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FAUNA DESPLAZAMIENTOS

Mario Levrero  

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Fragmento

Capítulo I

Era un sueño borrascoso, cargado de significados ocultos. Cuando sonó el teléfono, el sonido se introdujo momentáneamente en el sueño, modificando algunas imágenes, torciendo el sentido de la historia que quería representarse, y maldito si puedo recordarla; pero al fin consiguió rasgar el velo onírico y llamarme a eso que llaman “la realidad”. Respondí automáticamente; me levanté de la cama y recorrí el larguísimo trecho que me separaba del teléfono —instalado en el vestíbulo y no por idea mía—, moviendo las piernas con la mayor torpeza y mascullando palabrotas. Si mi sueño no hubiese sido tan profundo e interesante, tal vez habría logrado oír el sonido del teléfono sin hacerle caso, e incluso disfrutar con la idea de que alguien había fallado en su intento de fastidiarme. Ahora, ya sabía lo que me esperaba: pasaría la mañana tratando sin éxito de recordar el sueño, y el resto del día actuando a medias sonámbulo, hostigado por esas imágenes que seguirían buscando formularse en lo que suelo llamar “un sueño atragantado” —algo tan malo como una indigestión, y a veces peor. Levanté el tubo y gruñí del modo más desagradable que me fue posible, pero súbitamente quedaron atrás las imágenes atragantadas y me desperté por completo: había escuchado mi nombre pronunciado por una maravillosa voz de mujer, cálida, fresca, dulce, vibrante; y la voz agregó:

—Quisiera una entrevista con usted. Es urgente.

En mi profesión no es usual que a uno le soliciten entrevistas, y menos de carácter urgente, y menos aún por parte de desconocidas con voz prometedora; aunque la voz, a través del teléfono, suele conducir a desilusiones, como lo he podido comprobar más de una vez.

—Le manda saludos Esteban… —prosiguió, ante mi silencio perplejo—. Él me dio su número.

Ahora, comenzaba a ver más claro el panorama. Esteban. Hacía tiempo que no lo veía, exactamente desde la tarde en que se embarcó a probar fortuna en Buenos Aires, dos años atrás. Un muchacho con un particular sentido del humor: le gustaba complicar las relaciones humanas.

—Debo regresar a Buenos Aires dentro de unas horas —continuó la voz, que me producía cada vez más una complicada serie de reacciones estimulantes—. Si fuera posible, quisiera verlo ahora mismo… Estoy en el bar de la esquina de su casa.

Recordé que Esteban había dado una vez mis señas a un señor vivamente interesado en conseguir uñas artificiales de contrabando. Como se trataba precisamente de contrabando, ese señor no esperaba de mi parte una respuesta de buenas a primeras afirmativa, y durante varios días se preocupó en demostrarme que realmente lo que él pretendía era hacer negocio y no investigar mis delitos. Aún ahora, después de tanto tiempo, creo reconocerlo de vez en cuando al cruzarme en la calle con algún señor de portafolios, y de semblante apacible, que me mira y esboza una sonrisa entre amarga y esperanzada.

—Déme diez minutos para lavarme la cara y ponerme los pantalones —dije. Había resuelto conocer a la dueña de esa voz a cualquier precio; y si el resto de ella estaba en concordancia, podría también resolverme sin dificultad a mercar con uñas, dólares, ganado o lo que fuese.

Usualmente, esa operación de lavarme la cara y ponerme los pantalones me ocupa buena parte de la mañana, mientras el minutero del reloj corre en forma disparatada y yo me esfuerzo por aclarar mi pensamiento entre las imágenes fugitivas de los sueños. Esa vez bastaron los diez minutos, e incluso me dieron tiempo para afeitarme y ponerme loción en el bigote. Abrí la puerta antes de que concluyera de sonar el breve timbrazo.

La voz, tal vez por las limitaciones de la comunicación telefónica, no alcanzaba a representar fielmente la humanidad de su dueña —quien resultó ser lo que se ha dado en clasificar como “rubia exuberante”. La invité a pasar, atento al truco del umbral. Efectivamente, ella tropezó con el borde inferior del marco de la puerta y casi vino a caer en mis brazos. Esta trampa no ha sido pensada por mí; simplemente aprovecho las características de un apartamento que alquilo y que fue construido por otros. Esa vez, falló por un pelo; la muchacha recuperó el equilibrio por sí misma y sonrió, para quitarle importancia a su pequeño accidente. Pero hubo otras veces que no falló, y me consolé pensando en la ley las compensaciones.

La hice pasar a mi estudio. Nos sentamos frente a frente, separados por el escritorio, yo de espaldas a la ventana, que suele permitir el paso de una abomin

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