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GUERRAS DE INTERNET

Natalia Zuazo  

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Fragmento

Prefacio
Internet en el pedestal

“Es necesaria una mirada menos ingenua sobre las máquinas y los procesos técnicos, una mirada no ajena a la curiosidad pero también escéptica y alerta. ¿Qué ocultan, qué sostienen los aparatos?”

CHRISTIAN FERRER

El entramado (2012)

“Entendemos cómo funciona el poder en el mundo físico, pero todavía no entendemos bien cómo funciona el poder en el terreno digital. Internet es una creación humana. Las luchas de poder son una parte inevitable de la sociedad.”

REBECCA MACKINNON

Consent of the Networked (2012)

Cuando empecé este libro decidí escribir “internet” con minúscula. Casi todos, todavía, lo hacen con mayúscula otorgándole una importancia de cosa única, un nombre propio.

Ya pasaron más de veinticinco años desde que usamos internet tal como ahora lo hacemos: un conjunto de redes conectadas con otras a lo largo del mundo que nos permiten intercambiar información con otros. Desde esa función de medio de comunicación tan cotidiana —como la telegrafía primero, los teléfonos o la radio después—, internet tendría que sumarse a esos inventos que se fueron acumulando para reducir distancias y hacernos la vida más cómoda.

Internet está tan presente que ya no la pensamos. Ya ni siquiera nos exige conectarnos a un cable. Como la electricidad, otra creación humana que suponemos siempre dispuesta a hacer funcionar las cosas, está siempre allí para darnos la energía artificial que mueve todo Internet está tomando el mismo camino: se está volviendo omnipresente e invisible. Se desmaterializa y desaparece entre las paredes y los muebles de la casa, nos rodea en ese halo mágico llamado wifi que no vemos pero nos mantiene conectados mientras colgamos la ropa y chequeamos un mail en la terraza o cuando nos acostamos para ver una película que alguien subió a YouTube. Con los dispositivos móviles también seguimos online fuera de casa, cuando subimos al auto, en el viaje en el subte, o en los aparatos que llevamos con nosotros cuando salimos a correr y comparten la distancia y las pulsaciones que medimos a nuestros amigos en las redes sociales. Siempre conectados, ya no pensamos en “subir” o “bajar” el interruptor. Nos aterra la idea de estar desconectados más de un minuto. Entramos en pánico si “se cae” la conexión: cuando eso ocurre, nosotros también nos caemos del mundo.

Internet, con su omnipresencia que todo lo resuelve, se erige como la primera religión común de la humanidad. Confiamos tanto en su poder que le damos un lugar en el cielo, donde también imaginamos a Dios, cualquiera sea su forma para nosotros. No es casual que la publicidad, la gran difusora de toda novedad en el mundo, también haya construido la imagen de internet en el cielo como una “nube” que se posa sobre todos nosotros para mantenernos conectados. Esa representación blanca, luminosa, etérea, sin cables ni fallas, se presenta como el espacio donde todos los problemas tienen solución, donde estar conectados es ser felices. Una internet así de poderosa merece ser escrita con mayúscula.

Yo, en cambio, me opongo a esa idea.

Confiar tanto en cualquier poder del mundo nos impide cuestionarlo y nos vuelve demasiado sumisos a sus encantos. Tratar a internet como una religión universal tiene muchos riesgos. Este libro se propone enfrentar esos riesgos y contar las historias humanas de internet para hacerla real, para darle nombres a sus protagonistas, para saber cuáles son los caños que atraviesa para funcionar, quiénes la controlan, quiénes quieren hacerla invisible y cuánto de eso sabemos o ignoramos. Este libro se introduce —concretamente— adentro de la Red1 para acercarla a nuestra vida cotidiana, aquí y ahora, en la Argentina. Para eso, baja la tecnología del pedestal blanco y prolijo de la publicidad y se pregunta cómo funciona, cómo llega a nuestra casa, a quién se la compramos y cuánto dinero ganan sus empresas cada vez que la usamos. Y trata a internet con minúscula para explicar cosas que se suelen ocultar: quiénes son sus dueños, quiénes hacen sus leyes (las que vemos y las que no), por dónde circulan nuestros datos y qué hacen con ellos las corporaciones y los gobiernos. La trata con minúscula para materializarla. Porque cuando dejamos de pensarla como si fuera un dios aparecen otras fuerzas, menos prolijas y equilibradas: las del poder, que luchan por imponerse, que hacen guerras, que se deciden en las mentes y los escritorios de mujeres y hombres.

En el caso de internet, por cierto, hay más hombres que mujeres. En el recorrido de este libro, me encontré con un mundo casi despoblado de lo femenino. También descubrí que es un universo pequeño donde todos se conocen, como en un barrio, aunque sean millones de hombres los que componen las piezas del monstruo de internet del mundo. La primera reacción de estos hombres que me recibieron para responder mis preguntas (ingenieros, funcionarios, gerentes, técnicos de redes) fue la sorpresa ante la irrupción de una mujer curiosa en ese universo tradicionalmente masculino. Sin embargo, al rato de hablar y cuando les planteaba algunas preguntas que nadie les había hecho, reaccionaban como niños que ven llegar a su madre después de un día de trabajo: querían contarme mucho más de lo que mi mano era capaz de anotar, me abrían sus mundos secretos de cables, se quedaban durante horas explicándome cosas que sólo hablaban con otros ingenieros o funcionarios, pero nadie “de afuera” les había pedido contar nunca.

Hay mucho que contar de internet todavía. Y es el momento de contar internet de otra manera.

El sociólogo Christian Ferrer dice que, en la década de 1990, el ideal de internet era el modelo “Benetton”, una especie de sociedad global donde todos los habitantes del mundo se entienden entre sí. Ese ideal todavía persiste cuando nos paramos en la tierra y miramos hacia el cielo buscando las respuestas en la tecnología, pensando que nos va a resolver todos los problemas, desde ahorrarnos tiempo de trabajo hasta encontrar sexo (¿y amor?) a un clic de distancia. Pero en los últimos años comenzamos también a ver las primeras contradicciones y luchas. Gracias a los activistas por las libertades de internet, a grupos de hackers, a organizaciones como WikiLeaks que filtraron cables diplomáticos de gobiernos, a la valentía de ex consultores de organismos de inteligencia como Edward Snowden que reveló que Estados Unidos espiaba a todos sus ciudadanos, o a hackers develando secretos alrededor del mundo, empezamos a enterarnos que internet no sirve sólo para hacernos la vida más fácil. Hoy también sabemos que las empresas la usan para recabar datos personales y vendernos cosas, que los gobiernos desarrollan herramientas para espiar a ciudadanos y a otros poderes, que ninguna aplicación gratuita realmente es gratis del todo y que la tecnología también puede servir para impulsar guerras.

Nací unos días antes de 1980 en Tolosa, un antiguo barrio ferroviario de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, Argentina, famosa por sus universidades y su trazado urbano modelo. Dos años antes, la televisión a color había llegado al país. En mi casa había libros, revistas y sobre todo varias enciclopedias —mis favoritas—, con las que pasaba mucho tiempo, leyendo y revisando el funcionamiento de todas las cosas, y especialmente mirando mapas: países, océanos, ciudades, capitales, los planetas y el universo. Me quedaba perpleja frente a los recorridos de caminos, rutas y construcciones. Después, la curiosidad se desplazaba de la teoría a la práctica, a cómo funcionaba ese mundo desde adentro. Pegaba varias hojas haciendo una línea recta y dibujaba los detalles de los inventos humanos a lo largo, como en los mapas de la escuela, donde todo se traduce a un plano. Era mi forma de entender.

En 1987, cuando pocas familias tenían computadora, mi mamá ganó el quinto premio del Gordo de Año Nuevo de la Lotería y compró una IBM PS/2. Era pesada, de un plástico duro color crema, con teclas altas y duras. Le compramos una mesa grande y resistente, como un altar. La usamos por un tiempo como máquina de escribir familiar y yo la usaba para practicar algunos ejercicios simples de programación que aprendía a la mañana en una escuela de inglés bastante adelantada a su tiempo. En los 80, las computadoras eran el futuro. La publicidad —el negocio inventado para convencernos de adoptar lo nuevo porque siempre es mejor que lo anterior— las mostraba como elementos de paisajes de ciencia ficción, pero también como objetos imprescindibles de la evolución humana. En 1984, un comercial de Commodore 64, una de las primeras computadoras familiares populares, mostraba a todas las generaciones, desde los abuelos hasta un bebé, en un primer plano iluminado y preguntaba: “¿Cuán viejo serás?”, con clara voluntad de “no te quedes atrás de este cambio”. El mismo año, Ridley Scott dirigía un famoso aviso para Apple, inspirado en la novela apocalíptica de George Orwell, justamente 1984, pero para resignificarla: las computadoras, en manos de una atleta que corría con un martillo olímpico entre cientos de hombres grises uniformados, venían a romper con la opresión para hacernos libres en un nuevo mundo de conocimientos.

Sin embargo, en los 90, la libertad pasó a un ámbito menos utópico. La publicidad de la tecnología tenía que ver con el trabajo y la eficiencia. En la década del crecimiento del mundo financiero globalizado y la concentración económica, poseer lo más nuevo era ser más productivo. Y ser más productivo era ganar más dinero, el alimento básico del yuppie. Pero ese superhombre de traje y hombreras tan bien representado en la novela y película American Psycho ya no estaba tan aislado. En 1989, el científico inglés Tim Berners-Lee creó el lenguaje HTML y su equipo de trabajo le dio forma al primer servidor web. Fue exactamente el 12 de marzo de 1989. Nacía la World Wide Web, las conexiones salían del uso militar o universitario y llegaban a otras personas, a partir de allí llamadas “usuarios”. Internet comenzaba a expandirse masivamente y la tecnología vivía su gran momento de optimismo. Adoptarla era progresar, conectarse era quedarse del lado de adentro del planeta. En ese mundo, la publicidad le daba forma a un nuevo héroe, el nerd, que se transformaría en un rockstar con un talento que sería cada vez más valorado: leer y escribir códigos o programas, es decir, comprender el lenguaje de las computadoras, que también era el idioma del nuevo mundo.

En Argentina, internet empezó a llegar masivamente a los hogares entre 1993 y 1995. M

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