Loading...

EXTINCIóN

David Foster Wallace  

0


Fragmento

SEÑOR BLANDITO

El Grupo de Discusión se reunió entonces de nuevo en otra de las salas de conferencias de la planta decimonovena de la Reesemeyer Shannon Belt Advertising. Todos los miembros devolvieron sus paquetes de Perfil de Respuesta Individual al monitor, que les fue dando las gracias a todos. La larga mesa de conferencias estaba equipada con sillas de cuero giratorias de ejecutivo. Los asientos no estaban asignados. Había agua de manantial embotellada y bebidas con cafeína a disposición de quienes las quisieran. La pared exterior de la sala de conferencias era una gruesa ventana de cristales tintados con una amplia y alta perspectiva de varias zonas del nordeste, y creaba un entorno espacioso, atractivo y con una iluminación más o menos natural que era bienvenido después de la insulsa luz fluorescente de los cubículos cerrados de los test. Un par de miembros del Grupo de Discusión Orientado se aflojaron la corbata mientras se apoltronaban en las cómodas sillas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Había más muestras del producto dispuestas en una bandeja en el centro de la mesa de conferencias.

Aquel monitor, igual que el que había guiado la multitudinaria reunión de Test de Producto y Respuesta Inicial esa misma mañana antes de que todos los miembros de los distintos Grupos de Discusión fueran separados en cubículos individuales insonorizados para que completaran sus Perfiles de Respuesta Individual, estaba licenciado tanto en Estadística Descriptiva como en Psicología de la Conducta y era empleado del Equipo img1y, una empresa que estaba a la vanguardia de las investigaciones de mercado que la Reesemeyer Shannon Belt Advertising había empezado a usar de forma casi exclusiva durante los últimos años. El monitor de aquel Grupo de Discusión era un hombre corpulento de pálida piel pecosa con un peinado arcaico y unos modales amables aunque algo nerviosos y complejamente irreverentes. En la pared de al lado de la puerta que tenía detrás había una pizarra para presentaciones con varios rotuladores borrables en su pequeña repisa de aluminio.

El monitor jugueteó ociosamente con los bordes de los formularios de los PRI en su carpeta hasta que todos los hombres se hubieron sentado y puesto cómodos. Luego dijo:

–Muy bien, gracias de nuevo por su participación en esto que, como estoy seguro de que les ha dicho el señor Mounce esta mañana, siempre constituye una parte importante de la decisión de qué productos nuevos se ponen a disposición de los consumidores frente a los que no.

Tenía una forma elegante y experimentada de barrer la sala con la mirada para asegurarse de que se estaba dirigiendo a toda la mesa, un talento que no acababa de concordar con la presentación tímida y algo inquieta de su cuerpo mientras hablaba ante los hombres allí reunidos. Los catorce miembros del Grupo de Discusión, todos hombres y varios de ellos provistos de bebidas, estaban enfrascados en los vagos gestos y expresiones de unos hombres sentados a una mesa de conferencias que no están al cien por cien seguros de lo que se va a esperar de ellos. La sala de conferencias ofrecía una apariencia y una sensación muy distintas a las del auditorio estéril, casi de laboratorio, donde se había celebrado la reunión de TP/RI dos horas antes. El monitor, que iba provisto del habitual protector de bolsillo con tres bolígrafos de colores distintos, llevaba una camisa de vestir a rayas almidonada, una corbata de lana y unos pantalones de sport de color cacao, pero no llevaba americana ni chaqueta. No llevaba la camisa remangada. Su sonrisa tenía algo de mueca de dolor, observaron algunos miembros, como si estuviera ofreciendo alguna disculpa vaga e imprecisa. Pegado al bolsillo de la pechera, en el mismo lado de su camisa que la etiqueta identificativa, estaba el familiar icono corporativo de Señor Blandito, que era el dibujo de una cara regordeta e infantil de etnicidad indeterminada con los ojos entornados en una expresión que de alguna forma connotaba placer, saciedad y deseo voraz al mismo tiempo. El icono transmitía la clase de afecto facial inocuo que hacía casi imposible no devolverle la sonrisa o no despertar sentimientos positivos, y había sido encargado e introducido hacía más de una década por uno de los creativos superiores de Reesemeyer Shannon Belt, cuando la compañía regional Señor Blandito pasó a manos de una corporación nacional y se expandió y diversificó desde los panes y bollos extrablandos para sándwiches a los bollos dulces, los donuts de distintos sabores, los pastelillos y los dulces blandos de prácticamente cualquier tipo imaginable; y carente de ningún mensaje o asociación concretos de los que el departamento de Demografía pudiera extraer datos que cuantificar o manejar, aquella cara de toscas líneas se había convertido en uno de los iconos corporativos más populares, reconocibles y demostrablemente exitosos de la publicidad norteamericana.

Mucho más abajo, en la calle, el tráfico era rápido y enérgico, igual que el comercio.

No era, sin embargo, el icono de Señor Blandito lo que ocupaba a los meticulosamente elegidos e investigados Grupos de Discusión en aquel frío y luminoso día de noviembre de 1995. En aquellos momentos se encontraba en la tercera fase de Testing Orientado un nuevo y ambicioso pastelillo con concentrado de chocolate marca Señor Blandito diseñado principalmente para su venta individual en pequeños comercios y con vistas a su distribución en cajas de doce paquetes en establecimientos de alimentación de zonas de alto poder adquisitivo primero en el Medio Oeste y Costa Este superior y después, si los datos de los test de mercado confirmaban las esperanzas de la empresa matriz de Señor Blandito, en todo el país.

Había un total de veintisiete de aquellos pastelillos dispuestos en forma de pirámide en una amplia bandeja giratoria plateada en el centro de la mesa de conferencias. Todos iban envueltos en un material transpolímero al vacío que parecía papel pero que se rasgaba como plástico fino, el mismo envoltorio de venta al público que empleaban casi todos los dulces americanos desde que M&M Mars inventó el compuesto y lo usó para ayudar a lanzar la innovadora línea Milky Way Dark a finales de los ochenta. El envoltorio del nuevo producto tenía el mismo esquema de diseño azul marino y blanco familiar y distintivo de Señor Blandito, pero aquí el icono de Señor Blandito aparecía con los ojos y la boca redondeados en una mueca caricaturesca de alarma detrás de una serie de líneas negras microtexturadas que parecían ser los barrotes de una celda de prisión, y alrededor de dos de aquellas líneas o barrotes los dedos regordetes y del color de la masa de pan del icono estaban doblados en la posición universal de los presos de todos los lugares y épocas. Los pastelillos oscuros, excepcionalmente densos y de aspecto húmedo que había dentro de los envoltorios eran ¡Delitos!®, un nombre comercial arriesgado y polivalente pensado para connotar y al mismo tiempo parodiar la conciencia que el moderno consumidor preocupado por la salud tenía de los conceptos de vicio/indulgencia/transgresión/pecado en relación con el consumo de un snack corporativo alto en calorías. La matriz de asociaciones del nombre incluía asimismo la sugerencia de la adultez y la autonomía adulta: en su rechazo realista a los nombres zalameros y tontorrones llenos de enes y de dobles oes de tantos otros pastelillos, el nombre de producto «¡Delito!» estaba diseñado y probado principalmente para atraer al sector de población masculino de entre dieciocho y treinta y nueve años, el target demográfico más preciado y maleable de la mercadotecnia de alto nivel. Solamente dos de los miembros presentes en el Grupo de Discusión tenían más de cuarenta años, y sus perfiles habían sido investigados no una vez sino dos por el equipo de procesamiento técnico de Scott R. Laleman durante el intensivo interrogatorio demográfico/de conducta por el cual eran tan justamente apreciados los datos de los Grupos de Discusión del Equipo img1y.

Inspirados, según los rumores de la agencia, por el encuentro epifánico de un Director Creativo de RSB con algo anunciado como Muerte Por Chocolate en una cafetería de Near North, los ¡Delitos! eran de chocolate en su totalidad, y no solo el pastel, sino también el relleno y el glaseado, y de hecho era todo chocolate de verdad o fondant en lugar del habitual cacao hidrogenado y el sirope de maíz alto en flúor, de forma que los ¡Delitos! no estaban concebidos realmente como una variante de rivales como los Zingers, los Ding Dongs, los Ho Hos y los Choco-Diles, sino como una revisión al alza y un replanteamiento de los mismos. Un cilindro rematado en cúpula de pastel esponjoso sin harina, con sabor a maltilol y recubierto por completo de una capa de 2,4 mm de baño de chocolate alto en lecitina manufacturado con pequeñas cantidades de mantequilla, mantequilla de cacao, chocolate de pastelero, licor de chocolate, extracto de vainilla, dextrosa y sorbitol (un baño relativamente caro, y cuyas redundancias en materia de mantequillas requerían por sí solas innovaciones heroicas en los sistemas de producción e ingeniería: se habían visto obligados a montar otra línea de producción con máquinas nuevas, a impartir formación nueva a los trabajadores de la misma y a volver a calcular las cuotas de producción y de garantía de calidad más o menos a partir de cero), un baño de alto nivel que luego se inyectaba también mediante aguja de pastelería a alta presión en el interior de la elipse hueca de 26 ×13 mm que había en el centro de cada ¡Delito! (un centro que por ejemplo en los productos de Hostess Inc. estaba relleno de nada más que manteca de cerdo batida y azucarada), lo cual resultaba en una dosis doble de un glaseado ultrarrico y casi del nivel del glaseado de restaurante, cuya bolsa central –dado que la exposición al aire de la fina capa de baño exterior le confería aquella naturaleza tradicional de mazapán duro pero delicuescente de los glaseados– parecía todavía más rica, densa, dulce y delictiva que el glaseado exterior, un glaseado que en la mayoría de los PRI y SIRG de los test de campo de las empresas rivales era declarado la parte preferida por los consumidores. (Las cintas de vídeo de las series de pruebas a ciegas de conducta 1991-1992 de la agencia principal de Hostess, Chiat/Day IB, mostraban que más del 45 por ciento de los jóvenes consumidores llegaban al punto de arrancar el glaseado mate de los Ho Hos en forma de grandes trozos secos e irregulares y comérselo por separado, dejando que el pastel en sí mismo, de menor calidad, se quedara muerto de asco en las bandejitas de sus mesas, y supuestamente ciertos fragmentos de aquellas grabaciones habían formado parte del material con que R. S.B. había convencido inicialmente a los chavales de Subsidiary Product Development, la compañía matriz de Señor Blandito).

En una maniobra nada convencional, una parte de este background informativo de Acceso Ilimitado entre comillas relativo a ingredientes, innovación de producto e incluso targeting demográfico le estaba siendo transmitida al Grupo de Discusión por el monitor, que usaba un rotulador borrable para trazar un diagrama de la secuencia de producción de pastelillos de Señor Blandito y de los complejos ajustes que requerían los ¡Delitos! en puntos selectos de la línea automatizada. La información relevante era transmitida durante un período de preguntas y respuestas hábilmente orquestado, donde muchas de las preguntas específicas eran aportadas por dos miembros destacados del Grupo de Discusión Orientado que en realidad no eran consumidores civiles en absoluto, sino empleados del Equipo img1y asignados para orquestar la serie de preguntas y respuestas singularmente informativa, y para observar las deliberaciones de los otros doce hombres cuando el monitor abandonaba la sala, procurando no influir en las discusiones ni en los veredictos del Grupo de Discusión, pero añadiendo después observaciones e impresiones personales que ayudarían a redondear y a dotar de sustancia los datos suministrados por el Sumario Informativo de la Respuesta Grupal y por la cinta de vídeo digital conectada a lo que parecía ser un detector de humos de gran tamaño situado en el rincón noroeste de la sala de conferencias, cuya lente y micrófono parabólico, aunque móviles y de último modelo, no conseguían captar determinados detalles sutiles en materia de sentimientos individuales ni tampoco las conversaciones en voz baja entre miembros vecinos. Uno de los MANR,* un joven delgado con el pelo rubio del color de la cera y una tez roja que parecía más el resultado de una irritación que de una naturaleza rubicunda o saludable, había recibido autorización del coordinador de MANR del Equipo img1y para cultivar una serie excéntrica y (para la mayoría de los miembros del Grupo de Discusión) irritante de manierismos personales cuya misma condición llamativa servía para disfrazar su identidad profesional: tenía ante él sobre la mesa frasquitos de lubricante para lentes de contacto y solución salina intranasal, y no solo tomaba apuntes de la presentación del monitor sino que lo hacía con un rotulador Magic Marker que chirriaba sobre el papel y cuya tinta se podía oler, y siempre que hacía una de sus preguntas preasignadas no levantaba la mano con gesto vacilante ni carraspeaba como solían hacer otros MANR, sino que se limitaba a ladrar «Pregunta», como por ejemplo, «Pregunta: ¿sería posible explicar mejor qué quiere decir “sabores naturales y artificiales” y saber si existe alguna diferencia sustancial entre lo que significa realmente y lo que se espera que el consumidor medio entienda que significa?» sin ninguna clase de expresión o inflexión interrogativa, con el ceño fruncido y las gafas sin montura muy torcidas hacia un lado.

Tal como predeciría cualquier distribución de probabilidades en un conjunto reducido y con una sola variable, no todos los miembros del Grupo de Discusión Orientado estaban prestando atención a la explicación del monitor de lo que Señor Blandito y el Equipo img1y esperaban conseguir dejando al Grupo de Discusión a solas durante un lapso muy breve in camera para que sus miembros compararan los resultados de los Perfiles de Respuesta Individual, hablaran entre ellos abiertamente y sin interferencias y trataran de llegar lo más cerca posible a un unánime y unívoco Sumario Informativo de Respuesta Grupal del producto a lo largo de dieciséis ejes radiales distintos de Preferencia y Satisfacción. Una parte de esta falta de atención era un factor de las matrices de lo que se había informado al monitor del GDO de que era la prueba real que se estaba llevando a cabo aquel día en la planta diecinueve. Aquella prueba secundaria (o «incrustada») buscaba datos cuantificables de los efectos de la información de Acceso Ilimitado entre comillas sobre fabricación y marketing en las percepciones de los Grupos de Discusión Orientados sobre el producto y la corporación productora; era una serie a ciegas, diseñada para pasar la criba a lo largo de tres parrillas distintas de variables con GDO aleatorios durante los próximos dos trimestres fiscales y patrocinada por grupos cuyas identidades estaban siendo ocultadas a los monitores como parte (al parecer) de las condiciones de la prueba incrustada.

Tres de los miembros del Grupo de Discusión Orientado estaban mirando con gesto ausente por la enorme ventana de cristales tintados que ofrecía una vista de un color sepia delicadamente descolorido de los rascacielos del lado norte de la calle y, entre estos, más allá, de distintos fragmentos del Loop o bucle de autopistas del nordeste y del puerto y de varios metros del lago pronunciadamente escorzado. Dos de aquellos miembros eran hombres muy jóvenes situados en el extremo izquierdo del eje x demográfico, que estaban repantigados en sus sillas giratorias inclinadas en actitud de ensoñación o de indiferencia estilizada. El tercero estaba palpando con gesto ausente el hoyuelo que tenía sobre el labio superior.

El monitor del Grupo de Discusión, entrenado por los requisitos de la que parecía haber acabado siendo su profesión para comportarse como si estuviera interactuando de forma animada y espontánea mientras que por dentro en realidad observaba con distanciamiento y de forma casi clínica poseía también un ojo innato para los detalles de conducta que pudieran revelar a menudo minúsculas joyas de relevancia estadística en medio de la abundancia en bruto de los datos sin cribar. A veces los pequeños detalles marcaban la diferencia. El monitor se llamaba Terry Schmidt, tenía treinta y cuatro años y era virgo. Once de los catorce miembros del Grupo de Discusión llevaban relojes de pulsera, de los cuales aproximadamente un tercio eran caros y/o extranjeros. Una doceava parte, el que era con diferencia el miembro de más edad del GDO, tenía la leontina de platino de un reloj de bolsillo de calidad bajando en diagonal de izquierda a derecha sobre su chaleco y una cara rosa y enorme y la mirada permanentemente benévola de alguien mayor que tenía muchos nietos y pasaba tanto tiempo mirándolos con cariño que la expresión ya estaba casi incorporada a su cara. El abuelo de Schmidt había vivido en una comunidad para jubilados del norte de Florida, donde él se lo había encontrado sentado y tapado con una manta y tosiendo abundantemente en las dos ocasiones en que Schmidt había estado en su presencia, y solamente se había dirigido a él como «muchacho». El 50 por ciento exacto de los hombres de la sala llevaban chaqueta y corbata o bien tenían americanas o blazers colgando del respaldo de sus sillas, y tres de aquellas americanas formaban parte de trajes de ejecutivo de tres piezas. Otros tres de los hombres llevaban combinaciones de camisas de punto, pantalones de sport y diversos jerséis de cuello alto y cuello redondo que podían clasificarse como estilo ejecutivo informal. Schmidt vivía solo en un apartamento que acababa de refinanciar. Los cuatro hombres restantes llevaban vaqueros y sudaderas con logotipos de universidades o del fabricante de la prenda; uno de ellos era el icono de Nike, que a Schmidt siempre le había parecido vagamente arábigo. Tres de los cuatro hombres vestidos con ropa notoriamente informal o descuidada eran los hombres más jóvenes del Grupo de Discusión, dos de los cuales se contaban entre los tres que estaban exhibiendo el hecho de no prestar demasiada atención. El Equipo img1y estaba a favor de usar parrillas demográficas más bien imprecisas. Dos de los tres hombres más jóvenes no llegaban a los veintiún años. Los tres más jóvenes estaban sentados sobre la rabadilla, con las piernas sin cruzar, las manos extendidas sobre los muslos y las caras con la expresión algo huraña de los consumidores que no han cuestionado ni una sola vez su derecho a la satisfacción o al significado. Durante sus estudios universitarios de primer ciclo Schmidt se había concentrado inicialmente en la Química Estadística, cuando todavía le gustaba la precisión clínica de los laboratorios. Menos del 50 por ciento del calzado de la sala tenía cordones. Un hombre con camisa de punto tenía pequeñas cremalleras metálicas a los lados de unos botines que brillaban hasta el punto de distraer la atención, otro detalle que a Schmidt le despertaba asociaciones mnemónicas. A diferencia del background en marketing de Terry Schmidt y Ron Mounce, el de Darlene Lilley era en diseño asistido por ordenador. Había llegado a la investigación porque decía que había descubierto que en el fondo lo suyo era más bien el trato con la gente. Había cuatro pares de gafas en la sala, aunque unas eran de sol y posiblemente no estuvieran graduadas y otras tenían una gruesa montura negra que le daban a la cara del hombre que las llevaba un aspecto serio por encima de su jersey oscuro de cuello alto. Había dos bigotes y algo parecido a una perilla. Un hombre fornido de veintimuchos años tenía una especie de barba rala parecida a musgo. No era posible determinar si aquel hombre estaba empezando a dejarse barba o si era simplemente de esas personas cuya barba tenía aquel aspecto. Entre los hombres más jóvenes resultaba obvio cuáles necesitaban realmente un afeitado y cuáles estaban simplemente cultivando una imagen que incluía no afeitarse. Dos de los miembros del Grupo de Discusión tenían los patrones de parpadeo distintivos de la gente que lleva lentes de contacto en la atmósfera astringente de la sala de conferencias. Cinco de los hombres tenían más de un 10 por ciento de sobrepeso, sin contar al propio Terry. Su profesor de gimnasia en el instituto se había referido una vez a Terry Schmidt delante de sus compañeros como el Chico Crisco, algo que había explicado entre risas que quería decir «grasa enlatada». El padre de Schmidt, veterano de guerra condecorado, se había jubilado hacía poco de una empresa que vendía semillas, fertilizante de nitrógeno y herbicidas de espectro amplio en el centro de Galesburg. El teatralmente excéntrico MANR estaba preguntándoles a los hombres que tenía a ambos lados, uno de los cuales era hispano, si les apetecía una pastilla masticable de vitamina C. En la sala de conferencias, el icono de Señor Blandito volvía a aparecer en forma de las cúpulas estilizadas de dos elegantes lámparas de cerámica beige o marrón claro situadas en sendas mesas laterales a los dos lados de la pared interior sin ventanas. Había dos hombres afroamericanos en el Grupo de Discusión Orientado, uno de más de treinta años y otro de menos de treinta con la cabeza afeitada. Tres de los hombres tenían pelo que se podía clasificar como castaño, dos lo tenían canoso o entrecano y otros tres lo tenían negro (sin contar a los afroamericanos y al único asiático del Grupo de Discusión, cuya etiqueta identificativa y sus pómulos extremadamente prominentes sugerían que procedía de Laos o de la República Socialista de Vietnam: por razones estadísticas complejas pero sólidas las parrillas de perfiles del equipo de Scott Laleman especificaban la distribución por etnicidad pero no por origen nacional); tres podían considerarse rubios o de pelo claro. Estas distribuciones incluían a los MANR, y a Schmidt le parecía que ya tenía bastante calado al otro MANR de aquel Grupo. Los Grupos de Discusión raras veces incluían representantes del tipo físico muy pálido o pecoso pelirrojo, aunque tanto Foote, Cone & Belding como D.D.B. Needham empleaban aquellos tipos de forma regular debido a que ciertos datos sugerían una conexión significativa entre el cociente de melanina y las distribuciones de probabilidad continua relativas a ingresos y preferencias en la Costa Este de Estados Unidos, donde se probaban más del 70 por ciento de los productos para el mercado de alto poder adquisitivo. Algunas técnicas hipergeométricas de moda en las que se basaban aquellos datos habían sido cuestionadas por expertos en estadísticas demográficas más tradicionales, sin embargo.

Siguiendo la convención extendida en toda la industria, los miembros del Grupo de Discusión recibían un salario por día equivalente a exactamente el 300 por ciento de lo que recibirían por formar parte de un jurado en el estado en que residían. El razonamiento que había detrás de aquella ecuación era tan antiguo y estaba tan establecido por la tradición que nadie de la generación de Terry Schmidt conocía su origen. Era, para los veteranos de las pruebas de mercado, tanto una broma privada como una extensión plausible de actitudes verificadas acerca del deber cívico y la libertad de consumo, respectivamente. Al hombre hispano sentado a la izquierda del MANR más o menos rubio, que no llevaba reloj, se le veía que tenía tatuajes de gran tamaño en la parte superior de los brazos a través de la tela de su camisa de traje, una tela que el tono coloreado de la iluminación natural volvía parcialmente traslúcida. También era uno de los hombres que llevaban bigote, y su etiqueta lo identificaba como «NORBERTO», lo cual le convertía en el primer Norberto que aparecía en ninguno de los más de 845 Grupos de Discusión en los que Schmidt había hecho de monitor en lo que llevaba de carrera como Investigador de Campo Estadístico para el Equipo img1y. Schmidt mantenía sus propios registros privados de las correlaciones entre producto, agencia cliente y ciertas variables en los procedimientos y constituyentes de los Grupos de Discusión. Dichos registros eran gestionados mediante varios programas análisis-discriminantes que tenía en su ordenador Apple en casa y los resultados eran recogidos en carpetas de tres anillas y almacenados en un sistema de estanterías de acero gris montadas en casa y situadas en el office de su apartamento. Todo el problema y la finalidad de la estadística descriptiva era discriminar entre lo que constituía una diferencia y lo que no. El hecho de que Scott R. Laleman ahora se encargara de investigar los antecedentes de los Grupos de Discusión y ayudara a diseñarlos no era más que otra señal de que su estrella estaba ascendiendo en el Equipo img1y. El otro tipo con futuro era A. Ronald Mounce, que también venía del mundo del Procesamiento Técnico. «Pregunta:» «Pregunta:» «Comentario:» Un hombre con una especie de cara larga y sin barbilla preguntó cuál iba a ser el precio de venta al público de los ¡Delitos!, y o bien no entendió o bien no le gustó la explicación de Terry de que los precios de venta al público quedaban fuera del ámbito en que tenía que concentrarse aquel día el grupo y de hecho era responsabilidad de un proveedor de investigaciones de RSB completamente distinto. El razonamiento subyacente a aquella separación entre el precio y las parrillas de satisfacción del consumidor era de naturaleza técnica y paramétrica y no estaba incluida en la información supuestamente de Acceso Ilimitado que Schmidt estaba autorizado a compartir con el Grupo de Discusión bajo los términos del estudio. Había un hombre en la sala que era obvio que se había puesto extensiones en el pelo, además de dos víctimas de la pérdida del cabello o calvicie masculina sin tratar, que se contaban –fuera una coincidencia interesante o mero resultado del azar– entre los cuatro miembros del grupo que tenían los ojos azules.

Cuando Schmidt pensaba en Scott Laleman, con su bronceado durante todo el año y sus gafas de sol colocadas sin despeinarse en su coronilla de pelo claro, pensaba en algo provisto de la maldad inconsciente de una anguila carnívora o de una raya, de algo que cazaba con piloto automático en profundidades extremas. El hombre afroamericano que no llevaba la cabeza afeitada estaba sentado con la rigidez de alguien que tenía problemas de espalda y que entendía que la dignidad con que los soportaba era una parte esencial de su carácter. El otro llevaba gafas de sol allí dentro de una forma que sugería que se trataba de alguna declaración enigmática acerca de sí mismo. Tampoco había forma de saber si era una declaración general o bien específica para aquel contexto. Scott Laleman tenía solo veintisiete años y había entrado en el Equipo img1y tres años después que Darlene y dos años y medio después que el propio Schmidt, que había ayudado a Darlene a preparar a Laleman para que ejecutara la prueba chi-cuadrado y distribuciones t sobre datos brutos sacados de encuestas telefónicas y había obtenido gran satisfacción al ver cómo al chico se le ponían los ojos vidriosos y el bronceado amarillento bajo los bancos de luces fluorescentes de la sala de datos del img1y, hasta que un día Schmidt había necesitado ver a Alan Britton en persona por algo y había llamado y había entrado y Laleman estaba sentado en el sillón abatible del otro lado del despacho y tanto él como Britton estaban fumando puros muy grandes y riéndose.

La figura que inició su escalada libre por la faceta norte cada vez más iluminada justo antes de las once de la mañana iba vestida con unos pantalones ajustados aislantes de lycra y una sudadera ceñida de GoreTex con la capucha revestida de fibra puesta y fuertemente atada y algo que parecían botas de alpinismo o de escalada pero que en vez de crampones o clavos tenían ventosas recubriendo las suelas de ambas botas. Sujetas a las palmas de ambas manos y la parte interior de las muñecas llevaba sendas ventosas del tamaño de un desatascador de fontanero; las ventosas eran del mismo color naranja chillón que las chaquetas de cazador y los cascos de los trabajadores de las carreteras. El patrón de colores de los pantalones de lycra se componía de una pernera azul marino y una pernera blanca; la sudadera y la capucha eran azules con rayas blancas. Las botas de alpinista eran de color enfáticamente negro. La figura ascendía con rapidez y haciendo abundantes ruidos húmedos de succión por el escaparate del Gap, una firma textil de gran implantación. Luego se impulsó y se subió a una estrecha cornisa situada en la base de la ventana del segundo piso, se puso de pie con movimientos complejos, se sujetó las ventosas y trepó por el grueso cristal de la ventana, que daba a la segunda planta del Gap pero no tenía artículos promocionales en exposición. La figura daba la impresión de ser ágil y experta. Su estilo de trepar resultaba casi más reptil que mamífera, se diría. Ya estaba en mitad de la ventana de una consultoría de gestión cuando una pequeña multitud de transeúntes empezó a apiñarse en la acera de debajo. El viento a nivel de suelo era entre ligero y moderado.

En la sala de conferencias, el tintado de la ventana norte hacía que el cielo medio nublado del nordeste tuviera un aspecto crudo y que la espuma de las olas del lago lejano agitado por el viento pareciera oscura. También manchaba los costados de los otros edificios altos que había a la vista, que estaban todos parcialmente a la sombra de sus vecinos. Un total de siete de los hombres del Grupo de Discusión tenían migas de ¡Delitos! en la pechera de la camisa o bien colgando de los pelos de un lado del bigote o alojados en la parte de atrás de las muelas o en la pequeña ranura que quedaba entre la uña del dedo de su mano dominante y la piel que rodeaba aquella uña. Dos de los hombres no llevaban calcetines, y los zapatos de ambos eran de piel sin cordones; solo uno de los pares tenía borlas. Los vaqueros acampanados de uno de los hombres más jóvenes le venían tan grandes que incluso con las piernas desplegadas y las dos rodillas flexionadas era imposible conocer el estatus de sus calcetines. Uno de los hombres de más edad llevaba calcetines de seda negra o tal vez de rayón con rombos pequeños de color rojo vivo. Otro de los hombres de más edad tenía una boca pequeña y desagradable parecida a una ranura, y otro tenía una cara demasiado flácida y arrugada para su categoría demográfica. Como sucedía a menudo, las caras de los más jóvenes no parecían lo bastante formadas ni lo bastante humanas todavía, sino que tenían esa apariencia limpia y genérica de los productos recién salidos de fábrica. A veces Terry Schmidt dibujaba una caricatura de sus propios rasgos mientras hablaba por teléfono o esperaba a que arrancaran sus programas de software. Uno de los hombres del grupo tenía la cabeza en forma de pera y otro en forma de diamante o cometa. El segundo consumidor de más edad de la sala tenía el pelo gris cortado al rape y un espacio excesivamente amplio entre la nariz y el labio superior que le daba aspecto de simio. Los demoperfiles de los hombres y sus puntuaciones Systat iniciales estaban en el maletín de Schmidt, colocado en la moqueta junto a la pizarra. También tenía una mochila que guardaba en su cubículo. Yo era uno de los hombres de aquella sala, el único que llevaba reloj de pulsera y que nunca lo consultaba. Lo que parecían unas simples gafas no lo eran. Yo iba pinchado de la cabeza a la punta de los pies. Una diminuta pantalla de cristal líquido situada en la parte baja de mi lente derecha mostraba tanto el Tiempo Real como el Tiempo de la Misión. Mi breve guión para el comité del SIRG lo tenía memorizado de cabo a rabo, pero llevaba una copia de seguridad en una tarjeta laminada dentro de la manga de mi jersey, sujeta con unas pequeñas lengüetas que podía desprender apretando uno de los botones de mi reloj de pulsera, que no era un reloj en absoluto. También estaba la prótesis emética. Los pasteles, de los que yo ya me había comido tres con gran ostentación, eran tan dulces que hacían daño en los dientes.

El mismo Terry Schmidt era hipoglucémico y solo podía comer dulces elaborados con fructosa, aspartame o cantidades muy pequeñas de C6H8(OH)6, y a veces se sorprendía a sí mismo mirando las bandejas del producto con la expresión de un golfillo en el escaparate de una juguetería.

Al final del pasillo y pasada la sala de espera de la división de SPIM,* en otra sala de conferencias del RSB cuyas ventanas daban al nordeste, Darlene Lilley estaba haciendo de monitora de un grupo de doce consumidores y dos MANR e introduciéndolos en la fase de Respuesta Orientada del SIRG sin ningún intercambio estructurado de preguntas y respuestas ni ningún sucedáneo de información de Acceso Ilimitado. Ni a Schmidt ni a Darlene Lilley les habían dicho cuáles de los GDO de la jornada representaba el grupo de control de la prueba incrustada, aunque resultaba bastante obvio. Había que trabajar durante cierto tiempo en las plantas superiores antes de percibir el sutil mecimiento con que el diseño estructural del edificio respondía a los vientos procedentes del lago. «Pregunta: ¿qué es exactamente el polisorbato 80?» Schmidt estaba razonablemente seguro de que ningún miembro del Grupo de Discusión notaba el mecimiento. Ni siquiera era lo bastante pronunciado como para causar movimientos en el café de ninguna de las tazas provistas de iconos colocadas sobre la mesa, unas tazas cuyo interior Schmidt, que estaba de pie y haciendo girar en la mano el rotulador de borrable de una forma ausente que connotaba al mismo tiempo informalidad y cierto grado de nerviosismo humanizador delante de los grupos, podía ver. La mesa de conferencias era de pino macizo con incrustaciones de madera de pitósporo y una gruesa capa de poliuretano, y sin el tintado sepia de la ventana habría áreas cegadoras de sol reflejado que cambiarían de ángulo según cambiara el ángulo de cada uno con respecto al sol y la mesa. Schmidt también tendría que ver cómo se arremolinaban el polvo y las diminutas fibras de la ropa en columnas de luz del sol directa y cómo caían muy suavemente sobre las cabezas y los torsos de todo el mundo, lo cual ocurría incluso en las salas de conferencias más limpias y era una de las cosas que menos le gustaban a Schmidt de los interiores sin ventanas tintadas de las salas de conferencias de otras agencias en los alrededores del Loop y el área metropolitana. A veces, cuando estaba esperando a su interlocutor al teléfono o en situación de llamada en espera, Schmidt se metía el dedo en la boca y lo mantenía allí dentro por razones que no entendía en absoluto. Darlene Lilley, que estaba casada y era madre de un niño pequeño y cabezudo cuya fotografía adornaba su mesa de trabajo y su cuchitril en el Equipo img1y, había sido sometida hacía tres trimestres fiscales a maniobras sexuales no deseadas por parte de uno de los cuatro Directores Superiores de Investigación que hacían de enlace entre los equipos de Procesamiento Técnico y de Campo y los escalones más altos del Equipo img1y bajo la dirección de Alan Britton, unas maniobras y unas coacciones más que suficientes para emprender acciones legales en la opinión de Schmidt y del resto de su Equipo de Campo, unas maniobras que ella había sido capaz de desviar y rechazar de una forma tremendamente hábil sin levantar ninguno de esos revuelos que pueden dividir a una empresa por motivos de género y/o políticos, y las cosas habían podido enfriarse y olvidarse hasta el punto de que Darlene Lilley, Schmidt y los otros tres miembros de su Equipo de Campo seguían disfrutando de una relación laboral productiva con aquel oscuro y mordaz Director Superior de Investigación de más edad que ellos, que ahora estaba precisamente supervisando la investigación de campo del proyecto Señor Blandito-RSB, y Terry Schmidt estaba personalmente lleno de admiración por el autocontrol y la pericia interpersonal de que Darlene había dado muestras durante todo aquel período de tensión, una admiración teñida de un elemento involuntario de atracción romántica, y es cierto que por las noches en su apartamento Schmidt a veces se masturbaba sin pensar que podía evitarlo imaginando que mantenía actos sexuales húmedos y chapoteantes con Darlene Lilley sobre una de las pesadas mesas laminadas de conferencias de las empresas para las cuales llevaban a cabo investigación de mercado, y aquella constituía una causa terciaria de lo que los psicólogos sociales en prácticas llamarían su MAM* con el rotulador de la pizarra mientras usaba un tono modulado de confidencias oficiosas para hablarles a los miembros del Grupo de Discusión de algunas de las penalidades más dramáticas que Reesemeyer Shannon Belt había sufrido para establecer la identidad de marca del producto y para acabar encontrando el nombre en pruebas de ¡Delitos!, mientras imaginaba durante todo el tiempo con una parte más autónoma de su cerebro a Darlene dando nada más que las instrucciones estándar y mínimas previas al SIRG a su propio Grupo de Discusión vestida con sus medias oscuras Hanes y los zapatos de tacón alto de color burdeos que guardaba en el trabajo en el cajón inferior derecho de su cuartucho y se ponía todas las mañanas después de quitarse sus zapatillas de correr nada más sentarse y hacer rodar su silla con gemiditos fingidos de esfuerzo hasta los armarios del cuartucho, a veces (a diferencia de Schmidt) dando pasitos suaves delante de la pizarra, a veces plantando un tacón en el suelo y haciendo girar ligeramente el pie o cruzando sus tobillos robustos para darle a su postura de pie un aspecto cuidadosamente recatado, a veces quitándose sus delicadas gafas ovaladas y no mordiendo la patilla sino sosteniendo las gafas de una forma tal y a una distancia tan corta de su boca que a uno le daba la impresión de que podría hacerlo en cualquier momento, de que podría meterse en la boca una de las puntas de plástico de las patillas y mordisquearla con expresión ausente, un gesto inconsciente de timidez y de concentración a la vez.

La moqueta de la sala de conferencias era de pelo largo y de color magenta, y en ella las ruedas dejaban huellas simétricamente dilatadas cuando uno o más de los hombres maniobraban sus sillas giratorias de ejecutivo ligeramente para recolocar las piernas o la relación de sus cuerpos con la mesa. El sistema de ventilación cubría con su leve zumbido los ruidos lejanos y suaves de la calle y de la ciudad que el grosor de la ventana ya se encargaba de ahogar casi por completo. Cada uno de los miembros del Grupo de Discusión Orientado llevaba una etiqueta identificativa azul y blanca con su nombre de pila escrito a mano. El 42,8 por ciento de aquellas inscripciones estaban en cursivas o en minúsculas. Tres de las ocho restantes estaban en mayúsculas, y todos los nombres de pila en mayúsculas, en una coincidencia notable pero estadísticamente irrelevante, empezaban por H. A veces Schmidt también solía dar un paso atrás con la imaginación, por decirlo de algún modo, y contemplaba el Grupo de Discusión como una unidad, una masa rectangular de bustos de color carne. Observaba todas las caras al mismo tiempo, qua grupo, de forma que lo único que atravesaba su filtro eran los rasgos comunes más generales. Eran caras bien nutridas, de clase media a alta, neutrales, provisionalmente atentas, con las mentes regadas por su sangre ocupadas en pensar por detrás en sus propias vidas, trabajos, problemas, planes, deseos, etcétera. Ninguno había pasado un solo día de hambre en su vida: aquel era un rasgo común fundamental, y para Schmidt aquel rasgo se ramificaba. Era muy raro que el producto llegara a penetrar alguna vez en la conciencia de un Grupo de Discusión. Una de las primeras cosas que acepta un Investigador de Campo es que el producto no va a ocupar nunca un lugar tan importante en las mentes del GDO como el que ocupa en la del cliente. La publicidad no es vudú. En última instancia el Cliente solamente podía confiar en crear la impresión de una conexión o de una resonancia entre la marca y lo que les importaba a los consumidores. Y lo que les importaba a los consumidores, siempre e invariablemente, eran ellos mismos. La idea que tenían de sí mismos. Los Grupos de Discusión importaban poco a largo plazo: la única prueba verdadera eran las ventas reales, en la opinión personal de Schmidt. Parte del plan del día era dejar atrás la hora del almuerzo y conseguir que los miembros no comieran más que dulces. Asumiendo un desayuno normal antes de la hora de su llegada, uno solo podía esperar que les empezara a bajar el azúcar de la sangre hacia las once y media. A los que comieran más ¡Delitos! les pegaría más fuerte. Entre otros síntomas, la falta de azúcar en la sangre provoca somnolencia, irritabilidad y disminución de las inhibiciones: sus expresiones decididas empezaban a desvanecerse un poco. Algunas de las estrategias del GDO podían ser extremadamente manipuladoras o incluso abusivas en el nombre de recoger datos. Una agencia que representaba un detergente alternativo a la lejía había contratado una vez al Equipo img1y para que reuniera a madres primíparas de entre veintinueve y treinta y cuatro años cuyos Test de Apercepción Temática hubieran indicado inseguridades en tres puntos clave y para que les suministrara cuestionarios cuyos elementos estaban diseñados para provocar y/o intensificar aquellas inseguridades: ¿Alguna vez ha tenido sentimientos negativos u hostiles hacia su hijo? ¿Siente a menudo la necesidad de esconder o negar el hecho de que sus aptitudes como madre son inadecuadas? ¿Alguna vez otros padres o maestros han hecho comentarios sobre su hijo que la han avergonzado? ¿Ha tenido a menudo la impresión de que su hijo parece desarreglado o sucio en comparación con otros niños? ¿Alguna vez se ha olvidado de lavar, poner en lejía, remendar o planchar la ropa de sus hijos por culpa de la falta de tiempo? ¿Parece alguna vez su hijo triste o nervioso sin que usted pueda entender la razón? ¿Recuerda alguna ocasión en que su hijo pareciera tener miedo de usted? ¿Provoca la conducta o la apariencia de su hijo sentimientos negativos en usted? ¿Ha dicho o pensado alguna vez cosas negativas sobre su hijo?, etcétera, lo cual, a lo largo de once horas y seis rondas distintas de cuestionarios cuidadosamente diseñados, llevaba a las mujeres a un estado emocional tal que emergían datos inestimables acerca de cómo vender Cheer Xtra en términos de ansiedades y conflictos maternos profundos… unos datos que por lo que Schmidt había podido ver no se utilizaron para nada en la campaña que la agencia le había vendido finalmente a Procter & Gamble. Más tarde Darlene Lilley había dicho que tenía ganas de llamar a las mujeres del Grupo de Discusión y disculparse y contarles que les habían tendido una trampa y las habían maniatado, en términos emocionales.

Otros productos y agencias en cuyas campañas de marca había trabajado el Equipo de Campo de Terry Schmidt y Darlene Lilley para el Equipo img1y eran: los gofres Downyflake para D’Arcy Masius Benton & Bowles, la Coca-Cola Light Sin Cafeína para Ads Infinitum US, los Eucalyptamint para Pringle Dixon, los seguros Citizens Business Insurance para la Krauthammer-Jaynes/SMS, las cervezas Special Export y Special Export Light de G. Heileman Brewing Co. para la Bayer Bess Vanderwarker, la Alarma Personal Ayúdame de Winner International para la Reesemeyer Shannon Belt, los Guantes Isotoner Comfort-Fit para PR Cogent Partners, los pañuelos de papel Northern Bathroom para la Reesemeyer Shannon Belt y el nuevo espray nasal con receta Nasacort and Nasacort AQ de Rhône-Poulenc Rorer, también para RSB.

La única forma de que un observador pudiera detectar algo fuera de lo común o poco habitual en el estatus de los dos MANR sería señalar que el monitor nunca los miraba directa o fijamente, mientras que por otro lado Schmidt sí que miraba a los otros doce hombres a intervalos variables, estableciendo contacto visual breve y genuino primero con un hombre y luego con otro en puntos distintos del perímetro de la mesa, y así sucesivamente, una habilidad sutil (para la que no existe nombre) que a menudo distingue a quienes tienen práctica en hablar delante de grupos pequeños, y Schmidt nunca sostenía la mirada de nadie durante bastante tiempo como para desconcertarlos ni tampoco barría la sala con la mirada de forma automática y solo rozando ligeramente la mirada de cada uno de ellos de tal manera que los hombres del Grupo de Discusión sintieran que aquel representante de Señor Blandito y de los ¡Delitos! estaba simplemente hablando ante ellos en lugar de hablar con ellos; y habría hecho falta un observador experimentado de grupos pequeños para darse cuenta de que había dos hombres en la sala de conferencias –uno era el miembro excéntrico e inexpresivo rodeado de productos de higiene personal y el otro un hombre serio y con gafas sentado a la otra punta de la mesa y vestido con un jersey de cuello alto y un blazer, que Schmidt había decidido que era el segundo MANR: lo delataba un ligero exceso de composición en su semblante y su patrón de parpadeos– en cuyos ojos la mirada del monitor jamás llegaba a detenerse. El lapso de Schmidt en aquel sentido era muy sutil, y el hipotético observador tendría que ser al mismo tiempo muy experimentado y estar dotado de una capacidad inusual de atención para extraer alguna clase de significado del mismo.

La figura del exterior llevaba también un cinturón de herramientas de montañero y una mochila grande de nailon o de microfibra. Visualmente, resultaba al mismo tiempo llamativo y complejo. En cada una de las pequeñas cornisas parecía usar nuevamente las ventosas de la mano y la muñeca derechas para tomar impulso ágilmente desde la posición supina hasta ponerse en pie, con los brazos y las piernas en cruz, de cara a la pared, abrazando el cristal con las ventosas de los brazos colocadas a fin de evitar una caída hacia atrás mientras levantaba la pierna izquierda y giraba el zapato hacia fuera para alinear las ventosas de la suela con la superficie reflectante del cristal. Las ventosas parecían ser de esas cuya acción de vacío podía activarse y desactivarse mediante ligeros ajustes rotatorios que probablemente requerían un montón de práctica para funcionar con toda la facilidad que la figura parecía imprimirles. La mochila y las botas eran del mismo color. La mayoría de los viandantes que levantaban la vista y se detenían y se añadían a la pequeña multitud de espectadores encontraban su atención completamente atraída y cautivada por la mecánica de la escalada libre. La figura recorría cada una de las ventanas levantando la pierna izquierda y el brazo derecho y usándolos para darse impulso hacia arriba, después pegaba al cristal la pierna derecha y el brazo izquierdo colgantes, activaba la succión de sus ventosas y dejaba que sostuvieran su peso mientras desactivaba la succión de la pierna izquierda y del brazo derecho y los movía hacia arriba y reactivaba sus ventosas. Había un grado elevado tanto de precisión como de economía en la forma en que la figura orquestaba las tareas de sus distintas extremidades. El día era muy frío y los vientos allí arriba eran fuertes. Las pocas nubes que había se desplazaban rápidamente a través del estrecho rectángulo de cielo que se veía por encima de los edificios altos que flanqueaban la calle. El cielo otoñal era de ese azul que parece quemar. La gente que llevaba gorro se lo echaba hacia atrás y la gente que no lo llevaba se ponía las manos enguantadas a modo de visera mientras estiraban el cuello para contemplar el avance de la figura. Los cielos en estado de coagulación de encima del lago no eran visibles desde los acantilados del edificio ni desde el cañón de la base. También había una ventosa adicional de gran tamaño sujeta a la parte de atrás de la capucha con una tira de velcro blanca. Cuando la figura alcanzó otra cornisa y se quedó tumbada de lado durante un momento mirando el abismo que tenía debajo, aquellos espectadores que estaban lo bastante atrás en la acera como para tener cierta perspectiva visual pudieron ver otra ventosa naranja de gran tamaño, la gemela de la que llevaba en la capucha, sujeta a su frente con lo que parecía velcro, aunque aquella tira de velcro debía de ir por debajo de la capucha. Y también –hubo acuerdo general entre el grupo de público– unas gafas protectoras reflectantes o bien unos ojos muy extraños e inquietantes.

Schmidt se estaba limitando a darle algo de background al Grupo de Discusión, dijo, sobre la génesis del producto y sobre algunos de los desafíos de marketing que este había presentado, pero dijo que de ninguna forma concebible les estaba presentando algo así como toda su historia, que no tenía intención de fingir que les estaba dando más que pequeños fragmentos sueltos. En la fase de orientación pre-SIRG el tiempo era escaso. Uno de los hombres estornudó ruidosamente. Schmidt explicó que aquello se debía a que Reesemeyer Shannon Belt Advertising quería asegurarse de darle al Grupo de Discusión un intervalo generoso para reunirse in camera y discutir sus experiencias y sus valoraciones de los ¡Delitos! como grupo, comparar notas por llamarlo de algún modo, ellos solos, qua grupo, sin ningún investigador de mercado refunfuñando ante ellos ni de pie allí delante observándolos como si fueran conejillos de Indias o algo parecido, lo cual quería decir que pronto Terry los iba a dejar solos y en paz de una santa vez para que reflexionaran y conversaran en privado entre ellos, y que no regresaría hasta que el portavoz que ellos hubieran elegido pulsara el botón grande y rojo situado junto al reóstato de las luces de la sala, que a su vez activaba –el botón rojo– una luz de color ámbar situada en la oficina del final del pasillo, donde Terry Schmidt dijo que él iba a estar tocándose las narices metafóricas en espera de recoger el paquete deseablemente unánime del Sumario Informativo de Respuesta Grupal, que el portavoz electo recibiría de inmediato. Once de los hombres de la sala habían consumido ya por lo menos uno de los productos de la bandeja central de la mesa. Cinco de ellos se habían comido más de uno. Schmidt, que ya no estaba jugueteando con el rotulador borrable porque algunas de las miradas de los hombres habían empezado a seguir su trayectoria y se daba cuenta de que se estaba convirtiendo en una distracción, dijo que ahora también se proponía transmitirles solo una pequeña parte de la perorata estándar sobre por qué después de todo el tiempo personal y el esfuerzo que ya habían invertido en sus Perfiles de Respuesta Individual les iba a pedir ahora que empezaran de nuevo y afrontaran las diversas cuestiones y baremos del paquete del SIRG de forma colectiva. Tenía un truco para deshacerse del rotulador borrable que consistía en dejarlo despreocupadamente en la repisa que había debajo de la pizarra y darle un toquecito con el dedo a la parte de abajo del rotulador que lo enviaba a lo largo de la repisa de forma que se quedase justo a punto de caerse por el otro lado de la misma, con la punta del capuchón alineada de forma casi exacta con el final de la repisa, un truco que llevaba a cabo con los GDO un 70 por ciento del tiempo aproximadamente y que llevó a cabo ahora. El truco tenía una apariencia todavía más impresionantemente despreocupada si lo llevaba a cabo mientras hablaba: eso le confería tanto a lo que estaba diciendo como al truco en sí un aire de indolencia que intensificaba el impacto. El propio Robert Awad –el Director de Investigación del Equipo img1y que más adelante acosaría a Darlene Lilley y sería tan hábilmente desviado por la misma– había llevado a cabo despreocupadamente aquel truquito en una de sus presentaciones orientativas para los nuevos investigadores del Equipo de Campo hacía veintisiete trimestres fiscales. Aquello, dijo Schmidt, se debía a que uno de los principios centrales de Reesemeyer Shannon Belt Advertising, una de las cosas que la distinguían de otras agencias de su terreno y que por tanto era algo de lo que se enorgullecían mucho y que pesaba mucho en sus relaciones con clientes como Señor Blandito y North American Soft Confections Inc., era que PRI como aquellos cuestionarios de veinte páginas que los hombres habían rellenado con tanta amabilidad en sus cubículos individuales y mal ventilados tenían una utilidad clara pero solamente parcial de cara a la investigación, dado que las corporaciones cuyos productos gozaban de distribución nacional o aunque fuera únicamente regional dependían de su atractivo no solo de cara a los consumidores individuales sino también por supuesto, no hacía falta decirlo, de cara a los grupos muy grandes, unos grupos que ciertamente se componían de individuos pero que seguían siendo grupos, entidades o colectivos mayores. Aquellos grupos eran concebidos y entendidos por los investigadores de mercado como entidades extrañas y proteicas, le dijo Schmidt al Grupo de Discusión, cuyos gustos –refiriéndose a los gustos de los grupos o de los «mercados con m minúscula», como se los conocía en la industria–, cuyos gustos y caprichos y predilecciones no solamente eran, como sin duda veían los hombres en la sala, sutiles y volubles y susceptibles de recibir la influencia de una miríada de factores diminutos sobre la composición de los apetitos de cada consumidor individual, sino que también eran, de forma algo paradójica, funciones de las diversas influencias mutuas de los miembros del grupo, todo ello dentro de un conjunto de interacciones y respuestas a respuestas recurrentemente exponenciales tan complejas y con tantas facetas que los demógrafos estadísticos se volvían medio locos y necesitaban toda una serie Sysplex de supercomputadoras marca Bray de baja temperatura e inmensamente potentes para crear un modelo aunque fuera de prueba.

Y por si todo aquello les parecía la clásica cháchara ambigua del marketing, Terry Schmidt le dijo al Grupo de Discusión con el aire de alguien que se afloja la corbata tras el final de un evento público que tal vez el ejemplo más sencillo de lo que estaba diciendo RSB en términos de influencias internas del mercado fuera probablemente y por poner un ejemplo los adolescentes y las modas y tendencias que arrasaban como incendios descontrolados mercados compuestos en su mayoría de chavales, es decir, alumnos de institutos y universidades, tales como por ejemplo la música popular, las modas en el vestir, etcétera. Si los miembros del grupo veían hoy día a un montón de adolescentes vestidos con pantalones que parecían irles grandes y también caídos y con los bajos arrastrando por el suelo, por poner un ejemplo obvio, dijo Schmidt como si estuviera eligiendo un ejemplo al azar de los que flotaban en el aire, o si tal como era seguramente el caso de algunos de los hombres de más edad de la sala (dos, de hecho), tenían hijos que en los últimos dos años habían empezado a querer y a llevar ropa que les venía grande y que les daba aspecto de gamberrillos de novela victoriana, a pesar de que los hombres sabían probablemente demasiado bien, con una risita lúgubre, que aquella ropa costaba lo suyo en las tiendas Gap o Structure. Y si uno se preguntaba por qué su hijo llevaba aquella ropa, estaba claro que en gran medida la respuesta era porque la llevaban los demás chavales, pues por supuesto los niños como mercado demográfico eran hoy en día célebremente borregos y sus elecciones individuales en materia de consumo estaban abrumadoramente bajo la influencia de las elecciones de consumo de los demás chavales, y así sucesivamente siguiendo un patrón de moda que se extendía como un incendio fuera de control y normalmente desaparecía de sopetón y misteriosamente o bien se convertía en otra cosa. Aquel era el ejemplo más obvio y más simple de sistema complejo de preferencias intragrupales de grandes grupos que se influían mutuamente y crecían exponencialmente a través de la interacción, de forma mucho más parecida a una reacción nuclear en cadena o a un esquema de transmisión epidemiológica que a un simple caso de consumidor individual que decide en privado y por sí mismo lo que quiere y luego sale y se gasta juiciosamente en ello el dinero que le sobra. La palabreja sofisticada con que los empollones de Demografía denominaban aquel fenómeno era Patrón de Consumo Metastásico o PCM, le dijo Schmidt al Grupo de Discusión, poniendo los ojos en blanco de una forma que invitaba a sus oyentes a reírse con él de la jerga de los estadísticos. Cierto, continuó el monitor, aquel modelo que estaba esbozando tan deprisa para ellos era claramente simplista: por ejemplo, dejaba fuera la publicidad y los medios de comunicación, que en el entorno de negocios hipercomplejo de hoy día siempre intentaban adelantarse y promover aquellos movimientos repentinos y prolíficos de decisiones grupales, buscando el momento álgido en que un producto o marca alcanzaba una popularidad tan omnipresente que llegaba a las noticias culturales y-barra-o se convertía en carnaza para los críticos culturales y los humoristas, lo cual era además una herramienta para obtener presencia en el entretenimiento de masas que intentaba parecer realista y actual, de tal forma que un producto o un estilo que se ponía de moda en cierto punto álgido ideal de la gráfica de PCM dejaba de requerir grandes cantidades de publicidad de pago, ya que la marca de moda se convertía por así llamarlo en un elemento de información cultural o bien en un componente de la forma en que el mercado quería verse a sí mismo, lo cual –Schmidt les dedicó una sonrisa nostálgica– era un fenómeno raro y muy preciado y en marketing se consideraba el equivalente de ganar la Serie Mundial de Béisbol.

Del 67 por ciento de los doce miembros verdaderos del Grupo de Discusión que seguían concentrados en escuchar con atención a Terry Schmidt, ahora había dos que mostraban expresiones de estar intentando decidir si ofenderse un poco. Los dos tenían más de cuarenta años. Asimismo, algunos de los adultos individuales sentados unos frente a otros a la mesa de conferencias empezaron a intercambiar miradas, y dado que (Schmidt creía) aquellos hombres no se conocían de nada ni tenían ninguna conexión en que basar un contacto visual significativo, parecía probable que las miradas fueran una reacción a la analogía que acababa de establecer el monitor con las modas del vestir adolescente. Uno de los miembros del grupo llevaba una ...