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HIELO NEGRO

Becca Fitzpatrick  

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Fragmento

Créditos

Título original: Black Ice

Traducción: Victoria Morera

1.ª edición: noviembre, 2014

© 2014 by Becca Fitzpatrick

© Ediciones B, S. A., 2014

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 20065-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-904-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Abril

Un año después

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Un año después

Epílogo

Dedicatoria

Para Riley y Jace,

quienes me cuentan historias

Agradecimientos

Agradecimientos

Esta novela ha sido escrita por muchas manos.

Gracias a Zareen Jaffery, mi editora, por tu sabiduría y dedicación. Algunas de las mejores partes de esta novela son mérito tuyo.

Christian Teeter y Heather Zundel, una escritora no podría tener unas primeras lectoras ni hermanas mejores. Nunca me preocupó que no me dijerais, exactamente, lo que opinabais de Hielo negro. Al fin y al cabo, siempre, desde que era pequeña, me habéis dicho lo que opináis sobre mi ropa, mi cabello, mis novios y mis gustos sobre la música y el cine. ¡Sois lo mejor de lo mejor!

No puedo dejar de mencionar a Jenn Martin, mi asistente, cuyo cerebro funciona de un modo muy diferente al mío: el suyo es organizado. Jenn, gracias por ocuparte de todo lo demás para que yo pudiera concentrarme en escribir.

Gracias a mis amigos de Simon & Schuster. Entre ellos, a Jon Anderson, Justin Chanda, Anne Zafian, Julia Maguire, Lucy Ruth Cummins, Chrissy Noh, Katy Hershberger, Paul Crichton, Sooji Kim, Jenica Nasworthy y Chava Wolin. No podría haber encontrado un equipo editor mejor. ¡Chocad esos cinco y un montón de abrazos a todos!

Katherine Wiencke, gracias por corregir Hielo negro.

Como siempre, valoro la perspicacia y visión para los negocios de mi agente, Catherine Drayton. Y, hablando de agentes, también tengo el placer de trabajar con la mejor agente de derechos en el extranjero de la industria. Gracias, Lyndsey Blessing, por poner mis novelas a disposición de los lectores en otras partes del mundo.

Erin Tangeman, del bufete de abogados Nebraska Attorney General’s Office, merece todas mis alabanzas por su gestión de las cuestiones legales relacionadas con mis novelas. Cualquier error es responsabilidad mía.

Gracias a Jason Hale por la idea de las pegatinas de la pesca con mosca en el parachoques del Wrangler de Britt.

Sé que Josh Walsh, como hombre modesto que es, está cansado de que lo mencione en mis libros, pero valoro profundamente sus conocimientos farmacéuticos.

Por último, querido lector, la verdad es que, en última instancia, esta novela está en tus manos gracias a ti. Nunca te estaré lo bastante agradecida por leer mis novelas.

Abril

Abril

La oxidada camioneta Chevy se detuvo. Lauren Huntsman se dio un golpe en la cabeza contra la ventanilla del copiloto y se despertó bruscamente.

Parpadeó varias veces con somnolencia. Tenía la cabeza llena de fragmentos rotos y desparramados de recuerdos que, si lograba unirlos, formarían una unidad; una ventana que le permitiría acordarse de lo que había ocurrido aquella noche, pero ahora esa ventana estaba rota en mil pedazos en el interior de su dolorida cabeza.

Se acordaba de una ruidosa música country, de risas estridentes y de un televisor que, colgado de una pared, emitía los momentos más importantes de unos encuentros de la NBA. Una iluminación tenue. Unas estanterías con docenas de botellas de color verde, ámbar y negro.

Negro.

Ella pidió un trago de aquella botella porque le producía una agradable borrachera. Una mano firme vertió el licor en su vaso y ella se lo bebió de un trago.

—Otro —pidió, y dejó el vaso vacío sobre la barra.

Se acordaba de que se había balanceado pegada a las caderas del vaquero mientras bailaban al son de una música lenta. Le quitó el sombrero. Le quedaba mejor a ella. Se trataba de un Stetson negro que hacía conjunto con su ajustado vestido negro, su bebida negra y su humor de perros. Afortunadamente, resultaba difícil estar de malhumor en un antro cutre como aquel. El bar constituía una rara piedra preciosa en el ambiente estirado y cursi de Jackson Hole, Wyoming, donde estaba pasando las vacaciones con su familia. Había salido a hurtadillas y sus padres nunca la encontrarían en aquel lugar. Esta idea fue, para ella, como un faro en el horizonte. Pronto iría demasiado pedo para recordar su aspecto. Sus críticas miradas ya empezaban a diluirse en su memoria, como la pintura aguada que resbala sobre la tela.

Pintura. Color. Arte. Ella había intentado huir allí, a un mundo progresista de tejanos y dedos manchados de pintura, pero ellos no se lo habían permitido y la habían apartado de aquellos ambientes. No querían a una artista de espíritu libre en la familia. Querían una hija con un diploma de Stanford.

Si la quisieran, ella no se pondría vestidos baratos y ajustados que enfurecían a su madre ni se apasionaría por causas que atentaban contra el egoísmo y la rígida y elitista moral de su padre.

Casi deseó que su madre estuviera allí para verla bailar y deslizarse por la pierna del vaquero; cadera con cadera; mientras le murmuraba al oído las cosas más escandalosas que se le ocurrían. Solo dejaron de bailar cuando él se fue a la barra para conseguirle otra copa. Ella habría jurado que sabía de un modo diferente a las anteriores. O quizás estaba tan pedo que se imaginaba que tenía un sabor amargo.

Él le preguntó si quería ir a algún lugar privado.

Lauren solo titubeó durante unos segundos. Si su madre lo desaprobaría, entonces la respuesta era obvia.

La portezuela del copiloto se abrió y la visión de Lauren dejó de balancearse el tiempo suficiente para centrarse en el vaquero. Por primera vez, se fijó en que tenía el puente de la nariz torcido. Probablemente, era un recuerdo de una pelea de bar. Saber que te

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