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HOMBRES BUENOS

Arturo Pérez-Reverte  

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Fragmento

Índice

Portadilla Índice Dedicatoria Cita Prólogo 1. El hombre alto y el hombre grueso 2. El hombre peligroso 3. Diálogos de ventas y camino 4. Sobre barcos, libros y mujeres 5. La ciudad de los filósofos 6. Los rencores del abate Bringas 7. La tertulia de la rue Saint-Honoré 8. Los caballeros del café Procope 9. Una cuestión de honor 10. Los desayunos de madame Dancenis 11. El inquilino del hotel de Montmartel 12. La cañada de los Lobos Epílogo Sobre el autor Créditos

 

A Gregorio Salvador.

Y a Antonio Colino, Antonio Mingote y el almirante Álvarez-Arenas, in memoriam.

 

Una verdad, una fe, una generación de hombres pasa, se la olvida, ya no cuenta. Excepto para aquellos pocos, tal vez, que creyeron esa verdad, profesaron esa fe o amaron a esos hombres.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Joseph Conrad. Juventud

 

Esta novela se basa en hechos reales, con personajes y escenarios auténticos, aunque buena parte de la historia y de sus protagonistas responde a la libertad de ficción ejercida por el autor.

 

Imaginar un duelo al amanecer, en el París de finales del siglo XVIII, no es difícil. Basta con haber leído algunos libros y visto unas cuantas películas. Contarlo por escrito es algo más complejo. Y utilizarlo para el arranque de una novela tiene sus riesgos. La cuestión es lograr que el lector vea lo que el autor ve, o imagina. Convertirse en ojos ajenos, los del lector, y desaparecer discretamente para que sea él quien se las entienda con la historia que le narran. La de estas páginas necesita un prado cubierto por la escarcha de la mañana y una luz difusa, grisácea, para la que sería útil recurrir a una neblina suave, no demasiado espesa, de la que a menudo brotaba en los bosques de los alrededores de la capital francesa —hoy muchas de esas arboledas han desaparecido, o están incorporadas a ella— con la primera claridad del día.

La escena necesita también unos personajes. En la luz incierta del sol que aún no amanece deben advertirse, algo desvaídas entre la bruma, las siluetas de dos hombres. Un poco más retiradas, bajo los árboles, junto a tres coches de caballos allí detenidos, hay otras figuras humanas, masculinas, envueltas en capas y con sombreros de tres picos calados sobre el embozo. Son media docena, pero no interesan para la escena principal; así que podemos prescindir de ellas por el momento. Lo que debe atraer nuestra atención son los dos hombres inmóviles uno frente a otro, de pie sobre la hierba húmeda del prado. Visten calzón ceñido y están en mangas de camisa. Uno es delgado, más bien alto para la época, y lleva el pelo gris recogido en una corta coleta sobre la nuca. El otro es de mediana estatura, y su pelo está rizado en las sienes, empolvado a usanza de la más exquisita moda de su tiempo. Ninguno de los dos parece joven, aunque estamos a demasiada distancia para apreciarlo. Acerquémonos un poco a ellos, por tanto. Observémoslos mejor.

Lo que sostienen en las manos, cada uno, es una espada. O una espada parecida a un florete, si nos fijamos en los detalles. El asunto, por tanto, parece serio. Grave. Los dos hombres están a tres pasos uno del otro, todavía inmóviles, mirándose con atención. Casi pensativos. Quizá concentrados en lo que va a ocurrir. Sus brazos caen a lo largo del cuerpo y las puntas de los aceros rozan la hierba escarchada del suelo. El más bajo, que de cerca también parece más joven, tiene una expresión altanera, quizá teatralmente despectiva. Se diría que, aunque estudie a su adversario, está pendiente de mostrar una bien compuesta figura ante quienes miran desde la linde del prado. El otro hombre, más alto y de más edad, posee unos ojos azules acuosos y melancólicos que aparentan contagiarse de la humedad ambiental. De primera impresión parece que esos ojos miren al hombre que tienen delante, pero si nos fijamos bien en ellos advertiremos que no es así. En realidad están absortos, o distraídos. Ausentes. Tal vez, si en ese momento el hombre que tienen enfrente cambiase de posición, esos ojos seguirían mirando hacia el mismo lugar, indiferentes a todo, atentos a imágenes lejanas que sólo ellos conocen.

Desde el grupo congregado bajo los árboles llega una voz, y los dos hombres que están en el prado levantan despacio los espadines. Saludan brevemente, llevando uno de ellos la guarnición a la altura del mentón, y luego se ponen en guardia. El más bajo apoya la mano libre en la cadera, adoptando una elegantísima postura de esgrima. El otro, el hombre alto de los ojos acuosos y la corta coleta gris, tiende el arma y alza la otra mano, puestos casi en ángulo recto brazo y antebrazo, con los dedos relajados y ligeramente caídos hacia adelante. Los aceros, al tocarse con suavidad por primera vez, producen un tintineo metálico que suena nítido, argentino, en el aire frío del amanecer.

Sigamos escribiendo, ahora. Contemos la historia. Sepamos qué ha traído a esos personajes hasta aquí.

1. El hombre alto y el hombre grueso

Es un gusto oírles hablar de matemáticas, física moderna, historia natural, derecho de gentes, y antigüedades y letras humanas, a veces con más recato que si hicieran moneda falsa. Viven en la oscuridad y mueren como vivieron.

J. Cadalso. Cartas marruecas

Los descubrí al fondo de la biblioteca, sin buscarlos: veintiocho volúmenes en cuerpo grande, encuadernados en piel de color castaño claro desvaída por el tiempo, maltratada por dos siglos y medio de uso. No sabía que estaban allí —buscaba otra cosa y había estado curioseando en los estantes—, y me sorprendió leer en su lomo: Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné. Se trataba de la primera edición. La que empezó a salir de la imprenta en 1751 y cuyo último volumen vio la luz en 1772. Yo conocía la obra, por supuesto. Al menos, razonablemente. Hasta había estado a punto de comprársela a mi amigo el librero anticuario Luis Bardón cinco años atrás, quien me la ofreció en caso de que otro cliente que la tenía apalabrada se echara atrás. Para mi desgracia —o fortuna, porque era muy cara—, el cliente había cumplido. Era Pedro J. Ramírez, entonces director del diario El Mundo. Una noche, cenando en su casa, la vi orgullosamente expuesta en su biblioteca. El propietario conocía mi episodio con Bardón y bromeamos sobre ello. «Más suerte la próxima vez», me dijo. Pero no hubo una próxima vez. Es una obra rara en el mercado del libro antiguo. Muy difícil de conseguir completa.

El caso es que allí estaba esa mañana, en la biblioteca de la Real Academia Española —ocupo el sillón de la letra T desde hace doce años—, parado frente a la obra que compendiaba la mayor aventura intelectual del siglo XVIII: el triunfo de la razón y el progreso sobre las fuerzas oscuras del mundo entonces conocido. Una exposición sistemática en 72.000 artículos, 16.500 páginas y 17 millones de palabras que contenía las ideas más revolucionarias de su tiempo, que llegó a ser condenada por la Iglesia católica y cuyos autores y editores se vieron amenazados con la prisión y la muerte. Me pregunté cómo esa obra, que durante tanto tiempo había estado en el Índice de libros prohibidos, había llegado hasta allí. Cuándo y de qué manera. Los rayos de sol, que al penetrar por las ventanas de la biblioteca formaban grandes rectángulos luminosos en el suelo, creaban una atmósfera casi velazqueña en la que relucían los añejos lomos dorados de los veintiocho volúmenes en sus estantes. Alargué las manos, cogí uno de ellos y lo abrí por la portadilla interior:

Encyclopédie,

ou

dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers,

par une société de gens de lettres.

Tome premier

MDCCLI

Avec approbation et privilege du roy

Las dos últimas líneas me suscitaron una sonrisa esquinada. Cuarenta y dos años después de aquel MDCCLI, en 1793, el nieto del roy que había concedido su aprobación y privilegio para la impresión de ese primer volumen era guillotinado en una plaza pública de París, precisamente en nombre de las ideas que, desde aquella misma Encyclopédie, habían incendiado Francia y buena parte del mundo. La vida tiene esas bromas, concluí. Su propio sentido del humor.

Hojeé algunas páginas al azar. El papel, inmaculadamente blanco pese a su edad, sonaba como si estuviera recién impreso. Buen y noble papel de hilo, pensé, resistente al tiempo y a la estupidez de los hombres, tan distinto a la ácida celulosa del papel moderno, que en pocos años amarillea las páginas y las hace quebradizas y caducas. Acerqué la nariz, aspirando con placer. Hasta su olor era fresco. Cerré el volumen, lo devolví al estante y salí de la biblioteca. Tenía otras cosas de que ocuparme, pero el recuerdo de aquellos veintiocho volúmenes situados en un rincón discreto del viejo edificio de la calle Felipe IV de Madrid, entre otros miles de libros, no se me iba de la cabeza. Lo comenté más tarde con Víctor García de la Concha, el director honorario, con quien me encontré en los percheros del vestíbulo. Éste me había abordado con motivo de otro asunto —quería pedirme un texto sobre el habla de germanías de Quevedo para no sé qué obra en curso—, pero llevé la conversación a lo que en ese momento me interesaba. García de la Concha acababa de escribir una historia de la Real Academia Española y debía de tener las cosas frescas.

—¿Cuándo consiguió la Academia la Encyclopédie?

Pareció sorprendido por la pregunta. Luego me cogió del brazo con esa exquisita delicadeza suya que, durante su mandato, lo mismo abortaba cismas de academias hermanas en Hispanoamérica —disuadir a los mejicanos cuando pretendieron hacer su propio Diccionario fue encaje de bolillos—, que convencía a una fundación bancaria para financiar siete volúmenes de Obras completas de Cervantes con motivo del cuarto centenario del Quijote. Quizá por eso lo habíamos reelegido varias veces, hasta que se le pasó la edad.

—No estoy muy al corriente —dijo mientras caminábamos por el pasillo hacia su despacho—. Sé que lleva aquí desde finales del siglo dieciocho.

—¿Quién puede orientarme?

—¿Para qué te interesa, si no es mostrarme indiscreto?

—Todavía no lo sé.

—¿Una novela?

—Es pronto para decir eso.

Clavó en mi pupila su pupila azul, un punto suspicaz. A veces, para inquietar un poco a mis colegas de la Academia, hablo de una novelita que en realidad no tengo intención de escribir, pero en la que amenazo con meterlos a todos. El título es Limpia, mata y da esplendor: una historia de crímenes con el fantasma de Cervantes, que vagaría por nuestro edificio haciéndose visible sólo a los conserjes. La idea es que los académicos vayan siendo asesinados uno tras otro, empezando por el profesor Francisco Rico, nuestro más conspicuo cervantista. Ése moriría el primero, ahorcado con el cordón de una cortina de la sala de pastas.

—No estarás hablando de esa polémica novela de crímenes, ¿verdad? La de...

—No. Tranquilo.

García de la Concha, que a menudo es un caballero, se guardó de suspirar aliviado. Pero se le notaba el alivio.

—Me gustó mucho la última tuya. El bailarín murciano. Fue algo, no sé...

Ése era el director honorario. Siempre buen muchacho. Dejó el final de la frase en el aire, dándome una generosa oportunidad para encoger los hombros con la adecuada modestia.

—Mundano.

—¿Perdón?

—Se llamaba El bailarín mundano.

—Ah, sí. Claro. Ésa... Hasta el presidente del gobierno salió el verano pasado en el Hola con un ejemplar encima de la hamaca, en Zahara de los Atunes.

—Sería de su mujer —objeté—. Ése no ha leído un libro en su vida.

—Por Dios... —García de la Concha sonreía evasivo, escandalizado sólo hasta el punto conveniente—. Por Dios.

—¿Alguna vez lo has visto en un acto cultural?... ¿En un estreno teatral? ¿En la ópera? ¿Viendo una película?

—Por Dios.

Eso último lo repitió ya en su despacho, mientras nos acomodábamos en unos sillones. El sol seguía entrando por las ventanas, y pensé que era uno de esos días en que las historias por contar se apoderan de ti y ya no te sueltan. Quizá, me dije, aquella conversación estaba hipotecando mis próximos dos años de vida. A esta edad hay más historias por escribir que tiempo para ocuparse de ellas. Elegir una implica dejar morir otras. Por eso es necesario escoger con cuidado. Equivocarse lo justo.

—¿No sabes nada más? —pregunté.

Encogió los hombros mientras jugueteaba con la plegadera de marfil que suele tener sobre la mesa, en cuyo mango están grabados el mismo escudo y lema que figuran esmaltados en las medallas que usamos en los actos solemnes. Desde su fundación en 1713, la Real Academia Española es una casa de tradiciones, y eso incluye usar corbata en el edificio, tratarnos de usted en momentos oficiales, y cosas así. La costumbre absurda de que no hubiera mujeres se rompió hace tiempo. Cada vez hay más de ellas sentadas en los plenos de los jueves. El mundo ha cambiado, y nuestra institución también. Ahora es una factoría lingüística de primer orden, de la que los académicos no somos sino el consejo rector. La vieja imagen de un club masculino de eruditos abuelos apolillados no es hoy más que un cliché rancio.

—Creo recordar que don Gregorio Salvador, nuestro académico decano, me habló de ello alguna vez —dijo García de la Concha tras pensarlo un poco—. Un viaje a Francia, o algo así... Para traer esos libros.

—Qué raro —no me salían las cuentas—. Si fue a finales del dieciocho, como dijiste antes, la Encyclopédie estaba prohibida en España. Y aún lo estuvo durante cierto tiempo.

García de la Concha se había inclinado hasta apoyar los codos en la mesa y me observaba por encima de los dedos entrelazados. Como de costumbre, sus ojos transmitían una exhortación entusiasta a la acción ajena, siempre que no le complicara a él la vida.

—Quizá Sánchez Ron, el bibliotecario, pueda ayudarte —sugirió—. Él maneja los archivos, y allí están las actas de todos los plenos, desde la fundación. Si hubo viaje para traer los libros, habrá constancia.

—Si se hizo de forma clandestina, lo dudo.

El adjetivo lo hizo sonreír.

—No creas —opuso—. La Academia siempre mantuvo una independencia real respecto al poder, y eso que le tocó vivir varios tiempos difíciles. Acuérdate de Fernando VII, o de los intentos del dictador Primo de Rivera por controlarla... O de cuando, tras la guerra civil, Franco ordenó cubrir las plazas de académicos republicanos que estaban en el exilio, la Academia se negó a ello, y los sillones se mantuvieron sin ocupar hasta que los propietarios exiliados murieron o regresaron a España.

Reflexioné sobre las implicaciones del asunto, en su momento. Las posibles y complejas circunstancias. Aquélla, decía mi instinto, era una buena historia.

—Sería un bonito episodio, ¿verdad? —comenté—. Que esos libros hubieran llegado aquí en secreto.

—No sé. Nunca me ocupé de eso. Si tanto te interesa el asunto, vete a ver al bibliotecario y prueba suerte con él... También puedes acudir a don Gregorio Salvador.

Lo hice. A esas horas tenía picada la curiosidad. Empecé por Darío Villanueva, el director. Que, como gallego en ejercicio que es, me hizo treinta preguntas y no respondió a ninguna de las mías. También él se interesó por la novela de los crímenes, y cuando le dije que en ella moría el profesor Rico me pidió ser el asesino. Igual le daba cuerda de cortina que cuerda de guitarra.

—No puedo prometerte nada —respondí—. Hay cola para lo de Paco: todos quieren serlo.

Me miró persuasivo, con una mano en mi hombro.

—Haz lo que puedas, anda. Me hace ilusión. Te prometo devolver las tildes a los demostrativos pronominales.

Después fui a ver a José Manuel Sánchez Ron, el bibliotecario: un tipo alto, delgado, con el pelo cano y una mirada inteligente que proyecta sobre el mundo con fría lucidez. Fuimos elegidos académicos casi al mismo tiempo, y somos muy amigos. Él cubre la parte Científica de la Academia —es catedrático de historia de la Ciencia— y en esas fechas todavía se ocupaba de nuestra biblioteca. Eso incluía responsabilidad sobre joyas como una primera edición del Quijote, valiosos manuscritos de Lope o de Quevedo, y cosas así que tenemos abajo, en una caja fuerte del sótano.

—La Encyclopédie llegó a finales del siglo dieciocho —me confirmó—. Eso es seguro. Y, desde luego, estaba prohibida tanto en Francia como en España. Allí sólo nominalmente, y aquí de forma absoluta.

—Me interesa saber quién la trajo. Cómo pasó los filtros de la época... Cómo lograron meterla en nuestra biblioteca.

Lo pensó un instante balanceándose en el sillón, medio oculto al otro lado de las pilas de libros que cubrían su mesa de trabajo.

—Supongo que, como todas las decisiones de la Academia, se aprobó en un pleno —dijo al fin—. No creo que algo de tanta trascendencia se hiciera sin el acuerdo de todos los académicos... Así que debe de haber un acta que recoja eso.

Me erguí como un perro de caza que olfatea en el aire un buen rastro.

—¿Podemos buscar en los archivos?

—Claro. Pero las actas no están digitalizadas del todo. Se conservan los originales, tal cual. En papel.

—Si localizamos esas actas, podremos situar el momento. Y las circunstancias.

—¿Por qué te interesa tanto? ¿Otra novela?... ¿Histórica esta vez?

—De momento es curiosidad.

—Pues me pongo a ello. Hablo con la encargada del archivo y te cuento... Y oye, por cierto. ¿Qué es eso de Paco Rico?... ¿Cuentas conmigo para ser el asesino?

Me despedí de él y regresé a la biblioteca. A su añejo olor a papel y cuero antiguos. Los rectángulos de sol de las ventanas habían cambiado de lugar, estrechándose hasta casi desaparecer, y los veintiocho volúmenes de la Encyclopédie estaban ahora en penumbra, en sus estantes. El antiguo dorado de las letras de los lomos ya no relucía cuando pasé los dedos por ellos, acariciando la vieja y ajada piel. Entonces, de pronto, supe la historia que deseaba contar. Ocurrió con naturalidad, como a veces suceden estas cosas. Pude verla nítida, estructurada en mi cabeza con planteamiento, nudo y desenlace: una serie de escenas, casillas vacías que estaban por llenar. Había una novela en marcha, y su trama me aguardaba en los rincones de aquella biblioteca. Esa misma tarde, al regresar a casa, empecé a imaginar. A escribir.

Son veinticuatro, pero este jueves sólo asisten catorce...

Son veinticuatro, pero este jueves sólo asisten catorce. Llegaron espaciados al viejo caserón, uno por uno y a veces en parejas, algunos en coche y la mayor parte a pie, y formaron pequeños grupos en el vestíbulo mientras dejaban capas, gabanes y sombreros antes de entrar en la sala de plenos y situarse en torno a la gran mesa cuadrilonga, cubierta con tapete de badana con manchas de cera de velas y de tinta. Hay bastones que se apoyan en las sillas y pañuelos moqueros que entran y salen de las mangas de las casacas. Circula de mano en mano —detalle del director— una cajita con polvo de tabaco y escudo de marqués en la tapa. Atchís. Salud. Gracias. Más estornudos y pañuelos. Un educado rumor de toses, carraspeos y comentarios en voz baja sobre reumas, enfriamientos, dispepsias y otros achaques ocupa los primeros minutos de conversación antes de que, todavía en pie, se lea la oración Veni Sancte Spiritus y todos tomen asiento en sillas cuyo tapizado empieza a verse raído por el uso y el tiempo. El más joven de los presentes tiene medio siglo: casacas de paño en tonos oscuros, algunas sotanas, media docena de pelucas empolvadas o sin empolvar, rostros afeitados donde arrugas y marcas señalan los años de cada cual. Todo parece adecuarse al modesto escenario, iluminado de cera y aceite. Un retrato del difunto rey Felipe V y otro del marqués de Villena, fundador de la Academia, presiden el conjunto de cortinas de ajado terciopelo, alfombra antigua y descolorida, muebles de barniz apagado y estantes con libros y cartapacios. Desde hace tiempo, pese a la rigurosa limpieza semanal, todo eso aparece cubierto por una delgada capa de polvillo gris de albañilería: la Casa del Tesoro, donde la munificencia del rey Carlos III permite reunirse a los académicos, es antiguo anexo del nuevo Palacio Real, y éste se encuentra en obras. En este siglo XVIII que casi media su último tercio, y en España, hasta la lengua castellana y sus sabios pasan miseria.

—¿Libros? —solicita Vega de Sella, el director.

Don Jerónimo de la Campa, crítico teatral, autor de una prolija Historia del teatro español en veintidós volúmenes, se levanta con dificultad y camina hasta la silla del director para entregar el tomo XX, último publicado. Con una sonrisa de extrema cortesía, el director recibe el libro y lo pasa a manos del bibliotecario, don Hermógenes Molina: latinista conspicuo y traductor notable de Virgilio y de Tácito.

—La Academia agradece a don Jerónimo la entrega de su obra, que pasa a formar parte de la biblioteca —dice Vega de Sella.

Francisco de Paula Vega de Sella, marqués de Oxinaga, es caballerizo mayor de su majestad el rey. Hombre elegante, vestido a la última, su casaca azul bordada y su chupa de color cereza con dos cadenas de reloj ponen un insólito punto de color en la sala. Poseedor de una fortuna discreta, sabe moverse en la corte y su talento para la diplomacia es proverbial. Se dice de él que, de haber sido destinado por su familia a la carrera eclesiástica —como el hermano menor, ahora obispo de Solsona—, a estas alturas de su vida sería cardenal en Roma, con todas las papeletas para ser papa. Por lo demás, aunque como poeta sólo es aceptable —su Cartas a Clorinda, asunto de juventud, no obtuvo pena ni gloria—, el marqués se señaló con la publicación, hace diez años, de un librito titulado Conversaciones sobre la pluralidad o igualdad de los hombres, que le trajo fama en las tertulias de ideas avanzadas y contrariedades con los censores de la Inquisición. Sin contar la correspondencia mantenida durante algún tiempo con Rousseau. Eso contribuye a dar una vitola ilustrada a los trabajos de la Docta Casa; y, como consecuencia, alienta recelos en círculos ultramontanos.

—Asuntos de despacho —dice.

A su instancia, don Clemente Palafox, el secretario, informa a los presentes del estado de los trabajos de la Academia, la asignación de tareas y papeletas de la próxima edición del Diccionario, la Ortografía y los ingresos obtenidos hasta ahora por la magna edición del Quijote en cuatro tomos que hace poco salió de las prensas del impresor Ibarra.

—Y ahora —concluye el secretario, mirándolos por encima de sus anteojos— se efectuará la votación prevista sobre el viaje a París y la Encyclopédie.

Lo pronuncia en francés, con buen acento —prestigioso helenista, Palafox es traductor de una Poética de Aristóteles anotada por él mismo—, mientras pasea la vista en torno, la pluma en la mano derecha y ésta suspendida unas pulgadas sobre el papel del acta, para comprobar si hay comentarios antes de seguir adelante.

—¿Alguna conclusión de los señores académicos, aparte lo discutido en la sesión anterior? —pregunta el director.

Una mano se alza al otro extremo. Regordeta, con anillos de oro. La luz de uno de los velones proyecta su sombra siniestra sobre la badana que cubre la mesa.

—Tiene la palabra don Manuel Higueruela.

E Higueruela habla. Es un sesentón de cuello grueso y voz nasal, que usa casaca de tontillo y peluca sin empolvar, siempre ladeada como si se asentara mal en una cabeza cuya vulgaridad sólo alteran los ojos, que son vivos, malignos e inteligentes. Es comediógrafo vulgar y poeta mediocre, pero edita el ultraconservador Censor Literario, que tiene fuertes apoyos en los sectores más reaccionarios de la nobleza y el clero. Desde su tribuna periodística lanza feroces ataques contra cuanto huela a progreso y doctrinas ilustradas.

—Quiero que conste en acta mi oposición a ese proyecto —dice.

El director mira de soslayo cómo el secretario toma nota de todo. Después suspira suavemente mientras elige con cuidado sus palabras:

—El viaje está aprobado por esta Academia, en junta ordinaria de hace una semana... Lo que corresponde votar hoy son los nombres de los dos señores académicos comisionados.

—Aun así, quiero reiterar mi desagrado ante ese disparate. Ha llegado a mis manos el contenido de los artículos que esa obra dedica a las palabras Dios y Alma, que han suscitado la indignación de los teólogos... Y les aseguro que leerlo me costó casi una enfermedad. Esa obra es indigna de estar aquí.

Vega de Sella mira alrededor, cauto. Cuando se plantean asuntos que exigen pronunciarse en público, la mayor parte de los académicos mantiene la boca cerrada y la expresión inescrutable, como si nada de lo que se trata fuese con ellos. Saben en qué mundo viven, y poca ayuda cabe esperar de esa parte. Por suerte, se consuela el director para sus adentros, pudo lograr que la votación de la pasada semana fuera secreta, con papeletas anónimas depositadas en la urna. Todo un éxito. De haber sido a mano alzada, pocos se habrían atrevido a comprometerse. Hace sólo un par de años, varios de ellos, incluido el pro­pio director, se vieron implicados en un auto inquisitorial por la lectura de obras de filósofos extranjeros. Y aunque nada está probado de modo oficial, todos saben que el denunciante fue el mismo individuo que ahora pide la palabra.

—Manifiéstelo entonces, don Manuel —Vega de Sella sonríe con estoica afabilidad—. Como siempre, el señor secretario tomará cumplida nota.

Higueruela entra en materia, recreándose en la suerte. Al estilo de los artículos que él mismo redacta, pasa revista apocalíptica al estado calamitoso, en su opinión, de las ideas en Europa; al vendaval de libre pensamiento y ateísmo que contamina la paz de los pueblos inocentes; al descreído sindiós que mina los cimientos de las casas reales europeas, así como a la principal herramienta de zapa revolucionaria, las doctrinas de los filósofos, con el culto desaforado a la razón, que envenena el orden natural e insulta el divino: el cínico Voltaire, el hipócrita Rousseau, el tergiversador Montesquieu, los impíos Diderot y D’Alembert, y tantos otros cuyo infame pensamiento fraguó en esa Enciclopedia —pronunciar la palabra en lengua castellana hace más acerbo su tono despectivo— con que la Real Academia Española pretende deshon­rar su biblioteca.

—Por eso me opongo a la adquisición de esa obra nefasta —concluye—. Y también a que dos miembros de esta corporación viajen a París para adquirirla allí.

Sigue un silencio sólo roto, ris-ras, ris-ras, por el rasgueo de la pluma del secretario sobre el papel del acta. El director, con su serenidad habitual, mira en torno.

—¿Alguno de los señores académicos desea hacer comentarios?

Se interrumpe el ris-ras del secretario, pero nadie abre la boca. La mayor parte de las miradas vagan en el vacío, aguardando a que pase el chubasco. El resto del sector más conservador presente en la sala, integrado por otros cuatro miembros —dos de los cinco sacerdotes que son académicos, el duque del Nuevo Extremo y un alto funcionario del Despacho de Hacienda—, asiente con la cabeza en obsequio de Higueruela. Y aunque la votación del jueves anterior fue anónima, el director Vega de Sella, como cualquiera allí dentro, adivina en ellos los nombres atribuibles a las papeletas entregadas en blanco: manera elegante de mostrar desaprobación en cuestiones sometidas a voto. En realidad, los pareceres contrarios a la adquisición de la Encyclopédie son seis, contando el de Higueruela. Y el director tiene la certeza absoluta de que el sexto voto adverso provino, paradójicamente, de alguien situado en las antípodas ideológicas del radical periodista: un académico —casaca de frac a la nueva moda de Inglaterra y Francia, mangas estrechas, aparatosa corbata que le aprisiona el cuello, cabello sin empolvar pero rizado en las sienes— que en este momento, y no por casualidad, alza una mano desde un extremo de la mesa.

—Tiene la palabra el señor Sánchez Terrón.

El de ese individuo, saben todos, es un caso singular. Justo Sánchez Terrón es lo que se conoce en España como un ilustrado radical. Asturiano de origen modesto, hecho a sí mismo con estudios y lecturas, goza de reputación como hombre de ideas avanzadas. Funcionario del Estado, un escandaloso informe suyo sobre hospicios, cárceles e indultos generales —Tratado sobre la infelicidad de los pueblos, era el título— dio mucho de qué hablar. Desde entonces, varios cafés y tertulias de Madrid son escenario de los debates literario-filosóficos que protagoniza; y quizá en esa palabra, protagonizar, esté la clave de todo. Mediada la cincuentena, ofuscado por el éxito, incapaz de verse con lucidez crítica, Sánchez Terrón se ha convertido en un figurón pedante, pagado de sí hasta la más fastidiosa arrogancia —a causa del perpetuo tono moral de sus escritos y discursos lo apodan por lo bajini el Catón de Oviedo—. De postre, llegado con cierto retraso a los extremos del pensamiento y la cultura, su más irritante especialidad es descubrir lo que muchos ya conocen, y anunciarlo al mundo como si éste le debiera la noticia de su hallazgo. Además, se dice que prepara un drama teatral con el que se propone enterrar los cadáveres rancios de la escena nacional. En lo que se refiere a autores modernos y filósofos, el asturiano pretende ser único mediador entre ellos y la atrasada sociedad española, de la que se proclama sin complejos faro e intérprete. Y salvador, si lo dejan. En esa función no tolera injerencias, ni competidores. Todos están al tanto de que trabaja desde hace años en una larga obra titulada Diccionario de la Razón, y de que buena parte de los artículos y argumentos presentados en él como propios están traducidos, sin apenas rebozo, de los enciclopedistas franceses.

—Que conste también en acta mi censura —dice gustándose a sí mismo, mientras compone los encajes que le asoman por los puños del frac— por ese viaje improcedente a París. No creo que esta institución sea lugar adecuado para la Encyclopédie. Si España necesita una regeneración, lo que resulta indiscutible, ésta sólo puede venir mediante las luces de determinadas élites del intelecto...

—Entre las que me cuento —parodia en voz baja uno de los académicos.

Interrumpe su discurso Sánchez Terrón, buscando con ojos airados al bromista; pero todos en torno a la mesa permanecen impasibles. Con aspecto inocente.

—Prosiga, don Justo —ruega el director, acudiendo donoso al quite.

—Luces de la razón y el progreso —hila de nuevo Sánchez Terrón— que no es esta docta casa la que debe buscar más allá de su cometido específico. La Real Academia Española está para hacer diccionarios, gramáticas y ortografías. Para fijar, limpiar y dar esplendor a la lengua castellana... Y punto. Las ideas, oportunísimas por cierto, de las nuevas luces son cosa de los filósofos —en este punto pasea en torno una mirada desafiante—. Y éstos son quienes deben ocuparse de ellas.

Todos entienden que con ese los filósofos ha querido decir: nosotros los filósofos. Dicho en refrán popular, zapateros a vuestros zapatos, y dejad la Encyclopédie para quienes sabemos y merecemos leerla. Al callar Sánchez Terrón corre por la mesa un murmullo de desagrado; hay académicos que se remueven incómodos en sus sillas, y alguna pulla aletea de modo ostensible en varios labios. Sin embargo, la mirada severa del director mantiene la fiesta en paz.

—Tiene la palabra nuestro bibliotecario, don Hermógenes Molina.

El mencionado —rechoncho de cuerpo, afable de rostro, casaca marrón rozada y brillante en los codos que sin duda conoció tiempos mejores— ha alzado la mano y, tras agradecer la ocasión al director, recuerda a sus compañeros el porqué de traer a la biblioteca los veintiocho volúmenes editados en París por Diderot, D’Alembert y Le Breton. Aquélla, recuerda no sin cierta emoción, incluso con sus imperfecciones, resulta la más brillante realización moderna del intelecto humano: una compilación monumental de los más avanzados conocimientos en materia de filosofía, ciencia, arte y todas las otras disciplinas conocidas y por conocer. Una de esas obras sabias y decisivas, raras en la historia de la humanidad, que iluminan a los hombres que las leen y abren la puerta a la felicidad, la cultura y el progreso de los pueblos.

—Tacha imperdonable sería —concluye— no contarla entre las obras que enriquecen nuestra biblioteca, para ilustración y deleite de los señores académicos, para estímulo de nuestros trabajos y para honra de esta docta institución.

Levanta de nuevo la mano el periodista Higueruela. Su mirada es venenosa.

—Filosofía, naturaleza, progreso, felicidad terrena —ataja con aspereza—, no son palabras que nos incumban, excepto para definirlas y prevenir de ellas a los ingenuos, sobre todo cuando atentan contra los fundamentos sagrados de la monarquía o la religión... Aunque nuestras ideas sean muy distantes, incluso opuestas, celebro coincidir en esto con mi compañero el señor Sánchez Terrón —una sonrisa torcida al aludido, que aquél corresponde con breve y seca inclinación de cabeza—. Desde ambos extremos, por así decirlo, los dos condenamos por igual este impropio designio... Y me permito recordar a los señores académicos que la Encyclopédie está incluida en el Índice de libros prohibidos por el Santo Oficio. Incluso en Francia.

Todos miran a don Joseph Ontiveros, procurador del arzobispado de Toledo y secretario perpetuo del Consejo de la Inquisición: acaba de cumplir ochenta y un años y es un clérigo de cabello blanco, rodillas débiles y mente despierta, que desde hace tres décadas largas ocupa la silla correspondiente a la letra R. Éste se encoge de hombros con sonrisa indulgente, plena de tolerancia. Pese a su cargo, Ontiveros es hombre de extrema ilustración y talante culto, desprovisto de complejos. La mejor versión en lengua castellana de Horacio salió hace cuarenta años de su pluma —Tú, de fugitivas ninfas / divino amador, Fauno—, y todos están al corriente de que la traducción firmada con el seudónimo Linarco Andronio de las poesías de Catulo, obra espléndida, también fue trabajo suyo.

—Por mi parte, nihil obstat —dice el eclesiástico, suscitando sonrisas en torno a la mesa.

—Le recuerdo con toda cordialidad a don Manuel Higueruela —interviene el director con su habitual tacto— que el permiso eclesiástico para traer la Encyclopédie a esta Academia se consiguió gracias a las oportunas gestiones de don Joseph Ontiveros... Con buen criterio, el Santo Oficio decidió que esos volúmenes, aunque es imprudente ponerlos al alcance de personas no formadas, pueden ser leídos por los señores académicos sin perjuicio de sus almas ni de sus conciencias... ¿No es cierto, don Joseph?

—Rigurosamente —confirma el interpelado.

—Prosigamos, entonces —dice el director, mirando el reloj de la pared—. ¿No le parece, señor secretario?

Deja éste de escribir y levanta la vista del libro de actas, paseándola por la asamblea mientras se ajusta mejor los anteojos sobre la nariz.

—Se procede a la votación para elegir a los dos señores académicos que viajarán a París para traer con ellos los veintiocho volúmenes de la Encyclopédie, según decisión tomada por este pleno, y cuya parte del acta correspondiente procedo a leer:

Reunido en su sede de la Casa del Tesoro y obtenidos los necesarios permisos del Rey Nuestro Señor y de la Autoridad Eclesiástica, el pleno de la Real Academia Española aprueba por mayoría designar entre los señores académicos a dos hombres buenos que, provistos de los correspondientes viáticos para transporte y subsistencia, viajen a París para adquirir la obra completa conocida como Encyclopédie, ou dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, y la traigan a la Academia para que, en su biblioteca, quede en disposición de libre consulta y lectura para los miembros de número de esta institución.

Sigue un breve silencio sólo roto por la tos asmática del anciano don Felipe Hermosilla —autor del conocido Catálogo de autores antiguos españoles—. Los académicos se miran unos a otros: esperanzados y con aire solemne en su mayor parte, conscientes de la trascendencia simbólica del acto; hoscos o con visibles muestras de desagrado, una minoría: los dos eclesiásticos más conservadores, el duque del Nuevo Extremo y el alto funcionario del Despacho de Hacienda. Éstos observan cómplices a Higueruela y a Sánchez Terrón, solidarizándose con sus objeciones aunque sin querer complicarse la vida atreviéndose a manifestarlas.

—¿Algún comentario más?... ¿No? —se interesa el director—. Pues en tal caso, votemos. Como acaba de leer el señor secretario, se trata de elegir entre nuestros compañeros a dos hombres buenos.

—Así figuró en las actas —me confirmó don Gregorio Salvador cuando fui a visitarlo—: dos hombres buenos. Lo sé porque llegué a leer ese documento, hace años.

Por la ventana del balcón yo alcanzaba a ver, a sus espaldas, los edificios de la calle Malasaña. El viejo profesor y académico —octogenario, lingüista prestigioso, decano de los miembros activos de la Real Academia Española— estaba sentado en un sofá de la biblioteca de su casa. En la mesita había una taza de café que acababa de servirme una de sus nietas.

—¿Entonces, hay un acta de esa reunión? —me interesé.

Asintió con un vivo movimiento de cabeza. Era la suya una testa patricia, antigua, bien conservada: cabello blanco todavía abundante y ojos risueños a pesar de la edad y de una reciente operación de cataratas, que sólo necesitaban gafas para leer. Don Gregorio Salvador llevaba treinta años asistiendo a las sesiones de la Academia, a la que no faltaba ningún jueves. Conservaba una lucidez extraordinaria y era quien mejor conocía los pormenores históricos y las viejas anécdotas. Coautor del monumental Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía, era el único académico al que casi todos tratábamos de usted incluso fuera del protocolo tradicional de los plenos.

—Claro —respondió—. Las actas se conservan todas. Lo que pasa es que, al estar en papel, no hay forma de encontrar ésa con facilidad. Son trescientos años de libros de sesiones, hágase cargo. Para esa acta concreta habría que buscar con paciencia, jueves a jueves.

—¿Es posible determinar el año?

Lo pensó un momento, dando vueltas al bastón de ébano con puño de plata que sostenía en una mano. La otra la tenía en el bolsillo de la rebeca de punto gris que llevaba sobre la camisa con corbata y los pantalones de franela oscura. Los zapatos se veían usados, bien lustrados y muy brillantes. Don Gregorio Salvador era un hombre pulcro. Riguroso.

—Me parece que fue después de 1780. Lo sé porque yo trabajaba en algo sobre la edición de nuestro Quijote de Ibarra, que fue ese año, y en el acta que vi se mencionaba éste como ya publicado.

—¿Y consta el viaje de dos académicos?

—Sí. Debían ir a París para traer la obra completa. Y no todos los compañeros estaban de acuerdo. Hubo un poco de trifulca.

—¿De qué clase?

Sacó la mano que tenía en el bolsillo —descarnada, nudosa, maltratada por la artrosis— e hizo un ademán vago en el aire.

—No sabría decirle. Como le cuento, esa acta la leí por encima. El asunto era curioso y me propuse volver a él, pero acabé enredado en otras cosas.

Acerqué a mis labios la taza de café.

—Es extraño, ¿no?... La Encyclopédie estaba prohi­bida en España. Que todo fuese tan fácil.

—No creo que fácil sea la palabra. Como le digo, creo que el viaje a Francia fue accidentado... Por otra parte, la Academia era una institución especial, integrada por personas interesantes —en ese punto, el viejo académico sonrió—. Había de todo.

—¿Buenos y malos, quiere decir?

Don Gregorio intensificaba la sonrisa. Durante unos segundos miró el puño de plata de su bastón sin decir nada.

—Es una forma de definirlo —respondió al fin—. Suponiendo que uno sepa realmente qué bando es correcto y cuál no lo es... Pero había bandos, claro. En España los hubo, entonces y siempre. Y en aquel tiempo, divergencias que más tarde se revelarían terribles para nuestra historia se perfilaban ya con cierta nitidez: un grupo animado de confianza, de generoso ardor, con fe en el progreso y la educación, convencido de que para hacer a los pueblos felices era preciso ilustrarlos... Otro, petrificado en su ignorancia deliberada, en su indiferencia hacia la modernidad y las luces, instalado en el odio a lo nuevo. Y por supuesto, todos los indecisos y oportunistas que, según las circunstancias, se agrupaban en torno a la gente honesta de uno y otro lado... Ya se tejían, tanto dentro de la Academia como fuera, los hilos de la cuerda con que los españoles nos estrangularíamos unos a otros durante los dos siglos siguientes.

Me miraba ahora con atención. Interesado. Calculando las posibilidades de lo que yo podía escribir sobre todo aquello. Al fin pareció concederme alguna.

—¿Conoce bien esa época? —inquirió.

—Más o menos.

—Julián Marías, que fue compañero nuestro en la Academia, el padre de Javier, el novelista, escribió a menudo sobre eso. Hay un librito suyo notable: La España posible en tiempo de Carlos III... No recuerdo bien, pero quizá cuente ahí cómo consiguió la Academia nuestra Encyclopédie... También él, por cierto, sufrió delaciones y persecución al acabar la guerra civil.

Sonrió de nuevo, distraído esta vez. Quizá sumido en recuerdos. Los primeros suyos —el viejo académico había nacido en 1927— conservaban imágenes de nuestros diversos y particulares Guernicas.

—La de España no es una historia feliz —comentó, melancólico.

—Pocas historias nacionales lo son.

—Cierto —admitió—. Pero nosotros fuimos especialmente infortunados. El siglo dieciocho fue otra de esas oportunidades perdidas: militares que leían, marinos científicos, ministros ilustrados... Estaba en marcha una renovación que poco a poco vencía la resistencia de los sectores más reaccionarios de la Iglesia y de la sociedad donde aquélla acechaba como una enorme araña negra. Las nuevas ideas sacudían la vieja Europa...

Ahora, al hablar, don Gregorio paseaba despacio la vista por las estanterías llenas de libros —los había por todas partes, apilados sobre los muebles y en el suelo—, y yo seguía su mirada. No pudo ser casual, añadió tras un instante, que el viaje de los académicos a París hubiera coin­cidido con el reinado de Carlos III. Se vivía entonces un tiempo de esperanza. Una parte del clero, aunque minoritaria, era culta y razonablemente avanzada. Había gente honorable que procuraba traer las luces, y con ellas dejar atrás siglos de oscuridad.

—La Real Academia Española —prosiguió— creía su deber sumarse a eso. Puesto que hay una obra magna que ilumina Europa, dijeron, traigámosla para estudiarla. Basta ya de que cada definición de nuestro Diccionario, espléndido por otra parte, se tiña de cristianocentrismo, con Dios presente hasta en los adverbios, dando en ese aspecto la espalda a la razón, a la ciencia y al futuro... Que la lengua española, además de noble, hermosa y culta, sea ilustrada y sea sabia. Sea filósofa.

—Un concepto revolucionario —admití.

—Sí. En su mayor parte, esos académicos eran hombres sagaces y con altura moral. Fíjese en las asombrosas definiciones que, con sus pocos medios, lograron en el Diccionario de Autoridades... A finales de siglo, casi todos eran todavía católicos practicantes, y varios de ellos, eclesiásticos; pero pretendieron de buena fe conciliar sus creencias con las nuevas ideas. Intuían que definiendo con rigor la lengua, haciéndola más racional y científica, también estaban cambiando España.

—Pero todo quedó ahí.

Don Gregorio alzó un poco el bastón, mostrándose en desacuerdo.

—No todo —objetó—. Aunque es cierto que la ocasión se perdió. Acabó faltando lo que hubo en Francia: una revolución que trastocara el viejo orden... Voltaire, Rousseau, Diderot, los filósofos que hicieron posible la Encyclopédie, se quedaron fuera, o penetraron con suma dificultad. Su legado se ahogó primero en represión y luego en sangre.

Apuré el resto del café, y hubo un silencio. El anciano académico volvía a mirarme con curiosidad.

—Sin embargo —añadió tras un instante—, la de los veintiocho volúmenes que están en nuestra biblioteca fue una hermosa aventura... ¿De verdad va a escribir sobre eso?

Indiqué con un ademán los libros que nos rodeaban, cual si en ellos estuviera la clave de todo.

—Puede. Si consigo averiguar más sobre el asunto.

Sonrió, benévolo. La idea parecía agradarle mucho.

—Estaría bien, porque ése fue un episodio noble de nuestra Academia. Sería de justicia recordar que, en tiempos de oscuridad, siempre hubo hombres buenos que lucharon por traer a sus compatriotas las luces y el progreso... Y que no faltaron quienes procuraban impedirlo.

Se han levantado a las ocho y media en punto, como es costumbre, despidiéndose hasta el siguiente jueves. El invierno da sus últimos coletazos, aunque la noche es serena: entre los aleros de los tejados alcanzan a verse las estrellas. Camina Justo Sánchez Terrón hacia la calle Mayor cuando a su espalda resuenan los cascos de un caballo. El farol de la Casa de los Reales Consejos proyecta junto al académico la sombra de un coche de punto acercándose. Al llegar a su altura se oyen unas palabras desde el interior, tira el cochero de las riendas, se detiene el carruaje, y la peluca torcida de Manuel Higueruela asoma por la ventanilla, coronando el rostro redondo y ruin.

—Suba usted, don Justo. Lo acerco a su casa.

Niega el interpelado con altivez desdeñosa que no intenta disimular. Él no es amigo de pasear por Madrid en coche, dice el gesto, y mucho menos sentado junto a un periodista y literato de ideas ultramontanas, aunque sea por calles mal iluminadas y sin apenas transeúntes que lo vean abdicar de su austera y conocida integridad.

—Como quiera —admite Higueruela—. Entonces lo acompañaré a pie.

Baja el periodista del carruaje, adereza capa y sombrero bajo el brazo —casi nunca se lo pone, a causa de la peluca—, despide al cochero y camina con desenfado junto a Sánchez Terrón. Va éste con las manos en los bolsillos del gabán, descubierta la cabeza, inclinado el mentón sobre el pecho. Grave hasta en el andar. Es ésta su actitud habitual cuando pasea: pensativa, introspectiva. Intransitiva. Lo hace siempre parecer ocupado en profundas reflexiones filosóficas, incluso cuando camina mirando el suelo, atento a no pisar un excremento de perro.

—Hay que frenar ese disparate —suelta Higueruela.

Sánchez Terrón sigue adelante en romano silencio. Sabe a qué disparate se refiere el otro. En la votación final del pleno, esta vez con ocho votos favorables frente a seis en blanco —entre estos últimos se contaba el suyo—, han sido designados para traer la Encyclopédie de París el bibliotecario, don Hermógenes Molina, y el brigadier de Marina retirado don Pedro Zárate, a quien todos en la Academia tratan de almirante, y que ocupa el asiento que, por tradición, suele reservarse a un miembro del ejército o la Real Armada vinculado al campo de las letras.

—Usted y yo, don Justo, discrepamos en muchas cosas —sigue diciendo Higueruela—. Pero en esto, aunque desde lugares opuestos, coinciden nuestros puntos de vista. Para mí, patriota y católico, esa obra de los llamados filósofos franceses es corrosiva y nefasta... Para usted, pensador profundo, perito en la minoría de edad de este ingenuo pueblo español, su lectura aquí y ahora resulta excesiva.

—Extemporánea —matiza el otro con áspera sequedad.

—Bueno, da igual. Extemporánea, prematura... Como guste llamarla. Para eso estamos los académicos: para adjetivar con propiedad. El caso es que, desde su óptica y la mía, España no está preparada para que esa torpe Enciclopedia circule de mano en mano... Según usted, y disculpe si me atrevo a penetrar su pensamiento, las ideas de Diderot y sus compinches son, aunque coincidan con las suyas, demasiado peligrosas para entregarlas al gran público.

Aquello motiva una mirada superior de Sánchez Terrón, casi olímpica en su desdén.

—¿Peligrosas, dice?

Pero el otro, que ya conoce el tono, no se deja amilanar.

—Lo digo, sí, con esta boca: peligrosas y absurdas. El hombre nacido de los peces y los montes del mar... ¡Qué disparate!

—El disparate es que opine de lo que no sabe.

—Déjeme de humitos de pajas, y vamos al grano. Lo que hace falta aquí son intermediarios, guías formados que interpreten y orienten sobre una obra tan descomunal y compleja —Higueruela le dirige al otro una mirada aviesa, cargada de intención y de halago—. Como usted, sin ir más lejos... En España, resumiendo, están verdes las uvas enciclopédicas para hacer vino... ¿Me equivoco en eso?

Caminan por las Platerías, en las inmediaciones de la plaza Mayor. A esa hora hay pocos transeúntes. La puerta de Guadalajara está en sombras, con los toldos de las joyerías recogidos y las puertas atrancadas con postigos de madera. Gatos silenciosos hurgan entre los montones de desperdicios que, acumulados junto a los portales, esperan el carro de la basura.

—Esto es España, don Justo. Ahora, si Dios no lo remedia, todos filósofos. Hasta algunas señoras que conozco hacen vanidad de nombrar a Newton y citar a Descartes, y tienen en sus tocadores libros de Buffon, aunque sólo sea para mirar las estampas... Acabaremos todos bailando contradanzas a la parisién, peinados a la filósofa y empolvados como ratones de molino.

—¿Y qué tiene eso que ver con la Encyclopédie y la Academia?

—Usted ha votado contra esa adquisición y ese viaje.

—Permítame recordarle que el voto ha sido secreto. No sé cómo se atreve...

—Ya. Secreto, sí. Pero en la Academia nos conocemos todos.

—Esta conversación es inadecuada, don Manuel.

—En absoluto... Permítame. Le acomoda a usted tanto como a mí.

Se oye una campanilla. Desde la vecina iglesia de San Ginés suben un sacerdote y un monaguillo con los óleos y el Santísimo, camino de asistir a un moribundo. Se detienen los dos académicos: santiguándose Higueruela con la cabeza inclinada; desaprobador y despectivo Sánchez Terrón.

—En cuanto a mi opinión, ya la sabe —dice el periodista cuando siguen camino—. Maldita la falta que nos hace ese torrente impreso de descreimiento e impiedad que insulta todo lo tradicional y todo lo honorable... Esa ola que pretende anegar el trono y el altar, sustituyéndolos por el culto a palabras como razón y naturaleza, que pocos entienden... ¿Imagina los trastornos y revoluciones a que nos exponen esas ideas, puestas a disposición de cualquier cadete, estudiante de primer año o mancebo de botica?

—Tampoco es eso —discrepa, formal, Sánchez Terrón—. Usted desafora, como acostumbra. Usted exagera. Yo no soy uno de sus cerriles lectores, recuérdelo. La Academia traerá la Encyclopédie para uso exclusivo de los académicos. Nadie habla de ponerla a disposición de gente inadecuada.

Sonríe Higueruela con cínico escepticismo.

—¿Académicos?... No me haga reír a estas horas, don Justo. Usted los conoce y desprecia como yo: en su mayor parte son mediocres juntaletras y eruditos de mesa camilla, ratones de biblioteca ajenos a los grandes problemas de nuestro tiempo... Y algunos, además, demasiado ingenuos, pese a sus años. ¿Cuántos hay ahí capaces de zamparse a Voltaire o a Rousseau sin indigestarse?... ¿Qué consecuencias tendrá ese material flamígero en manos poco adecuadas, fuera del control de filósofos solven ...