Loading...

HELP ME!

Marianne Power  

0


Fragmento

 

La silla de oficina está cubierta con un tejido gris que pica. Intento no pensar en el origen de la mancha oscura cuando dejo caer mi bata de felpa al suelo y me siento. Desnuda.

Hay corriente en la sala. El aire frío impacta contra mi piel. El corazón me palpita con fuerza.

Estoy desnuda. Delante de gente. Desnuda. Debajo de un foco. Desnuda.

Mi mente se dispara. ¿Y si entra alguien a quien conozco? ¿Alguien con quien trabajo? ¿O un antiguo profesor?

—Tú encuentra una postura en la que estés cómoda y relájate —me dice el profesor desde el fondo de la sala—. Te prometo que nadie pensará en tu desnudez… Estarán demasiado concentrados en su obra de arte.

Capullo condescendiente, qué fácil es decirlo con los vaqueros y la chaqueta puestos. Ahora mismo llevas un ciento por ciento más de ropa que yo.

Cruzo las piernas y apoyo los brazos en el regazo, por cubrirme algo. Bajo la vista a mi barriga de mozzarella y a los pelos rubios de mis piernas, que brillan bajo la intensa luz. El ruido del lápiz sobre el papel es lo único que me distrae de la voz que resuena en mi cabeza. Una voz que me grita: «¿Qué demonios estás haciendo aquí? ¿Por qué no estás en casa mirando la tele como una persona normal? ¿Y por qué no te has depilado las piernas? Digo yo que es lo primero que debe hacerse cuando se está a punto de posar desnudo en público, ¿no? ¿Qué tal un poco de rasurado corporal básico?».

Capto movimiento con el rabillo del ojo. Alguien llega tarde. Es un hombre. Es alto. Cabello oscuro y rizado. Levanto la cabeza ligeramente. Lleva un jersey azul marino. Dios, me pirran los jerséis bonitos… Y me asalta la cruda realidad: ha entrado un hombre sexy, y yo estoy sentada sin ropa en un salón municipal.

De esto están hechas las pesadillas.

Me quedo mirando una bola de pelusa del suelo como si me fuera la vida en ella.

Inspiro hondo, y me preocupa que respirar me haga parecer gorda. Más gorda.

«Basta, Marianne. Piensa en otra cosa… como en qué cenarás cuando llegues a casa. ¿Pollo salteado, quizá? ¿O una tostada con queso?»

—Vale, Marianne, ¿por qué no probamos una postura de pie? ¿Qué te parece de espaldas a la sala? ¿Y con los brazos levantados?

Me tiemblan las piernas al darme la vuelta.

Me pregunto cómo van a captar estos Miguel Ángel mi celulitis. ¿Es algo que les enseñan? ¿Un poco como aprender perspectiva y a recrear el cielo? Me pregunto qué pensará Míster Jersey de mi culo. Lo odiará, estoy segura. Me apuesto lo que sea a que todas sus amiguitas llevan la talla treinta y seis y tienen el pompis como un melocotón.

Pienso en tostadas con queso. Me pregunto qué tipo de pan nos queda.

Me arden los brazos de mantenerlos en alto. Dos gotas de sudor me resbalan por el costado. Entonces el profesor vuelve a hablar.

—Podéis cambiar de sitio para tener una perspectiva mejor, si queréis —indica a sus alumnos—. Acercaos a la modelo. Buscad un buen ángulo para trabajar.

Las sillas arañan el suelo de madera. Míster Jersey está sentado ahora a un metro de mí, tan cerca que puedo oler su loción para el afeitado. Huele a limpio, con un matiz marino.

«Seguro que piensa que eres un bicho raro por quedarte desnuda en público un domingo por la noche. Seguro que cree que tus piernas peludas son gordas y feas. Seguro que… ¡Basta, Marianne!»

Vuelvo a concentrarme en la pelusa. Me pregunto por qué los suelos de los salones municipales tienen siempre tanto polvo y si puedo permitirme pasar de la colada cuando vuelva a casa. Entonces el profesor me dice que me vista.

Y en ese momento me siento aún más desnuda. Me había dicho que llevase una bata —lo que evoca imágenes de buhardillas parisinas y modelos en salto de cama de seda—, pero lo único que tenía era un batín. Me lo pongo, cojo aire y me acerco a Míster Jersey.

—Lo siento, he perdido algo de práctica —murmura mirando al caballete—. No he captado bien tu nariz, y la frente me ha quedado un poco grand

Recibe antes que nadie historias como ésta