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ÁGILMENTE

Estanislao Bachrach  

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Fragmento

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No más patrones

Genes y memes

Seas quien seas, tu mente puede cambiar y solo depende de ti. No importa cuán creativo te consideres o te consideren los demás, eso puede mejorar. Tu creatividad puede expandirse. Durante mucho tiempo los gurús de la creatividad, algunos acertados y otros no tanto, te decían, según su experiencia personal o su intuición, cómo ser más creativo. Hoy, la neurociencia combinada con la tecnología avanzada es clara y concisa: tu cerebro puede seguir aprendiendo y cambiando hasta el momento en que mueres, propiedad conocida como neuroplasticidad. No importa qué te haya pasado en la vida o qué genes te hayan tocado; tu mente, es decir, la forma en que usas tus pensamientos, puede modificar la estructura y anatomía de tu cerebro. Mientras comienzas a leer ÁgilMente, tu cerebro es uno con ciertas conexiones neuronales particulares. Al terminar de leerlo será otro diferente, con otras conexiones. Será sin duda un mejor cerebro, ya que habrás aprendido a conocer su potencial y algunas de sus limitaciones. Y si además aplicas las técnicas que te propongo, con regularidad y disciplina —las encontrarás destacadas mientras viajes por las páginas—, tu potencial creativo aumentará de forma que no solo tú te darás cuenta sino también la gente que te rodea a diario en el trabajo, la casa, tu lugar de estudio o con los amigos. Yo veo y experimento esos cambios fantásticos no solo en mí mismo —fui y sigo siendo mi primer conejillo de Indias— sino

/ÁGILMENTE también en cientos de personas con las cuales tengo la suerte y la alegría de trabajar en diferentes organizaciones. Quiero compartir con todos los lectores estos conocimientos y ayudarlos a ser más creativos, lo cual además trae consigo, por si fuera poco, una vida más plena y feliz.

¿Cómo llegamos los humanos hasta aquí? Podríamos decir que seguimos en la Tierra en particular gracias a dos movimientos continuos: la evolución biológica y la cultura. Evolucionamos biológicamente según las mutaciones que de manera azarosa ocurren en nuestros genes, y luego la naturaleza se dedica a elegir para que perduren solo aquellos cambios favorables a vivir en el ambiente, proceso conocido como selección natural. Esto sucede fuera de nuestra conciencia o nuestro control. En lo que respecta a la cultura, es nuestra creatividad su actor principal y genera grandes cambios de paradigmas. Este proceso de cambios culturales es absolutamente consciente.

La creatividad sería así el equivalente cultural del proceso de los cambios genéticos que da como resultado nuestra evolución.

Hoy sabemos que ciertas mutaciones permiten que algunos individuos desarrollen un sistema nervioso en el cual descubrir cosas nuevas —algo fundamental para el desarrollo de la creatividad— estimula los centros de placer del cerebro. Es decir, así como algunos individuos son entusiastas del sexo o de la comida, otros han evolucionado para ser entusiastas y obtener placer de aprender cosas nuevas. Sin embargo, la tendencia por lo nuevo, descubrir y explorar no solo depende de un componente genético, ya que también parece estar influida por las experiencias vividas cuando éramos niños. Si esto realmente es así, nuestros ancestros, que reconocían la importancia de lo nuevo, sin duda protegían a estos individuos que disfrutaban de ser creativos y aprendían de ellos. Protegerlos era importante, ya que gracias a su inventiva podían estar mejor preparados para hacer frente a las condiciones impredecibles y a las amenazas por la supervivencia.

No obstante, otra fuerza mucho más primitiva y poderosa que la creatividad también desempeñó un papel mayor en nuestra supervivencia: la entropía. Conservar nuestra energía. Esto ocurre

NO MÁS PATRONES

fundamentalmente cuando no tenemos demandas externas. En ese caso, la entropía resulta preponderante en el control de nuestro cuerpo y nuestra mente. Esta gran necesidad de conservación de la energía es tan poderosa que cuando tenemos tiempo libre lo relacionamos de inmediato con el descanso. Ir al parque a caminar, mirar una película, leer un libro o solo contemplar el techo. Poner piloto automático. No gastar energía. Es como si los humanos, entonces, nos viésemos impulsados a cumplir dos órdenes programadas opuestas del cerebro: por un lado, el menor esfuerzo imperativo (entropía) y, por el otro, la exploración y la búsqueda de lo nuevo (creatividad).

En la gran mayoría de nosotros, la entropía parece tener más fuerza que el placer por descubrir desafíos o ideas nuevas. Sin embargo, y por suerte, algunas personas parecen responder mucho más al placer por el descubrimiento. Pero, sin importar con cuál de estas dos órdenes te sientas más identificado ni en qué dominio o momento de tu vida suceda, la creatividad resulta gozosa. Nos sentimos muy bien cuando nos sucede.

Recapitulando. Al nacer tenemos dos órdenes bastante contradictorias. Por un lado, un software del cerebro con una tendencia a conservarnos; fundamentalmente, desde nuestros instintos de autopreservación. Ahorrar energía. Pero, por el otro, una orden con una tendencia más expansiva, orientada hacia la exploración, a disfrutar lo nuevo, a correr ciertos riesgos. Es la curiosidad que observamos en todos los niños. Esta última orden conduce a la creatividad. A pesar de que necesitamos ambos «programas», el primero no requiere mucho esfuerzo, apoyo o motivación para lograrlo. El segundo, el de la creatividad, es difícil de cultivarse por sí solo. De adultos, en el trabajo o en la vida en general, se nos presentan pocas oportunidades para ser curiosos. Existen demasiados obstáculos para correr ciertos riesgos o para explorar. Por ello, la motivación necesaria para comportarse de manera más creativa se extingue con rapidez, y eso deriva en que la gran mayoría de nosotros no nos consideremos o no nos sintamos creativos.

Mientras que los genes pasan de generación en generación de modo automático, no sucede lo mismo con los inventos y las ideas.

/ÁGILMENTE

Cada niño tiene que aprender de nuevo, desde el comienzo, cómo usar el fuego, la rue

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