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HIJAS DE LA LUZ DEL NORTE

Christine Kabus  

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Fragmento

Créditos

Título original: Töchter des Nordlichts

Traducción: Ana Guelbenzu

1.ª edición: junio 2014

© 2014 by Bastei Lübbe AG

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B 9724-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-812-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

Árbol genealógico

Mapas

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Comentario sobre las palabras y expresiones sami

¡Gracias! Takk! Giitu!

Dedicatoria

Para mi padre

Cita

Ii idja nu guhkki ahte beaivi ii bode.

No hay noche tan larga que impida la llegada del día.

Árbol genealógico

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Mapas

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Prólogo

Prólogo

Se detuvo al intuir, más que ver, un movimiento a su espalda. Volvió lentamente la cabeza y contuvo la respiración: a unos cinco pasos de distancia, un reno la observaba entre las raíces de los abedules blancos del altiplano ártico. Su piel era blanca. Probablemente un reno salvaje, pues tenía las orejas intactas, sin los cortes con que los dueños de los rebaños marcaban a sus animales para distinguirlos de los de otras familias. Nunca había estado tan cerca de un reno salvaje. Eran animales tímidos que evitaban a los seres humanos, pero aquel no parecía asustado. Se lo veía tranquilo y la miraba a los ojos. Ella sintió un escalofrío. El reno bajó la cabeza como si quisiera asentir y se alejó al trote.

La niña recordó las palabras de su abuela: «Jievja, el solitario reno blanco solo se deja ver ante personas de corazón puro. Si el reno blanco viene a verte, escucha con atención porque te trae un mensaje.»

Los ojos se le humedecieron con lágrimas de alivio. Ya no se sentía rechazada, era bienvenida. Se apoyó en una roca y cerró los ojos. Un tono profundo le fue brotando del pecho, seguido de una retahíla de otros sonidos. Aquellos tonos emergían enérgicos de su interior con naturalidad. Evocó imágenes que creía olvidadas hacía tiempo, de niña, arrodillada junto a su abuela, retirando con un raspador los restos de carne de la piel de reno.

—Cuéntame una historia, áhkku —pidió, como tantas veces, y por primera vez oyó la leyenda de jievja y del origen de su tierra, Laponia.

—Un día Jubmel, el dios supremo, decidió crear un mundo nuevo y bueno —empezó su abuela, pero se interrumpió—. ¿Sabes qué otro nombre tenía ese dios?

—Radienattje —se apresuró a contestar ella—. Padre Reinante.

La abuela le sonrió y continuó con su relato:

—Pues Jubmel quería crear un mundo nuevo que su hijo Bejve, el dios del Sol, debía gobernar. Para ello sacrificó su precioso reno blanco. Los huesos sirvieron de cimientos, la carne fue convertida en tierra, las venas en grandes ríos y con la piel hizo las montañas, los prados y los bosques. Con la cabeza del reno modeló la bóveda celestial, donde colocó los ojos brillantes como astros de la noche y la mañana. Sin embargo, el corazón del reno fue enterrado en lo más profundo de la tierra. Desde entonces sigue latiendo y nos da la vida. Y si escuchas con atención, oirás en el silencio de las noches claras de verano el latido del pequeño reno.

Capítulo 1

1

Oslo, enero de 2011

La primera vez que Nora lo vio fue una tarde de domingo mientras patinaba sobre hielo. Estaba apoyado en el pedestal del monumento a Henrik Wergeland en un extremo de la piscina rectangular, que también ese invierno se había convertido en una pista de hielo, con la mirada clavada en ella. Más adelante Nora no supo por qué se había fijado en él. Su parka oscura se fundía con el gris piedra de la estatua. Calculó que aquel hombre debía de sacarle más o menos una cabeza. Comparado con la mayoría de los adultos que abarrotaban el parque, que se extendía en paralelo a la Karl Johans Gate desde el Teatro Nacional hasta el Parlamento, era de estatura media. Nora apenas distinguía los rasgos de su cara a tanta distancia. Sin embargo, tuvo la vaga sensación de conocerle. No, conocer no era la palabra, más bien le resultaba familiar. ¿Por qué la observaba? ¿O eran imaginaciones suyas?

Se deslizó por la pista de hielo para verlo de cerca. Cuando llegó al borde, el sitio que el hombre había ocupado junto a la estatua del escritor estaba vacío. Observó a los paseantes que caminaban despreocupados. El hombre no podía haberse escondido en ninguna parte: había desaparecido.

Nora se encogió de hombros y volvió con Leene y Petrine, las dos colegas con quienes había salido. Las tres trabajaban de educadoras en el centro de día Lille Bamsen, asociado a un centro de orientación y asistencia para niños y jóvenes de origen inmigrante o en situación de precariedad. La guardería se encontraba al noreste de la principal estación de trenes, en el límite del antiguo barrio obrero de Grønland, donde se habían instalado multitud de familias inmigrantes.

Ambas en mitad de la treintena, tras nueve años trabajando juntas, a Nora y Leene las unía además una sólida amistad. Nora apreciaba su sensibilidad, sentido del humor e infalible tacto para tratar con niños «difíciles». Con Petrine, de veintiocho años, que había recalado en el centro tres años antes y había resultado ser una colega fiable y competente, Nora no se sentía del todo a gusto. Su actitud ante la vida y sus opiniones eran demasiado distintas. Sin embargo, por el bien del ambiente laboral, de vez en cuando accedía a aquellos encuentros a tres bandas que Petrine proponía con regularidad. Nora suponía que envidiaba la confianza que existía entre Leene y ella, pero la simpatía o la amistad no se pueden forzar.

—No me vendría mal un chocolate caliente —dijo Nora, señalando un pequeño toldo con varias mesas altas delante. A pesar de que la temperatura era solo de unos grados bajo cero, Nora llevaba una gruesa chaqueta de piel de cordero y no paraba de moverse, pues estaba helada.

—Yo me apunto —contestó Leene, que llevaba un anorak acolchado rojo y uno de sus numerosos uniformes, como llamaba a los coloridos juegos de gorro, bufanda y guantes tejidos por ella misma.

Petrine, vestida con un traje deportivo de invierno que resaltaba su figura, asintió.

—Sí, a mí tampoco me vendría mal una pequeña pausa para entrar en calor —dijo, y se frotó la nariz roja del frío con las manos enguantadas.

Abandonaron la pista de hielo y poco después estaban sentadas a una mesa con sendas tazas humeantes en la mano. Al lado de Leene y Petrine, ambas altas y atléticas, Nora siempre parecía más baja y delicada. Ya le había pasado que alguien la confundiera a lo lejos con algún niño de los que ella atendía. No solo por su estatura, también porque muchos padres y sus pequeños vástagos eran de Asia, África y los Balcanes, y Nora, con su cabello oscuro y sus pómulos prominentes, tenía un aire exótico en comparación con sus colegas, rubias y de ojos azules.

—Lasse y yo queremos alquilar una cabaña en la montaña para las vacaciones de Pascua. Estamos buscando a gente divertida que se apunte. —La voz de Petrine interrumpió los pensamientos de Nora—. ¿No os apetece? —preguntó, y se quedó mirando a sus compañeras.

Nora se encogió de hombros.

—¿En las vacaciones de Pascua? Ni siquiera he pensado qué voy a hacer —contestó—. Pero suena tentador —añadió a desgana al ver la cara de decepción de Petrine.

Petrine se volvió hacia Leene.

—¿Y tú y Jens?

Para sorpresa de Nora, Leene se ruborizó.

—Eh, bueno, nosotros esta vez haremos algo distinto —dijo, y se le iluminó la cara. Tenía una mano en la barriga y se la acariciaba con ternura.

Petrine abrió los ojos de par en par.

—¿Quieres decir que... estás embarazada? —exclamó.

Nora vio que algunas personas se volvían hacia ellas. Leene bajó la cabeza, cohibida, y asintió.

—Muchas felicidades —dijo Nora, y levantó la taza de chocolate para brindar con Leene—. ¿Desde cuándo lo sabes?

—Hace tiempo. Estoy de cuatro meses. Esta vez no quería contarlo hasta que fuera seguro —añadió en voz baja.

Nora asintió y le dio un apretón en el brazo. Su amiga ya había tenido dos abortos espontáneos en las primeras semanas de embarazo. Nora sabía que eso la había hecho sufrir más de lo que dejaba traslucir, por eso se alegraba aún más por ella, que ahora vería cumplido su deseo de tener hijos. Leene puso la mano encima de la de Nora por un instante y la miró a los ojos.

—Bueno, ya que estamos con grandes noticias... —dijo Petrine, y las miró reclamando su atención. No soportaba durante mucho tiempo que otra persona fuera el centro de interés—. Lasse y yo nos casaremos en verano. —Miró la taza vacía, la recogió y se dirigió al puesto diciendo—: Voy a invitar a una ronda para brindar.

—Pero ¿Lasse ya lo sabe? —susurró Leene—. Parece muy repentino, ¿y dónde está el anillo? Sería lo primero que nos habría enseñado.

Nora soltó una risita.

—Ahora que lo dices, no me sorprendería que Petrine acabase de decidirlo.

Ella no dudaba de que aquel

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