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HACIA LA LUZ (LUZ Y SOMBRAS 4)

Alice Raine  

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Fragmento

Prólogo

Nicholas

Primera semana de septiembre

Yo, te tomo a ti por esposa, y prometo serte fiel en lo bueno y en lo malo, en la riqueza, en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte hasta que la muerte nos separe».

Volví a leer el papel y entrecerré los ojos. Rebecca sacó un lápiz y un cuaderno y con una sonrisa nerviosa los empujó hacia mí sobre la mesita de centro.

—¡No me mires así, Nicholas! —se quejó con una risita.

Yo puse la mano sobre el cuaderno y volví a empujarlo hacia ella, negando con la cabeza.

—Los votos están bien así, Rebecca. No creo que haga falta que los cambiemos —concluí con firmeza y sin dejar de sacudir la cabeza.

Rebecca hizo un mohín deliciosamente sexy con sus suaves y carnosos labios. Ese gesto era suficiente para hacerme cambiar de opinión sobre casi cualquier cosa (algo que ella sabía y de lo que se aprovechaba siempre que podía). Pero ese día no le iba a funcionar. Al ver mi reticencia, la sonrisa pícara de Becky desapareció y empezó a juguetear nerviosa con un mechón de su largo cabello rubio para, un momento después, sujetárselo detrás de la oreja.

—Mierda… ¿Todo esto te supera? ¿No quieres participar en los preparativos? —preguntó con una vocecilla que hizo que de repente me sintiera tremendamente culpable y como un perfecto capullo.

Consciente de que necesitaba que la reconfortara (y rápido), me levanté sonriendo y fui hacia ella.

—Claro que quiero participar, Rebecca. Por supuesto que sí. —Me acerqué aún más y le puse la mano en la mejilla sin dejar de mirar esos deslumbrantes ojos verdes. Dios, cuánto los adoraba—. Va a ser el día en el que por fin estaremos juntos para el resto de nuestra vida y se lo haremos saber al mundo entero. Pero todas estas cosas tan de chicas… —dije cogiendo un muestrario de tela para tapizar las sillas y sacudiéndolo en el aire con una mueca—. Me superan.

Sabía que lo que acababa de decir seguramente me hacía parecer un cabrón insensible, y que tal vez lo fuera, pero siempre había estado desconectado de mi parte emocional y en ese momento me sentía sobrepasado por los acontecimientos.

Deseaba casarme con Rebecca más que nada en el mundo, pero lo cierto es que me haría muy feliz que en la boda solo estuviéramos el funcionario, ella y yo. No necesitaba el resto de los accesorios.

Me rasqué la nuca y me humedecí los labios, pensativo.

—¿Y no podemos llegar a un acuerdo? ¿Repartir las tareas? —sugerí, esperanzado. Acababa de tener una idea.

El gesto de preocupación desapareció de su rostro, y me miró con los ojos entornados, frunció los labios y asintió.

—No quiero que esto de la boda me convierta en un monstruo como Godzilla, Nicholas. —Levantó una mano, la apoyó en mi pecho y saltó la chispa que sentía siempre que me tocaba—. Quiero que tú disfrutes de ese día tanto como yo. ¿Qué sugieres?

Me apresuré a contárselo antes de que cambiara de idea.

—Tú podrías ocuparte de las flores, la decoración de la sala, los votos, los trajes, el menú, la tarta y esas cosas, y yo me encargaría de encontrar el lugar, elegir la música y las actividades de entretenimiento y reservar el coche. —A medida que iba enumerando me di cuenta de que el reparto no era demasiado equitativo. Vi que enarcaba las cejas, así que, antes de que respondiera, añadí—: Por supuesto, nos ayudaremos el uno al otro en todo momento y te pediré tu aprobación antes de hacer la reserva o de tomar cualquier decisión.

En cuanto al sitio, yo tenía un as guardado en la manga que tendría que mostrarle pronto.

Levanté las manos y envolví su cara con ellas, y disfruté de la calidez que irradiaba y de su breve suspiro de placer. A mi lado, resultaba pequeña y frágil, pero recordé la fortaleza que había demostrado cuando volvimos juntos y sentí que el pecho se me llenaba de orgullo.

—Ya sé que no soy el hombre más extrovertido del mundo, Becky… Pero te aseguro que me gustará ocuparme de esas cosas y así, de paso, participo en la organización.

Rebecca se mordió el interior del labio unos segundos y finalmente asintió y giró la cabeza para darme un beso en la palma de la mano.

—De acuerdo, pero el trato tiene que incluir que pienses un poco lo de los votos mientras estoy fuera —dijo, y se acercó para darme un rápido beso en la mandíbula. Intenté que me besara en los labios, pero se apartó con una sonrisa traviesa—. ¿Lo harás por mí? —preguntó mientras pestañeaba—. Tal vez podrías pedirle ayuda a tu padrino, si ya has elegido alguno —añadió lanzándome un beso. Después se humedeció los labios y salió del salón contoneando ese trasero tan delicioso y tarareando feliz.

Sacudí la cabeza y sonreí divertido. Esa maldita mujer estaba utilizando todas sus armas de seducción conmigo. Cuando se fue, me dejé caer en el sofá con un suspiro y me revolví un poco para colocarme la erección, porque de repente los pantalones me apretaban mucho.

Dejé caer la cabeza sobre los cojines del sofá y me quedé mirando al techo mientras pensaba en nuestra conversación. Me froté la cara con las manos y me sentí abatido. Maldita boda. Lo habíamos dejado todo para el último momento; faltaban menos de siete meses para la fecha y solo hacía dos días que nos habíamos puesto en serio con todo aquello. En solo cuarenta y ocho horas me había visto enterrado hasta los ojos en flores, combinaciones de colores y listas de invitados. Todas esas cosas de chicas no eran para mí. Yo solo quería a Rebecca y hacer oficial lo nuestro. Lo demás me daba igual. Un anillo en el dedo y un trozo de papel para que todo el mundo supiera que era mía, eso era lo que yo quería. Por desgracia, Rebecca tenía otras pretensiones para nuestro gran día. Miré la libreta que seguía sobre la mesa con una mueca de disgusto y dejé escapar un largo y lento suspiro. Ahora se había empeñado en que cambiáramos nuestros votos… No tenía intención de hacerlo, ni la más mínima. Por lo menos había aceptado mi sugerencia de repartirnos las tareas y puede que eso facilitara las cosas.

Solo había una cosa de la que no necesitaba preocuparme: el padrino de boda. Ya lo había elegido, aunque en realidad no es que tuviera que pensarlo mucho: tenía que ser Nathan. Pero todavía no se lo había pedido. No estaba seguro de si le iba a gustar la idea; él tampoco era demasiado extrovertido ni dado a sentimentalismos.

No pude reprimir una sonrisa cuando pensé en pedirle que me ayudara con los votos. Sabía que le iba muy bien con su novia, Stella, pero me había dicho que habían decidido mantener algunas cosas de su interacción como dominante y sumisa como parte de su relación. Solté una carcajada al imaginarme su versión de los votos nupciales: «En la sumisión y en la obediencia, en el castigo y en la recompensa, en la salud y en la enfermedad, prometo follarte y azotarte hasta que el agotamiento nos separe». Debería escribirlos para ver qué cara ponía Becky…

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Nathan

Dos semanas más tarde

Sentado en una de las cómodas sillas del salón de mi casa, sonreí al pensar en lo extraña que era en ese momento mi vida. Joder, «extraña», de verdad, en el sentido de asombrosamente normal, y la verdad es que «normal» no era la palabra que yo habría utilizado para describirme antes de conocer a Stella Marsden. Testarudo, arrogante, insaciable y narcisista, tal vez, pero ¿normal? Nunca. Pero ahí estaba, en una reunión familiar de lo más «normal» con Stella, mi hermano Nicholas y su prometida, Rebecca. Y lo más gracioso es que estaba disfrutando mucho.

¿Quién habría pensado que esa espectacular rubia iba a entrar en mi ordenada vida para ponerlo todo patas arriba? Nunca había sentido algo así por ninguna mujer, y había estado con unas cuantas, la verdad. El caso era que, no s

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