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FIN DE SEMANA EN EL PARAíSO 4

María Inés Falconi  

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Fragmento

Capítulo 1

—Uy! ¡Mirá! ¡Algún tarado se equivocó y nos puso un cartel de venta! —dijo Luciano en cuanto el auto de su papá se estacionó frente a la casa de fin de semana en el country El Paraíso.

Carla miró descreída. Su hermano menor era muy capaz de hacer ese tipo de bromas. Pero no, esta vez era cierto. El cartel, clavado en el jardín de adelante, decía con toda claridad: “PRUDENCIO ETCHEGARAY VENDE”. Y después una dirección, teléfono, página web en grandes letras negras.

—El que se equivocó fue Prudencio —se rió Carla—. ¡Qué nombre, pobre tipo!

Agustina, su mejor amiga, sentada entre los dos con Patán sobre la falda, como siempre, se estiró para ver.

—Van a tener que avisarle que la casa no se vende —comentó, empujando a Carla para que saliera del auto.

La mamá ya estaba abriendo la casa y el papá también se había bajado para sacar las cosas del baúl.

—¿Viste? —comentó la mamá desde la puerta, en un tono bastante distinto—. Pusieron el cartel.

—Sí, un tarado —dijo Carla, yendo hasta el baúl a buscar su bolso más los quinientos bolsitos y paquetes que estaba segura de que su mamá había traído.

—¿Tarado por qué? —preguntó el papá, distraído.

—¡Con ese nombre, pa…! ¿Quién puede llamarse Prudencio? Además, el idiota se confundió de casa. ¡Mirá si viene alguien a comprar la nuestra!

—Ojalá —dijo la mamá.

—¿Ojalá qué?

—Ojalá que venga alguien y se venda rápido.

—¡Ay, ma…! Dejá de decir tonterías —comentó Carla pasándole por delante con tres bolsas de súper en cada mano.

—No son tonterías, Car —dijo el papá entrando con la bolsa de palos de golf que pesaba un montón—. Tu mamá tiene razón. Ojalá podamos vender lo antes posible.

Un elefante entrando por la ventana no hubiera producido más asombro ni desconcierto. Los chicos se quedaron duros, con las bolsas a mitad de camino entre las manos y el piso y las bocas abiertas, sin que un solo sonido pudiera salir de ellas. Sólo el papá y la mamá se seguían moviendo para acomodar los bolsos y Patán que, ajeno a toda catástrofe, festejaba su libertad en el jardín.

—¿Co-co-co-cómo vender lo antes posible? —tartamudeó Carla.

—¿Vender qué? —preguntó Luciano, sin poder creer lo que ya había entendido.

—La casa, Luciano. No vamos a poner ese cartel para vender la tele —le contestó el papá.

—¡¿Pueden dejar de hacer cosas y contestarnos?! —casi gritó Carla.

Agustina suspiró. Otro fin de semana en medio de una pelea familiar.

—Les estamos contestando, Carlita —dijo la mamá—. ¿Qué quieren saber? ¿Si vamos a vender la casa? Sí, la vamos a vender.

—¡¿Cómo que la van a vender?! ¿Desde cuándo? ¿Por qué?

—Desde que lo decidimos —dijo el papá.

—¿Desde que lo decidieron? ¿Cuándo lo decidieron? ¿Por qué no nos dijeron nada?

—Porque queríamos darles una sorpresa.

El papá, sonriente, se acercó a la mamá y le pasó la mano por encima del hombro, contento con la noticia que acababan de dar.

—¡Guau! ¡Flor de sorpresa! —Carla estaba al borde del llanto—. ¿Se les ocurre vender todo y ni nos consultan? Nosotros no queremos que vendan la casa. ¿No es cierto, Luciano?

Luciano negó con la cabeza.

—Ni ahí —dijo.

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