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GREY

E.L. James  

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Fragmento

Agradecimientos

Gracias a:

Anne Messitte por sus consejos, su buen humor y por su fe en mí. Por ser tan generosa con su tiempo y por no escatimar esfuerzos para depurar mi prosa, estaré en deuda con ella para siempre jamás.

Tony Chirico y Russell Perreault por velar siempre por mí, y al fabuloso equipo editorial de producción y diseño que consiguieron que este libro traspasara la línea de meta: Amy Brosey, Lydia Buechler, Katherine Hourigan, Andy Hugues, Claudia Martinez y Megan Wilson.

Niall Leonard por su amor, su apoyo y su orientación, y por ser el único hombre capaz de hacerme reír de verdad.

Valerie Hoskins, mi agente, sin la cual todavía estaría trabajando en televisión. Gracias por todo.

Kathleen Blandino, Ruth Clampett y Belinda Willis: gracias por la prelectura.

Las lost girls por su preciosísima amistad y por la terapia.

Las bunker babes por su constante ingenio, sabiduría, apoyo y amistad.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Las chicas de FP por su ayuda con mis americanismos.

Peter Branston por su ayuda con la terapia SFBT.

Brian Brunetti por sus consejos sobre cómo pilotar un helicóptero.

La profesora Dawn Carusi por ayudarme a entender el sistema de educación superior de Estados Unidos.

El profesor Chris Collins por los conocimientos en ciencia del suelo.

La doctora Raina Sluder por sus explicaciones sobre salud mental.

Y por último, pero no por ello menos importante, a mis hijos. Os quiero más de lo que puede expresarse con palabras. Llenáis mi vida y la de todos los que os rodean de la mayor felicidad del mundo. Sois unos chicos guapos, divertidos, brillantes y compasivos, y no podría sentirme más orgullosa de vosotros.

Lunes, 9 de mayo de 2011

Tengo tres coches. Van muy rápido por el suelo. Muy, muy rápido. Uno es rojo. Otro es verde. Otro es amarillo. Me gusta el verde. Es el mejor. A mami también le gustan. A mí me gusta cuando mami juega con los coches y conmigo. El rojo es su preferido. Hoy está sentada en el sofá mirando a la pared. El coche verde se estrella en la alfombra. El coche rojo lo sigue. Luego el amarillo. ¡Pum! Pero mami no lo ve. Apunto a sus pies con el coche verde, pero el coche verde se mete debajo del sofá. No puedo cogerlo; mi mano es demasiado grande para el hueco. Mami no ve nada. Quiero mi coche verde, pero mami sigue sentada en el sofá mirando a la pared. «¡Mami! Mi coche.» No me oye. «¡Mami!» Le cojo la mano y se echa hacia atrás y cierra los ojos. «Ahora no, renacuajo. Ahora no», dice. Mi coche verde se queda debajo del sofá. Todavía está debajo del sofá. Lo veo, pero no llego a cogerlo. El coche verde está lleno de polvo. Cubierto de pelo gris y de suciedad. Quiero recuperarlo, pero no lo consigo. Nunca lo consigo. He perdido mi coche verde. Perdido para siempre. Y ya no podré volver a jugar con él.

Abro los ojos y mi sueño se desvanece en la luz de primera hora de la mañana. ¿De qué narices iba todo eso? Intento atrapar algunos fragmentos antes de que desaparezcan, pero todos se me escapan.

Me olvido del sueño, como hago casi todas las mañanas, salgo de la cama y busco unos pantalones de chándal recién lavados en el vestidor. Fuera, un cielo plomizo augura lluvia, y hoy no estoy de humor para mojarme. Decido ir al gimnasio de la planta de arriba, enciendo el televisor para ver las noticias de economía de la edición matinal y me subo a la cinta de correr.

Centro mis pensamientos en el día que me espera. Solo tengo reuniones, aunque he quedado con el entrenador personal un poco más tarde para una sesión en la oficina: Bastille siempre supone un reto estimulante.

¿Y si llamo a Elena?

Sí, tal vez. Podríamos cenar un día de esta semana.

Paro la máquina de correr, sin resuello, y bajo para darme una ducha. Luego me dispongo a enfrentarme a un nuevo día monótono.

—Hasta mañana —murmuro para despedir a Claude Bastille, que está de pie en el umbral de mi oficina.

—Esta semana tenemos golf, Grey. —Bastille sonríe con arrogancia porque sabe que tiene asegurada la victoria en el campo de golf.

Se gira y se va y yo lo veo alejarse con el ceño fruncido. Esa frase antes de irse echa sal en mis heridas, porque a pesar de mis heroicos intentos en el gimnasio esta mañana mi entrenador personal me ha dado una buena paliza. Bastille es el único que puede vencerme y ahora pretende apuntarse otra victoria en el campo de golf. Odio el golf, pero se hacen muchos negocios en las calles de los campos de ese deporte, así que tengo que soportar que me dé lecciones ahí también… Y aunque no me guste admitirlo, Bastille ha conseguido que mejore mi juego.

Mientras miro la vista panorámica de Seattle, el hastío ya familiar se cuela en mi mente. Mi humor está tan gris y aburrido como el cielo. Los días se mezclan unos con otros y soy incapaz de diferenciarlos. Necesito algún tipo de distracción. He trabajado todo el fin de semana y ahora, en los confines siempre constantes de mi despacho, me siento inquieto. No debería estar así después de varios asaltos con Bastille. Pero así me siento.

Frunzo el ceño. Lo cierto es que lo único que ha captado mi interés recientemente ha sido la decisión de enviar dos cargueros a Sudán. Eso me recuerda que se supone que Ros tenía que haberme pasado ya los números y la logística. ¿Por qué demonios se estará retrasando? Miro mi agenda y me acerco para coger el teléfono con intención de descubrir qué está pasando.

Maldita sea. Tengo que soportar una entrevista con la persistente señorita Kavanagh para la revista de la facultad. ¿Por qué demonios accedería? Odio las entrevistas: preguntas insulsas que salen de la boca de imbéciles mal informados e insustanciales que pretenden hurgar en mi vida personal. Y, encima, es una estudiante. Suena el teléfono.

—Sí —le respondo bruscamente a Andrea, como si ella tuviera la culpa. Al menos puedo intentar que la entrevista dure lo menos posible.

—La señorita Anastasia Steele está esperando para verle, señor Grey.

—¿Steele? Esperaba a Katherine Kavanagh.

—Pues es Anastasia Steele quien está aquí, señor.

Odio los imprevistos.

—Dile que pase.

Bueno, bueno… parece que la señorita Kavanagh no ha podido venir… Conozco a su padre: es el propietario de Kavanagh Media. Hemos hecho algunos negocios juntos y parece un tipo listo y un hombre racional. He aceptado la entrevista para hacerle un favor… un favor que tengo intención de cobrarme cuando me convenga. Debo admitir que tenía una vaga curiosidad por conocer a su hija para saber si son de tal palo tal astilla.

Un golpe en la puerta me devuelve a la realidad. Entonces veo una maraña de largo pelo castaño, blanquísimas piernas y botas marrones que aterriza de bruces en mi despacho. Reprimo la irritación que me sale naturalmente ante tal torpeza. Me acerco enseguida a la chica, que está a cuatro patas en el suelo. La sujeto por los hombros delgados y la ayudo a levantarse.

Unos ojos claros y avergonzados se encuentran con los míos y me dejan petrificado. Son de un color de lo más extraordinario, un azul nítido y cándido, y durante un momento horrible me siento como si pudieran ver a través de mí. Me siento… expuesto. La idea me resulta tan inquietante que la borro inmediatamente de mi cabeza.

Tiene la cara pequeña y dulce y se está ruborizando con un inocente rosa pálido. Me pregunto un segundo si toda su piel será así, tan impecable, y qué tal estará sonrosada y caliente después de un golpe con una vara.

Joder.

Freno en seco mis díscolos pensamientos, alarmado por la dirección que están tomando. Pero ¿qué coño estás pensando, Grey? Esta chica es demasiado joven. Me mira con la boca abierta y tengo que contenerme para no poner los ojos en blanco. Sí, sí, nena, no es más que una cara bonita, no hay belleza debajo de la piel. Me gustaría hacer desaparecer de esos ojos esa mirada de admiración, pero mientras tanto ¡vamos a divertirnos un rato!

—Señorita Kavanagh. Soy Christian Grey. ¿Está bien? ¿Quiere sentarse?

Otra vez ese rubor. Ahora que ya he recuperado la compostura y el control, la observo. Es bastante atractiva: menuda y pálida, con una melena oscura que la goma de pelo que lleva apenas puede contener.

Una chica morena.

Sí, es atractiva. Le tiendo la mano y ella balbucea una disculpa mortificada mientras me la estrecha con la suya. Tiene la piel fresca y suave, pero su apretón de manos es sorprendentemente firme.

—La señorita Kavanagh está indispuesta, así que me ha mandado a mí. Espero que no le importe, señor Grey. —Habla en voz baja con una musicalidad vacilante y parpadea como loca agitando las largas pestañas.

Incapaz de mantener al margen de mi voz la diversión que siento al recordar su algo menos que elegante entrada en el despacho, le pregunto quién es.

—Anastasia Steele. Estudio literatura inglesa con Kate… digo… Katherine… bueno… la señorita Kavanagh, en la Estatal de Washington.

Un ratón de biblioteca nervioso y tímido, ¿eh? Parece exactamente eso; va vestida de una manera espantosa, ocultando su complexión delgada bajo un jersey sin forma, una falda marrón acampanada y unas botas cómodas y prácticas. ¿Es que no tiene gusto para vestir? Mira mi despacho con nerviosismo. Lo está observando todo menos a mí, noto con una ironía divertida.

¿Cómo puede ser periodista esta chica? No tiene ni una pizca de determinación en el cuerpo. Está ruborizada, tan dócil, tan cándida… tan sumisa. Niego con la cabeza, asombrado por la línea que están siguiendo mis pensamientos, y me pregunto si las primeras impresiones son de fiar. Le digo algún tópico y le pido que se siente. Después noto que su mirada penetrante observa los cuadros del despacho. Antes de que me dé cuenta, me encuentro explicándole de dónde vienen.

—Un artista de aquí. Trouton.

—Son muy bonitos. Elevan lo cotidiano a la categoría de extraordinario —dice distraída, perdida en el arte exquisito y la técnica perfecta de las obras de Trouton. Su perfil es delicado (la nariz respingona y los labios suaves y carnosos) y sus palabras han expresado exactamente lo que yo siento al mirar los cuadros: «Elevan lo cotidiano a la categoría de extraordinario». Una observación muy inteligente. La señorita Steele es lista.

Me muestro de acuerdo con ella y la observo, fascinado, mientras vuelve a aparecer en su piel ese rubor. Me siento frente a ella e intento dominar mis pensamientos. Ella saca un papel arrugado y una grabadora digital de un bolso demasiado grande. Es un poco manazas, y el maldito cacharro se le cae dos veces sobre mi mesa de café Bauhaus. Es obvio que no ha hecho esto nunca, pero por alguna razón que no logro comprender todo esto me parece divertido. Normalmente esa torpeza me irritaría sobremanera, pero ahora tengo que esconder una sonrisa tras mi dedo índice y contenerme para no colocar el aparato sobre la mesa yo mismo.

Mientras ella se va poniendo más nerviosa por momentos, se me ocurre que yo podría mejorar sus habilidades motoras con la ayuda de una fusta de montar. Bien utilizada puede domar hasta a la más asustadiza. Ese pensamiento hace que me revuelva en la silla. Ella me mira y se muerde el labio carnoso.

¡Joder! ¿Cómo he podido no fijarme antes en lo sugerente que es esa boca?

—Pe… Perdón. No suelo utilizarla.

Está claro, nena, pero ahora mismo me importa una mierda porque no puedo apartar los ojos de tu boca.

—Tómese todo el tiempo que necesite, señorita Steele. —Yo también necesito un momento para controlar estos pensamientos rebeldes.

Grey… para ahora mismo.

—¿Le importa que grabe sus respuestas? —me pregunta con expresión expectante e inocente.

Estoy a punto de echarme a reír.

—¿Me lo pregunta ahora, después de lo que le ha costado preparar la grabadora?

Parpadea y sus ojos se ven muy grandes y perdidos durante un momento. Siento una punzada de culpa que me resulta extraña.

Deja de ser tan gilipollas, Grey.

—No, no me importa. —No quiero ser el responsable de esa mirada.

—¿Le explicó Kate… digo… la señorita Kavanagh para dónde era la entrevista?

—Sí. Para el último número de este curso de la revista de la facultad, porque yo entregaré los títulos en la ceremonia de graduación de este año. —Y no sé por qué demonios he accedido a hacer eso. Sam, de relaciones públicas, me ha dicho que es un honor y el departamento de ciencias medioambientales de la Estatal de Washington necesita la publicidad para conseguir financiación adicional y complementar la beca que les he dado, y Sam es capaz de hacer cualquier cosa para tener presencia en los medios.

La señorita Steele parpadea otra vez, como si mis palabras la hubieran sorprendido… y me mira con desaprobación. ¿Es que no ha hecho ninguna investigación para la entrevista? Debería saberlo. Pensar eso me enfría un poco la sangre. Es… molesto. No es lo que espero de alguien a quien le dedico parte de mi tiempo.

—Bien. Tengo algunas preguntas, señor Grey. —Se coloca un mechón de pelo tras la oreja, y eso me distrae de mi irritación.

—Sí, creo que debería preguntarme algo —murmuro con sequedad. Vamos a hacer que se incomode un poco. Ella se remueve como si hubiera oído mis pensamientos, pero consigue recobrar la compostura, se sienta erguida y cuadra sus delgados hombros. Quiere aparentar profesionalidad. Se inclina y pulsa el botón de la grabadora y después frunce el ceño al mirar sus notas arrugadas.

—Es usted muy joven para haber amasado este imperio. ¿A qué se debe su éxito?

Seguro que sabe hacerlo mejor. Qué pregunta más aburrida. Ni una pizca de originalidad. Qué decepcionante. Le recito de memoria mi respuesta habitual sobre la gente excepcional que trabaja para mí, gente en la que confío (en la medida en que yo puedo confiar en alguien) y a la que pago bien, bla, bla, bla… Pero, señorita Steele, la verdad es que soy un puto genio en lo que hago. Para mí está chupado: compro empresas con problemas y que están mal gestionadas, las rehabilito y me quedo algunas; o, si están hundidas del todo, les extraigo los activos útiles y los vendo al mejor postor. Es cuestión de saber cuál es la diferencia entre las dos, y eso invariablemente depende de la gente que está al cargo. Para tener éxito en un negocio se necesita buena gente, y yo sé juzgar a las personas mejor que la mayoría.

—Quizá solo ha tenido suerte —dice en voz baja.

¿Suerte? Me recorre el cuerpo un estremecimiento irritado. ¿Suerte? ¿Cómo se atreve? Parece apocada y tímida, pero ese comentario… Nadie me había preguntado nunca si he tenido suerte. Trabajar duro, escoger a las personas adecuadas, vigilarlas de cerca, cuestionarlas si es preciso y, si no se aplican a la tarea, librarme de ellas sin miramientos. Eso es lo que yo hago, y lo hago bien. ¡Y no tiene nada que ver con la suerte! Bueno, a la mierda. En un alarde de erudición, le cito las palabras de Harvey Firestone, mi empresario americano favorito:

—«La labor más importante de los directivos es que las personas crezcan y se desarrollen.»

—Parece usted un maniático del control —responde, y lo dice completamente en serio.

Pero ¿qué coño…? Tal vez esos ojos cándidos sí que ven a través de mí.

Control es como mi segundo nombre, cariño.

La miro fijamente con la esperanza de intimidarla.

—Bueno, lo controlo todo, señorita Steele. —Y me gustaría controlarte a ti, aquí y ahora.

Ese rubor tan atractivo vuelve a aparecer en su cara una vez más y se muerde de nuevo el labio. Yo sigo yéndome por las ramas, intentando apartar mi atención de su boca.

—Además, decirte a ti mismo, en tu fuero más íntimo, que has nacido para ejercer el control te concede un inmenso poder.

—¿Le parece a usted que su poder es inmenso? —me pregunta con voz suave y serena, pero arquea su delicada ceja y sus ojos me miran con censura. ¿Me está provocando deliberadamente? ¿Y me molesta por sus preguntas, por su actitud o porque me parece atractiva? Mi irritación aumenta por momentos.

—Tengo más de cuarenta mil empleados, señorita Steele. Eso me otorga cierto sentido de la responsabilidad… poder, si lo prefiere. Si decidiera que ya no me interesa el negocio de las telecomunicaciones y lo vendiera todo, veinte mil personas pasarían apuros para pagar la hipoteca en poco más de un mes.

Se le abre la boca al oír mi respuesta. Así está mejor. Chúpate esa, nena. Siento que recupero el equilibrio.

—¿No tiene que responder ante una junta directiva?

—Soy el dueño de mi empresa. No tengo que responder ante ninguna junta directiva. —Ella debería saberlo ya.

—¿Y cuáles son sus intereses, aparte del trabajo? —continúa apresuradamente porque ha identificado mi reacción. Sabe que estoy cabreado y por alguna razón inexplicable eso me complace muchísimo.

—Me interesan cosas muy diversas, señorita Steele. Muy diversas. —Imágenes de ella en diferentes posturas en mi cuarto de juegos me cruzan la mente: esposada a la cruz, con las extremidades estiradas y atada a la cama de cuatro postes, tumbada sobre el banco de azotar… Fíjate… ese rubor otra vez. Es como un mecanismo de defensa.

—Pero si trabaja tan duro, ¿qué hace para relajarse?

—¿Relajarme? —Le sonrío; esa palabra suena un poco rara pero graciosa viniendo de su lengua viperina. Además, ¿de dónde voy a sacar tiempo para relajarme? No tiene ni idea de lo que hago, pero me mira con esos ojos azules ingenuos y para mi sorpresa me encuentro reflexionando sobre la pregunta. ¿Qué hago para relajarme? Navegar, volar, follar… Poner a prueba los límites de chicas morenas atractivas como ella hasta que las doblego… Solo de pensarlo me revuelvo en el asiento, pero le respondo de forma directa, omitiendo unas cuantas aficiones favoritas.

—Invierte en fabricación. ¿Por qué en fabricación en concreto?

—Me gusta construir. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, cuál es su mecanismo, cómo se montan y se desmontan. Y me encantan los barcos. ¿Qué puedo decirle? —Distribuyen comida por todo el planeta.

—Parece que el que habla es su corazón, no la lógica y los hechos.

¿Corazón? ¿Yo? Oh, no, nena.

Mi corazón fue destrozado hasta quedar irreconocible hace tiempo.

—Es posible. Aunque algunos dirían que no tengo corazón.

—¿Por qué dirían algo así?

—Porque me conocen bien. —Le dedico una media sonrisa. De hecho nadie me conoce tan bien, excepto Elena tal vez. Me pregunto qué le parecería a ella la pequeña señorita Steele… Esta chica es un cúmulo de contradicciones: tímida, incómoda, claramente inteligente y mucho más que excitante.

Sí, vale, lo admito: me parece despampanante.

Me suelta la siguiente pregunta sin mirar el papel.

—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo?

—Soy una persona muy reservada, señorita Steele. Hago todo lo posible por proteger mi vida privada. No suelo ofrecer entrevistas. —Haciendo lo que yo hago y viviendo la vida que he elegido, necesito proteger mi intimidad.

—¿Por qué aceptó esta?

—Porque soy mecenas de la universidad, y porque, por más que lo intentara, no podía sacarme de encima a la señorita Kavanagh. No dejaba de dar la lata a mis relaciones públicas, y admiro esa tenacidad. —Pero me alegro de que seas tú la que ha venido y no ella.

—También invierte en tecnología agrícola. ¿Por qué le interesa este ámbito?

—El dinero no se come, señorita Steele, y hay demasiada gente en el mundo que no tiene qué comer. —Me la quedo mirando con cara de póquer.

—Suena muy filantrópico. ¿Le apasiona la idea de alimentar a los pobres del mundo? —Me mira con una expresión curiosa, como si yo fuera un enigma que tiene que resolver, pero no hay forma de que esos grandes ojos azules puedan ver mi alma oscura. Eso no es algo que esté abierto a discusión. Pasa a otro tema, Grey.

—Es un buen negocio —murmuro, fingiendo aburrirme, y me imagino follándole esa boca de lengua viperina para distraerme de esos pensamientos sobre el hambre. Sí, esa boca necesita entrenamiento, y me permito imaginarla de rodillas delante de mí. Vaya, ese pensamiento sí es sugerente…

Formula su siguiente pregunta, sacándome de mi ensoñación particular.

—¿Tiene una filosofía? Y si la tiene, ¿en qué consiste? —Vuelve a leer como un papagayo.

—No tengo una filosofía como tal. Quizá un principio que me guía… de Carnegie: «Un hombre que consigue adueñarse absolutamente de su mente puede adueñarse de cualquier otra cosa para la que esté legalmente autorizado». Soy muy peculiar, muy tenaz. Me gusta el control… de mí mismo y de los que me rodean.

—Entonces quiere poseer cosas…

Sí, nena. A ti, para empezar… Arrugo la frente, sorprendido por ese pensamiento.

—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en el fondo es eso.

—Parece usted el paradigma del consumidor. —Su voz tiene un tono de desaprobación que me molesta.

—Lo soy.

Parece una niña rica que ha tenido todo lo que ha querido, pero cuando me fijo en su ropa me doy cuenta de que no es así: va vestida de grandes almacenes, Old Navy o H&M seguramente. No ha crecido en un hogar acomodado.

Yo podría cuidarte y ocuparme de ti.

¿De dónde coño ha salido eso?

Aunque, ahora que lo pienso, necesito a una nueva sumisa. Han pasado… ¿qué? ¿Dos meses desde Susannah? Y aquí estoy, babeando por esta mujer. Pruebo con una sonrisa afable. No hay nada malo en el consumo: al fin y al cabo, eso es lo que mueve lo que queda de la economía americana.

—Fue un niño adoptado. ¿Hasta qué punto cree que eso ha influido en su manera de ser?

¿Y eso qué narices tiene que ver con el precio del petróleo? Qué pregunta más ridícula. Si me hubiera quedado con la puta adicta al crack probablemente ahora estaría muerto. Le respondo con algo que no es una verdadera respuesta, intentando mantener mi voz serena, pero insiste preguntándome a qué edad me adoptaron.

¡Haz que se calle de una vez, Grey!

Mi tono se vuelve glacial.

—Todo el mundo lo sabe, señorita Steele.

Esto también debería saberlo. Ahora parece arrepentida y se retira un mechón rebelde de pelo tras la oreja. Bien.

—Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo.

—Eso no es una pregunta —le suelto bruscamente.

Se sobresalta, a todas luces avergonzada, pero tiene la elegancia de disculparse y reformula la pregunta.

—¿Ha tenido que sacrificar su vida familiar por el trabajo?

¿Y para qué querría tener una familia?

—Tengo familia. Un hermano, una hermana y unos padres que me quieren. Pero no me interesa seguir hablando de mi familia.

—¿Es usted gay, señor Grey?

¡Pero qué coño…! ¡No me puedo creer que haya llegado a decir eso en voz alta! Una pregunta que, irónicamente, ni siquiera mi familia se atreve a hacerme. ¡Cómo se atreve! Tengo que reprimir la necesidad imperiosa de arrancarla de su asiento, ponerla sobre mis rodillas y azotarla para después follármela encima de mi mesa con las manos atadas detrás de la espalda. Eso respondería perfectamente a su ridícula pregunta. Inspiro hondo para calmarme. Para mi deleite vengativo, parece muy avergonzada por su propia pregunta.

—No, Anastasia, no soy gay. —Levanto ambas cejas, pero mantengo la expresión impasible. Anastasia. Es un nombre muy bonito. Me gusta cómo me acaricia la lengua.

—Le pido disculpas. Está… bueno… está aquí escrito. —Se coloca el pelo detrás de la oreja. Evidentemente, es un tic nervioso.

¿Acaso no son suyas las preguntas? Se lo pregunto y ella palidece. Maldita sea, es realmente atractiva, aunque de una forma discreta.

—Bueno… no. Kate… la señorita Kavanagh… me ha pasado una lista.

—¿Son compañeras de la revista de la facultad?

—No. Es mi compañera de piso.

Ahora entiendo por qué se comporta así. Me rasco la barbilla y me debato entre hacérselo pasar muy mal o no.

—¿Se ha ofrecido usted para hacer esta entrevista? —le pregunto, y me recompensa con una mirada sumisa: está nerviosa y agobiada por mi reacción. Me gusta el efecto que tengo sobre ella.

—Me lo ha pedido ella. No se encuentra bien —dice en voz baja.

—Esto explica muchas cosas.

Llaman a la puerta y aparece Andrea.

—Señor Grey, perdone que lo interrumpa, pero su próxima reunión es dentro de dos minutos.

—No hemos terminado, Andrea. Cancela mi próxima reunión, por favor.

Andrea duda y me mira con la boca abierta. Yo me quedo mirándola fijamente. ¡Fuera! ¡Ahora! Estoy ocupado con la señorita Steele.

—Muy bien, señor Grey —dice, recobrándose rápidamente.

Gira sobre sus talones y sale del despacho.

Vuelvo a centrar mi atención en la intrigante y frustrante criatura que tengo sentada en mi sofá.

—¿Por dónde íbamos, señorita Steele?

—No quisiera interrumpir sus obligaciones.

Oh, no, nena. Ahora me toca a mí. Quiero saber si hay algún secreto que descubrir detrás de esa preciosa cara.

—Quiero saber de usted. Creo que es lo justo. —Me acomodo en el respaldo y apoyo un dedo sobre los labios. Veo que sus ojos se dirigen a mi boca y traga saliva. Oh, sí… el efecto habitual. Es gratificante saber que no es completamente ajena a mis encantos.

—No hay mucho que saber —me dice, y vuelve el rubor.

La estoy intimidando. Bien.

—¿Qué planes tiene después de graduarse?

—No he hecho planes, señor Grey. Tengo que aprobar los exámenes finales.

—Aquí tenemos un excelente programa de prácticas.

¿Qué me ha poseído para decir eso? Va contra las reglas, Grey. Prohibido follar con el personal… Pero tú no te estás follando a esta chica.

Parece sorprendida y sus dientes vuelven a clavarse en su labio. ¿Por qué me resulta excitante eso?

—Lo tendré en cuenta —murmura. Y después añade—: Aunque no creo que encajara aquí.

—¿Por qué lo dice? —le pregunto.

¿Qué le pasa a mi empresa?

—Es obvio, ¿no?

—Para mí no. —Me confunde su respuesta.

Está nerviosa de nuevo y estira el brazo para coger la grabadora.

Mierda, se va. Repaso mentalmente mi agenda para la tarde… No hay nada que no pueda esperar.

—¿Le gustaría que le enseñara el edificio?

—Seguro que está muy ocupado, señor Grey, y yo tengo un largo camino.

—¿Vuelve en coche a Vancouver? —Miro por la ventana. Es mucha distancia y está lloviendo. No debería conducir con este tiempo, pero no puedo prohibírselo. Eso me irrita—. Bueno, conduzca con cuidado. —Mi voz suena más dura de lo que pretendía.

Ella intenta torpemente guardar la grabadora. Tiene prisa por salir de mi despacho y, para mi sorpresa, yo no deseo que se vaya.

—¿Me ha preguntado todo lo que necesita? —digo en un esfuerzo claro por prolongar su estancia.

—Sí, señor —dice en voz baja.

Su respuesta me deja helado: esas palabras suenan de una forma en su boca de listilla… Brevemente me imagino esa boca a mi entera disposición.

—Gracias por la entrevista, señor Grey.

—Ha sido un placer —le respondo. Y lo digo completamente en serio; hacía mucho que nadie me fascinaba tanto. Y eso es perturbador.

Ella se pone de pie y yo le tiendo la mano, muy ansioso por tocarla.

—Hasta la próxima, señorita Steele —digo en voz baja. Ella me estrecha la mano. Sí, quiero azotar y follarme a esta chica en mi cuarto de juegos. Tenerla atada y suplicando… necesitándome, confiando en mí. Trago saliva.

No va a pasar, Grey.

—Señor Grey —se despide con la cabeza y aparta la mano rápidamente… demasiado rápidamente.

No puedo dejar que se vaya así. Pero es obvio que se muere por salir de aquí. Es muy irritante, pero en cuanto abro la puerta del despacho, me viene la inspiración.

—Asegúrese de cruzar la puerta con buen pie, señorita Steele.

Sus labios forman una línea recta.

—Muy amable, señor Grey —me suelta bruscamente.

¡La señorita Steele tiene dientes! Sonrío mientras la observo al salir y la sigo. Tanto Andrea como Olivia levantan la vista alucinadas. Sí, sí… La estoy acompañando a la puerta.

—¿Ha traído abrigo? —pregunto.

—Chaqueta.

Lanzo a Olivia una mirada elocuente e inmediatamente salta para traer una chaqueta azul marino. Me la da con su expresión afectada habitual. Dios, qué irritante es Olivia… Suspirando por mí a todas horas…

Mmm… Es una chaqueta vieja y barata. La señorita Anastasia Steele debería ir mejor vestida. La sostengo para que se la ponga y, al colocársela sobre los hombros delgados, le rozo la piel de la nuca. Ella se queda helada ante el contacto y palidece.

¡Sí! Ejerzo algún efecto sobre ella. Saberlo es algo inmensamente gratificante. Me acerco al ascensor y pulso el botón mientras ella espera a mi lado, revolviéndose, incapaz de permanecer quieta.

Oh, yo podría hacer que dejaras de revolverte de esa forma, nena.

Las puertas se abren y ella se apresura a entrar; luego se gira para mirarme. Es más que atractiva. Llegaría incluso a decir que es verdaderamente guapa.

—Anastasia —le digo a modo de despedida.

—Christian —susurra en respuesta. Y las puertas del ascensor se cierran dejando mi nombre en el aire con un sonido extraño, poco familiar, pero mucho más que sexy.

Joder… ¿Qué ha sido eso?

Necesito saber más sobre esta chica.

—Andrea —exclamo mientras camino decidido de vuelta a mi despacho—. Ponme con Welch inmediatamente.

Me siento a la mesa esperando que me pase la llamada y miro los cuadros colgados de las paredes de mi despacho. Las palabras de la señorita Steele vuelven a mí: «Elevan lo cotidiano a la categoría de extraordinario». Eso podría ser una buena descripción de ella.

El teléfono suena.

—Tengo al señor Welch al teléfono.

—Pásamelo.

—Sí, señor.

—Welch, necesito un informe.

Sábado, 14 de mayo de 2011

 

Anastasia Rose Steele

Fecha de nacimiento:

10 de septiembre de 1989, Montesano, Washington

Dirección:

1114 SW Green Street, Apartamento 7, Haven Heights, Vancouver, Washington 98888

Teléfono móvil:

360 959 4352

N.º de la Seguridad Social:

987-65-4320

Datos bancarios:

Wells Fargo Bank, Vancouver, Washington 98888
Número de cuenta: 309361
Saldo: 683,16 dólares

Profesión:

Estudiante de la Universidad Estatal de Washington, facultad de letras, campus de Vancouver - Especialidad: literatura inglesa

Nota media:

4 sobre 5

Formación anterior:

Instituto de Montesano

Nota en examen de acceso a la universidad:

2150

Actividad laboral:

Ferretería Clayton’s
NW Vancouver Drive, Portland, Oregón (a tiempo parcial)

Padre:

Franklin A. Lambert
-fecha de nacimiento: 1 de septiembre de 1969
-fallecido el 11 de septiembre de 1989

Madre:

Carla May Wilks Adams
-fecha de nacimiento: 18 de julio de 1970
-casada con Frank Lambert el 1 de marzo de 1989; enviudó el 11 de septiembre de 1989
-casada con Raymond Steele el 6 de junio de 1990; divorciada el 12 de julio de 2006
-casada con Stephen M. Morton el 16 de agosto de 2006; divorciada el 31 de enero de 2007
-casada con Robbin (Bob) Adams el 6 de abril de 2009

Afiliaciones políticas:

No se le conocen

Afiliaciones religiosas:

No se le conocen

Orientación sexual:

Desconocida

Relaciones sentimentales:

Ninguna en la actualidad

Estudio el escueto informe por centésima vez desde que lo recibí hace dos días, buscando alguna pista sobre la enigmática señorita Anastasia Rose Steele. No puedo sacármela de la cabeza y está empezando a irritarme de verdad. Esta pasada semana, durante unas reuniones particularmente aburridas, me he encontrado reproduciendo de nuevo la entrevista en mi cabeza. Sus dedos torpes con la grabadora, la forma en que se colocaba el pelo detrás de la oreja, cómo se mordía el labio. Sí. Eso de morderse el labio me tiene loco.

Y ahora aquí estoy, aparcado delante de la ferretería Clayton’s, un negocio familiar en las afueras de Portland donde ella trabaja.

Eres un idiota, Grey. ¿Por qué estás aquí?

Sabía que iba a acabar así. Toda la semana… Sabía que tenía que verla de nuevo. Lo supe desde que pronunció mi nombre en el ascensor. He intentado resistirme. He esperado cinco días, cinco putos días para intentar olvidarme de ella. Y yo no espero. No me gusta esperar… para nada. Nunca antes he perseguido a una mujer. Las mujeres han entendido siempre lo que quería de ellas. Ahora temo que la señorita Steele sea demasiado joven y no le interese lo que tengo que ofrecer… ¿Le interesará? ¿Podría ser una buena sumisa? Niego con la cabeza. Por eso estoy aquí como un tonto, sentado en un aparcamiento de las afueras en un barrio de Portland muy deprimente.

Su informe no me ha desvelado nada reseñable. Excepto el último dato, que no abandona mi mente. Y es la razón por la que estoy aquí. ¿Por qué no tiene novio, señorita Steele? «Orientación sexual: Desconocida.» Tal vez sea lesbiana. Río entre dientes, pensando que es poco probable. Recuerdo la pregunta que me hizo durante la entrevista, su vergüenza, cómo se sonrojó con ese rubor rosa pálido… Llevo sufriendo esos pensamientos lascivos desde que la conocí.

Por eso estás aquí.

Estoy deseando volver a verla… Esos ojos azules me persiguen, incluso en sueños. No le he hablado de ella a Flynn, y me alegro de no haberlo hecho porque ahora me estoy comportando como un acosador. Tal vez debería contárselo. No, no quiero que me vuelva loco con su última mierda de terapia centrada en soluciones. Solo necesito una distracción, y ahora mismo la única distracción que quiero trabaja de cajera en una ferretería.

Ya has venido hasta aquí. Vamos a ver si la pequeña señorita Steele es tan atractiva como la recuerdas. Ha llegado la hora del espectáculo, Grey. Suena una campana con un tono electrónico cuando entro en la tienda.

Es más grande de lo que parece desde fuera, y, aunque es casi la hora de comer, el lugar está tranquilo teniendo en cuenta que es sábado. Hay pasillos y pasillos llenos de los artículos habituales de una tienda de esas características. Se me habían olvidado las posibilidades que una ferretería le ofrece a alguien como yo. Normalmente compro por internet lo que necesito, pero ya que estoy aquí voy a llevarme unas cuantas cosas: velcro, anillas… Sí. Encontraré a la deliciosa señorita Steele y me divertiré un poco.

Solo necesito tres segundos para localizarla. Está encorvada sobre el mostrador, mirando fijamente la pantalla del ordenador y comiendo un bagel distraída. Sin darse cuenta se quita un resto de la comisura de la boca con el dedo, se mete el dedo en la boca y lo chupa. Mi polla se agita en respuesta. ¿Es que acaso tengo catorce años? Mi reacción es muy irritante. Tal vez consiga detener esta respuesta si la esposo, me la follo y la azoto con el látigo… y no necesariamente en ese orden. Sí. Eso es lo que necesito.

Está muy concentrada en su tarea y eso me da la oportunidad de observarla. Al margen de mis pensamientos perversos, es atractiva, bastante atractiva. La recordaba bien.

Ella levanta la vista y se queda petrificada. Es tan inquietante como la primera vez que la vi. Se limita a mirarme, sorprendida, creo, y no sé si eso es una respuesta buena o mala.

—Señorita Steele, qué agradable sorpresa.

—Señor Grey —susurra jadeante y ruborizada. Ah… es una buena respuesta.

—Pasaba por aquí. Necesito algunas cosas. Es un placer volver a verla, señorita Steele. —Un verdadero placer. Va vestida con una camiseta ajustada y vaqueros, nada que ver con la ropa sin forma que llevaba el otro día. Ahora es toda piernas largas, cintura estrecha y tetas perfectas. Sigue mirándome con la boca abierta por la sorpresa y tengo que resistir la tentación de empujarle un poco la barbilla para cerrarle la boca. He volado desde Seattle solo para verla, y con lo que tengo delante ahora creo que ha merecido la pena el viaje.

—Ana. Me llamo Ana. ¿En qué puedo ayudarle, señor Grey? —Inspira hondo, cuadra los hombros igual que hizo durante la entrevista, y me dedica una sonrisa falsa que estoy seguro de que reserva para los clientes.

Empieza el juego, señorita Steele.

—Necesito un par de cosas. Para empezar, bridas para cables.

Mi petición la coge desprevenida, se ha quedado atónita. Vaya, esto va a ser divertido. Le sorprendería saber lo que puedo hacer con ellas, señorita Steele…

—Tenemos varias medidas. ¿Quiere que se las muestre? —contesta, recuperando la voz.

—Sí, por favor. La acompaño, señorita Steele.

Sale de detrás del mostrador y señala uno de los pasillos. Lleva unas zapatillas Converse. Sin darme cuenta me pregunto qué tal le quedarían unos tacones de vértigo. Louboutin… Nada más que Louboutin.

—Están con los artículos de electricidad, en el pasillo número ocho. —Le tiembla la voz y se sonroja…

Le afecto. La esperanza nace en mi pecho. No es lesbiana. Sonrío para mis adentros.

—La sigo —murmuro y extiendo la mano para señalarle que vaya delante. Si ella va delante tengo tiempo y espacio para admirar ese culo fantástico. La larga y gruesa coleta marca el compás del suave contoneo de sus caderas como si se tratara de un metrónomo. La verdad es que lo tiene todo: es dulce, educada y bonita, con todos los atributos físicos que yo valoro en una sumisa. Pero la pregunta del millón es: ¿podría ser una sumisa? Seguro que no sabe nada de ese estilo de vida (mi estilo de vida), pero me encantaría introducirla en ese mundo. Te estás adelantando mucho, Grey.

—¿Ha venido a Portland por negocios? —pregunta interrumpiendo mis pensamientos. Habla en voz alta, intentando fingir desinterés. Me entran ganas de reír. Las mujeres no suelen hacerme reír.

—He ido a visitar el departamento de agricultura de la universidad, que está en Vancouver —miento. De hecho he venido a verla a usted, señorita Steele.

Ella se sonroja y yo me siento fatal.

—En estos momentos financio una investigación sobre rotación de cultivos y ciencia del suelo. —Eso es cierto, por lo menos.

—¿Forma parte de su plan para alimentar al mundo? —Enarca una ceja, divertida.

—Algo así —murmuro. ¿Se está riendo de mí? Oh, me encantaría quitarle eso de la cabeza si es lo que pretende. Pero ¿cómo empezar? Tal vez con una cena en vez de la entrevista habitual. Eso sí que sería una novedad: llevar a cenar a un proyecto de sumisa…

Llegamos a donde están las bridas, que están clasificadas por tamaños y colores. Mis dedos recorren los paquetes distraídamente. Podría pedirle que saliéramos a cenar. ¿Como si fuera una cita? ¿Aceptaría? Cuando la miro, ella se está observando los dedos entrelazados. No puede mirarme… Prometedor. Escojo las bridas más largas. Son las que más posibilidades tienen: pueden sujetar dos muñecas y dos tobillos a la vez.

—Estas me irán bien.

—¿Algo más? —pregunta apresuradamente. O está siendo muy eficiente o está deseando que me vaya de la tienda, una de dos, no sabría decirlo.

—Quisiera cinta adhesiva.

—¿Está decorando su casa?

—No, no estoy decorándola.

Si tú supieras…

—Por aquí —dice—. La cinta está en el pasillo de la decoración.

Vamos, Grey. No tienes mucho tiempo. Entabla una conversación.

—¿Lleva mucho tiempo trabajando aquí? —Ya sé la respuesta, claro. A diferencia del resto de la gente, yo investigo de antemano. Vuelve a ruborizarse… Dios, qué tímida es esta chica. No tengo ninguna oportunidad de conseguir lo que quiero. Se gira rápidamente y camina por el pasillo hacia la sección de decoración. Yo la sigo encantado, como un perrito faldero.

—Cuatro años —murmura cuando llegamos a donde está la cinta. Se agacha y coge dos rollos, cada uno de un ancho diferente.

—Me llevaré esta —decido. La más ancha es mucho mejor como mordaza. Al pasármela, las puntas de nuestros dedos se rozan brevemente. Ese contacto tiene un efecto en mi entrepierna. ¡Joder!

Ella palidece.

—¿Algo más? —Su voz es ronca y entrecortada.

Dios, yo le causo el mismo efecto que el que ella tiene sobre mí. Tal vez sí…

—Un poco de cuerda.

—Por aquí. —Cruza el pasillo, lo que me da otra oportunidad de apreciar su bonito culo—. ¿Qué tipo de cuerda busca? Tenemos de fibra sintética, de fibra natural, de cáñamo, de cable…

Mierda… para. Gruño en mi interior intentando apartar la imagen de ella atada y suspendida del techo del cuarto de juegos.

—Cinco metros de la de fibra natural, por favor. —Es más gruesa y deja peores marcas si tiras de ella… es mi cuerda preferida.

Veo que sus dedos tiemblan, pero mide los cinco metros con eficacia, saca un cúter del bolsillo derecho, corta la cuerda con un gesto rápido, la enrolla y la anuda con un nudo corredizo. Impresionante.

—¿Iba usted a las scouts?

—Las actividades en grupo no son lo mío, señor Grey.

—¿Qué es lo suyo, Anastasia? —Sus iris se dilatan mientras la miro fijamente. ¡Sí!

—Los libros —susurra.

—¿Qué tipo de libros?

—Bueno, lo normal. Los clásicos. Sobre todo literatura inglesa.

¿Literatura inglesa? Las Brontë y Austen, seguro. Esas novelas románticas llenas de flores y corazones. Joder. Eso no es bueno.

—¿Necesita algo más?

—No lo sé. ¿Qué me recomendaría? —Quiero ver su reacción.

—¿De bricolaje? —me pregunta, sorprendida.

Estoy a punto de soltar una carcajada. Oh, nena, el bricolaje no es lo mío. Asiento aguantándome la risa. Sus ojos me recorren el cuerpo y yo me pongo tenso. ¡Me está dando un repaso!

—Un mono de trabajo —suelta de pronto.

Es lo más inesperado que le he oído decir a su dulce boca viperina desde la pregunta sobre si era gay.

—No querrá que se le estropee la ropa… —dice señalando mis vaqueros.

No puedo resistirme.

—Siempre puedo quitármela.

—Ya. —Ella se pone escarlata y mira al suelo.

—Me llevaré un mono de trabajo. No vaya a ser que se me estropee la ropa —murmuro para sacarla de su apuro.

Sin decir nada se gira y cruza el pasillo. Yo sigo su seductora estela una vez más.

—¿Necesita algo más? —me pregunta sin aliento mientras me pasa un mono azul. Está cohibida y sigue mirando al suelo. Dios, las cosas que me provoca…

—¿Cómo va el artículo? —le pregunto deseando que se relaje un poco.

Levanta la vista y me dedica una breve sonrisa relajada. Por fin.

—No estoy escribiéndolo yo, sino Katherine. La señorita Kavanagh, mi compañera de piso. Está muy contenta. Es la editora de la revista y se quedó destrozada por no haber podido hacerle la entrevista personalmente.

Es la frase más larga que me ha dicho desde que nos conocimos y está hablando de otra persona, no de sí misma. Interesante.

Antes de que pueda decir nada, ella añade:

—Lo único que le preocupa es que no tiene ninguna foto suya original.

La tenaz señorita Kavanagh quiere fotografías. Publicidad, ¿eh? Puedo hacerlo. Y eso me permitirá pasar más tiempo con la deliciosa señorita Steele.

—¿Qué tipo de fotografías quiere?

Ella me mira un momento y después niega con la cabeza, confusa, sin saber qué decir.

—Bueno, voy a estar por aquí. Quizá mañana… —Puedo quedarme en Portland. Trabajar desde un hotel. Una habitación en el Heathman quizá. Necesitaré que venga Taylor y me traiga el ordenador y ropa. También puede venir Elliot… A menos que esté por ahí tirándose a alguien, que es lo que suele hacer los fines de semana.

—¿Estaría dispuesto a hacer una sesión de fotos? —No puede ocultar su sorpresa.

Asiento brevemente. Sí, quiero pasar más tiempo contigo… Tranquilo, Grey.

—Kate estará encantada… si encontramos a un fotógrafo. —Sonríe y su cara se ilumina como un atardecer de verano. Dios, es impresionante.

—Dígame algo mañana. —Saco la cartera de los vaqueros—. Mi tarjeta. Está mi número de móvil. Tendría que llamarme antes de las diez de la mañana. —Si no me llama, volveré a Seattle y me olvidaré de esta aventura estúpida. Pensar eso me deprime.

—Muy bien. —Sigue sonriendo.

—¡Ana! —Ambos nos volvemos cuando un hombre joven, vestido de forma cara pero informal, aparece en un extremo del pasillo. No le quita los ojos de encima a la señorita Anastasia Steele. ¿Quién coño es ese gilipollas?

—Discúlpeme un momento, señor Grey. —Se acerca a él y el cabrón la envuelve en un abrazo de oso. Se me hiela la sangre. Es una respuesta primitiva. Quita tus putas zarpas de ella. Mis manos se convierten en puños y solo me aplaco un poco al ver que ella no hace nada para devolverle el abrazo.

Se enfrascan en una conversación en susurros. Tal vez la información de Welch no era correcta. Tal vez ese tío sea su novio. Tiene la edad apropiada y no puede apartar los ojos de ella. La mantiene agarrada pero se separa un poco para mirarla, examinándola, y después le apoya el brazo con confianza sobre los hombros. Parece un gesto casual, pero sé que está reivindicando su lugar y transmitiéndome que me retire. Ella parece avergonzada y cambia el peso de un pie al otro.

Mierda. Debería marcharme. He ido demasiado lejos, es evidente que está con este tío. Entonces ella le dice algo y él se aparta, tocándole el brazo, no la mano, y se lo quita de encima. Está claro que no están unidos. Bien.

—Paul, te presento a Christian Grey. Señor Grey, este es Paul Clayton, el hermano del dueño de la tienda. —Me dedica una mirada extraña que no comprendo y continúa—: Conozco a Paul desde que trabajo aquí, aunque no nos vemos muy a menudo. Ha vuelto de Princeton, donde estudia administración de empresas.

Habla atropelladamente, está ofreciéndome una larga explicación para decirme que no están juntos. O eso creo. Es el hermano del jefe, no su novio. Siento un alivio inmenso que no esperaba y que hace que frunza el ceño. Esta chica me ha calado hondo…

—Señor Clayton —saludo en un tono deliberadamente cortante.

—Señor Grey. —Me tiende una mano lánguida, tan lánguida como su pelo—. Espera… ¿No será el famoso Christian Grey? ¿El de Grey Enterprises Holdings? —En un segundo veo cómo pasa de territorial a solícito.

Sí, ese soy yo, imbécil.

—Uau… ¿Puedo ayudarle en algo?

—Se ha ocupado Anastasia, señor Clayton. Ha sido muy atenta. —Ahora lárgate.

—Estupendo —dice obsequioso, todo sonrisas—. Nos vemos luego, Ana.

—Claro, Paul —dice y él se va, por fin. Le veo desaparecer en dirección al almacén.

—¿Algo más, señor Grey?

—Nada más —murmuro. Mierda, me quedo sin tiempo y sigo sin saber si voy a volver a verla. Tengo que saber si hay alguna posibilidad de que llegue a considerar lo que tengo en mente. ¿Cómo podría preguntárselo? ¿Estoy listo para aceptar a una nueva sumisa, una que no sepa nada? Va a necesitar mucho adiestramiento. Cierro los ojos e imagino todas las interesantes posibilidades que eso presenta… Joder, adiestrarla va a constituir la mitad de la diversión. ¿Le interesará? ¿O lo estoy interpretando todo mal?

Ella se dirige al mostrador y marca el precio de los artículos que quiero sin apartar la vista de la caja en ningún momento. ¡Mírame, maldita sea! Quiero volver a verle la cara para saber qué está pensando.

Por fin levanta la cabeza.

—Serán cuarenta y tres dólares, por favor.

¿Eso es todo?

—¿Quiere una bolsa? —me pregunta, cuando le tiendo mi American Express.

—Sí, gracias, Anastasia. —Su nombre, un bonito nombre para una chica bonita, me acaricia la lengua.

Mete los objetos con eficiencia en la bolsa. Ya está. Tengo que irme.

—Ya me llamará si quiere que haga la sesión de fotos.

Asiente y me devuelve la tarjeta.

—Bien. Hasta mañana, quizá. —No puedo irme así. Tengo que hacerle saber que me interesa—. Ah, una cosa, Anastasia… Me alegro de que la señorita Kavanagh no pudiera hacerme la entrevista. —Parece sorprendida y halagada. Eso está bien. Me cuelgo la bolsa del hombro y salgo de la tienda.

Sí, aunque eso vaya en contra de mi buen juicio, la deseo. Ahora tengo que esperar… joder, esperar… otra vez. Haciendo gala de una fuerza de voluntad que enorgullecería a Elena, mantengo la mirada al frente mientras saco el móvil del bolsillo y subo al coche de alquiler. Me he propuesto no volver la vista. No voy a hacerlo. Ni hablar. Los ojos se me van al espejo retrovisor, en el que queda enmarcada la puerta de la tienda, pero lo único que veo es la fachada anticuada. Ana no se ha acercado al escaparate para mirar por la cristalera.

Qué decepción.

Marco el 1 y Taylor contesta antes de que suene el primer tono.

—Señor Grey —dice.

—Reserva una habitación en el Heathman, pasaré el fin de semana en Portland. Y tráete el SUV, el ordenador y el informe que está junto a él. Ah, y también un par de mudas.

—Sí, señor. ¿Y el Charlie Tango?

—Que Joe lo lleve al aeropuerto de Portland.

—De acuerdo, señor. Estaré ahí en unas tres horas y media.

Cuelgo y pongo el coche en marcha. Bueno, tendré que matar el tiempo de alguna manera mientras estoy en Portland, hasta que esa chica decida si le intereso o no. ¿Qué hago? Creo que iré a dar un paseo. Igual así consigo burlar esta extraña hambre que me devora.

Han pasado cinco horas y todavía no he recibido ni una sola llamada de la cautivadora señorita Steele. ¿En qué narices estaba pensando? Contemplo la calle desde la ventana de mi suite del Heathman. Odio esperar. Desde siempre. Aunque ahora el cielo está nublado, ha permanecido despejado el tiempo suficiente para que pudiera dar una caminata por Forest Park, aunque el paseo no ha conseguido calmar mi agitación. Estoy molesto con ella porque no me ha llamado, pero con quien estoy enfadado de verdad es conmigo mismo. Me estoy comportando como un imbécil. Ir detrás de esa mujer está resultando una pérdida de tiempo. ¿Cuándo he ido yo detrás de ninguna mujer?

Grey, contrólate.

Vuelvo a echar un vistazo al móvil mientras suspiro, con la esperanza de que su llamada se me haya pasado por alto, pero no hay nada. Al menos ha llegado Taylor y tengo todas mis cosas. Debo leerme el informe de Barney sobre las pruebas del grafeno de su departamento y aquí puedo trabajar tranquilo.

¿Tranquilo? No sé qué es la tranquilidad desde que la señorita Steele aterrizó en el suelo de mi despacho.

Alzo la vista y me doy cuenta de que el crepúsculo ha sumido mi suite en la penumbra. La perspectiva de volver a pasar una noche solo es deprimente, y estoy planteándome qué hacer cuando el móvil vibra sobre la madera pulida del escritorio y un número desconocido, aunque vagamente familiar y con el prefijo de Washington, aparece en la pantalla. De pronto, el corazón se me acelera como si hubiera corrido quince kilómetros.

¿Es ella?

Contesto.

—¿Se… Señor Grey? Soy Anastasia Steele.

Una sonrisa idiota asoma en mi cara. Bien, bien. La jadeante, nerviosa y dulce Steele. La noche empieza a mejorar.

—Señorita Steele. Un placer tener noticias suyas.

Oigo su respiración entrecortada, lo que provoca una reacción inmediata en mi entrepierna.

Genial. Es evidente que ejerzo un efecto sobre ella. Del mismo modo que ella lo hace sobre a mí.

—Bueno… Nos gustaría hacer la sesión fotográfica para el artículo. Mañana, si no tiene problema. ¿Dónde le iría bien?

En mi habitación. Solo tú, yo y las bridas.

—Me alojo en el hotel Heathman de Portland. ¿Le parece bien a las nueve y media de la mañana?

—Muy bien, nos vemos allí —responde, entusiasmada, incapaz de ocultar el alivio y la alegría que revela su voz.

—Lo estoy deseando, señorita Steele.

Cuelgo antes de que note mi excitación y lo contento que estoy. Me arrellano en la silla mientras contemplo el horizonte anochecido. Me paso las manos por el pelo.

¿Cómo demonios voy a cerrar este trato?

Domingo, 15 de mayo de 2011

Corro por Southwest Salmon Street en dirección al río Willamette mientras Moby suena a todo volumen en mis oídos. Son las seis y media de la mañana e intento aclararme las ideas. Anoche soñé con ella: ojos azules, voz jadeante… Y acababa sus frases con un «señor», arrodillada delante de mí. Desde que la conozco, mis sueños han experimentado un agradable cambio en comparación con las pesadillas ocasionales. Me pregunto qué opinaría Flynn al respecto. La idea resulta desconcertante, así que la aparto de mi mente y me concentro en llevar mi cuerpo hasta el límite a lo largo de la orilla del Willamette. El sol despunta entre las nubes y me llena de esperanza mientras mis pies golpean la avenida.

Dos horas después, paso corriendo a un ritmo relajado junto a una cafetería, de camino de vuelta al hotel. ¿Y si la invito a un café?

¿Como si fuera una cita?

Bueno, no, como si fuera una cita no. La idea es tan absurda que me echo a reír solo con pensarlo. Sería únicamente para charlar, para hacerle una especie de entrevista, a ver si consigo averiguar algo más de esa enigmática mujer, si le interesa o si estoy perdiendo el tiempo. Sigo haciendo estiramientos mientras subo, solo, en el ascensor. Los acabo en la suite del hotel. Una vez allí, me doy cuenta de que es la primera vez que me siento centrado y tranquilo desde que he llegado a Portland. Me han traído el desayuno; estoy hambriento, una sensación que no soporto. Nunca la he soportado. Decido comer antes de ducharme, así que me siento a desayunar sin quitarme los pantalones de chándal.

Oigo que alguien llama a la puerta enérgicamente. La abro y me encuentro con Taylor en el umbral.

—Buenos días, señor Grey.

—Hola. ¿Están listos?

—Sí, señor. Todo está dispuesto en la habitación 601.

—Bajo enseguida.

Cierro la puerta y me remeto la camisa por dentro de los pantalones grises. Todavía tengo el pelo húmedo de la ducha, pero me trae sin cuidado. Le doy un último repaso a ese cabrón de mala fama que se refleja en el espejo y salgo tras Taylor hasta el ascensor.

La habitación 601 está llena de personas, luces y cajas con cámaras, pero la localizo al instante. Se mantiene apartada a un lado. Se ha dejado el pelo suelto, una melena abundante y lustrosa que le llega por debajo de los pechos, y lleva vaqueros ajustados, unas Converse y una chaqueta azul marino de manga corta con una camiseta blanca debajo. ¿Es que las Converse y los vaqueros son su marca de la casa? Aunque estos resultan muy poco prácticos, lo cierto es que realzan sus magníficas y torneadas piernas. Abre los ojos, tan arrebatadores como siempre, cuando me aproximo a ella.

—Señorita Steele, volvemos a vernos.

Acepta la mano que le tiendo y por un instante siento la tentación de apretársela y llevármela a los labios.

Déjate de tonterías, Grey.

Su tez adopta ese encantador tono rosáceo y señala a su amiga, que se encuentra demasiado cerca de nosotros, esperando que le preste algo de atención.

—Señor Grey, le presento a Katherine Kavanagh —dice.

Le suelto la mano a regañadientes y me vuelvo hacia la persistente señorita Kavanagh. Es alta, tiene un aspecto imponente y se nota que le gusta ir bien arreglada, igual que su padre, aunque ha sacado los ojos de su madre. Además, de no haber sido por ella, no habría conocido a la encantadora señorita Steele, y eso es algo que debo agradecerle; hace que me sienta un poco más indulgente con ella.

—La tenaz señorita Kavanagh. ¿Qué tal está? Espero que se encuentre mejor. Anastasia me dijo que la semana pasada estuvo enferma.

—Estoy bien, gracias, señor Grey.

Me estrecha la mano con fuerza y seguridad. Dudo mucho que haya sufrido alguna penalidad en toda su vida. Me pregunto cómo es posible que estas dos mujeres sean amigas, cuando es evidente que no tienen nada en común.

—Gracias por haber encontrado un momento para la sesión —dice Katherine.

—Es un placer —contesto, y lanzo una mirada a Anastasia, que me premia con un rubor que la delata.

¿Soy yo quien hace que se ruborice así? Esa idea me gusta.

—Este es José Rodríguez, nuestro fotógrafo —dice Anastasia, y su rostro se le ilumina al presentármelo.

Mierda. ¿Este es el novio?

Rodríguez se deshace bajo la dulce sonrisa de Ana.

¿Follan?

—Señor Grey.

Rodríguez me mira con cara de pocos amigos mientras me estrecha la mano. Es una advertencia; me está diciendo que me retire. Anastasia le gusta, y mucho.

Bueno, empieza el juego, chaval.

—Señor Rodríguez. ¿Dónde quiere que me coloque?

Utilizo un tono desafiante y Rodríguez lo capta, pero Katherine interviene y me indica que tome asiento en una silla. Vaya, le gusta estar al mando. Obedezco, divertido ante la idea. Otro joven, que parece trabajar con Rodríguez, enciende las luces, que me ciegan unos instantes.

¡Joder!

Cuando el resplandor se desvanece busco a la adorable señorita Steele. Se encuentra en la otra punta de la habitación, observando todo el proceso. ¿Siempre intenta mantenerse en un segundo plano? Tal vez por eso Kavanagh y ella son amigas, porque se contenta con esperar al fondo mientras Katherine ocupa el frente del escenario.

Mmm… Sumisa por naturaleza.

El fotógrafo parece bastante profesional y está absorto en la tarea que le han encargado. Estudio a la señorita Steele mientras ella nos observa a ambos. Nuestras miradas se encuentran; la suya es sincera e inocente, y por un instante reconsidero el plan. Pero entonces se muerde el labio, y me quedo sin respiración.

Frena, Anastasia. Le ordeno que deje de mirarme y, como si me hubiera oído, aparta enseguida los ojos.

Buena chica.

Katherine me pide que me levante y Rodríguez sigue sacándome fotos hasta que damos la sesión por finalizada. Esta es mi oportunidad.

—Gracias de nuevo, señor Grey.

Katherine se adelanta y me estrecha la mano seguida por el fotógrafo, que me mira con una antipatía mal disimulada. Su antagonismo me hace sonreír.

Tío… No tienes ni idea.

—Me encantará leer su artículo, señorita Kavanagh —digo, y me despido de ella con un breve y educado gesto de cabeza. Necesito hablar con Ana—. ¿Viene conmigo, señorita Steele? —pregunto cuando la alcanzo junto a la puerta.

—Claro —contesta, sorprendida.

A por ella, Grey.

Mascullo unas palabras de agradecimiento a los que todavía están en la habitación y la acompaño hasta la puerta con la intención de poner cierta distancia entre Rodríguez y ella. En el pasillo, juguetea con el pelo con gesto nervioso y retuerce los dedos hasta que salgo, seguido por Taylor.

—Enseguida te aviso, Taylor —digo, y en cuanto creo que ya no puede oírnos, le pregunto a Ana si le apetece ir a tomar un café mientras contengo la respiración a la espera de su respuesta.

Parpadea un par de veces.

—Tengo que llevar a todos a casa —contesta, consternada.

—¡Taylor! —lo llamo.

Ana da un respingo. Supongo que la pongo nerviosa, aunque no sé si eso es bueno o malo. ...