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HISTERIA

Magdalena Trimarchi  

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Fragmento

Capítulo 1

S ábado 12 de abril

1:07 AM

Paso 1: La liberación del alma

Hay quienes dicen que no les gusta la música. O no les gusta en particular una banda, una película o un libro.

Pero ellos “dicen”. No creo que sea posible no sentir atracción hacia ninguna forma de arte, ya sea plástica, audiovisual o sonora. Porque allí mismo ocurre algo muy espectacular y único: la liberación del alma.

Entre esos que “dicen”, quizás haya quienes realmente no se sienten tocados o transportados por el arte, ni identificados con sus distintas variables. Pero no quiero hablar de esos que no pueden llegar, sino de los que diariamente lo hacen. Aquellos que viven habitualmente con esas sensaciones propias de quien conoce algo a lo que se siente tan atado, de lo que se siente tan parte, que ya no puede vivir sin eso.

Salgo de internet en mi celular y aprieto el ícono de música solo para ver la tapa de mi disco preferido de Liberty Balance. Mis dedos con uñas color azul metalizado suben el volumen del aparato para dejar de escuchar los sonidos molestos a mi alrededor, como suelo hacer siempre. ¿No les molesta hablar tanto sobre cosas inútiles que al otro ni le importan?

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Me acomodo los pequeños e insoportables auriculares tamaño maní, los típicos, a los cuales odio por su poca capacidad de quedarse en las orejas y no resbalarse, y vuelvo a internet. Me pregunto por qué no traje mis queridos auriculares verdes estilo vincha, pero pronto recuerdo que no me entraban en esta minúscula cartera. De haber sido por mí, hubiese traído mi mochila pero mamá no me habría dejado cargarla al hombro. Oh, no, eso sí que me sentenciaría a clases de etiqueta. Qué asco.

Mis dedos se desplazan por el teclado y continúo escribiendo.

A muchos nos pasa seguido eso de enamorarnos de las cosas, o de las personas que crean esas cosas. Forman parte de fantasías íntimas, guilty pleasures, escapes de lo cotidiano o vivencias perpetuas de todos los días. Hay quienes adoptan la piel del fanático y aprenden a vivirlo con todo lo que implica, y hay quienes lo ocultan dentro suyo como algo secreto, o por vergüenza a hacerlo notar frente a otros, o simplemente porque no sienten la necesidad de manifestarlo.

No hay mayor liberación del alma que saberse fanático de algo o alguien, disfrutar de todas esas variables que hacen posible eso que a muchos nos toca tan intensamente. Con lo fanático deviene el amor, y con el amor, el enamoramiento.

Es fácil ser fanático de una banda, un cantante, un actor o una serie televisiva, porque es algo que simplemente sucede. Lo vemos, lo percibimos con nuestros sentidos y algo nos toca en lo más profundo del alma, como si todo se encendiese de golpe y nada más importase. Esa sensación fanática nos posee y fluye, crece rápidamente dentro nuestro, y hasta nos desplaza a nosotros mismos a un segundo plano, para que la sensibilidad del ídolo y sus facetas pasen a un primer plano. Es como si nada más importase, y lo que sentimos se potencia en cantidades enormes hasta que no podemos controlar nuestras emociones. Pasa en conciertos, en el cine, en casa, mirando nuestra serie de televisión favorita, en bares, viendo a un par de amigos tocar, o en la calle, mientras estamos con los auriculares puestos y nos sentimos dentro del mejor videoclip mientras esa perfecta música transforma todo a nuestro paso.

Mis ágiles pulgares frenan de golpe para permitirme un suspiro. Levanto la mirada y, sentada desde el sillón, veo a la gente haciendo lo que suele hacer en todas las fiestas como esta. Por ejemplo, esa pareja de allá. El chico, apoyado con un brazo contra la pared y sosteniendo un vaso con la otra mano, le habla muy cerca a la chica que se acomoda algún mechón rebelde detrás de la oreja y juega con su vaso de manera nerviosa. Supongo que ambos serán amigos de Renee, nunca los vi en los pasillos de la secundaria.

No me sorprende que Renee tenga tantas amistades. El living, y más allá de él también, está repleto de gente. Conocida pero desconocida a la vez. Algunos siguen en la base uno y un par ya han avanzado a la segunda. Una pareja entrelaza sus lenguas exageradamente en el sillón frente a mí. Asqueroso.

Giro mi mirada a la izquierda como acto reflejo y veo que Renee, Peggie y Jenna se hacen lugar entre el tumulto y caminan hacia donde me hallo. Rápidamente me saco el auricular izquierdo, bajo el volumen, guardo el celular en mi cartera y busco mi vaso en la mesita de café que tengo enfrente. Le doy un trago corto y brusco. Las chicas se acercan a mí y yo les abro los brazos.

—Amigas mías, ¿qué tal las trata la noche? —digo casi gritando, simulando mucha emoción y tomando otro trago—. ¿Ya vieron qué chicos tan lindos hay? Rugbiers, musculosos, con dientes perfectos, repitiendo ideas consumistas y cerradas con sus voces tan poco atractivas. ¡Oh, sí! ¿Alguna sabe dónde hay más vodka?

—Hablas de más, como siempre. ¡Bang! Atrapada —dice Jenna, que está sentada en la mesita de café.

Tiene puesta una camisa de flores, de esas que tanto le gustan, y sobre sus hombros cae demasiado prolijo su pelo castaño. Hoy lo tiene lacio, seguro se pasó la planchita. En realidad, su pelo es ondulado, pero lo odia tanto como yo a los rugbiers.

—Harriet, eres pésima actuando —afirma Peggie con una sonrisa burlona y se acomoda sus lentes. Ella sí que tiene rulos y los tiene largos. Todo en su cuerpo es largo, es la más alta de nosotras.

—Lo sé —afirmo.

—Dijiste que ibas al baño —vuelve a hablar Peggie.

—Lo sé, pero…

—Y que volvías afuera en un par de minutos —me interrumpe Renee, sentada a mi lado.

Está igual de arreglada que siempre, con todos esos accesorios y el cabello largo y rubio. Es un día muy especial para ella, por más que este tipo de festividades no signifique nada para mí. Como todas las celebraciones.

—Lo sé. Es que ya saben cómo funciona mi cabeza, si no lo escribo, me lo olvido y ya nunca más podré expresar eso que ya no recuerdo. Perdón, ¡soy una pésima amiga! —admito—. ¡Feliz cumpleaños, Renee! —le digo con una gran sonrisa, abriendo los brazos.

Ella me frena en el intento de abrazarla y se aclara la garganta como haciéndome notar algo mientras levanta una de sus perfectamente depiladas cejas. Observo a Peggie sin entender y ella me señala disimuladamente su propia oreja. Oh… Me saco el auricular derecho y abrazo con fuerza a la cumpleañera, casi me lanzo sobre ella. Las demás se ríen. Misión cumplida.

Caminamos entre nuestros compañeros y otros desconocidos para salir al jardín. Parados sobre la mesada de la cocina y hasta tirados en el piso del pasillo, todos fuman marihuana, toman alcohol o se besuquean. Toda una verdadera fiesta norteamericana en los suburbios de Philadelphia.

—¿Qué escribías esta vez? —me pregunta Peggie, que me tiene tomada de la mano y me arrastra detrás de Renee y Jenna, que pasan entre la gente—. ¿Estabas blogueando?

—Se puede decir que sí. Pero quiero usar esos posteos para otra cosa.

La casa de los Sarosky es enorme, pensar que son solo Renee y sus padres quienes viven aquí. Me cuesta ubicarme en lugares tan grandes, sobre todo si están poblados como esta noche.

Pasamos de pronto frente a un gran espejo en uno de los pasillos. Logro verme reflejada a medida que encuentro un hueco entre la gente. El poco maquillaje que traigo puesto está en su lugar y mi cabello tan marrón y tan típico sigue bastante controlado. Baja por mis hombros para caer con sus puntas ya desprolijas arriba de mi busto poco llamativo… poco llamativo como todo en mi cuerpo, en verdad.

—¿Para qué otra cosa lo quieres usar? —me pregunta Peggie.

—Ackerman, ¿vas a parar de hacerme tantas preguntas alguna vez?

Finalmente llegamos afuera, la pileta está iluminada y hay gente en ella. La galería está decorada con luces cálidas y hay menos tumulto aquí que adentro. Lo prefiero así, pero me parece lastimoso que la mayoría, teniendo la opción de estar afuera, se encierre adentro. No lo entiendo. Además es una noche de temperatura perfecta.

—Nunca —admite Peggie con una sonrisa.

Es una de esas personas llenas de cariño y curiosidad. Al contrario que yo, siempre fue muy expresiva. Le gusta saber acerca de la gente que la rodea; cuanto más sabe, mejor para ella. Yo creo que a veces es preferible conocer poco a la otra persona. Como si fuera una herida cubierta.

Somos amigas desde que tengo memoria y nunca nos hemos peleado. Tampoco creo que suceda. Nos importan demasiado poco las discusiones. Con ninguna de mis amigas creo poder pelearme seriamente. Jenna es una persona tan cálida e interesante, y Renee es tan Renee, tan exagerada y divertida. Y yo… bueno, supongo que la típica Harriet Bryne que siempre he sido, profunda admiradora del mundo, sus cambios, sus excepcionales personalidades, su música. Mis amigos a veces me dicen “melómana”, que significa “amante de la música”. Amo tanto la música que mi interior se eyecta de mi cuerpo, se aísla y siente profundamente las caricias del bajo, los tintes de las guitarras que aparecen y desaparecen, los ritmos melódicos e instantáneos de las percusiones, las presencias magnéticas del piano y los teclados, la espectacularidad de la voz humana y sus variaciones. No podría separar ese arte de la literatura jamás, no por las letras de las canciones, ya que lo instrumental también me agrada mucho, sino porque la música se inscribe en el tiempo con su propio lenguaje. No importa si las palabras son emitidas por voces humanas o por instrumentos musicales. La música es pura sensación, al igual que las descripciones literarias son, para mí, como eternos flujos de conciencias artísticas que se plasman de alguna manera u otra en un tiempo-espacio, una realidad vivencial en la que todo caduca.

Nos detenemos en alguna parte de la inmensa galería y dejo mi vaso sobre la mesa de madera fina y moderna, como todo en esta casa.

—Estoy pensando en escribir algún tipo de ensayo, acerca de las bandas, los fanatismos y esas cosas.

—Cool! —me dice Peggie.

—¿Qué pasa? ¿Qué es cool? —pregunta Renee, espiando a la multitud entre nosotras dos, su “secreta y excepcional técnica” para fichar “personas y sus atuendos”, como ella le suele decir, aunque ya lo hace tan seguido que creo que dejó de ser excepcional y secreta.

—Harriet va a escribir un libro. Una novela de bandas, fans… —comienza a decir Peggie.

—Nunca dije que sería una novela ni que planeaba publicarla como un libro.

—Tienes que dejar de publicar todo en internet, Harriet… ¿No sabes que la gente roba tus ideas por ahí? —comenta Renee en un tono serio.

La observo con los ojos entrecerrados. Cómo le gusta a la gente repetir esa frase.

—Renee tiene razón —dice Jenna—. En la revista Gossip-me escribieron una vez que la autora de Cincuenta sombras de Grey sacó toda la trama de su historia de otras fanfictions que las fans de Crepúsculo subían a internet.

Pongo los ojos en blanco y me concentro en el entorno lleno de vasos y botellas tiradas. Vaya que la gente toma mucho alcohol.

—¿Hablas en serio? —pregunta Renee—. Guau, no sabía eso.

—Yo lo leí también —dice Peggie—. Harriet, deberías querer más tus propios proyectos y no menospreciarlos en esa forma. Más todavía si quieres ser escritora el día de mañana.

Ser escritora… Miles de pensamientos y ansias recorren mi cuerpo.

—Todavía no sé qué voy a hacer de mi vida. Me falta todo un año para recién tener que decidirlo… Además, en una semana estaremos de vacaciones, vamos a pasar mucho tiempo juntas, viene Liberty Balance a Philly, y eso es lo que me tiene emocionada en este momento, no qué voy a hacer por el resto de mi vida. No es momento para planteármelo.

Es verdad. No hay nada que me emocione más que el hecho de que mi boyband preferida venga a mi ciudad e ir a verlos con mis tres amigas. Es un momento que estoy esperando desde que Matthew Sadler, mi mayor ídolo en este mundo e integrante de la banda, confirmó vía Twitter que vendrían. Falta solo un mes y medio, y ya siento la adrenalina correr por mis venas.

—Por Dios, las cuatro colapsaremos en medio del concierto —dice Jenna.

—Será increíble —agrega Peggie—. Ellos cinco cantando y nosotras cuatro ahí, en primera fila.

—Todavía no cantes victoria, Pegs… No tenemos las entradas aún. El lunes salen a la venta —le recuerdo.

—Entonces la semana que viene las tendremos —dice Jenna—. Oh, por Dios, Lloyd Cole en persona… creo que me desmayaré ahora.

—Será una gran experiencia entre amigas —dice Renee—. Brindemos por eso. Por más experiencias juntas.

Las cuatro alzamos los vasos.

—Y no nos olvidemos de ti, Renee —agrego—. Feliz cumpleaños. Ojalá nunca dejes de ser tan exagerada, insoportable y caprichosamente increíble como siempre. —Hago una pausa mientas las chicas ríen. —Te queremos demasiado. ¡Salud!

—¡Salud! —repiten las demás, antes de abrazarnos entre las cuatro.

—¡Ey! ¿Hicieron un abrazo amistoso sin nosotros? —dice Jang, que aparece a nuestro lado.

—Las estábamos buscando por todas partes… —dice Cedric.

Cedric es mi mejor amigo desde hace mucho tiempo. Es de los hombres más simples y pensantes que conozco. A los diecisiete años, todos los hombres suelen tener la cabeza en su miembro y el miembro en su cabeza, pero Cedric es completamente opuesto a ese estereotipo. Es muy inteligente sin ser un nerd ni un tragalibros, le apasiona saber y con eso entiende cómo ganarse a las mujeres. Es un gran amigo mío y también de Jang Moon. Los padres de Jang son japoneses, pero él nació aquí, en Philadelphia, Pennsylvania, como todos nosotros. Cedric y Jang siempre andan juntos y su diferencia de altura es algo muy gracioso a la vista, además de sus diferencias en la vestimenta. Jang se suele vestir con ropas más ajustadas y negras, y Cedric usa ropas sueltas y coloridas. Jang tiene el pelo negro y corto, y Cedric lo tiene largo, castaño y usa bigote.

—Demasiado tarde —dice Jenna.

—Oh, gracias por hacernos sentir parte de este adorable grupo, Foster —le recrimina Jang con los ojos entrecerrados.

Creo que no conocí nunca a dos personas que discutan tanto entre sí como Jenna y Jang.

—Jennang, consíganse un cuarto —dice Peggie, y los demás reímos.

El parecido de sus nombres y las diferencias de sus personalidades nos suelen causar mucha gracia. Por eso, un día a Peggie se le ocurrió llamarlos así.

—Podríamos sacarnos una selfie todos juntos, ¿no? —dice Renee—. Que yo recuerde, la última que hicimos fue en Bug’s Burgers.

—Eso fue hace una semana… —le digo casi sin entenderla pero con una leve sonrisa.

—Es su cumpleaños, señorita Sarosky, y sus deseos son órdenes —dice Jang sacando el celular de su bolsillo trasero.

Nos tomamos una foto los seis juntos y luego decido sentarme en una de las sillas de madera de cara al jardín. Miro la pileta iluminada, los contrastes nocturnos que tanto me agradan… me resulta ideal para una fotografía. Observo el plano a través de la pantalla del celular. Lo voy moviendo hasta encontrar el mejor encuadre. Logro captar una pequeña porción de columna con enredadera y, en el fondo, la pileta turquesa iluminada y hasta un poco del pasto verde también. Por suerte ya la pileta está vacía y mi encuadre carece de gente. Mucho mejor así. Tomo la fotografía girando un poco el celular, pero el sonido del obturador de otra cámara hace que voltee la cabeza. Es Cedric con su réflex Canon. Cómo no se me ocurrió antes.

—Foto a quien saca la foto. Muy poético, ¿cierto? —dice con una sonrisa y acerca una silla para sentarse a mi lado.

—Debería habérmelo imaginado. Me gustaría saber qué haces con todas las fotografías que me tomas —le digo levantándole un poco la gorra para molestarlo—. Por ejemplo, ese día que les sacaste como cien fotos a mis pobres y aburridos ojos. Deberías mostrármelas, si no las has borrado aún.

Una de sus tareas en fotografía, una vez, fue sacar fotos a un “algo” con distintas variables de exposición y velocidad. Y por supuesto, una vez más, las víctimas de esa tarea fuimos yo y mis ojos marrones o, como él dice, miel. No sé qué tan distintos son esos tonos entre sí, si en realidad dependen de la luz. Por ejemplo, los de Jenna son claros, no sabría definirlos como verdes o azules… De cualquier manera, supongo que Cedric me eligió a mí porque sabía que no puedo decirle que no a un amigo.

—Muéstrame la foto que acabas de tomar —dice en tono gracioso mientras se acomoda en su lugar.

—La estoy por subir a Instagram, ya la verás en tu inicio en un par de segundos —le digo con el celular en mi mano, mientras edito la foto.

Cedric me saca el aparato de las manos y chifla. Me muerdo los labios y se lo quito.

—Maleducado —digo en una sonrisa. No puedo enojarme por mucho más que unos segundos si se trata de mi mejor amigo.

Lo mejor de él es que no me exige atención, a pesar de conocernos tanto. Es como un hermano para mí y, a diferencia de mis amigas mujeres, no es histérico. No se trata de que no quiera a mis amigas, todo lo contrario, pero a veces la simpleza de Cedric me parece admirable.

—Mientras las chicas con polleras cortas y tacos altos se sacan selfies con sus amigas o frente al espejo del living, tú le sacas una foto chueca a una pileta iluminada y a una porción de columna —me dice—. Guau, sí que eres una vanguardista y precursora del siglo XXI. Deberías estar en los libros Guinness —me dice tomándome el pelo.

—Esas fotos sirven para narrar otro tipo de cosas. Encuentros, momentos con amigos, salidas y noches. Lo cotidiano en sus historias. Pero estas relatan pequeñas historias escondidas en lo cotidiano.

De pronto desbloqueo el celular y dejo que mis dedos plasmen lo que estoy pensando.

—¿Qué escribes? —me pregunta inclinándose hacia mí.

Termino el texto antes de que él se acerque lo suficiente a la pantalla y lo posteo. Presiono el botón de bloqueo y sonrío subiendo las piernas a la silla.

—Oh, con que te harás la misteriosa… —empieza a decir mientras mi mirada se centra en aquel cielo negro y puro—. Está bien, tendré que meterme en Instagram por mis propios medios para verificarlo… algo muy difícil de hacer.

Saca el celular de su bolsillo y la luz de la pantalla empapa sus facciones. Dos segundos y vuelvo mi atención al frente.

—“Pequeñas historias en lo cotidiano y mi amigo @CedricOvertone105 es un completo idiota” —lee en voz alta. Ambos reímos. Mi celular vibra y lo chequeo. Es una notificación de un “me gusta” de la foto de recién. —Imposible que no me guste algo subido por @Harriet_Bryne.

Si hay algo lindo para compartir en una amistad es la fotografía y la frustración de querer retratar momentos que el tiempo se apura por borrar.

—¡Harriet! ¡Ven aquí! —me llama Peggie del otro lado de la galería.

—Cuando la base central llama… —comienzo a decirle a Cedric mientras me inclino para ponerme de pie— hay que dejar todo y cumplir con nuestro deber.

Termino la frase y le tiro la gorra al piso. Empiezo a caminar hacia donde están las chicas, pero algo me agarra la pierna. Tropiezo aunque no caigo. Me voy vuelta y le levanto el dedo mayor a Cedric. Él ríe. Finalmente llego a donde están mis amigas.

—¿Ha llegado el momento de la vergüenza? —les pregunto.

Ellas ríen entre susurros.

—Haznos los h ...