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GALLARDO RECARGADO

Diego Borinsky  

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Fragmento

Conociendo (más)
a Gallardo

—Diego, tu libro sobre Gallardo fue el único que leí con ganas en mi vida. Muy bueno, ya lo leí 3 veces! ¿Para cuándo el segundo? —me escribió @fedeearguen_ el 28 de agosto de 2017, uno de los primeros en pedirme la bendita “segunda parte”. El reclamo empezó a multiplicarse en 2018, tras la Supercopa que River le ganó a Boca en marzo, y se potenció cuando el equipo del Muñeco fue superando escollos en la Libertadores de ese año. Ni hablar después de Madrid.

Como hago casi siempre, contesté los mensajes. Primero agradeciendo, porque me estaban expresando que Gallardo Monumental les había gustado. Después, trataba de explicar que un libro no se hace con un chasquido de dedos, como en aquella publicidad de gaseosas que protagonizaba Verón: era necesario tiempo para juntarse con Marcelo, tiempo para pensarlo, tiempo para escribirlo y, por supuesto, tiempo para que la editorial hiciera su tarea. Poca gente sabe que, sobre todo en editoriales grandes, hay que entregar el material tres meses antes de su salida. No es que River gana la Libertadores y el libro sale a las dos semanas. No. Por último, existe otro tiempo no menor: el del fútbol propiamente dicho. River tiene un calendario superapretado; Gallardo suele estar entre diez y doce horas cada día en Ezeiza, y cuando se va, quiere desconectarse y estar con su familia o amigos. El sentido de la oportunidad tampoco puede pasarse por alto: tratar de concretar una reunión después de una derrota fea, o antes de un partido importante, es un poquito desubicado. La prioridad para el DT, lógicamente, es su equipo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Intenté expresar estas razones a mis seguidores brevemente, pero nunca conté que el 18 de marzo de 2017 ya le había lanzado un primer anzuelo al Muñeco. Fue unos días después del arranque de la Libertadores de ese año, un 3-1 al DIM en Colombia —el gol del local lo metió un tal Juan Fernando Quintero—. Después de terminar mi entrevista con Lucas Alario para El Gráfico, le pedí al encargado de prensa que le dijera a Marcelo que, si estaba disponible, pasaba a saludarlo. Me dio el OK, entré por primera vez en el nuevo salón comedor de Rivercamp y, ya cuando me iba, le dejé la inquietud al pasar: “Tengo ganas de hacer la segunda parte del libro. No me digas nada, solo para que lo vayas sabiendo”.

El 4 de mayo fui por la segunda estocada. Había ido a entrevistar al Pity Martínez, dos semanas antes de su primer gol de volea en la Bombonera. Marcelo me hizo pasar nuevamente al comedor, participé del final de la sobremesa del cuerpo técnico y en un momento, con Biscay y Buján cerquita y escuchando, agregué argumentos al sondeo inicial.

—Marcelo, la gente me insiste con la segunda parte del libro. El anterior llega hasta fines de 2015 y, como vos terminás el contrato en diciembre, si te vas, van a estar los dos años en un segundo libro para completar toda tu obra —largué.

El hombre escuchó y se tomó unos segundos para pensar en silencio, como hace habitualmente.

—Hagamos así: vos andá juntando apuntes en las sobremesas, como ahora, o en el auto, cuando volvemos, y después vemos para qué da. Que sea algo más informal, sin compromiso, y si da para un libro, bien, y si da para una nota en El Gráfico, será una nota en El Gráfico, y si perdiste el tiempo, perdiste el tiempo.

—Perfecto, Marcelo, en todo caso no será ninguna pérdida de tiempo.

Esa misma tardecita mandé un mensaje por WhatsApp a Biscay y otro a Buján, los amigos de la adolescencia y colaboradores principales de Marcelo en el cuerpo técnico, a ver qué sensación les había dejado mi propuesta y cuál la respuesta del DT.

“Conociéndolo a Marcelo, que no anda con grises ni vueltas, si no le hubiera parecido bien, te habría dicho que no. Lo planteó con una temática más descontracturada, no quiere generarse un compromiso de estar siempre, por eso lo propuso como charlas de café y después el destino dirá cómo se va desarrollando el año. Sé que vos sos optimista y positivo, ¿quién te dice que a fin de año de golpe te encuentres con una carpeta llena de hojas y con un lindo cierre de año? Me parece interesante que Marcelo te dé ese aval y esa libertad como para que lo vayas armando a tu gusto”, fue la respuesta de Buján, y sentí una profunda alegría, porque siempre es difícil dar el puntapié inicial.

“Lo miro desde tu punto de vista y me parece que está bueno —siguió Biscay, con una nota de voz al día siguiente—. Creo que Marcelo hoy no quiere hacer otra cosa, pero viéndolo a futuro y si esto termina bien, como creemos que puede terminar, sería muy bueno que vayas recopilando material desde ahora, guardando charlas, anécdotas y, como vos le dijiste, que no sea igual al libro anterior. Que vayas transitando el camino con nosotros, como que te metés ahí dentro en la intimidad del cuerpo técnico durante las sobremesas. Sería diferente de la otra vez, que tuviste que armar todo de golpe sobre cosas que ya habían pasado. Y apuntando todo a que a fin de año esto termine como debe terminar, porque Marcelo es un tipo que está tocado, y si se va a fin de año, se va a ir por la puerta grande. Bah, ya está en la puerta grande, pero ganador como es, se va a ir ganando.” Sentí un empujón gigante.

El viernes 11 de agosto, tres días después del 1-1 ante Guaraní que clasificó a River para los cuartos de final de la Libertadores, mantuvimos con Marcelo nuestro primer encuentro informal para la realización de este libro. Fui preparado para una jornada sin grabador, libretas ni biromes, confiando en que mis neuronas estuvieran frescas. Después de compartir cuatro horas con Marcelo (récord), desde la sobremesa en Ezeiza, pasando por el viaje en auto y la búsqueda de su hijo menor al colegio hasta terminar tomando un café en su casa —como está relatado en el capítulo 5—, me apresuré a volcar aquellos apuntes mentales en mi anotador y luego en mi computadora, apenas me subí al tren en la estación La Lucila rumbo a Tigre. Durante aquel trayecto en su auto enfrenté la primera gran dificultad.

—Diego, no estoy seguro de hacer esta segunda parte, no la veo. El anterior era un libro humano, contaba mi historia, pero hacer un nuevo libro por dos años, no sé, no me cierra —me sorprendió.

—Marcelo, te soy sincero. El libro anterior cuenta tu vida desde chiquito, aparecen tus colaboradores para detallar el método de trabajo y para describirte desde otro ángulo, pero de esta etapa tuya como DT, el libro tiene solo un año y medio, porque llega hasta octubre de 2015, y si vos te vas en diciembre, quedarán dos años sin contar. Quiero que haya un registro de este ciclo histórico plasmado en un libro, pero este ciclo completo, no solo un año y medio.

—Te digo la verdad: el año pasado lo pasé para la mierda, entonces ya tenés un año menos para contar, sería uno solo.

—No, ¿por qué? Está bueno contar por qué lo pasaste mal y cómo hiciste para reconstruir el equipo y rehacerte vos mismo en momentos difíciles.

—Es que hay cosas que no puedo contarte, situaciones que viví con jugadores que no puedo decírtelas, porque estaría rompiendo algo que debe quedar ahí, ¿entendés? Vos sabés, además, que a mí no me gusta mirar para atrás; lo que pasó, ya pasó, y siempre enfoco para adelante.

—Entiendo que haya cosas que no puedas contar, pero muchas otras sí, y es un regalo para el hincha de River, para que siempre tenga a mano en su biblioteca el registro de una época única en la historia —cerré, por el momento, exponiéndole mi verdad y cambiando de frente, para no atosigarlo ni exigirle una respuesta inmediata (que, por otra parte, en ese momento era “no”).

Después de escuchar de su boca un par de anécdotas divertidas —del pasado y del presente—, volví al ataque, todavía en el auto.

—Marcelo, todas estas cosas que me contás estaría genial volcarlas en un libro, no me las quiero quedar solo para mi consumo personal, son muchos los hinchas que por Twitter me vienen pidiendo hace rato la segunda parte de tu libro.

—Pero son solo dos años, de los cuales uno lo pasé muy mal, y mi carrera de técnico recién empieza, hay mucho por delante.

—Ya lo sé, pero el hincha de River querrá que haya un registro de este ciclo. Me gustaría aprovechar la relación de confianza que tenemos, que a la gente le gustó la primera parte y que pide una segunda…

—¿Y a vos te gustó la primera parte? ¿Qué críticas recibiste? —me preguntó, aunque ya hacía un tiempo habíamos charlado del tema, almorzando en una parrilla cerca del Monumental, en marzo de 2016.

—Claro que me gustó. Estoy muy contento por cómo se dio todo y por cómo quedó el libro. Salió hace casi dos años y sigo recibiendo mensajes de lectores que agradecen la posibilidad de conocerte más a fondo por el libro. ¿A vos no te gustó?

—Sí, sí, me gustó, es un libro muy humano, que rescata el sacrificio y la perseverancia.

—Mirá, Marcelo, te voy a leer algunas de las preguntas que preparé para que veas que hay un montón de cosas por contar —saqué una carpeta y empecé a leerle—. Y esto es apenas una pequeña muestra. Ojo: no quiero parecer uno de los vendedores del tren, tratando de convencerte, solo te doy argumentos para que entiendas que hay mucho material para contar en un libro sobre estos dos años y estoy convencido de que a mucha gente le va a interesar —le planteé y se quedó en silencio, pensativo, cerca de dos minutos que para mí fueron dos horas.

—Mirá, Diego, la otra vez yo me comprometí con vos y quise cumplir. Tu tiempo es muy valioso, y no podía fallarte. Acá, si nos juntamos, charlamos y, por una razón u otra, el libro no termina saliendo, no quiero que te sientas mal por el tiempo perdido —me respondió, con el mismo argumento de la primera vez que le propuse escribir esta segunda parte, en marzo.

El respeto por el otro, por el tiempo del otro en este caso, es un valor que cultiva. La sinceridad es otro. Los diálogos sirven para conocer a una persona y saber cómo se relaciona con el resto.

—Por mi tiempo, olvidate, no te preocupes —le dejé en claro—. Si no llega a salir el libro, habré disfrutado de estos encuentros, a mí me enriquece, lo disfruto y sigo aprendiendo sobre el trabajo de un entrenador. Después, en cuanto al contenido, lo habrá futbolero, técnico y táctico, pero detrás de todo siempre hay historias lindas para contar, y a mí me siguen interesando, así que ese costado humano que vos rescataste del libro anterior va a estar.

—Lo futbolístico son cinco o seis conceptos en la esencia. Después, para nosotros es muy importante lo humano, saber que el jugador te va a respaldar en momentos duros, que se va a jugar por el grupo, porque acá estamos encima de la persona para generar ese compromiso. Es muy difícil manejar el ego de un plantel, porque el jugador piensa solo en él y tiene todo. Y vos como cabeza de un grupo tenés que pensar en treinta personas. El entrenador tiene que saber manejar todo eso. Pero yendo al libro, lo que no quiero es que vos te sientas mal por el tiempo perdido, si después el libro no sale por algún motivo.

—Olvidate, Marcelo, ese no es un problema —y mientras di por finalizada esta avanzada, percibí que ahora sí habíamos sellado el acuerdo para darle vida a este libro, sin necesidad de estrecharnos la mano, como en 2015.

Al mismo tiempo me asaltó un pensamiento que diseccionaría más profundamente unas horas después: “¿Y por qué no saldría el libro? ¿Acaso piensa quedarse uno o dos años más en el club después de diciembre?”. Se me cruzó esa idea como un flash por la cabeza y también más tarde en casa, cuando pasé en limpio los apuntes. ¿Por qué no saldría el libro? ¿Porque piensa quedarse uno o dos años más en el club al finalizar su contrato? Analizándolo con cierto egoísmo, no sería ningún problema, ya que me daría más tiempo para trabajarlo. Saliendo de mi interés particular, para River sería un recontra notición. Y no pude evitar entusiasmarme con la hipótesis.

El viernes 13 de octubre de 2017, unos días después del apoteótico 8-0 al Wilstermann, con Marcelo muy feliz, decidí que saliera a la cancha el grabador. Me había quedado picando en la cabeza desde nuestro encuentro anterior (el segundo) un comentario-invitación, ya terminando la charla: “¿Qué más querés saber?”. Interpreté aquella pregunta como una contraseña liberadora, una confirmación definitiva de que las charlas informales para recopilar apuntes ya podían encaminarse hacia una ruta de libro real y concreto. Un descomunal y hermoso embotellamiento a la salida de la barrera de la Riccheri, volviendo de Rivercamp en su auto, no podría ser otra cosa que un guiño del destino.

El viernes 27 de octubre de 2017, un día antes del debut de su hijo Nahuel en la primera de River, ante Talleres en Córdoba, le mandé un WhatsApp a Marcelo para saber qué sentía, y aproveché para copiarle un par de mensajes que me habían dejado en Twitter dos militantes de la segunda parte, que me habían conmovido. Para que Marcelo comprendiera que no era un capricho mío, sino realmente un anhelo de mucha gente. Sentía que el libro ya estaba caminando, pero con esto reforzaba la idea.

Los reproduzco tal como se los mandé a Marcelo.

Hola, Diego, mi nombre es Soraya, tengo 21 años y soy de Resistencia, Chaco. Te escribo porque hace un momento nada más acabo de terminar tu libro del Muñeco y, qué decirte! Más que gracias por tan exquisito relato. Sin duda uno de los libros que más disfruté leer. Gracias, porque quien lo lea podrá entender y hasta emocionarse con lo que logró Gallardo, y no solo quedarse con la crítica de un partido. Desde que arranqué a leerlo hasta hoy, cada vez que juega River relaciono algo del partido con el libro, y digo: Ah, esto pasa ahora porque Gallardo lo pensó así. Espero ansiosa que puedas contar todo lo que vino después del viaje a Japón en otro libro, aunque sé que este ya te llevó bastante tiempo y otro seguramente será igual, ja ja. Nuevamente gracias y éxitos en lo que venga (@soraaarp_).

Y este otro, del que no llegué a copiar su nombre.

Hola, Diego, buenas tardes, soy uno de los tantos que compró y leyó tu libro Gallardo Monumental. Soy una persona que no lee libros, desde que terminé el colegio hace siete años que no agarro uno, y el tuyo lo terminé en cinco o seis días. Me pasaba que todo el tiempo quería leerlo. Aprovechaba los viajes de mi casa al laburo y cuando tenía un tiempito libre lo agarraba y me ponía a leer en vez de agarrar el celu (casi un vicio mío). Fue un placer conocer más a fondo la historia de un hombre que se convirtió en mi ídolo. Confieso que me emocioné y hasta se me escapó alguna lágrima en algunos pasajes del libro. Hoy terminé de leerlo y es una sensación de vacío, tu libro me hizo dar ganas de seguir leyendo, pero a la vez me da esa sensación de que no sé si me voy a entusiasmar tanto con otro. Ojalá sí. Bueno, era solo eso. Ojalá leas mi mensaje. Que sigas bien y muchas gracias!

—Fuerte los mensajes de tus lectores, Dieguito, me imagino que te debe dar mucha satisfacción —me respondió Marcelo, como si el protagonista central del libro no fuera él mismo.

—Sí, claro, y ese tipo de mensajes me fue cebando para hacer la segunda parte. No quería joderte con algo tan largo, pero justo recibí esos dos esta semana y, como a veces en el auto tenemos mil cosas para hablar y a mí me agarra la ansiedad para aprovechar el tiempo, justo me llegó y dije: “Se lo mando a Marcelo para que termine de entender por qué tengo ganas de hacer el libro”.

Mientras juntaba apuntes e iba escribiendo sin estructura ni rumbo fijos, a fines de 2017 ocurrieron dos hechos que me llevaron a frenar el impulso: el mazazo en cancha de Lanús que sepultaba la chance de ganar una nueva Libertadores y la renovación del contrato de Marcelo hasta 2021, con lo cual definitivamente no había apuro ni necesidad por acotar el contenido a dos años. Esa excelente noticia para el mundo riverplatense a mí me generó una gran incógnita: si ahora se queda cuatro años más, ¿cuándo hacer el corte? ¿Hasta dónde contar? ¿Espero los cuatro años? ¿Qué ir haciendo mientras tanto?

En febrero de 2018 volví a subir a su oficina de Rivercamp, remodelada como todo el predio, algo que no hacía desde 2014. Fue nuestra única charla mano a mano hasta el 31 de diciembre, porque el proyecto había entrado en una especie de nebulosa, porque la carga de partidos decisivos me frenaba en los pedidos de cita y porque nos desencontramos un par de veces. Sin embargo, lo que en un comienzo eran mensajes ocasionales de WhatsApp por algún temita puntual se transformaron en una costumbre. De dos o tres mensajes por mes en 2017 pasamos a dos o tres por semana en 2018. Con Marcelo y con Buján, especialmente. Gran parte de ellos está volcada aquí.

Tampoco dejé en ningún momento de pasar en limpio en mi computadora toda la información diaria de River, incluyendo las declaraciones del DT, dirigentes y jugadores. También de los rivales. Síntesis de los partidos, formaciones y estadísticas. Ese es el esqueleto del libro, sumadas desgrabaciones completas de algunas conferencias brillantes de Marcelo, revisión de resúmenes de partidos en la web y charlas que mantuve con colaboradores del cuerpo técnico y  también con jugadores a lo largo de estos más de tres años.

Estuve mareado durante 2018, preguntándome y repreguntándome qué hacer con el libro, a cuándo apuntarle, cómo escribir las entrevistas ya realizadas, en qué marco temporal, si volcarlas como el pensamiento del Muñeco en ese momento sin saber cuál era el final de la historia o hacerlo desde el presente. Bah, un bolonqui. Algo así como caminar hacia adelante con los ojos vendados. A eso había que sumarle mi insoportable autoexigencia, para de paso estar a tono con el Míster. Quería estar a la altura de Gallardo Monumental y sabía que no sería sencillo, porque ese libro me había salido demasiado redondo. El panorama brumoso se fue aclarando cuando River eliminó a Racing y a Independiente de la Libertadores, empezó a dejar ver el futuro con nitidez en Porto Alegre —a pesar de la lluvia—, y la nube definitivamente desapareció tras la final del Bernabéu. A diferencia de 2015, decidí esperar el Mundial de Clubes.

El 31 de diciembre de 2018 visité a Marcelo en su casa de fin de semana, en el partido de Tigre, y le propuse hacer el corte del libro justamente allí, en ese mismísimo día. Le pedí que nos juntáramos un par de veces antes de marzo, me contestó que sí y me habilitó a un par de sus colaboradores para completar el relato de estos tres años fabulosos: le alivianaba la carga a él y al mismo tiempo lo eximía de entrar en detalles que no es adepto a repasar. Como me ocurrió en la realización de la primera parte, volví a comprobar que a Marcelo no le gusta hablar de él y no es partidario de revelar diálogos mantenidos con los jugadores ni de dar a conocer charlas técnicas. Le fastidia volver al pasado y se pone un poco nervioso si uno no lo mira a los ojos cuando te habla. Doy fe. También doy fe de que es el mismo hombre cálido, sensible y singularmente terrenal, al que no lo han modificado los 9 títulos ganados ni el tsunami de elogios y mimos que le regalan todos los hinchas de River a diario.

Gallardo recargado no es una ampliación de Gallardo Monumental, sino su continuidad. Son tres años y cinco meses que abarcan desde agosto de 2015 —cuando terminó la obra inicial— hasta el 31 de diciembre de 2018. Está dividido cronológicamente en ocho capítulos grandes, por semestres: lo que quedó de 2015 es el primero, luego siguen los dos de 2016, los dos de 2017, los dos de 2018 y, por supuesto, la gran final, que tiene vida propia y es el más extenso de todos. Siguiendo la estructura de Gallardo Monumental, entre ellos hay otros capítulos más pequeños de contenido variado. Los dejo como sorpresa.

Aquí está Gallardo recargado. A pesar de vacilaciones e incertidumbres, de derrotas que intentaron tumbarlo, de los apremios clásicos por los tiempos de entrega, siempre estuve convencido de que este momento iba a llegar. Es muy fuerte ver el libro terminado, porque para llegar a este pequeño compendio de páginas —no tan pequeño, en realidad— se invierten muchísimas energías e ilusiones y hasta el último día revolotea un mix de dudas, ansiedades y zozobras.

A disfrutarlo, entonces.

Y no empiecen a pedirme la tercera parte.

Ya la tengo en la cabeza.

¿Hay algo malo en una buena racha?

por EDUARDO SACHERI

Los que amamos el fútbol compartimos, con frecuencia, algunas formas de pensar, algunos valores, algunos miedos, algunas estrategias para procesar nuestros sentimientos.

Cuando nuestro equipo gana, sentimos que tocamos el cielo con las manos, y cuando nuestro equipo pierde, es frecuente que nos sintamos hundidos —muy hundidos— en la más honda de las tristezas.

¿Qué tan verdaderas son esas cimas de la felicidad y esas profundidades de la angustia? Me parece que son muy verdaderas. Absolutamente ciertas. Lo bueno y lo malo es que son efímeras. Duran poco. Duran, apenas, hasta que la pelota vuelve a ponerse en movimiento y nuestro club se lanza a la conquista de alguna nueva meta.

Es bueno porque nuestras derrotas no son eternas. Y es malo porque el fútbol no nos permite quedarnos para siempre en esa situación de placer, de holgura, de felicidad serena y duradera.

Hay ocasiones en que esos logros o esos percances parecen encadenarse. Entonces hablamos de rachas. Ahí ya cambia un poco la cosa. Si es una racha de triunfos, podemos sentirnos erróneamente a salvo para siempre. Y si es una racha de derrotas, podemos pensar que estamos condenados para siempre a la tristeza.

Ahora bien: ¿hay algo malo en una buena racha? Algún desprevenido puede apresurarse a responder que no, que en una buena racha no puede existir nada malo. Y no es verdad. Lo malo de una buena racha es que en algún momento, en principio, se va a cortar. Y las circunstancias en las que se produzca el final de la racha pueden volverlo una tragedia. Visto desde afuera, desde fuera del fútbol, no parece tan grave; pueden venir y decirnos: “Bueno, por lo menos la racha existió, y la disfrutaste”. Pero visto desde adentro es diferente: los futboleros sabemos que el final de una racha positiva puede ser atroz. Puede ser tan rotundo que borre, de la memoria colectiva, muchas de aquellas alegrías que anteriormente vivimos.

Y si no, pregúntenles a los hinchas de River, del River de Gallardo, cómo se sintieron en las semanas transcurridas entre las semifinales y la final de la Copa Libertadores de América versión 2018. Y no me refiero a los dimes y diretes vinculados con las suspensiones, la violencia, los reclamos administrativos, los cambios de sede, los ríos de tinta y de palabras invertidos al respecto. Hablo de algo mucho más básico, más profundo y más importante. ¿Cuántas veces pasó, por la cabeza del hincha de River, el pensamiento de: “Si Boca nos gana esta final nos arruina todo lo que vinimos construyendo hasta aquí”? No soy hincha de River, pero soy hincha de fútbol. De modo que supongo que la respuesta correcta es “muchas veces”. Todas las veces.

Como un desafío del destino. Un desafío que podía torcerse hacia un capricho. El River de Gallardo supo construir alegrías inmensas, más inmensas aún porque en el camino de esos logros consiguió superar una vez, y otra vez, a su rival eterno.

Sudamericana 2014, y se inicia la racha. Libertadores 2015, y la racha continúa. Después viene la Supercopa Argentina 2018, y la racha se agranda. No son los únicos títulos que cosecha el River de Gallardo. Pero estos tres se consiguen eliminando a Boca en algún momento. Semifinal primero, octavos después, final en el tercero. ¿Qué más puede pedir el hincha de River?

Si conozco algo de psicología futbolera, creo que el hincha de River no pide nada más. No quiere tentar al destino. No quiere excederse en el deseo. Ya está. “Ya estoy”, dice para sí. Pero la Libertadores 2018 lo pone frente a un desafío desmesurado. El número frío dice que si gana suma un título más, y si pierde la cosa queda como estaba. Pero en las pesadillas del hincha las cosas son mucho más claras y concluyentes: si River pierde esta final, la sensación será la de precipitarse desde una gloria muy alta hasta un dolor muy profundo.

Pues bien, el River de Gallardo volverá a hacerlo. Terminará la racha del único modo en que una racha puede terminar perfecta: convirtiéndola en un círculo blindado de triunfos.

Cada hincha, en cada club, puede elegir determinadas gestas imborrables. Creo que los hinchas de River tendrán al equipo de Gallardo identificado no solo con un modo de jugar, un modo de ser y un modo de ganar. Además lo recordarán para siempre por lo que tuvo de reparador para ellos. Por el modo en que les restituyó la confianza y la alegría. Y creo que lo recordarán para siempre. Y harán bien.

Estratega full time

El 20 de diciembre de 2018, unos días después de la derrota con Al Ain en el Mundial de Clubes, le mandé a Marcelo el que consideraba sería mi último mensaje del año. Le agradecí, entre otras cosas, la posibilidad de estar en Emiratos con Lucila, mi hija menor, como regalo de su cumple de 15 —los padres siempre nos sacrificamos por nuestros hijos—, le deseé un buen regreso y que disfrutara del recibimiento y de las breves vacaciones. Ya en el estribo le solté: “Y nos vemos a la vuelta de la pretemporada”. Quería que tuviera presente que debíamos encontrarnos un par de veces antes de marzo para revivir esos hechos insignificantes acontecidos hacía un par de días.

El 28 de diciembre pesqué en Twitter una noticia al paso: “Francescoli y Gallardo tuvieron su primera reunión en el Golf de Nordelta”. Había foto, así que era verdad. Al corroborar que no estaba en Punta del Este, donde suele vacacionar, y sí cerca de mi casa —vivo en Tigre, a veinte minutos de Nordelta en auto—, me jugué con un mensaje, aun a riesgo de que se fastidiara. Necesitaba la confirmación de que estaba todo OK con el libro y que supiera cuáles eran las fechas probables de cierre y salida.

—Diego, ¿cómo estás? No sé si me voy a ir afuera o no. Dejame ver el momento, cualquier cosa te venís y charlamos un rato. Yo te aviso, loquito, te mando un abrazo —me contestó, y respiré aliviado.

Pasaron un par de días sin noticias y supuse que se había ido, o que se había olvidado, o que estaba en familia reseteando su cabecita. Esta vez no iba a insistir. “Yo te aviso”, me repetía una y otra vez a mí mismo cuando el impulso de mis dedos buscaba su contacto en mi celular.

—Hola, Diego, ¡buen día! Si estás por zona te invito a tomar un café —me escribió el 31 de diciembre a las 10:18 de la mañana, y yo que justo estaba entrando al gimnasio para zamparme la cena de fin de año con menos culpa, metí un giro violento, volví a casa para bañarme y salí con mochila y grabador, por si acaso: “Sí, señor, en media hora estoy por allá”.

Marcelo me recibe en ojotas, remera negra y malla a cuadritos convencional —¿o esperaban sunga?—. La paz es total. Nahuel está de vacaciones, sus dos hijos más chicos duermen y su mujer ha salido. Se acostaron tarde y se nota en el rostro del DT campeón de América. Lo primero que uno ve al ingresar a su casa de fin de semana es una mesa de ping pong. Al costado unos sillones, un metegol, un canasto con pelotas, el jardín, más allá la pileta con unos inflables y un quincho con plasma —además de parrilla—. Una casa sin ostentaciones.

Marcelo se sienta en un silloncito, con su iPad apoyado en la mesita, y desliza su dedo para cambiar la música. Hay un plato con galletitas, mate y un termo ploteado de River sobre el apoyabrazos del sillón.

—¿Qué tomás? —me pregunta.

—Lo que vos tomes, me da lo mismo. Mate va bien.

—¿Café o cortado? —insiste, con tono más elevado, conocedor de mi timidez, y se dirige hacia la cocina a preparar uno de esos ricos cafés de capsulitas.

—Bueno, café y después mate —le contesto, para que no se me ponga nervioso, y porque también me gusta el mate.

Mientras prepara el café, rota el brazo derecho en círculo con cierta dificultad. “Dormí mal, estoy contracturado”, me comenta. Lo felicito por la reciente elección como mejor DT de América en la encuesta del diario El País. “Me lo acaban de comentar, ¿quiénes votan?”, me pregunta, curioso para todo.

Le comento que hace unos días me llegó por WhatsApp un audio de Andrés Calamaro, a través del periodista Daniel Arcucci, porque lo quería saludar. Me pedía su número de teléfono. Le aviso que se lo di y le hago escuchar el audio. Imposible no distinguir esa voz tan peculiar del Salmón —hincha de Independiente, por otra parte—: “Necesito el celular personal del gran barón de River Plei, el archiduque Marcelo Gallardo. En una época vivía en el mismo hotel en que concentraba River con Ramón; esos equipos con Germán Burgos y con Enzo, que seguramente recordás de memoria. Vino a verme tocar a la calle Corrientes, antes del Mundial, le dije que iba a jugar muy bien, que iba a ser titular. Me parece una persona muy normal y esta semana debería mandarle un mensaje y felicitarlo mucho”. Marcelo sonríe al escucharlo y me confirma que ya ha intercambiado saludos con él: “Nos cruzábamos seguido en aquel hotel Plaza Francia donde concentrábamos, es cierto, y me decía que por mi manera de jugar le hacía acordar a Bochini. A mí, Calamaro ya me gustaba desde la época de Los Abuelos de la Nada. Fui a verlo un par de veces y llegamos a salir con él también”.

El Muñeco estira los pies, nos levantamos un rato, pone debajo de la suela una pelota que anda suelta por ahí. Por las dudas cierro las piernas. Su celu, apoyado en la mesita, cada tanto emite un sonido de mensaje recibido. A veces lo mira, otras ni bolilla. Toma bastante mate. El grabador no ha salido de mi mochila ni saldrá. Le comento el asombro que me generó ver que los platinados Maidana, Martínez Quarta y Pinola estaban veraneando juntos en Punta del Este, y el orgullo le brilla en los ojos. Tipos que conviven más que con sus familias durante el año, de golpe tienen diez días de vacaciones y siguen queriendo estar juntos. El famoso grupo. “Eso de que para ganar cosas es imprescindible un gran grupo, es mentira. Hay miles de ejemplos de planteles peleados que igual salieron campeones. Pero ¡no sabés qué lindo es pasar el día a día con gente con la que te llevás bien! ¡Qué lindo es saber que cuando te abrazás en un festejo, hay un vínculo fuerte de verdad! Por algo después me llaman ex jugadores y me dicen: ‘¡Cómo extraño estar ahí!’. Se labura fuerte, pero se da una comunión muy linda”, destaca.

Al repasar lo vivido en el recibimiento al plantel hace ocho días, me entrega un bocado delicioso.

—Vos sabés que venía en el micro tratando de controlar al conductor, de ayudarlo, porque pasaban cosas fuertes ahí en la Riccheri: personas que se ponían delante del micro, personas que se arrodillaban en el pavimento y agradecían. Justo habíamos cambiado de empresa de micros y también de chofer. Y el hombre estaba muy asustado, tenía miedo de lastimar a alguien, porque la gente se tiraba contra el micro, las motos se cruzaban, estaban todos locos, y hubo que cambiar el recorrido porque, si no, no llegábamos más. En 2015, cuando fuimos a Japón por el Mundial, creí que nos perdíamos el avión por la cantidad de gente que había en la autopista. Y esta vez pensé que no llegábamos nunca más. Bajé de mi asiento para estar al lado del chofer. “Bien, lo estás haciendo bien”, le decía, lo alentaba, porque no era nada fácil.

—¡No pudiste con tu genio: eras el DT del chofer!

—Ja, ja, fue una locura total, algo hermoso, no pensé que iba a haber tanta gente. Y te puedo asegurar que no era nada fácil manejar ese micro, te lo puedo asegurar.

Conversamos sobre lo que vendrá. Lo ve muy bien al equipo. “Va a ser difícil ganarnos”, proyecta, seguramente apuntándole a la Quinta. Su gran desafío para 2019 no es solo ese, sino consolidar el proyecto infanto-juvenil. Será un año clave para terminar de afianzar ese plan, como explicamos en un capítulo de este libro. No es verso.

Le tiro sobre la mesa el tema Selección, y aunque está claro que no le gusta cómo se han manejado hasta aquí los máximos responsables de la AFA —lo declaró públicamente más de una vez—, no es tajante en su respuesta. Ni hoy, ni en otras ocasiones. “En mi próxima etapa solo quiero entrenar a un equipo”, afirma convencido, eso sí. Ya sabemos, y todos podrán terminar de comprenderlo al llegar al final de estas páginas, que hoy es mucho más que el entrenador de un equipo de fútbol.

Después de más de una hora le detallo mis planes del libro, como está puntualizado en la introducción. Me da el OK, y me invade la satisfacción. Aprieto bien fuerte los puños mientras suelto un “¡vamos carajo!” para mis adentros. Sé que me espera una ardua tarea, pero estoy feliz, está por cerrarse el círculo de este proyecto que lleva casi dos años. En un momento me nota algo inquieto, como si ya estuviera aprontando los petates para irme.

—¿Qué pasa, Dieguito? ¿Estás apurado? Mirá que no cobro la visita, eh, tranquilo. ¿Querés jugar al ping pong? —me invita. En realidad, acepta mi invitación anterior, porque yo ya lo he desafiado a poco de ingresar a su casa.

Vamos hacia la mesa, peloteamos un ratito y arrancamos. Le alcanzan apenas quince o veinte pelotas, treinta como mucho, para lanzar la sentencia con tono definitivo: “Buen revés, flojo drive, hay que jugarte todas al drive”. Me río. No puedo creerlo. O sí. El gran estratega no se toma vacaciones, ese ojo clínico de entrenador jamás deja de funcionar. “Hago más hincapié en las debilidades del rival que en las fortalezas”, me ha dicho en una de las charlas, y la frase se me viene a la mente en ese preciso instante.

No sé si por su dolor de hombro o qué, pero le gano 21-19 el primer chico, pierdo el segundo por el mismo marcador y el tercero va también para el dueño de casa, con mayor amplitud. En la disputa se ha mostrado como un caballero: pide perdón cuando la pelota roza la red y queda muerta del otro lado y felicita ante un buen punto del rival. También me chicanea por mi juego defensivo de devolver casi todas cortadas y sin arriesgar. Paladar negro hasta para el ping pong.

Chocamos las palmas al terminar, me pregunta qué quiero tomar, le contesto que nada, que estoy bien y me sirve un vaso de gaseosa, lo mismo que se sirve él. Listo, me lo tomo.

En ese instante aparece en escena Matías, más Chino que nunca con su cara de recién levantado, me saluda y se prepara tres tostadas. Le comento que no se puede quejar del año que le tocó como alcanzapelotas. “Me faltó la final”, se lamenta, inconformista, aunque pudo verla en vivo desde la platea del Bernabeú. A él, como a su papá, como a millones de hinchas de River, le robaron una ilusión.

Ahora sí, después de dos horas y media agarro la mochila y Marcelo me acompaña hasta la puerta. Antes de despedirme, empiezo a enumerar las gracias tomándome uno a uno los dedos de mi mano derecha, como en el cuentito del que compró el huevito, le puso sal y se lo comió: gracias por el café, por el mate, por la gaseosa, por la charla, por la confianza y, sobre todo, gracias por la posibilidad que me da de contar estos años increíbles desde un rincón privilegiado. Le deseo un buen año.

—Nos vemos a la vuelta de la pretemporada, nos queda la revancha al ping pong —le recalco, ya fuera de su casa.

—Y eso que te jugué a media máquina —sonríe desde la puerta.

—Este 2018 tenías que terminarlo ganador, Marcelito, no podía permitirme lo contrario —le suelto, ya entrando en el auto y mirando a veinte metros la silueta del pequeño gran hombre. Del hombre del año.

— 1 —
2015
(agosto-diciembre)

El segundo semestre de 2015 a River se le hizo interminable por dos motivos: 1) porque alcanzó el logro tan anhelado de la Copa Libertadores al mes de iniciar esta segunda parte del año, el 5 de agosto; 2) porque tras viajar a Japón el día posterior a esa conquista para levantar un nuevo trofeo internacional que no estaba en las vitrinas —la Suruga Bank, el 11 de agosto—, la mira inevitable apuntó a diciembre, al Mundial de Clubes. En el medio, en esos cuatro meses cargados de cansancio por el estrés competitivo vivido y de ansiedad por el premio inédito que se podía conseguir, y a pesar de la permanente exigencia del entrenador, River deambuló por el campeonato local e intentó defender la corona de la Copa Sudamericana (llegó hasta semifinales).

Repasemos. Al regresar de Japón por la Suruga, y tras exhibir las dos Copas ganadas en una brevísima ceremonia en el Monumental —a Gallardo no le gustan las celebraciones antes de los partidos para evitar que sus dirigidos se desconcentren—, esa misma tarde del 17 de agosto, River cayó 1-0 ante San Martín de San Juan, que jugó 40 minutos con uno menos. Luego perdió 2-1 con Estudiantes en La Plata, donde el local le hizo el pasillo al campeón (golazo de Lucho González). Tras un 1-1 de local con Huracán (gol del Pity; empató Rolfi Montenegro), llegó la primera victoria: 4-1 a Nueva Chicago, en Mataderos, con tres goles de Alario, uno de ellos espectacular, con sombrerito y volea.

Una semana más tarde, River perdió en casa el segundo superclásico del campeonato (1-0, Lodeiro), tras haber caído por 2-0 en la primera rueda en la Bombonera. Luego empató 1-1 de local ante el Lanús de los Barros Schelotto (Mora) y tres días después arrancó la defensa de la Sudamericana con la mejor actuación de estos cuatro meses: 2-0 a Liga de Quito en el Monumental con tantos de Alario —golazo de zurda tras una combinación en velocidad con paredes de primera— y Mora. Tres días más tarde parecía confirmarse el resurgimiento: 1-0 a Crucero del Norte en Misiones (Pity). Parecía nada más, ya que se sucedieron tres derrotas consecutivas. La primera, un 0-1 ante Liga, en Quito, que dejó como buena noticia el pasaje a cuartos de final, y como mala, una lesión en el hombro de Alario, que tuvo al mundo River al borde de un ataque de nervios. Si se operaba, se perdía el Mundial. Al final, optaron por recuperarlo con un parate y kinesiología, pero igual se mantuvo la incertidumbre hasta el último instante.

Al regreso de Quito, Gallardo puso mayoría de titulares y fue vapuleado por Independiente en Avellaneda: 0-3. A esa caída se le sumó otra, para refrendar una vieja máxima del fútbol —una victoria llama a otra victoria; una derrota, a otra derrota—: 0-1 en Varela ante el bravo Defensa y Justicia de Ariel Holan. El 18 de octubre estuvo a 15’ de perder ante Aldosivi en su estadio, pero igualó Mora. Estaba clarísimo el efecto demoledor del cansancio: desde el regreso de Japón, River había ganado solo 3 partidos de 12.

Frente al por entonces exótico Chapecoense, el equipo del Muñeco echó el resto: ganó 3-1 con un golazo de Pisculichi de tiro libre a lo Cristiano Ronaldo y 2 de Carlos Sánchez, a esta altura el MVP del plantel. Primer gol (y único) de Piscu en todo 2015, después de un semestre de ensueño en 2014. Ponzio ingresó a los 38’ del segundo tiempo por el goleador. No se lo preservaba, ni hay error en el dato: el León era suplente. Por aquellos días se rumoreó por primera vez que Barovero estaba estresado y pensaba dejar el club tras el Mundial de Clubes.

Con el viaje a Chapecó, River llegó a 124.508 kilómetros recorridos en el año. El 28 de octubre perdió 2-1 en Brasil, pero igual se clasificó para semis. Jugó muy mal y aguantó casi todo el segundo tiempo que no le metieran el tercero. Balanta tuvo una noche de terror: salió a los 18’ del segundo tiempo (no por problemas físicos) y se dio un porrazo en la cabeza con el techito del banco. River zafó por Barovero, quien se fue muy dolorido en un tobillo y encendió nuevas alarmas, sumadas a las de Alario, que aún no jugaba, y a las de Vangioni, que seguía desgarrado. Fue el cruce ida y vuelta número 12 ganado en forma consecutiva por River, que acumulaba 52 partidos en el año, contra 44 de Huracán y 42 de Boca, los escoltas.

El sábado 31 de octubre, Alario retornó a las canchas tras treinta y dos días. Era una prueba de fuego: si se caía y se le volvía a salir el hombro, chau Japón. No ocurrió. River ganó 1-0 con gol del Pipa, quien había ingresado a los 9’ del segundo tiempo por Bertolo, mientras Saviola se perdió un gol increíble, sin arquero. El Conejito no podía salir de zapatero —no había metido ni un gol tras su regreso, ni lo metería— y comenzaba a sentenciar su futuro. Ponzio y Casco sufrieron lesiones musculares, la enfermería no daba abasto.

El domingo 1º de noviembre, Boca venció 1-0 a Tigre y se consagró campeón tras cuatro años. Tres días más tarde, daría otra vuelta olímpica al superar 2-0 a Rosario Central por la Copa Argentina, con un escandaloso arbitraje de Diego Ceballos. Un día después, mientras Boca comenzaba sus vacaciones, el equipo de Gallardo perdía 1-0 ante Huracán en el Monumental en la semi de ida de la Sudamericana.

El domingo 8 de noviembre se bajó el telón al suplicio que vivía River en el ámbito doméstico. Muchísima gente fue al Monumental para una casi segura despedida del año ante Newell’s —salvo que llegara a la final de la Sudamericana— y para brindar el apoyo de cara a la quimera de Japón. Un River con la cabeza quemada alistó a muchos pibes, reservando titulares para el cruce con Huracán. Formó con Chiarini; Solari, Mammana, Vega, Vangioni (volvió tras setenta días); Lautaro Arellano (debut), Guido Rodríguez, Mayada; Viudez, Mora, Saviola. En el entretiempo ingresaron Exequiel Palacios (debut) por Arellano y Abel Casquete por Saviola; luego entró Luis Olivera (debut) por Vangioni. Newell’s ganó 2-0, la figura fue Denis Rodríguez, quien en 2016 pasaría a River, y también sobresalió Lucas Boyé. Los flashes, igual, se los llevó un viejo verdugo, que de chiquito intentaba emular a un flaco que tiraba chilenas y al que tenía pegado en el póster de su habitación. Había ingresado en el complemento y a los 42’ la clavó de volea, con un ángulo cerrado, para el 2-0, en el arco de la Sívori. Era su sexto gol a River. Unas semanas después, Gallardo intentaría sumarlo a sus filas, pero no lo conseguiría. Ignacio Martín Scocco debería esperar todavía un año y medio para cumplir el sueño de la infancia, y el de toda su familia, de vestirse con la Banda. Se haría desear.

La cuenta final indicaría que River llegó a 6 partidos sin ganar en el Monumental por el torneo local, es decir: 0 victorias en casa luego de alzar la Libertadores. Al partir el ciclo de Gallardo en dos, tomando como bisagra el 3-0 al Gamba Osaka por la Suruga, se observaba que River había perdido 9 de los 17 partidos tras el regreso de Japón, mientras que antes registraba 7 caídas en 70 partidos. Es decir: pasó de un 10 a un 53% de caídas, tomando la Suruga como punto de inflexión. Elocuente.

“Tenemos veinte días para descansar y cargar un cuartito de tanque de combustible para llegar hasta el final. Vamos a hacer el esfuerzo para que a los rivales no les resulte tan fácil como a Newell’s”, declaró el Muñeco, de cara al minirreceso por Eliminatorias, duro en su discurso para adentro, pero intentando dar un mensaje optimista hacia afuera, utilizando la metáfora del combustible. “Estamos pagando el impuesto a todo lo que jugamos”, agregó. “Impuesto”, otra de las alegorías que utilizó el DT y con las que suele sorprender cada tanto a editores de diarios y portales.

La vuelta con el Globo estaba pautada para el 26 de noviembre y las hipotéticas finales, para el 2 y 9 de diciembre, mientras River debía disputar la semifinal del Mundial de Clubes el 16 de diciembre. Calendario demasiado apretado, como en casi todo su ciclo.

Por esos días, Pisculichi renovó su contrato hasta mediados de 2017. A pesar de su muy mal año, Gallardo le daba otra chance. Merecida, por lo decisivas que habían resultado sus prestaciones en 2014. Y se ponía final a la novela de Carlos Sánchez: su representante confirmaba que seguiría la carrera en México. “Le hicimos una oferta tremenda y me dio un abrazo con lágrimas en los ojos. Nos dijo que se quedaba. Lo estoy esperando porque quiero que me diga en la cara que el abrazo que me dio es mentira”, bramó D’Onofrio. Se sumaba un conflicto que no ayudaba de cara al Mundial. Luego, ya sobre el viaje a Japón, el presidente recompuso relaciones con Sánchez y le echaría la culpa al representante: “Por mentiroso no va a pisar más el club”. Ya perdida la batalla, Gallardo intentó que el uruguayo, a quien había rescatado del exilio en el Puebla de México tras la salida que le había dado Ramón Díaz en 2013, se enfocara en su última meta. “Tuve muchas charlas personales y entiendo su postura y la de su familia —señaló entonces el DT—. Acá lo importante es que Carlos está muy bien y en un gran nivel. Tengo la mejor relación con él y estoy feliz de que hayamos podido recuperarlo para que sea fundamental en este proceso. Le deseo lo mejor y también deseo que pueda cerrar su ciclo en River de la mejor forma posible.” Bandera blanca y desafío público para que no aflojara.

El 13 de noviembre, Argentina empató 1-1 de local con Brasil por las Eliminatorias, y arreciaban los rumores de una salida de Martino si perdía en Barranquilla; Gallardo sonó por primera vez como candidato a DT de la Selección. El 17 de noviembre comenzó una mini pretemporada en el Hotel Sofitel de Cardales, alejado del ruido. Ese lugar le traía lindos recuerdos al Muñeco: allí, mientras charlaba con sus amigos Falcao y Yepes, concentrados con Colombia para el Mundial 2014, recibió la llamada de Francescoli para ser DT de River. Allí, también, había concentrado el equipo en junio de 2015, para afrontar semi y final de la Libertadores que terminaría ganando.

El 19 de noviembre, Mora renovó su contrato por tres temporadas y Kranevitter viajó a Madrid —ya lo había hecho en agosto— para terminar los trámites vinculados con su traspaso al Atlético de Simeone. No es difícil imaginar el grado de calentura de Gallardo por no tener a sus hombres ciento por ciento metidos en el objetivo.

El 21 de noviembre, Barcelona venció 4-0 al Real Madrid; tras 56 días parado por una lesión en su rodilla izquierda, Messi entró a los 10’ del segundo tiempo. Tres días después superó 6-1 a la Roma por la Champions, con 2 goles de Messi y 2 de Suárez, mientras el 26 de noviembre, un River con la cabeza en otra, intentaba defender la corona de la Sudamericana. “Si bien es muy difícil abstraerse, quiero que mis jugadores estén enfocados y por lo menos hagan el intento de poder jugar una final nuevamente y que el hincha de River se sienta representado por el equipo. Estoy convencido de que vamos a hacer el intento. Para poder pasar, Huracán va a tener que jugar y correr, porque no le vamos a regalar nada”, expresaba el Muñeco en la previa, arengando a la tropa. Utilizaba una palabra que luego empezarían a repetir muchísimos entrenadores por efecto contagio: “enfocados”.

No mentía el Muñeco. A pesar de todas las dificultades, a River le faltó muy poquito para alcanzar la hazaña: empató 2-2 ante un Huracán que seguía siendo una piedra en el zapato del Muñeco —ya lo había superado en la Supercopa—, lo mismo que su entrenador, Eduardo Domínguez, a quien al cierre del presente libro no ha podido vencer en 6 enfrentamientos oficiales con diferentes clubes. Pisculichi no pudo estar por lesión y redondeó un semestre de 701’ en cancha y 1 gol —una de las razones de la caída en el juego del equipo—. Aquella noche en el Ducó, Gallardo desconcertó a todos planteando una inédita línea de 3 atrás. Armó un 3-4-1-2 así: Barovero; Mercado, Maidana, Balanta; Casco, Kranevitter, Ponzio, Vangioni; Sánchez (enganche); Mora y Alario. River perdía 2-0 a los 25’ del primer tiempo (más el 0-1 en la ida) y lo empató con goles de Mora a los 23’ y a los 36’ del segundo tiempo. Huracán terminó pidiendo la hora. Con otro tanto, River hubiera pasado a la final: le faltaron 10 minutos de partido. Sánchez fue expulsado por darle un cachetazo a un alcanzapelotas, que no le alcanzaba la pelota, precisamente, y asomaron dudas sobre si podría jugar el Mundial, en caso de recibir una sanción. Nadie imaginaba que esa roja le daría una enorme alegría al Rojo (de Avellan ...