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HISTORIAS DEL UNDER

Fernando Noy  

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Fragmento

Cubierta Portada Introducción I. Volar es humano. La Organización Negra II. Nada menos parecido al adiós. Alejandro Urdapilleta III. Lugares sin ortografía. Kabaret con K IV. Al alcance de la mano. Quimeras y utopías V. La noche de las narices rojas. El Clú del Claun VI. El arte de deshacer el arte. La movida VII. Las fieras de la alegría. Las Bay Biscuits VIII. Relación a dos voces. Músika Plástica IX. Vení que te cuento. Los cronistas X. Ellas son y siempre serán indepilables. Las Gambas al Ajillo XI. Galería de inventores. Protagonistas de los 80 XII. Sagrados despelotes. Catedrales subtes XIII. El rayo interminable. Batato Barea XIV. Backstage Colofón sin despedida Créditos Sobre el autor

Introducción

Un poco antes de que se terminara la dictadura y durante toda la década del 80, la libertad recién recuperada se celebró con un permanente y enloquecido show de la creatividad. Aquello que era silencio y temor hasta entonces, fue de pronto reemplazado por colores tan fuertes como las palabras, por experimentos raros, por seres inesperados, por insolencias que nadie se había animado a sospechar, pero sobre todo por un montón de gente convencida de que había mucho pero mucho por decir. Y de que las cosas por decir no venían de un tiempo pasado sino que se estaban inventando en el momento. No se trataba de recuperar el tiempo sino de volver a inventarlo.

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Por aquellos intensos años todo cambiaba, los elencos, las historias. Los lugares que habían nacido para ser una cosa terminaban siendo espacio para espectáculos para los que no estaban del todo preparados. Pero no importaba demasiado. La imaginación era más veloz que la realidad, que siempre arrancaba de atrás. Se salía y no se sabía dónde se terminaría la noche, ni con qué ni con quiénes nos iríamos a topar. Las historias podían empezar y terminarse en un rato, y otras durar por años, pese a que se habían pensado para ser efímeras.

Se ha dicho bastante sobre aquellos tiempos que por comodidad pueden situarse entre el advenimiento de la democracia en 1983 y comienzos de la década del 90. No de manera sistemática, por cierto, pero hay a disposición documentos fílmicos, libros que intentan analizar ese raro fenómeno, artículos que recuperan a alguno de los participantes… Pero hacía falta reescribir la historia según la pueden contar sus protagonistas, los que la hicieron, la consumieron, la recuerdan, la difundieron y la continúan por otros senderos. Con ese espíritu, Tranquilo Producciones armó trece programas que se emitieron en 2004 por Canal (á). El título: Historias del under, escrito y conducido por Fernando Noy. La Organización Negra, las Gambas al Ajillo, las Bay Biscuits, Tom Lupo, la Gran Markova, Urdapilleta y Tortonese, entre muchos otros, fueron trayendo recuerdos que parecen de ayer porque no entraron en el pasado. El mensaje sigue vivo y con ganas de reproducirse. Dijo Noy en un reportaje publicado en aquellos días: “Soy el backstage de los 80. Fue muy interesante, era gente que tenía veinte años y estaba pariéndose a sí misma. El under no define una época: siempre hay under. En los 60 y 70, por ejemplo, estaban Nacha, Perciavalle, Gasalla. Pero los 80 fueron fuertes, no solo era resistir o provocar desde lo periférico. Había mucha tragedia, mucho de maquillaje de las heridas. Se buscaba, se investigaba lo obvio y eran todos artistas con mucha autonomía de vuelo”.

¿Qué fue el under y qué fueron los 80? Empecemos por la segunda pregunta, que allí casi todos están de acuerdo. Un tiempo de gran efervescencia en el cual se volvió a creer que había con qué armar un futuro, que nos rescataba a todos como seres creativos, que abolió no solo la censura —que para eso alcanza con un decreto— sino algo mucho más difícil de erradicar: la autocensura. Todo el mundo decía y hacía incluso aquello que hasta entonces no sabía que pensaba y ni qué quería decir y hacer. Eso fueron las noches en el Parakultural, en Mediomundo Varieté, en Einstein o en Cemento. Hechos que ni siquiera tenían un horario para comenzar e incluso muchas veces sucedían sin que nadie lo tuviera programado. Y donde estaba borrada la barrera entre los del escenario y los de abajo. Cruces, diálogos, de un lado y del otro y no fueron pocas las oportunidades en que se llegó a la agresión verbal e incluso física. Una época que se dedicó redefinir las identidades sexuales. Eran muchos los que disfrutaban la frontera —en esto, como en tantas otras cosas, Batato Barea fue el mejor exponente—, los que no vivían su cuerpo como un destino inamovible sino como un espacio a refaccionar, en el que intervenir desde el deseo y el placer.

Por otro lado, es una parte de la historia argentina donde se producen importantes cambios en los modos de encarar la vida. Hay una progresiva tendencia al individualismo y al consumo —es la época de la aparición de los shopping centers—. Todo el under del 80, de modo instintivo en la mayoría de sus protagonistas, se mantuvo al margen de esos modos de estar en el mundo. Por un lado, no hubo historias de divismo, luchas de cartel, empujones para ocupar el centro de la escena. Cada uno hacía su propuesta, disfrutaba de las propuestas ajenas cuando podía y no tenía a la fama como horizonte. De hecho, algunos llegaron a la tele —que es nuestro módico salón de la fama— por ser invitados. Las Gambas cuentan una historia muy divertida de cuando las invitaron al programa de Susana Giménez que demuestra que estaban en otras sintonías. Y en cierto sentido, toda la movida de aquellos años fue una especie de estética de la pobreza, se usaba todo, retazos, ropas viejas, pelucas deshilachadas y hasta tetas de segunda selección como aquellas de las que se enorgullecía tanto Batato. No era transgresión, no era proponerse deliberada y programáticamente ir contra el sistema, era vivir al margen, con otros códigos, nuevos y antiguos, inventados y rescatados.

A todo ese permanente festival de la innovación, de la ruptura de límites, del exceso incluso, a veces en su forma más lacerante, se lo dio en llamar “under”. Para muchos de los participantes de los programas, la palabra tuvo significados distintos, no faltó incluso quien cuestionó que fuera la más adecuada para hablar del movimiento, porque fue todo tan heterogéneo que no resultaba bienvenido un término que achatara las diferencias, que igualara algo que tenía como signo la búsqueda de lo diferente. Veamos algunas de las definiciones que se escucharon a lo largo del ciclo: “El under es lo más sentimental, lo más romántico y por eso lo más puro, lo que tiene que ver con el arte que es una enunciación del sentir”, se planta el artista plástico Fernando Bedoya. “No fue un movimiento, fue algo que tenía que suceder y nosotros éramos los sacerdotes de la misa”, explicó Alejandro Urdapilleta, antes de ironizar con el hecho de que quienes participaron del “under” nunca usaban esa palabra que terminaba por ser apropiada por quienes nunca habían estado allí. Como una palabra extranjera, dicha desde afuera.

La Gran Markova afirmó, contundente: “Nadie de nosotros sabíamos que estábamos haciendo arte. Aquello todo fue nuestra forma de respirar, nuestra manera de ser. Yo no quiero trabajar de eso, vivo en función de eso”.

Vivi Tellas, finalmente, prefiere hablar de los efectos del under: “Es adentrarse en uno mismo, a buscar otra manera de ver la realidad. Eso produce escozor, las reacciones más diversas”.

Seguramente, el under ha sido eso y muchas cosas más. Incluso se fue definiendo en medio y gracias a las contradicciones de algo que se va haciendo, inventando, que siempre quiere comenzar de nuevo.

Hay miles de historias allí: divertidas, dramáticas, sorprendentes, duras, increíbles. Y hay quienes tienen ganas de contarlas.

Ahora, con ustedes, los Artistas.

MARCOS MAYER

I. Volar es humano
La Organización Negra

Las imágenes fueron de esas que quedan grabadas para siempre. Unos cuerpos apenas sostenidos por arneses que la distancia hace casi invisibles, se balancean a muchísimos metros de altura alrededor del Obelisco porteño. Corría diciembre de 1989 y La Organización Negra iniciaba su performance más audaz, en la que se reunían y se llevaban a su punto más extremo las características de un grupo que hizo historia y que tuvo su descendencia. Por un lado, la elección de los espacios más amplios posibles para armar sus historias, la pura espectacularidad sin más mensaje que el que pudiera surgir de esos cuerpos mudos, sin palabras, moviéndose sin límites por el espacio. Como una especie de renuncia al sentido, como una manera de contar otras formas de la historia, de adentrarse en los pliegues impensados del mundo. Quizá en esa renuncia la libertad, la gran marca del under de los 80, encuentre su expresión más despojada y, si se quiere, más espectacular.

El grupo, con cambios en su composición, se mantuvo unido por casi diez años. Había arrancado en 1984, casi como una travesura. “La Negra nace en el Conservatorio de Arte Dramático. Le pusimos ese nombre por la lista negra, por el centro de estudiantes”, cuenta Alfredo Visciglio, quien aparte de actuar, se ocupó del diseño de estructuras y objetos en varios espectáculos.

“Era algo medio lúdico, tratábamos de encontrar formas de intervención. Algo raro y difícil, recién comenzaba la democracia”, se suma Manuel Hermelo, uno de los fundadores de la Organización.

Cada trabajo estuvo específicamente asociado a cierto tipo de materialidad. UORC se enmarcaba en una onda claramente mecánica, industrial, a diferencia de La Tirolesa, que apelaba al andinismo —que es artesanal por excelencia— para ponerlo al servicio de una obra. Argumento fue un trabajo más estético, figuras humanas que se armaban en la oscuridad, como si fueran cuadros. Por su parte, Almas examinadas se valía de elementos surrealistas.

Cada obra tuvo su peculiaridad, los distintos materiales eran los que definían la naturaleza de cada uno de ellos. Lo bueno es esa diferencia, no repetirse nunca, no buscar una fórmula.

Después de la fundación, llegó el momento de encontrar un lugar para hacer las cosas. Con el nombre solo no alcanzaba, era un punto de partida sin destino prefijado. Lo primero fueron las sensibilidades compartidas y las ganas de experimentar, el deseo de “integrarse a la movida cultural de aquellos tiempos”, como recuerda Gustavo Niño, a lo que adhiere Visciglio.

Hermelo, uno de los fundadores y director en varios espectáculos de La Organización Negra, cuenta que “teníamos intereses comunes y más de una afinidad. Formamos una cooperativa independiente antes de abrirnos del conservatorio y empezar a contactar nosotros a nuestros propios profesores”.

La premisa original les permite llevar a cabo estas inéditas maratones en que sus integrantes generalmente aparecen desnudos, algunos cubiertos de un polvo blanco, colgados de arneses, friccionando el instante con una audacia sin antecedentes, definiéndose como modelos vivos y, sobre todo, intentando permanecer en el anonimato, alejándose de lo que habitualmente se conoce como un hecho teatral específico.

“No nos sentíamos identificados con ciertas propuestas más tradicionales del teatro, había otras líneas investigación que funcionaron como un buen disparador para nosotros”, concluye Hermelo.

Es hora de contar la irrupción de un grupo —como en tantas experiencias del under de los 80— que fue inventando un estilo a medida que iba haciendo las cosas. Había algunos antecedentes lejanos en la década de 1960, el Di Tella, los happenings, pero incluso generacionalmente quedaban a una enorme distancia. Había que empezar el fascinante juego de ensayo y error. El que cuenta es Pichón Baldinu, otro de los fundadores, que continuó la experiencia de lo que se conoció en algún momento como “teatro aéreo” en el grupo De la Guarda.

“Llegábamos con una combi al microcentro, a la zona de los bancos, y nos poníamos a caminar por San Martín y Corrientes disfrazados. De pronto nos parábamos en Tucumán y Florida y nos cubríamos con unas bolsas de basura, de las de plástico. Entonces alguien nos alzaba y nos depositaba en algún lugar. Nos quedábamos quietos, como si fuéramos efectivamente gigantescas bolsas de residuos, algunos de pie, otros doblados. La misma persona que nos había llevado hasta allí sacaba repentinamente un enorme radiograbador y se empezaba a escuchar Carmina Burana a todo lo que daba. Era como la señal para que saliéramos de las bolsas, como una especie de aliens, lo más parecido a una procesión papal, con esa gente disfrazada en medio de un lugar tan serio, no se entendía nada”, se ríe. Y agrega a manera de explicación: “Lo que trabajábamos en estas experiencias era el agujero que provocaban esas situaciones en la rutina de las personas. El objetivo era producir algo fuerte, algo sorpresivo, un corte. Era como detener el flujo del mundo un día cualquiera a las cuatro de la tarde y sobre todo el riesgo importante de irrumpir en un momento dado sin saber la reacción que generaríamos”.

Pero no fue esta la primera acción de La Organización Negra. En 1984 se lanzaron a la calle —su escenario favorito— con Villancico. Alguien se ponía a cantar un tema navideño en una parada de semáforos, siempre vestido de una manera sorprendente —trajes oscuros y estrafalarios—. Así lo definían ellos mismos en el programa de UORC: “Ejercicio gótico realizado en la intersección de dos importantes avenidas. Son sus características principales la entonación de villancicos y la utilización de vestuario de carácter depresivo. Primera actividad en la vía pública”.

Era el primer paso para una rápida subida de la apuesta. Por ejemplo, pasearse por una peatonal y de repente quedarse congelados antes de seguir caminando como si nada hubiese ocurrido. “La gente no entendía qué carajo pasaba, no sabían si éramos extraterrestres, una manga de locos o si éramos terroristas. No se entendía”, cuentan Baldinu y Hermelo acerca de una de las claves del grupo. “Finalmente uno trabaja en un espacio, que puede ser el teatro más convencional o en medio de la calle. De lo que se trata es de hacer una obra viva. En eso consiste el teatro, no importa dónde ocurra.”

Al año siguiente, el grupo presentó una serie de intervenciones teatrales en donde la calle quedó definida como su inédito escenario. La Negra, primer nombre con el que se los conoció, fue invitada a participar de una movilización teatral dirigida por el incansable Sergio De Loof en El Vitral, que llevaba como título general Tríptico del exilio —ellos aparecían en los entreactos—. Fue su primera experiencia escénica dentro de un recinto cerrado.

Corría el año 1985 cuando se presentó La Negra diciembre, que tuvo algunos problemas con la policía porque en el show se quemaban cruces. “El comisario no quería problemas con la curia, eso fue lo que dijo”, se sonríe Baldinu. Allí los vio Omar Chabán y les propuso que armasen un espectáculo para presentar en Cemento. Fue el punto de partida para algo más ambicioso, UORC (teatro de operaciones), que se estrenó en julio de 1986 en esa catedral del under que fue Cemento. Este nuevo trabajo, definido por ellos mismos como un conglomerado de operaciones teatrales en estado de fricción de los espectadores, inició el reconocimiento de La Organización Negra como un grupo alternativo incomparable y único dentro de la actividad teatral argentina. Al año siguiente, cuando reestrenaron la obra ...