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HáBITOS PARA NIñOS (EDICIóN ENRIQUECIDA) (COLECCIóN VITAL)

Valeria Lozano  

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Fragmento

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Introducción

¡Es magnífico que estés leyendo este libro! Significa que estás interesado en mejorar los hábitos de tu familia en todos sentidos, pues no sólo hablaré de la nutrición del cuerpo, sino de la nutrición integral de las personitas más especiales en tu vida: tus hijos. Por cada madre o padre que busca mejorar la calidad de vida de los niños en su entorno, hay nuevas oportunidades para la salud de todos los seres vivos. Créeme, siempre será mejor y más sencillo educar niños sanos con buenos hábitos, que sanar adultos enfermos y con malos hábitos —o vicios— muy arraigados, así que te agradezco que te involucres, pues tu actitud también influirá en muchas otras personas, aunque no lo creas.

Te felicito por haber dado los dos primeros pasos hacia este cambio: tener la convicción de hacer algo diferente e informarte. El conocimiento es el poder que nos impulsa a cambiar. Si no te informas, difícilmente cambias, por lo que en esta ocasión te ofrezco datos actualizados sobre el estatus de la salud infantil y una serie de ideas que puedes personalizar —considerando tus preferencias, presupuesto familiar y estilo de vida— para mejorar la salud integral de tus hijos. Ante todo, lo importante es cambiar primero nosotros, los padres. Es momento de empezar a observar la clase de hábitos que les hemos inculcado, ya sea por ignorancia, para facilitarnos la vida o por perpetuar ideas obsoletas sin cuestionarnos realmente si tienen un fundamento de valor o de verdad.

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Ahora bien, este libro no pretende desanimarte, hacerte sentir mal, juzgar tus decisiones ni nada por el estilo. Se trata de modificar tu percepción acerca de qué debe corregirse en casa. Aquí, por ejemplo, no encontrarás técnicas sutiles para forzar a tu hijo a comer lo que tú quieres o la cantidad que consideras suficiente. No es un libro que enseñe a los adultos cómo dominar mejor. No. Escribí este libro en defensa de los niños, pensando en ayudarlos, en decirte lo que ellos quisieran expresar, pero no saben cómo. Este libro se centra en ellos, está a favor de que los dejemos ser efectivamente “niños” y nos limitemos a hacer lo que nos corresponde como responsables de su salud.

No busques más métodos para someterlos a tus expectativas de salud, pretendiendo que cenen sopa de verduras todos los días o desayunen un licuado de brócoli sin el menor reparo, cuando tú no lo haces. Y junto con esas ideas, deja atrás la culpa por las decisiones desinformadas de antes. La culpa no tiene cabida en este libro. Los padres somos expertos en ella, pero es momento de dejar el mal hábito de reprocharte porque no puedes ser culpable por algo que ignorabas. Sé responsable. Es más, si eres testigo de alguna situación desafortunada y triste en la escuela, por ejemplo, deja de pensar que está lejos de ti y revisa cuál es tu papel en ese suceso. Tal vez creas que no tienes nada que ver porque no afecta a tu hijo, pero cada vez que tratamos a los niños con violencia —la cual no sólo consiste en golpear, pues se puede lastimar ignorando, amedrentando o criticando constantemente— abonamos a ese tipo de comportamientos, al colectivo que se expresa de esa manera. Necesitas hacerte responsable de la parte que te corresponde. Por más culpa que sientas, el pasado no cambiará, pero sí puede teñir de negatividad tus cambios actuales y futuros. Deja atrás ese sentimiento si es que lo tienes, porque la culpa es una de las emociones más desgastantes.

Cuando termines de leer este libro, tendrás las herramientas y el conocimiento necesarios para cambiar si ya lo has decidido. Cambiar de hábitos requiere voluntad porque cuesta trabajo y supone tiempo, esfuerzo y paciencia. Al leer estas páginas, muchas cosas tendrán sentido y otras no tanto; yo pasé por lo mismo con cada tema. Lo viví. Este libro tardó en gestarse porque tuve que vivir con mis dos hijos muchas de las situaciones que describo y así poder hablar a partir de mi experiencia.

Entiendo perfectamente que al principio todos los cambios encuentran resistencia. Lo más probable es que te sientas incómodo en algunos puntos porque nada molesta más que ver cuestionado nuestro desempeño como padres, aunque espero de corazón que no lo tomes como una crítica, sino como lo que es: una guía para mejorar la salud y la vida de los niños; para darles un futuro mejor, libre de enfermedades graves o que comprometan su calidad de vida; para darles una mayor conciencia de su cuerpo y su nutrición; para vincularlos con los demás seres vivos y con el planeta; para formar niños conscientes de que pueden generar un cambio positivo en el mundo, con creencias que los impulsen a lograr lo que se propongan y a expresarse con todo su potencial. ¿No es lo mismo que buscas para tu hijo?

Pero primero hay que romper paradigmas y desprendernos de ideas anticuadas que nos alejen de esos buenos deseos. Sólo te pido que, aun si no estás de acuerdo con algunos puntos dentro de este cambio de hábitos, los leas y los pruebes; se quedarán como semillitas para otro momento en que quieras modificar ese aspecto en específico. No tomaré a mal si no haces muchas de las cosas que te recomiendo, incluso si te molestan o te parecen exageradas en un principio. No pretendo que implementes todos los cambios en un solo día, pues vivir saludablemente y de manera integral no es una meta, sino un camino para disfrutar, saborear y sentirse cómodo. Vas a recorrerlo toda tu vida.

Vivir saludablemente y con bienestar es un estilo de vida, no una dieta ni una solución momentánea. Los cambios deben hacerse poco a poco, siendo pacientes con nosotros mismos, no sólo con los demás. Comienza este libro con la mente abierta, mucha comprensión y libre de culpa; con ganas de tomar las riendas de tu cambio como adulto para poder educar a tus hijos congruentemente. Tú fuiste niño, así que puedes comprenderlos mejor y dirigir tu responsabilidad como adulto de una manera próspera.

Imagina que este libro es un parteaguas en tus hábitos y los de tu familia. Lo que pasó, ya pasó. Lo importante es cambiar ahora para mejorar, romper con prejuicios e ideas preconcebidas, y crear una nueva dinámica. Por ejemplo, no se vale que, si de pronto cocinas un platillo saludable y tu hijo no se lo come —una situación muy normal y que más adelante te explicaré cómo abordar—, te enojes y digas cosas como “Mi hijo no es sano”, “Ya sabía, por eso no preparo nada así”, “Mi hijo no come verduras ni frutas por nada del mundo”. Es necesario modificar nuestra forma de pensar, desechar las frases comunes y aterrizar las expectativas que podamos tener en el mundo real. Date cuenta de que tus hijos no son “remilgosos” y los míos tampoco. Sólo hacen lo mismo que todos los niños de acuerdo con su biología y sus necesidades. De hecho, ya quisiéramos un poco de su conciencia del hambre y de sus razones para comer; así, no habría un centenar de libros nuevos sobre dietas cada mes ni buscaríamos pastillas para reducir el apetito. ¿No te parece raro que de niño no tengas hambre y te obliguen a comer, pero de grande quieras dejar de comer tanto? Creo que los adultos perdimos —o nos ayudaron a perder— esa comunicación directa con nuestro cuerpo, y quiero ayudarte a que tu hijo la conserve.

Es más, puedo decirte que yo era una niña “normal”, es decir, una niña remilgosa o “difícil para la comida”, como dicen ahora. ¡Sí, eso es normal! Pregunta si no a cualquier madre o padre de familia, y seguramente te dirá que su hijo come poco, sólo acepta las mismas dos o tres cosas, come mal o de plano “no come”, no le gustan las frutas ni las verduras, o lo que es peor —y desafortunadamente muy común—, sólo le gustan los dulces y los postres. Otros —la minoría— dirán que sus hijos comen demasiado bien (es decir, de todo y mucho), con lo que encasillan a los demás niños dentro de la categoría de “comer mal”, y así se perpetúa la idea de que se debe comer mucho para comer “bien”. ¿Quién determina lo que está “bien”? ¿En qué se basa? ¿Comparado con qué? ¿El león se alimenta bien en comparación con el conejo? No tiene sentido. Cada uno consume lo que necesita y lo que su cuerpo demanda. No hay bien ni mal, sólo formas de hacerlo. Más adelante retomaré los distintos tipos de alimentación, pero por ahora quiero aclarar que, en mi experiencia como niña y como madre de pequeños también “remilgosos”, las técnicas para forzar a un niño a comer (como quitarle el postre, prometerle premios, gritar y pelear en la mesa, hacerlo sentir mal, compararlo, etc.) no funcionan. Si piensas que son efectivas porque tu hijo se come todo sin decir nada, lo siento, pero no son eficaces a largo plazo.

Recuerdo que en mi niñez escuchaba siempre las mismas comparaciones: “Mira qué bien come tu prima; come de todo”, “Tu hermana ya se terminó lo que le serví”, “Tu amiga sí prueba las cosas”. En ese entonces me hubiera gustado ser como mi prima, mi hermana o mi amiga para que no me dijeran esas cosas ni me amenazaran tanto. Mi mamá no era un gendarme enojón que diera miedo, pero no necesitas serlo para caer en esa actitud tan temida cuando quieres que tus hijos acepten lo que ni tú comes —como muchas verduras—, y además sin objeción, sin dejar nada en el plato, sin moverse, sin levantarse de la mesa ni jugar con la comida. Suena a misión imposible tratándose de personitas diseñadas para moverse, platicar, aprender y conocer su mundo a través de los sentidos; además de que su vida es jugar (de ahí que también jueguen con la comida) y es la forma en que absorben su entorno.

Imagina mi tortura de niña porque no me gustaba la cebolla y no podía siquiera ver jitomates, miel de abeja, cilantro, papaya, carne roja —en particular molida—, pollo, pescado, mariscos, quesos que no se derritieran, aceite de oliva o pimienta. Yo era feliz con un sándwich de aguacate o tacos de aguacate y frijoles, y unos panecitos de chocolate. (Lo de sólo comer postres también aplicaba en mi caso.)

Seguramente conoces la gran frase que tendemos a utilizar para obligar a los niños a probar comer algo por primera vez: “No sabrás si te gusta si no lo pruebas”. Sin embargo, se nos olvida que muchas veces el olor es suficiente para causar rechazo, pues el sentido del gusto está estrechamente relacionado con el del olfato. A mí me quisieron obligar muchas veces a comer carne molida cuando el olor mismo del picadillo o de las hamburguesas me revolvía el estómago. Aun con castigos y regaños de por medio, nunca la probé ni la probaré.

¿Por qué te cuento esto? Porque quiero que leas este libro desde tu perspectiva de niño, de lo que pensabas entonces, de lo que te gustaba o no, y no sólo en lo referente a la comida, sino respecto a los regaños, los castigos, las comparaciones, las cosas que te hacían sentir mal. Si nunca te has puesto en los zapatitos de tus hijos, para fines prácticos de este libro es necesario que lo hagas, en cada tema y en cada página. Deja de pensar en lo que tú requieres como padre o madre, y comienza a considerar lo que ellos necesitan. Así será más sencillo que comprendas la etapa en que están tus hijos y tu empatía se dará naturalmente. Pregúntate si cuando eras niño te gustaban los gritos, si te sentías bien cuando te molestaban, si aprendías de eso, si te agradaba que te obligaran a hacer algo innecesario, si te gustaba saludar de beso a todos, que te dijeran “¿Cómo se dice?” para que dieras las gracias y te forzaran a compartir y a pedir perdón. ¿Te hacía sentir cómodo todo eso que tratamos de imponer a los niños? ¿Qué sentías cuando te castigaban? ¿Realmente aprendiste con una nalgada? ¿Sentías respeto o miedo cuando veías a tus padres tan grandes y fuertes hablándote con dureza?

Recuerda un poco cómo eras de niño con los alimentos, cómo comías, qué te decía tu mamá, si te gustaba lo que hacía o decía, si te sentías bien, si te daban ganas de cooperar, de comer, de probar… Ahora piensa qué sentías cuando un adulto te defendía o decía algo en beneficio tuyo. Ésa es precisamente mi intención con este libro, hablar a favor de los niños, y espero lograrlo, aunque sea sólo en algunos puntos. Tendemos a evaluar a los niños con nuestros ojos de adultos perfectos, y la diferencia es tanta, que nos impide verlos como realmente son, como éramos nosotros mismos. Espero ayudarte a percibir a tus hijos como seres sabios, inteligentes, transparentes, de quienes tenemos mucho que aprender.

Ten presente que los niños quieren hacerte feliz, quieren hacer lo que tú dices que es bueno, lo que tú aplaudes; no desean molestarte con su actitud ni rebelarse sólo porque sí, pero tienen su propia personalidad, sus gustos, y desafortunadamente no siempre están en sintonía con los tuyos.

Los llenamos de recuerdos cada día que pasamos con ellos. Esas experiencias se quedan guardadas y de nosotros depende que sean valiosas. Relájate desde ahora y permite que los niños a tu lado hagan lo mismo. Haz que la paternidad sea divertida para todos, ya que sólo podemos aspirar a dos cosas: dejarles buenos hábitos para que sean felices y se vuelvan personas de bien, y darles razones positivas para querer vernos, visitarnos y hacernos partícipes de su vida después. La infancia dura tan poco, es tan efímera, que sólo cabe disfrutarla y volverla memorable. Todo eso depende de tu labor de hoy. La infancia es la etapa más importante en la vida de cualquier persona, y si tu hijo la vive de manera inocente, sencilla, agradable y sana, no tendrás mucho que enseñarle después. Los cimientos estarán ahí.

Por ello, en la primera parte de este libro expongo la problemática que enfrentamos hoy, no sólo en relación con la crisis de salud física, emocional y psicológica infantil que vemos a nuestro alrededor (además de la obesidad, hay hiperactividad, falta de concentración y conexión, ansiedad, depresión; todo vinculado), sino respecto al ejemplo que debemos darles a los niños. Ellos emulan lo que ven, y lo que observan en su primera infancia es determinante para su vida. Quiero ayudarte a modificar tu mentalidad para que podamos trabajar durante la lectura del libro, pues si tú no estás dispuesto a cambiar, nada variará en los hábitos de tu hijo. No podemos tener una sociedad sana si no comenzamos por tener niños sanos en todos los aspectos.

Después de leer esta primera parte pensarás que es una gran responsabilidad ser un buen modelo para los pequeños. No obstante, lo mejor de todo es que nunca es demasiado tarde para cambiar; siempre estamos a tiempo. Así, en la segunda parte del libro revisaremos juntos todos sus hábitos, cubriendo los puntos principales en cada etapa: desde la gestación, ese maravilloso momento cuando te enteras de que tendrás un hijo, hasta el final de su infancia, cuando llega a la pubertad.

Todas nuestras decisiones repercuten en la vida de nuestros hijos desde el principio; incluso desde que planeamos un embarazo. Gran parte de su salud se determina en la gestación, pero la responsabilidad sólo se vuelve mayor con el tiempo. De pronto, esa personita ya está ahí y eres responsable de su vida, su seguridad, su salud y su desarrollo. Por ello, analizo los grandes mitos y beneficios de la lactancia y la ablactación, hasta llegar a una alimentación completa y balanceada, con alimentos naturales y sin productos que sólo intoxican el cuerpo de tu hijo. Entonces, ¿qué va a comer? La respuesta es simple: comida. En estas páginas encontrarás una guía completa y concisa de qué deben consumir los niños y qué definitivamente no es bueno para su organismo. Como apoyo, al final hallarás una sección con 100 recetas maravillosas y deliciosas que pueden servirte como punto de partida hacia el mundo de la alimentación natural.

Finalmente, la tercera parte aborda la nutrición más allá del aspecto físico y de una forma profunda. Es importante saber qué da a los niños alegría de vivir, emoción, tranquilidad, felicidad y respeto. Será el momento de verte a ti mismo en ellos, de ver reflejado el entorno emocional que tú creas para ellos, así como la materialización de una diversión positiva, un aprendizaje sólido y nuevos modelos educativos que los lleven a realizarse. Con esto en mente, por último comparto contigo una metodología sencilla y práctica que puedes seguir durante este proceso de cambio para mejorar en conjunto.

Estoy segura de que vas a disfrutar muchísimo este libro y, sobre todo, los resultados de ponerlo en práctica. Gracias por estar aquí conmigo. Mientras haya más padres como tú, este mundo podrá cambiar junto con las siguientes generaciones.

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PRIMERA PARTE

Pensemos diferente

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Capítulo 1

La mejor herencia

¿Qué es lo que tanto buscamos cuando invitamos a los niños a nuestra vida? Todos queremos que sean felices, exitosos —más adelante retomaré este concepto, a veces distorsionado en la vida actual—, positivos y sanos en todos los sentidos. El truco es que todo eso se construye hoy. No mañana, no después. En la infancia, cada día cuenta, cada situación cuenta. Todo importa porque se están generando sus programas. Desde ahora estás instalando el software que tus hijos utilizarán en las distintas situaciones de su vida. Todas las interacciones que los niños tienen hoy influirán en sus relaciones de mañana. Así como están aprendiendo a caminar, hablar y dejar el pañal, comienzan a relacionarse con el mundo y con los demás a partir de sus vínculos en esta primera etapa de la vida, sobre todo en la primera infancia o los primeros siete años.

Los hábitos en la niñez son fundamentales para la vida futura. Algunos datos demuestran que, según la actividad que realizan los niños, existen variaciones en sus ondas cerebrales, desde las ondas delta —de baja frecuencia—, hasta las ondas beta —de alta frecuencia. Los investigadores han descubierto que la actividad electroencefalográfica de los niños revela el predominio de una onda cerebral específica en cada etapa de su desarrollo. Entre el nacimiento y los dos años de edad, el cerebro humano opera predominantemente con las frecuencias encefalográficas más bajas (ondas delta), mientras que pasa a ondas theta entre los dos y los seis años, lo que supone un estado mucho más “sugestionable”.1 Esto justifica la creencia de que los niños son “esponjas” y pueden almacenar una cantidad increíble de información.

Si nos separamos de los términos científicos, mas no de las pruebas científicas, podemos decir que los niños viven en un estado parecido a la hipnosis desde su nacimiento y hasta los siete años aproximadamente, cuando tiene lugar una adaptación neurológica para facilitar la culturización y adaptación al entorno. Los niños pequeños miran con detenimiento lo que los rodea; siempre están observando y es así como almacenan los conocimientos que les damos. ¿Dónde? En su subconsciente, el cual procesa alrededor de 20 millones de estímulos por segundo, frente a los 40 —no 40 millones, sólo 40— que interpreta la mente consciente en ese mismo lapso.2 Como resultado, su comportamiento, creencias, ideas y estructuras mentales son iguales a los de sus padres.3 No es raro entonces que resulte innecesario decirles muchas cosas a los niños, pues nuestros actos hablan con más elocuencia que nuestras palabras.

El inconsciente no es el tema principal de este libro, pero sí es muy importante cuando hablamos de hábitos, ya que es donde éstos se graban. Por eso es tan difícil cambiarlos. Aquí no interviene la fuerza de voluntad, sino los programas inconscientes sumamente arraigados que dirigen 95% de nuestro comportamiento, frente a un 5% restante que quiere hacer algo distinto. El subconsciente tampoco es un ser monstruoso que viene a destruir tu vida; simplemente, es una computadora sin emociones ni juicios que ejecuta programas a base de estímulos y respuestas. Cuando percibimos un estímulo, reaccionamos automáticamente (sin que lo piense el consciente) de la misma forma en que lo hicimos la primera vez que surgió tal estímulo.

Hasta aquí todo va bien. Se trata de un regalo de la evolución. Pero la idea inicial era que estos programas de estímulo y respuesta se almacenaran de forma positiva, en pro de las personas; que fueran una gran herramienta de la mente consciente. Sin embargo, el entorno actual —con adultos estresados, apurados, sin tiempo, ausentes y embebidos en la tecnología, o con metas personales por encima de las familiares— hace que esta gran herramienta resulte contraproducente. Mientras tú piensas en lo que comiste ayer o en la discusión del lunes pasado, o mientras generas ideas y eres creativo en tu trabajo usando tu mente consciente, ¿quién crees que se encarga de todo lo demás? Sí, tu subconsciente. ¿Y cómo actúa? Básicamente, como se le enseñó en esos siete años de seudohipnosis. Y el problema no es la mente subconsciente, sino lo que hemos guardado en ella.

Nosotros, como padres, podemos instalar versiones positivas de estos programas desde un inicio. Lo que haces y dices hoy frente a tus hijos repercute en su salud integral de una manera que no imaginas siquiera. ¿Por qué tener buenos hábitos es la mejor herencia? Porque lo que tus pequeños vean y vivan en esa etapa de seudohipnosis, las actitudes que observen de sus padres, se quedarán grabadas en su cerebro con tanta firmeza como las rutas sinápticas de la mente subconsciente. Las frases —positivas o no—, los comentarios y las opiniones que escuchen de sus padres quedarán almacenados como verdades absolutas. Ya que esa información esté ahí, bien archivada, se encargará de controlar su biología el resto de su vida.4

Si de adultos no nos gusta esta programación, debemos descubrir la forma de cambiarla; pero, como he dicho antes, siempre será más fácil ayudar a un niño con una buena programación inicial, que desprogramar lo que se reforzó durante muchos años. El mayor obstáculo para conseguir el éxito en lo que queremos y buscamos son las limitaciones preestablecidas en el subconsciente. ¿Puedes creerlo? ¡Qué responsabilidad por lo que les decimos día con día a nuestros hijos! Sí, leíste bien. Dije responsabilidad, no culpa.

Los hábitos son inconscientes y están guardados ahí mismo. En la niñez, el objetivo de tu subconsciente es hacer que te adaptes mejor; lo que guardas después es para ahorrarte esfuerzo, por eso se transforma en un comportamiento subconsciente. Los comportamientos se van al subconsciente cuando se repiten mucho; así se adquiere el hábito de manejar, lavarnos los dientes, comer saludable, hacer ejercicio, pero también lo que piensas sobre ti mismo, tu crítica hacia los demás, los juicios, la agresividad, las reacciones involuntarias no deseadas y las acciones autodestructivas. Sí, todo esto también se convierte en hábitos, literalmente canales neuronales que formamos y que se refuerzan con la repetición.5 Ésta es una analogía sencilla: cada vez que tu cerebro hace algo nuevo, genera una nueva red neuronal similar a una brecha en el campo por la que pueden andar los coches. Cuando no existe esta brecha —un hábito nuevo—, el camino es difícil (como cambiar de hábitos). Y mientras más veces pases por ahí se vuelve más transitable —un hábito más sencillo de repetir. Por eso es necesario realizar varias veces el hábito que se quiere adquirir para grabarlo como un acto involuntario, guardado más en tu cuerpo que en tu cerebro. ¿No te ha pasado que no te sabes una contraseña o un teléfono de memoria, pero cuando tienes el teclado frente a ti sí puedes registrarlo? A eso me refiero, a un hábito tan arraigado, que pasó del pensamiento a la memoria muscular.

De la misma manera, las brechas que traces hoy en tus hijos serán fundamentales para el día de mañana, ya sean para bien (comer frutas y verduras) o para no tan bien (siempre acompañar la comida con refresco o usar productos chatarra como premio). Los hábitos son vehículos importantes de transformación personal, esenciales para una vida saludable y exitosa; por ello, cabe recalcar que los padres forman los hábitos de sus hijos. Los adultos decidimos y los guiamos.

Los buenos hábitos no son cualquier cosa y tampoco son opcionales; definen tu vida. Una persona con un trabajo que disfruta, una familia amorosa y relaciones personales satisfactorias, pero con una enfermedad cronicodegenerativa, no puede tener la misma calidad de vida que una persona en las mismas circunstancias y gozando de plena salud. Ni siquiera financieramente están en la misma situación, en especial si la enfermedad es prevenible, como sería un padecimiento derivado de los hábitos y el estilo de vida. Tal vez no lo sepas, pero sólo 5% de las enfermedades se desarrolla por cuestiones genéticas; es decir, 95% de las enfermedades son producto de estilos de vida poco saludables.6 Es mucho lo que podemos prevenir, ¿cierto? Créeme cuando te digo que, si les inculcas a tus hijos buenos hábitos, harás por ellos mucho más que si les heredas cosas materiales. De no tener buenos hábitos, éstas no les durarán mucho tiempo de todas maneras.

Generalmente, cuando hablamos del futuro de nuestros hijos, lo primero que entra en la conversación es la educación. Ésta es una buena herencia también, pero recuerda que debe ser integral. De nada sirve que tu hijo sea un erudito en matemáticas si no sabe comer, orar, agradecer, compartir o sentir compasión por otro ser vivo. Somos seres integrales; no podemos descuidar ninguna parte sin que se desequilibre nuestra salud, pues en ella importan tanto lo físico como lo intelectual, emocional y espiritual. Los seres humanos tenemos muchas necesidades, y más en la primera etapa de nuestra vida. Los niños también pueden estar desnutridos de atención, de presencia, de afecto, de contacto, de comprensión y de compañía, y quizá pienses que todo está bien porque no comen dulces y cenan verduras con quinoa. También por eso me interesa aclarar que no les sentará bien una comida saludable, natural y orgánica si los obligas a comérsela a punta de castigos, gritos y amenazas. Nadie digiere bien cuando está estresado; ante el estrés, el organismo segrega hormonas y tiene sus propios procesos, en los cuales no está involucrada la digestión.

¿SABES QUÉ PASA EN EL CEREBRO DE TUS HIJOS CUANDO LES GRITAS? 7

• Registran recuerdos negativos que generan angustia, estrés y ansiedad.

• Envían señales de peligro, inseguridad y amenaza, como si un león estuviera frente a ellos.

• El cuerpo libera dopamina y adrenalina para huir.

• Se bloquea el proceso de aprendizaje.

Necesitamos abordar la salud de los niños (y de los adultos también, como describí en mi primer libro, Cambia de hábitos) de forma integral, pero debe quedar muy claro que sus hábitos vienen de casa. No hay culpas, ¿recuerdas? Pero sí existen las responsabilidades, y por eso debemos hacer cambios; quizá poco a poco, ligeros y sencillos, pero de forma sostenible. El primer paso, entonces, es no preocuparte. Es mejor ocuparte, y yo te voy a ayudar.

¿Qué logras al tener buenos hábitos? En primer lugar, seguramente has escuchado que los actos —derivados de las decisiones— se convierten en hábitos, éstos constituyen tu carácter y éste a su vez se transforma en tu personalidad, la cual determina tu vida. Por lo tanto, tus hábitos definen tu vida presente y notas su importancia porque determinan la calidad de tu día a día. Tomar decisiones saludables, conscientes y positivas diariamente mejora tu vida y la sustenta en el amor y el respeto propio. Cuando compartes esto con tus hijos, no sólo los estás acostumbrando a comer frutas y verduras, les estás enseñando a cuidar su cuerpo y a respetarse.

Tomar decisiones poco o nada saludables cuando ya tienes conocimiento de sus efectos es un acto autodestructivo. Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces, realmente estás mucho peor que cuando lo ignorabas. Esto suena un tanto alarmista y quizá podrías descartarlo como una exageración, pero no deja de ser una verdad innegable. Los hábitos malos o negativos —como fumar, tomar bebidas alcohólicas de forma desmedida, consumir drogas, etc.— se consideran vicios porque tienen efectos nocivos a corto, mediano y largo plazo. Y sí los catalogas como acciones autodestructivas, ¿no? Los reconoces porque, aun cuando te hacen sentir “bien”, sabes que te hacen daño y muchas veces “no puedes parar”. Lo mismo sucede con los productos chatarra, los refrescos y la comida rápida.

Al transmitirles buenos hábitos a tus hijos también les enseñas que los alimentos no se eligen sólo porque sepan bien. Ése no es el criterio para decidir si los comemos o no; es uno de tantos. El sabor definitivamente no puede ni debe ser el único factor por evaluar.

TUS BUENOS HÁBITOS TAMBIÉN ENSEÑAN

Con ellos, tus hijos aprenden que:

• Los alimentos deben nutrir el cuerpo, no sólo quitar el hambre.

• Mientras más sanos estén, más disfrutarán de su infancia.

• Pueden tomar decisiones saludables.

• Comer debe hacerlos sentir bien, no al contrario.

• Comer es parte fundamental de la vida.

• Nutrirse y comer no son sinónimos.

• La naturaleza provee la comida, no una fábrica.

• Comer saludable es lo normal.

• El ejercicio es necesario para conservar la movilidad.

• La mejor comida se hace en casa.

• Comer a diario frutas y verduras en su estado natural es vital para estar saludable.

• Lo dulce nos gusta a todos, pero hay opciones dulces y a la vez nutritivas.

• Hay que comer sano por salud, no por imagen.

• Tú te amas a ti mismo y a ellos, por eso te cuidas y los cuidas.

Una de las metas de este libro es que conozcas y les transmitas a tus hijos la noción de que comemos para nutrirnos, no sólo para complacer al paladar. De la misma manera, explícales que hacer ejercicio es una celebración de lo que nuestro cuerpo puede hacer, que comer bien no es “hacer dieta” y que la comida más rica es la que uno prepara con amor y con ingredientes de calidad. El menú de tus hijos siempre debe ser igual de saludable que el tuyo.

Con todo esto minimizaremos los efectos de la triste publicidad que muestra mujeres casi famélicas, hombres tan musculosos que apenas pueden abrazar a alguien y colores para atraer a los niños. Cada vez tenemos que luchar más porque lo que vende no es lo que debe hacerse. Y ahí está el reto: elegir lo que se sienta y te haga bien. Debe haber congruencia en todo para que la salud integral de la que hablo sea la realidad que les enseñes a tus hijos. Recuerda, lo principal es que tú cambies de mentalidad porque no hay nada más contagioso que el ejemplo, y eso es lo que estamos buscando. Si tus niños tienen buenos hábitos, es gracias a ti, y si no los tienen, también.

Cada vez que intentas que tus hijos mejoren sus hábitos, les enseñas a tomar decisiones saludables. No necesitas enseñarles nada más si aprenden a decidir por sí mismos lo que les hace realmente bien. Por ejemplo, alguien puede pensar que aprender alemán es difícil; sin embargo, si los padres hablan el idioma, obviamente será sencillo para los niños porque lo “viven”, pero resultará un poco más complicado para quienes no tienen esa influencia en casa. Lo mismo pasa con la comida saludable: si es algo que se vive, será muy fácil.

Una infancia feliz es una infancia saludable

Cuando hablamos de alimentación saludable para niños, pensamos lo mismo que cuando se trata de los adultos: es aburrida, no les va a gustar, no se la van a comer y no la van a querer. En primer lugar, recordemos que si el niño posee un concepto de comida saludable, seguramente lo adoptó de alguien cercano. La famosa frase “De algún lado lo tuvo que haber sacado” es cierta. En algún lugar aprendió a decir “No me gusta la fruta, no me gusta el agua natural, no me gustan las verduras”, ya que no nació con esas ideas. Sin duda, el niño tiene gusto y preferencia por ciertos alimentos, pero no siente un rechazo natural por todo un grupo. Si a los pequeños les desagrada un alimento o no lo quieren probar, es porque no están familiarizados con él; por ejemplo, si nunca les has dado nopales, cuando lleguen a una edad más selectiva, en la que ya decidan un poco más, obviamente será más difícil convencerlos de que los coman. De ahí la importancia de comenzar lo antes posible y desde etapas tempranas; aunque cambiar siempre es una posibilidad, es mejor cuando resulta más fácil. Comienza entonces con tu bebé de ocho meses, dándole nopales picados que le van a fascinar y son muy nutritivos.

Es muy sencillo, los niños comen lo que se consume en su casa (también lo que se come en la escuela, pero esto lo veremos más adelante); por eso es fundamental acercarlos a diferentes alimentos desde un principio, aunque a ti como adulto no te agraden. Por ejemplo, a mí nunca me ha gustado la papaya —ni me gustará seguramente—; no soporto su olor. Entonces, a mi hijo mayor nunca le di papaya porque no sabía ni escogerla. Él no tuvo problemas para evacuar durante la ablactación, así que no necesité darle papaya en sus primeras comidas. En cambio, mi segundo hijo sí necesitó más fibra cuando empezó a comer sólidos y tuve que darle papaya a mi pesar. Ahí noté cómo formamos a los niños con nuestros hábitos, con nuestros gustos, impidiendo que prueben toda la variedad de alimentos que hay. Por eso dudo que exista tal cosa como, “No me gustan las frutas”; hay tantas en el mundo que no creo que haya alguien que no coma siquiera pepino, aguacate o mandarina. Lo mismo sucede con las verduras. Los papás solemos generalizar y decir “Mi hijo no come nada”, cuando simplemente come poco. Más adelante repasaremos todos estos mitos (p. 131), pero quiero aclarar desde ahora que no comer nada y comer poco no es lo mismo. Uno y cero en ningún caso son lo mismo, y cualquier ingeniero podría confirmarlo.

No se trata de que el niño coma algo aburrido, como lechuga con limón y brócoli asado. Para nada. Mi trabajo es darte herramientas y el tuyo es llevar un seguimiento. Debemos ser creativos, saber cómo abordar el tema, recordar que la alimentación actual de tus hijos es por
tu falta de conocimiento, así que le pondremos todas las ganas para asumir esa responsabilidad y darle un giro a la situación. Seamos pacientes con los cambios de los niños como si fueran nuestros. No será fácil, pero resultará muy gratificante, te lo aseguro. No existe mejor sentimiento para los padres que la conciencia de estar haciendo lo correcto y en beneficio de nuestros hijos.

Cuando hablamos de comida saludable para niños siempre surge el comentario: “Pero son niños, deben disfrutar su infancia y comer dulces”. Me queda claro que quienes dicen esto piensan que comer saludable es tener a los niños con las manos atadas en las piñatas, añorando comer lo que está prohibido. Ésta es justamente otra idea que deseo eliminar de tu mente para que sepas que comer saludable es igualmente delicioso y nutritivo, y que los niños también quieren y pueden comer alimentos naturales. Mis hijos comen muy rico y entienden lo que sí consumimos y lo que no: sí comemos comida, no comemos productos. Y en casa somos congruentes con ese ejemplo, así que no necesito prohibir absolutamente nada. De hecho, ellos son libres de probar algo si quieren, pero la mayor parte de las veces mi hijo mayor me dice “¿Para qué lo pruebo? Me va a gustar y no lo voy a comer porque me hace daño. Yo quiero estar sano para jugar”. Recuerdo el día que probó el refresco de cola más comercial y me dijo con ojos sorprendidos y llorosos por el gas: “Mami, no sabe feo; de hecho, sabe muy rico”. Yo le respondí que, si tuviera mal sabor y aparte hiciera daño, nadie lo consumiría. Como expliqué antes, el sabor no debe ser el criterio determinante para elegir lo que comemos. Hay ingenieros en alimentos —entre otras profesiones más— encargados de que los productos sepan deliciosos para que opines exactamente eso y no puedas parar de consumirlos; ellos saben cuánta azúcar es necesario para que tu cerebro siempre quiera más sin que te des cuent ...