Loading...

HERIDAS Y POLVO DE ESTRELLAS

Andrea Hannah  

0


Fragmento

UNO

Cuando Rae me dijo que el lobo nos estaba observando de nuevo en el maizal, me reí. Y luego le di un golpecito en el brazo, por estúpida. Ella solía decir que los lobos sabían todos nuestros secretos, que con las orejas bien erguidas escuchaban los rumo­res sobre Lacey Jordan y el conserje, que la manada entera sabía cómo había perdido Rae su virginidad, en el cuarto de visitas de su madre, hacía dos veranos. A veces, decía, se acercaban aún más cuando llevábamos de contrabando vodka de cereza bajo nuestras chamarras forradas de piel, con las botellas tintineando contra los botones de nuestros jeans. A los lobos les gustan las cosas sabor cereza.

Mis botas crujían contra la fina capa de hielo que cubría el campo de maíz. Seguí a Rae a través de las quebradizas cañas que sobresalían entre la nieve, mientras el cielo despejado nos inundaba de azul. Su cabello asomaba por debajo de su gorro y su aliento parecía cuajarse como leche cortada por el frío.

—¿Qué estamos haciendo? En serio —resoplé al tiempo que esquivaba una caña rota.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Rae se rio y su nariz puntiaguda apuntó hacia el cielo.

—¿No podrías simplemente dejarte llevar, Claire? —se detuvo y levantó un acolchado guante verde a su costado—. Mira qué hermoso día. Vamos, ¡disfrútalo! Quién sabe cuándo volverás a ver el sol —arrastró los pies en la nieve, balanceando las manos a través del maíz quebrado.

—Perdón, señorita, cuándo volverás a ver tú el sol. Estoy casi segura de que tú también estás atrapada aquí.

Pero Rae sólo se rio y siguió balanceando sus guantes, haciendo ochos en el aire con lentitud, mientras dejaba los primeros restos del invierno tras de sí.

Yo hice lo mismo. Porque yo siempre hago lo mismo que los demás.

Rae se desplomó en un montículo de nieve del tamaño justo para dos chicas delgadas y chasqueó los labios agrietados. Me dejé caer y me hundí a su lado, a pesar de que no traía puestos mis pantalones para la nieve. El frío se filtraba a través de mi ropa interior y hacía que me doliera el trasero.

Por un segundo, juraría haber visto al lobo, aquel lobo que, según Rae, una vez trató de sustraer una cajetilla de cigarros del bolsillo posterior de su pantalón. Pero parpadeé, y su silueta se fundió con la nieve.

Rae volteó rápidamente y escudriñó la borrosa sombra de un probable lobo escondido entre las cañas.

—Definitivamente voy a largarme de este pueblo de mierda —me susurró al oído, como si al hablar en voz alta el lobo fuera a aullar contra sus palabras hasta que éstas rebotaran entre las adormiladas casas—. Voy a tener un departamento en el piso cincuenta de algún sitio y mi propio sofá y una silla de color rojo, sólo porque puedo.

Suspiré, metiendo un dedo en la nieve.

—Sí, yo también.

—No. Seré yo quien salga de aquí.

Alcé la vista y la vi mirándome con los ojos entrecerrados.

—Lo sé, Rae. Yo también. Un día nos iremos juntas de aquí.

Rae se chupó el labio inferior. Luego dejó escapar una bocanada de aire.

—Un día es en tres días.

La luz del sol nos rodeaba todavía, tan quieta que las palabras de Rae hacían eco a través del maizal, la nieve y el cielo. Salvo por el chasquido de una frágil hoja justo frente a nosotras y un destello gris tan grueso como un secreto.

Expulsé el aliento por entre mis dientes. Rae envolvió mi muñe­ca con su guante verde y la apretó. Pero si en verdad el lobo había estado allí, escuchando, una de dos, o se había marchado ya o estaba demasiado quieto como para ser descubierto.

Me volví hacia Rae y susurré:

—¿Qué quieres decir con tres días? Estás como a un año de graduarte.

—Pero Robbie ya lo hizo —dijo.

Fruncí la nariz mientras hundía otro dedo en la nieve.

—¿Y qué?

—Que Robbie se va a mudar a Chicago. Y yo me voy a ir con él. Nos vamos un par de días antes de Navidad —gritó y aplaudió juntando los guantes.

—¿Estás loca? —me puse de pie, sacudiéndome la nieve de los jeans—. ¡Lo conoces apenas hace como una semana! Y cuánto has hablado con él realmente, si lo único que han estado haciendo es lamerse las caras después de que tus padres se van a dormir —caminé por entre las cañas, haciendo círculos en el aire con mis manos rosadas—. Esto es…, esto es una locura, Rae, no lo hagas.

Rae se levantó, y en lugar de parecer enojada tenía la mirada dulce y vacía. Me agarró de los hombros y mis botas hollaron la nieve.

—Me voy a ir, Claire. Y necesito que me prometas algo.

Cerré los ojos y aspiré el aire invernal. Casi tenía miedo de preguntar.

—¿Qué, Rae?

Un guante aterrizó en la nieve dando un suave golpe. Abrí los ojos. La hoja de un cuchillo de cocina se extendía peligrosamente cerca de su mano.

—¿Qué estás…?

Rae deslizó el cuchillo y la sangre corrió por su piel. Me agarró de la mano y sus ojos centellearon.

—Ahora tú.

Yo me aparté, pero ella era demasiado rápida; un corte más, y luego el calor de mi propia sangre inundó mi palma. Rae dejó caer el cuchillo y puso su mano frente a la mía.

—Prométeme que no le dirás a nadie que sabes dónde estoy, ni siquiera a Ella, —exhaló—. Ni siquiera cuando pregunten.

Me quedé mirando su mano, las constelaciones de sangre se recogían entre los pliegues.

—De acuerdo.

—De acuerdo —Rae sonrió y oprimió su mano contra la mía—. Un juramento de sangre no se puede romper —nos se­paramos, y yo metí la mano en la nieve para diluir la sensación de picor de la sangre seca. Cuando me levanté de nuevo, Rae me envolvió en un abrazo—. Ahora siempre estaré contigo, vayas a donde vayas —susurró—. Sé que cumplirás tu promesa.

images

Y cumplí mi promesa.

Mientras los lobos me lo permitieron.

Dos

–N o, Laura, estoy tan perdida como tú en este asunto —dijo mamá, estirando el cable del teléfono entre sus dedos. Su larga cabellera estaba atada en un complicado chongo a la altura del cuello—. Yo sólo le diría que si vuelve a saquearte el minibar, se irá a vivir con tu hermana a Alpena.

Me senté en la barra del desayunador, la piyama de franela se abombaba en mi cintura. Tiré de los cordones. Una pequeña R bordada, seguida de una B torcida miraron hacia mí.

—Ah —dije, y papá dobló el periódico y levantó una ceja.

—Espera un segundo, Laura —mamá enredó los dedos en el extremo del teléfono—. ¿Tú sabes algo, Claire? —susurró con un brillo en los ojos.

—¿De qué, ma? —pregunté, aunque ya lo sabía. Sin duda era algo acerca de Rae. Siempre era así.

—Rae —murmuró—. Laura encontró una maleta empacada bajo su cama.

Sentí las mejillas calientes mientras pasaba el pulgar sobre las letras.

—Mmm, no. No sé nada de eso. Acabo de recordar que ésta es la piyama de Rae, eso es todo. Creo que la dejó la última vez que pasó aquí la noche.

Mamá asintió y su rostro se ensombreció.

—¿Por qué no te vistes, sí? Dile a Ella que también se vista. Haremos tu pastel de cumpleaños antes de ir a la iglesia esta noche —sonrió, y las bolsas bajo sus ojos se tensaron. Apretó el teléfono contra su mejilla—. No, pensé que podía saber lo que está pasando con Rae, pero no ha dicho nada…

El estómago se me revolvió cuando salté del taburete, sujetándome los enormes pantalones para que no terminaran en mis tobillos. A pesar de que Rae era sólo un año y medio mayor que yo, a veces sentía como si más de diez años nos separaran. Siempre habíamos hablado de dejar Amble, a bordo de un auto viejo, con un chico que oliera a tabaco y condujera lo suficientemente rá­pido como para hacer que los tallos de maíz se desdibujaran en nuestro camino fuera del pueblo. Pero la idea de hacerlo de verdad, o sea de veras hacer una maleta y huir de noche furtivamente, me hacía sentir un poco mal. Pero no a Rae.

Papá se aclaró la garganta del otro lado del periódico, atajando mis pensamientos.

—¿Tú sabes algo, Claire? ¿Por qué Rae tiene una maleta llena debajo de la cama?

Sus palabras fueron tan quedas que apenas las escuché entre el susurro de las páginas. Los planes de Rae se arremolinaban en mi mente: imágenes de ella subiendo a un coche con un tipo que tenía demasiado pelo y un futuro tan incierto como para ver más allá de la frontera del estado de Ohio.

“Sólo díselo.”

Torcí las iniciales de Rae alrededor de mis dedos. Papá bajó el periódico y puso las manos sobre los titulares.

—¿Y bien?

El secreto me quemaba la garganta como el barato jarabe de uva para la tos que mamá siempre me hacía beber, y que a mi hermana Ella le gustaba tomar aunque ni por asomo estornudáramos. Me lo tragué.

—No tengo idea.

Papá me miró durante un buen rato antes de asentir. Sus ojos se posaron de nuevo en el periódico.

—Bueno, si recuerdas algo, ya sabes dónde encontrarme.

Intenté decir algo alegre y natural, como: “Ah, sí, claro, seguro te digo si sé algo”. Sin embargo, sólo emití un sonido aho­gado. Tiré de los cordones de la piyama mientras caminaba por el pasillo.

—Dice mamá que te vistas —dije empujando la puerta abierta de Ella.

Se sentó en medio de su habitación, bajo el dosel de estrellas de papel y relámpagos que ella misma había hecho. Un alboroto de centelleantes luces del arcoíris parpadeaba en torno a la ventana. Los restos de su infancia todavía se aferraban a las paredes amarillentas, mientras que los pósteres de bandas y chicos habían empezado a extenderse como la hiedra.

—Estoy vestida —dijo alisándose las rayas de la falda. Me miró pestañeando—. ¿Qué tiene de malo?

—Ell, es invierno. Te vas a congelar —mientras la liberaba de su corta falda, se agarró de mi mano—. ¿Dónde están esos pantalones cafés que te di?

Ella apartó un rubio rizo de su mejilla.

—Mmm, en el clóset… tal vez.

Levanté una ceja y abrí de golpe la puerta del clóset. Un montón de ropa arrugada, de colores brillantes, con un tenue aroma a cereza de su spray corporal, cayó al suelo. Emití un quejido y empecé a recoger el desastre.

—Mamá te va a matar.

Ella puso las manos en sus caderas.

—¡No creo! ¿Has visto su clóset? Está igual que el mío.

Luché con una especie de suéter peludo para poder sacar los pantalones, sonriendo mientras me volvía y se los arrojaba. Unas mallas rayadas color amarillo neón con negro subieron por sus piernas hasta llegar a una camiseta azul que lucía como si alguien le hubiera estornudado lentejuelas encima. Se veía como un pequeño experimento equivocado de la moda, como un recorte de uno de esos atuendos que aparecían en la revista Seventeen y que te hacían preguntarte si alguien en el mundo de la moda estaba cuerdo.

—Por favor, ponte esto —dije riendo—. Y de paso ponte un suéter.

Ella tomó los pantalones y torció los ojos. Yo comencé a desenredar los calcetines regados y la ropa interior en el piso del clóset.

—¡Ey! ¡Necesitas tu regalo de cumpleaños! —cantó detrás de mí. Un móvil de viento hecho de cucharas oxidadas que había reco­gido de la cafetería del centro tintineó mientras abría el cajón de su escritorio.

Fruncí la nariz.

—Mi regalo de cumpleaños debería ser que me dejaras destruir ese móvil de viento —puse los dedos en tijera y fingí que cortaba los cordeles de la perilla.

Ella se rio, apartando mi mano.

—De ninguna manera. Puede ser que lo odies, pero este móvil de viento está súper increíble. Te lo juro, me da buena suerte cada vez que suena —su cabello se deslizó por su cuello mientras arrastraba los pies hacia el cajón—. Así que hoy es mi día de suerte, no el tuyo —y me sacó la lengua.

El corazón me dio un vuelco. Un poco de suerte me vendría bien, definitivamente, pensé. Por un segundo, consideré tomar prestado el móvil de viento de Ella.

—¡Aquí está! —cantó sacando una pequeña caja envuelta con sus propios dibujos—. ¡Feliz cumpleaños número quince!

—Mmm…, ¿qué es? —sacudí violentamente la caja junto a mi oído y después junto al otro. Hacer esperar a Ella siempre era la mejor parte de abrir los regalos de cumpleaños—. ¿Qué podrá ser?

—¡Ábrelo, ábrelo! —Ella dio unos saltitos en la silla del escritorio, con las mejillas sonrosadas y brillantes.

—Está bien, está bien —sonreí destapando la caja. En el interior había un pequeño pájaro tejido. Hebras de estambre azul violeta y gris ahumado tejidas a través de las alas. En vez de ojo, tenía una gruesa cuenta negra de cristal. Lo tomé y lo sostuve en la palma de la mano.

—Es muy bonito, Ell —suspiré. Levanté la vista hacia ella—. ¿Tú lo hiciste?

—Ajá —asintió—. Es un separador de libros, ¿ves? Las alas pueden sobresalir del libro —tomó el pájaro de mi mano y lo inclinó para que su ala asomara hacia arriba—. Y es un pájaro porque sé que tú te quieres ir a Nueva York y estudiar diseño de ropa y todo eso. Es como decir que tú puedes volar o algo así.

Tomé el ave de la mano de Ella y pasé los dedos por las pequeñas y suaves bolitas de estambre.

Ella se mordió el labio, mirándonos a mí y al pájaro.

—Fue idea de mamá.

Sonreí y la alcancé dándole un gran abrazo.

—Muchas gracias —susurré. Es el mejor regalo del universo.

—Oigan, chicas —dijo papá, tocando a la puerta mientras asomaba la cabeza—, mamá y yo tenemos que salir corriendo.

Ella abrió los ojos con desmesura.

—¿Por qué? ¡Es el cumpleaños de Claire!

—Lo sé, cariño, lo sentimos mucho.

Mamá se apartó de papá y tomó mi mano.

—Vamos a pasar por Laura para ver si podemos ayudar a hacer entrar en razón a Rae —abrió la boca para decir algo, pero se tragó el pensamiento con un carraspeo. Luego dijo—: Laura piensa que Rae va a tratar de huir de nuevo —me apretó los dedos, como si sus palabras fueran lo suficientemente afiladas para perforar mi piel. Pero, en realidad, sólo rebotaron en mí como cuchillos de mantequilla y nada más me dejaron picazón en los puntos que tocaron. Rae siempre dijo que se iba a ir—. Igual tendremos un pastel para esta noche, lo prometo.

Retiré mi mano de las suyas.

—Ésta no es la primera vez que empaca una maleta, lo sabes —le espeté—. De todos modos, siempre regresa.

Rae había tratado de huir dos veces antes. Una vez en su séptimo cumpleaños y otra en Halloween, el año pasado, todavía vestida con su traje de hada maligna. Siempre decía que los días de fiesta eran los mejores para escapar porque todo el mundo estaba demasiado ocupado para notarlo, hasta que ya era demasiado tarde. Pero las dos veces Rae había regresado por su cuenta, con el pretexto de haber olvidado sus pantuflas amarillas favoritas, o una revista, o un paquete de cocas de dieta.

La única diferencia era que en esta ocasión Robbie la estaba controlando. Y que, entre los dos, probablemente tendrían suficiente dinero para comprar un paquete de cocas de dieta cuando se les acabaran.

—Bien, Telegrama, nos vamos.

Papá palmeó la cabeza de Ella, quien hizo una mueca, quizá por el peso de la mano o tal vez por lo cursi del apodo.

—Claire, cuida a tu hermana.

Salieron de su cuarto y Ella se dejó caer bajo su dosel, haciendo que las estrellas y los relámpagos danzaran en sus hilos. Dejé salir el aire de mi pecho.

Un alivio me inundó y mi estómago se estremeció con un vértigo. Por un lado, sabía que Rae se sentiría súper decepcionada si papá y todo el Departamento de Policía de Amble (los tres miembros) descubrieran sus planes y la obligaran a plantar a Robbie y quedarse en casa. Pero por otro lado, si se quedaba en casa, sana y salva, yo podría guardar el secreto y tener a Rae cerca.

La puerta principal se cerró y Ella apareció de nuevo.

—Vamos —me agarró de la muñeca y me condujo a la sala.

—¿A dónde crees que vas? —pregunté mientras Ella se encaramaba en el clóset de los abrigos. Una pila de guantes impares y horribles sombreros comenzó a crecer en el suelo.

—Vamos a dar un paseo en bici —Ella volteó, con los ojos brillantes—. ¡Tengo otro regalo de cumpleaños! Un regalo sorpresa. Vamos —me arrojó el abrigo a los brazos y una pequeña caja de madera cayó al suelo.

—¿Éste es el premio sorpresa? —pregunté agachándome para recogerlo. Ella me lo quitó de las manos y abrió la tapa antes de que pudiera adivinar lo que había dentro.

Ar ...