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GALLARDO MONUMENTAL

Diego Borinsky  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

Además de a Marcelo, quiero agradecer a los más de 40 personajes que ofrecieron su testimonio y su mirada para este libro: Rodolfo D’Onofrio, Hernán Buján, Enzo Francescoli, Jorge Bombicino, Marcelo Bielsa, Javier Mascherano, Matías Biscay, Gabriel Rodríguez, Matías Patanian, Sandra Rossi, Rodrigo Mora, Juanma Lillo, Máximo Gallardo, Mariano Juan, el Chino Recoba, Osvaldo Riganti, Rodrigo Sbroglia, Jorge Sampaoli y su biógrafo Pablo Paván, Hernán Díaz, Pablo Dolce, Tato Montes, Mario Argenta, Daniel Enríquez, Guillermo Rivarola, Juanito Berros, César Zinelli, Luigi Villalba, Gabriel Mercado, Nahuel Hidalgo, Patricio Nogueira, Chamaco Rodríguez, Matías Ghirlanda, Pedro Hansing, Alex Saúl, Juan Carlos Olave, Rubén Sagarzazu, Gustavo Yarroch, Pichi Quiroga, César Saban, Pablo Nigro, Jonatan Fabbian y Nahuel Gallardo. También a Ramón Arias y Claudio Sánchez, del foro de historiadores de River, por sus aportes estadísticos.

Gracias a mi editora, Ana Pérez, por la contención y el empuje; a Elías Perugino, por las correcciones; a Juan Arcidiácono, por ordenarme el desorden del archivo; a Martín Rodríguez y Eduardo Rivas, ayuda permanente del otro lado del charco; a Ezequiel Fernández Moores, por escuchar y aconsejar; a Martí Perarnau, por intentar lo casi imposible (Guardiola); a mis compañeros de El Gráfico, Cadena 3 y Fox Sports, por bancarme en mis semanas críticas.

Y un agradecimiento especial para Eduardo Sacheri, que nunca pregunta “cuánto” ni “por cuánto” ni “por qué”, sino “para cuándo”.

INTRODUCCIÓN

Conociendo a Gallardo

—Tengo unos mangos para apostar con mis amigos, ¿vas a ser el próximo técnico de River?

—¡¿El próximo...?! Sé que lo voy a ser en algún momento pero no sé cuándo.

El bosquejo de ese libro comenzó a tomar forma en febrero de 2014. Me encontré con Marcelo en un bar de Avenida del Libertador, cerca de su casa, en Martínez, para la nota de las 100 preguntas que suelo hacer todos los meses en El Gráfico. La que encabeza esta introducción era la primera. No en términos cronológicos de la entrevista, pero sí la que elegí que fuera como N° 1. Trucos válidos del ejercicio periodístico.

A Marcelo lo conocía casi desde que debutó en la Primera de River, en 1993. Le había hecho 4 o 5 notas en diferentes momentos de su carrera, pero el vínculo nunca se extendió más allá de apagado el grabador. Aquella tarde de verano, sin embargo, cuando se aproximaba a cumplir dos años sabáticos como entrenador tras su consagración en Nacional, la charla se extendió por tres horas, las dos habituales que en promedio me demandan las 100 preguntas, más otra de riquísimo off. Me volví a mi casa más que satisfecho con el contenido de las respuestas, pero además sorprendido por un par de detalles. En principio, me llamó la atención que no hubiera puesto reparos para dar la nota. En aquel amanecer de la era D’Onofrio, se vislumbraba una travesía áspera en el vínculo entre la dirigencia y Ramón Díaz, y Gallardo era uno de los apellidos que sonaba, en los míticos pasillos del Monumental, como uno de los posibles sucesores. En casos así, se le aconseja a ese candidato que se guarde, que no aparezca. Incluso muchas veces ese entrenador suele ser más papista que el Papa y se esconde sin que se lo pidan, por si acaso. Pero Gallardo en ningún momento exhibió esa preocupación ni me pidió que tuviera cuidado con tal o cual respuesta. Daba muestras de su personalidad. Otra característica que percibí en ese encuentro, fue su claridad conceptual al hablar de fútbol. Y su seguridad para expresarlo.

“¡Qué lástima que no aposté con mis amigos, me hubiera hecho rico!”, le escribí por whatsapp meses después, cuando lo eligieron director técnico de River tras la renuncia de Ramón Díaz. Y le propuse vernos a la vuelta del Mundial de Brasil.

Yo había decidido parar un poco con mi modesta producción “literaria”. Venía de escribir la biografía de Matías Almeyda en 2012, dos selecciones de mis entrevistas de El Gráfico en 2013, y uno más vinculado a la historia de la Selección Argentina en los Mundiales a comienzos de 2014. Es un esfuerzo muy grande escribir un libro. Intelectual y físico. Es gratificante, sí, cuando uno observa el producto final y tiene a su hijito en brazos pero el camino suele ser una carrera contra el tiempo, los nervios, el insomnio y la angustia. Sin embargo, me alcanzó con ver cinco partidos del River de Gallardo y escuchar la lucidez de sus explicaciones en las ruedas de prensa, para recuperar violentamente el entusiasmo.

Por esos días, una mañana fui a ver un entrenamiento al predio de River en Ezeiza porque debía entrevistar a Leonardo Pisculichi y me reencontré, después de muchos años, con Matías Biscay, a quien había visto debutar en la Primera de River. Biscay me presentó a Hernán Buján, el otro ayudante de campo, y en una breve charla me explicó las herramientas básicas (pase y control) en las que sostenían ese comienzo precozmente alentador. Y me detalló un par de ejercicios para llevarlos a la práctica.

A fines de septiembre de 2014 quise entrevistar a Marcelo para Fox Sports y me contestó: “Mejor vení a tomar un café”. El jueves 2 de octubre, tres días antes de su primer superclásico como DT de River, el 1-1 bajo el diluvio en el Monumental, me citó en su oficina del primer piso del predio de Ezeiza. En otras épocas, con Daniel Passarella o Américo Gallego al mando del equipo, en circunstancias similares no me hubiera podido acercar ni a veinte cuadras a la redonda de donde practicaba el equipo. Esa tarde, el Muñeco volvió a exhibir su singularidad: estuvimos dos horas charlando y tomando mate, como si nada, en un clima de absoluta distensión. Unos cuantos testimonios que nutren este libro reafirmarían luego ese matiz de su personalidad: la tranquilidad que irradia. Y esa tranquilidad la irradia porque está muy convencido de lo que pretende.

La oficina de Ezeiza era un sitio que hasta su llegada como entrenador tenía un par de camas y se usaba para que se quedara a dormir algún utilero o empleado del predio. Gallardo lo transformó en su búnker: es el sitio donde se junta con sus colaboradores a desayunar, a leer los diarios y a planificar la práctica del día y, una vez terminada la misma, para pautar lo que sigue o discutir sobre las cosas que se están haciendo bien y mal. A la oficina se llega subiendo por una escalerita blanca muy próxima al vestuario de los futbolistas, ideal para cuando el Míster —tal como lo llaman algunos integrantes del cuerpo técnico— debe tener una reunión a solas con alguno de ellos. Es una sala de unos diez metros de largo por cuatro de ancho, con dos sillones a los costados y una mesa cuadrada grande con ocho sillas. En la sala, luminosa y austera, relucen tres cuadros: uno de Ángel Labruna en andas de sus jugadores, en los festejos por la obtención del Metro 75, una panorámica del Monumental con una bandera gigante que cubre la popular y una más pequeña, con el plantel de 1997 (Gallardo incluido) levantando la Supercopa. Sobre la pared del fondo hay una pizarra con dos recortes pinchados del diario La Nación: uno de Ezequiel Fernández Moores sobre Herr Pep, el libro que relata el primer año de Guardiola en el Bayern Munich (“Me sentí muy identificado con el contenido y quería que lo leyeran mis compañeros del cuerpo técnico”, me dijo), y otro de Fernando Pacini sobre el Borussia Dortmund. Al costado, un calendario gigante del semestre, dividido en semanas, con la cantidad de partidos de cada una, diferenciado con colores según la competencia, luego una heladera, una cafetera, tostadora, termo, mate, yerba, una computadora y tres diarios sobre la mesa (Clarín, La Nación y Olé), y una lista, sobre el armario, con los cumpleaños de todos: jugadores, cuerpo técnico, utileros y hasta cocineros. Una nómina de 57 apellidos, que arranca con el masajista Marcelo Sapienza (5/1) y termina con la doctora especialista en neurociencias Sandra Rossi (25/12). Para no olvidarse de felicitar a nadie. Importan los profesionales, pero sobre todo las personas.

También hay un silbato rojo colgado del ángulo de la pizarra y un cartel de prohibido fumar. Desde la mesa se ven las canchas principales del predio; los ventanales tienen el escudito de River ploteado en blanco. Al fondo existe un cuartito con un plasma gigante, en el que trabaja Nahuel Hidalgo, el videoanalista. Y un baño, donde suele ducharse Marcelo después de los entrenamientos. El resto del cuerpo técnico lo hace en el vestuario de abajo.

En aquel primer encuentro en su oficina de Ezeiza, me senté a su izquierda y a los pocos minutos me pidió si me podía cambiar de lado. ¿Cabulero? Para nada. Luego comprendí que, entre mate y mate, relojeaba por la ventana cómo estaban cortando el pasto de la cancha principal. Y yo obstruía su visión. En ese pequeño gesto, empezaba a conocer al técnico de River: está en todos los detalles.

“Había decidido no escribir libros por un tiempo pero nunca había visto jugar así a River, te digo la verdad. Esto va a hacer historia, necesita ir a un libro, y yo tengo ganas de hacerlo”, le propuse de entrada, mientras sacaba de mi bolso Pep Guardiola, otra manera de ganar, la biografía escrita por Guillem Balagué, que no es una semblanza clásica, sino un recorrido por los cuatro años del Barcelona de Guardiola, con su entrenador como eje. Un libro que me había fascinado porque contaba génesis y desarrollo del que para muchos (me incluyo) fue el mejor equipo de la historia. Marcelo abrió el paquete y me dijo que ya lo había leído y le había gustado (otra nueva y grata sorpresa). Luego charlamos por casi dos horas y antes de despedirme, cuando casi todos sus colaboradores estaban en la oficina para delinear la práctica que comenzaría en media hora (se avecinaba un superclásico, apenas eso), le recalqué mi inquietud del comienzo.

—¿Y, qué te parece lo del libro?

—Ehhh… bueno, te veo tan convencido a vos que vayamos para adelante.

Me fui contento otra vez después de un encuentro con Marcelo. Para ser sinceros: jamás pensé que en menos de un año River terminaría ganando cuatro copas internacionales, casi la misma cantidad que atesoraba en 54 años de competiciones internacionales (entre 1960 y 2014 había logrado apenas cinco), pero veía algo que me gustaba mucho de Gallardo. En el campo de juego y en el modo de conducir. Advertía su carisma y la fuerte comunión con la gente, que le cantó el “Muñeeeeeeco, Muñeeeeeeco” desde su primera vez como DT en el Monumental, ante Rosario Central (2-0).

Los hechos se sucedieron de modo vertiginoso en los dos meses siguientes. Empecé por el principio: la barrida de archivo para registrar datos, fechas, frases y personajes a consultar, pero River jugaba siempre entresemana, y encima la salud de su madre se había deteriorado bruscamente. Llegaron los partidos con Boca por la Sudamericana y no podía andar molestándolo. Nos juntamos el 23 de diciembre en un café cercano a la estación Martínez del Ferrocarril Mitre. Los futbolistas ya se habían ido de vacaciones, pero él no, seguía monitoreando desde Buenos Aires las negociaciones por los refuerzos. Es lo que le toca al conductor. “Esto es por la Sudamericana”, le dije, y saqué otra vez un libro de mi bolso: Papeles en el viento, la novela de Eduardo Sacheri. Me agradeció. Charlamos. Me habló bastante de su madre, también de Nahuel, su hijo mayor que había sido protagonista de un cuento de hadas: justo en la mitad del año que le tocaba ser alcanzapelotas resulta que su papá era elegido entrenador de la Primera División. Nahuel le estaba tirando la onda para prolongar su estadía al lado del banco de suplentes en 2015. El padre lo cortaría tajantemente: no pensaba pedir ninguna excepción por él.

Una señora mayor lo reconoció, le pidió una foto y Marcelo accedió y la abrazó con una sonrisa. Noté allí a una persona cálida y sencilla. No anda en pose, ni te mira de arriba con desdén. No se saca la foto o firma el autógrafo serio, como si se tratara de un trámite indeseable, como lo he visto en cientos de futbolistas y entrenadores. Lo hace siempre con una sonrisa, escuchando lo que le dicen y respon

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