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FAKE NEWS

Esteban Illades  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Un tiburón nadando en los andenes del metro en Nueva York. Otro rebasando un automóvil en uno de los anillos periféricos de Houston. Vientos que hicieron que una persona volara literalmente por los aires en Miami.

Durante la temporada de huracanes y tormentas de 2017 estas imágenes y videos circularon una y otra vez por las redes. Un video en particular, que afirmaba mostrar la devastación del huracán Irma en el Caribe, fue visto por más de 20 millones de personas en sólo 24 horas.1

La situación es que se trataba en realidad de una grabación de 2016 —o quizás incluso antes— de un tornado en un país situado a miles de kilómetros de distancia. No era huracán y no ocurría durante 2017. A primera vista y al primer clic, era difícil darse cuenta, al grado de que incluso meteorólogos profesionales y medios de comunicación daban por genuino el video.

En una segunda inspección —una de las marquesinas de los negocios que aparecen en el video tiene su nombre escrito en español, mientras que el autor sostiene que el testimonio proviene de Antigua y Barbuda, donde sólo se habla inglés— no era tan difícil darse cuenta de la rareza del suceso. Ya para entonces era demasiado tarde. El pánico fue sembrado. Casi nadie se tomó la molestia en verificar si los videos eran ciertos o no.

Tal y como ocurrió casi 80 años antes. Mismo pánico, mismas reacciones, mismos medios propagando el miedo y la desinformación.

El 30 de octubre de 1938 miles de estadounidenses encendieron su radio como era costumbre. En ausencia de televisión, que estaba a unos cuantos años de convertirse en el medio más popular de entretenimiento, la radio era la diversión familiar perfecta.

Pasadas las ocho de la noche, como sucedía desde julio, el programa Mercury Theater on Air, creación del prodigio Orson Welles, de apenas 23 años, iniciaba su transmisión. El programa comenzaba a despertar interés; aunque no estaba ni cerca de ser lo más popular de la hora el número de radioescuchas iba en aumento e incluso alcanzó los cientos de miles.

No era para menos: a lo largo de una hora, Welles y un gran reparto de actores dramatizaban libros clásicos. En su primer episodio adaptaron Drácula de Bram Stoker, y, a pesar de tener baja audiencia, el programa generó revuelo por transmitir contenido que en ese entonces se consideraba demasiado tétrico para las ondas radiales.

Entre las obras que seleccionaron para su interpretación también se encontraba La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, El conde de Montecristo de Alejandro Dumas y Julio César de William Shakespeare.

Sin embargo, para el episodio 17 del serial, Welles, el productor John Houseman y el escritor Howard Koch tenían una idea novedosa. Utilizarían otra obra, una “inadaptable” por un problema fundamental: se trataba de una novela sobre

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