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GALLARDO MONUMENTAL

Diego Borinsky  

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

Además de a Marcelo, quiero agradecer a los más de 40 personajes que ofrecieron su testimonio y su mirada para este libro: Rodolfo D’Onofrio, Hernán Buján, Enzo Francescoli, Jorge Bombicino, Marcelo Bielsa, Javier Mascherano, Matías Biscay, Gabriel Rodríguez, Matías Patanian, Sandra Rossi, Rodrigo Mora, Juanma Lillo, Máximo Gallardo, Mariano Juan, el Chino Recoba, Osvaldo Riganti, Rodrigo Sbroglia, Jorge Sampaoli y su biógrafo Pablo Paván, Hernán Díaz, Pablo Dolce, Tato Montes, Mario Argenta, Daniel Enríquez, Guillermo Rivarola, Juanito Berros, César Zinelli, Luigi Villalba, Gabriel Mercado, Nahuel Hidalgo, Patricio Nogueira, Chamaco Rodríguez, Matías Ghirlanda, Pedro Hansing, Alex Saúl, Juan Carlos Olave, Rubén Sagarzazu, Gustavo Yarroch, Pichi Quiroga, César Saban, Pablo Nigro, Jonatan Fabbian y Nahuel Gallardo. También a Ramón Arias y Claudio Sánchez, del foro de historiadores de River, por sus aportes estadísticos.

Gracias a mi editora, Ana Pérez, por la contención y el empuje; a Elías Perugino, por las correcciones; a Juan Arcidiácono, por ordenarme el desorden del archivo; a Martín Rodríguez y Eduardo Rivas, ayuda permanente del otro lado del charco; a Ezequiel Fernández Moores, por escuchar y aconsejar; a Martí Perarnau, por intentar lo casi imposible (Guardiola); a mis compañeros de El Gráfico, Cadena 3 y Fox Sports, por bancarme en mis semanas críticas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Y un agradecimiento especial para Eduardo Sacheri, que nunca pregunta “cuánto” ni “por cuánto” ni “por qué”, sino “para cuándo”.

INTRODUCCIÓN

Conociendo a Gallardo

—Tengo unos mangos para apostar con mis amigos, ¿vas a ser el próximo técnico de River?

—¡¿El próximo...?! Sé que lo voy a ser en algún momento pero no sé cuándo.

El bosquejo de ese libro comenzó a tomar forma en febrero de 2014. Me encontré con Marcelo en un bar de Avenida del Libertador, cerca de su casa, en Martínez, para la nota de las 100 preguntas que suelo hacer todos los meses en El Gráfico. La que encabeza esta introducción era la primera. No en términos cronológicos de la entrevista, pero sí la que elegí que fuera como N° 1. Trucos válidos del ejercicio periodístico.

A Marcelo lo conocía casi desde que debutó en la Primera de River, en 1993. Le había hecho 4 o 5 notas en diferentes momentos de su carrera, pero el vínculo nunca se extendió más allá de apagado el grabador. Aquella tarde de verano, sin embargo, cuando se aproximaba a cumplir dos años sabáticos como entrenador tras su consagración en Nacional, la charla se extendió por tres horas, las dos habituales que en promedio me demandan las 100 preguntas, más otra de riquísimo off. Me volví a mi casa más que satisfecho con el contenido de las respuestas, pero además sorprendido por un par de detalles. En principio, me llamó la atención que no hubiera puesto reparos para dar la nota. En aquel amanecer de la era D’Onofrio, se vislumbraba una travesía áspera en el vínculo entre la dirigencia y Ramón Díaz, y Gallardo era uno de los apellidos que sonaba, en los míticos pasillos del Monumental, como uno de los posibles sucesores. En casos así, se le aconseja a ese candidato que se guarde, que no aparezca. Incluso muchas veces ese entrenador suele ser más papista que el Papa y se esconde sin que se lo pidan, por si acaso. Pero Gallardo en ningún momento exhibió esa preocupación ni me pidió que tuviera cuidado con tal o cual respuesta. Daba muestras de su personalidad. Otra característica que percibí en ese encuentro, fue su claridad conceptual al hablar de fútbol. Y su seguridad para expresarlo.

“¡Qué lástima que no aposté con mis amigos, me hubiera hecho rico!”, le escribí por whatsapp meses después, cuando lo eligieron director técnico de River tras la renuncia de Ramón Díaz. Y le propuse vernos a la vuelta del Mundial de Brasil.

Yo había decidido parar un poco con mi modesta producción “literaria”. Venía de escribir la biografía de Matías Almeyda en 2012, dos selecciones de mis entrevistas de El Gráfico en 2013, y uno más vinculado a la historia de la Selección Argentina en los Mundiales a comienzos de 2014. Es un esfuerzo muy grande escribir un libro. Intelectual y físico. Es gratificante, sí, cuando uno observa el producto final y tiene a su hijito en brazos pero el camino suele ser una carrera contra el tiempo, los nervios, el insomnio y la angustia. Sin embargo, me alcanzó con ver cinco partidos del River de Gallardo y escuchar la lucidez de sus explicaciones en las ruedas de prensa, para recuperar violentamente el entusiasmo.

Por esos días, una mañana fui a ver un entrenamiento al predio de River en Ezeiza porque debía entrevistar a Leonardo Pisculichi y me reencontré, después de muchos años, con Matías Biscay, a quien había visto debutar en la Primera de River. Biscay me presentó a Hernán Buján, el otro ayudante de campo, y en una breve charla me explicó las herramientas básicas (pase y control) en las que sostenían ese comienzo precozmente alentador. Y me detalló un par de ejercicios para llevarlos a la práctica.

A fines de septiembre de 2014 quise entrevistar a Marcelo para Fox Sports y me contestó: “Mejor vení a tomar un café”. El jueves 2 de octubre, tres días antes de su primer superclásico como DT de River, el 1-1 bajo el diluvio en el Monumental, me citó en su oficina del primer piso del predio de Ezeiza. En otras épocas, con Daniel Passarella o Américo Gallego al mando del equipo, en circunstancias similares no me hubiera podido acercar ni a veinte cuadras a la redonda de donde practicaba el equipo. Esa tarde, el Muñeco volvió a exhibir su singularidad: estuvimos dos horas charlando y tomando mate, como si nada, en un clima de absoluta distensión. Unos cuantos testimonios que nutren este libro reafirmarían luego ese matiz de su personalidad: la tranquilidad que irradia. Y esa tranquilidad la irradia porque está muy convencido de lo que pretende.

La oficina de Ezeiza era un sitio que hasta su llegada como entrenador tenía un par de camas y se usaba para que se quedara a dormir algún utilero o empleado del predio. Gallardo lo transformó en su búnker: es el sitio donde se junta con sus colaboradores a desayunar, a leer los diarios y a planificar la práctica del día y, una vez terminada la misma, para pautar lo que sigue o discutir sobre las cosas que se están haciendo bien y mal. A la oficina se llega subiendo por una escalerita blanca muy próxima al vestuario de los futbolistas, ideal para cuando el Míster —tal como lo llaman algunos integrantes del cuerpo técnico— debe tener una reunión a solas con alguno de ellos. Es una sala de unos diez metros de largo por cuatro de ancho, con dos sillones a los costados y una mesa cuadrada grande con ocho sillas. En la sala, luminosa y austera, relucen tres cuadros: uno de Ángel Labruna en andas de sus jugadores, en los festejos por la obtención del Metro 75, una panorámica del Monumental con una bandera gigante que cubre la popular y una más pequeña, con el plantel de 1997 (Gallardo incluido) levantando la Supercopa. Sobre la pared del fondo hay una pizarra con dos recortes pinchados del diario La Nación: uno de Ezequiel Fernández Moores sobre Herr Pep, el libro que relata el primer año de Guardiola en el Bayern Munich (“Me sentí muy identificado con el contenido y quería que lo leyeran mis compañeros del cuerpo técnico”, me dijo), y otro de Fernando Pacini sobre el Borussia Dortmund. Al costado, un calendario gigante del semestre, dividido en semanas, con la cantidad de partidos de cada una, diferenciado con colores según la competencia, luego una heladera, una cafetera, tostadora, termo, mate, yerba, una computadora y tres diarios sobre la mesa (Clarín, La Nación y Olé), y una lista, sobre el armario, con los cumpleaños de todos: jugadores, cuerpo técnico, utileros y hasta cocineros. Una nómina de 57 apellidos, que arranca con el masajista Marcelo Sapienza (5/1) y termina con la doctora especialista en neurociencias Sandra Rossi (25/12). Para no olvidarse de felicitar a nadie. Importan los profesionales, pero sobre todo las personas.

También hay un silbato rojo colgado del ángulo de la pizarra y un cartel de prohibido fumar. Desde la mesa se ven las canchas principales del predio; los ventanales tienen el escudito de River ploteado en blanco. Al fondo existe un cuartito con un plasma gigante, en el que trabaja Nahuel Hidalgo, el videoanalista. Y un baño, donde suele ducharse Marcelo después de los entrenamientos. El resto del cuerpo técnico lo hace en el vestuario de abajo.

En aquel primer encuentro en su oficina de Ezeiza, me senté a su izquierda y a los pocos minutos me pidió si me podía cambiar de lado. ¿Cabulero? Para nada. Luego comprendí que, entre mate y mate, relojeaba por la ventana cómo estaban cortando el pasto de la cancha principal. Y yo obstruía su visión. En ese pequeño gesto, empezaba a conocer al técnico de River: está en todos los detalles.

“Había decidido no escribir libros por un tiempo pero nunca había visto jugar así a River, te digo la verdad. Esto va a hacer historia, necesita ir a un libro, y yo tengo ganas de hacerlo”, le propuse de entrada, mientras sacaba de mi bolso Pep Guardiola, otra manera de ganar, la biografía escrita por Guillem Balagué, que no es una semblanza clásica, sino un recorrido por los cuatro años del Barcelona de Guardiola, con su entrenador como eje. Un libro que me había fascinado porque contaba génesis y desarrollo del que para muchos (me incluyo) fue el mejor equipo de la historia. Marcelo abrió el paquete y me dijo que ya lo había leído y le había gustado (otra nueva y grata sorpresa). Luego charlamos por casi dos horas y antes de despedirme, cuando casi todos sus colaboradores estaban en la oficina para delinear la práctica que comenzaría en media hora (se avecinaba un superclásico, apenas eso), le recalqué mi inquietud del comienzo.

—¿Y, qué te parece lo del libro?

—Ehhh… bueno, te veo tan convencido a vos que vayamos para adelante.

Me fui contento otra vez después de un encuentro con Marcelo. Para ser sinceros: jamás pensé que en menos de un año River terminaría ganando cuatro copas internacionales, casi la misma cantidad que atesoraba en 54 años de competiciones internacionales (entre 1960 y 2014 había logrado apenas cinco), pero veía algo que me gustaba mucho de Gallardo. En el campo de juego y en el modo de conducir. Advertía su carisma y la fuerte comunión con la gente, que le cantó el “Muñeeeeeeco, Muñeeeeeeco” desde su primera vez como DT en el Monumental, ante Rosario Central (2-0).

Los hechos se sucedieron de modo vertiginoso en los dos meses siguientes. Empecé por el principio: la barrida de archivo para registrar datos, fechas, frases y personajes a consultar, pero River jugaba siempre entresemana, y encima la salud de su madre se había deteriorado bruscamente. Llegaron los partidos con Boca por la Sudamericana y no podía andar molestándolo. Nos juntamos el 23 de diciembre en un café cercano a la estación Martínez del Ferrocarril Mitre. Los futbolistas ya se habían ido de vacaciones, pero él no, seguía monitoreando desde Buenos Aires las negociaciones por los refuerzos. Es lo que le toca al conductor. “Esto es por la Sudamericana”, le dije, y saqué otra vez un libro de mi bolso: Papeles en el viento, la novela de Eduardo Sacheri. Me agradeció. Charlamos. Me habló bastante de su madre, también de Nahuel, su hijo mayor que había sido protagonista de un cuento de hadas: justo en la mitad del año que le tocaba ser alcanzapelotas resulta que su papá era elegido entrenador de la Primera División. Nahuel le estaba tirando la onda para prolongar su estadía al lado del banco de suplentes en 2015. El padre lo cortaría tajantemente: no pensaba pedir ninguna excepción por él.

Una señora mayor lo reconoció, le pidió una foto y Marcelo accedió y la abrazó con una sonrisa. Noté allí a una persona cálida y sencilla. No anda en pose, ni te mira de arriba con desdén. No se saca la foto o firma el autógrafo serio, como si se tratara de un trámite indeseable, como lo he visto en cientos de futbolistas y entrenadores. Lo hace siempre con una sonrisa, escuchando lo que le dicen y respondiendo con amabilidad. Camina por la vida con naturalidad, como uno más. O sea (para utilizar su muletilla preferida): no se la cree.

—No sé, Diego, no estoy seguro, no me gusta hablar demasiado de mí —admitió, y sentí una pequeña desazón.

—Hagamos así: pensalo en las vacaciones y lo hablamos en febrero; hacerlo si no tenés ganas no tiene mucho sentido, ¿te parece? —le propuse.

River arrancó el 2015 a los tumbos. La clasificación a octavos de final de la Libertadores se puso brava y, además, los viajes largos lo tenían muchos días fuera del país. Me costaba encontrar un momento para ver si, finalmente, arrancábamos con el proyecto. En esos meses intercambiamos un par de mensajes y siempre respondió mis whatsapps. Una hora después, a la noche, al otro día, como mucho. Es un punto que, personalmente, me ha generado muchísimas rabietas en el ejercicio de mi profesión y que incluso lo he discutido con los protagonistas: el jugador o el técnico o el que sea no tiene la obligación de dar la entrevista, pero sí de responder, aunque sea escuetamente, un mínimo gesto de respeto hacia la otra persona.

—Hola, Marcelo, si te parece, cuando termine esta primera ronda de porquería y hayamos clasificado, nos juntamos a ver qué hacemos con el gran proyecto gran. Te aconsejo que leas el libro que te regalé, que te va a sacar un poquito de la locura cotidiana —le escribí en marzo.

—Hola, Diego, el libro ya lo leí, también vi la película, y como suele pasar, el libro es mejor que la película —me contestó, y volvió a sorprenderme.

—¡Qué bueno! ¿Y cómo ves el tema de nuestro libro? —le tiré, intentando saber dónde estaba parado yo en ese momento, si más cerca del “sí” que me había dado en nuestro primer encuentro o del “no sé” del segundo.

—Bien, bien, lo veo bien —me respondió, y recuperé la alegría.

El jueves 16 de abril, un día después de la angustiante clasificación a octavos de final de la Libertadores, nos encontramos en su otra oficina, dentro del vestuario del Monumental. Esta es mucho más pequeña, de dos por tres metros, una mesa, una silla de cada lado, el mismo cronograma gigante colgado de la pared, a su derecha, un plasma a su izquierda y, de frente, la visión limpia del gimnasio y, más allá, del campo de juego del Monumental. Todo bajo control.

—Bueno, Marcelo, ¿qué hacemos? La idea es que hables vos pero también la gente que trabaja con vos, que entre todos expliquen cómo consiguieron todo esto —arranqué.

—Sí, me gusta la idea, solo que no me quiero comprometer con algo que después no pueda cumplir. ¿Para cuándo necesitás hacerlo?

—No lo sé aún, apunto a fin de año. Calculo que serán unos diez encuentros entre nosotros. Podemos aprovechar cuando estés concentrado, así no le saco tiempo a tu familia —le sugerí. En ese instante se quedó pensando unos segundos y llamó a sus colaboradores más cercanos, los BB, Biscay y Buján.

—¿Ustedes están dispuestos a juntarse con este señor para contarles cosas de nuestro trabajo? —les preguntó a ambos, que estaban paraditos a mi lado, mientras yo les ponía mi mejor sonrisa de “mejor que digan que sí porque si no los empiezo a correr ya mismo”.

Marcelo es expeditivo, partidario de resolver en el momento, de no patear las cosas para adelante. Buján asintió con una sonrisa, Biscay lo hizo con un poco más de pereza.

—Entonces, en esta sencilla pero emotiva ceremonia le damos puntapié inicial al futuro best seller —le dije a Marcelo y le tendí el brazo, al estilo pulseada, para luego chocar las manos y colocar, en ese instante, el cuentakilómetros en cero.

Comentamos unas cositas más, recogió su computadora y algunos papeles en su bolso de mano, se puso un gorrito de cuero (siempre le gustó usar gorros) y antes de salir miramos de reojo que estaba por comenzar Boca-Palestino, el partido que cerraba ese grupo. Las probabilidades de un cruce inminente de octavos con el rival eterno eran altísimas. “Quiero jugar con Boca, a mí me estimula”, dijo antes de despedirnos.

Me fui caminando por Udaondo a tomarme el tren, tirando piñas al aire, con la euforia de tantas jornadas felices que viví allí adentro, primero en la Belgrano media con mi viejo, luego en la popular local con mis amigos y más tarde en la Belgrano media otra vez, en el palco de prensa. La vida es circular.

La primera charla con grabador la hicimos en esa misma oficina. Me anticipó que tenía que irse a las 18. “Tengo que estar en el cine a las 19.15, si no mi mujer me mata, así de simple”, me explicó, sin vueltas. En la casa también le exigen, parece. Elige el cine del DOT porque puede subir directamente desde el estacionamiento y meterse cuando la película está empezando.

A ese primer encuentro lo siguieron otros cuatro en su auto, por una idea del propio Marcelo para aprovechar el tiempo. Es curioso ir del lado del acompañante como copiloto de un personaje tan popular. Escuchar la voz de sorpresa de los empleados del peaje de la Ricchieri cuando el cliente baja la ventanilla y aparece la cara inconfundible de Gallardo, porque el Muñeco es muy “fiaca” y no ha comprado el tag para que la barrera se suba automáticamente. “¡Uy, cuando le diga a mi novio!” o “¡Grande, Muñeco!” no faltan nunca.

Una vez, al hacer el rulo de la General Paz para tomar Avenida del Libertador rumbo a provincia, nos paró la Gendarmería. Le pidieron cédula verde y registro. Marcelo sacó el estuche del parasol, sin mirar de frente a quien se lo solicitaba. Cuando el gendarme fue hacia el fondo a chequear los datos con sus dos compañeros, se dieron cuenta. Escuché los murmullos.

—Todo bien, Muñeco, seguí nomás… ¡Y vamos el domingo que hay que ganarle a Boca, eh! —lo alentó uno de los gendarmes, que se acercó para devolverle sus documentos y mirarlo a la cara.

En todas las ocasiones en que salimos del predio, siempre últimos en irnos, había un grupito de unos diez hinchas esperando en la puerta para pedir fotos, saludos, autógrafos. Todas las veces se detuvo, bajó el vidrio, sonrió a través de la ventanilla y firmó. Siempre. “Qué sé yo, uno estuvo del otro lado —me contaría en mi primera vez como copiloto, mientras arrancaba—. A mí me molestaba cuando veía actitudes de algunos de mis compañeros no respetando a la gente, y se lo marcaba. No digo que un día no puedas tener cara de orto, porque terminamos siendo personas, con sus quilombos, pero trato de manejar la situación del modo más normal posible. Siempre traté de tener ese respeto”.

No hay tránsito en la Ricchieri, tampoco en la General Paz. No lo puedo creer. ¿En qué país estamos? Siempre maldiciendo las congestiones y los piquetes y hoy la General Paz fluye como el agua de las cataratas. “No te preocupes, después nos quedamos tomando algo en un café cerca de casa”, me tranquiliza y vamos a parar a Company Bar, el sitio donde nos juntamos en febrero de 2014 para hacer las 100 preguntas. Han pasado 19 meses y el hombre con el que tomo un café ahora es el campeón de la Libertadores. Y ha conquistado otras tres copas más.

Un mediodía que lo esperé en Ezeiza, se quedó corriendo más de la cuenta, se hizo tarde y encaró hacia el salón comedor, al fondo, pasadas las 2 de la tarde. Me hizo un gesto desde lejos para que fuera a comer con ellos. Como era previsible, Marcelo se sentó en la cabecera, bromeó con sus colaboradores y miró de reojo la tele. Comió dos pedazos de vacío, se sirvió ensalada y luego pidió café. Agradeció a los mozos, se despidió del asador, nos subimos al auto y antes de poner el motor en marcha habló con el secretario del club. Le explicó sus planes para reformar el predio y quedaron en encontrarse el martes de la semana siguiente. Está clarísimo: su función no pasa solo por elegir los once del domingo. Y su horario es de jornada completa. Luego me contará que mudó el entrenamiento del día siguiente de allí al Monumental porque las canchas de Ezeiza se encontraban en mal estado: esos detalles lo fastidian.

Durante las diferentes charlas revivió anécdotas divertidas y curiosas. Las relató con entusiasmo y gracia. Mi intención original era que el libro se centrara en su etapa como director técnico de River. Pero indagando en el pasado comprendí que estaba explicando el presente.

Veníamos perfecto, con vivencias increíbles de su paso por el fútbol de Francia y Estados Unidos, pero en un segundo se tocaron los cables y saltó la chispa.

—No sé si hago bien en contarte esto. A mí no me gusta hablar del pasado, no me gusta nada, lo hago porque vos me lo pedís, siempre prefiero mirar para adelante —se enojó, pero unos minutos después siguió como si nada.

Un cortocircuito por charla fue el promedio de estos cinco meses intensos y apasionantes. Se le nota enseguida cuando una pregunta le disgusta. No lo puede disimular. Ocurre con frecuencia en las conferencias de prensa, pero enseguida se le pasa. Es sanguíneo y visceral.

También es muy respetuoso y está atento a la otra persona. El futbolista, sobre todo, suele vivir en una burbuja. Marcelo no se cree una estrella. En la madrugada del 6 de agosto, luego de escribir el comentario de la consagración de River como campeón de América para la edición especial de El Gráfico, bajé al vestuario para saludarlo. Fue imposible. Un caos de gente y de agua. Los míticos pasillos del Monumental habían mutado a la bella Venecia. A las 2 y media de la mañana me volví a casa y desde el remis le mandé un whatsapp felicitándolo, agradeciéndole y expresándole mi alegría. No esperaba su respuesta, solo quería que le llegara mi mensaje. Uno más entre los miles que debía haber recibido en esas horas. Me contestó a los diez minutos: “Abrazo enorme, Diego! Y felicitaciones… vos también creíste en esto desde el principio”. En la viñeta de Condorito se hubiera leído un “¡plop!” y el periodista ya estaría en el piso.

El 7 de octubre, en nuestro anteúltimo encuentro, después de ir en auto desde Ezeiza y continuado con un café en Castañeda y Sucre, a unas diez cuadras del Monumental (porque a la tarde tenía una reunión en el club), viví una situación muy curiosa. Al irnos del restaurante italiano una mujer policía uniformada, que evidentemente había visto al Muñeco por el ventanal y estaba atenta a su salida, se nos vino directo y le dio un beso a Marcelo, como si fuera un amigo de toda la vida al que acababa de encontrar, mientras le pedía si podía sacarse una foto con él.

—¡Uy, qué susto, pensé que me llevabas detenido! —le respondió Marcelo, siempre con una sonrisa.

—Mirá que yo soy de otro cuadro, ¿eh? —le comentó la policía, quizás algo culposa.

—Esa palabra, cuadro, ya no se usa más; en Uruguay por ahí la usan —la corrigió.

Cuando Marcelo se subió al auto rumbo al Monumental, Luján, de 29 años, me confirmaría que su cuadro era Boca, pero que su marido es de River y que se pondría chocho con la foto. Eso despierta Gallardo.

Bien, nos acercamos al final y queda por contar el contenido del libro. Hay diez capítulos grandes, más extensos, con un recorrido cronológico de la vida de Gallardo, desde la infancia hasta el tercer semestre como DT de River (el actual), en los que habla el propio Gallardo, y luego hay nueve capitulitos (en diminutivo porque son más cortos), intercalados entre ellos, con vivencias de algunos de sus colaboradores o personas vinculadas a su trabajo, desde Matías Biscay a Enzo Francescoli. Por momentos esas vivencias se alejan del personaje principal para introducirse en historias de gallinismo explícito, y de golpe regresan para retratar a Gallardo desde una mirada diferente. Ese esquema nos permite ir y volver en el tiempo. Uno termina de leer la segunda etapa de Gallardo como futbolista de River, y de golpe entra en el capitulito de Rodolfo D’Onofrio, donde relata la charla íntima que mantuvo con el DT una hora antes de disputarse la final de la Copa Libertadores ante Tigres. No es una clásica biografía autorizada; es la vida de Marcelo Gallardo y la de sus satélites, que a su vez están repletas de River y que nos ayudan a apreciar a nuestro objeto de estudio desde otros ángulos.

Hay más de cuarenta y cinco testimonios recogidos especialmente para este libro, además de los de Gallardo, por supuesto. También existen charlas en off, que me han permitido terminar de entender ciertas situaciones. Se reproducen diálogos entre protagonistas que no son fruto de mi imaginación ni de un par de caipirinhas de más, ni siquiera estimaciones de lo que se deberían haber dicho tal o cual. No. Han sido contados por los propios entrevistados. Simplemente busqué volcarlo en un formato ágil, atractivo para el lector.

Nos despedimos para empezar de una vez con el libro, con un par de datos. Marcelo Gallardo fue campeón con las cinco camisetas de clubes que utilizó en toda su carrera (River, Mónaco, PSG, DC United y Nacional de Uruguay) e incluso con la de la Selección Nacional (Panamericanos Mar del Plata 95). Desde que lideró aquel Mónaco brillante que ganó la Liga en la temporada 99/00, el club del Principado no volvió a conquistarla. Como entrenador, también ya fue campeón en los dos clubes que dirigió. Algo tiene este muchacho.

Ingresó a River a los doce años y volvió por primera vez a los veintisiete. Un dato para detenerse, ahora que el mundo aplaude y se sorprende de que Carlos Tevez lo haga en su apogeo, a los treinta y uno. Muchos amagan con volver y no lo hacen nunca. El Muñeco no solo cumplió, sino que lo hizo dos veces. Eso habla de un auténtico sentido de pertenencia, de un verdadero sentimiento por los colores. No es el humo que se vende tan barato en el ambiente del fútbol.

El Muñeco fue querido y respetado como jugador, un emblema de la más fina escuela riverplatense del fútbol bien jugado. La dimensión que ya ha alcanzado como entrenador arrasó con todo. Es difícil medirla ahora. La perspectiva que nos brinda el tiempo terminará de posicionarlo. Pero sus logros, el respeto que impuso a través del juego desplegado por el equipo, su estilo de conducción y su carisma lo ubican en la repisa más alta de las vitrinas del Monumental.

Emprender esta aventura hermosa e intensa de escribir sobre la vida de Marcelo Gallardo, con Marcelo Gallardo y su gente, me regaló la posibilidad de aprender de fútbol y también de liderazgo. De entender qué se busca con un ejercicio determinado y cómo se delegan las tareas en un grupo de trabajo. Me permitió conocer a un personaje cálido, querible, frontal, calentón, firme, convencido de lo que piensa y capaz de expresarlo con claridad, que no esconde, que se toma unos segundos para pensar antes de responder, que te mira a los ojos, que se mueve por la vida de forma natural, como uno más, siempre con los piecitos sobre la tierra. Que camina con la emoción a flor de piel, y se le nota al declarar.

Un hombre que genera vínculos fuertes y perdurables en el tiempo: la misma mujer desde los quince años, el mismo representante desde los diecisiete, los amigos de la infancia ahí al lado, escoltándolo en esta aventura. Y River, por supuesto, al que nunca dejó solo por más de cuatro años desde que lo visitó por primera vez con doce.

El avión ya está carreteando con destino a Japón.

A disfrutar del viaje.

PRÓLOGO

Los ojos de la madre

Marcelo, nuestro primogénito, nació cuando yo tenía veintidós y Ana, la mamá, diecisiete. Después vinieron dos mujeres para completar la familia.

Con Ana nos conocimos en Merlo, éramos vecinos. Yo había nacido en Córdoba capital, en una familia humilde de nueve hermanos, pero mi papá murió cuando yo tenía once años y nos vinimos para Merlo. Llegué y enseguida arranqué como peón de albañil. A los diecisiete ya trabajaba por mi cuenta.

Marcelo siempre fue un chico tranquilo. Desde los seis años me acompañó los domingos a los campeonatos relámpago que se jugaban por plata en diferentes lugares del conurbano. Nos íbamos bien temprano a la mañana y volvíamos tarde. Marcelo se quedaba con la bicicleta, a un costadito, mirando. Le gustaba mirar cómo jugábamos, pero no jugar con sus amigos, prefería volar sus barriletes o andar con las bolitas. Compraba las varillas y le hacía los barriletes de River. Yo era de San Lorenzo pero toda la familia de mi mujer, en especial el papá de Ana, el abuelo Lolo, eran muy fanas de River. A veces lo llevaba a la cancha a ver a San Lorenzo pero nunca me gustó imponer nada, además Marcelo siempre eligió por sí mismo lo que quería ser, tuvo mucha personalidad desde chiquito.

Un día, dirigiendo a Once Colegiales, un club de baby del barrio, se me acercó y me dijo: “Pá, ¿puedo jugar?”. Marcelo tenía diez años. Lo metí en la mitad de la cancha y anduvo tan bien que al año siguiente me lo pidieron de Nahuel, otro club de baby de Merlo. Era la figurita del equipo, y se empezó a correr la bola. Varias veces me lo vino a pedir Mané Ponce, aquel wing derecho de Boca, que era vecino de Merlo. En ese momento, Mané estaba a cargo de las inferiores de Boca y se lo quería llevar. Marcelo todavía estaba en la primaria, y le dije que hasta que no terminara el colegio no lo llevaba a ningún lado. Cuando terminaba séptimo grado, un amigo de la zona me propuso llevarlo a River y fuimos. Mané se enteró unos meses después y siguió insistiendo. “Me enteré de que el pibe tiene problemas allá”, me dijo, y yo le contesté: “Está perfecto en River, de ahí no lo saco”. El destino es así. Podría haber ido a Boca y terminó siendo un símbolo de River.

El día que fuimos a la prueba, me acuerdo que llevé a cinco chicos categoría 75, los mejores de Nahuel. Marcelo era el único 76. La historia es sabida: Gabriel Rodríguez los probó a todos y se olvidó de Marcelo, yo le mandé a decir por otros chicos si quería que nos fuéramos, pero Marcelo se empacó y le fue a hablar a Gabriel, le recalcó que se había olvidado de él, si lo podía poner un rato, después le pidió que lo cambiara de equipo porque no se la pasaban y cuando terminó la práctica, Gabriel les preguntó a los chicos con quién habían ido. Me señalaron a mí. “Mire, a los chicos de la categoría 75 hay que seguir mirándolos, el que queda seguro es el de la 76, me gustaría hablar con el padre, ¿usted lo conoce?”, me preguntó. “Soy yo”, le respondí. Al otro día lo ficharon y a la semana siguiente viajó a Mendoza al Torneo de la Vendimia.

Marcelo entró en River y tuvo que dejar el secundario en primer año. Nosotros alquilábamos una casa tipo chorizo: la habitación nuestra daba a la calle, después venía la pieza de Marcelo y sus hermanas y luego el baño. O sea: nosotros teníamos que pasar por el cuarto de ellos para ir al baño. Y una vuelta pasé a las 3 de la madrugada y lo vi a Marcelo estudiando. Era muy duro todo: iba al colegio a la mañana, salía corriendo, comía un sándwich y nos íbamos de Merlo a River. Era un viajecito, eh. Había que tomar un colectivo hasta la estación de Merlo, el tren hasta Liniers y después el 28 hasta River. Los primeros años lo acompañamos nosotros. A la noche estaba muerto. Entonces le hablé a mi señora: “Esto no camina, se nos va a enfermar si no duerme”. Marcelo tenía trece años y le hablé. No podía hacerle elegir entre el fútbol y el colegio porque iba a elegir el fútbol. Entonces le dije: “Seguí con el fútbol pero me tenés que prometer que lo vas a hacer con total responsabilidad. Y si a los 18 años, River te deja libre, vas a vivir del fútbol en otro lado”. Yo quería que, si dejaba los estudios por el fútbol, lo tomara como un trabajo. Y así lo hizo. Tan a pecho se lo tomó que recuerdo que una vez hacía mucho frío y llovía y le dijimos que mejor no fuera al entrenamiento. “No, vos me dijiste a mí que tenía que cumplir, ahora no me podés pedir eso”. Nunca más le dije nada.

Desde que empezó a jugar, se notaba que era distinto. Después de fichar en River, Gabriel Rodríguez lo llevó a Estrella de Maldonado, uno de los clubes de baby más importantes. Mucha gente de otros equipos iba a verlo especialmente a él. Hubo un año en que jugaba los sábados para Nahuel en la Liga Argentina y para Estrella de Maldonado en FAFI. La gente de Estrella nos esperaba con un auto en el lugar donde jugaba Marcelo con Nahuel para llevarnos volando al otro partido. Y los domingos jugaba para River.

En la cancha, Marcelo jamás se achicó, siempre tuvo personalidad. No fui de esos padres que se querían salvar con el hijo. Por eso no lo dejé ir a un club cuando todavía estaba en el colegio, pero tuve la suerte de que cuando firmó su primer contrato con River, en 1995, vino y nos compró esta casa para la familia. Fue nuestra primera casa después de alquilar durante 25 años.

Con las hermanas siempre fue muy compañero. No le gustaba mucho ir con Marta al colegio, pero nunca la dejaba sola. Le gustaba mandar, tenía alma de líder. Las dos hermanas son muy futboleras, también sus hijos. Ahora están todos más fanatizados y pendientes que en su época de jugador; por supuesto que vamos todos al Monumental cada vez que juega River.

No me sorprende lo que está viviendo como director técnico porque cuando se le pone algo en la cabeza, se mete a fondo. Es muy responsable y laburador, basa todo en el trabajo.

De local voy siempre a la cancha; de visitante, no. Tengo lo que Marcelo no tiene: cábalas. Si me senté en una silla y ganamos, al partido siguiente me siento en la misma. Toda la Copa, de visitante, la vi en las canchitas que tengo en Merlo, en una tele de 21: me fue bien ahí y seguí igual. La escuelita de fútbol se llama El Enganche. Ahí todos me preguntan quién viene, quién se va, piensan que soy dirigente de River. Y la verdad que sé lo mismo que ellos.

Al Monumental voy a la Belgrano, siempre parado en el pasillo, no me siento en ningún momento, no puedo. Antes, cuando Marcelo jugaba, íbamos a la San Martín, pero la San Martín no me gusta. Si alguno le decía algo a Marcelo, mi mujer se daba vuelta y se quería pelear. Era guerrera, Ana, muy brava. Marcelo salió a la madre en el carácter, sacó su personalidad.

Yo pienso que Marcelo siempre fue querido y respetado en River, pero lo de técnico es otra cosa, superó todo. Cuando gritan “Muñeeeeeeco, Muñeeeeeeco” o cantan este nuevo cantito de ir a Japón me emociono demasiado. A esta altura, tendría que estar acostumbrado, ¿no? Pero es fuerte, eh, yo debo ser el tipo más llorón de la República Argentina, porque me largo a llorar cuando lo cantan. No me puedo contener.

Cuando ganamos la Libertadores, bajé cinco minutos antes y me metí en el vestuario. Lo encontré solo y nos abrazamos, no nos salían las palabras, no podíamos parar de llorar. Marcelo siempre fue muy familiero y la muerte de la madre había pasado hacía menos de un año; el cáncer se la llevó demasiado rápido. Ana era muy babosa con Marcelo, era sus ojos. Lo acompañó a la cancha hasta el final, casi no podía caminar pero igual insistía en ir a verlo. Terminaba el partido y pasaba a darle un beso por la puerta del vestuario. Estaba muy orgullosa de su hijo varón. Para no estarlo.

MÁXIMO GALLARDO

Papá de Marcelo

Un líder

River ha rescatado un 0-0 del Volcán y siente que ya tiene media Copa Libertadores en el bolsillo. Lo del bolsillo es una metáfora. En el bolsillo no entra la Libertadores. Ni siquiera la Sudamericana, que es más chiquita. No entran aunque uno use un camperón XXL. Marcelo Gallardo cree que más de media Copa Libertadores está en casa, que la tienen agarrada del cogote. Lo expresará en la conferencia de prensa posterior al partido para que se entere el mundo, tratando de no exagerar con el triunfalismo. Unos minutos antes, en el vestuario visitante, con el sistema nervioso aún alterado por la injusta expulsión que lo privará de sentarse en el banco durante la revancha, con los ojos inyectados de sangre a punto de salirles de las órbitas, será más directo ante sus jugadores: “Tenemos media Copa ganada. No, no, perdón, tenemos tres cuartos de Copa ganada. No, no, no, la Copa es nuestra, muchachos, no se nos puede escapar”.

Del estadio del Monterrey saldrán rápido dos micros hacia el aeropuerto. Es de noche, pero la sensación térmica supera los 35 grados. Y la del cuerpo más todavía por el descomunal esfuerzo y el estrés copero. Dirigentes, plantel, entrenador y colaboradores se preparan para una travesía pesadita. River ha hecho el esfuerzo económico de contratar un chárter, pero serán necesarias dos escalas, una en Panamá y otra en Lima, con espera de más de una hora en cada una. Tres tramos en el aire de cuatro horas por trecho. Insoportable. Aprietan el calor, el cansancio y la ansiedad por coronar con éxito esta hermosa obsesión que tiene a toda la comunidad riverplatense en estado de insomnio y excitación permanentes sin posibilidad de aniquilarlos con dosis generosas de Dormicum, Valium o Rivotril.

El chárter tiene clase turista y primera. La distribución es al azar. Lo que toca, toca, la suerte es loca. Marcelo Gallardo va en turista, primera fila a la derecha del pasillo. Aprovecha el viaje para pensar. Allí mismo decide que Fernando Cavenaghi jugará su primer partido como titular en la Libertadores en lugar del lesionado Rodrigo Mora. Driussi es muy pibe, Saviola todavía no arrancó, Pity Martínez entra mejor en los segundos tiempos, Viudez sintió un pinchazo y probablemente no pueda ir ni al banco. Sí, ya está: le va a decir a Fernando Cavenaghi, que tantas veces le pidió un partido importante, un poco en broma y bastante en serio, que ahí lo tiene, que se despedirá de River siendo titular en la final de la Copa Libertadores. Lo que le negó dos veces Daniel Passarella a él, primero como entrenador en 2006 y luego como presidente en 2010, Gallardo se lo brindará a Cavenaghi. No como un obsequio, porque el Muñeco no te regala nada. Sí porque piensa que es la mejor opción.

En el último tramo del vuelo los jugadores están aburridos. No saben qué hacer. Y entonces uno le tira una almohadita a otro. Y ese otro le responde del mismo modo. Y otro de más allá se prende. No tenemos el dato cierto de quién ha arrojado la primera piedra (almohada), pero el tráfico aéreo, en el interior del avión, se ha tornado peligroso.

Marcelo Gallardo no necesita ver una almohada pasando por encima de su cabeza para descubrir que algo ocurre a sus espaldas. Entonces gira sobre su izquierda y mira para atrás. La escena se congela, como en una película a la que le ponemos pausa. Hay dos opciones en este momento. Si Marcelo Gallardo sonríe, la guerra continuará como si nada. Si Marcelo Gallardo se pone serio, ahí mismo se terminará el pequeño rapto de regresión infantil del plantel.

Marcelo Gallardo clava su mirada en el fondo. Los jugadores esperan en posición de mancha venenosa. Soltamos la pausa. Su rostro no muestra signos de alegría. Los escruta con severidad. El director técnico de River vuelve a girar sobre su eje para recuperar la posición anterior, con la vista al frente.

La guerra de almohadones acaba de terminar.

El líder conduce. Y a veces, hasta sin necesidad de hablar.

En seis días, River será campeón de América.

1

Infancia - Debut en Primera
(1976-1993)

Marcelo Daniel Gallardo nació el lunes 18 de enero de 1976 en Merlo, una jungla populosa de 245 mil habitantes del conurbano oeste bonaerense, el mismo día que en Santpedor, un pueblito de 7 mil habitantes ubicado a 69 kilómetros de Barcelona, España, un niño llamado Josep Guardiola i Sala festejaba su cumpleaños número cinco.

Fue el primer hijo de Máximo Gallardo —albañil, pintor, todoterreno— y de Ana María Maidana —empleada en geriátricos—; dos años después se sumaría a la familia Marta y cinco más tarde, Paola.

Aunque Máximo era de San Lorenzo, a los dos años el niño Marcelo ya tenía su uniforme completo rojo y blanco. “Toda la familia de mi vieja era de River, muy pero muy gallinas —me cuenta Marcelo, arrastrando con fuerza y mucho orgullo la ‘sh’ de ‘gashinas’, porque en realidad no dice ‘gallinas’ sino ‘gashinas’, pero como esto es un libro, un aporte a la cultura, debemos respetar ciertas reglas ortográficas—, y mi abuelito Lolo, desde que empecé a caminar, me decía Fillol. O sea, yo no soy un tipo muy memorioso, más vale tengo memoria a corto plazo, pero hay algunas cosas que me llegan como imágenes muy claras, sobre todo de mi abuelo materno, Lolo, que murió cuando yo tenía 6 años. Vos podrás pensar: ‘¿Cómo este flaco se acuerda de cosas de cuando era tan chico?’. Y sí, me acuerdo. Mi abuelo me decía siempre: ‘Ahí viene mi Fillol’, y no sé por qué. Incluso se lo pregunté de grande a mi abuela y ella tampoco supo explicarme, pero me llamaba así, eso me lo acuerdo bien”.

En Parque San Martín, el barrio de Merlo donde alquilaba su casa la familia Gallardo, había muchas canchas de fútbol. Nada de complejos ni de espacios de césped sintético delimitados por alambrados, potrero hecho y derecho. Marcelo abría la puerta del hogar y tenía las canchas enfrente, pero no iba a jugar. Sí, a ver cómo jugaba su papá. Cuesta creerlo, pero el niño prefería remontar barriletes y entretenerse con las bolitas. Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?

—Vivía enfrente de un potrero, sí, y además mi familia era muy futbolera. Los primeros regalos fueron pelotas y la ropa de River, pero influyó que una vez, con 6 años, mi primo me llevó a su club de baby a jugar un partido: me pegaron dos pelotazos en la cabeza, uno atrás del otro, no entendía nada, iba a contramano del juego, y me sacaron a los cinco minutos. Seguro que a mi primo le dio mucha vergüenza. Recién a los 9 o 10 años, se me despertó la pasión por el fútbol y desde entonces no hice otra cosa que jugar a la pelota.

—¿Los pibes del potrero no te gritaban: “Maricón, dejá esos barilletes”?

—No, no, porque yo era muy peleador de chico y enfrente de casa había piñas cada dos por tres. Ahí te la aguantabas como podías. Esas vivencias me terminaron de forjar la personalidad.

Ya observaremos en otros testimonios que alimentan este libro, que Marcelito era rápido para desenfundar, no porque se creyera Mr. Músculo, sino más bien por todo lo contrario: dada su contextura, su fuerte fue siempre anticipar la jugada. En los campos de juego, para evitar los roces y preservar su físico frágil, y también para tomar decisiones fuera de ella. Y, por supuesto, luego ya como entrenador. Siempre anticipó la jugada.

“En mi casa no sobraba nada, me manejaba con lo justo —revive—, alguna vez laburé y tuve mi sueldito para comprarme algo de pilcha y darme un gustito. El tiempo que más trabajé fue durante unos meses en una imprenta, donde un conocido le había dado laburo a mi viejo y yo lo acompañaba y hacía un poco de cadete”.

En el prólogo, Máximo detalla cómo su hijo un día hizo el click futbolero y se le apareció en el baby de Once Colegiales, donde él dirigía al equipo, para preguntarle si podía jugar. Allí arrancó todo. “Ojo, yo tampoco me bancaba que mi viejo me dijera algo, eh. Lo tuve de técnico en Once Colegiales y luego en Nahuel, y cuando me decía algo, lo miraba, y entonces entendió rápido la personalidad del hijo”, sonríe Marcelo y, conocedores todos nosotros del producto terminado, no tenemos dudas de que cuenta la verdad.

Máximo también resalta que apenas su hijo comenzó a mover un poquito la pelota, no tardaron en lloverle sugerencias de pruebas en diferentes clubes. Uno de los que intentó sumarlo a sus filas fue Ramón Héctor Ponce, Mané Ponce, de Boca. El azar o alguna señal del más allá le tenía preparado un destino particularmente distinto.

Marcelo no solo jugaba bien sino que además tenía un porte físico destacado para su edad. En las fotos que integran este libro se observa que era de los más altos en el equipo de baby y también apenas entró en las inferiores de River. El estirón lo pegó de chico; después, se nos quedó.

A pesar de las múltiples propuestas, los padres de Marcelo coincidieron en que su hijo debía terminar la primaria. Los tiempos se aceleraron un poquito, ya que en noviembre de 1988, cuando le faltaba un mes y medio para terminar el colegio, llegó la invitación que le cambiaría la vida para siempre.

“Lo de River se dio de una manera muy rara —retoma el hilo nuestro protagonista—, porque por una cuestión de cercanía no nos quedaba cómodo. A mi viejo le venían hablando de varios clubes. No solo Mané Ponce para Boca, también había alguna alternativa de ir a Ferro, porque Pontevedra nos quedaba más cerca de Merlo, y lo mismo con Vélez. River nunca estuvo arriba entre las posibilidades, pero un amigo de la familia, cuyo hijo jugaba conmigo en el baby de Nahuel, Oscar se llama, muy hincha de River, nos consiguió una prueba a varios de nosotros sin decirles nada a las familias, a través de Pinino Mas, que en ese momento laburaba en la escuelita de fútbol de River. Así que un día se le aparece a mi viejo, le cuenta que nos consiguió la prueba en River a varios de nosotros, que pum que pam y allá fuimos, con varios chicos de Merlo”.

Marcelo no había pisado nunca River. “Conocí el Monumental y me volví loco, me volví loco —evoca, con nitidez, sobre aquel contacto bautismal—. Para mí, ehhhh, era como demasiado grande, entendés, vi una cosa enorme, gigante. Llegamos, dejamos el auto del amigo de mi viejo, entramos por la puerta de prensa, recorrimos los pasillos y fuimos hasta el vestuario de cadetes buscando el contacto, que era Pinino Mas, y de ahí nos trasladamos a la cancha auxiliar para hablar con Gabriel Rodríguez, que era el encargado de la prueba. Había un montón de pibes, no sé, cincuenta u ochenta, muchos. Ese fue el primer día que pisé River, tenía 12 años. Ver semejante gigante me impactó”.

Lo que ocurrió en aquella prueba ya ha sido relatado por Gallardo en numerosas ocasiones. Pero como esta es su biografía y aquel instante constituyó el mojón inicial de un vínculo que ha crecido hasta convertirse en lo que es hoy, un idilio intenso e inquebrantable, no podemos obviarlo. Además, nos muestra con claridad una arista primordial del carácter de Gallardo.

“Se armaron partidos de prueba con chicos del club y los nuevos iban entrando. Fue en una de las canchas auxiliares, al fondo, contra el paredón de la Lugones. Yo estaba sentado en una montañita de arena con mis amigos. A ellos los fueron llamando de a uno, pasaba el tiempo, pasaba el tiempo, y a mí nada. Se estaba haciendo de noche, los otros chicos que vinieron conmigo ya habían jugado, se habían bañado y estaban otra vez a mi lado. Mi viejo me hacía señas de que nos fuéramos, pero yo quería jugar. Al final me acerqué a Gabriel, que me pidió disculpas, y me hizo entrar en el equipo de los chicos del club. Y bueno, vos sabés cómo es esto, ¿no? Los pibes del club no te la pasan ni loco, cuidan su lugar, entonces me empecé a desesperar, porque quedaba poca luz, poco tiempo. Fui al lado de Gabriel y le pedí si me podía pasar al otro equipo, porque no me daban una. No sé qué habrá pensado en ese momento, quizás dijo ‘¿De dónde salió este pibe?’. La cuestión es que empezó a decir que me la pasaran, jugué 15 minutos y al terminar el partido me dijo que volviera la semana siguiente, que me iban a fichar. La verdad, si no le decía nada a Gabriel y me iba sin probarme, no sé qué habría pasado, si hubiese tenido ganas de ir a otro lugar. La desilusión de estar sentado tres horas era fuerte, pero bueno, las cosas se dieron así”.

Se dieron así, claro. Y en esas dos acciones, la de acercarse primero al examinador para que lo tuviera en cuenta y luego la de pedirle que lo cambiara de equipo, descubrimos que los rasgos salientes de la personalidad de un hombre, sus trazos gruesos, se adquieren en la infancia. Y se conservan en el tiempo.

La versión brindada desde el otro lado del mostrador difiere en ciertos matices. Gabriel Rodríguez hoy tiene 55 años y ha regresado a River, su casa, con la actual gestión de Rodolfo D’Onofrio. Fue coordinador del fútbol infantil del club que adora entre 1981 y 1991, luego debió exiliarse en San Lorenzo entre 1992 y 2005 por un primer desencuentro con Passarella, entonces DT de la Primera. Volvió en 2006 en la segunda presidencia de Aguilar y en diciembre de 2009 presentó la renuncia antes de que Passarella volviera a echarlo, ahora como presidente.

“En River arranqué con la categoría 68, te puedo armar todos los equipos de la 68 para adelante”, explica a modo de presentación, luego de nombrar equipos enteros de diferentes categor ...