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FILO

Sergio Olguín  

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Fragmento

1. Marcela cumple 27
Marzo 1996

I

Esa noche tuvo un sueño erótico con su padre. Estaba recostada en el sillón que tenía en su habitación de soltera. Estaba desnuda, pero envuelta en una especie de mortaja o sábana. Su padre se acercaba y la besaba en la boca. Ella le tocaba los hombros y los sentía fuertes debajo de una camisa a cuadritos, igual a casi todas las camisas que él usaba. No pasaba nada más pero la sensación primigenia de placer se convertía en un sentimiento desagradable. Al despertarse recordó el beso, sus manos en los hombros, la camisa y las sensaciones.

Se quedó una hora más en la cama, lo suficiente para oír a Raúl levantarse sigilosamente, para que ella no lo notara. Le dio un poco de lástima su marido, por todos los cuidados que se tomaba para no hacer ruido. En la cocina iba y venía, encendía el fuego, abría la heladera. Finalmente apareció, prendió la luz de la habitación y ella entreabrió los ojos para acostumbrarse a la claridad.

—Que los cumplas feliz…

Sobre la bandeja que traía, además del café, el jugo, el pan del día anterior, el fiambre y la manteca, había un florerito con un jazmín. Ella puso su mejor rostro de sorprendida y él buscó algo en su maletín. Sacó una bolsa prolijamente plegada. Era el regalo: un juego de ropa interior. No era la primera vez que le regalaba bombachas, corpiños o medias. A él le gustaba comprarle ese tipo de ropa, ir a los negocios, hablar con las vendedoras. Se sentía contento, seductor, comprando y regalando ropa interior. No abusaba de las circunstancias, no compraba ropa digna de un pornoshop sino bombachas y corpiños sencillos, cómodos, lindos. Era un conocedor. A ella le encantó ese juego celeste, no tenía ninguno de ese color. Inmediatamente se le cruzó por la cabeza que no le había venido el período. Si estaba embarazada le crecerían los pechos y la panza y no podría usar esa ropa durante bastante tiempo. Le agradeció con un abrazo y un buen beso. Cuando terminaron de besarse se le habían pasado las ganas de decirle que tenía un atraso y que tal vez, esta vez sí, estuviera embarazada. En cambio, le dijo:

—Soñé con vos.

II

No estoy gorda, estoy deforme, se dijo mientras se miraba en el espejo del placard. En los últimos años había engordado cinco kilos y ella sentía que se le habían acumulado casi todos en la espalda. Es como si tuviera un par de tetas en la espalda, se dijo a la vez que hacía un esfuerzo por verse. Estaba perdiendo la cintura, las piernas también habían engordado y los pechos estaban como siempre, levemente caídos. Parecían haber encontrado su posición hacía un par de años y no habían seguido cayendo. Se mantenían en un equilibrio conmovedor que la reconciliaba con esa parte del cuerpo que siempre odió. Primero porque le crecieron cuando todavía era una nena, después porque ese crecimiento se detuvo en un punto que no lograba despertar aullidos masivos de los hombres, como ocurría con sus mejores amigas. Luego, cuando notó que los hombres igual se abalanzaban sobre ellos sin preocuparse por el tamaño, descubrió que su pecho izquierdo era más chico que el derecho. Desde entonces siempre temió que alguien lo notara. Era un secreto que no compartía ni con sus amigas ni con Raúl y que pensaba llevarse a la tumba. Más tarde odió sus pechos cuando vio que comenzaban a caer. Pero cuando esa caída anunciada se detuvo, por primera vez en veintiséis años (ahora veintisiete) se reconcilió con sus pechos.

Decidió no estrenar el regalo de Raúl. Lo guardaría para una ocasión más especial. Quizás a la noche, si es que veía que había onda para hacer el amor, o al día siguiente, o el martes, o el miércoles. Tal vez Raúl se sentiría excitado cuando la viera con su ropa interior nueva. Ya hacía una semana que no tenían sexo. Con esa cuestión había ocurrido lo mismo que con los pechos. El ritmo de las relaciones había ido bajando lenta pero inexorablemente hasta detenerse en un punto. Hacía más de un año que se mantenía en una vez por semana, con leves variaciones hacia los diez días y rara vez hacia los cinco. Cuando era adolescente y leía que los matrimonios tenían sexo una vez a la semana le parecía la muestra más acabada de la destrucción de la pasión, del triunfo de la rutina y la indiferencia. Se habría matado si le hubieran dicho que algún día, ocho años más tarde, ella también tendría sexo cada siete días. Y se hubiera reído mucho si alguien ahora le dijera que lo suyo era una sexualidad pobre. No lo sentía así. Simplemente los días pasaban, había que trabajar,

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