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HáBITOS PARA NIñOS (EDICIóN ENRIQUECIDA) (COLECCIóN VITAL)

Valeria Lozano  

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Fragmento

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Introducción

¡Es magnífico que estés leyendo este libro! Significa que estás interesado en mejorar los hábitos de tu familia en todos sentidos, pues no sólo hablaré de la nutrición del cuerpo, sino de la nutrición integral de las personitas más especiales en tu vida: tus hijos. Por cada madre o padre que busca mejorar la calidad de vida de los niños en su entorno, hay nuevas oportunidades para la salud de todos los seres vivos. Créeme, siempre será mejor y más sencillo educar niños sanos con buenos hábitos, que sanar adultos enfermos y con malos hábitos —o vicios— muy arraigados, así que te agradezco que te involucres, pues tu actitud también influirá en muchas otras personas, aunque no lo creas.

Te felicito por haber dado los dos primeros pasos hacia este cambio: tener la convicción de hacer algo diferente e informarte. El conocimiento es el poder que nos impulsa a cambiar. Si no te informas, difícilmente cambias, por lo que en esta ocasión te ofrezco datos actualizados sobre el estatus de la salud infantil y una serie de ideas que puedes personalizar —considerando tus preferencias, presupuesto familiar y estilo de vida— para mejorar la salud integral de tus hijos. Ante todo, lo importante es cambiar primero nosotros, los padres. Es momento de empezar a observar la clase de hábitos que les hemos inculcado, ya sea por ignorancia, para facilitarnos la vida o por perpetuar ideas obsoletas sin cuestionarnos realmente si tienen un fundamento de valor o de verdad.

Ahora bien, este libro no pretende desanimarte, hacerte sentir mal, juzgar tus decisiones ni nada por el estilo. Se trata de modificar tu percepción acerca de qué debe corregirse en casa. Aquí, por ejemplo, no encontrarás técnicas sutiles para forzar a tu hijo a comer lo que tú quieres o la cantidad que consideras suficiente. No es un libro que enseñe a los adultos cómo dominar mejor. No. Escribí este libro en defensa de los niños, pensando en ayudarlos, en decirte lo que ellos quisieran expresar, pero no saben cómo. Este libro se centra en ellos, está a favor de que los dejemos ser efectivamente “niños” y nos limitemos a hacer lo que nos corresponde como responsables de su salud.

No busques más métodos para someterlos a tus expectativas de salud, pretendiendo que cenen sopa de verduras todos los días o desayunen un licuado de brócoli sin el menor reparo, cuando tú no lo haces. Y junto con esas ideas, deja atrás la culpa por las decisiones desinformadas de antes. La culpa no tiene cabida en este libro. Los padres somos expertos en ella, pero es momento de dejar el mal hábito de reprocharte porque no puedes ser culpable por algo que ignorabas. Sé responsable. Es más, si eres testigo de alguna situación desafortunada y triste en la escuela, por ejemplo, deja de pensar que está lejos de ti y revisa cuál es tu papel en ese suceso. Tal vez creas que no tienes nada que ver porque no afecta a tu hijo, pero cada vez que tratamos a los niños con violencia —la cual no sólo consiste en golpear, pues se puede lastimar ignorando, amedrentando o criticando constantemente— abonamos a ese tipo de comportamientos, al colectivo que se expresa de esa manera. Necesitas hacerte responsable de la parte que te corresponde. Por más culpa que sientas, el pasado no cambiará, pero sí puede teñir de negatividad tus cambios actuales y futuros. Deja atrás ese sentimiento si es que lo tienes, porque la culpa es una de las emociones más desgastantes.

Cuando termines de leer este libro, tendrás las herramientas y el conocimiento necesarios para cambiar si ya lo has decidido. Cambiar de hábitos requiere voluntad porque cuesta trabajo y supone tiempo, esfuerzo y paciencia. Al leer estas páginas, muchas cosas tendrán sentido y otras no tanto; yo pasé por lo mismo con cada tema. Lo viví. Este libro tardó en gestarse porque tuve que vivir con mis dos hijos muchas de las situaciones que describo y así poder hablar a partir de mi experiencia.

Entiendo perfectamente que al principio todos los cambios encuentran resistencia. Lo más probable es que te sientas incómodo en algunos puntos porque nada molesta más que ver cuestionado nuestro desempeño como padres, aunque espero de corazón que no lo tomes como una crítica, sino como lo que es: una guía para mejorar la salud y la vida de los niños; para darles un futuro mejor, libre de enfermedades graves o que comprometan su calidad de vida; para darles una mayor conciencia de su cuerpo y su nutrición; para vincularlos con los demás seres vivos y con el planeta; para formar niños conscientes de que pueden generar un cambio positivo en el mundo, con creencias que los impulsen a lograr lo que se propongan y a expresarse con todo su potencial. ¿No es lo mismo que buscas para tu hijo?

Pero primero hay que romper paradigmas y desprendernos de ideas anticuadas que nos alejen de esos buenos deseos. Sólo te pido que, aun si no estás de acuerdo con algunos puntos dentro de este cambio de hábitos, los leas y los pruebes; se quedarán como semillitas para otro momento en que quieras modificar ese aspecto en específico. No tomaré a mal si no haces muchas de las cosas que te recomiendo, incluso si te molestan o te parecen exageradas en un principio. No pretendo que implementes todos los cambios en un solo día, pues vivir saludablemente y de manera integral no es una meta, sino un camino para disfrutar, saborear y sentirse cómodo. Vas a recorrerlo toda tu vida.

Vivir saludablemente y con bienestar es un estilo de vida, no una dieta ni una solución momentánea. Los cambios deben hacerse poco a poco, siendo pacientes con nosotros mismos, no sólo con los demás. Comienza este libro con la mente abierta, mucha comprensión y libre de culpa; con ganas de tomar las riendas de tu cambio como adulto para poder educar a tus hijos congruentemente. Tú fuiste niño, así que puedes comprenderlos mejor y dirigir tu responsabilidad como adulto de una manera próspera.

Imagina que este libro es un parteaguas en tus hábitos y los de tu familia. Lo que pasó, ya pasó. Lo importante es cambiar ahora para mejorar, romper con prejuicios e ideas preconcebidas, y crear una nueva dinámica. Por ejemplo, no se vale que, si de pronto cocinas un platillo saludable y tu hijo no se lo come —una situación muy normal y que más adelante te explicaré cómo abordar—, te enojes y digas cosas como “Mi hijo no es sano”, “Ya sabía, por eso no preparo nada así”, “Mi hijo no come verduras ni frutas por nada del mundo”. Es necesario modificar nuestra forma de pensar, desechar las frases comunes y aterrizar las expectativas que podamos tener en el mundo real. Date cuenta de que tus hijos no son “remilgosos” y los míos tampoco. Sólo hacen lo mismo que todos los niños de acuerdo con su biología y sus necesidades. De hecho, ya quisiéramos un poco de su conciencia del hambre y de sus razones para comer; así, no habría un centenar de libros nuevos sobre dietas cada mes ni buscaríamos pastillas para reducir el apetito. ¿No te parece raro que de niño no tengas hambre y te obliguen a comer, pero de grande quieras dejar de comer tanto? Creo que los adultos perdimos —o nos ayudaron a perder— esa comunicación directa con nuestro cuerpo, y quiero ayudarte a que tu hijo la conserve.

Es más, puedo decirte que yo era una niña “normal”, es decir, una niña remilgosa o “difícil para la comida”, como dicen ahora. ¡Sí, eso es normal! Pregunta si no a cualquier madre o padre de familia, y seguramente te dirá que su hijo come poco, sólo acepta las mismas dos o tres cosas, come mal o de plano “no come”, no le gustan las frutas ni las verduras, o lo que es peor —y desafortunadamente muy común—, sólo le gustan los dulces y los postres. Otros —la minoría— dirán que sus hijos comen demasiado bien (es decir, de todo y mucho), con lo que encasillan a los demás niños dentro de la categoría de “comer mal”, y así se perpetúa la idea de que se debe comer mucho para comer “bien”. ¿Quién determina lo que está “bien”? ¿En qué se basa? ¿Comparado con qué? ¿El león se alimenta bien en comparación con el conejo? No tiene sentido. Cada uno consume lo que necesita y lo que su cuerpo demanda. No hay bien ni mal, sólo formas de hacerlo. Más adelante retomaré los distintos tipos de alimentación, pero por ahora quiero aclarar que, en mi experiencia como niña y como madre de pequeños también “remilgosos”, las técnicas para forzar a un niño a comer (como quitarle el postre, prometerle premios, gritar y pelear en la mesa, hacerlo sentir mal, compararlo, etc.) no funcionan. Si piensas que son efectivas porque tu hijo se come todo sin decir nada, lo siento, pero no son eficaces a largo plazo.

Recuerdo que en mi niñez escuchaba siempre las mismas comparaciones: “Mira qué bien come tu prima; come de todo”, “Tu hermana ya se terminó lo que le serví”, “Tu amiga sí prueba las cosas”. En ese entonces me hubiera gustado ser como mi prima, mi hermana o mi amiga para que no me dijeran esas cosas ni me amenazaran tanto. Mi mamá no era un gendarme enojón que diera

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