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FANTASíA (CELEBRITY 2)

M. S. Force  

0


Fragmento

1

Flynn

Natalie se encuentra en estado de shock. Es la única explicación posible para la mirada vidriosa de sus preciosos ojos castaños y el inusual y prolongado silencio que se ha impuesto entre nosotros. Tiembla con tanta violencia que quiero llamar a un médico para que le dé algo que la tranquilice. No tengo ni idea de cómo consolarla.

La he traído a mi casa con la esperanza de protegerla del circo mediático que se desarrolla frente a la suya. Mis peores pesadillas se han hecho realidad, pero mis malos sueños no tienen nada que ver con los suyos. Su doloroso pasado se ha hecho público y está al alcance de todo el mundo para que cualquiera lo diseccione, y por si eso fuera poco, ha perdido su trabajo y su anonimato, y todo por mi culpa.

Necesito hablar con mi equipo; abogados, publicistas, cualquiera que pueda conseguirme la cabeza del hombre que le está haciendo daño. Quiero a Leah aquí, porque Natalie necesita una amiga. Pero me da miedo dejarla sola, aunque sea solo durante el breve lapso de tiempo que tardaría en realizar las llamadas que podrían ayudar. Su silencio me está helando la sangre. Prefería cuando sollozaba. Eso lo entendía. Pero este inquietante silencio… Eso me aterra.

Recuerdo entonces cómo le gustó la gran bañera de mi aseo, la que no he usado ni una vez en los diez años que llevo viviendo en esta casa. La dejo hecha un ovillo sobre la cama, voy al baño y abro el grifo. Busco bajo el lavabo un bote de jabón que haga espuma. Con un ojo pendiente de ella y otro de la bañera, espero hasta que se llena tres cuartas partes, cierro el grifo y vuelvo a por ella.

Me siento en el borde de la cama para darle un beso en la mejilla; la noto fría bajo mis labios.

—Oye, Nat, te he preparado un baño. Puede que te apetezca entrar en calor.

Ella no protesta, así que la ayudo a levantarse y a desvestirse, y luego la cojo en brazos para llevarla al lavabo, donde aguarda la bañera llena de humeante agua jabonosa. Hace dos noches hicimos el amor por primera vez, pero no hay nada sexual en esto. Me mojo las mangas cuando la meto en el agua, así que me quito la camisa y me siento junto a la bañera.

—Cariño, ¿no vas a hablar conmigo?

—No hay nada que decir.

Su voz suena apagada, carente de expresión, igual que sus ojos.

Las lágrimas que ruedan en silencio por sus mejillas me parten el corazón y amenazan mi propia compostura. Tengo que hacer algo, lo que sea, para ayudarla.

—Vuelvo enseguida.

Voy a la habitación a por mi móvil y una camisa seca. Tengo treinta y dos llamadas perdidas y cuarenta y seis mensajes. Lo ignoro todo y llamo a Gabe al Quantum. Él dirige nuestro club de BDSM y es el jefe de seguridad en Nueva York.

—Flynn, ¿estás bien? —pregunta.

—He tenido días mejores. Necesito un médico para Natalie. ¿Conoces a alguien discreto que pueda venir aquí?

—Mi prima. La llamaré y lo organizaré.

—Gracias, Gabe.

—Avísame si hay algo más que pueda hacer. Todos queremos ayudar.

—Lo haré, gracias de nuevo.

Regreso al cuarto de baño; Natalie no se ha movido de donde la dejé. Las lágrimas continúan manando de sus ojos y cada una es un puñal que se clava en mi corazón.

—Flynn —susurra.

—¿Qué, cielo? —Me arrodillo junto a la bañera—. Estoy aquí. ¿Qué necesitas?

—Voy a vomitar.

Agarro la papelera del suelo y se la acerco justo a tiempo para sujetarle el oscuro y largo cabello mientras ella vomita con violencia.

—Tengo que ir a por Fluff —murmura, todavía jadeando después de vaciarse.

—Le pediré a Leah que la traiga aquí. No te preocupes por nada. —La recuesto contra la toalla que he enrollado a modo de almohada y colocado en la bañera. Mojo un paño con agua fría y me arrodillo para limpiarle la cara y la boca—. Iré a por tu móvil para enviarle un mensaje.

Las lágrimas continúan rodando sin cesar por sus pálidas mejillas.

Jamás en mis treinta y tres años de vida me he sentido tan impotente como ahora mismo. No quiero dejarla ni siquiera un mísero minuto para ir a por su móvil, que dejamos junto con su bolso en el salón.

—Enseguida vuelvo, ¿vale? —Ella asiente, y la agotada resignación que percibo en ese pequeño gesto me destroza. Yo tengo la culpa de esto, y voy a arreglarlo o a morir en el intento. Me llevo el móvil al baño—. ¿Quieres marcar tú la contraseña?

—Puedes hacerlo tú —responde—. Es cero, uno, uno, ocho.

Me siento curiosamente conmovido porque me haya confiado su contraseña. ¿Qué puedo decir? Soy un desastre en lo que a ella se refiere. Introduzco la contraseña y veo que hay un montón de mensajes de texto y de voz. Hago caso omiso de todos ellos y escribo a Leah.

Hola, soy Flynn. Natalie pregunta por Fluff. Podrías traerla a mi casa?

Ella responde de inmediato.

Me alegro de tener noticias vuestras. Qué tal está? Pues claro que os llevo a Fluff. Cualquier cosa que pueda hacer…

Gracias. No está demasiado bien… La perra será de ayuda

Le envío un último mensaje con información sobre cómo entrar en el garaje de mi casa, algo que no le suelo confiar a cualquiera, pero ahora mismo no puedo preocuparme por cosas que normalmente me obsesionan, tales como proteger mi intimidad. Solo me importa Natalie y lo que puedo hacer por ella.

Suena el timbre del ascensor y de inmediato vuelven a asaltarme las dudas de si debo dejar sola a Natalie, aunque sea solo un minuto.

—Fluff viene hacia aquí con Leah. Voy a abrir la puerta. Enseguida vuelvo.

Ella no contesta. Las lágrimas no cesan, pero Natalie no es consciente de ello. La expresión vacía de sus ojos me aterra.

Corro hasta el ascensor.

—¿Sí?

—Soy yo —anuncia Addie.

Aprieto el botón sin dudar para dejar entrar a mi leal asistente. Un minuto más tarde sale del ascensor, deja su bolso en mi vestíbulo y me da un abrazo.

—¿Qué puedo hacer?

Addie se ha convertido en una especie de hermana pequeña para mí durante los cinco años que lleva a mi servicio. No hay nada que cualquiera de los dos no hiciera por el otro, algo que ella acaba de demostrar una vez más.

—Ni siquiera sé qué necesito ahora mismo.

—Sea lo que sea, estoy aquí para apoyaros a ambos.

—¿Cómo has llegado tan rápido?

—Me subí a un avión una hora después de que la noticia se publicara en la web. Liza también está de camino —señala, refiriéndose a mi publicista—, pero le he dicho que no viniera aquí esta noche. Será mejor que espere a mañana.

—Bien pensado, gracias. Tengo que volver con Natalie. Está en la bañera. Gabe va a enviarme a su prima, que es médica.

—Prepararé té.

—A Natalie le gusta el chocolate.

—Pues entonces prepararé chocolate. —Addie me coge del brazo—. No estás solo en esto. Todos en Quantum se están preparando para la lucha y están sedientos de sangre.

—Gracias por venir.

—Solo hago mi trabajo.

—Haces mucho más que eso, como sabes.

—Ve con ella. Todo va a salir bien.

Aunque sus palabras me tranquiliza

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