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HACIA LA LUZ (LUZ Y SOMBRAS 4)

Alice Raine  

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Fragmento

Prólogo

Nicholas

Primera semana de septiembre

Yo, te tomo a ti por esposa, y prometo serte fiel en lo bueno y en lo malo, en la riqueza, en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte hasta que la muerte nos separe».

Volví a leer el papel y entrecerré los ojos. Rebecca sacó un lápiz y un cuaderno y con una sonrisa nerviosa los empujó hacia mí sobre la mesita de centro.

—¡No me mires así, Nicholas! —se quejó con una risita.

Yo puse la mano sobre el cuaderno y volví a empujarlo hacia ella, negando con la cabeza.

—Los votos están bien así, Rebecca. No creo que haga falta que los cambiemos —concluí con firmeza y sin dejar de sacudir la cabeza.

Rebecca hizo un mohín deliciosamente sexy con sus suaves y carnosos labios. Ese gesto era suficiente para hacerme cambiar de opinión sobre casi cualquier cosa (algo que ella sabía y de lo que se aprovechaba siempre que podía). Pero ese día no le iba a funcionar. Al ver mi reticencia, la sonrisa pícara de Becky desapareció y empezó a juguetear nerviosa con un mechón de su largo cabello rubio para, un momento después, sujetárselo detrás de la oreja.

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—Mierda… ¿Todo esto te supera? ¿No quieres participar en los preparativos? —preguntó con una vocecilla que hizo que de repente me sintiera tremendamente culpable y como un perfecto capullo.

Consciente de que necesitaba que la reconfortara (y rápido), me levanté sonriendo y fui hacia ella.

—Claro que quiero participar, Rebecca. Por supuesto que sí. —Me acerqué aún más y le puse la mano en la mejilla sin dejar de mirar esos deslumbrantes ojos verdes. Dios, cuánto los adoraba—. Va a ser el día en el que por fin estaremos juntos para el resto de nuestra vida y se lo haremos saber al mundo entero. Pero todas estas cosas tan de chicas… —dije cogiendo un muestrario de tela para tapizar las sillas y sacudiéndolo en el aire con una mueca—. Me superan.

Sabía que lo que acababa de decir seguramente me hacía parecer un cabrón insensible, y que tal vez lo fuera, pero siempre había estado desconectado de mi parte emocional y en ese momento me sentía sobrepasado por los acontecimientos.

Deseaba casarme con Rebecca más que nada en el mundo, pero lo cierto es que me haría muy feliz que en la boda solo estuviéramos el funcionario, ella y yo. No necesitaba el resto de los accesorios.

Me rasqué la nuca y me humedecí los labios, pensativo.

—¿Y no podemos llegar a un acuerdo? ¿Repartir las tareas? —sugerí, esperanzado. Acababa de tener una idea.

El gesto de preocupación desapareció de su rostro, y me miró con los ojos entornados, frunció los labios y asintió.

—No quiero que esto de la boda me convierta en un monstruo como Godzilla, Nicholas. —Levantó una mano, la apoyó en mi pecho y saltó la chispa que sentía siempre que me tocaba—. Quiero que tú disfrutes de ese día tanto como yo. ¿Qué sugieres?

Me apresuré a contárselo antes de que cambiara de idea.

—Tú podrías ocuparte de las flores, la decoración de la sala, los votos, los trajes, el menú, la tarta y esas cosas, y yo me encargaría de encontrar el lugar, elegir la música y las actividades de entretenimiento y reservar el coche. —A medida que iba enumerando me di cuenta de que el reparto no era demasiado equitativo. Vi que enarcaba las cejas, así que, antes de que respondiera, añadí—: Por supuesto, nos ayudaremos el uno al otro en todo momento y te pediré tu aprobación antes de hacer la reserva o de tomar cualquier decisión.

En cuanto al sitio, yo tenía un as guardado en la manga que tendría que mostrarle pronto.

Levanté las manos y envolví su cara con ellas, y disfruté de la calidez que irradiaba y de su breve suspiro de placer. A mi lado, resultaba pequeña y frágil, pero recordé la fortaleza que había demostrado cuando volvimos juntos y sentí que el pecho se me llenaba de orgullo.

—Ya sé que no soy el hombre más extrovertido del mundo, Becky… Pero te aseguro que me gustará ocuparme de esas cosas y así, de paso, participo en la organización.

Rebecca se mordió el interior del labio unos segundos y finalmente asintió y giró la cabeza para darme un beso en la palma de la mano.

—De acuerdo, pero el trato tiene que incluir que pienses un poco lo de los votos mientras estoy fuera —dijo, y se acercó para darme un rápido beso en la mandíbula. Intenté que me besara en los labios, pero se apartó con una sonrisa traviesa—. ¿Lo harás por mí? —preguntó mientras pestañeaba—. Tal vez podrías pedirle ayuda a tu padrino, si ya has elegido alguno —añadió lanzándome un beso. Después se humedeció los labios y salió del salón contoneando ese trasero tan delicioso y tarareando feliz.

Sacudí la cabeza y sonreí divertido. Esa maldita mujer estaba utilizando todas sus armas de seducción conmigo. Cuando se fue, me dejé caer en el sofá con un suspiro y me revolví un poco para colocarme la erección, porque de repente los pantalones me apretaban mucho.

Dejé caer la cabeza sobre los cojines del sofá y me quedé mirando al techo mientras pensaba en nuestra conversación. Me froté la cara con las manos y me sentí abatido. Maldita boda. Lo habíamos dejado todo para el último momento; faltaban menos de siete meses para la fecha y solo hacía dos días que nos habíamos puesto en serio con todo aquello. En solo cuarenta y ocho horas me había visto enterrado hasta los ojos en flores, combinaciones de colores y listas de invitados. Todas esas cosas de chicas no eran para mí. Yo solo quería a Rebecca y hacer oficial lo nuestro. Lo demás me daba igual. Un anillo en el dedo y un trozo de papel para que todo el mundo supiera que era mía, eso era lo que yo quería. Por desgracia, Rebecca tenía otras pretensiones para nuestro gran día. Miré la libreta que seguía sobre la mesa con una mueca de disgusto y dejé escapar un largo y lento suspiro. Ahora se había empeñado en que cambiáramos nuestros votos… No tenía intención de hacerlo, ni la más mínima. Por lo menos había aceptado mi sugerencia de repartirnos las tareas y puede que eso facilitara las cosas.

Solo había una cosa de la que no necesitaba preocuparme: el padrino de boda. Ya lo había elegido, aunque en realidad no es que tuviera que pensarlo mucho: tenía que ser Nathan. Pero todavía no se lo había pedido. No estaba seguro de si le iba a gustar la idea; él tampoco era demasiado extrovertido ni dado a sentimentalismos.

No pude reprimir una sonrisa cuando pensé en pedirle que me ayudara con los votos. Sabía que le iba muy bien con su novia, Stella, pero me había dicho que habían decidido mantener algunas cosas de su interacción como dominante y sumisa como parte de su relación. Solté una carcajada al imaginarme su versión de los votos nupciales: «En la sumisión y en la obediencia, en el castigo y en la recompensa, en la salud y en la enfermedad, prometo follarte y azotarte hasta que el agotamiento nos separe». Debería escribirlos para ver qué cara ponía Becky…

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Nathan

Dos semanas más tarde

Sentado en una de las cómodas sillas del salón de mi casa, sonreí al pensar en lo extraña que era en ese momento mi vida. Joder, «extraña», de verdad, en el sentido de asombrosamente normal, y la verdad es que «normal» no era la palabra que yo habría utilizado para describirme antes de conocer a Stella Marsden. Testarudo, arrogante, insaciable y narcisista, tal vez, pero ¿normal? Nunca. Pero ahí estaba, en una reunión familiar de lo más «normal» con Stella, mi hermano Nicholas y su prometida, Rebecca. Y lo más gracioso es que estaba disfrutando mucho.

¿Quién habría pensado que esa espectacular rubia iba a entrar en mi ordenada vida para ponerlo todo patas arriba? Nunca había sentido algo así por ninguna mujer, y había estado con unas cuantas, la verdad. El caso era que, no sabía por qué, pero con Stella era diferente. Unas veces quería protegerla, pasar tiempo con ella y tenerla a mi lado, y otras solo deseaba lanzarme sobre ella como un animal y follármela hasta la extenuación. Para ser alguien que nunca había estado muy pegado a sus sentimientos (y, coño, eso era decir poco), de repente me veía atrapado en un torbellino de emociones.

Dios, y el sexo era alucinante. Sacudí la cabeza, parpadeé varias veces y sonreí con disimulo: cuando fuera, donde fuera y como fuera. Stella siempre tenía ganas; era tan insaciable como yo, si no más, algo que, teniendo en cuenta mi inagotable libido, era un puto milagro. Aunque también había que reconocer que era un poco obstinada y me ponía a prueba de vez en cuando. Y en cuanto al control… Yo seguía siendo el hombre dominante de siempre, pero como nuestra relación se había ido volviendo más seria, me sentía tan confuso en cuanto a mis sentimientos y emociones que ya no sabía muy bien cuál era mi papel. Lo único que sabía era que era feliz. Muy feliz, posiblemente por primera vez en mi puta vida desastrosa. Y todo gracias a esa mujer única. Estaba claro que a veces los milagros ocurren.

Compromiso. Esa no era una palabra que antes formara parte de mi vocabulario; yo no hacía concesiones, solo decidía lo que quería y, joder, siempre lo conseguía de inmediato. Al menos, así era hasta que Stella apareció, más o menos un año y medio atrás, e introdujo su deliciosa versión del caos en mi vida. Esbocé una media sonrisa al recordar aquella noche, la noche en que la conocí en el cálido, cargado y tórrido Club Twist. Al instante me llamaron la atención su belleza natural, su timidez, sus respuestas nerviosas y su adorable rubor. En ese mismo momento sentí que había algo en ella que la hacía diferente de las demás mujeres con las que había estado. Pero entonces no sabía que ese primer encuentro iba a marcar el principio de un capítulo nuevo en mi vida; una vida en la que ahora existía un compromiso, sí, pero un compromiso que me resultaba extrañamente satisfactorio.

Sonreí burlón mientras pensaba en esa palabra: «compromiso». El grado de formalidad que había adquirido nuestra relación era el siguiente: en el día a día éramos esencialmente iguales, podíamos ir de compras, cocinar, salir con amigos y relajarnos juntos, pero, en cualquier momento, si yo le hacía la señal convenida, ella asumía su postura de sumisión. No me llamaba «señor» en nuestra vida cotidiana, pero en ocasiones sí lo hacía cuando teníamos sexo. Y tanto si me lo llamaba como si no, yo seguía siendo quien tenía el control de nuestros encuentros sexuales. El collar que le había puesto, y que demostraba que era mía, era una gargantilla y no uno tradicional, y siempre la llevaba puesta, como yo le había ordenado. En pocas palabras, satisfacía mis necesidades y ella también veía satisfechas las suyas. Tal vez eso es lo que debería definir la palabra «compromiso».

Supongo que dominación y sumisión no significan lo mismo para todo el mundo, pero, en nuestro caso, el feliz equilibrio que habíamos logrado era perfecto para los dos, justo lo que necesitábamos. Tras años de vivir como un dominante cumpliendo estrictamente la máxima de «nada de ataduras», me aterraba estropear la relación con Stella pidiéndole demasiado, pero ella se había adaptado a todo con la mayor naturalidad. De la misma forma que una parte de mí necesitaba dominar y controlar, Stella tenía una tendencia a la sumisión que encajaba conmigo a la perfección. Así que, para mi sorpresa, ahí estaba yo, un año y medio más tarde, con la misma mujer y sintiéndome más contento, satisfecho y feliz de lo que había estado en toda mi vida.

Si alguien me hubiera dicho que acostarme solo y exclusivamente con una chica podría resultar satisfactorio a largo plazo, me habría reído en su cara incluso habría tenido que oírme llamarle varias cosas bastante insultantes, pero era la pura verdad; yo no había sentido ni la más mínima tentación de variar. Es más, creo que podría asegurar que el sexo con Stella mejoraba según pasaba el tiempo y cada uno iba aprendiendo las peculiaridades del otro.

En definitiva, en ese momento mi vida era una puta maldita maravilla. Stella llevaba increíblemente bien todas mis peculiaridades y mis lastres emocionales; pensé que debería decirle eso mismo después, cuando mi hermano se hubiera marchado. Sonreí y miré hacia la zona de los sofás, donde Stella y Rebecca estaban revisando un montón de revistas de novias, enfrascadas en una complicada discusión sobre el tamaño que debía tener el ramo de Rebecca.

—Hace un año te habrías reído de mí si me hubieras visto con la cara que tú estás poniendo ahora mismo.

La voz de Nicholas interrumpió mis pensamientos. Me volví para mirar a mi hermano, sentado al otro lado de la mesa. Hice una mueca de indiferencia, me reprendí mentalmente por haberme dejado pillar mirando embelesado a Stella, fruncí el ceño y me hice el loco.

—¿A qué te refieres? —pregunté, intentando convencerme de que no podía haberse dado cuenta de lo cautivado que me tenía Stella.

Nicholas agachó la cabeza para ocultar una sonrisita y un mechón de pelo oscuro le cayó sobre la frente tapándole prácticamente los ojos.

—A que pareces un tortolito enamorado —dijo con una sonrisa que confirmó lo que me temía—. Admítelo, hermano, estás tan embobado como yo.

Fruncí el ceño al oírle (llevaba tiempo evitando pensar en la palabra «enamorado» y todos sus sinónimos), pero suspiré y me froté la barbilla mientras la miraba una vez más. Como si lo hubiera notado, de repente levantó la vista, nuestras miradas se encontraron y me sonrió. Noté una extraña opresión en el pecho; me pasaba a menudo cuando me miraba. Era una sensación cálida que se extendía por los pulmones, casi asfixiante, aunque también placentera; estaba seguro de no haberla experimentado nunca antes de conocerla. Me guiñó un ojo y retomó su conversación con Rebecca. Sacudí la cabeza y volví a mirar a mi hermano, que me observaba expectante.

—Tal vez —admití a regañadientes.

Estaba haciendo avances a la hora de expresarle mis sentimientos a Stella, pero seguía sin sentirme cómodo hablando de eso con Nicholas.

—Puedes intentar negarlo, Nathan, pero se te ve en la cara. Antes de que te des cuenta estarás esperando junto al altar, como voy a hacer yo pronto —bromeó Nicholas.

Pero al decirme esto me entró pánico. La agradable calidez que sentía en el pecho se evaporó bruscamente, la sangre se me congeló en las venas y el corazón me iba a mil por hora, hasta un punto casi doloroso. Aparté la mirada de mi hermano, volví a fijarla en Stella y apreté tanto los dientes que me rechinaron. No. No podía estar en lo cierto. Yo no me iba a casar con Stella (ni con nadie, la verdad).

Me mordí el interior del labio al darme cuenta de lo que estaba pensando. La razón por la que no quería casarme era sencilla: no estaba seguro de que no acabara siendo un maltratador, como mi padre. De niño lo admiraba y estaba convencido de que sus palizas eran por mi bien; entonces lo único que quería era ser como él. Debía de hacer más o menos un año que no lo veía (por suerte, no había vuelto a aparecer desde aquel horrible día que se presentó en casa de Nicholas), pero parecía tan amargado y tan miserable, que después de aquello comprendí que no era más que un puto desgraciado. Desde entonces me aterraba que mi deseo infantil pudiera hacerse realidad y que, con el tiempo, me volviera como él. Por nada del mundo me iba a arriesgar a que Stella se viera atrapada con alguien así. Ni hablar. Sin duda prefería no casarme y, además, ¿por qué hacía falta firmar un papel para ser feliz con alguien? A nosotros nos iba muy bien sin ningún papel de por medio.

Me revolví incómodo en la silla y evité la mirada de mi hermano. Nunca le había hablado de mis inseguridades, ni de mi reticencia al matrimonio; eran temas muy complicados. Si él quería casarse con Rebecca, perfecto, pero eso no estaba hecho para mí. Sin tener ni idea de la encrucijada en la que me encontraba en ese momento, Nicholas miró por encima del hombro a las chicas, que continuaban hablando animadamente de las flores, y después me miró a mí.

—Stella parece muy contenta. Seguro que está pensando en lo que ella elegiría para su gran día contigo.

De repente empezó a costarme respirar y me entraron náuseas. Joder, ¿cómo podía haber sido tan imbécil? No me había dado cuenta… ¿Y si Stella quería casarse? Dios, estaba casi hiperventilando. No podía hacerlo, sencillamente no podía. ¿Y si decidía dejarme si le confesaba que no quería hacerlo? El pánico provocó que me revolviera aún más en la silla y me di cuenta de que me estaba agarrando al borde de la mesa fuertemente con las manos sudorosas en un intento por recuperar la compostura. Recurrí a mi forma habitual de tranquilizarme porque sabía que funcionaba: me puse a contar hacia atrás mentalmente de cinco a cero. Cuando terminé, tragué saliva, relegué con decisión todo ese tema a un rincón de mi mente para considerarlo en otro momento y serví otra copa de vino para mi hermano y para mí. En el pasado habría solucionado una situación de ese tipo con una buena dosis de rechazo mezclada con una gran cantidad de alcohol, y no había razón por la que eso no fuera a funcionar también en esta ocasión.

Más o menos una hora y casi dos botellas de buen vino más tarde, Nicholas y yo salimos a sentarnos a la terraza; las chicas se quedaron dentro, mirando más revistas de novias. Era una preciosa tarde de septiembre, así que decidimos aprovechar hasta el último rayo de sol que nos brindaba. Ese era mi lugar preferido del piso. Las vistas de Londres eran impresionantes desde allí, imposibles de mejorar: los Docklands y las relucientes aguas del Támesis. Y además estábamos a mucha altura, lo bastante como para que allí se respirara tranquilidad; el caos y el ruido de la ciudad quedaban muchos pisos más abajo.

—Tengo una teoría sobre tu historia con Stella —soltó Nicholas de repente.

Llevábamos un buen rato sentados en un agradable silencio, así que necesité un momento para responder a ese inesperado comentario de Nicholas. Me parecía que mi hermano había bebido demasiado y eso le iba a llevar a hacer algo muy poco propio de él: especular sobre mi relación.

Pero estaba intrigado, así que enarqué una ceja y me hundí un poco más en el asiento para poder estirar las piernas y apoyarlas en un reposapiés que tenía justo delante.

—¿Ah, sí? A ver, cuéntamela —le animé con tono sarcástico; mi hermano, algo bebido, ni siquiera lo detectó.

—Bueno, se me ocurrió cuando trataba de comprender por qué Rebecca quería estar conmigo y no prefería dejarme y seguir con su vida. Creo que la misma teoría que vale para nosotros se os puede aplicar a Stella y a ti. —Dio otro sorbo de vino y se incorporó un poco—. No ha dejado de gustarte lo de ser dominante, ¿verdad?

¿De verdad pensaba empezar por ahí? No hacía falta ser un genio para deducir eso… Hice una mueca de incredulidad y suspiré.

—Es curioso que lo hayas notado, Nicholas —repliqué, burlón.

—Tú escúchame, hermano. —Se giró en su asiento para poder mirarme fijamente a los ojos, le costaba enfocar—. Lo que quiero decir es que a ti te gusta dominar, como a mí, pero nunca habías tenido una relación de verdad hasta que conociste a Stella. —Seguía con las obviedades, pero preferí no decir nada. Solo le miré y le dejé continuar—. Todo eso me llevó a pensar en por qué Rebecca y, en tu caso, Stella son las mujeres adecuadas para nosotros. ¡Pues ahora lo sé! —exclamó, orgulloso, con un aspaviento que hizo que el vino de su copa se derramara por el suelo de la terraza. Contuve una sonrisita al ver su falta de compostura e hice un gesto con la mano para que continuara—. Las mujeres con las que estuvimos antes siempre eran sumisas experimentadas; querían someterse a nosotros, y nosotros queríamos dominarlas. Pero ¿qué desafío supone eso? Si ellas querían, no lo estaban haciendo por nosotros, ¿verdad? Pero Rebecca y Stella son mujeres profesionales, independientes, con carácter y criterio, y, al parecer, las dos bastante obstinadas —comentó con una breve carcajada—. Creo que estamos tan locos por ellas precisamente por eso, por su independencia, porque el desafío de dominarlas nos excita.

Seguí mirándolo y parpadeé varias veces. Después no pude evitar asentir. Con solo pensar que Stella se sometía a mis deseos por su propia voluntad hacía que la polla se me despertara y me entraran sofocos.

Nicholas se encogió de hombros.

—Al menos eso es lo que me pasa a mí, aunque ya no hacemos nada de eso. Nos hemos vuelto bastante light últimamente, pero Rebecca hace que siga con ganas y más interesado que nunca. Nadie lo había conseguido antes. Apostaría a que a vosotros os pasa lo mismo. —Se rellenó la copa, aunque estaba claro que ya había bebido demasiado. Después continuó con su teoría—: Y lo mejor de todo es que creo que a ellas también les pasa eso. Están tan acostumbradas a ocuparse de todo en su vida diaria, que cedernos el control de algunos aspectos les excita. Creo que a Stella le pone mucho que tú la domines.

Atravesé a mi hermano con una mirada cortante, me erguí de repente y fruncí el ceño ante los derroteros que estaba tomando la conversación.

—Ya basta de hablar de lo que le excita a Stella —gruñí—. Eso no es asunto tuyo; yo ya lo tengo controlado.

Pero, aunque no quería seguir con esa charla, reconocí que, incluso borracho, mi hermano pequeño había dado justo en el clavo.

 

Rebecca

Me hizo gracia el interés de Stella por mis revistas de novias. Había empezado a comprarlas unos meses atrás y a Nicholas le ponían de los nervios, pero a Stella le gustaban tanto como a mí. Y la verdad es que me estaba resultando muy divertido.

—¿Más cava? —pregunté señalando su copa casi vacía mientras rellenaba la mía.

Stella me miró con una gran sonrisa y me la acercó.

—Sí, por favor.

Me ardían las mejillas, así que decidí hacerle la pregunta antes de que el alcohol se me subiera a la cabeza y se me olvidara.

—Creo que hay algo por lo que podemos brindar —dije, misteriosa. Dejé en la mesa la botella vacía y me volví hacia Stella con una sonrisa llena de esperanza—. ¿Quieres ser mi dama de honor? Me encantaría que lo fueras.

Stella abrió los ojos como platos, se le escapó de la boca un poco de cava y asintió vigorosamente.

—¡Oh! ¡Madre mía, claro que sí! —Dejó la copa y me sonrió aún más—. ¡Sería un honor para mí, Rebecca! ¡Muchísimas gracias por pedírmelo!

En ese momento me sentía tan entusiasmada como ella; solo nos conocíamos desde hacía un año, pero nos habíamos convertido en uña y carne, y a esas alturas era una de mis mejores amigas.

—¡Qué bonito! ¡Yo dama de honor y Nathan padrino! —dijo con una risita. Nicholas se lo había pedido a su hermano hacía una semana. Nathan dudó un poco al principio, pero tras el emotivo discurso de Nicholas, por fin accedió—. ¡Así iremos conjuntados, al menos!

Mientras brindábamos y nos sonreíamos con complicidad, recordé la noche que la conocí, cuando yo empezaba a salir con Nicholas; no había pasado más que un año, pero ahora me parecía que de eso hacía una eternidad. Llevábamos juntos unos cinco meses y su hermano nos invitó a cenar. Como solo lo había visto una vez, esa noche estaba ridículamente nerviosa. Lo único que sabía de él era lo que me había contado Nicholas: que era un hombre reservado que dedicaba sus días en cuerpo y alma al trabajo y sus noches al sexo sin compromiso para ejercer de dominante. En principio no era una persona con la que a uno le apetecería cenar. Pero cuando me dijo que le salvó la vida tras su intento de suicidio desencadenado por las palizas de su padre, comprendí el evidente afecto que le tenía, así que, a regañadientes, decidí darle una oportunidad e intentar aceptarlo.

Desde el comienzo de nuestra relación, Nicholas siempre quiso llevar la iniciativa y mantener el control de nuestra vida sexual, pero nunca, ni siquiera entonces, firmamos ningún contrato ni acordamos unas palabras de seguridad, así que la idea de que Nathan fuera dominante me daba un poco de repelús. Cuando me presentaron a Stella esa noche comprendí al instante que ella tenía que ser la sumisa de Nathan, y tengo que admitir que me sentí horrorizada. Sonreí para mis adentros y sentí que me ruborizaba al recordar lo poco educada que fui aquella noche. Me puse en contra de Nathan desde el primer momento y no dejé de lanzarle miradas acusatorias, convencida de que de alguna forma era él quien obligaba a Stella a llevar ese tipo de relación. Sonreí un poco tristona, no podía decirse que hubiera sido una invitada muy agradable.

Miré la expresión relajada de Stella mientras revisaba un folleto de lugares donde celebrar bodas, y sentí un gran regocijo. Ahora que conocía bien a Stella y habíamos hablado de su relación con Nathan y de los acuerdos a los que ambos habían llegado, podía entender bien las cosas. Yo pensaba que no sería capaz de tener el mismo tipo de relación, pero todo entre ellos era consensuado, así que no se merecía que la juzgaran por ello. Para mi sorpresa, Stella me contó que al principio todo era bastante frío, un acuerdo sin compromiso en el que él ejercería el rol de dominante sexual y ella el de sumisa. Pero lo que más me sorprendió fue que había sido ella la que había buscado ese tipo de relación. Todavía me costaba entenderlo, pero sabiendo lo independiente y decidida que era (o quizá debería decir temeraria), no me costaba imaginármela haciendo algo así de atrevido.

Por lo que pude entender a raíz de nuestras conversaciones durante esos meses, el vínculo entre Stella y Nathan cambió cuando llevaban alrededor de un año, después de que Nathan me pidiera consejo sobre noviazgos «convencionales». Stella decía que ahora mantenían una relación relativamente normal y que, aunque Nathan seguía teniendo el control en la cama, ya casi nunca tenían que recurrir a las normas y las palabras de seguridad cuando estaban juntos.

Miré a Nicholas y a Nathan, sentados en la terraza a la luz del atardecer, y sonreí: vaya par de hermanos. Entorné un poco los ojos al ver que Nathan miraba fijamente a Nicholas con la cabeza ladeada, como si estuviera escuchando con atención lo que este le decía. Ahora que conocía su pasado, sabía que ambos tenían profundas cicatrices por el maltrato al que les había sometido su padre. Nathan todavía me provocaba cierta cautela, había algo en él que me intimidaba, pero cuando Stella estaba con él se relajaba y, cuando la miraba, podía ver en sus ojos destellos de su lado más tierno, algo que me resultaba tremendamente adorable.

Entonces miré a mi chico y el corazón me dio un vuelco. Parecía que esa noche había bebido más de la cuenta, algo muy poco propio de él. Estaba sonrojado, el pelo le caía indomable sobre la frente y se había remangado torpemente la camisa. No pude evitar sonreír con cariño al verle tan relajado. Desde el otro lado del cristal de la ventana se le veía desaliñado, pero estaba guapísimo y me excité mientras lo miraba, incluso desde donde estaba sentada, a cierta distancia de él; no me iba a cansar nunca de esa sensación, era como si estuviéramos unidos a un nivel físico, químico.

Parpadeé para alejar esos pensamientos, me encogí un poco de hombros para recuperar la concentración y volví a centrarme en mi amiga. Fuera cual fuese el acuerdo que tenían Nathan y Stella, a mí me hacía muy feliz tener su amistad y me sentía muy emocionada por que hubiera accedido a ser mi dama de honor. Stella alzó su copa, me miró y me sonrió.

—¡Por una boda fantástica y por que nos divirtamos mucho preparándola!

Brindé con ella poniendo mis esperanzas en que todo fuera justo como ella había dicho.

2

Nathan

Tenía una ligera molestia en las sienes, probablemente porque había tomado demasiado vino esa noche, pero, además de haber bebido más de la cuenta, no había dejado de darle vueltas a la cabeza ni un segundo; por mucho que lo había intentado, no logré dejar de pensar en lo que Nicholas me dijo sobre Stella, lo de que seguramente ella querría casarse algún día. Incluso en ese momento, casi una hora después de que mi hermano se hubiera marchado, sus palabras no paraban de resonar en mi mente una y otra vez.

Fruncí el ceño, me incliné hacia delante y, sumido en mis pensamientos, apoyé las manos en las rodillas y me quedé mirando fijamente la chimenea apagada. Había algo que no dejaba de atormentarme: ¿y si Stella no se venía a vivir conmigo porque sabía que yo le tenía aversión al matrimonio? Ya le había pedido muchas veces que viviéramos juntos, pero ella se había negado en redondo. ¿Y si ella se quería casar y solo estaba esperando a encontrar el momento para decirme que a la larga iba a surgir esa incompatibilidad?

Dios, el corazón me dio un vuelco. Solo pensar que podía dejarme me hacía reconsiderar mi postura sobre el matrimonio. A pesar de mi aversión por este, lo cierto es que ya no estaba seguro de poder seguir con mi vida sin Stella. Se me pasaron imágenes de mi padre por la mente, un hombre oscuro e imponente. Fruncí el ceño en cuanto apareció esa visión tan enfermiza e inoportuna. ¿Cómo era el refrán? «De tal palo, tal astilla.» Me mordí con fuerza el labio y sacudí la cabeza. No. No podía obligar a Stella a establecer ningún vínculo definitivo conmigo si existía la posibilidad, aunque fuera remota, de que en algún momento me acabara convirtiendo en alguien como mi padre.

Solté un profundo suspiro y me dejé caer contra el respaldo del sofá. Tal vez debería hablar con Stella sobre ese tema. Pero al pensar en esa conversación mi mirada se endureció y se me hizo un nudo en el estómago por el miedo. Suspiré de nuevo; me sentía totalmente hundido. Aunque quizá podría convencerla de que con vivir juntos era suficiente… Fruncí el ceño cuando me di cuenta del problema: joder, ella no iba a querer vivir conmigo, ¿verdad? Y eso dinamitaba mi plan. Me pasé una mano por el pelo, nervioso, y decidí evitar ese asunto tan peliagudo del matrimonio y tratar de averiguar, una vez más, por qué razón Stella no se venía a mi casa; tal vez la respuesta a esa cuestión sirviera para arrojar algo de luz sobre alguna de las cosas que invadían mi mente.

Preocupado, decidí ir en busca de Stella para hablar, pero en ese momento las luces del salón se apagaron y me envolvió una oscuridad total. Pero ¿qué coño había pasado? Me pregunté si sería un apagón, pero entonces las luces perimetrales se encendieron de repente y la habitación quedó iluminada por una suave y tenue luz similar a la de las velas. Parpadeé para adaptarme a la penumbra, fruncí el ceño y miré hacia los interruptores. Lo que vi hizo que el vello se me pusiera de punta.

Joder… Stella estaba de pie en la entrada del salón, con una mano junto a los interruptores y la otra apoyada en la cadera desnuda. Llevaba unas bragas de encaje negro, tan transparentes que casi ni se apreciaban, un corsé también negro que no había visto antes y, por último, una sonrisa descarada. Estaba absolutamente espectacular y solo con verla se me puso dura al instante. Vaya, vaya… Mi humor taciturno se esfumó, la idea sobre tener una conversación abandonó mi mente y me pareció que el cariz de la noche cambiaba por completo.

Como Stella no hizo ademán de acercarse, sonreí y decidí entrar en su jueguecito de seducción. Me levanté y fui tranquilamente hacia ella. Sabía que le encantaba verme hacer eso y observé con satisfacción que se lamía el labio inferior con los ojos brillantes por el deseo y la excitación. Se apartó de la pared, me lanzó una mirada provocativa de arriba abajo que decía: ...