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HIJAS DE LA LUZ DEL NORTE

Christine Kabus  

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Fragmento

Créditos

Título original: Töchter des Nordlichts

Traducción: Ana Guelbenzu

1.ª edición: junio 2014

© 2014 by Bastei Lübbe AG

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B 9724-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-812-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

Recibe antes que nadie historias como ésta

Árbol genealógico

Mapas

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Comentario sobre las palabras y expresiones sami

¡Gracias! Takk! Giitu!

Dedicatoria

Para mi padre

Cita

Ii idja nu guhkki ahte beaivi ii bode.

No hay noche tan larga que impida la llegada del día.

Árbol genealógico

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Mapas

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Prólogo

Prólogo

Se detuvo al intuir, más que ver, un movimiento a su espalda. Volvió lentamente la cabeza y contuvo la respiración: a unos cinco pasos de distancia, un reno la observaba entre las raíces de los abedules blancos del altiplano ártico. Su piel era blanca. Probablemente un reno salvaje, pues tenía las orejas intactas, sin los cortes con que los dueños de los rebaños marcaban a sus animales para distinguirlos de los de otras familias. Nunca había estado tan cerca de un reno salvaje. Eran animales tímidos que evitaban a los seres humanos, pero aquel no parecía asustado. Se lo veía tranquilo y la miraba a los ojos. Ella sintió un escalofrío. El reno bajó la cabeza como si quisiera asentir y se alejó al trote.

La niña recordó las palabras de su abuela: «Jievja, el solitario reno blanco solo se deja ver ante personas de corazón puro. Si el reno blanco viene a verte, escucha con atención porque te trae un mensaje.»

Los ojos se le humedecieron con lágrimas de alivio. Ya no se sentía rechazada, era bienvenida. Se apoyó en una roca y cerró los ojos. Un tono profundo le fue brotando del pecho, seguido de una retahíla de otros sonidos. Aquellos tonos emergían enérgicos de su interior con naturalidad. Evocó imágenes que creía olvidadas hacía tiempo, de niña, arrodillada junto a su abuela, retirando con un raspador los restos de carne de la piel de reno.

—Cuéntame una historia, áhkku —pidió, como tantas veces, y por primera vez oyó la leyenda de jievja y del origen de su tierra, Laponia.

—Un día Jubmel, el dios supremo, decidió crear un mundo nuevo y bueno —empezó su abuela, pero se interrumpió—. ¿Sabes qué otro nombre tenía ese dios?

—Radienattje —se apresuró a contestar ella—. Padre Reinante.

La abuela le sonrió y continuó con su relato:

—Pues Jubmel quería crear un mundo nuevo que su hijo Bejve, el dios del Sol, debía gobernar. Para ello sacrificó su precioso reno blanco. Los huesos sirvieron de cimientos, la carne fue convertida en tierra, las venas en grandes ríos y con la piel hizo las montañas, los prados y los bosques. Con la cabeza del reno modeló la bóveda celestial, donde colocó los ojos brillantes como astros de la noche y la mañana. Sin embargo, el corazón del reno fue enterrado en lo más profundo de la tierra. Desde entonces sigue latiendo y nos da la vida. Y si escuchas con atención, oirás en el silencio de las noches claras de verano el latido del pequeño reno.

Capítulo 1

1

Oslo, enero de 2011

La primera vez que Nora lo vio fue una tarde de domingo mientras patinaba sobre hielo. Estaba apoyado en el pedestal del monumento a Henrik Wergeland en un extremo de la piscina rectangular, que también ese invierno se había convertido en una pista de hielo, con la mirada clavada en ella. Más adelante Nora no supo por qué se había fijado en él. Su parka oscura se fundía con el gris piedra de la estatua. Calculó que aquel hombre debía de sacarle más o menos una cabeza. Comparado con la mayoría de los adultos que abarrotaban el parque, que se extendía en paralelo a la Karl Johans Gate desde el Teatro Nacional hasta el Parlamento, era de estatura media. Nora apenas distinguía los rasgos de su cara a tanta distancia. Sin embargo, tuvo la vaga sensación de conocerle. No, conocer no era la palabra, más bien le resultaba familiar. ¿Por qué la observaba? ¿O eran imaginaciones suyas?

Se deslizó por la pista de hielo para verlo de cerca. Cuando llegó al borde, el sitio que el hombre había ocupado junto a la estatua del escritor estaba vacío. Observó a los paseantes que caminaban despreocupados. El hombre no podía haberse escondido en ninguna parte: había desaparecido.

Nora se encogió de hombros y volvió con Leene y Petrine, las dos colegas con quienes había salido. Las tres trabajaban de educadoras en el centro de día Lille Bamsen, asociado a un centro de orientación y asistencia para niños y jóvenes de origen inmigrante o en situación de precariedad. La guardería se encontraba al noreste de la principal estación de trenes, en el límite del antiguo barrio obrero de Grønland, donde se habían instalado multitud de familias inmigrantes.

Ambas en mitad de la treintena, tras nueve años trabajando juntas, a Nora y Leene las unía además una sólida amistad. Nora apreciaba su sensibilidad, sentido del humor e infalible tacto para tratar con niños «difíciles». Con Petrine, de veintiocho años, que había recalado en el centro tres años antes y había resultado ser una colega fiable y competente, Nora no se sentía del todo a gusto. Su actitud ante la vida y sus opiniones eran demasiado distintas. Sin embargo, por el bien del ambiente laboral, de vez en cuando accedía a aquellos encuentros a tres bandas que Petrine proponía con regularidad. Nora suponía que envidiaba la confianza que existía entre Leene y ella, pero la simpatía o la amistad no se pueden forzar.

—No me vendría mal un chocolate caliente —dijo Nora, señalando un pequeño toldo con varias mesas altas delante. A pesar de que la temperatura era solo de unos grados bajo cero, Nora llevaba una gruesa chaqueta de piel de cordero y no paraba de moverse, pues estaba helada.

—Yo me apunto —contestó Leene, que llevaba un anorak acolchado rojo y uno de sus numerosos uniformes, como llamaba a los coloridos juegos de gorro, bufanda y guantes tejidos por ella misma.

Petrine, vestida con un traje deportivo de invierno que resaltaba su figura, asintió.

—Sí, a mí tampoco me vendría mal una pequeña pausa para entrar en calor —dijo, y se frotó la nariz roja del frío con las manos enguantadas.

Abandonaron la pista de hielo y poco después estaban sentadas a una mesa con sendas tazas humeantes en la mano. Al lado de Leene y Petrine, ambas altas y atléticas, Nora siempre parecía más baja y delicada. Ya le había pasado que alguien la confundiera a lo lejos con algún niño de los que ella atendía. No solo por su estatura, también porque muchos padres y sus pequeños vástagos eran de Asia, África y los Balcanes, y Nora, con su cabello oscuro y sus pómulos prominentes, tenía un aire exótico en comparación con sus colegas, rubias y de ojos azules.

—Lasse y yo queremos alquilar una cabaña en la montaña para las vacaciones de Pascua. Estamos buscando a gente divertida que se apunte. —La voz de Petrine interrumpió los pensamientos de Nora—. ¿No os apetece? —preguntó, y se quedó mirando a sus compañeras.

Nora se encogió de hombros.

—¿En las vacaciones de Pascua? Ni siquiera he pensado qué voy a hacer —contestó—. Pero suena tentador —añadió a desgana al ver la cara de decepción de Petrine.

Petrine se volvió hacia Leene.

—¿Y tú y Jens?

Para sorpresa de Nora, Leene se ruborizó.

—Eh, bueno, nosotros esta vez haremos algo distinto —dijo, y se le iluminó la cara. Tenía una mano en la barriga y se la acariciaba con ternura.

Petrine abrió los ojos de par en par.

—¿Quieres decir que... estás embarazada? —exclamó.

Nora vio que algunas personas se volvían hacia ellas. Leene bajó la cabeza, cohibida, y asintió.

—Muchas felicidades —dijo Nora, y levantó la taza de chocolate para brindar con Leene—. ¿Desde cuándo lo sabes?

—Hace tiempo. Estoy de cuatro meses. Esta vez no quería contarlo hasta que fuera seguro —añadió en voz baja.

Nora asintió y le dio un apretón en el brazo. Su amiga ya había tenido dos abortos espontáneos en las primeras semanas de embarazo. Nora sabía que eso la había hecho sufrir más de lo que dejaba traslucir, por eso se alegraba aún más por ella, que ahora vería cumplido su deseo de tener hijos. Leene puso la mano encima de la de Nora por un instante y la miró a los ojos.

—Bueno, ya que estamos con grandes noticias... —dijo Petrine, y las miró reclamando su atención. No soportaba durante mucho tiempo que otra persona fuera el centro de interés—. Lasse y yo nos casaremos en verano. —Miró la taza vacía, la recogió y se dirigió al puesto diciendo—: Voy a invitar a una ronda para brindar.

—Pero ¿Lasse ya lo sabe? —susurró Leene—. Parece muy repentino, ¿y dónde está el anillo? Sería lo primero que nos habría enseñado.

Nora soltó una risita.

—Ahora que lo dices, no me sorprendería que Petrine acabase de decidirlo.

Ella no dudaba de que aquella boda llegaría. Petrine era la más joven de las tres, pero también la más decidida, daba por hecho que sus deseos y expectativas debían cumplirse. A veces Nora envidiaba la confianza que mostraba en sí misma. ¿Cómo sería no dudar nunca de una misma?

Petrine regresó con tres tazas de chocolate caliente. Después de felicitarla y brindar a la salud de la futura novia, Leene se volvió hacia Nora.

—Oye, ¿y cómo está Per? Hace tiempo que no hablas de él.

—Bueno, la cosa no funcionó —dijo Nora.

—Ah, lo siento.

—No tienes por qué sentirlo —le aseguró Nora al ver la preocupación de Leene—. De verdad, no era nada serio.

Petrine frunció el entrecejo.

—¿De verdad? ¿No estás harta de estar soltera? —La pregunta fue tajante, casi un reproche.

Leene respiró hondo. Por lo visto, Petrine se dio cuenta de que se había equivocado en el tono, porque añadió fingiendo que la regañaba:

—Nora Nybol, ¿no es hora ya de comprometerte y formar una familia?

La aludida sonrió.

—¿Tú crees que con treinta y cinco años una chica piensa en esas cosas?

—Marilyn Monroe tenía veinticinco cuando lo dijo —replicó Petrine con aspereza.

Al día siguiente, Nora se despertó temprano y decidió iniciar su semana laboral en su restaurante favorito en la Thorvald Meyers Gate, a medio camino de su trabajo. La propietaria no solo era una experta en preparar deliciosas creaciones de café, sino que además cocinaba maravillosamente bien. A Nora se le hacía la boca agua solo de pensar en un bollo de pasas caliente recién horneado.

Nora entró puntual a las siete y media en el edificio principal de dos plantas de la guardería, cuyo terreno vallado era adyacente a un pequeño parque. En la planta superior estaban el despacho de administración, las salas de los asistentes sociales y terapeutas familiares y una gran sala de reuniones. Abajo había una cocina y una sala de estar con armarios y buzones para los empleados. A continuación venía una sala de trabajo con ordenadores en los que, entre otras cosas, se redactaban los informes semanales, una de las pocas tareas a las que Nora había renunciado gustosamente.

El tiempo despejado del fin de semana había cambiado de repente, así que se quitó la chaqueta y la guardó en su armario. Había pensado salir fuera con sus niños, pero la lluvia de granizo helada que caía de un cielo encapotado no entraba en sus cálculos.

De camino a la puerta, Nora echó un vistazo a su buzón. Le sorprendió ver un sobre dirigido a ella. Era poco habitual recibir correspondencia externa, lo normal eran comunicaciones internas, folletos informativos, planes de trabajo y cosas parecidas.

Nora arrugó la nariz al reconocer la caligrafía redondeada de su madre Bente en el sobre. Ya se imaginaba su contenido: le pediría un encuentro para contárselo y aclarárselo «todo» a Nora. Hacía semanas que Bente no paraba de atosigarla con eso, había hablado cientos de veces con el contestador de casa y el del teléfono móvil, le había enviado varios correos electrónicos y postales, y ahora, encima, le enviaba una carta a su lugar de trabajo. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Una visita intempestiva?

Sintió que la rabia hacia su madre volvía a crecer en su interior. Ahora resultaba que Bente quería hablar, después de haber callado durante treinta y cinco años. ¿Cómo podía hacerle eso? Por una parte no se cansaba de repetir que su hija era la persona más importante de su vida, y por otra le había mentido.

Nora se metió el sobre en el bolsillo de la chaqueta de lana entallada de color turquesa, decidida a hacer caso omiso de ese nuevo intento de acercamiento. Salió del edificio y cruzó la plaza, frente a la cual había varias cabañas de madera bajas de distintos colores. Se dirigió a la naranja, donde estaba su grupo, los «Leones».

Más tarde, al mediodía, observaba con sus niños un gran mapamundi que colgaba de una pared de la sala de juegos. Los continentes y países estaban caracterizados con las plantas y animales típicos de cada uno.

En ese momento estaban buscando Pakistán, el país de los padres de Amal, de cinco años, y su hermana Bhadra, dos años mayor. Esta señaló una cabra con los cuernos en espiral separados en forma de V, y declaró con orgullo:

—Eso es un markhor. Mi papá dice que es el símbolo de Pakistán.

Antes de que Nora pudiera comentar las palabras de la niña, Amal le preguntó:

—¿De dónde son tus padres?

Su amigo Mahdi, cuyos abuelos habían emigrado desde Somalia, le dio un empujón en el costado y exclamó:

—Qué pregunta más tonta. ¡De Noruega, claro!

—No es verdad —dijo Amal, y puso cara de pocos amigos. Observó a Nora con atención—. Tienes los ojos como los de Seteney —añadió, y señaló a una niña de ojos castaños y ligeramente rasgados y pómulos elevados, heredados de su madre, originaria del Cáucaso—. Eres bajita —continuó—. Tienes el pelo oscuro y eres muy distinta de Leene y Petrine.

Nora acarició el cabello brillante y negro de Amal.

—Es cierto —dijo—. Pero Mahdi tiene razón. Mis padres son noruegos. Mi madre es rubia, yo me parezco más a mi padre, que es de Finnmark. ¿Sabéis dónde está? —preguntó a los niños en general.

La pequeña Seteney se acercó al mapa, se puso de puntillas y señaló un reno que había arriba del todo, en el norte de Noruega.

Nora le hizo un gesto de aprobación.

—¿Y sabéis quién vive ahí? —preguntó.

—Los esquimales —dijo Mahdi.

—No, esos viven donde siempre hay nieve —repuso Bahdra.

—Pero ¡ahí siempre hay nieve! —insistió Mahdi, y tocó el mapa.

—Los esquimales, mejor dicho, los inuit, como se denominan ellos, viven en las zonas más al norte de Norteamérica —dijo Nora, y señaló Alaska y el norte de Canadá, donde se veían osos polares, focas y morsas—. En nuestro país viven los sami.

—¿Qué son los sami? —preguntó Bahdra.

—¡Yo lo sé, yo lo sé! —exclamó Seteney, que se puso a dar brincos emocionados delante de Nora—. Son los que corren.

—¿Qué? —dijo Mahdi—. ¿Se pasan todo el día corriendo?

—No; esos que cantan tan raro.

—Ah, te refieres a los yoik —dijo Nora.

—¿Qué es eso? —inquirió Mahdi.

—Da igual —refunfuñó Bahdra—. ¡Yo he preguntado primero! Quiero saber qué son los sami.

Nora acarició la cabeza de Mahdi.

—Te lo explicaré en otro momento —prometió, alegrándose de que Bahdra la hubiera interrumpido. No habría podido explicar con exactitud qué era el yoik—. Los sami son bastante parecidos en algunas cosas a los inuit —continuó—. Y como originariamente proceden de Oriente —Nora señaló las regiones al otro lado de los Urales—, algunos tienen los ojos como Seteney y el pelo oscuro.

—Entonces la familia de tu padre también emigró —afirmó Amal.

Nora asintió.

—Sí, y para ser exactos, todos los noruegos son inmigrantes.

Los niños se miraron sorprendidos y sonrieron.

—¿Por qué se parecen los sami y los inuit? —preguntó Mahdi.

—Antes llevaban una vida nómada. Eso significa que no vivían en casa fijas, sino que seguían a los renos, que ellos llaman caribús, en sus migraciones y...

Una voz de mujer interrumpió a Nora.

—¿No venís a comer?

Nora se dio la vuelta y vio a Leene en la puerta.

—Ah, ¿ya es tan tarde? No he mirado la hora —dijo, y se volvió hacia los niños.

—Id con Leene, yo acabo enseguida.

Sonrió a Leene, que hizo una seña a los cuatro niños para que la acompañaran. Mientras Nora guardaba los útiles de pintar en sus cajas y recogía los dibujos que los niños habían hecho, pensó en la pregunta de Amal por el origen de sus padres. El verano anterior no habría podido contestarle, por lo menos en lo que se refería a su padre. Tampoco sabía prácticamente nada sobre la familia de su madre hasta entonces, solo que Bente se había criado en Tromsø.

Nora se quedó mirando el dibujo de Mahdi que tenía en la mano. Los niños habían recreado a sus familias. Mahdi se quejaba de que la hoja era demasiado pequeña para que cupieran todos sus parientes. Apenas había tenido espacio para sus cinco hermanos, sus padres y abuelos, que vivían con ellos, así que nada de los tíos y tías y sus familias.

Nora recordó el retrato de familia que ella había pintado en la escuela aproximadamente treinta años antes: solo aparecían su madre y ella. En casa había dibujado además un hombre con ropa suntuosa, como un gobernador oriental. Así imaginaba ella a su padre desconocido. En su fantasía era de una casa real y lo enviaban a estudiar en Noruega. Por supuesto, no iba solo, sino con guardianes que le obligaban a regresar a su país cuando se enteraban de su amor por Bente. Durante mucho tiempo Nora soñó que un día aparecería delante de su casita de Oslo y estrecharía a Bente entre sus brazos, y se alegraría mucho de conocer por fin a su hija.

Primero tuvo que encontrar a su supuesta abuela desaparecida para descubrir la verdad, que por lo menos en un punto coincidía con sus fantasías infantiles: su padre había sido de verdad el gran amor de Bente.

Nora se estremeció. Se agarró con las dos manos el pelo espeso que le llegaba por los hombros y se rehízo la coleta, de la que se habían desprendido varios mechones. No tenía tiempo para cavilaciones, los niños esperaban su comida.

Más tarde, Nora dejó en el suelo una bandeja con tetera y taza junto a una de las dos butacas bajas de mimbre con cojines de seda de colores, delante del ventanal de su apartamento de un solo ambiente. Enfrente, junto a la pared, yacía una vieja cómoda de madera con un equipo de música encima. La cama y el armario ropero estaban ocultos tras una librería que dividía el espacio y alojaba un televisor que Nora podía girar hacia la cama o el salón. Algunas pieles claras de reno a modo de alfombras creaban un bonito contraste con el suelo de madera barnizado oscuro.

Sacó el teléfono de la cómoda y se dejó caer en la butaca junto a la bandeja. Antes de servirse el té abrió el navegador y puso en el buscador la palabra «yoik». Para ella era importante contestar a las preguntas de sus pequeños leones y saciar su sed de conocimiento. Navegó por varios diccionarios y artículos científicos y averiguó que las raíces de esa música onomatopéyica se remontaban a la Prehistoria. La diferencia básica con los cantos de otras culturas residía en que, según el razonamiento de los sami, un yoik simplemente existe, no se «crea». Así, no se cantaba un yoik sobre una historia o sobre algo, sino que se «yoikeaban» personas, animales, paisajes o sentimientos, para así crear una conexión directa. Eso también explicaba por qué los yoiks eran infinitos, más circulares que lineales, y podían cambiar según el estado de ánimo del cantante.

Nora apagó el móvil y la lámpara de pie y disfrutó de la infusión de frutas en la taza. El resplandor de la vela, que se erguía en un plato hecho por uno de los niños para Navidad, parecía una minúscula isla brillante en la sala a oscuras.

Fuera el cielo de la noche invernal se abovedaba, iluminado por la multitud de luces de la ciudad. Nora bebió un sorbo, se recostó en la butaca y miró por la ventana orientada al oeste. Su casa estaba en la cuarta planta. Como los edificios de enfrente solo eran de tres plantas, tenía una vista amplia de la ciudad. El hecho de poder mirar a lo lejos sin trabas la ayudaba a reflexionar. Le encantaban aquellos momentos de tranquilidad antes de acostarse en los que pasaba revista al día, hacía planes o simplemente soñaba despierta.

Dos veces se había acordado de su madre a lo largo del día: por ella misma con la carta, y por la pregunta del pequeño Amal acerca de sus padres. Nora sentía que debía poner fin al enfrentamiento con Bente, surgido meses atrás. Después de sus años de silencio y mentiras, ¿no era infantil reaccionar con un tiempo muerto y negarse a hablar? Frunció el ceño. La niña que había en su interior, como llamaba ella a su lado emocional, estaba demasiado confusa y herida. Y a la vez deseosa de hacer las paces con su madre. La parte más terca consideraba que Bente tenía bien merecido su rechazo. Durante décadas había asegurado no saber quién era el padre de su hija, había hecho creer a Nora que era fruto de una noche de pasión con un estudiante extranjero al que Bente vio por primera y última vez en su fiesta de despedida, en Tromsø, antes de regresar a su tierra. Durante todos aquellos años Nora pensó que aquel embarazo no deseado, o sea ella misma, había sido el motivo por el que Bente se había enemistado con sus padres y les había dado la espalda para siempre, a ellos y a la ciudad de Tromsø.

Nora se crispó y aferró con tanta fuerza la taza que los nudillos se le pusieron blancos. La dejó en la bandeja, dobló las rodillas y se abrazó las piernas. ¿Su madre habría llegado a contarle la verdad algún día por voluntad propia? ¿O realmente se habría atrevido a no revelarle sus orígenes en toda su vida? Aquella pregunta atormentaba a Nora desde que el verano anterior, más o menos por casualidad, había dado con el secreto de Bente: su relación amorosa con Ánok, un estudiante procedente de una familia sami de Laponia al que su padre no aceptaba precisamente por eso. El hecho de saber que ese estudiante era su propio padre había supuesto un gran impacto para Nora. Fuera de sí, se había marchado sin escuchar el resto de la historia, que seguía sin conocer.

Tampoco podía estarse quieta en la butaca. Se incorporó de un brinco, como en aquella ocasión, desquiciada por la consternación y la rabia con que había gritado a su madre. Apoyó la frente contra el cristal frío de la ventana. ¿Cómo podía ocultar alguien a su hija, supuestamente querida, algo tan importante, una parte esencial de su propia identidad?

Nora solo se lo había confiado a Leene, que había notado su desasosiego. Su amiga le aseguró que podía contar con ella siempre que quisiera hablar, pero hacía tiempo que Nora no se sentía con fuerzas para hacerse la pregunta que se derivaba de los nuevos datos: ¿quién era ella? ¿Y quién era el hombre que, por lo menos genéticamente, la había engendrado a medias? Leene no había insistido, pero era de la opinión que tanto reprimirse a la larga perjudicaría a su amiga. En su fuero interno, Nora le daba la razón. Sabía que en algún momento tendría que ceder a la curiosidad creciente por su padre y su familia, y admitió que había llegado el momento.

Miró el reloj: faltaba poco para las diez. Aún no era demasiado tarde para llamar. Se levantó, cogió el teléfono y apretó el botón de llamada directa en que había grabado el número de su madre. Contuvo la respiración, tensa. Cuando saltó el contestador, respiró aliviada. Tras su prolongado distanciamiento le habría costado mantener la primera conversación con Bente por teléfono. Dejó un breve mensaje en el que anunciaba su visita el viernes por la tarde, si a su madre le iba bien.

Capítulo 2

2

Finnmark, primavera-invierno de 1915

Áilu, de nueve años, estaba tumbada sobre una piel de reno delante del agujero en el hielo que su padre le había abierto. Dejó que la cuerda de pescar, en cuyo extremo había atado una piedra como peso, se hundiera en el lago con un piscardo como cebo. Se inclinó sobre el agujero. En el agua negra se reflejaba su rostro, enmarcado en un gorro de piel. Vio una imagen fugaz de sí misma en los ojos castaños antes de cubrirse la cabeza con una manta. Ahora podía mirar las profundidades.

Áilu pasó del blanco, que dominaba el paisaje desde hacía meses con los matices más variados, a un mundo de colores. La luz del sol que le calentaba la espalda hacía que el agua resplandeciera de color turquesa bajo el hielo. De las profundidades del mar aparecían figuras suaves y sinuosas que brillaban en distintos tonos de amarillo y verde. Áilu contuvo la respiración cuando un lucio pasó despacio por debajo, con movimientos lentos. Le pareció que solo tenía que estirar el brazo para tocarlo. Veía con nitidez la boca, que le recordó a un pico de pato, igual que las manchas claras que salpicaban su cuerpo. Nunca había estado tan cerca de un pez vivo. Los salmones que surcaban el río en verano desaparecían como rayos plateados en los torrentes en cuanto los avistabas.

Los movimientos bruscos de las plumas atadas a la cuerda de pescar a modo de flotador sacaron a Áilu de sus cavilaciones. Se quitó la manta, se arrodilló, enrolló la cuerda de reno al cilindro pegado a la caña de pescar y, tras unos instantes, sacó un pez del agujero. Lo dejó en la nieve y le asestó un golpe en la cabeza con la empuñadura del cuchillo. A continuación se quitó los guantes y retiró el gancho de hueso tallado de la boca del salvelino con motas rojas. Luego cogió otro piscardo de la cajita de corteza de abedul, clavó el pececito y volvió a ponerse la manta encima.

—¡Tengo uno, tengo uno!

Los gritos de júbilo de su hermano Vuoitu, dos años menor, que estaba a unos metros de ella con su primo Jov, de la misma edad, rompieron el silencio que reinaba en el lago. Vuoitu se había levantado de un salto y agitaba el gorro entre risas. Era la primera vez que iba a pescar en el hielo. Áilu le indicó que se acercara, recordaba muy bien la alegría que había sentido al pescar el primer pez cuando tenía siete años.

—¡Sujétalo bien, bobo! —exclamó Jov, que se tiró a la nieve para parar al pez.

Sin embargo, el aviso llegó demasiado tarde. Áilu vio la decepción en la cara redonda y rubicunda de su hermano al ver que su botín desaparecía en el agujero del que acababa de sacarlo. Mientras los dos niños se culpaban mutuamente del contratiempo, el siguiente salvelino mordió el anzuelo de Áilu, que de nuevo olvidó todo lo que la rodeaba y se concentró en su agujero de pesca.

—Eres una excelente pescadora.

Su padre, Heaika, se había acercado con sigilo por detrás y observaba su pesca. Ya había seis peces a su lado. Áilu se incorporó, cogió su pesk, la parte superior de la piel de reno, la aplanó y sonrió a Heaika. Sus elogios la hacían sentirse orgullosa.

—Ya basta por hoy, pronto oscurecerá —dijo él, y se agachó para poner los pescados en la cesta.

Áilu miró alrededor. El sol ya acariciaba las crestas de las montañas del oeste, y Vuoitu y el primo Jov recogieron sus cosas. Sus siluetas proyectaban sombras alargadas en el hielo. Áilu enrolló deprisa la piel de reno, se ató el cuchillo, la caña de pescar y la cestita de corteza de abedul al cinturón de colores y se abrochó los esquís.

Poco después iba detrás de su padre, Vuoitu y Jov deslizándose por la gruesa capa de hielo en la orilla del lago hacia la entrada del bosque. En cuanto el sol se puso, el viento refrescó y a Áilu se le llenaron los ojos de lágrimas. Tenía la sensación de que el frío penetraba con entera libertad por los pantalones de lana abatanada y las pieles que le cubrían las piernas hasta las rodillas. Al sol había olvidado durante unas horas que la fuerza del viento no había disminuido, ni mucho menos. De noche la temperatura siempre caía bajo cero.

Pronto los renos ya no encontrarían alimento. La nieve bajo la que se resguardaban del frío los líquenes y las hojas se derretía durante el día y se convertía con el frío nocturno en una capa de hielo que los animales ya no podían romper con las patas delanteras.

Cuando llegaron al campamento ya aparecían las primeras estrellas en el cielo. Entre los troncos de los pinos y los abetos rojos apenas se distinguían las tres cabañas de la familia de Áilu, cuya forma de cúpula se confundía con el paisaje. En verano desaparecían bajo el sustrato de tierra con que las cubrían y eran invadidas por el musgo y las malas hierbas. Ahora parecían enormes montones de nieve; solo el humo que salía de las chimeneas indicaba que allí vivía gente.

De una de las cabañas salieron dos sombras negras que se acercaron a los recién llegados. Eran perros pastores. El mayor rodeó al padre sin parar de ladrar y el pequeño se abalanzó sobre Áilu. El cachorro, casi adulto, meneó la cola peluda al saltar encima de ella. Áilu le dio un abrazo entre risas y hundió la cara en su pelaje marrón oscuro, excepto en el pecho y la punta de la cola.

—Guoibmi, compañero —le susurró su nombre al oído y cantó en voz baja el yoik que había encontrado para él cuando su padre le puso en los brazos aquel ovillo de lana en el último mes del heno, por su cumpleaños. «Conviértelo en un buen perro para los renos, beaivváža mánnán, mi hija del Sol —le dijo—. Confío en ti.»

Desde entonces no había pasado un solo día en que no hubiera practicado con Guoibmi. Ya obedecía sin vacilar las órdenes «¡Vamos!», «¡Aquí!» y «¡Alto!». Áilu estaba ansiosa por ponerlo a trabajar con los renos.

—Vuoitu, por favor, entra el pescado —le pidió Heaika a su hijo, tendiéndole la cesta—. Voy a echar un vistazo a los renos.

Áilu se incorporó.

—¿Puedo ir contigo?

Heaika sacudió la cabeza y sonrió.

—No, tú tienes que ir a calentarte, ya pareces un carámbano. Además, tu madre seguro que se alegra si le echas una mano. —Le hizo un gesto con la cabeza, llamó a su perro y desapareció entre los árboles.

A Áilu se le pasó la desilusión cuando al soltarse las correas de los esquís notó lo entumecidas que tenía las manos. Apoyó los esquís contra una estructura de madera junto a la cabaña en que vivía con sus padres y hermanos y entró seguida por Guoibmi. El calor y el olor a pan recién hecho le dieron la bienvenida. El fuego en el horno de arcilla que había frente a la entrada, al otro lado de la estancia ovalada, daba una penumbra crepuscular.

El suelo de la cabaña tenía un diámetro aproximado de siete metros. Los gruesos troncos de abedul curvados clavados en el suelo como postes exteriores formaban la estructura de soporte y estaban unidos a media altura con ramas colocadas en diagonal. En ella se apoyaban cerca de una docena de delgados troncos de pino de seis metros de largo, cubiertos con corteza de abedul para protegerlos de la lluvia. Gruesos trozos de tierra con césped servían de aislamiento térmico, y el suelo de tierra apisonada estaba cubierto de ramitas de abedul.

Áilu se quitó el gorro, los calentadores de piel y el mono bajo el que llevaba una camisa de piel con el pellejo hacia dentro. Colocó sus cosas en un bastidor que había encima de un montón de leña a la izquierda, junto a la entrada. La mayoría del menaje de la casa estaba colgado del techo, y los objetos pequeños y valiosos se guardaban en baúles.

—¿Me traes unos leños, por favor?

Áilu se volvió hacia el horno, donde estaba arrodillada su madre, Gutnel, de treinta y cinco años, sonriente. Áilu había heredado de ella la complexión delgada, el rostro enjuto y las manos pequeñas. Sus hermanos, Vuoitu e Iskko, de cinco años, se parecían más a su padre, eran de constitución fuerte y tenían unos ojos un poco rasgados que al reír casi desaparecían entre las arrugas de la piel. Áilu ordenó a Guoibmi que se sentara en su sitio, a la derecha de la puerta, y cumplió la petición.

Después de dejar la leña junto al horno y poner dos troncos al fuego, se arrodilló junto a su madre para ayudarla a limpiar y escamar el pescado. Atravesó algunos peces por detrás de las branquias con un palo delgado para colgarlos en la chimenea y ahumarlos. El resto los asarían para la cena.

Vuoitu se había acercado a Iskko, el menor de los tres hermanos, que estaba en una de las pieles de reno que había estiradas en el suelo a modo de asiento y lecho junto a las paredes de la cabaña. Estaba contándole su experiencia en la pesca.

Al cabo de un rato Iskko exclamó:

—¡Yo también quiero ir a pescar! ¿Por qué siempre tengo que quedarme aquí? ¡No me gusta!

—Aún eres demasiado pequeño. Pero en dos años podrás ir, yo te llevaré —contestó Vuoitu—. Por cierto, soy un pescador nato. He sido el que más ha pescado hoy —añadió en voz baja, al tiempo que miraba de soslayo a Áilu.

Ella puso cara de pocos amigos y le amenazó con el dedo.

—Bueno, Áilu también ha pescado bastante bien —dijo Vuoitu.

—Sí, además mis peces han acabado en la cesta de papá —apuntó Áilu.

Vio que a Vuoitu se le llenaba el cuello de manchitas rojas, como siempre que se sentía apurado o se avergonzaba. Le hizo un gesto y desistió de mencionar su desaguisado con el pez huidizo.

Una ráfaga de viento hizo que se volvieran hacia la puerta: había entrado su padre, con las cejas y pestañas cubiertas de escarcha. Se quitó los guantes, se sopló las manos y se puso a dar pisotones en el suelo.

Gutnel, cuyo cuerpo se había redondeado bastante durante las últimas semanas, se movió con dificultad e hizo un amago de levantarse. Áilu la retuvo por el brazo.

—Quieta, ya lo hago yo.

Se levantó ágilmente, cogió una taza de madera que colgaba de un gancho de la pared, la llenó de una infusión de hierbas que se mantenía caliente en una lata sobre el fuego y se la llevó a su padre.

Él bebió un trago y dijo:

—Gracias, hija. Me sentará bien. —Le dio unas palmaditas en las mejillas—. Eres una gran ayuda para tu madre en estos días difíciles —añadió, mirando a su mujer embarazada.

Áilu sintió que por segunda vez aquel día se sonrojaba de alegría al oír sus halagos. Desde que sabía que pronto tendría un nuevo hermanito se había metido de lleno en el papel de «la mayor». Con cada tarea que le encargaban sus padres aumentaba la confianza en sí misma. Era agradable sentirse necesaria. Mientras colgaba los palos con los peces en la chimenea, imaginó cómo sería cuando se casara ella y tuviera hijos. Quería tener por lo menos dos niñas y dos niños. ¿Qué aspecto tendrían? Lo principal era que fueran fuertes y no enfermaran, pensó. Se estremeció levemente al recordar a un pariente lejano de su madre que había perdido tres niños cuando eran muy pequeños. Desvió la mirada hacia Gutnel. Esperaba que el nuevo hermanito llegara sano al mundo.

Iskko se acercó a su padre, que se había colocado cerca del horno, y se arrimó a su regazo.

—¿Me cuentas una historia?

Heaika lo apretó contra su cuerpo.

—Tal vez después de comer. Ahora me ruge tanto el estómago que no entenderías nada.

—No oigo nada —dijo Iskko, y frunció el entrecejo.

—Acércate un poco —le ordenó Heaika.

Iskko se inclinó sobre el estómago de su padre y escuchó con atención. Heaika emitió un profundo rugido, Iskko reculó y abrió los ojos de par en par.

—¿Te has tragado un oso?

Áilu y Vuoitu se miraron y rieron. Ya habían caído antes en esa broma de su padre. Heaika les guiñó el ojo y acarició el pelo de Iskko.

—La comida está lista. —Gutnel había asado el pescado y lo estaba repartiendo en rebanadas de pan redondo.

En invierno, cuando apenas había provisiones de la harina de centeno que habían comprado, la mezclaba con rafia seca y molida que raspaba del interior de la corteza de los pinos y le daba al pan un toque amargo. Áilu se abalanzó hambrienta sobre su ración. La suculenta carne del salvelino estaba deliciosa. La madre la había condimentado con sal y hierbas secas, era un cambio que se agradecía después de los platos de carne de reno ahumada o tostada que comían casi todos los días en invierno.

Después de comer, Heaika se recostó, sacó una pipa corta de un bolsillo, metió una pizca de tabaco y le dijo a Vuoitu que le llevara una astilla ardiendo para encenderla. A Áilu le encantaba el olor de la pipa recién encendida. Al cabo de unas cuantas caladas se apagaría, pero su padre la tendría en la boca toda la tarde.

Gutnel hizo un gesto a Iskko para que se acercara a ella.

—Hoy terminaré tu kolt.

Iskko dio una palmada. Llevaba semanas insistiendo a su madre en que quería tener de una vez un traje de fiesta. Estiró los brazos hacia arriba para que Gutnel pudiera ponerle la túnica de lana azul.

—Acortaré las mangas, pero por lo demás te queda bien —dijo ella, y le quitó el kolt—. ¿Qué colores quieres que te cosa? —Sacó unas cintas tejidas del bolsillo con los útiles de costura y se las dio a Iskko.

—Los mismos que a papá —pidió el niño, que señaló una banda roja con un patrón triangular en amarillo.

Gutnel asintió y cortó unos retazos para los extremos de las mangas, un corte en forma de V y los hombros. Entretanto Heaika había sacado su cuchillo pequeño del cinturón y le enseñaba a Vuoitu a tallar una taza. La madera, bulbos de abedul con vetas finas, la había recogido la primavera anterior, y tras hervirla largamente en agua con sal la dejó secar. Esas protuberancias nudosas donde las fibras de la planta se cruzaban en todas direcciones eran una madera especialmente dura.

—¡Ay! —gimió Vuoitu, y se llevó un dedo a la boca. Se le había ido el cuchillo y se había cortado—. ¿Por qué no tallamos la madera joven? —masculló—. Es mucho más blanda.

—Sí, pero entonces no podrías disfrutar mucho de tu taza —dijo Heaika—. Se rompería rápido.

Vuoitu se encogió de hombros y miró con reticencia el pedazo de madera.

Áilu tenía ganas de arrebatarle el cuchillo y sacar una taza de la pieza de abedul. Le encantaba la madera, le parecía cálida y viva, y olía tan bien... pero la talla de madera era cosas de hombres. Según las viejas costumbres, las mujeres se ocupaban de materiales blandos, curtían y teñían la piel, tejían cintas, cosían ropa y bolsos y hacían cuerdas o cestas de corteza.

Ella misma estaba tejiendo una bolsita de piel con un hilo de estaño. Había dibujado el modelo con carbón. Quería vender la bolsa en el gran mercado de primavera de Kautokeino y con lo que ganara comprar hilo y unas tijeras de acero. Y palos de azúcar para sus hermanos y para ella.

—Los renos se van a poner nerviosos —dijo Heaika al cabo de un rato—. Es hora de reunir al rebaño y guardar los trineos.

Gutnel asintió.

—Este año la primera luna llena de primavera llega pronto. Si queremos ir al este hacia Kautokeino deberíamos partir pronto.

Áilu aguzó el oído: su instinto no le había fallado, el inicio de la migración de primavera estaba al caer. Sintió un hormigueo de anticipación. Tenía ganas de salir del bosque y por fin desplazarse por los altiplanos. Primero por los prados de los terneros, que en ese momento estarían en pleno deshielo. Y más tarde, en primavera-verano, seguirían con los terneros recién nacidos hacia los fiordos de la costa, donde los animales encontrarían abundante hierba fresca, y donde no había tantos mosquitos como en Binnenland.

Iskko se acercó a ella, apoyó la cabeza en sus piernas y murmuró, somnoliento:

—¿Me cantas una canción?

Áilu asintió y lo atrajo hacia sí. Mientras ella cantaba sobre la partida de los renos en primavera, a Iskko se le cerraron los ojos.

Es primavera. El ánsar común se muda al norte.

El sol calienta y derrite la nieve.

La noche está despejada. Pronto partiremos.

Madre hornea muchos panes. Padre reúne al rebaño.

Esperamos a los renos.

Suenan los cencerros de los renos:

ding dong, ding dong, ding dong.

¡Ya llega el rebaño!

Los animales de tiro se reúnen con el lazo.

Los trineos están cargados.

Los animales de tiro están atados.

Padre hace la señal, los trineos parten.

Suenan los cencerros de los renos:

ding dong, ding dong, ding dong.

Capítulo 3

3

Oslo, enero de 2011

El martes por la mañana aún no había amanecido cuando Nora salió de su piso de alquiler. Cruzó presurosa el patio interior del edificio, cuyos setos y árboles estaban cubiertos de un blanco polvoriento. A los lados del sendero las farolas dibujaban débiles círculos de luz en la nieve caída durante la noche. Cuando Nora llegó al arco de entrada por el que se accedía a la calle, se estremeció al sentir la presencia de otra persona. No se veía nada en aquel pasaje en penumbra. Se detuvo y escuchó. No era el miedo a ser atacada lo que le impedía avanzar. Desde que dos años antes derribara a un borracho que quería entrar por la fuerza en el portal con dos patadas precisas en el hígado, aprendidas en un curso de defensa personal, por lo menos en esas situaciones no se sentía abandonada a su suerte.

No, era otra cosa lo que le aceleraba la respiración y le producía escalofríos. La última vez que había tenido una sensación parecida había sido a los nueve años. Durante un campamento juvenil tuvo que demostrar su valentía bajando de noche al sótano de una fábrica abandonada en la que por lo visto había fantasmas. Acuciada por las historias de fantasmas que acababan de contar, su imaginación desbordada veía espectros sangrientos detrás de cada rincón y temblaba literalmente de miedo.

Los faros de un coche que pasaba iluminaron la entrada. Por un breve instante Nora vio la silueta de un hombre apoyado en el muro. Estaba segura de que era el mismo que le había llamado la atención en la pista de hielo. De pronto el malestar que sentía se convirtió en indignación. ¿Es que el domingo la había seguido para ver dónde vivía? ¿Cómo se atrevía a acecharla? Avanzó un paso para encararse con aquel desvergonzado. La luz del siguiente vehículo que pasó iluminó el rincón: estaba vacío. Nora atravesó el arco corriendo y miró alrededor. La acera estaba desierta, salvo por una mujer que paseaba al perro. Nora fue hacia ella.

—Perdone, ¿ha visto por dónde se ha ido el hombre que acaba de salir de la entrada? —le preguntó, al tiempo que señalaba el arco.

La mujer puso cara de sorpresa.

—¿Qué hombre? Usted es la primera persona que me encuentro esta mañana. —Y, sin más, llamó a su perro y cruzó la calzada en dirección a una casa.

Nora fue a insistirle, pero desistió cuando posó la mirada en la acera. En la nieve reciente solo había una huella que se alejaba de la entrada de su edificio: la suya. Tragó saliva. ¡Era imposible! ¿Se lo había imaginado todo? ¿Es que de pronto sufría alucinaciones? Pero en qué estaba pensando. «Estabas ensimismada y ayer leíste demasiado, eso es todo», se tranquilizó. Aterida, esbozó una media sonrisa.

Apenas había dormido aquella noche. La inminente visita a su madre el viernes la inquietaba, de modo que se había sumido en la lectura de la nueva novela policiaca de su autor preferido. No había conciliado el suelo hasta la madrugada, y despertó agitada tras tener unas pesadillas horripilantes. No era de extrañar que su conciencia aturdida confundiera las imágenes oníricas con la realidad.

No obstante, estuvo tensa y apesadumbrada todo el día. Era como si una parte escindida de ella llevara a cabo el trabajo con los niños, que reclamaban toda su atención y que, como de costumbre, enseguida la animaban. Pero la otra parte se desviaba una y otra vez hacia el desconocido que había visto en el arco de entrada, o que había creído ver. Cuanto más lo pensaba, menos creía que hubiera sido producto de su imaginación, había sentido su presencia con demasiada claridad. ¿Por qué no la dejaba en paz? Solo lo había visto un instante, apenas podría describirlo, pero irradiaba algo que la había atrapado en una especie de hechizo. Aquel hombre no parecía amenazador ni insistente, sino más bien serio, sumido en una profunda tristeza. Y Nora sentía como si esa melancolía también la hubiera envuelto a ella como un manto.

Cuando fue con sus Leones al parque que limitaba con la guardería para hacer muñecos de nieve y ver a un escultor que modelaba figuras de hielo, Nora se descubrió buscando a aquel hombre con la mirada. También de camino a casa por la tarde observó a la gente con la que se cruzaba, y de vez en cuando volvía la cabeza para ver si el desconocido la seguía. Casi la decepcionó que no fuera así.

El hombre tampoco se dejó ver durante los días siguientes, y Nora fue olvidándolo. El arrebato de tristeza que se había apoderado de ella dio paso a los nervios a medida que se acercaba el fin de semana, y con él el encuentro con su madre, que había contestado al anuncio de su visita el viernes después del trabajo con un SMS tan entusiasta que a Nora le daban ganas de desdecirse. Por lo visto, Bente daba por hecho que ella acudiría con ánimo conciliador. ¿Acaso esperaba que Nora se presentara con un alegre «¡Lo pasado, pasado está!»?

Al final de la mañana del viernes, Leene le preguntó:

—¿Vienes al cine? Petrine y yo queremos ver la comedia francesa que están poniendo en el Saga.

Nora tuvo ganas de asentir sin más y olvidarse de la visita a su madre. «No seas cobarde», se reprendió en silencio, y sacudió la cabeza.

—No puedo, he quedado con mi madre —dijo finalmente.

Leene abrió los ojos de par en par.

—¿Por fin vas a hablar con ella?

Nora se encogió de hombros.

—Quiero saber más de mi padre.

—De todas maneras está bien que volváis a hablar —dijo Leene—. Ya verás que luego te sentirás mejor.

Y le dio un breve abrazo antes de que su amiga se encaminara a la casa de su madre en Sagene, un tranquilo barrio residencial que debía su nombre a la multitud de aserraderos que había junto al riachuelo Akerselva.

El sol ya se había puesto, pero las calles de Grünerløkka, el barrio de moda, estaban iluminadas por las farolas y los escaparates de las numerosas tiendas de diseño, boutiques y galerías de arte ubicadas entre restaurantes, cafeterías y bares. Las recorrió presurosa.

Nora no tenía ojos para los esca ...