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HISTORIA DE LA BELLEZA

Umberto Eco  

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Fragmento

CAPÍTULO UNO

Una victoria amarga

A las 23:15 horas del domingo 1° de julio, el consejero presidente del Instituto Federal Electoral, Leonardo Valdés Zurita, apareció en cadena nacional televisiva para dar el mensaje más esperado de la jornada. Los datos del conteo rápido realizado en 7 500 casillas le daban una ventaja al priista Enrique Peña Nieto, de la coalición Compromiso por México, entre 37.93 y 38.5% de los votos frente a 30.90 y 31.86% de Andrés Manuel López Obrador, de la coalición Movimiento Progresista, y un distante tercer lugar de la panista Josefina Vázquez Mota, con 26.03 por ciento.

El mensaje confirmó la alineación política y mediática que se había generado desde tres horas antes, cuando las encuestas de salida de los medios de comunicación le daban la ventaja a Peña Nieto. La candidata del partido gobernante, Josefina Vázquez Mota, reconoció su derrota mucho antes que el conteo rápido del IFE acreditara alguna cifra. El presidente saliente, Felipe Calderón, se apresuró a felicitar “sinceramente” al priista y a prometer un cambio de administración “de manera ordenada, transparente y eficaz”. Fuera del guion, López Obrador sostuvo que “no está dicha la última palabra” y pidió esperar a tener todos los datos de la jornada para fijar su postura.

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Enrique Peña Nieto apareció en una transmisión desde la sede nacional del PRI, después de los mensajes de Valdés, Calderón y López Obrador. En el festejo priista no había la aglomeración ni la “cargada” masiva de otros tiempos. Peña Nieto afirmó que “no hay regreso al pasado” en “esta segunda oportunidad” que los mexicanos le dieron a su partido para ocupar el poder presidencial, tras la derrota de 2000.

Flanqueado por su coordinador general de campaña, Luis Videgaray, por su esposa, la actriz Angélica Rivera, y por el dirigente nacional del PRI, Pedro Joaquín Coldwell, Peña Nieto advirtió que “es momento de propiciar y alentar la reconciliación nacional; es momento de ver hacia adelante, en plena normalidad democrática”. Su sonrisa, sus saludos y sus gestos eran tal como se habían desarrollado en los tres meses de intensa y accidentada campaña electoral. Ni un mensaje distinto ni una actitud diferente.

Sin embargo, algo no salió como esperaba el equipo peñista la noche de la victoria. La ventaja de 6.87% del priista frente a su adversario perredista era diferente a la pronosticada y publicitada durante 90 días de campaña por la mayoría de las 3 250 encuestas divulgadas a través de prensa, radio, televisión e internet.

El triunfo “contundente e inobjetable” que recitaron como mantra los principales dirigentes del PRI, unos 15 días antes de la jornada del 1° de julio de 2012, no era mayor a los 10 puntos y estaba muy lejos de la ventaja de los más de 20 puntos de distancia que llegaron a publicar encuestas como Consulta Mitofsky o GEA-ISA.

Lo inobjetable comenzó a ser un problema días antes de los comicios, cuando surgieron los cuatro ejes del litigio poselectoral: los escándalos de triangulación de fondos vía Banca Monex; la compra de votos a través de tarjetas como las de Soriana; el rebase de topes de gastos, sobre todo por el despliegue publicitario de una de las campañas más caras en la historia reciente de México; la vinculación con Televisa desde 2005, año en que Peña Nieto firmó un convenio millonario con la televisora y sus representantes.

En la sede nacional del PRI, en el viejo complejo de edificios en la colonia Buenavista, el festejo espectacular no convocó a las multitudes de otros tiempos. No estaban las “fuerzas vivas” de los tres grandes sectores históricos: CNOP, CTM, CNC. Eran menos de 8 000 los asistentes, la mayoría perteneciente a cuatro secciones del sindicato petrolero, dirigido por Carlos Romero Deschamps, el mismo protagonista del polémico escándalo Pemexgate de 12 años atrás.

Para amenizar la noche estaban los grupos musicales de Espinoza Paz y Julio Preciado, las dos estrellas de Televisa en la música norteña. El despliegue de pantallas gigantes rivalizaba con las siete grandes unidades móviles de las cadenas televisivas que cubrieron la noche del regreso del PRI y una gigantesca sala de prensa con una mayoría de reporteros proclives al ex gobernador mexiquense.

—No es el retorno de las grandes bandas sino del playback —ironicé con unos compañeros periodistas.

Peña Nieto no parecía darse por enterado de la ausencia de grandes contingentes. En el auditorio Plutarco Elías Calles, sede de los eventos más importantes del PRI, sonreía, se tomaba fotos con los celulares, saludaba como si estuviera en uno más de los mítines que protagonizó durante su campaña. Todo estaba perfectamente calculado: el tiempo para abrazar a los presentes, para las porras, para escuchar el sonsonete que anunciaba su llegada y para cantar el Cielito lindo.

Los responsables de la logística y de la seguridad en el PRI esperaban la llegada de un contingente de jóvenes del movimiento #YoSoy132, que se convirtió en el auténtico talón de Aquiles de Peña Nieto desde el llamado “viernes negro” del 11 de mayo en la Universidad Iberoamericana. Nunca llegaron a protestar. Y el presunto candidato ganador simplemente los ignoró en su mensaje.

Una noche antes, en esa misma explanada del PRI, me encontré con Pedro Joaquín Coldwell, el dirigente nacional que ascendió tras la abrupta salida de Humberto Moreira, el ex gobernador de Coahuila, a principios de 2012. Estaba preocupado. Recibía reportes vía telefónica de que en algunos estados considerados como bastiones del tricolor la victoria del candidato presidencial no era segura: Veracruz, Tamaulipas, Morelos, Tabasco y su propia entidad, Quintana Roo, donde Pedro Joaquín gobernó durante el sexenio de Miguel de la Madrid. Además, se especulaba la llegada de contingentes muy numerosos del movimiento #YoSoy132.

—¿Por qué tan preocupado, senador?

—No, aquí estamos supervisando algunos estados.

—¿Qué ventaja esperan para mañana, 1° de julio? —insistí.

—Vamos arriba entre 10 y 15 puntos porcentuales, según nuestros propios conteos.

—¿Tienen riesgo de perder algunas entidades?

—No, salvo en el Distrito Federal y en Guanajuato, en las otras entidades donde hay elecciones para gobernador vamos a ganar. Vamos a recuperar Jalisco y Morelos.

—Los datos indican lo contrario. Parece que pueden perder Tabasco y no triunfar en Morelos.

—No, para nada. En Tabasco vamos arriba. Se confirmó que los pingüinos no son animales de trópico —bromeó el dirigente priista, refiriéndose a Arturo Núñez, ex priista, senador del PRD y promotor junto con Pedro Joaquín de la reforma política de 2007-2008. Núñez, conocido como el Pingüino, acabó por ganarle al candidato del PRI.

—Para llegar a más de 10 puntos es necesario remontar la votación en el Distrito Federal, ¿no es cierto?

—Sí, pero aquí en la capital vamos a tener voto diferenciado. Beatriz Paredes tendrá entre 20 y 25 y Peña Nieto más de 30 por ciento.

—¿Esperan que López Obrador admita la derrota?

—Andrés Manuel no va a aceptar nada —atajó en tono molesto.

Ésa era la principal preocupación de la cúpula priista. A diferencia de las negociaciones y el diálogo con el PAN, el peñismo no tenía ningún acercamiento con López Obrador. Hasta antes de los sucesos en la Universidad Iberoamericana, menospreciaron y minimizaron el impacto del candidato de las izquierdas, que por segunda vez contendía por la Presidencia de la República.

Nunca pensaron que López Obrador rebasara a Josefina Vázquez Mota, la candidata del partido gobernante. Mucho menos pronosticaron que pudiera cerrarse la elección entre el ex jefe de Gobierno capitalino y el ex gobernador mexiquense.

Veinticuatro horas después de aquel encuentro breve con Pedro Joaquín Coldwell, la preocupación y los mensajes de la dirigencia priista tenían un solo objetivo: que López Obrador admitiera su derrota; coincidía con los mensajes y los análisis que las televisoras comenzaron a difundir desde el cierre de las casillas.

—¿Cree que López Obrador debe salir a reconocer su derrota? —le preguntó un reportero de Canal 40, de Grupo Salinas, a Pedro Joaquín Coldwell en la conferencia de prensa a las 21:00 horas del 1° de julio.

—No puedo anticipar lo que haga el señor López Obrador. Sí puedo decir que éste es el proceso más vigilado y la contienda más equitativa de todas. Debemos entrar a la etapa en la que los actores políticos acepten sus derrotas.

Para la medianoche del 2 de julio, el problema ya no era López Obrador sino la falta de una mayoría clara en el Congreso, la derrota en entidades que no estaban pronosticadas, los indicios de que muchos operadores responsables de llevar a los votantes se quedaron con los “recursos” enviados y el hecho de que Peña Nieto no llegara a los 20 millones de votos que, como cifra mágica, esperaban para tener un triunfo “inobjetable y contundente”.

Las cifras finales del IFE fueron de 19.2 millones de votos para Peña Nieto (38.21%); 15.8 millones para López Obrador (31.59%); 12.7 millones para Josefina Vázquez Mota (25.41%); 1.1 millones de votos para Gabriel Quadri, del Panal (2.29%); y 1.2 millones de votos nulos (2.47%). La votación total emitida fue de 50.3 millones de votos, un índice de participación superior a 60 por ciento.

El dato más significativo para los priistas fue que más de 30 millones de votantes no apoyaron a Peña Nieto y la victoria se tornaba amarga. El modelo del retorno del tricolor al poder había pronosticado tener una mayoría en el Congreso, pero no lo lograron.

El “efecto Peña” no se tradujo en el “carro completo” en las entidades donde se eligieron también a los gobernadores. Era que claro que desde antes de los comicios presidenciales el voto opositor a Peña Nieto ya estaba movilizado y reclamaba la inequidad, la democratización de los medios de comunicación en la contienda y un voto informado que, al parecer, fue desplazado por el voto comprado o cooptado.

EL DEFECTO PEÑA NIETO

Sin duda, Peña Nieto tenía el favor de la pantalla comercial: un alineamiento claro de los principales comentaristas y las empresas más importantes con concesiones en televisión y radio. Pero en las calles de la ciudad de México y en otros sitios quienes levantaban la voz con expresiones de “¡Fuera Peña! ¡Fuera Televisa!”, “Yo sí leo, no veo Televisa” o “La presidencia no se compra”, tenían una resonancia mayor, incluso fuera del país. Peña Nieto lograba la mayoría de los votos, pero no el afecto ni la legitimidad clara de la mayoría de los mexicanos.

En las redes sociales —estos nuevos instrumentos de comunicación donde convergen internet, la telefonía y los videos— se generó un verdadero Defecto Peña Nieto. El candidato priista fue el más mencionado en el ciberespacio, pero para criticarlo, ironizar sus errores y su incultura, expresar el descontento con el retorno del PRI y, sobre todo, alertar frente a los indicios del fraude. En buena medida, los usuarios de Twitter, Facebook y YouTube generaron una movilización de votantes mayor a la pronosticada por los estrategas del tricolor.

Así, iniciaba la etapa más difícil de la carrera política de Peña Nieto. Lo importante no era “llegar” a la victoria del 1° de julio, sino desactivar las pistas del gran montaje que representó este amargo triunfo.

Tan amargo que las primeras expresiones del retorno del PRI a Los Pinos no fueron de júbilo sino de protesta. Decenas de votantes que acudieron a las tiendas Soriana de la zona conurbada al Distrito Federal a hacer válidos los 1 000, 1 500 o 2 000 pesos que les habían prometido a cambio de su voto a favor del tricolor se enojaron porque los operadores del PRI no les cumplieron. Las tarjetas tenían menos dinero. Estaban furiosos.

Para defenderse, Enrique Peña Nieto declaró a la televisora británica BBC que todo se trataba de un “montaje” de los adversarios y que “ni un solo peso” de la campaña se destinó para la compra del voto.

En ese momento, comenzó la parte más dura del conflicto postelectoral. ¿Cómo desactivar la percepción de que el PRI regresaba con las conocidas trampas de la vieja maquinaria electoral? ¿Qué hacer frente al candidato opositor que quedó en segundo sitio y no estaba dispuesto a avalar una victoria de Peña Nieto sin antes conocer las dimensiones del rebase de topes de gastos de campaña, la trama de la triangulación de fondos vía Monex o las dimensiones de lo invertido en Televisa y en TV Azteca para lograr la victoria?

IRREGULARIDADES FUERA DE PANTALLA

Las encuestas de salida que divulgaron los grupos mediáticos más fuertes y con acceso a la pantalla televisiva le dieron desde las 20:00 horas del domingo 1° de julio de 2012 una clara ventaja a Peña Nieto.

Por su parte, TV Azteca lanzó los resultados del exit poll realizado por Mendoza y Asociados, una encuestadora que pertenece a su ex directivo Jorge Mendoza, senador priista, candidato a diputado federal por el tricolor y aspirante a la gubernatura de Nuevo León. La encuesta de TV Azteca le dio el 42.7% de ventaja a Peña Nieto frente a 34.4% de López Obrador.

Consulta Mitofsky, de Roy Campos, divulgó en la pantalla de Televisa que Peña Nieto tenía 40.3% frente a 31.8% de López Obrador. El promedio de puntos de ventaja que Mitofsky le dio al priista durante toda la campaña fue de 15.1 por ciento. Sus resultados también se divulgaban a través de Radio Fórmula.

Por otro lado, GEA-ISA, contratada por Grupo Milenio, le otorgó 40.3% a Peña Nieto y 31.8% a López Obrador; una distancia menor a los nueve puntos. Cabe recordar que durante toda la campaña, el tracking diario de esta empresa encuestadora le dio una ventaja consistente a Peña Nieto de 18.4%. Nada variaba en esa encuesta spot que se divulgaba en Milenio Televisión ni en las distintas ediciones y franquicias de este grupo editorial vinculado con Televisa a través de su sociedad en la empresa Televisión Internacional, S. A. de C. V. (TVI), propiedad de Grupo Multimedios.1

El caso GEA-ISA y Milenio fue el más comentado por la persistencia de los resultados de una encuesta que nunca varió sustancialmente en los tres meses de campaña, salvo por el rezago de Josefina Vázquez Mota, la candidata del partido gobernante del PAN, a la que ubicaron en el último mes en tercer sitio, pero disputándole a López Obrador el segundo sitio.

En todas las encuestas de salida divulgadas esa noche había otro alineamiento significativo: Peña Nieto reducía su ventaja ante López Obrador, pero estaba en la frontera de los 40 puntos porcentuales. Por ejemplo, Excélsior, que contrató a Ulises Beltrán, le dio una ventaja de 40% a Peña frente a 32% de López Obrador; y El Universal, a través de Buendía & Laredo, le dio en su encuesta de salida 42% a Peña y 31% a López Obrador.

Es decir, los medios y las casas encuestadoras contratadas por ellos mismos respondían al objetivo demoscópico del PRI. El tricolor recuperaba esa “cifra mágica” de más de 40 puntos de preferencias en una elección presidencial que no ha vuelto a tener desde la llegada de Ernesto Zedillo en el fatídico año de 1994.

Por su parte, el conteo de salida y el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) del IFE contaban otra historia. Con 48.5% de las casillas computadas, el PREP registró una distancia menor a los siete puntos. Enrique Peña Nieto llegó a encabezar las tendencias con 36.74%, en tanto que López Obrador registraba 33.19%. Una diferencia de 3.55 por ciento.2

Estas cifras no fueron significativas para la cobertura especial que las empresas de televisión realizaron desde muy temprano en la mañana del domingo 1° de julio. Había un guion especial: minimizar cualquier irregularidad o protesta electoral que encontrara amplia difusión en cuentas de Twitter o de Facebook y presionar para que el resultado de la victoria electoral estuviera listo antes de las 12 de la noche.

El teletón electoral que organizaron Televisa y TV Azteca, principalmente, y otras señales de televisión restringida, como Milenio TV, privilegió los rasgos positivos de la jornada: el amplio número de votantes, poco más de 50 millones en un padrón cercano a los 80 millones de ciudadanos; la apertura casi de 100 por ciento de las más de 140 000 casillas; las imágenes de los cuatro candidatos presidenciales emitiendo su voto; los análisis posteriores sobre un mundo maravilloso donde salen los mexicanos a votar, y el IFE cumple su tarea y entramos a la “normalidad” democrática.

“Tenemos una jornada normal, sin alteraciones”, destacaban en sus comentarios Héctor Aguilar Camín, director de Nexos, y Jorge G. Castañeda, ex canciller foxista, en su mesa de análisis en Grupo Televisa.

En contraste con la creciente uniformidad de los contenidos en medios de comunicación, los jóvenes integrantes del movimiento #YoSoy132 organizaron dos comisiones: de Vigilancia Ciudadana, y Jurídica y de Derechos Humanos, para monitorear el día de la jornada electoral e informar a través de las redes sociales.

Durante todo el 1° de julio, #YoSoy132 y decenas de colectivos de ciudadanos dedicados a la observación electoral, de manera informal, denunciaron en redes sociales operaciones de call centers en el Estado de México para la “movilización” electoral. En Naucalpan fue detenido Joel Martínez, uno de los observadores de #YoSoy132, al grabar a unos priistas que compraban votos. En Puebla, otro observador reportó a través de Twitter la compra de votos en un salón de fiesta en el que estaba presente Enrique Doger, candidato del PRI a diputado federal. El reporte del #Yo-Soy132 indicó:

La operación es la siguiente: un coordinador recibe 2 000 pesos por llevar a 15 “promotores del voto”, los cuales se comprometen a sacar su boleta en blanco y dársela a su coordinador para que la marque a favor del PRI y que la siguiente persona la regrese a esa misma casilla como voto propio. Asimismo, esta persona saca nuevamente su boleta y se la da a su coordinador. La operación se repite así consecutivamente.3

El mismo movimiento #YoSoy132 reportó otros incidentes como el robo de urnas en Monterrey, la intimidación a votantes en Cuajimalpa, la coacción del voto en Tuxtla Gutiérrez, las amenazas e intimidación en Veracruz, especialmente en los dos distritos federales de Xalapa, el secuestro de funcionarios de casilla en la zona de tierra caliente, en Guerrero, y la desaparición de un presidente de casilla con boletas en Ensenada.

Otros reportes que llegaron de observadores electorales, sobre todo en el Estado de México, indicaban una constante: grupos de priistas ofreciendo dinero para la compra del voto en Los Reyes-La Paz, en Ixtapaluca, en Coacalco (donde hubo enfrentamientos en la casilla 0594 entre jóvenes del #YoSoy132 y militantes del PRI), en Nezahualcóyotl, así como tinta que se borraba en una mayoría de casillas del Estado de México.

La compra de votos, documentada con videos, fotografías y reportes de ciudadanos también se generó en Chiapas, Puebla, Durango, Hidalgo, Guerrero, Oaxaca, Aguascalientes y Veracruz. Incluso, en esta última entidad un registro con el número 141 indicó lo siguiente: “Elementos de la Secretaría de Marina detuvieron en el puerto de Veracruz a una persona que compraba credenciales de elector a 800 pesos, por lo que quedó a disposición de la delegación de la Procuraduría General de la República”.

Otra denuncia, presentada por la coalición del Movimiento Progresista, la número 170, informó: “En el distrito 32, casilla 916, siendo las 14:55 horas […] se observa a líderes del PRI comprando votos a favor de su partido; específicamente se trata de un hombre delgado, pelo cano, estatura media, cara ovalada y que responde al nombre de Manuel Mora”.4

También el sindicato magisterial, el SNTE, el más grande de América Latina y conocido por su marcado protagonismo en la “operación electoral”, es decir, en la inducción del voto, desempeñó un papel fundamental en las irregularidades del 1° de julio de 2012.

Mediante la Operación Ágora, el sindicato se puso como meta otorgarle a Peña Nieto cinco millones de votos y para ello recurrió a 20 000 “movilizadores” con un costo de 151 271 750 pesos.

En el documento de la Operación Ágora, divulgado antes de los comicios por medios como La Jornada y MVS Radio, se presumió que se había capacitado a “cinco millones de simpatizantes, de los cuales serán movilizados 3 434 125 el 1° de julio. Las metas se establecieron por casilla, sección electoral y distrito y fueron verificadas y firmadas en una carta compromiso por el líder de cada una de las secciones”.

Los estados “prioritarios” en esa operación fueron Aguascalientes, Chiapas, Nayarit, Nuevo León, Sinaloa y Tamaulipas. Es de destacar que sólo se pudieron documentar denuncias del PRD en Tamaulipas, entidad donde perdió Peña Nieto la elección presidencial frente a Vázquez Mota.

Como era de esperarse, ninguna de esas acusaciones de irregularidades —orientadas en su mayoría a la compra del voto por parte de operadores del PRI— influyó en la cobertura de los grandes medios de comunicación el día de la jornada electoral. Desde mucho antes existía una orden explícita a los comentaristas y conductores de esa jornada electoral para no “sobredimensionar” las denuncias del #YoSoy132 o de los movimientos vinculados con la candidatura de López Obrador, como el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), o también de los grupos del PAN que en Veracruz y en Yucatán documentaron decenas de anomalías.

LA RED TELEVISA-PEÑA EXHIBIDA POR LA PRENSA
INTERNACIONAL

Algunas semanas previas a las elecciones, la animadversión de los jóvenes y ciudadanos anti-Peña Nieto se dividía entre el PRI y Televisa. Sobre todo, hacia esta empresa que se convirtió durante décadas en el símbolo del poder mediático fusionado con el poder político. Las críticas arreciaron cuando el periódico británico The Guardian confirmó lo que la revista Proceso documentó desde 2005: la existencia de un plan encubierto para adquirir tiempo en espacios informativos y de espectáculos con el objetivo de promover personalmente al ex gobernador del Estado de México.

Admitir la existencia de este plan representaría la confesión de parte de una grave violación a la ley electoral por parte de Televisa y el PRI, pero también la existencia de una compleja red de intermediarios o brokers que actuaron para triangular los fondos obtenidos desde la casa de gobierno de Toluca o desde las arcas de otros gobiernos priistas. “Contabilidad creativa” la denominó con eufemismo británico The Guardian.

El temor también era social. Nunca como en este proceso electoral, la empresa que preside Emilio Azcárraga Jean desde 1997 había sido objeto de una protesta cívica tan persistente y masiva.

En tal circunstancia, desde el 20 de junio de 2012 les había llegado a los trabajadores de Televisa Chapultepec un correo electrónico del área de recursos humanos para advertirles que “debido a las elecciones del próximo domingo 1° de julio, Televisa tomará medidas preventivas por si el lunes 2 de julio la empresa está cercada”.

En el mensaje interno, proporcionado por una fuente interna del consorcio, se pide a todos los “estimados ejecutivos” que identifiquen a tres grupos de personas para permitirles el acceso: “1. La gente que no es necesario que se presente (que pueda trabajar desde su casa). 2. La gente que pueda trabajar en algún lugar alterno a las instalaciones de Chapultepec. 3. La gente que forzosamente tenga que entrar a trabajar al edificio”.

El correo remata: “Es necesario contar con esas listas hoy mismo, por lo que mucho les agradeceré la envíen lo antes posible”.

Y así fue. Se negó el acceso a buena parte de los trabajadores de las instalaciones de Televisa Chapultepec para evitar posibles enfrentamientos con grupos como el movimiento #YoSoy132 o militantes de Morena.

En cualquier caso, como se apuntaba más arriba, la identificación del consorcio mediático más grande del país con la candidatura de Enrique Peña Nieto generó un escándalo en medios internacionales durante la campaña electoral. Periódicos como el citado The Guardian o el The Washington Post publicaron una serie de reportajes para documentar los convenios publicitarios ocultos y la “contabilidad creativa” de Televisa con el candidato presidencial del PRI.

También el periódico The Wall Street Journal, especializado en finanzas, preparó un reporte especial para confirmar que el vicepresidente de Comercialización de Televisa, Alejandro Quintero Iñiguez, accionista de TV Promo y creador de Radar Servicios Especializados, fue el artífice de la triangulación de recursos millonarios desde los convenios firmados en 2005 entre Grupo Televisa y el equipo de Peña Nieto.

Los rumores sobre la salida de Alejandro Quintero se incrementaron conforme se fue acercando la fecha de las elecciones. Este personaje, que no forma parte del núcleo directivo de Televisa conocido como “Los Cuatro Fantásticos” (Emilio Azcárraga Jean y sus amigos y vicepresidentes Bernardo Gómez, Alfonso de Angoitia y José Bastón), se convirtió en una pieza demasiado incómoda por las insistentes menciones que lo vinculaban con el proyecto Peña Nieto.

Desde 2003, Quintero tomó el control de los contenidos informativos de Televisa para subordinarlos a la estrategia de comercialización. De esta manera, la “venta” de noticias, entrevistas, coberturas especiales, infomerciales y spots no se limitó a los clientes de consorcios privados, sino que se amplió a los clientes públicos, especialmente los gobernadores con aspiraciones presidenciales. La feudalización del presidencialismo en 32 virreinatos presupuestales le permitió a Quintero explotar las ambiciones y necesidades de exposición de los mandatarios.

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