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GALVEIAS

José Luis Peixoto  

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Fragmento

De todos los lugares posibles, sucedió en aquel punto justo. Era entrada la noche y no había luna, solo unas estrellas gélidas rompían la opacidad del cielo, como clavadas desde el interior. Galveias se adentraba lentamente en el sueño, los pensamientos se evaporaban. La oscuridad era muy fría. A lo largo de las calles desiertas, las farolas derramaban conos de luz amarillenta, luz turbia, gruesa. Los minutos pasaban y casi podría haber silencio, pero los perros no lo permitían. Ladraban a la vez, de una punta del pueblo a otra. Perros jóvenes, solos en corrales, emitiendo ladridos que terminaban en aulli­dos; o callejeros moribundos de sarna, apoyados en la parte exterior de un muro, que levantaban la cabeza simplemente para lamentar la noche, inquietos y débiles. Si alguien prestaba atención a esa charla, quizá mientras conciliaba el sueño entre sábanas de franela, podía distinguir la voz de perros grandes y pequeños, de perros ariscos, nerviosos, estridentes u otros de voz fuerte, gutural, animales pesados como bueyes. Y un perro a lo lejos, que ladraba sin prisa, el sonido de su discurso alterado por la distancia, erosión invisible; y un perro aquí cerca, demasiado cerca, la rabia del animal casi provocaba inquietud en el pecho; después un perro en la otra punta del pueblo, y otro en otra, y otro en otra, perros infinitos, como si dibujaran un mapa de Galveias y, al mismo tiempo, sostuvieran la continuación de la vida, ofreciendo, con ese gesto, la seguridad que hace falta para dormir.

Desde lo alto, desde la cima de la capilla de São Saturnino, Galveias era como las ascuas de una lumbre que se apaga, cubierta de ceniza e imperturbable. También como las ascuas de una lumbre, ciertas chimeneas soltaban hilos de humo muy firmes: personas que todavía estaban despiertas avivaban restos del fuego mientras mantenían conversaciones o disputas. Pero las casas, por la noche y en enero, se afirmaban en el suelo, formaban parte de él. Rodeada de negros campos, por el mundo, Galveias se agarraba a la tierra.

En el espacio, en una soledad de miles de kilómetros, donde siempre parecía ser de noche, la cosa sin nombre circulaba a una velocidad imposible. Iba en línea recta. Planetas, estrellas y cometas parecían observar la decisión inequívoca con que avanzaba. Era una asamblea muda de cuerpos celestes asistiendo con los ojos y en silencio. O, al menos, producía esa impresión, porque la cosa sin nombre cruzaba la anchura del espacio a una velocidad con tal orden, tal indiferencia y de­sapego, que en comparación todos los astros parecían estáticos y severos, todos pertenecían a una imagen nítida y pacífica. Así, el mismo universo que la lanzó, que le insufló fuerza y dirección, contemplaba expectante su recorrido. Existía el punto de donde había partido, pero cada segundo destruía un poco más el recuerdo de ese lugar. La sucesión de instantes componía un tiempo natural, exento de explicaciones. Pasado sí, futuro sí, aunque el presente que imponía realidad estaba compuesto solo por ambiciones límpidas. Ni siquiera la violencia que la cosa sin nombre producía al abrirse camino conseguía alterar la apacibilidad de su paso, distante de todo y, pese a ello, integrado en una organización cósmica, sencilla como respirar.

Avisados por una alerta secreta, los perros se callaron durante un instante que no parecía que fuera a tener fin. El humo de las chimeneas se detuvo o, si continuó, mantuvo una línea imperturbable, sin sobresaltos. Hasta el viento, entretenido con el ruido de alisar las cosas, pareció contenerse. Ese silencio fue tan absoluto que suspendió la acción del mundo. Como si el tiempo expirase, Galveias y el espacio compartieron la misma inmovilidad.

Y hasta quienes estaban solos en sus casas, dejándose llevar por la modorra o entretenidos en la última tarea del día: guardar el perol de esmalte en el armario, alargar el dedo para apagar el televisor, quitarse las botas. Todos mantuvieron su posición única y todos se quedaron detenidos en el acto q

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