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HISTORIA DE LAS PALABRAS

Daniel Balmaceda  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Tengo la suerte de haber podido reunir en un mismo libro dos de mis pasiones, la historia y la palabra. Porque de la misma manera que alguna vez pudo despertarme curiosidad el nombre de una calle, siempre me ha interesado conocer los orígenes de los vocablos. ¿Por qué uno puede encontrar cálculos en la vesícula y en las matemáticas? La historia nos explica que los cálculos eran piedras muy pequeñas que se usaban para aprender a contar, de allí provino el cálculo matemático. En la vesícula se depositan piedrecitas, llamadas de la misma manera.

El vocabulario tiene muchísima importancia para quienes nos dedicamos a difundir ideas, conocimientos, informaciones y relatos. Un texto es una sinfonía. Creo en la armonía musical de un párrafo bien escrito. Estoy convencido de que una lectura debe deslizarse sin traumas en la cabeza de quien la recorre. Somos los intérpretes de una melodía sin notas musicales, con palabras. Saber usarlas es un arte y, a la vez, una satisfacción. Solemos toparnos con textos en los cuales las palabras parecen reunidas de manera forzada, como cuando se trata de encastrar dos piezas de un rompecabezas en forma incorrecta. Conozco cantidad de ejemplos, muchos escritos por mí.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Para remediar la falta de armonía es muy necesario comprender las palabras, pero no solo en un nivel superficial, sino con mayor profundidad. La identidad de la palabra nos revela muchos datos a quienes investigamos hechos históricos y buceamos en archivos. También nos permite marcar importantes diferencias entre sinónimos, por ejemplo. Uno de los objetivos de este libro es generar el deseo de detenernos frente a una palabra e intentar conocer su origen, su historia.

A mí me ocurrió en 1992, cuando apareció una revista que me atrapó. Se llamaba Idiomanía y se especializaba en temas que interesaban, sobre todo, a los traductores. Pero el tratamiento de los textos, las buenas ideas que planteaban las notas y la capacidad más el talento de sus autores la convirtieron en una publicación que terminaría disfrutando un público más amplio. Era mi caso, ya que pertenecía a esa camada de lectores que no éramos profesionales de los idiomas.

El director de la revista, Ricardo Naidich, era traductor de lenguas nórdicas. Miguel Wald, su jefe de redacción, realizaba los subtitulados de filmes. Entre los redactores figuraban Pierre Dumas, Edgardo Ritacco, Martín Eayrs, Enrique Zagari, Graciela Cutuli, Martin Wullich y Leandro Wolfson. Idiomanía estaba escrita por amantes de la palabra. Lejos me encontraba de arrimar algún material con la calidad de sus textos. Tampoco era traductor. Apelé entonces a mi condición de idiomaníaco para animarme a enviar un trabajo sobre las palabras que la América precolombina aportó a la lengua española. Luego me publicaron una nota en la que manifestaba mi desacuerdo con la postura del sexismo lingüístico. Después escribí algo sobre etimologías y así fue ganándome el entusiasmo por conocer el origen de las voces que nos acompañan a diario.

En este libro, donde utilicé aquellas páginas mías que los responsables de Idiomanía me publicaron con tanta generosidad, intento que los vocablos se corporicen y avancemos sobre sus biografías.

Muchas de las historias que se esconden detrás de una palabra merecen ser rescatadas. Desde la batalla de La Bicocca hasta las acciones en contra de míster Boycott, las funciones vermouth del cine, los nombres que Carlomagno ha plasmado y hoy perduran en los mapas, las aventuras de Abel Tasman, el triste final del inventor que se ahogó en el Canal de la Mancha, el que se arrojó en el aljibe de un importante hotel parisino, la guerra del traje de baño o el relato de cómo el criadero de Víctor Casterán llegó a popularizarse en una palabra cotidiana (gracias, Germán Carvajal Casterán, por tu ayuda). Será posible, a la vez, descubrir interesantísimas historias de emprendedores en varios de los capítulos.

Tratamos con ellas a diario y son la herramienta principal de la comunicación. En esta oportunidad las he convocado para que hablen de ellas mismas, de sus historias trágicas, románticas y felices. De sus cambios, sus progresos y sus errores. Bienvenidos al paseo por el mundo de las palabras.

PALABRAS ARMADAS

El lenguaje de los guerreros es uno de los que más ha aportado a la creación de palabras, no sólo en el castellano sino en la mayoría de los idiomas. En el vocabulario cotidiano hallaremos decenas de términos que provienen de las fortalezas, los cuarteles y los campos de batalla.

Armario era el mueble donde se guardaban las armas. Hacia allí corrían todos cuando se daba la voz de “¡Al arma!”, que derivó en las alarmas. Pelear, por su parte, tiene un origen sencillo y a la vez entretenido: era luchar tomándose de los pelos. Batir significa golpear, como lo muestra el poeta Rafael Obligado en sus versos dedicados al Tambor de Tacuarí:

Bate el parche un pequeñuelo

que da saltos de arlequín,

que se ríe a carcajadas

si revienta algún fusil,

porque es niño como todos,

el Tambor de Tacuarí.

La palabra se originó en el latín battuere (golpear). A ella le debemos —además de batir— batería (conjunto de piezas de artillería), batalla, batahola y batallón. Un combate es precisamente eso: com battere (pelear juntos). Duelo fue el enfrentamiento entre dos, es decir entre un dúo. Lance era el combate con lanzas. Es fácil advertir que el verbo lanzar surgió de “arrojar la lanza”.

Tomemos dos sinónimos de lanza: por un lado, pica (con su punta para picar, popularizada en la baraja francesa) ha dado el diminutivo piqueta, la herramienta utilizada sobre todo en las minas. El otro sinónimo es asta. Hoy relacionamos el asta con el mástil de la bandera. Pero también la tenemos presente en otros impensados rincones del vocabulario. Cuando decimos astilla estamos refi riéndonos a un asta pequeña. Los galpones donde se fabricaban las embarcaciones de madera quedaban llenos de astillas: pasaron a ser conocidos como astilleros.

El asta tiene más parientes. Los romanos la clavaban con un estandarte distintivo para señalar el lugar donde estaba la propiedad o los objetos que iban a rematarse. Lo que se hallaba debajo de la lanza (es decir, sub-asta) se ofrecía al mejor postor. De los tiempos en que se abordaban fortificaciones viene el ataque por asalto, que era aquel que se hacía trepando los muros, saltando por encima de ellos, es decir mediante el sistema denominado a-salto.

La transición entre las armas clásicas y las de fuego, incluyendo su conjunción en la bayoneta, no fue de corta duración. Al respecto, podemos decir que los arcabuces comenzaron a ser tomados muy en serio a partir de la batalla de La Bicocca —al oeste de Milán— que protagonizaron las fuerzas de la corona española con las del reino francés (y sus respectivos aliados) el 27 de abril de 1522. Las bajas de los piqueros suizos debidas a la puntería de los arcabuceros españoles de Carlos V definieron el pleito de inmediato. Hoy llamamos bicoca al objeto de cierto valor que obtenemos sin demasiado esfuerzo.

EL SUELDO DEL SOLDADO

Como siempre ocurre en nuestro extenso planeta, los vecinos se pelean (tomándose de los pelos o de otras mil distintas maneras). Las fronteras siempre fueron puntos de conflicto. Ni qué decir si el límite natural es un río, ya que la disputa por ese bien preciado podía generar enfrentamientos. Rivus es el término latino que define al río. Rivalis eran los ribereños. En nuestro tiempo, cuando se habla de rivales, no es necesario que haya un río en medio de los contendientes.

Se llamó soldado a aquel que recibía un sueldo por pelear. Esto significa que antes de que existieran los soldados ya había sueldos. La palabra proviene de solidus nummus (moneda sólida) con la que se pagaban los servicios. Por lo tanto, la moneda sólida dio lugar al sueldo y el sueldo a los soldados. Pero mucho antes de que la paga al guerrero se hiciera con monedas, se empleaban otros valores, como las especias y la sal, que originó el salario.

Teniente es la forma abreviada de lugarteniente, que provino de la unión de lugar más teniente, y signifi caba “el que tiene lugar”, en el sentido de poder y autoridad. Coronel se le decía al colonello. Esta palabra italiana designaba a quien comandaba una colonna o columna. Tanto cabo como capitán hacen referencia a caput, cabeza, por ser quienes se hallan a la cabeza de una formación. Decimos caput en latín, kopf en alemán y chef en francés, de donde deriva la palabra “jefe”. Ahora bien, el jefe general era el jefe común a todos, al cual denominamos “general” en forma simplificada. En cuanto al alférez, viene de al-faris, la voz árabe para señalar al caballero. Sobre el caballero debemos decir que era el hombre que tenía el privilegio de combatir montado a caballo.

El centinela (proveniente del italiano sentinella) se encargaba de sentire (oír). Mientras que, en Francia, al ayudante de campo se lo llamaba aide de camp. Quiere decir exactamente lo mismo y es la voz que originó la palabra edecán.

BOLA Y PELOTA

Los cuerpos de combate se dividían en dos grandes grupos. Los que eran reclutados en forma temporal para participar de acciones de guerra y los que lo hacían de manera constante y profesional. Nos referiremos a los que tenían el oficio de pelear. Por supuesto, poseían un rango superior a los reclutados, y por ser ese su oficio en el Imperio Romano se los llamaba officialis, es decir, ofi ciales. Los galos llamaban troupe al grupo que se reunía con un mismo fi n. Entre sus derivados fi guran tropa y tropel. La clásica idea de atropello era la de un grupo de jinetes que pasaban a alguien por encima. En el mismo sentido, tropelía es un abuso.

Los soldados se ejercitaban para ser cada vez más profesionales. Por esas ejercitaciones, se los denominó ejército. ¿Quién mandaba sobre las tropas? El rey. Era la persona que regía (en la región) y bajo su ala tenía al regimiento. La arenga parte del término harihring, del vocabulario gótico (la lengua germana que hablaban los godos), compuesta por harjis (ejército) y hring (anillo, círculo). Se trataba de una reunión cerrada del ejército, donde los soldados formaban un círculo compacto y se los alentaba.

Las cañas vegetales inspiraron el nombre de los caños; y éstos, el del cañón. Pólvora, por su parte, nació a través del latín pulvis, polvo. La spatha (cosa plana, en griego) era aquella gran arma de hierro que usaban los romanos, cuya eficacia estaba más en el golpe que en el corte. Primero fue la spatha, más tarde llegó la espada (y en otros ámbitos, la espátula). En realidad, antes que las dos se usaba el gladius, arma más manipulable que la sptaha. Del gladius provienen las palabras gladiador y, por su forma similar, gladiolo.

Las primeras máquinas de guerra eran fabricadas por hombres que tenían el don de realizar dichas armas o artefactos (de arte factus, hecho con arte). La palabra “artifi cio” también tiene el mismo origen. Artillería es el conjunto de artefactos que se empleaban para combatir. Los proyectiles son aquellos objetos que se proyectan. Ese fue el primer significado, a partir de eiectare (impulso con fuerza) y pro (movimiento hacia adelante). Más tarde, proyecto se transformó en estudios con vistas al futuro. Entre los proyectiles figura la bala y el motivo de su nombre tiene que ver con su primitiva forma, como una bolita: ball en inglés y balle en francés.

La pelota, en cambio, dio otra palabra: pelotón. Quienes primero emplearon este término fueron los franceses. Se referían a un grupo pequeño que se desprendía de uno mayor y que podía desplazarse con mayor rapidez y articulación. Como una pelota. Es fácil advertirlo cuando se designa una misión a un manojo de soldados en el campo de batalla. Pero también pelotón son aquellos que participan en un fusilamiento, es decir, una ejecución realizada por hombres con fusiles.

ROPA QUE HUYE

Trofeo, tronera y torneo también son términos que ha legado el mundo de los soldados. Comencemos por trópaios, la palabra griega que signifi caba “fuga”. Ocurría cuando el enemigo daba la vuelta para huir. Esa era la señal del triunfo y algunos objetos capturados al enemigo (armas, ropa, valores) eran colocados en un árbol o una roca. A ese monumento se lo llamaba trofeo.

Al hablar de troneras nos referimos a las aberturas en los costados del buque donde se colocaban los cañones que tronaban emitiendo el sonido de un trueno. Luego, los orificios en la mesa de pool recibieron el mismo nombre: troneras. En cuanto al torneo, es una voz emparentada al trópaios griego, ya que surge de tornar o girar. En inglés se dice to turn. En francés, la palabra es tour, que arribó a nuestra lengua en la voz “turismo”.

Respecto de los torneos, en un principio eran las disputas entre caballeros que se llevaban a cabo en un recinto cercado. Cada jinete venía de su lado, más o menos bien protegido por su armadura (la armadura es el equipamiento de armas) y empuñando esas enormes lanzas (ya nos referimos al lance). Intentaba derribar al contrario. Si no lo hacía, llegaba hasta el final de la extensión delimitada y daba la vuelta (retornaba) para volver a embestir.

La derrota desciende de la palabra francesa déroute, que originalmente significaba rotura. Es lo que ocurría cuando se vencía a una formación: esta se quebraba, se rompía, y comenzaban el desorden y la dispersión. Dos párrafos atrás nos ocupamos de los que huían del campo de combate, los que fugaban. La palabra “refugio” defi nía al sitio que utilizaba como albergue quien fugaba. Y ya que estamos con las fugas, recordemos que el tránsfuga es quien se pasa de bando y el centrifugado es el sistema que hace que la ropa huya del centro.

EL REY DEL FILO

Dejamos las pistolas y pasamos a dos armas blancas. La primera sirve para combatir barbas y bigotes, y se relaciona con King Camp Gillette, quien nació en 1855, en Wisconsin, Estados Unidos. Tanto su madre como su padre eran inventores y, si bien no consiguieron hacer aportes extraordinarios a la humanidad, trasladaron el gen de las ocurrencias a su hijo, además de insertarlo en el mundo de los creativos. Esto último fue clave porque de esa manera Gillette conoció a William Painter, el inventor de la tapa metálica con forma de corona y corcho en su interior, quien le dio trabajo como vendedor.

Además de empleo, le entregó en bandeja un consejo que Gillette tomaría como preámbulo de su destino. Lo que le dijo Painter es que gracias a que las tapas que inventó eran descartables, los consumidores seguirían acudiendo a él para realizar nuevas compras. En defi nitiva, planteaba que un sistema muy práctico para hacerse rico era inventar algo que el consumidor tuviera que comprar una y otra vez, por siempre.

A partir de ese día, King Camp Gillette inició la búsqueda del famoso producto que lo convertiría en millonario. El momento del “¡eureka!” se hizo esperar. Pasaron años hasta que una mañana primaveral de 1895, mientras afilaba su navaja de afeitar frente al espejo, se encendió la famosa lamparita (pudo ser posible, ya que la lámpara de Edison es de 1879). Esa mañana nació la idea de la hojita de afeitar. Apenas la idea, porque el producto recién aparecería en 1903, lo que demuestra que necesitó paciencia par ...