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HISTORIA DEL PERONISMO. LA VIOLENCIA (1956-1983)

Hugo Gambini  

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Fragmento

Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich

Historia del Peronismo. La violencia (1956-1983)

Hugo Gambini

1.ª edición: noviembre, 2016

© 2016 by Hugo Gambini

© Ediciones B Argentina S.A., 2016

Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

www.edicionesb.com.ar

ISBN DIGITAL: 978-987-627-697-9

Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Debo agradecer la colaboración que me prestara

mi gran amigo, el escritor Oscar A. Troncoso,

quien siempre me facilitó libros

con los datos históricos necesarios. 

También fue muy importante la ayuda

de Juan José Oschgan, cuya memoria me ayudó

a reconstruir muchas vivencias de la época.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Una historia trágica

Perón a Ana Guzzetti

1. La caída de Perón

2. La Revolución Libertadora

3. Sublevación y fusilamientos

4. Perón y la violencia

5. El pacto Perón-Frondizi

6. Los Uturuncos y el EGP

7. Cooke y la influencia cubana

8. Los chicos de Tacuara

9. El triunfo de Illia

10. Taco Ralo y el Cordobazo

11. El asesinato de Aramburu

12. Católicos tercermundistas

13. El gobierno de Lanusse

14. Cámpora en el gobierno

15. La matanza de Ezeiza

16. El caudillo y la juventud

17. Isabel en el poder

18. Guerrilleros en Tucumán

19. El final de la guerrilla

20. Una represión sórdida

Álbum fotográfico

Una historia trágica

Como todos, éste no ha sido un libro fácil. Ninguno lo es. Pero a veces el autor se divierte encontrando contradicciones, hallando mentiras en los personajes investigados y demostrando lo pequeño que son algunos, aun en grandes decisiones. Sin embargo, no es ésta una historia de realizaciones ni de epopeyas. Es más bien el paisaje de una Argentina triste, cargada de frustraciones y, sobre todo, de muertos. De muchísimos muertos. Más de los que pueden imaginarse en un libro sobre política. No obstante, es una historia de enseñanzas, en la cual pesan tanto las decisiones de los jóvenes como las respuestas de los mayores. Es, desde luego, una parte de la historia del país, de nuestra historia, y nada hay que pueda justificarla. En todo caso se trata de comprenderla, para que no vuelva a ocurrir.

En el buceo de datos tuve que revisar los antecedentes de la tortura en la Argentina y llegué a los episodios de 1930, cuando el hijo de un gran poeta se dedicaba a aplicar tormentos a los opositores del dictador Uriburu. Se había inaugurado una nueva peculiaridad policial en nuestra política, porque ya no eran sólo los escuadrones de la montada los que derrumbaban los reclamos de la sociedad. Del grosero sablazo en la calle se había pasado a la refinada tortura en el sótano de una comisaría. Esto me hizo comprobar las hazañas de la flamante Sección Especial de Represión del Comunismo, creada para poner en vereda a los militantes de izquierda.

Con la llegada del Presidente Justo el sistema se perfeccionó, gracias a un novedoso invento: la picana eléctrica. Este aparatito facilitó la gestión del gendarme Guillermo Solveyra Casares, asesor de Perón como jefe de Control de Estado, quien supervisaba las tareas de los expertos Cipriano Lombilla y José Faustino Amoresano, primero, y de los hermanitos Juan Carlos y Luis Cardoso después. Sus víctimas fueron huelguistas telefónicas, estudiantes universitarios y militantes opositores, quienes se vengaron poniendo explosivos en actos políticos. Esto produjo el incendio y destrucción de las sedes partidarias. La oposición contestó tres años después con un bombardeo sobre la Casa Rosada, que dejó 160 muertos en las calles. Esa noche el fuego consumió la curia eclesiástica y diez templos católicos, con sus archivos del pasado colonial.

La caída de Perón volvió a costar muertos y en la primera insurrección Aramburu hizo fusilar a los sublevados. La venganza se iba a conocer 14 años más tarde, con el asesinato del propio Aramburu y la aparición de las guerrillas que asolaron al país en los años setenta. Para combatirlas nació un espantoso terrorismo de Estado, iniciado por Perón, continuado por su viuda y culminado por Videla. El saldo fue una seguidilla de víctimas tan amplia que, aunque merece una recordación completa, la lista de nueve mil nombres se hace imposible de consignar en este libro.

La Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP) publicó un trabajo con la lista de los asesinados y desaparecidos, que comienza diciendo: “Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países”.1 El terror de la década del 70, en verdad, comenzó en la izquierda con el asesinato del sindicalista Augusto Vandor y siguió con la muerte del general Aramburu. Los guerrilleros salían a matar militares, policías y sindicalistas, según ellos para terminar con las injusticias, y a secuestrar empresarios para conseguir dinero. Los militares estaban convencidos de que, para sanear a la sociedad, había que detener y juzgar a todos los guerrilleros. Pero después de la primera amnistía, cuando todos volvieron a las armas, decidieron que era mejor matarlos.

Los guerrilleros no creían en la democracia y hacían sus operativos en forma violenta, porque se consideraban una generación de idealistas que traían justicia. Los militares asumían lo suyo como una guerra santa, con lo cual justificaban cualquier delito.

Los Montoneros confiaban en que el peronismo traería las grandes soluciones, hasta que se convencieron que su líder no tenía nada de izquierdista y lo enfrentaron. Siguieron peleando, y hasta armaron una contraofensiva, para demostrar que existían, pero además de la derrota sufrieron una gran desilusión.

El ERP, surgido en el marxismo, creía en la revolución social. Para ellos la Argentina era parecida a Vietnam y su intención era crear una zona liberada, con apoyo de la población local, para reclamar reconocimiento como fuerza beligerante e intensificar la formación de combatientes y oficiales capaces de sobrellevar una guerra de larga duración. Toda una utopía.

Concluida la represión, los sobrevivientes de los grupos guerrilleros se convirtieron en ingenuas víctimas de los militares. Ninguno aceptaba que habían sido seducidos por la idea de una revolución violenta, en la que se mataba al enemigo. Sin embargo, Pablo Giussani, un militante de izquierda, dedicó su libro sobre la guerrilla a Adriana, una jovencita de 16 años que murió despedazada por una bomba que le estalló en las manos, mientras iba a colocarla en una comisaría. Sus padres, que la esperaban para celebrar su cumpleaños, recibieron a una comisión policial que los llevó a identificar su cadáver. “Adriana fue arrastrada a la muerte por un mal que no se ensañó sólo con ella —advierte Giussani—; un mal que diezmó a buena parte de una generación y que todavía acecha a los sobrevivientes. De ahí mi apremio por identificarlo, por ayudar a reconocerlo allí donde asome la cabeza en todo lo que tiene de alienante y de monstruoso.”2 Hasta los sacerdotes tercermundistas defendían y justificaban esa violencia, aunque ellos no la emplearan.

Cuando Perón volvió al país su movimiento se dividió y no lo pudo controlar. La interna se convirtió entonces en una guerra despiadada, que sembró muertos por todas partes. Se había iniciado el terrorismo de Estado, hasta que fatalmente irrumpieron en el escenario los militares, y la cacería y las desapariciones alcanzaron los niveles más espantosos.

Este libro trata de mostrar cómo fueron las cosas, cómo se llegó a un grado de violencia tan inimaginable, en un país donde la venganza política llegó a ser una materia de todos los días.

Hugo Gambini

Buenos Aires, abril de 1999

1 Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas: Nunca más, Editorial Eudeba, Buenos Aires, 1985, pág. 11.

2 Giussani, Pablo: Montoneros, la soberbia armada, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1984, pág. 251.

Perón a Ana Guzzetti

—Señor Presidente: en el término de dos semanas hubo exactamente veinticinco unidades básicas voladas, doce militantes muertos y ayer se descubrió el asesinato de un fotógrafo. Evidentemente, todo esto está hecho por grupos parapoliciales de ultraderecha.

—¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo tiene que probar. (Dirigiéndose al edecán) Tomen los datos necesarios para que el ministerio de Justicia inicie la causa contra esta señorita…

Respuesta de Perón a Ana Guzzetti,

periodista del diario El Mundo.

Conferencia de prensa del 8 de febrero de 1974.

1

La caída de Perón

A pesar de sus triunfos electorales, en el año 1955 la Argentina parecía cansada del peronismo. Desde el poder se dominaba todo. La política y hasta las pequeñas cosas de la vida hogareña. Los textos escolares, los nombres de las principales calles, ciudades y paseos, los programas de radio, los noticieros de cine, las dedicatorias deportivas, el luto obligatorio, etcétera, todo era en homenaje a Perón, a Evita o al 17 de Octubre. Y si los oficialistas ya no se sorprendían de tanta obsecuencia, los opositores estaban hartos. El país de la Jefa Espiritual y el Libertador de la República había terminado por generar un cansancio que no se soportaba.

Enfrentados con la Iglesia Católica, se veía a muchos peronistas dudar entre sus convicciones políticas y sus creencias religiosas. En ese juego se empezaron a limar también los lazos con las Fuerzas Armadas. El Ejército empezó a dividirse, la Marina siempre estuvo en contra. Hasta que se produjo el primer estallido, el 16 de junio, con un tremendo bombardeo a la Casa de Gobierno, que sembró de cadáveres la avenida Paseo Colón. Después de esa matanza, a Perón no le quedaban ganas de correr una suerte semejante. Si se fue de lengua el 31 de agosto, amenazando con matar a cinco opositores por cada peronista que cayera, dos semanas después prefirió el silencio total. El 16 de setiembre estalló otra sublevación militar, con asientos en Córdoba y Puerto Belgrano; los jefes eran el general Eduardo A. Lonardi y el contra almirante Isaac F. Rojas.

Iniciada la revuelta, Perón se opuso terminantemente a que se entregara armamento a los gremios. Consideraba que las armas no podían manejarlas los civiles, porque eso era cosa de militares, y estuvo de acuerdo con el Ministro de Guerra, Franklin Lucero, y el jefe del Ejército, José Humberto Sosa Molina, en que no se distribuirían. Tiempo después, en el exilio, dijo de todo contra los militares por esa negativa. Los acusó, en carta a John William Cooke, del 12 de junio del 56: “Tanto Lucero como Sosa Molina se opusieron terminantemente a que se les entregaran armas a los obreros; sus generales y sus jefes defeccionaron miserablemente (...) ellos preferían que vencieran los revolucionarios, sus camaradas, antes que el pueblo impusiera el orden que ellos eran incapaces de guardar e impotentes de establecer (...) de muchos ya tengo firme opinión formada como traidores, como cobardes y como felones”.3 En esa misiva Perón explicaba: “He sido traicionado o por la mala fe de algunos o por la estúpida ingenuidad de otros. Yo no acuso de traidores a mis ministros que fueron fieles, pero sí los acuso de haberme impedido de usar al pueblo para la defensa, con el tonto concepto de que lo harían las fuerzas militares que, en la prueba, demostraron que no valían nada o no querían defender al pueblo”.4 Esa vez quien se oponía a entregar armas a los civiles era él. El historiador británico Richard Gillespie, hablando sobre Perón, dice que “vetó con firmeza todas las propuestas de establecer una milicia sindical defensiva”.5

Al llegar a Paraguay, en octubre de 1955, dijo que había querido evitar el derramamiento de sangre, y aprovechó su primera entrevista con la prensa para deslizar lo siguiente: “Bastaría pensar en lo que habría ocurrido si hubiera entregado armas de los arsenales a los obreros decididos a empuñarlas...”.6

Lo más probable es que si los sindicatos hubiesen recibido esas armas no las habrían utilizado, porque en ese momento el peronismo sólo respondía por obligación y no por espontaneidad. En el fondo tenía temor, que se comprobó durante los primeros cuatro días de la revolución, entre el 16 y el 20 de setiembre, con Lonardi sublevado en la Escuela de Artillería de Córdoba: no se produjo ninguna respuesta de parte de los sindicatos. Ni un solo obrero salió a la calle a dar “la vida por Perón”, como se decía. Ni hubo declaraciones de ninguna entidad oficial, de las tantas que aglutinaba el gobierno. De todo el poder de los trabajadores a

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