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FUIMOS SOLDADOS

Marcelo Larraquy  

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Fragmento

Capítulo 1

No sé, y no creo que sepa nunca, el nombre de Lazarte. Pero conozco su historia casi hasta el final. Sé que en marzo de 1977 Lazarte vivía en México, sé que había sido expulsado de Montoneros, sé que tenía un pelotón de soldados diezmados en Brasil que buscaban refugiarse en la caridad de alguna agencia de la ONU o involucrarse en alguna guerra revolucionaria para continuar la lucha. Sé que ese pelotón, que no tenía pasaportes, dinero ni destino, dormía en los fondos de las iglesias y esperaba instrucciones de Lazarte. Sé también que Lazarte, pensando en sus soldados, planeaba un secuestro. O mejor dicho, que decidió incorporarse a un plan de secuestro. El blanco era un vigoroso empresario, el presidente de la filial mexicana de la papelera Kimberley Clark, una multinacional norteamericana con oficinas en distintos países del mundo. El equipo comando ya tenía registrados los horarios de sus movimientos, la dirección de su casa y de su empresa, y las calles que recorría para llegar de un lugar al otro; pero para que el plan fuera efectivo les faltaba infraestructura, y sobre todo, mano de obra capacitada.

La información que tengo es que el secuestro fue una opción desesperada para Lazarte, la única solución que tenía a la vista, pero también lo único con lo que podía sentirse realmente seguro. Desde el día en que llegó a México, Lazarte era un capitán sin tropa ni recursos. Sólo tenía un objetivo: reagrupar a sus soldados. En busca de solidaridad, de contención o de lo que fuera, visitó el Comité de Solidaridad del Pueblo Argentino, donde empezaban a acercarse los montoneros que escapaban de la Argentina, y pidió dinero y pasaportes en blanco. Se los negaron. Aunque los hubiesen tenido, era lógico que se los negaran. Porque el pelotón que comandaba Lazarte, los restos de la Columna Norte montonera, había sido expulsado en su totalidad por conspirar contra la Conducción Nacional. Es decir, ya no eran más montoneros.

El futuro de Lazarte y sus soldados dependía del secuestro.

El comando operativo era un rejunte de guerrilleros al borde de la disolución, con la sangre todavía hirviendo por el dolor y la derrota, pero con el impulso de sobrevivir en cualquier terreno, en honor a sus muertos y también a sus propias vidas. Eran, o habían sido, guerrilleros urbanos. O por lo menos militantes políticos con práctica armada, que se habían lanzado a la lucha revolucionaria de los años setenta con una claridad ideológica que a esa altura de la historia se estaba volviendo grisácea. Pero había una delgada línea moral que todavía los unía.

No tengo en claro cómo Lazarte ubicó a un ex montonero, un tipo del que todavía no sé el nombre, pero que en la vertiginosa debacle de la Organización se cruzó al ERP 22, donde se reagruparon los trotskistas de paladar negro. Me parece que fue, o debe de haber sido, en la Casa de Alabama, otro punto de exiliados montoneros, después de morder el polvo varias veces. Alguien le habrá pasado el dato a Lazarte de que este tipo lo estaba buscando. Si esto es cierto, entiendo que fue la manera más correcta de que se lo sacaran de encima. Lo que sigue explica la perseverancia de Lazarte: la cita con el tipo del ERP 22 fue convenida en un sector lateral del Parque Hundido y fracasó en siete oportunidades consecutivas, porque Lazarte mantenía en México el mismo método y la misma rigurosidad de las citas clandestinas que aplicaba en las calles argentinas; es decir, cinco minutos después de la hora convenida se retiraba y regresaba al lugar una hora después, para volver a retirarse de inmediato. El tipo del ERP 22 se demoró el primer día y a la semana siguiente, en forma casual, encontró a Lazarte sentado en un banco, en la estrecha franja horaria en la que concurría al parque, todos los días.

Esa misma noche, Lazarte abandonó su pensión y llevó su valija a la casa del hombre que organizaba el secuestro. Él vivía con su pareja. Ella cargaba un embarazo avanzado. Lazarte también encontró a los otros dos parti

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