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GLADIS

María Acosta  

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Fragmento

1

A Valeria Garza le encantaba ese momento del día; esos deliciosos segundos en que podía remolonear en la cama antes de que sonase la alarma de su teléfono móvil. Podía disfrutar del silencio, enrollada cual oruga bajo las sábanas, sin ser molestada por la tenue luz del amanecer que entraba por la única ventana del dormitorio y atravesaba el taller de costura de su abuela para detenerse a los pies del gran lecho.

Aquel día, Vale se sentía especialmente cómoda. Notaba un cálido peso a la altura del estómago que la mantenía anclada a la cama...

Abrió los ojos y lo primero que vio fue una cabeza calva, una mirada oscura que parecía juzgarla y un pico.

La mujer se sobresaltó y reculó instintivamente, mientras una pava de color negro y siete kilos de peso saltaba de su vientre a la cama y de ahí al suelo.

—Joder, Gladis, te tengo dicho que no me despiertes así —espetó, irritada. El animal la ignoró y se dirigió sin más a la salida—. Claro, ya has cumplido tu misión y ahora te largas, ¿no? ¡Te habrás quedado a gusto, bonita!

Vio desaparecer la cola emplumada por la puerta y salió de entre las sábanas, refunfuñando. Cada vez que le daba la gana, le hacía lo mismo. Llevaban ya más de un año conviviendo y aún no lograba acostumbrarse a esas manías de la pava. ¿Cómo había lidiado su abuela con ella durante tantos años?

Por inercia, la mujer dirigió sus ojos castaños hacia la blanca pared, donde no había cabecero, y allí encontró la respuesta: una colección de fotos de Gladis decoraba aquel rincón de la habitación, como si de un mural honorífico se tratara... No podía haber dudas de cuánto la había querido su yaya.

Suspiró y se puso a hacer la cama. Apenas había terminado cuando su teléfono sonó, pero no era la alarma; esa no sonaría hasta dentro de cinco minutos, así que más le valía atender pronto la llamada:

—Garza —contestó, adoptando por costumbre un tono profesional.

—Vale, soy Matías. En estos momentos voy para tu casa; Benja acaba de llamarme para pasarme un caso. Han encontrado un cadáver en el molino viejo.

—¿¡En el museo!? —Frunció el entrecejo, al tiempo que echaba mano de los pantalones que estaban doblados a los pies de la cama—. ¿Quién es la víctima?

—Sofía Alapont. Susana la ha encontrado cuando llegaba para preparar los tours del día.

—¿Ella está bien?

—La están atendiendo en el ambulatorio; estaba muy nerviosa cuando llamó y Benja ha tenido que llevarla, después de que le diese un ataque de asma.

—Joder, no me extraña —resopló, poniéndose la camisa—. ¿Criminalística ya está allí?

—Estarán cuando lleguemos: Benja les llamó antes de salir a atender el aviso.

—Muy bien, pues termino de vestirme y bajo enseguida. Nos vemos en la verja.

—Hasta ahora —se despidió su compañero y la llamada concluyó ahí.

Valeria guardó el teléfono en su bolsillo y terminó de ponerse el uniforme. No había mucho tiempo para arreglarse ―gracias a Dios tenía la costumbre de ducharse cada noche, lo cual le ahorraba mucho tiempo por las mañanas― así que simplemente se lavó la cara, recogió su corta melena negra en un moño sencillo y se caló la gorra.

Salió del dormitorio y recorrió el pasillo hasta la puerta principal. No se molestó en cerrar con llave al salir, pues en un pueblo como L’Hort eso no era necesario. Además, nadie era tan tonto como para robar en casa de un guardia civil.

Cuando alcanzó la verja, diez minutos después, Matías la estaba esperando en el coche; la recibió con un «buenos días, mi teniente», y una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, que eran de un bonito tono aceituna. El flequillo oscuro le caía hasta las cejas y su cuerpo de coloso desbordaba por poco el asiento del conductor: medía casi dos metros y pesaba noventa kilos. En palabras de Nati, su mujer, era «un verraco de tío, pero más bueno que el pan».

—Toma —dijo el sargento, pasándole con expresión de disculpa una de las magdalenas que su esposa le ponía cada mañana en la fiambrera—. Hoy no te he dejado desayunar.

—Gracias.

—Hay café recién hecho en el termo, bajo el asiento.

Ella asintió, mientras se llevaba la magdalena a la boca. Disfrutó del sabor y de la agradable textura del postre casero; Nati tenía unas manos de oro para los dulces... Ventajas de ser la repostera del pueblo.

Matías pisó el acelerador y se pusieron en marcha. Al pasar, la teniente se despidió de Gladis: la pava estaba encaramada en un extremo de la valla de piedra que circundaba la granja y su dueña sabía que se pasaría el resto del día allí, vigilando, con algún descanso ocasional para comer o dormitar a la sombra de la morera del patio de atrás.

Si, Gladis tenía sus defectos, pero se tomaba muy en serio el trabajo de pavo guardián.

El museo de Arte e Historia Rural de L’Hort, conocido por todos como «el molino viejo», llevab

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