos remordimientos entre pianos y cómodas que en una casa donde la gente se sienta con las piernas cruzadas en los cojines de un sofá.) Como no se sabía muy bien para qué servía occidentalizarse aparte de para librarnos de las exigencias de la religión, el uso de las salas de estar como espacios en los que se exponían los símbolos intactos de la occidentalización y la riqueza con un triste (y a veces poético) espíritu acumulador fue algo que afectó no solamente a Estambul sino que se extendió por toda Turquía en los años cincuenta y que comenzó a olvidarse solo cuando la televisión entró en las casas a finales de los setenta. Incluso en esos años en que disfrutábamos del placer de reunirnos ante la pantalla y hablar y reír todos juntos mientras veíamos alguna película o las noticias y en que los cuartos de estar pasaron de ser museos a convertirse en pequeñas salas de cine, recuerdo haberme encontrado con viejas familias que colocaban la televisión en un cuarto similar al salón y que solo abrían las puertas cerradas con llave en las fiestas o con ocasión de la visita de huéspedes muy especiales.

Como entre las plantas, tal y como ocurría con las alas de las grandes mansiones familiares, había un continuo ir y venir, las puertas de los pisos del edificio Pamuk estaban generalmente abiertas. En los años en que mi hermano comenzó a ir a la escuela, yo subía al piso de arriba, a veces después de pedirle permiso a mi madre y otras veces con ella, y, mientras mi abuela todavía estaba en la cama, jugaba a algo yo solo sobre las pesadas y enormes alfombras de aquel salón que recordaba a una tienda de antigüedades en penumbra especialmente por las mañanas debido a que los visillos de tul estaban echados y a la cercanía de los edificios del otro lado de la calle. Cuando mi cuerpo se cansaba de jugar a los «garajes» aparcando los cochecitos que me habían traído de Europa alineándolos con un orden obsesivo, o de jugar al «no pisar» imaginándome que las alfombras, que se extendían incluso por los pasillos, eran el mar y los sillones y las mesas eran islotes y saltando de un mueble al otro (como el barón de Calvino, que se pasa la vida saltando de árbol en árbol sin pisar nunca el suelo), o, inspirado por los coches de caballos de la isla de Heybeli, de conducir coches sentado en el brazo de algún sillón como si estuviera cabalgándolo, y, sobre todo, y es algo que me seguirá pasando toda la vida, cuando la imaginación se me quedaba agotada de pensar que eso (el cuarto, el salón, la clase, el pabellón militar, la habitación de hospital, la oficina del Estado) era otro lugar, miraba las mesitas, mesas y paredes que me rodeaban esperando sin la menor confianza algún nuevo entretenimiento, pero no veía otra cosa con la que pudiera pasar el rato sino las fotografías.

Como en los pisos de abajo se usaban para lo mismo, por aquel entonces creía que los pianos servían para exponer fotografías enmarcadas. Todas las superficies planas del cuarto de estar y del salón de mi abuela estaban cubiertas por fotografías enmarcadas, grandes y pequeñas. En el rincón principal, colgadas de la pared, sobre la chimenea que nunca se encendía, estaban, en marcos distintos, unas fotografías enormes coloreadas a mano de mi abuela y de mi abuelo, fallecido en 1934. Cualquiera que entrara en el salón-museo podría entender que la historia comenzaba por mis abuelos, tanto por el lugar que ocupaban las fotografías como por el hecho de que ellos, a pesar de estar mirando a la cámara, estuvieran vueltos el uno hacia el otro en una postura que a veces todavía veo en los sellos de algunos países europeos.

Ambos procedían de la ciudad de Gördes, cerca de Manisa, de una familia a los que llamaban los Pamuk («Algodón») porque tenían la piel y el pelo en exceso blancos para la gente de allí. Mi abuela tenía sangre circasiana, de la región que tantas hermosas y altas jóvenes estuvo enviando durante siglos a los harenes otomanos. Su padre había emigrado a Anatolia durante la guerra rusootomana de 1877-1878, la familia se trasladó después a Esmirna (de vez en cuando se hablaba de la casa vacía que habían dejado allí), y de Esmirna llegaron a Estambul, donde mi abuelo estudiaba ingeniería civil. Mi abuelo ganó mucho dinero en los años treinta en la construcción de las vías férreas en las que tanto se gastó la República de Turquía; y después de fundar junto al arroyo Göksu, que desemboca en el Bósforo, una fábrica que producía un poco de todo, desde cuerdas para el secado de tabaco hasta cabos y sogas, en 1934 murió a los cincuenta y dos años dejando tras de sí una fortuna que mi padre y mi tío fueron incapaces de agotar a pesar de que se pasaron años emprendiendo diversos negocios y hundiéndolos.

En las paredes del despacho que daba al salón se habían enmarcado y colocado con cuidadosa simetría grandes fotografías de la nueva generación embadurnadas en tonos pastel por el mismo fotógrafo aficionado a los retoques. Mi tío el médico (Özhan), que después de estudiar medicina emigró a Estados Unidos y que no podía regresar a Turquía porque no había hecho el servicio militar, ofreciéndole así a mi abuela la oportunidad de vivir en un permanente estado de duelo, estaba gordo y sano. Mi tío Aydın, más joven que él y que se había instalado en el piso de abajo, tenía gafas y, como mi padre, había estudiado ingeniería y ya desde muy joven se metió en grandes negocios de construcción que era incapaz de llevar adelante. La hermana de mi padre, mi tía, que tras recibir formación de pianista durante años y continuarla en París dejó el piano después de casarse con un profesor ayudante en la facultad de derecho, vivía en el ático al que yo me mudaría años más tarde y en el que sigo viviendo mientras escribo este libro.

Cuando pasaba del despacho al verdadero salón, al que hacían todavía más triste arañas de cristal, de repente la vida se aceleraba entre la multitud de fotos en blanco y negro más pequeñas y sin retocar: fotos de compromiso y boda de todos los hermanos, poses ofrecidas a un fotógrafo llamado para alguna ocasión especial, las primeras fotos en color enviadas por mi tío de América, fotos de todos hechas durante alguna comida de un día de fiesta en los parques de Estambul, en las orillas del Bósforo, en la plaza de Taksim, de una boda a la que habíamos ido mi madre, mi padre, mi hermano y yo, en el jardín de la vieja casa de al lado, junto a los coches de mi abuelo y de mi tío y ante la puerta del edificio. A pesar de que las había visto una por una cientos de veces, cada vez que entraba en el salón volvía a estudiar aquella aglomeración de fotografías que nunca cambiaban, aparte de en ocasiones extraordinarias –por ejemplo, cuando se colocó el retrato de la segunda mujer de mi tío de América en lugar del de la primera–, como si se tratara de la colección de un museo a la antigua, ya completada y terminada.

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Cada nueva mirada a aquellas fotografías me mostraba la vida real y me enseñaba la importancia de ciertos momentos extraídos de ella, protegidos contra el tiempo y subrayados al colocarlos en un marco. Observar a mi tío mientras le pregunta un problema de matemáticas a mi hermano y al mismo tiempo verle en una fotografía hecha treinta años antes, o contemplar a mi padre hojeando el periódico mientras, a juzgar por la sonrisa de su cara, seguía las bromas de la concurrida habitación y al mismo tiempo ver una fotografía en la que, como yo, tenía cinco años y el pelo largo como una niña, despertaba en mí la sensación de que vivir aquellos momentos especiales que se habían colocado en un marco era una oportunidad que se nos había otorgado. El que de vez en cuando mi abuela mencionara a mi abuelo, fallecido a tan temprana edad y del que hablaba como si fuera el fundador de un Estado, señalando aquellas fotografías enmarcadas de las mesas y las paredes, acentuaba la dualidad vida-momento singular, cotidianeidad-protocolo. Mientras por un lado rememoraba reverencialmente la importancia y el significado de aquellos momentos especiales protegidos por un marco que se resistían al paso del tiempo y al envejecimiento de los objetos y las personas, por otro también me aburrían.

En los primeros años de mi infancia, me gustaban mucho las noches en las que toda la familia se reunía a cenar entre bromas los almuerzos de la fiesta de fin de Ramadán y de la del Sacrificio y las cenas de fin de año, en las que según iba creciendo me decía cada vez «el año próximo no vuelvo» pero a las que seguía acudiendo y en las que todos jugábamos luego a la lotería. Aquellas comidas multitudinarias, los chistes, las risas de mi tío a causa del rakı o el vodka y de mi abuela por la poca cerveza que tomaba, por una parte me hacían sentir que la vida que quedaba fuera de los marcos era mucho más divertida, y por otra me ofrecían la ilusión de que la felicidad era una sensación de seguridad compartida con una familia, con un grupo, y un continuo bromear tranquilamente. No obstante, desde que tengo memoria, soy consciente de lo despiadados que podían ser unos con otros aquellos mismos familiares que se reían y se divertían juntos y compartían largas comidas los días de fiesta en cuanto prendía la ocasional discusión sobre determinados bienes. Cuando estábamos a solas en nuestro piso, mi madre nos contaba furiosa a mi hermano y a mí, diciendo «vuestra tía», «vuestro tío» o «vuestra abuela», quién nos –o sea, a nuestra familia nuclear de cuatro miembros dentro de la gran familia– estaba tratando mal. El reparto de ciertas propiedades, de las acciones de la fábrica de cuerdas o de algún piso siempre daba lugar a largas discusiones y peleas y a prolongados rencores. Es posible que durante un tiempo olvidara entre la animación de la multitud del piso de la abuela aquellas historias siniestras que se asemejaban a grietas en el delgado cristal de las fotografías de los momentos felices enmarcadas y colocadas sobre el piano, pero ya desde muy pequeño intuía que incluso tras las bromas había alusiones y ajustes de cuentas secretos. También veía que hasta las criadas de cada una de las familias nucleares que componían la gran familia (por ejemplo, nuestra señora Esma) consideraban su deber enfrentarse con el mismo espíritu de lucha a las de las otras familias (por ejemplo, a la criada de mi tía, İkbal).

–¿Has oído lo que ha dicho Aydın? –decía mi madre en el desayuno de la mañana siguiente.

–¿Qué? –preguntaba mi padre en principio con curiosidad.

Y después de escuchar la historia, daba por finalizada la discusión con un «Déjalo ya, por el amor de Dios» y se sumergía en su periódico.

Y aunque no sintiera por todas aquellas riñas que la familia, que todavía conservaba las marcas de las grandes familias otomanasestambulíes tradicionales en las que todos vivían juntos en la misma mansión de madera, iba pudriéndose y desmoronándose lentamente, podía notarlo por las continuas bancarrotas de mi padre y de mi tío, que cada dos por tres iniciaban un nuevo negocio, y por las ausencias cada vez más frecuentes de mi padre. Cuando mi madre nos llevaba de vez en cuando a visitar a «nuestra abuela materna», mientras mi hermano y yo nos entreteníamos jugando en las habitaciones de aquella casa de Şişli llena de fantasmas, le contaba que las cosas iban mal y mi abuela le recomendaba paciencia y nos hacía notar a todos que la polvorienta casa de tres pisos en la que vivía sola no era un lugar en absoluto atractivo por si a mi madre se le ocurriera volver.

Aparte de que en ocasiones se dejara llevar por el mal genio, mi padre era un hombre que estaba muy satisfecho con su vida, consigo mismo, con su apostura, con su inteligencia y con su suerte y que jamás ocultaba aquellos motivos de alegría gracias a un infantilismo y una simpatía que nunca le abandonaban. Le recuerdo en casa silbando a menudo, mirándose al espejo muy satisfecho, estrujando un limón en la mano y pasándose el zumo por el pelo como quien se pone brillantina. Le gustaban los chistes, los juegos de palabras, los trabalenguas, recitar poemas de memoria, exhibir su inteligencia y subirse a un avión e irse lejos. No era en absoluto de esos padres que riñen, prohíben y castigan. Especialmente en los primeros años de mi infancia, cuando salía por ahí y jugaba con él, sentía que el mundo era un lugar divertido al que el hombre venía para ser feliz.

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Mientras mi padre evitaba silenciosamente todo lo que fuera maldad, enemistad o puro y simple aburrimiento, mi madre nos avisaba contra aquellos peligros, imponía prohibiciones y tomaba precauciones contra los aspectos más oscuros de la vida frunciendo el entrecejo. Aquello la hacía menos divertida que mi padre, pero como nos concedía más tiempo que él, que a la menor oportunidad se escapaba de casa, yo dependía mucho de su amor y de sus muestras de afecto. Verme obligado a competir con mi hermano por aquel afecto fue la realidad más básica que aprendí desde que tengo memoria.

La violenta confrontación y competencia que inicié con mi hermano por el amor de mi madre ocuparon de sobra el lugar de las magulladuras que hubieran podido provocar en mi alma el autoritarismo, la fuerza y el poder que mi padre no me hacía sentir. Pero por entonces no era capaz de entenderlo como ahora. Porque la competencia con mi hermano, sobre todo al principio, nunca salía a la luz de manera desnuda, sino que siempre se dejaba sentir como parte de un juego y, además, mientras, soñábamos que éramos otros dentro de aquel juego. La mayor parte de las veces no nos enfrentábamos como Orhan y Şevket, sino como un futbolista o un héroe con el que yo me identificaba y otro con el que se identificaba él. Era como si, mientras representábamos aquellos personajes reales o imaginarios que luchaban en nuestro lugar y como nos entregábamos por completo a aquellos juegos y riñas que acababan con sangre y lágrimas, se nos olvidara que éramos dos hermanos los que en realidad nos estábamos peleando hiriéndonos, humillándonos y aplastándonos de puros celos. Tal y como calculó y me contó años después mi hermano, que durante toda su vida tan aficionado fue a las estadísticas de todo tipo de triunfos y a exponer los detalles de la victoria de la parte victoriosa, él ganó el noventa por ciento de nuestras peleas y juegos.

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Cuando me sentía deprimido, o infeliz, o aburrido, salía de nuestro piso sin decírselo a nadie y bajaba a jugar con el hijo de mi tía o, la mayor parte de las veces, iba a casa de mi abuela. («Cuando eras pequeño ni una vez dijiste “Me aburro” como los demás niños», me confesó en cierta ocasión mi madre.) A pesar de lo que se parecían por dentro, a pesar de que muchos objetos, de las vajillas a los azucareros, de los sillones a los ceniceros, fueran exactamente iguales, a mí me daba la impresión de que cada piso era un universo completamente diferente, un país completamente distinto. A despecho de su aspecto melancólico tan lleno de cosas, o quizá por eso mismo, me gustaba ir al salón de mi abuela y jugar allí, fantasear a la sombra del museístico salón, de los jarrones, de las fotografías enmarcadas, de las mesitas, soñar con que aquello era otro lugar.

En una fantasía que me había creado cuando toda la familia se reunía allí por las noches a la luz de las lámparas, el piso de mi abuela me parecía el puente de mando de un enorme barco. Nosotros éramos el capitán, la tripulación y los pasajeros de aquel barco que avanzaba en medio de una tormenta y nos íbamos asustando cada vez más a medida que crecían las olas. En aquella fantasía, que tenía mucho de los sueños que me forjaba cuando por las noches oía desde la cama las tristes sirenas de los grandes barcos que pasaban por el Bósforo, sentía orgulloso que el destino de la nave, de nosotros, de todos nosotros, dependía de mí.

A pesar de aquella fantasía, que también recordaba a los protagonistas de los tebeos de mi hermano, yo notaba, tal y como sentía cuando pensaba en Dios, que el destino de las masas que formaban la ciudad no se solapaba con el nuestro simplemente porque nosotros éramos ricos. Pero en años posteriores, mientras la gran familia y nuestra familia nuclear se iban desmenuzando y empobreciendo a toda velocidad debido a las grietas y resquebrajaduras que aparecían por sus esquinas y orillas entre las bancarrotas de mi padre y mi tío, los repartos de bienes y las discusiones de mis padres, cada vez que visitaba el piso de mi abuela me invadía una sensación de amargura. La misma sensación de opresión, pérdida y tristeza que a Estambul le había proporcionado el desplome del Imperio otomano por fin nos había alcanzado a nosotros, aunque fuera un poco tarde y con otra excusa.

3.

 «YO»

En mis momentos felices –y mi infancia estuvo llenísima de ellos– no era consciente de mi propia existencia, sino de que el mundo era un lugar bueno, hermoso, agradable y soleado. Una comida que no me gustaba, un mal sabor, una aguja que se me clavaba en la mano, mordisquear furioso las tablas de la jaula de madera en la que me encerraban cuando era un bebé para que no me escapara (por alguna extraña razón la llamaban parque) o llorar durante horas porque, uno de los recuerdos más terribles de mi infancia, me había pillado el dedo con la puerta del coche de mi tío (a lo que se sumó una aterradora visita al radiólogo), eran cosas que no me enseñaban nada sobre mí mismo sino sobre nociones de un mal y un dolor de los que había que huir. Pero entre las idas y venidas de mi conciencia, entre las fantasías y las tensiones, se iba asentando lentamente dentro de mí el sentimiento de ser yo mismo, de que existía un yo, así como una sensación de culpabilidad.

Entre los cuatro y los seis años me vi privado del sentimiento de amistad y unión que nos habíamos forjado entre mi hermano y yo cuando él, dos años mayor, empezó el colegio. Durante aquellos dos años, en los que pude huir de su fuerza y su competencia y en los que me sentí mucho mejor porque la mayor parte del día disponía para mí solo del edificio Pamuk y del cariño y el interés de mi madre, aprendí a quedarme a solas y acumulé los primeros recuerdos estremecedores, que nunca podré olvidar.

Hacía que mi hermano me leyera los bocadillos de los tebeos que compraba y luego, cuando él estaba en la escuela, los abría y «leía» yo solo recordando lo que él me había contado. Una tarde agradable y calurosa en que me habían acostado para que durmiera la siesta, pero que, como no me había dormido de inmediato, estaba hojeando las páginas de un Tom Mix, noté que el pito (lo que mi madre llamaba pipí) se me endurecía. Me había ocurrido mirando el dibujo de un piel roja medio desnudo. Aquel indio, que no llevaba otra cosa sino una cuerda delgadísima a la cintura, se había colgado de las caderas un trozo de tela liso como una bandera para ocultar su «pipí» y en medio de la tela había dibujado un círculo.

Otro día, de nuevo una tarde en que me habían puesto el pijama para la siesta, estaba acostado debajo del edredón hablando con el osito que tenía desde que podía recordar, cuando noté el mismo endurecimiento. Aquel cambio, tan agradable pero que no quería que vieran los demás, y cuya magia no comprendía, se había producido porque justo en aquel momento le había dicho al oso «¡Te voy a comer!». Y en otras ocasiones volvió a producirse el mismo efecto cuando le repetí al osito, por el que ya no sentía demasiada afición, aquella amenaza con las mismas palabras. La frase «¡Te voy a comer!» la había oído sobre todo en los momentos más terroríficos de los cuentos que me relataba mi madre. Los div, hermanos de demonios y genios malvados en la literatura clásica iraní y a los que hacía cuatro siglos, según me di cuenta años después, pintaban con tinta como horribles monstruos bajitos con rabo, se habían transformado en gigantes al pasar del persa al turco de Estambul y a los cuentos. Mi idea de lo que era un gigante provenía de la portada de una breve antología de los cuentos del Dede Korkut. El monstruo que allí había, medio desnudo como los indios, poderoso y algo repugnante, parecía dominar el mundo entero.

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En los cuentos que le había oído a mi madre, la frase «¡Te voy a comer!», tanto como masticar y tragar, significaba también matar y destruir. Por aquellos años mi tío se había comprado un proyector y había comenzado a organizar sesiones para la familia al completo con películas cortas de diez o doce minutos (Charlot, Walt Disney, Laurel y Hardy) y que le alquilaba a un fotógrafo de Nişantaşı que se proyectaban los días de fiesta y los fines de año en la pared blanca sobre la chimenea (para la ocasión se bajaban ceremonialmente los retratos de los abuelos). Una breve película de Walt Disney de la pequeña y veterana colección de películas de mi tío solo se proyectó dos veces por mi culpa. En ella, un gigante primitivo, estúpido, lento y del tamaño de una casa, perseguía al pequeño ratón Mickey; el ratoncito se escondía en el fondo de un pozo, y cuando el gigante lo arrancaba del suelo de un golpe, se lo bebía como si fuera un vaso de agua y el pobre ratoncito estaba a punto de caer en la boca del gigante, Orhan empezaba a llorar con todas sus fuerzas. Todavía me asusta el cuadro de Goya Saturno devorando a su hijo, que contemplé en el Museo del Prado como la imagen de un gigante que se lleva a la boca a un hombrecito que ha arrancado del suelo.

Una tarde en que de nuevo estaba amenazando a mi osito a la hora de la siesta mientras por otro lado alimentaba un extraño cariño por él, la puerta se abrió de repente y mi padre me vio por un instante con los calzoncillos bajados y el pipí tieso. Cerró la puerta un poco más despacio de lo que la había abierto, pero con un respeto que fui capaz de notar incluso en aquel momento. No obstante, mi padre siempre entraba a darme un beso después de volver a casa a mediodía, comer, dormir un rato y antes de irse al trabajo. La sensación de que había hecho algo malo, peor, de que lo había hecho por puro gusto, empezó a grabárseme lentamente emponzoñando también de manera colateral la idea del placer.

En otra ocasión, me ocurrió lo mismo cuando me estaba bañando en la bañera la niñera que habían traído al abandonar mi madre el hogar después de una de las interminables discusiones con mi padre. Recuerdo que la mujer me dijo con una voz por completo carente de cariño que yo era «como los perros», pero lo que me había dado placer eran simplemente cosas como el agua, el calor y el hecho de que me estuvieran lavando.

Lo que me sobrecogía y me avergonzaba de todas esas experiencias no era solo que fuera incapaz de dominar aquella reacción de mi cuerpo. Mucho peor, creía que aquella cosa llamada erección era una rareza que solo me pasaba a mí. Solo seis o siete años después, cuando en la escuela secundaria caí en una clase en la que los chicos y las chicas estaban separados, me di cuenta de que las erecciones no eran algo específicamente mío al prestar atención a comentarios infantiles del tipo «Se me ha puesto tiesa».

Del miedo a que las erecciones y la maldad fueran algo exclusivamente mío extraje la conclusión de que debía ocultar la «maldad» que tenía dentro. Y aquello me hizo adquirir la costumbre de vivir en un segundo mundo cerrado al exterior y al que nadie podía acceder. Aparte de las erecciones, tampoco tan frecuentes, yo intuía que el verdadero origen de mi maldad interior estaba en forjarme ilusiones poco adecuadas, porque mientras vivía en las habitaciones de aquellos pisos-museo, la mayor parte de las veces, por puro aburrimiento, me imaginaba que vivía en otro sitio y que yo era otro. Escaparme a ese segundo mundo que guardaba en la mente como un secreto era algo muy fácil. Por ejemplo, sentado en el salón de la abuela, empezaba a soñar de repente que me encontraba en un submarino. Por aquellos días me habían llevado por primera vez al cine y había visto en el cine Saray de Beyoğlu, que olía a polvo, una adaptación de Julio Verne titulada Veinte mil leguas de viaje submarino, cuyo silencio me asustó. De hecho, las escenas en penumbra de aquella película en blanco y negro y los espacios interiores en sombras de los que la cámara no acababa de salir me recordaban nuestra casa. Como todavía no podía leer los subtítulos me perdí bastante, pero ¿acaso no leía así los tebeos de mi hermano? Me era muy fácil inventarme con la fuerza de mi imaginación lo que no entendía. (Al leer un libro, para mí sigue siendo más importante crearme sueños que se adecuen a lo que estoy leyendo que entenderlo.) Aquellas fantasías que yo mismo escogía agarrándolas por un pico y que adaptaba conscientemente, como si entrara en un sueño, no eran extensiones de mi persona que era incapaz de controlar, al contrario que los «endurecimientos», sino universos que podía dominar con facilidad. La mesa tallada con incrustaciones de nácar que había bajo la lámpara desaparecía de repente gracias a la fuerza de mi imaginación con todas sus tallas y adornos, que casi me atrevería a llamar barrocos, y yo soñaba que aquello era una alta montaña como la de los tebeos que «leía» y que en la mesa había, como montaña enorme y extraña que era, una civilización distinta. De repente todos los muebles de la habitación se veían como montes y yo me convertía en un avión que volaba entre ellos.

«No sacudas así las piernas, que me mareas», me decía la abuela, sentada frente a mí.

Y yo dejaba de sacudirlas, pero el avión de mi imaginación se sumergía desapareciendo entre el humo del cigarrillo Gelincik que mi abuela expulsaba sin aspirarlo, mi mirada entraba en el bosque de la alfombra, entre cuyas formas ya había descubierto e identificado todo tipo de conejos, hojas, serpientes y leones, allí me introducía en alguna aventura que me hubiera sacado de los tebeos, provocaba un incendio, mataba a unos cuantos, montaba a caballo, me acordaba de cómo había desparramado las canicas de mi hermano mientras él estaba en la escuela, me daba cuenta por el golpe de la puerta del ascensor de que İsmail, el portero, iba a nuestro piso porque un rincón de mi mente siempre estaba atento a los sonidos del edificio, y de repente era arrastrado a una nueva aventura entre indios medio desnudos. Me gustaba pensar que ardían las casas, que lanzaba una lluvia de balas sobre la gente de la casa en llamas o que, estando yo dentro, cavaba un túnel y me salvaba; aplastar y matar lentamente a alguna mosca que hubiera atrapado entre los visillos (que apestaban a tabaco) y el cristal de la ventana; y soñar, mientras la agonizante mosca caía en la tabla agujereada que había sobre el radiador, que se trataba de un bandido que se había llevado lo que se merecía. Hasta llegar a los cuarenta y cinco años, y como sabía que pensarlo me venía bien, siempre mataba a alguien en esa dulce región entre el sueño y la vigilia. Parte eran familia cercana o gente muy próxima a mí, incluido mi propio hermano, parte políticos o escritores y parte tenderos. Les pido disculpas a todas esas personas, de hecho en su mayoría imaginarias. También me pasaba muchas veces que acariciaba con cariño y ternura a un gato, que, en un momento de vacío, desesperación e incredulidad y sin que me viera nadie, le arreaba un buen mamporro y me reía, y que luego, avergonzado, mi corazón se llenaba de amor por el gato. Veinticinco años después, en el servicio militar, mientras el regimiento entero estaba fumando y cotilleando después de comer, estaba yo imaginándome que a aquellos setecientos cincuenta soldados sentados en sus sillas, que de lejos parecían todos iguales, la cabeza se les desprendía del cuello y que vagaban lentamente con sus ensangrentados esófagos al aire por la enorme cantina que el humo del tabaco pintaba de un dulce y transparente color azul, cuando uno de mis compañeros me dijo: «No sacudas más las piernas, hijo, ya me tienes harto».

Cuando era niño me daba la impresión de que solo mi padre tenía noticia de aquel segundo mundo cuya existencia, como la de las erecciones, guardaba en secreto y que yo creía inofensivo mientras continuara siéndolo.

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Cuando a veces estaba pensando en mi osito, al que en un momento de rabia ...