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HISTORIA DEL PERONISMO. EL PODER TOTAL (1943-1951)

Hugo Gambini  

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Fragmento

Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich

Historia del Peronismo. El poder total (1943-1951)

Hugo Gambini

1.ª edición: noviembre, 2016

© 2016 by Hugo Gambini

© Ediciones B Argentina S.A., 2016

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

www.edicionesb.com.ar

ISBN DIGITAL: 978-987-627-695-5

Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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A Gabriela y Verónica,

con el amor de papá.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Una fascinante investigación

Perón y Evita

1. El gobierno militar

2. El 17 de octubre

3. El poder total

4. La nueva Argentina

5. La dama de la esperanza

6. Renunciamiento de Evita

7. Los derechos del trabajador

8. La tercera posición

9. La comunidad organizada

10. El antiperonismo

11. La enseñanza religiosa

12. Los únicos privilegiados

13. Perón apoya el deporte

14. Perón cumple, Evita dignifica

15. Los militares

16. La subsecretaría de informaciones

Álbum de fotos

Una fascinante investigación

Este libro es el resultado de una tarea emprendida en 1966, cuando me hice cargo —en la muy recordada revista Primera Plana— de la sección Historia del Peronismo. Tuve absoluta libertad para llevar adelante la investigación de un período que nos comprometía a todos y que, como era de suponer, generaría no pocas cartas de lectores. Las notas removían ese pasado tan conflictivo, que aún estaba presente y que después de dos décadas nadie se atrevía a narrar con veracidad. Situación ideal para un periodista cautivado por la política.

En la pesquisa periodística se realizaron doscientas entrevistas, cuando todavía sobrevivían casi todos los protagonistas. Ellos dieron sus versiones y —serenados los ánimos— dijeron lo que pensaban a veinte años de los acontecimientos. Mi investigación se basó en tales testimonios. La iría completando con un material bibliográfico y un archivo cada vez más abundantes, a medida que continuaba el trabajo por mi cuenta —Primera Plana fue clausurada por el general Onganía en 1969— y publicaba los primeros libros sobre el tema.

En esta versión final —nunca definitiva— se incluyen los tres ensayos anteriores: El 17 de octubre de 1945, editado en 1969; El peronismo y la Iglesia, aparecido en 1971; y El primer gobierno peronista, también de ese año (corregido y reeditado como La primera presidencia de Perón, en 1983).

El hecho de que mi adolescencia transcurriera en el período historiado, me confería una vivencia muy directa del clima político de la época y del estilo absorbente de aquel peronismo, lo que hizo más seductora la investigación. Iniciada hace tres décadas, ahora la he podido enriquecer y reescribir con una visión más moderna, gracias a la larga experiencia en el oficio y a la madurez que regalan los años.

Se hace ineludible —y nostálgico— el recuerdo de los periodistas Carlos Russo (fallecido) y Julio Algañaraz (radicado en Italia), quienes me ayudaron en un principio a revolver los archivos y a detectar los primeros testimonios, en un contexto que es inolvidable por lo anecdótico.

Debo ponderar especialmente la lectura y corrección de los datos económicos que hizo Juan Carlos de Pablo, como parte de un intercambio permanente de material, basado en la —poco difundida— devolución rápida de los libros prestados.

A los investigadores históricos les agradezco la cita de mis notas. Me halagó descubrir que les sirvieran a Félix Luna, Robert Potash, Alain Rouquié, Alicia Dujovne Ortiz, Joseph A. Page e Isidoro J. Ruiz Moreno, por mencionar a los que las citaron. (¿Quién no se envanece cuando es consultado?) La recompensa está en este libro: ahora yo he consultado mucho sus obras.

La Historia del Peronismo abarca, por ahora, dos volúmenes: El poder total (1943-1951) y La obsecuencia (1952-1955).

Hugo Gambini

Buenos Aires, abril de 1999

Perón y Evita

Los actores principales de esta historia tenían algo en común: ambos eran hijos extramatrimoniales y oriundos de la provincia de Buenos Aires.

Perón era el segundo hijo de Mario Tomás Perón y de Juana Sosa Toledo. Nació en Roque Pérez, Saladillo, el 7 de octubre de 1893, pero la madre debió darle su apellido y bautizarlo Juan Sosa (en la parroquia N. S. del Carmen), porque el padre demoraba en reconocerlo. Lo hizo en Lobos dos años después, el 8 de octubre de 1895, y el nacimiento quedaría registrado como ocurrido allí el día anterior (folio 228, acta 450), con el nombre de Juan Domingo Perón.1 Para borrar el antecedente de Juan Sosa, su madre lo bautizó de nuevo el 14 de enero de 1898. Así consta en la iglesia de Lobos (tomo segundo, folio 583), donde se dice que “Juan Domingo nació el 8 de octubre de 1895, hijo natural de Juana Sosa”, figurando en blanco el nombre del padre.2 Este finalmente se casó con Juana el 25 de setiembre de 1901, en la capital federal, cuando Juan Domingo ya tenía ocho años y su hermano Avelino Mario diez.

Evita era la quinta hija ilegítima de Juan Duarte —quien nunca la reconoció— y de Juana Ibarguren. Nació en Los Toldos, General Viamonte, el 7 de mayo de 1919, y fue anotada como Eva María Ibarguren. Pero su acta de nacimiento desapareció. En carta de lector a Primera Plana, Darío Rodríguez del Pino reveló que su hermano Evaristo, jefe del registro civil de Los Toldos, se negó en 1945 a fraguar una partida con el apellido Duarte, pedida por Elisa Ibarguren para su hermana Evita, “porque va a casarse con Perón —le dijo— y éste va a ser presidente”.3 Tiempo después alguien arrancó el acta, sin imaginar que un entrometido, Daniel E. Dilagosto, había hecho una copia en 1944, por simple curiosidad sobre la ex vecina, que saltaba del estrellato artístico al político. Finalmente, en el registro civil de Junín apareció una inscripción apócrifa de Evita, anotada como María Eva Duarte, nacida el 7 de mayo de 1922. (Así quedó en el folio 728, que de acuerdo con el índice del registro corresponde a Juan José Uzqueda).4 A partir de entonces, Eva María Ibarguren tendría un apellido paterno, dejaría de ser hija adulterina y contaría tres años menos de edad.5

Hoy, ser hijo extramatrimonial no es ninguna afrenta. Pero antes era un escarnio, se vivía con vergüenza, lo que impulsaba muchas veces a falsificar alguna forma de legitimidad. Fue lo que sufrieron en su juventud los protagonistas de esta historia.6

Perón y Evita unirían sus vidas —legalmente— el 22 de octubre de 1945. Este sería el segundo matrimonio de él (viudo en 1938 de Aurelia Tizón) y el primero de ella. Juntos gobernaron la Argentina con el poder total, que ejercieron —sin limitaciones ni controles— exactamente en la mitad del siglo veinte, entre 1945 y 1955, cuando el derrumbe de los regímenes fuertes era el signo inconfundible de la posguerra europea.

Amados y odiados con similar intensidad, ambos marcaron una década que sería de larga trascendencia en la vida política. El tercer gran protagonista de esta historia fue el pueblo argentino, dividido entre quienes acompañaron a ese gobierno, en resguardo de justas reinvindicaciones sociales, y quienes lo combatieron, en defensa de las libertades republicanas. Unos y otros nos dejaron sus valiosos testimonios.

1 La primera biografía de Perón daba el nacimiento en Lobos, el 8 de octubre de 1895. Ver PavónPereyra, Enrique: Perón 1895-1942. Editorial Espiño; Bs. As., 1952. Cuarenta años después, el mismo autor —su biógrafo autorizado— rectificó ese dato en Yo Perón. Editorial Milsa; Bs. As., 1993. La foto de la casa natal en Roque Pérez la publicó Guido Braslavsky en su reportaje al médico Hipólito Barreiro, que fue quien reveló el dato. “¿Dónde nació Perón?”, Clarín, 11/V/97. A su vez Francisco N. Juárez obtuvo una foto inédita de esa casa, tomada en 1984, donde aparecen los padres de Perón, publicada en “La cuna de Perón”, La Nación, 3/V/98.

2 El acta del segundo bautismo de Perón se reproduce en Pastor, Reynaldo: Frente al totalitarismo peronista. Editorial Bases; Bs. As., 1959.

3 Primera Plana, 20/VII/65.

4 El testimonio de Daniel E. Dilagosto figura en Borroni, Otelo; Vacca, Roberto: La vida de Eva Perón; Editorial Galerna, Bs. As., 1970.

5 Alicia Dujovne Ortiz dice que se cree que la esposa de Duarte murió en 1922, dos años después de nacer Evita, y que ésta sustituyó su partida por un falso documento que la hacía nacer en 1922 y no en 1919. También refiere que, “según Fermín Chávez, nacida en vida de la esposa de su padre, Evita no era solo hija ilegítima sino, además, adulterina. Y un militar de carrerra no podía casarse con un fruto del adulterio. Había que borrar el oprobio situando la fecha del nacimiento después de la muerte de la señora Duarte y, ya que estaban, en el documento apócrifo la volvieron legítima”. Ver Dujovne Ortiz, Alicia: Eva Perón. La Biografía. Editorial Aguilar; Bs. As., 1995.

6 La ley que otorga a los hijos extramatrimoniales los mismos derechos que a los legítimos, se promulgó recién en octubre de 1954, cuando el peronismo estaba enfrentado con la Iglesia Católica.

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El gobierno militar

Dividida en dos partes numéricamente iguales, la Argentina asistía en 1945 al enfrentamiento de peronistas y antiperonistas, en bandos que se disputaban violentamente las calles de Buenos Aires. El coronel Juan Domingo Perón era el centro donde convergían todas las pasiones: adherían a él amplios sectores laborales, en particular los de la periferia, donde se había radicado la mayoría de las industrias, y se le oponían las clases media y alta, y los sectores politizados del sindicalismo. El poder del coronel se asentaba en tres cargos, acumulados durante su vertiginoso ascenso político. Era al mismo tiempo secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y vicepresidente de la Nación; y en octubre de 1945 ejercía todo en forma simultánea, con absoluta libertad de acción, amparándose en la tolerancia del presidente, el general Edelmiro J. Farrell, su amigo personal.

Una logia nazi en la casa rosada

Perón había hecho su primera incursión política en setiembre de 1930, como miembro del comando de operaciones del golpe militar que derrocara al presidente Hipólito Yrigoyen.7 Se convirtió doce años después en el factótum de una logia militar, creada para sacar del gobierno al presidente Ramón S. Castillo. Esa logia se identificaba con la sigla GOU (Grupo Obra de Unificación o Grupo de Oficiales Unidos) y comprometía a la oficialidad a unificarse en torno a “una doctrina que salve a la Institución cualquiera que sea la circunstancia que se presente”. La única doctrina que desde fines de los años 30 cautivaba a los militares era el nazismo. Algunos de ellos, cumpliendo misiones profesionales en Europa —como Perón—, habían observado de cerca el estallido de la Segunda Guerra Mundial y quedaron fascinados por el maravilloso despliegue bélico de las potencias del Eje. Los sucesivos triunfos de Adolfo Hitler a mediados de 1940, además de deslumbrar a los oficiales argentinos, crearon también la certidumbre de que Alemania ganaría la guerra. Si esto ocurría, el nazismo tenía reservado para la Argentina un rol protagónico: la hegemonía en América del Sur. De acuerdo con las teorías hitlerianas, cada región del mundo debía someterse a la tutela del país más poderoso, lo que obligaba a la Argentina a adelantarse a Brasil en ese terreno. Pero solamente un gobierno fuerte y decidido, con un Estado militar rigurosamente organizado, sería capaz de llevar adelante esos objetivos. Para eso fue creado el GOU. Y también para impedir “la amenaza del triunfo del Frente Popular, disfrazado como Unión Democrática, que busque inmediatamente la revolución comunista”, según el documento secreto que revelara Carlos Ibarguren en 1954, al publicar sus memorias.8

Del plan original, lo único que el GOU alcanzó a cumplir con eficacia fue el golpe de Estado para derrocar a Castillo, producido el 4 de junio de 1943. El resto quedó desactualizado al cambiar el curso de la guerra. Pero a medida que el nazismo se derrumbaba en Europa, Perón descubría nuevos objetivos para el régimen militar implantado en la Argentina, en el que él iba escalando posiciones.

El departamento nacional del Trabajo

Su itinerario se inició en la secretaría del ministerio de guerra, cuando Farrell9 le dio el cargo de jefe el 5 de junio de 1943. Perón también obtuvo esa vez el nombramiento de oficial mayor de esa secretaría para un amigo suyo, el teniente coronel Domingo Alfredo Mercante.

Desde ese minúsculo cargo, Perón comenzó a desplegar una actividad inusitada, valiéndose de la parsimonia de Farrell (dedicado más a las peñas folklóricas y las guitarreadas que a su ministerio) y de la eficaz colaboración de Mercante. En agosto de 1943, cuando apenas llevaba dos meses en sus funciones, estalló una huelga en los frigoríficos a raíz de la detención de José Peter, máximo dirigente del gremio de la carne y afiliado al Partido Comunista. Perón decidió entonces encarar el problema y citó a los representantes de ese gremio al ministerio de Guerra, incluyendo al propio Peter, para negociar el levantamiento del paro y anotarse un triunfo de resonancia. Lo consiguió Mercante, después de pacientes discusiones con media docena de dirigentes sindicales comunistas, quienes le exigieron a cambio “la liberación definitiva de Peter y un aumento de cinco centavos por hora en los salarios de los frigoríficos”.

Esta experiencia sirvió a Perón para entrar en contacto con los gremios y conocer de cerca a sus dirigentes, y le dio oportunidad de probar sus propias dotes políticas en un terreno inexplorado por los militares. Simultáneamente, otro colega suyo, el coronel Carlos M. Gianni, comenzaba también una labor parecida al frente del departamento nacional del Trabajo, cuya presidencia había asumido el 5 de julio de 1943. Según el testimonio de uno de los más altos funcionarios de aquel organismo, el del abogado español José Miguel Figuerola10 “el coronel Gianni inició una política de acción de masas, de puertas abiertas, para que el pueblo pudiera hacer llegar su clamor a las autoridades”. Como Gianni quiso publicitar su acción y comenzó a invitar a oficiales del ejército, a profesores universitarios y a dirigentes sindicales, a escuchar conferencias sobre la obra del departamento, Perón advirtió enseguida que se trataba de una competencia demasiado peligrosa para su actividad y reclamó para él la conducción de ese organismo. Se la concedieron a fines de octubre de 1943, después que Gianni fuera presionado por el GOU a presentar su renuncia.

Perón obtuvo la presidencia del departamento nacional del Trabajo, tras convencer a Ramírez de que se trataba de una dependencia anticuada cuya modernización se hacía necesaria. El mismo día en que la asumió hizo una extensa exposición de objetivos ante todo el personal y luego encargó a Figuerola la redacción de un proyecto destinado a revitalizarlo. De esa forma surgió la idea de convertirlo en una secretaría de Estado, la que luego fue bautizada con el nombre de secretaría de Trabajo y Previsión. Desde allí, Perón lanzaría su más formidable campaña proselitista: la que lo iba a convertir en poco tiempo en el eje de los acontecimientos.

En un discurso pronunciado en la Bolsa de Comercio —casi un año después, el 25 de agosto de 1944— Perón trató de calmar la impaciencia de los sectores empresarios, inquietos por su acercamiento a las masas obreras, y los tranquilizó con esta explicación: “A los tres meses de producirse la revolución tropezamos con la primera amenaza, consistente en una huelga general revolucionaria. Nosotros obtuvimos la información a tiempo, a través del servicio secreto del ministerio de Guerra y planeamos una solución. Reunimos a los dirigentes, como aficionados, ya que no teníamos ningún carácter oficial. Hablamos con ellos; los hombres estaban decididos. Esto representaba no un peligro, pero sí una posibilidad de tener que luchar. Pero este caso pudo posponerse por una semana, lo que nos dio la posibilidad de accionar en forma directa sobre otros sindicatos que no estaban de acuerdo”.

Esta fue la táctica que Perón utilizó para frenar la huelga: dividir a los gremios. Era mucho más astuta que la de perseguir a los dirigentes y encarcelarlos, como solían proponer sus camaradas de armas desde el gobierno.

Seguidamente, explicó el nacimiento de la nueva secretaría de Estado con estas palabras: “El departamento de Trabajo demostró en aquella oportunidad no ser el organismo necesario para actuar, porque los obreros no querían ir al Departamento, que había perdido delante de ellos todo su prestigio como organismo estatal, ya que en la solución de sus propios problemas ellos no encontraron nunca el apoyo decidido y eficaz que tenía la obligación de prestar a los trabajadores. Por eso, con un organismo desprestigiado, no solamente se perjudica a la clase trabajadora, sino que es el germen del levantamiento de la masa, que en ninguna parte se encontraba escuchada, comprendida y favorecida. Eso me dio la idea de formar un verdadero organismo estatal, con prestigio, obtenido sobre la base de buena fe, de leal colaboración y cooperación, de apoyo humano y justo a la clase obrera, para que, respetado y consolidado su prestigio en las masas obreras, pudiera ser un organismo que encauzara el movimiento sindical argentino en una dirección; lo organizase racionalmente, de acuerdo con las directivas del Estado. Esa fue la finalidad que, como piedra fundamental, sirvió para levantar sobre ella la secretaría de Trabajo y Previsión”.

Es fácil advertir el énfasis que Perón empleaba al definir al departamento de Trabajo como “un organismo desprestigiado” que lo era sin duda en 1943, sin reconocer siquiera la apertura popular que había comenzado a darle el coronel Gianni. Se revelan también en este discurso —tal vez el más importante para entender la ideología del peronismo en su etapa fundacional— las intenciones de organizar al movimiento sindical “de acuerdo con las directivas del Estado”. Para ello, Perón apelaba a los sentimientos populares y desnudaba su táctica ante los empresarios reunidos en la Bolsa, con una frase muy significativa: “Para que los obreros sean más eficaces, han de ser manejados con el corazón. El hombre es más sensible al comando cuando el comando va hacia el corazón, que cuando va hacia la cabeza. También los obreros pueden ser dirigidos así, sólo es necesario que los hombres que tienen obreros a sus órdenes lleguen hasta ellos por esas vías, para dominarlos, para hacerlos verdaderos colaboradores y cooperadores”.

Oposición empresaria

La idea era alcanzar un equilibrio de fuerzas que le permitiera retener el poder político en sus manos. A los empresarios los asustaba con el fantasma del comunismo (“¿Cuál es el problema que a la República Argentina debe preocuparle sobre todas las cosas? Un cataclismo social...”) y a los obreros los captaba con medidas concretas (“Mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar.”). Pero a pesar de sus inocultables llamados al sector patronal, durante ese discurso de la Bolsa de Comercio, en el que llegó a agradecer a Dios porque los industriales argentinos podían ganar hasta el mil por ciento (“¡Dios sea loado, ello ocurra por muchos años!”), Perón únicamente obtuvo el apoyo de sus directos beneficiarios: los trabajadores.

En uno de sus diversos intentos por convencer a la clase dirigente, Perón logró que Mauro Herlitzka (directivo de Sofina)11 le organizara una importante cena en su casa, el 12 de diciembre de 1944. Estuvieron en ella Alfredo Hirsch (presidente de Bunge y Born), José María Cantilo (ex canciller), Augusto Rodríguez Larreta (ex magistrado, periodista), Rodolfo Moltedo (hacendado), Manuel Ordoñez (abogado de La Prensa), Santiago Baqué (jurista, empresario) y Adolfo Bioy (ex canciller). Perón llegó acompañado de Figuerola (asesor de la Cade) y trató de impresionar a los comensales con su propuesta sobre “la necesidad de controlar los sindicatos desde el Estado, para evitar el peligro comunista”. Se jactó de haber puesto presos a todos los dirigentes sindicales comunistas, anticipándose a una supuesta huelga general revolucionaria, y de haber transado luego con ellos. “La situación era grave —dramatizó—; por eso les digo a quienes se quejan de algunas medidas del gobierno, que les resultan onerosas, que es mejor resignarse a entregar una parte de lo que se tiene, que no perderlo todo.” Rodríguez Larreta le contestó: “No vinimos aquí porque nos preocupe la conservación de intereses materiales. Son otras nuestras preocupaciones...”. Moltedo observó que “la represión violenta contra el comunismo agravaba el problema, en vez de resolverlo” y recordó que “antes del 4 de junio no había en el país un problema comunista de importancia”, Ordoñez agregó que “el actual gobierno ofrece una involuntaria ayuda al comunismo argentino”. Para Perón eso era “dialéctica, ¡pura dialéctica!”. Y reveló que si los sindicatos, en vez de colaborar se colocaban en rebelión, “entonces funcionaría lo que yo llamo el reaseguro: cien mil hombres bien adiestrados, bien disciplinados, bien armados, que constituirán nuestro ejército permanente, tendrán la misión de poner en vereda a todo el que se alce contra la autoridad del Estado”. Para sus interlocutores, el problema era justamente la represión y las restricciones a la libertad de prensa, lo que convirtió la cena en una asamblea adversa al gobierno militar y a Perón en particular.12

La clase empresaria tampoco creía en palabras sino en hechos, y los hechos, les eran desfavorables. En su frondosa investigación sobre el origen del peronismo como movimiento político, Carlos S. Fayt hizo este análisis: “La actitud de las fuerzas patronales, que negaron su colaboración y pronto se alistaron en la resistencia, salvo el sector industrial, que se adscribió al peronismo, temeroso del desmantelamiento de la industria de guerra, originó un viraje inesperado y aceleró el término de la política de apaciguamiento social. Fue la oposición de las fuerzas vivas y su enfrentamiento con Perón y la secretaría de Trabajo y Previsión, la que convirtió las vacilaciones y dudas de los sectores más importantes del movimiento obrero organizado en adhesión y apoyo a la obra de la secretaría y, por consiguiente, al hombre cuya figura concentraba el fuego graneado de la oposición empresaria y patronal. Los partidos políticos democráticos no se equivocaron respecto del carácter fascista que tuvo durante su primera etapa el gobierno revolucionario, ni sobre los propósitos manifiestos de la política social de Perón. Pero no comprendieron ni adaptaron su táctica al cambio de frente del gobierno revolucionario, a partir de 1945. Ese error fue trágico cuando en conjunción de fuerzas aparecieron, ante los ojos de la mayoría de los trabajadores, aliados con las fuerzas de la tradicional oligarquía argentina y los intereses de las fuerzas patronales”. 13

Esto explica la polarización de fuerzas políticas que se fue engendrando en el país. Con Perón o contra él. Peronismo o antiperonismo. Las ideas corporativas aportadas por Figuerola (ex colaborador en España del general Miguel Primo de Rivera, desde 1922 hasta 1930), el esquema fascista que encandiló a Perón durante su misión militar en Italia y el imponente avance del nazismo alemán, que deslumbraba a los oficiales del ejército argentino, habían sido suficientes para calificar al gobierno militar surgido en 1943. Todo lo que éste engendrase —y Perón era su mejor producto— tendría sabor antidemocrático. En esto coincidían radicales y conservadores, socialistas y comunistas. Para todos ellos, ansiosos de un triunfo aliado en Europa, Perón olía a nazismo por los cuatro costados.

Captación sindical

Lo mismo les ocurrió en un primer momento a los dirigentes sindicales acostumbrados a soportar la represión de manos de la policía y el ejército. Pero cuando empezaron las invitaciones de la secretaría de Trabajo para que fueran allí a plantear sus aspiraciones gremiales, los dirigentes empezaron a dudar y a discutir si valía la pena aceptar esa convocatoria. Bastó que fueran los más decididos y que retornaran satisfechos, con reivindicaciones gremiales concretas, para que el resto se animara a llevar sus reclamos. Allí los atendió Perón con una cortesía de la que jamás habían sido objeto, y les habló en un lenguaje claro, distinto del de los tradicionales funcionarios políticos. El propio secretario de Trabajo redactaba delante de ellos los decretos y convenios de trabajo, con las mejoras que se le solicitaban y que luego se convertían en una realidad palpable, positiva, nunca vista en el país en materia de legislación social. Estos resultados comprometieron a no pocos dirigentes y Perón muy pronto se dio cuenta de lo fácil que resultaba ganar adeptos en el seno de una masa trabajadora largamente postergada.

Cuando algún dirigente le daba la espalda, Perón llamaba a su despacho al segundo hombre de ese sindicato y le ofrecía su ayuda a cambio de una segregación en el gremio. “Si usted está dispuesto a formar un nuevo sindicato —solía prometer—, nosotros le daremos toda clase de ayuda. Su gremio se beneficiará con la obra de la secretaría, a través suyo. Y usted será el hombre más importante del gremio. De lo contrario, seguirá siendo el segundo. Elija lo que más le convenga, amigo...”

Desde luego, casi todos los convocados aceptaron la propuesta y fueron compensados como se les había prometido, lo que generó una alarmante situación en los sindicatos dirigidos por socialistas y comunistas. En algunos casos, los máximos dirigentes sindicales advirtieron a tiempo la maniobra y se plantearon crudamente el dilema: o aceptaban la ayuda que Perón les ofrecía para sus gremios o le daban la espalda al coronel, respondiendo a la línea de sus partidos. Debían optar entre el gremio o el partido. Algunos se decidieron por el gremio, que era realmente donde tenían su poder, sin descartar la posibilidad de reanudar la actividad política a través del peronismo. Fue el caso del socialista Angel Gabriel Borlenghi, quien prefirió seguir siendo el primero en su gremio (empleados de comercio) y perder su condición secundaria (detrás de muchas figuras) en su partido. En poco tiempo también reconquistaría posiciones en el terreno político, hasta convertirse en el único ministro inamovible del peronismo, al frente de la difícil cartera de Interior. El comunista José Peter, en cambio, fue leal a su partido y perdió el liderazgo de su gremio (obreros de la carne), pues el peronismo alimentó el poder de otro hombre surgido de los frigoríficos: Cipriano Reyes.

1944, un año decisivo

Las cifras resultaban apabullantes para los sindicalistas más indecisos, quienes terminaban por adherir a la política de la secretaría empujados por sus gremios. Desde que Perón se hiciera cargo de ese organismo y lo remodelara, los resultados fueron muy concretos. En 1944 se firmaron en todo el país 127 convenios con intervención de las asociaciones patronales y 421 con intervención de los sindicatos obreros. De esa forma se satisfacían algunas aspiraciones de la clase trabajadora largamente anheladas: aumentos de salarios por convenios colectivos, vacaciones pagas y estabilidad en el empleo. “En diez meses —dice Fayt en su libro— la secretaría de Trabajo y Previsión incorporó mediante decretos a dos millones de personas a los beneficios del régimen jubilatorio y creó desde los Tribunales del Trabajo hasta el Estatuto del Peón de Campo”.

El vertiginoso ascenso de Perón había sido ayudado en su despegue por un hecho imprevisto: el terremoto de San Juan, ocurrido el 15 de enero de 1944. Sin pérdida de tiempo, el coronel montó en una oficina recaudadora de contribuciones y se lanzó a una publicitada campaña: auxiliar a las víctimas con una gran colecta popular en la que trabajarían artistas del cine y la radio, recorriendo las calles céntricas con alcancías y actuando en un gigantesco festival programado para el 22 de enero en el estadio Luna Park. Esa noche, cuando entró junto con el presidente Pedro Pablo Ramírez para sentarse en la primera fila de butacas, Perón se topó con un íntimo amigo, el coronel Aníbal Francisco Imbert, quien le presentó a su acompañante y le susurró: “Quería conocerte...”. Esa mujer era la actriz Evita Duarte, quien no desaprovecharía la oportunidad de sentarse al lado de Perón y conquistar su amistad.

Un mes más tarde, en febrero, se produjo el alejamiento de Ramírez de la presidencia y su reemplazo por Edelmiro Farrell, quien dejaba vacante el ministerio de Guerra. En una sórdida lucha contra la candidatura a esa cartera del general Juan C. Sanguinetti, Perón logró arrebatársela a tiempo, gracias a su amistad con Farrell. Tres meses después libraría una batalla parecida para conquistar la vicepresidencia, enfrentando al general Luis C. Perlinger durante una tensa sesión del GOU. El 7 de julio de 1944 Perón sería nombrado vicepresidente de la Nación, sin resignar por ello sus cargos de ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión. Un poder completo asentado sobre dos pilares básicos: el ejército y la clase obrera, que él controlaba mediante el ministerio y la secretaría. El cargo de vicepresidente le daba la representatividad casi absoluta de un gobierno que contaba, además, con el decidido apoyo de la Iglesia Católica, obtenido con la implantación de la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas públicas. El año 1944 había sido fructífero para la estrella del coronel.

Peronismo y antiperonismo

Los empresarios decidieron reaccionar en forma orgánica contra Perón y lanzaron un manifiesto el 16 de junio de 1945 en el que se exigía al gobierno que rectificara su política social. Respaldaban esa solicitada los comerciantes e industriales más poderosos del país, a través de sus asociaciones. Esto provocaría una rápida respuesta del movimiento obrero, que comenzó a publicar también sus solicitadas, aunque en forma individual. Prácticamente todos los sindicatos hicieron oír su voz de protesta contra el manifiesto patronal y ensayaron una ardorosa defensa de la secretaría de Trabajo y Previsión.

La batalla comenzó entonces a ganar las calles, pues los manifiestos fueron reproducidos en carteles murales. En esos días circulaba el rumor de que Perón lanzaría su candidatura a presidente, cuando el gobierno convocara a elecciones, como se había prometido. El coronel se preocupaba por desmentir esa versión, pero nadie le creía. Los millares de obreros que se reunieron frente a la secretaría en la tarde del 12 de julio para testimoniarle su adhesión, parecían dispuestos a levantar su candidatura como bandera de reivindicación social y se sentían ya protagonistas de una gesta heroica. Estaban convocados por una causa popular y tenían un líder. Además, el embate de la clase patronal los empujaba a la lucha.

Frente a ellos, azuzados por los partidos políticos que seguían viendo en Perón un peligro nazi, la clase media lanzaba a la calle a su mejor fuerza de choque: los estudiantes reformistas. La oposición soportaba en ese entonces —mediados de 1945— una persecución cada vez más violenta, desatada por un gobierno dispuesto a impedir su derrocamiento. Las medidas de represión habían llevado a la cárcel a dirigentes políticos y a estudiantes universitarios. Estimulados por la activa gestión del embajador norteamericano Spruille Braden, los opositores convinieron en organizar una demostración de fuerza y prepararon una gigantesca marcha por el centro de Buenos Aires. La fecha fijada fue el 19 de setiembre y se la llamó Marcha de la Constitución y la Libertad. Ese día los antiperonistas de todos los colores políticos (radicales, conservadores, socialistas, comunistas, demócratas progresistas y católicos democráticos) y de diversas clases sociales (alta, media y sectores sindicales izquierdistas) se volcaron en una compacta muchedumbre que desfiló por las avenidas céntricas.

En su acertado análisis de aquellos acontecimientos, publicado veinte años después, Pablo Giussani hizo esta descripción de la marcha: “El peronismo habría de tildarla luego de fantochada oligárquica, pero la objetiva verdad es que la muchedumbre de ese día no se limitaba a una clase (...) Seguían en pie las viejas promociones de la clase obrera argentina, y la masa radical, aunque vacilante ya y en vías de dispersión, era todavía un hecho”.14

Los efectos de esa demostración se conocieron a los pocos días, cuando el gobierno respondió con una actitud defensiva. El 28 de setiembre se reimplantó el estado de sitio, revelándose la debilidad del régimen militar ante la demostración cívica. Y el 2 de octubre se modificó el Estatuto de los Partidos Políticos, prohibiéndose la reelección de autoridades, con el propósito de herir en el corazón a las agrupaciones cívicas. Como respuesta, los estudiantes ocuparon las facultades y vivieron allí dentro varios días, colocando cartelones en los frentes para ridiculizar a Perón, alimentándose con los víveres que llegaban a través de canastos que ellos descolgaban por las ventanas, y enarbolando banderas en las azoteas. Esos viejos edificios eran un espectáculo continuado que el gobierno no podría tolerar por mucho tiempo y por eso los mandó desalojar violentamente con la policía.

También fueron por su cuenta los nacionalistas de la Alianza, quienes el jueves 4 se cobrarían una víctima frente a la Facultad de Ciencias Exactas, en Perú 222, cuando cayó muerto de un balazo Aaron J. Salmún Feijoo, estudiante del curso de ingreso. Su nombre sería una nueva bandera de protesta antiperonista. Otra fue la foto de un pizarrón de Filosofía y Letras, donde la policía dejó estampado este mensaje: “Viva Perón. Mueran los judíos. Viva la Guardia de Infantería”.15

La redada en todas las facultades llevó a la cárcel a mil quinientos estudiantes y aceleró un proceso de deterioro en el gobierno que culminó el 5 de octubre. Ese día se designaba el nuevo director de Correos y Telecomunicaciones, un cargo al que aspiraba el coronel Imbert. Pero cuando ya se descontaba este nombramiento, Perón prefirió sacrificar a su amigo Imbert y designar en cambio a Oscar L. M. Nicolini, el hombre que le sugería insistentemente su amiga Evita Duarte. (Nicolini, se sabía, era algo así como un padrastro de la actriz.)

Los militares, ofuscados por la intromisión femenina en esa designación, estallaron de fastidio. En la noche del lunes 8 de octubre, mientras Perón festejaba sus 50 años de edad, el jefe de la guarnición de Campo de Mayo, general Eduardo J. Avalos, fue a exigirle la renuncia y a informarle que le retiraba su apoyo militar. Tras unos momentos de indecisión, en los que cada uno buscaba afianzar sus posiciones, se llegó a la madrugada del martes 9 con una situación irreversible: Perón había perdido decididamente el apoyo de los sectores castrenses más poderosos y debía renunciar.

Renuncia y despedida

En el cuarto piso de Posadas 1567, donde vivía con Evita, el coronel se paseaba inquieto aquella tarde del día 9. “Lo han catequizado a este boludo de Avalos para hacerme la revolución”, protestaba furioso, mientras Evita y unos cuantos oficiales jóvenes amigos suyos, Mercante entre ellos, lo escuchaban sin decir palabra.

Después de largas cavilaciones, Perón encontró la receta: utilizar la fuerza del adversario, como en el yudo, para devolver cada golpe. Y arriesgó una jugada esa misma noche, al entrevistarse con el presidente.

—Está bien, Farrell —le dijo—. Han ganado ellos y debo irme. Pero por lo menos que me dejen despedir de mi gente antes de abandonar la secretaría de Trabajo...

—Por supuesto, nadie le va a negar eso. Yo lo autorizo para que usted se despida de la manera que lo crea conveniente.

—Pienso hacerlo mañana mismo, no se preocupe.

Efectivamente, en la mañana del miércoles 10 se informó a todos los gremios que Perón hablaría a las seis de la tarde desde la secretaría de Trabajo “para despedirse del personal y de los obreros”. Se ponía en práctica de ese modo la última posibilidad para retomar el poder: convocar a los trabajadores para lanzarlos a la batalla decisiva. Pero esta operación debía hacerse con sumo cuidado, porque su fracaso podía resultar muy costoso. Los pasos a dar, según las instrucciones del coronel, serían los siguientes: 1) convocar a los dirigentes de todos los sindicatos adictos para que trajeran la mayor cantidad de obreros al acto; 2) instalar un palco en la puerta principal de la secretaría de Trabajo y altoparlantes en toda la cuadra, y 3) obtener la venia de Farrell para transmitir el discurso de Perón por la cadena oficial de radios, para que su palabra llegara también al interior del país.

A la hora fijada todo estaba en perfecto funcionamiento. Millares de trabajadores se apretujaban contra el viejo edificio del ex Concejo Deliberante (convertido en secretaría de Trabajo en 1943), agitando banderas argentinas y carteles sindicales. Desde el palco construido sobre Perú, entre Hipólito Yrigoyen y la diagonal Sur, se anunciaba a cada instante que Perón hablaría al pueblo. El permiso radial estaba concedido.

A las siete en punto Perón subió al palco y agradeció las ovaciones en compañía de sus más cercanos colaboradores civiles y militares. El discurso no fue extenso, pero sí muy claro: “Si la revolución se conformara con dar comicios libres, no habría realizado sino una gestión en favor de un partido político. Esto no pudo, no puede, ni podrá ser la finalidad exclusiva de la revolución. Eso es lo que querían algunos políticos para poder volver; pero la revolución encarna en sí las reformas fundamentales que se ha propuesto realizar en lo económico, en lo político y en lo social. Esa trilogía representa las conquistas de esta revolución que está en marcha, y que cualesquiera sean los acontecimientos no podrá ser desvirtuada en su contenido fundamental. La obra social cumplida es de una consistencia tan firme que no cederá ante nada, y la aprecian no los que la denigran, sino los obreros que la sienten. Esta obra social, que sólo los trabajadores valoran en su verdadero alcance, debe ser también defendida por ellos en todos los terrenos”.

Esta última frase era una inocultable incitación a la resistencia. Sólo faltaba el ingrediente necesario para que tuviera gusto, y Perón se lo supo dar con estas palabras cuidadosamente estudiadas: “Dejo firmado un decreto de aumento de sueldos y salarios, que implanta, además, el salario móvil, vital y básico”. Este anuncio fue recibido con verdadera algarabía, pero los dirigentes sindicales hicieron notar en seguida a sus afiliados que ese decreto no estaba aún firmado por el presidente y que jamás se pondría en práctica si Perón se alejaba del gobierno. Para reafirmar esta idea, el diario peronista La Epoca, dirigido por el abogado Eduardo Colom (radical colaboracionista), acababa de lanzar en su quinta edición el texto completo de ese decreto “por el cual —decía— le han exigido la renuncia a Perón”.

Todo indicaba que la salida de Perón de la secretaría y su renuncia a los cargos de ministro de Guerra y vicepresidente de la Nación, significaba el fin de las conquistas gremiales, no sólo de las que estaban en marcha, sino también de las que se habían logrado en esos dos años. Perón insistió en su arenga: “Estamos empeñados en una batalla que ganaremos porque es el mundo el que marcha en esa dirección. Hay que tener fe en esa lucha y en ese futuro. Venceremos. En esta obra, para mí sagrada, me pongo desde hoy al servicio del pueblo, y así como estoy dispuesto a servirlo con todas mis energías, juro que jamás he de servirme de él para otra cosa que no sea su propio bien. Y si algún día, para despertar esta fe ello es necesario, me incorporaré a un sindicato y lucharé desde abajo”.

Los obreros recibían cada una de estas frases con vibrante excitación; ansiosos por participar de algún modo en lo que parecía ser la batalla decisiva. Perón, que no podía convocarlos abiertamente a la guerra porque sólo había sido autorizado a despedirse, trataba de hacerlo en forma indirecta, apelando a los mismos recursos políticos que habían usado, antes que él, los caudillos radicales. Y lanzaba frases como ésta: “Calma, trabajadores, calma y tranquilidad. No entremos en el laberinto de la conspiración, porque poseemos la fuerza invencible de la verdad y de la razón”. Lo necesario para exacerbarlos aún más, e incitarlos a desobedecer el pacífico consejo con que siempre cerraría sus discursos. (“De casa al trabajo y del trabajo a casa”.) Las columnas se fraccionaron en pequeños grupos y algunos recorrieron, en manifestación, las calles céntricas.

Vacilaciones en ambos frentes

Con su actitud, Perón dejaba las puertas abiertas a sus adictos para que buscaran la forma de ayudarlo a reconquistar el poder. Pero esa forma no era otra que la presión popular sobre el gobierno, tarea que quedaba en manos de los dirigentes sindicales, y aunque personalmente no parecía muy convencido de su estrategia, no tenía otro camino que esperar los acontecimientos. Por lo menos el primer impacto estaba dado: había un decreto de aumentos de salarios que defender y eso bastaba para incentivar a su gente.

Previendo una represión por su actitud del 10, la despedida se transformó en convocatoria, Perón decidió irse de la casa de la calle Posadas y alejarse de la capital. Aceptó en principio una invitación del abogado Román A. Subiza (otro radical colaboracionista) para descansar en su estancia de San Nicolás de los Arroyos, y en la mañana del jueves 11 escribió esta esquela dirigida al general Avalos: “Comunico a V. E. que a fin de esperar mi retiro he solicitado licencia. Desde la fecha me encuentro en la Ea. del doctor Subiza, en San Nicolás (Casa del Dr. Subiza. San Nicolás - UT: 79, San Nicolás)”.

Cuando la esquela fue entregada, Perón no estaba todavía muy convencido de ir allí. Tenía otra invitación: la del joven alemán Ludovico Freude, quien le había ofrecido su isla situada en el riacho Tres Bocas, en el Delta. Vacilante, partió con Evita rumbo a San Nicolás, pero se detuvo a descansar en la casa de un ami ...