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GATURRO. TOTO O YO (GATURRO. EL PROTAGONISTA SOS VOS 5)

Nik  

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Fragmento

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No hay nadie a la vista. El living está desierto. Y el puf nuevo, impecable, parece llamarlo. Gaturro no lo puede evitar: quiere, NECESITA ir a clavarle las uñas. Es esponjoso, mullido, tapizado con esa cuerina blanca reluciente… El padre lo compró ayer para poder apoyar los pies mientras se sienta en su sillón preferido a ver la tele. “Si él puede apoyar los pies, ¿qué problema puede haber en que yo apoye mis garritas?”, piensa Gaturro.

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Sigiloso, se acerca.

Mira para todos lados nuevamente, por las dudas: no hay moros en la costa. Ni en el living, ni en el comedor ni en el pasillo.

Se acerca más. Da un pequeño salto y sube al puf. Una sonrisa le invade la cara: ¡es tan cómodo!

Sabe que debería acurrucarse y nada más. Pero no es capaz de controlarse, la tentación es más fuerte que él: clava las uñas en la cuerina nueva y tira hacia arriba. ¡Trac! ¡Trac!

—¡Gaturroooooo! ¡Gato desagradecido y desobodiente, te escuché! —grita el padre y llega corriendo, hecho una furia.

Gaturro da un salto digno de un acróbata y huye hacia la cocina. Quisiera explicarle que no es su culpa, que todos los gatos adoran clavar las uñas en los sillones. Pero conoce esa cara y sabe que lo único que puede salvarlo ahora es la madre. Así que la busca desesperado y se esconde detrás de ella, con su mejor cara de arrepentimiento.

—Todos los gatos se afilan las uñas en los sillones, no lo pueden evitar —dice la madre, como si le hubiera leído la mente a Gaturro.

—¡Todos no! Es este gato malcriado que no hace caso. ¡Toto nunca lo hubiera hecho!

—¿Toto? ¿Quién es Toto? —pregunta Gaturro, con curiosidad.

El padre y la madre se miran serios durante unos segundos. Luego, él baja la vista. Parece triste.

—Nadie. No es nadie —dice, y se aleja.

—No vuelvas a hacerlo, Gatu. Andá a pasear —lo reprende la madre. No parece muy enojada, pero hay algo raro en su forma de mirar.

Gaturro sale al jardín y sube al árbol. No deja de pensar en ese tal Toto. ¿De quién estarían hablando?

Una de las ramas más altas llega justo a la ventana de la habitación de los padres. Se trepa hasta allí, para poder disfrutar de los últimos tibios rayos de sol. Y entonces, lo ve. El padre está sentado sobre la cama, rodeado de un montón de fotos. Hay una caja abierta a su lado. Mira sonriendo una de ellas y se le escapa un lagrimón, que se seca con el borde de la manga.

“Pero… ¿por qué estará llorando? ¿Y quién es ese de las fotos?”, se pregunta Gaturro.

En cuanto el padre deja la habitación, decide entrar para averiguarlo. Sin hacer ruido, se mete por la ventana abierta y trepa a la cama. Ahí arriba, desparramadas, hay decenas de fotos que le ponen los pelos de punta. En todas aparece un gato negro. Algunas fotos lo muestran pequeño y en brazos de un adolescente que... ¡es el padre, está clarísimo! Se lo ve sonriente mientras sostiene contra su pecho a un pompón oscuro. En otras está más grande, apretujado entre el padre y la madre. Los tres lucen tan felices que Gaturro se estremece. En las últimas fotos, el mismo gato aparece junto a una niña pequeña y a un bebé: son Luz y Agustín. Una de esas imágenes muestra a la familia entera y puede verse también el collar reluciente que rodea el cuello negro azabache. En la placa dorada se lee “Toto” con letras grandes y elegantes.

A Gaturro se le hiela la sangre.

—La familia tuvo otro gato. Y lo querían tanto que hasta le pusieron collar —dice. Siente su cuello desnudo y el corazón oprimido.

Cabizbajo y silencioso, abandona la habitación. Ahora entiende por qué el padre nunca está contento con él. ¡En realidad no lo quiere! Ama a ese gato melindroso de las fotos. ¿Qué habrá sido de él?

Gaturro no vuelve a subirse a ningún lado durante el resto de la tarde. Por la noche, apenas prueba la comida. El padre y la madre tampoco están de mejor ánimo que él. Una ola de nostalgia gris invade la casa entera. Los únicos que parecen no darse cuenta son los chicos.

—Dicen que la lluvia de estrellas de hoy va a ser fenomenal —exclama Agustín.

—Y todos saben que una estrella fugaz te cumple un deseo… ¡Imaginate qué puede pasar hoy, que habrá decenas y decenas! Yo ya me preparé una lista de deseos a pedir —comenta Luz, emocionada, y saca del bolsillo un rollo de papel que parece no tener fin.

Gaturro se queda mirando por la ventana… ¿Qué podría pedir? ¿Ser tan especial como Toto para que lo quieran tanto como a él? ¿O, mejor, que no exista ni la sombra de ese gato apestoso en el recuerdo de la familia?

Está tan deprimido que cuando caen las primeras estrellas fugaces no tiene ni un poco de ganas de formular un deseo. Tal vez debería irse a dormir y listo. Pero… ¿y si se atreve a pedir un deseo en voz alta? ¿Qué pasaría?

Si creés que Gaturro debería pedir que no exista el recuerdo de Toto en la familia, toca acá

Si pensás que Gaturro tendría que desear ser tan especial como Toto,, tocá ac ...