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FANGIRL

Rainbow Rowell  

3


Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Semestre de otoño de 2011

La saga Simon Snow

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Semestre de primavera de 2012

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Epílogo

Sobre la autora

Créditos

 

Para Jennifer, porque siempre
tuvo una espada láser extra

Semestre de otoño de 2011

La saga Simon Snow

De Wikipedia, la enciclopedia libre

[Este artículo trata de la serie de libros infantiles. Para otros usos de este término, véase Simon Snow (desambiguación).]

Simon Snow es una serie de siete novelas fantásticas firmadas por la filóloga inglesa Gemma T. Leslie. Los libros narran las aventuras de Simon Snow, un huérfano de once años procedente de Lancashire que cierto día recibe una invitación para matricularse en el colegio Watford de Magia, donde estudiará para convertirse en mago. Al hacerse mayor, Simon se une a un grupo de magos, los Hechiceros, que luchan contra el Insidioso Humdrum, un ser malvado que pretende apoderarse del mundo mágico.

Desde el lanzamiento de la primera novela, Simon Snow y el Príncipe Hechicero, en 2001, los libros han sido traducidos a cincuenta y tres idiomas y, hoy por hoy, agosto de 2011, han vendido más de 380 millones de ejemplares.

La autora ha sido criticada por la violencia de la saga y por haber creado un héroe que tiende a mostrarse egoísta e irascible. La escena de un exorcismo en el cuarto libro, Simon Snow y los cuatro selkies, desató boicots entre grupos cristianos estadounidenses en 2009. Las novelas, pese a todo, están consideradas clásicos contemporáneos y en 2010 la revista Time definió a Simon como «el personaje más importante de la literatura infantil desde Huckleberry Finn».

La publicación del octavo y último libro de la serie está prevista para el 1 de mayo de 2012.

Títulos publicados

Simon Snow y el Príncipe Hechicero, 2001

Simon Snow y la segunda serpiente, 2003

Simon Snow y la tercera puerta, 2004

Simon Snow y los cuatro selkies, 2007

Simon Snow y las cinco espadas, 2008

Simon Snow y los seis conejos blancos, 2009

Simon Snow y el séptimo roble, 2010

Simon Snow y el octavo baile, previsto para el 1 de mayo de 2012

Capítulo 1

Había un chico en su cuarto.

Cath miró el número pintado en la puerta y luego el papel que llevaba en la mano, en el que figuraba el número de habitación que le habían asignado.

«Residencia Pound, 913».

Aquella era sin duda la habitación 913, pero tal vez se hubiera confundido de residencia; los edificios parecían todos iguales, como las residencias públicas de ancianos. A lo mejor debería advertir a su padre del error antes de que subiera con el resto de las cajas.

—Tú debes de ser Cather —le dijo el chico, que ahora sonreía y le tendía la mano.

—Cath —lo corrigió ella con un nudo en el estómago. Hizo caso omiso de la mano tendida. (De todas formas, tenía las manos ocupadas con una caja. ¿Qué esperaba que hiciera?)

Debía de ser un error… Tenía que ser un error. Por otra parte, Pound era una residencia mixta… ¿Existen las habitaciones mixtas?

El chico le cogió la caja y la depositó sobre un colchón desnudo. La otra cama ya estaba cubierta de ropa y bultos sin abrir.

—¿Tienes más equipaje abajo? —preguntó él—. Nosotros ya hemos acabado. Me parece que vamos a ir a comer una hamburguesa. ¿Te apetece una? ¿Ya has estado en el Pear? Preparan unas hamburguesas del tamaño de tu puño —le cogió el brazo. Cath tragó saliva—. Cierra el puño —ordenó el chico.

Cath obedeció.

—Más grandes que tu puño —rectificó él. Soltó su mano y recogió la mochila que Cath había dejado caer al suelo—. ¿Has traído más cajas? Seguro que has traído más. ¿Tienes hambre?

Era alto, delgado y bronceado, y se diría que acababa de quitarse una gorra, a juzgar por el aspecto de su pelo, revuelto y de punta. Cath devolvió la vista al papel que le indicaba el número de su habitación. ¿Reagan era un tío?

—¡Reagan! —dijo el chico, con voz animada—. Mira, ha llegado tu compañera.

Una chica entró en el cuarto esquivando a Cath y se volvió a mirarla con desinterés. Tenía el cabello liso y castaño, y llevaba un cigarrillo apagado en la boca. Él se lo arrebató y lo cogió entre los labios.

—Reagan, Cather. Cather, Reagan —las presentó.

—Cath —repitió ella.

Reagan asintió y hurgó en el bolso hasta encontrar otro cigarrillo.

—Me he quedado este lado del cuarto —dijo, y señaló con un gesto las cosas apiladas a la derecha de la habitación—. Pero me da igual. Si tienes manías con el feng shui, coloca mis trastos donde te parezca —se volvió a mirar al chico—. ¿Vamos?

Este se giró hacia Cath.

—¿Vienes?

Ella negó con la cabeza.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, Cath se sentó en el colchón desnudo que, por lo visto, le correspondía (el feng shui era la menor de sus preocupaciones) y apoyó la cabeza contra la pared de hormigón.

Solo necesitaba tranquilizarse.

Coger toda aquella ansiedad, que le emborronaba la visión y le latía en la garganta como un segundo corazón, y empujarla al estómago, donde debía estar; donde, como mínimo, podía amarrarla con fuerza y fingir que no la notaba.

Su padre y Wren subirían en cualquier momento, y Cath no quería que se dieran cuenta de que estaba al borde del colapso. Si ella se desmoronaba, su padre se desmoronaría también. Y si eso sucedía, Wren se comportaría como si lo estuvieran haciendo adrede para arruinarle su alucinante aterrizaje en el campus. Su fantástica aventura.

«Ya verás cómo acabarás por darme las gracias», le repetía Wren una y otra vez. Se lo había dicho por primera vez en el mes de junio.

Cath ya había enviado los formularios de matrícula y, naturalmente, había escrito el nombre de Wren en la casilla correspondiente a «compañero de habitación». No se lo había pensado dos veces. Llevaban dieciocho años compartiendo cuarto. ¿Por qué iban a cambiar a esas alturas?

—Hace dieciocho años que dormimos en la misma habitación —protestó Wren.

Sentada en la cabecera de la cama de Cath, exhibía esa insufrible expresión de «yo soy la hermana madura».

—Y nos ha ido de maravilla —arguyó Cath agitando el brazo con un gesto que abarcaba todo el dormitorio: los montones de libros, los carteles de Simon Snow y el armario donde guardaban la ropa mezclada, sin preocuparse casi nunca de qué pertenecía a quién.

Sentada a los pies de la cama, intentaba ahuyentar de su rostro esa expresión que sugería «yo soy la hermana patética que siempre acaba llorando».

—Hablamos de la universidad —insistió Wren—. La gracia de ir a la universidad es conocer gente.

—La gracia de tener una hermana gemela —objetó Cath— es que no te tienes que preocupar de esas cosas. De tías raras que te roban los tampones, huelen a aliño de ensalada y te hacen fotos mientras duermes…

Wren suspiró.

—Pero ¿de qué hablas? ¿Por qué iba nadie a oler a aliño de ensalada?

—A vinagre —aclaró Cath—. ¿No te acuerdas de aquella vez que fuimos de colonias y la habitación de una chica apestaba a aliño?

—No.

—Bueno, pues era asqueroso.

—Hablamos de la universidad —insistió Wren, exasperada. Se tapó la cara con las manos—. Se supone que tiene que ser una aventura.

—Ya es una aventura —Cath se deslizó por la cama para colocarse junto a su hermana y le apartó las manos del rostro—. La perspectiva resulta aterradora.

—La gracia es conocer gente —repitió Wren.

—Yo no quiero conocer gente.

—Y eso demuestra lo mucho que necesitas hacer nuevos amigos —Wren apretó las manos de su hermana—. Cath, piénsalo. Si vamos a todas partes juntas, la gente nos tratará como si fuéramos la misma persona. Pasarán cuatro años antes de que nadie sea capaz de distinguirnos siquiera.

—Lo único que tienen que hacer es prestar atención.

Cath tocó la cicatriz que surcaba la barbilla de Wren, por debajo del labio.

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